Los siete velos del conocimiento

En La cortina de Pitágoras hablé de la cortina acusmática, tras la que los discípulos menos apreciados por Pitágoras tenían que escuchar sus demostraciones geométricas, sin poder ver los trazos ni las figuras. También conté el moderno uso de esa cortina, cuando se empleó para impedir que los directores de orquesta vieran a los candidatos y de este modo evitaran ser dominados por sus prejuicios (casi siempre machistas). Era un buen ejemplo de cómo en ocasiones se juzga e incluso se percibe mejor algo al reducir la información: si no lo vemos todo, nuestra mente tiene menos oportunidades para poner en marcha su máquina de prejuicios.

En este sentido, hoy quiero examinar un caso en el que se nos ofrece más información y eso nos hace saber menos, a pesar de que tengamos la poderosa sensación de que cada vez sabemos más.

Me refiero a esas situaciones en las que un desconocido nos ofrece datos que, en principio, nos permiten empezar a conocerlo un poco mejor. Datos como su edad, su nacionalidad, la ciudad en la que ha nacido, su estado civil o su situación sentimental.


En apariencia cada uno de estos datos nos permite ir trazando un retrato cada vez más preciso de ese desconocido, pero eso está muy lejos de resultar tan evidente como parece a primera vista. En mi libro Nada es lo que es, me referí a esas secciones que a veces aparecen en periódicos y revistas en las que vemos la fotografía de un desconocido y al lado su opinión acerca de algo. Junto a la fotografía, se añaden dos o tres datos supuestamente informativos, como su nombre, su edad y su profesión.

¿Para qué sirven esos datos junto a la fotografía? Se supone que para que dispongamos de mejor información para valorar la opinión que se nos da a continuación: no es lo mismo que un diseñador de prestigio nos diga que detesta Las Meninas de Velázquez a que nos lo diga un albañil; no es lo mismo que un médico opine acerca de la última obra del arquitecto Rafael Moneo a que lo haga una peluquera. O eso es lo que nos parece a primera vista, porque lo cierto es que, en cuanto nos ofrecen dos o tres datos, lo que sucede es que nuestra máquina de prejuzgar se pone en marcha y ya resulta imparable:

“Vemos a un obrero y le aplicamos las características que creemos que tiene los obreros. Obsérvese que he dicho “creemos” y no “sabemos”, porque la mayoría de las veces tampoco sabemos realmente cómo es ese grupo observado, así que comparamos a un individuo desconocido con una construcción mental también basada en prejuicios”.
(
Nada es lo que es).

 

Aquel diseñador que nos dijo que detestaba Las Meninas, se convierte, en virtud de este único acto, en el representante de todos los diseñadores, y empezamos a dudar si no deberíamos también nosotros detestar el cuadro de Velázquez (al menos si lo que queremos estar a la última). Pero lo más proable es que ese diseñador pertenezca al pequeñísimo porcentaje de las personas que, además de ser diseñadores, detestan Las Meninas. Quizá el resto de diseñadores aman Las Meninas. Pero la selección de esa opinión concreta y el dato de la profesión de ese opinador nos hacen establecer nexos imaginarios acerca de la relevancia de una opinión. Si es un albañil el que dice que no le gustan Las Meninas, entonces  nuestro primer impulso es pensar: “Claro, el pobre no entiende el arte”, algo que no se nos ocurre pensar cuando se trata del diseñador.

Ahora bien, el problema de estos datos desinformadores no consiste sólo en que enseguida ponemos en marcha las ideas comunes acerca de diseñadores, albañiles, médicos y peluqueras, sino en que, además, muchos de esos prejuicios también son personales. Es decir, esos prejuicios no es que estén extendidos en la sociedad, sino que también están en el cerebro de cada uno de nosotros. Todos hemos alimentado durante años nuestra mente con ideas hechas que han nacido de la observación en ocasiones, que tienen su origen en ciertas experiencias y descubrimientos, pero que también se han convertido en respuestas automáticas de las que no somos conscientes o que, cuando lo somos, las llamamos intuiciones. Pero casi siempre son tan solo prejuicios.

De este modo, cuando alguien nos dice su edad, asociamos enseguida, querámoslo o no, ese dato a otros similares, lo que que nos permite, en apariencia, conocer mejor a esa persona. Pero esa es una sensación engañosa, porque aquello con lo que comparamos la información que nos han proporcionado no es una fiable base de datos que contiene toda la información relevante acerca de las personas de esa edad, sino que es tan sólo la modesta base de datos de nuestra experiencia personal. Comparamos a esa persona con otras que hemos conocido y que coinciden en edad, o en profesión, o en tipo de trabajo con la persona que tenemos delante. Lo más probable es que esa comparación ni siquiera se establezca con todas las personas que conocemos que comparten esos rasgos, sino tan sólo con dos o tres que, por alguna razón subjetiva, caprichosa o puramente azarosa, acude a nuestra mente.

Dos desconocidos de Magritte, conociéndose con menos prejuicios de los habituales

Por mi parte, en mi trato con desconocidos, prefiero no poner en marcha esa fabulosa máquina de prejuicios, y por ello evito en la medida de lo posible revelar los seis o siete datos que todo el mundo parece considerar como indispensables para trazar los rasgos de un retrato robot: edad, nacionalidad o ciudad de origen, preferencias sexuales, estado civil o sentimental, tendencia política. Seis o siete datos que nos permiten hacer una ficha rápida de la persona que tenemos delante. Siete datos que son como siete velos que, más que mostrarnos a un desconocido, lo que hacen es ocultarlo. Comunicar a otra persona la edad o las preferencias sexuales es un velo o una cortina que quizá no oculta, pero que sí tiñe de manera inevitable lo que vemos. Y lo tiñe o le pone un filtro con el color de nuestras experiencias pasadas y de nuestros prejuicios presentes. Creemos conocer, obtenemos la satisfacción de ver cómo nuestras intuiciones acaban por dar en el blanco, pero hemos recurrido al viejo truco de disparar primero la flecha y después pintar la diana, porque las futuras comprobaciones de nuestras primeras intuiciones estarán inevitablemente ligadas a esa primera impresión que fabricamos a través de aquellos datos de la ficha policial. Sin embargo, yo pienso que es mejor ver las cosas y las personas que tenemos delante en vez de intentar reducirlas a cómodas, confortables y tranquilizadoras fichas policiales. No sólo creo que es mejor: también me parece mucho más interesante.

 


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 20 de septiembre de 2012 en Divertinajes. Revisado en 2018]

En Animales políticos he explicado un método parecido a la cortina para poner a raya a nuestros prejuicios políticos.


En No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes he hablado de la intuición y de otros asuntos relacionados con nuestra manera de pensar y nuestros prejuicios, de las ideas erróneas acerca del aprendizaje y de todo tipo de confusiones intelectuales, así como de la creatividad, un asunto que trato también  en mi libro El secreto de la invención, que pronto se publicará.


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