No tiempo
NO LUGAR 24

Tren de Santa Teresa a Machu Pichu

[Miércoles 17 de diciembre de 1997]

También se puede encontrar una extensión del concepto de los no lugares aplicándolo a “no personas”, “no tiempo”, “no mente”.

Es decir, una de las características de los no lugares es que a tu alrededor no tienes personas propiamente dichas: la relación con los otros es formal y funcional. Hablas con el taquillero para conseguir un billete, y con un desconocido para saber quién es el último de la cola, pero no esperas más de ellos, no te planteas una relación personal, son lugares comunes, pero en los que no se crean comunidades.

Al menos en apariencia, porque, precisamente, los no lugares, por esa falta de obligaciones, por no ser propiamente terreno de nadie en particular, son los lugares más propicios para entablar amistades con desconocidos, con más razón si la relación se prolonga en el vehículo que usualmente se espera en los no lugares: el avión, el tren. Marc Augé dice que los no lugares son espacios para la aventura:

Itinerarios individuales en los que subsistía algo del incierto encanto de los solares, de los terrenos baldíos y de las obras en construcción, de los andenes y de las salas de espera en donde los pasos se pierden, el encanto de todos los lugares de la casualidad y del encuentro en donde se puede experimentar furtivamente la posibilidad sostenida de la aventura, el sentimiento de que no queda más que “ver venir”.

En cuanto al no tiempo, resulta todavía más evidente, puesto que el tiempo que se pasa en los no lugares es un tiempo con el que no se cuenta, tiempo perdido, tiempo entregado al no hacer nada, porque es un tiempo de transición, de espera y, tal vez por ello, de nuevo, y por contradictorio que parezca, es un tiempo propicio al hacer, por ejemplo para escribir o, para los ejecutivos que viajan con móvil y ordenador, para poner en orden los asuntos, la agenda, el control del tiempo, control que siempre solemos posponer cuando contamos con tiempo y cuando, además, contamos el tiempo.

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