Los libros de Dios

Sibila de Cumas leyendo sus libros según MiguelángelAlgunos dioses han demostrado una verdadera afición hacia los libros. El Yahvhé (o al menos un dios que se definía a sí mismo como “Soy el que soy”) del Antiguo Testamento entregó a Moisés un libro breve, con tan solo doce mandamientos escritos en dos pesadas piedras, pero tiempo después decidió dictar un libro entero a Mahoma, el Corán. En la India, el dios elefante dictó a Valkimi un libro inmenso, que el sabio anotó sin un instante de respiro.

Es difícil hablar de libros revelados en la antigua Grecia, excepto de los misteriosos textos órficos, que tienen el inconveniente de que muchos investigadores todavía dudan si existieron alguna vez. Me refiero a textos sagrados  escritos por Orfeo, no a los poemas órficos ni al fascinante papiro de Derveni. Sin embargo, también es cierto que las grandes obras de la narrativa griega estaban inspiradas por las musas:

 “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves”.
(La Ilíada)

musas

O bien:

“Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío,
tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya,
conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes”.
(La Odisea)

Al leer estas invocaciones a las Musas, cualquiera diría que el poeta se dispone a repetir las palabras de las musas, pero los griegos tenían la costumbre de atribuir la Ilíada y la Odisea al cantor ciego Homero, así que debemos pensar que las musas le inspiraron sus palabras, pero que no se las dictaron de manera literal, como a un escribano que transcribe fielmente un discurso ya decidido. Esas dos obras eran divinas, pero no sagradas, pues no contenían las palabras literales de los dioses.

Platón dicta a Sócrates según Mateo de París (s.XIII)

Platón dicta a Sócrates, según Mateo de París (s.XIII)

Ahora bien, es cierto que Platón, en el Ión, defiende la teoría de que los poetas son tan solo una especie de trasmisores de mensajes enviados por los dioses, una “cadena de inspirados”. El rápsoda Ión es presentado como más bien estúpido, incapaz de pensar por sí mismo acerca de cualquier poesía que no sea de Homero e incapaz también de recitar los versos sin ayuda divina. Sin embargo, tampoco aquí se puede afirmar que las palabras mismas de los rapsodos sean divinas. En definitiva, no existe ningún libro en la cultura griega que se considere palabra literal de Dios. Ningún libro por el que, en consecuencia, se pueda o se deba matar.

El profeta Oseas

El profeta Oseas

En Roma sí que podemos mencionar libros dictados literalmente por los disoes, los libros sibilinos, que contenían las profecías de la Sibila de Cumas, que le habían sido dictadas por Apolo. Pero a los libros sibilinos y a los Oráculos sibilinos, que no son lo mismo, he hablado en algún lugar de la Biblioteca imposible.

No cabe duda de que los inventores o descubridores de la religión bibliófila más exitosa fueron los judíos, que atribuían a sus profetas la capacidad de escribir inspirados directamente por Dios. Resulta un poco difícil explicar por qué Dios se expresaba de manera tan diferente en los diversos libros, desde el estilo elevado de Isaías y la riqueza de vocabulario y expresión de Oseas, a los vaivenes de Moisés en los cinco libros que se le atribuyen (el Pentateuco). Pero los sacerdotes y teólogos encontraron una explicación: Dios habla a cada profeta en el lenguaje de su época.

Gracias a esta oportuna explicación de lo inexplicable, el Autor del Universo se convirtió también en autor de algunos libros. En este caso, Dios sería el autor principal, pero los profetas son los autores secundarios, cada uno con su propio estilo.

Dios escribe ante Moisés las Tablas de la Ley

Sin embargo, ya hemos visto que Dios no sólo inspiró, sino que escribió personalmente un libro, o al menos una o dos páginas, tal como se puede ver en el Moisés de la imaginería tradicional que sostiene las Tablas de la Ley: Dios escribe sobre las Tablas con su divino dedo ante el asombro de Moisés.

Los cristianos, que fueron judíos en sus orígenes, se apropiaron de los libros de los judíos y los llamaron Antiguo Testamento. A esa colección añadieron otros libros sagrados, aunque no se atrevieron a afirmar que fuesen dictados literalmente por Dios, como algunos pasajes detectivesos del profeta Daniel. Eso sí, los cristianos escribieron decenas de libros, no sólo los del Nuevo Testamento, sino también todos los apócrifos y las decenas de volúmenes de los Padres Griegos y Latinos. Esta afición hacia la escritura resulta llamativa porque el profeta (y Dios de los cristianos) Jesucristo, nunca mostró veleidades de autor literario y tan sólo escribió alguna vez palabras en la arena, que luego borraba, como en el célebre caso de la mujer adúltera, que nos cuenta el Evangelio de Juan:

«Ahora bien, en la Ley, Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Y Tú, qué dices?”. Esto decían para ponerlo en apuros, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir en el suelo, con el dedo. Como ellos persistían en su pregunta, se enderezó y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, tire el primero la piedra contra ella”. E inclinándose de nuevo, se puso otra vez a escribir en el suelo. Pero ellos, después de oír aquello, se fueron uno por uno, comenzando por los más viejos, hasta los postreros, y quedó Él solo, con la mujer que estaba en medio».

Jesucristo escribiendo
Jesucristo escribiendo

Se supone que Jesucristo escribió algún pasaje de los textos sagrados, en este caso del Deuteronomio, en los que se contradecía la orden de apedrear a las mujeres adúlteras, pero muchos investigadores aseguran que toda esta historia es apócrifa, pues no aparece en las primeras versiones del Evangelio según San Juan.

El escaso interés de Jesucristo en dejar escrita su doctrina quizá se deba a que él mismo era el Verbo hecho carne (Juan 1.14). Si no temiéramos resultar irreverentes, podríamos decir que Jesucristo, el Hijo, era las obras completas del Padre encuadernadas en piel, recordando la expresión que Fernando Savater empleó para referirse a su hijo.

moises y las Tablas de la Ley

En cuanto a los musulmanes, la tercera de las llamadas “religiones del Libro”, decidió aceptar los libros de los judíos y los cristianos, pero añadieron otro volumen, llamado el Corán, que, esta vez de manera explícita, había sido dictado por Dios al profeta Mahoma, palabra por palabra.

El arcángel Gabriel y Mahoma, probablemente en una representación mongola
El arcángel Gabriel y Mahoma en una representación medieval

El milagro del Corán era todavía más asombroso que el de los autores bíblicos, porque la tradición asegura que Mahoma no sabía leer ni escribir, así que de ningún modo intervino en la escritura de ese texto dictado por Aláh, que llegó a él a través, eso sí, del ángel Yibril (Gabriel). Podemos suponer que la mano de Mahoma se desplazaba sobre el papel o la vitela llevada por el ángel, en una especie de trance.

El problema es que la versión del Corán que se emplea hoy en día no se compiló en vida de Mahoma, sino de Utman, por un grupo de sabios a los que, debemos suponer de nuevo (como se ve, en teología hay que suponer muy a menudo), Dios volvió a inspirar para que descartaran las suras incorrectas.

Ahora bien, no todos están de acuerdo en que Aláh escribió (al menos que dictó) el Corán, pues algunas tendencias de la mística islámica afirman que el Corán es coeterno a Dios, o incluso anterior al propio Aláh, quien habría creado el mundo al leer el Libro. Una interesante interpretación que, sin duda, será la preferida por los bibliotecarios, los bibliófilos o cualquier buen aficionado a los libros.


El código de la Biblia de Michael Drosnin

Como coda final, hay que recordar que la obsesión de las religiones del Libro por el origen divino de sus textos sagrados ha hecho que muchos, como Michel Drosnin, autor de El código secreto de la Biblia, se dediquen a buscar significados ocultos con potentes programas de ordenador. Otros, como el teólogo protestante Ludwig von Hertz en La Nueva Teología, han intentado descifrar no sólo los libros sagrados del judaísmo-cristianismo-islamismo, sino de cualquier religión, con un método asombroso del que he hablado en otros textos de este libro hecho de libros que es la Biblioteca Imposible o en La Nueva Teología.


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