Los falsos recuerdos

Javier Sampedro cuenta que en la Western University de Washington se convoco a varias docenas de estudiantes con la excusa de hacer un análisis experimental relacionado con la precisión de sus recuerdos.

Los investigadores hablaron previamente con los padres para que les contaran anécdotas de sus hijos.

Después, contaron a los estudiantes tres historias ciertas (las que les habían contado los padres) y una falsa, y les preguntaron si las recordaban.

En la primera prueba, los estudiantes ratificaron el 84% de las historias ciertas y el 0% de las falsas.

Sin embargo, una semana después, ya un 20% de los estudiantes recordaba la historia falsa, incluso algunos estudiantes aportaron detalles nuevos de esas historias falsas.

En un experimento similar, Elizabeth Loftus de la Universidad de California en Irvine dijo que había logrado que el 36% de los sujetos de un experimento de similares características recordasen el gran abrazo que les dio Bugs Bunny en Disneylandia. Es decir, el 36% recordó que el célebre conejo de la Warner les dio un abrazo en territorio enemigo, en Disneylandia (de donde le echarían a tiros como dice Sampedro).

La investigadora cuenta los mejores trucos para implantar recuerdos inventados, y Sampedro añade algunos consejos para contar mentiras, que yo recuerdo haber aplicado alguna vez.

La conclusión es que no nos podemos fiar en absoluto de nuestra memoria.

Sé de otra investigación, que a menudo cuento (pero que no sé dónde he leído), en la que los sujetos del experimento eran ni más ni menos que Dean Martin y Frank Sinatra. Resulta que les llamaron a un programa de televisión y les preguntaron si recordaban la primera vez que se conocieron (o algo parecido) en el show de Johnny Carson. Los dos dijeron que sí y empezaron a recordar un montón de detalles: que Frank llevaba un traje nuevo que se había comprado en Europa y que Dean le tiró sin querer una copa encima, que Frank tuvo que quitarse la chaqueta y cantar en camisa, etcétera.

Después de recordar aquella anécdota tan graciosa, en la que Frank y Dean estaban de acuerdo en casi todos los detalles, ambos pudieron ver la grabación de aquel programa: no había chaqueta comprada en Europa, ni copa derramada sobre ella, Frank no cantó en camisa ni sucedió nada de todo aquello.

Es bastante conocido también lo que cuenta Borges que decía su abuelo: que no le gustaba recordar algo porque, entonces, la siguiente vez que recordaba ese momento ya no recordaba realmente ese momento, sino la vez que lo recordó.

No es ninguna tontería, aunque encierra una paradoja, pues entonces nunca puedes disfrutar de ningún recuerdo a lo largo de tu vida.

Hace unos años empecé a escribir unos pequeños textos llamados Memorabilia, en los que anotaba recuerdos precisos y concretos. Es decir, sólo escribía lo que recordaba de manera vívida, como un destello o resplandor, sin añadir detalles, sin situar ese recuerdo ni explicar las circunstancias (porque todo eso es probablemente añadido).

Por ejemplo: aquella noche en la que mi amigo Jesús, un cura amigo suyo del Internado y yo salimos de Rock Ola y, mirando el edificio de las Torres Blancas, el cura dijo: “Debe ser maravilloso estar en el último piso haciendo el amor en este momento”.

Algo así debimos ver aquella noche (Las Torres Blancas acechan, por David Framil Carpeño)

Me doy cuenta de que, al volver a recordarlo ahora, como decía el padre de Borges, recuerdo la vez que lo recordé para escribir el memorabilia. Pero, afortunadamente, el destello, la imagen breve de ese instante, permanece todavía en mí.

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[Escrito en 2003]

Memorabilia

Memorabilia-cabecera

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