Mi pasado húngaro

La influencia de nuestros antepasados sobre nosotros se parece a la manera en la que nuestro propio pasado, nuestra propia vida, nos condiciona.

Lo que quiero decir es que a menudo no es nuestro pasado el que causa nuestro presente, sino a la inversa. Como decía alguien, no sé si en 1984 de Orwell o en la Unión Soviética de Stalin: “Ahora lo difícil no es predecir el futuro, sino el pasado”.

En nuestra biografía podemos encontrar sin dificultad el origen de las aficiones y las fobias que tenemos ahora, pero tampoco sería difícil encontrar un origen igual de plausible para fobias y aficiones completamente contrarias

En definitiva, nuestros traumas y fobias actuales buscan en nuestra biografía su origen y siempre lo encuentran, porque allí, en nuestro pasado, hay explicaciones para todo. Esos hallazgos son, paradójicamente, muchas veces la mejor manera de hacer imposible que cambiemos de opinión o superemos fobias y traumas, puesto que la causa remota que explica nuestra condición actual es un argumento demasiado fuerte, un enemigo formidable e invencible. Sin esa causa tal vez podríamos quitarnos de encima el trauma sin ninguna dificultad, porque, aunque no ignoro que existen situaciones absolutamente traumáticas,  la mayoría de las veces se trata de verdaderas trivialidades.

Paul Watzlawick y el método de terapia breve renuncian a curar o entender las causas y el origen del trauma, como hacen los psicoanalistas, y se preocupan sólo por los efectos presentes. Para Watzlawick, de nada valen todos esos argumentos, casi siempre enfermizos narcisistas y masoquistas, que apelan al: “Si tú supieras lo que me pasó…”, “si conocieras lo que me ha conducido hasta aquí…”

Lo que importa para la terapia recomendada por Watzlawick es el momento presente. El remedio consiste en cambiar lo que se puede cambiar. No se puede lo que pasó, porque no se puede cambiar el pasado, pero sí se puede cambiar lo que pasa ahora, la manera en la que el pasado nos afecta. Se puede actuar de otra manera. Por eso una de las paradójicas recomendaciones de Watzlawick es:

“No hay que cambiar de manera de pensar para comportarse de otra manera, sino que hay que comportarse de distinta manera para cambiar la manera de pensar.”

Coincide este método basado en la observación empírica con las ideas de aquel extraño personaje que fue Krishnamurti: no existe el tiempo para la voluntad; si quieres hacer algo, hazlo ahora.

Pues bien, lo mismo que con nuestra propia vida, sucede con nuestros antepasados: seleccionamos aquellos que mejor se adaptan a nuestro temperamento, a nuestros gustos o a nuestras aficiones y después, haciendo trampa, explicamos nuestro carácter, nuestros gustos y nuestras aficiones recurriendo a esos antepasados.

Desde el barco, mis raíces: Budapest

Eso es lo que hago yo ahora, cuando, en el barco que nos lleva a Budapest, observó la alegría de los marineros, sus bromas constantes y, puesto que ellos son húngaros, explico yo de ese modo mi alegría de vivir, recurriendo a la sangre húngara que corre por mis venas.

Entre mis antepasados hay normandos, un soldado de Napoleón que se casó con una aragonesa, tal vez el lugarteniente de Roldán, catalanes que eran dueños del pueblo de Sant Joan de las Abadesas, judíos y un zíngaro con pendientes en las orejas que llegó a España procedente, tal vez, de Hungría. Este es el antepasado que yo elegí cuando era niño y desde entonces me he considerado en cierto modo húngaro. Más húngaro que español o catalán, que son cosas que nunca me he sentido.

Hace años, en Hamburgo, me dijeron que no parecía español, sino húngaro o polaco y eso me alegró. Ahora, en Budapest, podré añadir más coincidencias significativas a esta biografía que yo mismo llevo fabricando desde hace años. Seguro que encuentro mis raíces húngaras: no en vano las estoy buscando.

 


(Publicado por primera vez en 2004)

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