Los libros que escriben los lectores

Biblia de Gutenberg

Biblia de Gutenberg

El título de este artículo no se refiere a lectores que con el tiempo se han convertido en escritores y han publicado sus propios libros, sino a los libros que cada lector escribe cuando lee un libro, a todos esos libros que están y no están en cualquier biblioteca, no sólo en esta biblioteca imposible.

Un libro es un conjunto de manchas de tinta sobre un papel, negro sobre blanco, como dice la metáfora ya algo gastada; también es un bombardeo de fotones sobre la pantalla de un ordenador e incluso una sucesión de sonidos (si se trata de un libro sonoro). Aunque la persona que firma el libro no se haya ocupado personalmente de distribuir las manchas de tinta en el papel, de bombardear la pantalla del ordenador con fotones, ni de convertir en sonido todas las frases, puede ser considerado el responsable de esas apariencias: las manchas, luces o sonidos son como son porque él o ella así lo ha decidido. Si antes de dar el visto bueno a las últimas pruebas de edición el autor hubiese decidido cambiar alguna letra o palabra, nosotros tendríamos un objeto táctil, visual o sonoro un poco diferente.

Ese objeto que está en nuestras manos, sin embargo, no es un libro. Un libro no es un objeto, sino un significado. El fetichismo que en estos inicios del siglo 21 muchos mantienen hacia la forma que los libros han adoptado en los últimos quinientos años es sólo un capricho de época. Como decía Harry Levin:

“Una cultura basada en el libro impreso, que ha prevalecido desde el Renacimiento hasta hace poco, nos ha legado —además de inconmensurables riquezas— esnobismos que deberíamos dar de lado”.

 un manuscritoAntes de la imprenta, los libros eran muy diferentes: se escribían a mano, se hacían pocas copias y se leían de otra manera, de una manera que hoy nos resulta casi incomprensible, porque la mayoría de los lectores de la Edad Media y de la antigüedad no leían los libros, sino que los escuchaban. A veces escuchaban a alguien que leía en voz alta, en otras ocasiones se escuchaban a sí mismos leyendo el libro.

Algunos lectores, que no han aprendido a utilizar los libros impresos, todavía leen como en la Edad Media y por eso son más lentos: porque se escuchan a sí mismos leyendo las palabras impresas. Por eso, cuando se inventó la imprenta, muchas personas sintieron que no se estaba sustituyendo un objeto por otro, sino que les estaban robando una manera de experimentar el mundo y los libros. Durante bastante tiempo, los fetichistas de los manuscritos compraban libros impresos y encargaban que se los escribiesen a mano.

El diablo de la botella de Robert Louis Stevenson

De aquellos libros y de aquélla manera de leer hoy perdida hablaré en otros artículos de esta biblioteca imposible, pero ahora sólo quiero ocuparme de los libros que escriben los lectores, tanto si leen en voz alta como si leen sin verbalizar las palabras, a la manera moderna, o incluso si escuchan un libro leído por un robot mecánico.

En cada libro se contienen infinitos libros (una frase que suena inevitablemente a Borges), libros que, además, son irrepetibles. Hace poco mi padre me contaba que había vuelto a leer un cuento que le había fascinado en la adolescencia: El diablo de la botella, de Robert Louis Stevenson. Ahora, sin embargo, el relato le había parecido mediocre y vulgar. ¿Dónde está ese libro de Stevenson que tanto emocionó a mi padre entonces?

 

Stevenson escribiendo

Stevenson. Tal vez escribiendo las dos versiones de “El diablo de la botella” que leyó mi padre.

Nada ha cambiado en el objeto físico que es el libro de Stevenson, ya que mi padre podría haber leído incluso la misma traducción en el mismo ejemplar; sin embargo, ya no era el mismo libro, al menos para mi padre. El lector habrá pensado (si es que está leyendo la misma entrada que yo ahora estoy escribiendo), que la razón por la que ya no existe El diablo de la botella de la adolescencia de mi padre es que mi padre ya no es un adolescente.

Es cierto, y también es cierto que desde el momento en el que mi padre leyó por primera vez El diablo de la botella ya nunca podía volver a leerlo de la misma manera, por la sencilla razón de que ya lo había leído. Antes de aquella primera lectura, entre los predicados de mi padre estaba: “No ha leído El diablo de la botella”; después de cerrar el libro de Stevenson, el nuevo predicado que se debía aplicar a mi padre era: “ya ha leído El diablo de la botella”.

Virginia WoolfVirginia Woolf  ya se dio cuenta den su momento de aquello que los deconstructivistas creían haber descubierto hacer unas décadas y decía que un libro de Shakespeare nunca es el mismo libro y que somos nosotros quienes tenemos que ser capaces de descubrir los muchos libros que se contienen en cada uno de los libros de nuestra biblioteca:

“Escribir nuestras impresiones sobreHamlet cuando volvemos a leerlo año tras año sería prácticamente como redactar nuestra autobiografía, porque a medida que sabemos más sobre la vida descubrimos que Shakespeare también habla de lo que acabamos de aprender”.

Shakespeare Quartos Project
Este ejemplar de Hamlet, editado en vida de su autor, contiene todas
las lecturas de Woolf y muchas que ella no leyó pero que si leemos y leeremos nosotros.

Nuestro fetichismo hacia esos objetos que consisten en hojas de papel unidas por el lomo a menudo queda decepcionado, porque buscamos un libro emocionante y no lo encontramos, a pesar de que lo tenemos en las manos. En vano lo hojeamos, lo examinamos buscando la emoción perdida, que ya no regresa, porque esa emoción estaba en la conjunción entre dos entes: el objeto-libro y nuestra personalidad transitoria de lector situado en un momento preciso del tiempo. El objeto-libro ha cambiado poco, sigue allí en nuestra biblioteca cuando lo buscamos; contiene las mismas manchas de tinta, quizá un poco descoloridas, pero ya no significan lo mismo, porque nosotros sí hemos cambiado: sabemos ver cosas que antes no veíamos, pero hemos perdido la capacidad de ver otras que antes sí veíamos.

Si pudiésemos viajar en el tiempo y conversar con aquel lector que fuimos, lo más probable es que no nos pusiéramos de acuerdo acerca del libro que tenemos entre las  manos y que ambos hemos leído. Nosotros consideraríamos a ese lector ingenuo y trivial; él nos tomaría por insensibles y, quizá, pedantes.

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