¿Dónde suceden las cosas en Shakespeare?


Jan Kott hace un interesante análisis de la escena de El rey Lear en la que Edgar guía al ciego Gloucester (su padre) hacia un precipicio. No existe tal precipicio, pero Edgar cree que puede curar de su locura al anciano si lo conduce hacia una falsa muerte. Los dos se van arrastrando hasta el precipicio y finalmente el anciano se lanza al abismo. Cae y muere.

O eso parece, porque, en realidad no hay tal caída.

Kott advierte acerca del sentido de esta escena, que puede ser echada a perder por una representación naturalista. Puesto que no existe ese precipicio, es absurdo pintarlo en el escenario o representarlo de cualquier manera. Ni siquiera, dice Kott, se puede llevar esta escena al cine sin destruirla. Ya se trate de un precipicio real o fingido, la fuerza de la situación se pierde:

“El escenario tiene que estar vacío. El suicidio, o más bien el símbolo del suicidio, debe representarse en un escenario vacío… El ciego Gloucester cae en el escenario vacío… El ciego Gloucester, que ha ascendido por una montaña inexistente para arrojarse sobre unas tablas lisas, es un payaso. Lo que se ha representado es una especie de payasada filosófica; la misma que encontramos en el teatro contemporáneo”.

Por un momento, el espectador del teatro cree que el abismo existe, como lo cree Gloucester, pero acaba descubriendo que no hay tal abismo, como descubre finalmente Gloucester.

Una de las mejores soluciones es cubrir de humo o nubes el escenario, lo que permite mantener el engaño tanto para Gloucester como para el espectador, sin que la trampa sea vulgar

 

¿Dónde suceden las cosas en un escenario?

A veces el espectador de un teatro completa la escena con la fuerza de su imaginación: ve puertas, castillos, mares, ejércitos, como el propio Shakespeare le solicita en alguna ocasión:

“Suplid mi insuficiencia con vuestros pensamientos. Multiplicad un hombre por mil y cread un ejército imaginario. Cuando os hablemos de caballos, pensad que los veis hollando con sus soberbios cascos la blandura del suelo, porque es vuestra imaginación la que debe hoy vestir a los reyes, transportarlos de aquí para allá.” (Enrique V)

Ahora bien, si pensamos en La tempestad, el barco que naufraga existe para los náufragos, pero los espectadores tenemos que imaginarlo, mientras que Ariel es un espíritu al que sí ve el espectador, pero que no ven ni Trínculo ni Esteban, dos de los personajes de la obra. Tampoco Bottom ve a Helena, ni sus pretendientes a Puck en El sueño de una noche de verano.

Como espectadores se nos pide a veces que imaginemos, que veamos cosas que no están ahí, pero que se supone que sí ven los personajes, mientras que otras veces se nos muestra algo que vemos nosotros pero que no ven ellos, a pesar de tenerlas allí delante en el escenario.

¿Y el puñal de Macbeth? Macbeth ve el puñal, pero el puñal no existe.

Los espectadores, ¿vemos el puñal que ve Macbeth o vemos, como los demás personajes que están allí, que no hay ningún puñal? Difícil decisión para un director de escena.

¿Y el espectro del padre de Hamlet? Se supone que debemos verlo en sus primeras apariciones, como lo ve Hamlet y los guardias. Pero, ¿debemos verlo cuando Hamlet lo ve y su madre no lo ve? ¿Vemos entonces como Hamlet o vemos como la madre? Otro verdadero dilema para la puesta en escena.

Hamlet ve el espectro de su padre tras matar a Polonio. Pero su madre no lo ve. ¿vemos nosotros al espectro? ¿Vio Hamlet al espectro antes pero ahora lo está imaginando?

Se trata de diferentes tipos de no existencia, que no siempre son coincidentes, a menudo mezclados unos con otros. Podemos preguntarnos, si  cuando Shakespeare dirigía la obra en el teatro el espectador veía un puñal, o si sólo lo veía Macbeth, y también podemos preguntarnos si incluso aunque veamos al fantasma de Hamlet, el fantasma existe sólo para Hamlet. ¿Qué estamos viendo, lo que vería cualquiera o lo que ve Hamlet dentro de su cabeza? Podríamos comparar la escena del fantasma con aquella típica escena de muchas películas en la que vemos los pensamientos del personaje, sus imaginaciones, lo que está soñando, pero eso ya sería decantarse por una hipótesis acerca de la mente de Hamlet, que no se finge loco y que está realmente loco.


Escena de la daga de Macbeth por Ian McKellen

[Publicado el 26 de diciembre de 2008]

WILLIAM SHAKESPEARE


prefacioashakespeare

Shakespeare según Johnson

Ver también: Escribir sobre Shakespeare

Todas las entradas de literatura en: El resto es literatura

Originally posted 2016-11-04 15:20:48.

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Defensa de Oliva Sabuco

LA MITAD OCULTA – Oliva Sabuco 2

En Oliva Sabuco, autora de La nueva filosofía, presenté a Oliva Sabuco, una filósofa de la época de Felipe II y me referí a quienes poníanen duda que la obra hubiese sido escrita por una mujer.

En 1900, José Marco Hidalgo se presentó a unos juegos florales de Albacete que proponían el tema “Biografía de un hijo ilustre de Albacete”.

El premio quedó desierto porque todos los trabajos presentados trataban de Oliva Sabuco, incluido el de José Marco Hidalgo.

En su trabajo, que recibió un accésit al que renunció, Jose Marco Hidalgo muestra hacia Oliva una admiración absoluta, y defiende la autoría de sus obras adoptando posturas progresistas en lo que a la capacidad intelectual de las mujeres se refiere, lo que resulta muy meritorio para un país en el que las mujeres ni siquiera tenían derecho a votar. Así, tras recomendar varias obras acerca de la inteligencia de la mujer, Jose Marco Hidalgo dice: “Os convenceréis (tras leerlas) de que la mujer es igual, si no superior, al varón en inteligencia”. Y acerca de la autoría de Oliva, añade:

“No cabe admitir, ni aun como discutible, la duda apuntada por un escritor que se ha ocupado de Doña Oliva, de que algún enamorado de esta señora desease hacer célebre su nombre poniéndolo al frente de sus escritos. Aparte de lo pueril de la invención, que pocos o nadie admitirán como factible, resulta que a Doña Oliva no se le puede negar la gloria de la originalidad de sus obras, por el sólo hecho de haber alcanzado éstas un mérito científico y literario de mucho valer; pues discurriendo de esta equivocada manera, lo mismo podríamos afirmar, que el sistema planetario de Galileo se lo reveló a éste una vecina suya, y el descubrimiento de América se debe a las confesiones que a Colón hizo su mujer antes de morir, para hacer célebres los nombres de estos dos insignes personajes, y que por tanto sus descubrimientos nunca pudieran ser debidos a sus estudios y desvelos.”                                  [Defensa de Oliva, por José Marco Hidalgo]

Además de defender a Oliva, José Marco Hidalgo intenta resolver en ese primer trabajo algunos misterios y equívocos. Niega que Oliva, como sostenía Sánchez Ruano, pudiera ser de origen morisco, pues existe una petición de información de nobleza de sangre a nombre de Catalina Sabuco, hermana de Oliva. En lo que se refiere a la boda, pese a no hallarse tampoco el registro de la misma, Marco Hidalgo puede asegurar que se celebró el 18 de diciembre de 1580. Y en cuanto a la muerte, nada es seguro, aunque le parece dudosa la fecha dada en ocasiones: 1622.

Tras la defensa de José Marco Hidalgo, el asunto de la autoría de La Nueva Filosofía parece resuelto. Sin embargo, en 1903, aparece un artículo en la Revista de Archivos titulado: “Doña Oliva de Sabuco no fue escritora”. En este artículo se afirma que se puede demostrar que La Nueva Filosofía no fue escrita por Oliva, sino por su padre, Miguel Sabuco. El hombre que firma ese artículo y que derriba de su pedestal a Oliva no es otro que el que tres años antes la defendiera a capa y espada: José Marco Hidalgo.

Continuará…

******************

*********

[Publicado en 1999 en Esklepsis. En 2012 en internet]


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Originally posted 2017-11-16 16:07:09.

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La reja de mi ventana

CUADERNO DE CUBA

Casa-primera-Vedado4

Mi primera noche y mi primer día en La Habana, al día siguiente de llegar a la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños.

Casa-primera-Vedado3

Comparto en el barrio del Vedado la planta de arriba de una hermosa casa con mi amigo Mark. Creo que me ha correspondido la mejor habitación de esta casa, que todavía conserva mucha de la belleza que debió tener en sus buenos tiempos, aunque también se ha perdido, según nos contó la señora que vive aquí, una gran vidriera que había en la escalera que lleva a nuestro piso. Al parecer, un antiguo habitante de la casa decidió quitarla.

Cuando amanece,a través de las rejas de mi ventana veo los colores de Cuba.

Casa-primera-Vedado1


(Cuba, 16 de febrero de 2013)

Todos los cuadernos de viaje (China, Venecia, Mayab, Tahuantinsuyu, Austrohungría…) en: Cuadernos de viaje.


Cuaderno de Cuba

Cuba-edificio

Otras ventanas

Originally posted 2016-11-04 15:20:48.

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La Nueva Teología

la-nueva-teologia

 «Que nada se crea, que nada se inventa, que todo se descubre»

Francisco Sánchez

 

La nueva teología
Ludwig Hertzen

Editorial Bruckner, Colonia
616 páginas

Estamos, sin duda, ante el más audaz de los libros publicados por Ludwig Hertzen, pero también ante la culminación de su obra, que se inició, como no podía ser de otra manera, con su ensayo Génesis, en el que el teólogo austríaco defendía la historicidad del primer libro del Antiguo Testamento, sirviéndose de los datos proporcionados por la arqueología o por otras religiones, especialmente la griega y las mesopotámicas.

Todos conocemos la estrecha relación que existe entre el diluvio bíblico de Noé y el mesopotámico de Utanapishti, contado en la Epopeya de Gilgamesh:

“Al séptimo día, nada más llegar,
Saqué una paloma: la suelto.
Se fue la paloma pero se dio la vuelta:
No se le presentó asidero alguno
Y volvió hacia mí.
Saqué una golondrina: la suelto.
Se fue la golondrina pero se dio la vuelta:
No se le presentó asidero alguno
Y volvió hacia mí.
Saqué un cuervo: lo suelto.
Se fue el cuervo,
Y notó el reflujo de las aguas;
Come –picotea, levanta la cola–:
Ya no volvió hacia mí”
                  (Epopeya de Gilgamesh, tablilla XI, 147-158)

“Y en el mes séptimo, el día diecisiete del mes, varó el arca sobre los montes de Ararat. Las aguas siguieron menguando paulatinamente hasta el mes décimo, y el día primero del décimo mes asomaron las cumbres de los montes. Al cabo de cuarenta días, abrió Noé la ventana que había hecho en el arca, y soltó al cuervo, el cual estuvo saliendo y retornando hasta que se secaron las aguas sobre la tierra. Después soltó a la paloma, para ver si habían menguado ya las aguas de la superficie terrestre. La paloma, no hallando donde posar el pie, tornó donde él, al arca, porque aún había agua sobre la superficie de la tierra; y alargando él su mano, la asió y la metió consigo en el arca.
Aún esperó otros siete días y volvió a soltar la paloma fuera del arca. La paloma vino al atardecer, y he aquí que traía en el pico un ramo verde de olivo, por donde conoció Noé que habían disminuido las aguas de encima de la tierra. Aún esperó otros siete días y soltó la paloma, que ya no volvió donde él.
                                                    (Génesis, 8: 1-12)

Resulta fácil encontrar las similitudes entre estos diluvios y el del griego Deucalión, hijo del titán Prometeo, que a su vez es hermano de Japeto, al que se ha identificado frecuentemente con Japhet, el hijo de Noé. Con semejanzas como estas, Hertzen unió en su Génesis las tres cosmogonías en una sola, pero no se detuvo ahí, sino que aseguró que detrás de “Japhet” y “Japeto” se escondía otro personaje, que no es otro que el mismísimo Yavhé. De este modo, el dios que creo el mundo a partir de la palabra, se convierte también en el primer antepasado del pueblo del logos, la Grecia antigua.

A partir de esta religión primigenia, que reconstruyó cuidadosamente, Hertzen consiguió explicar algunos de los enigmas del Génesis bíblico, por ejemplo, ¿cómo es posible que tras matar a su hermano Abel, el asesino Caín llegue a una ciudad habitada por otros hombres. ¿De dónde han surgido estos hombres?, se pregunta con sorna Hertzen, ¿quizá de la misma tierra o de dientes de dragón, como los spartoi del tebano Cadmo?, ¿o quizá como las piedras arrojadas por Deucalión y Pirra? ¿Es que acaso Adán y Eva no eran realmente los primeros seres humanos creados por Dios? ¿Cómo es posible que en el curso de una sola generación ya existieran ciudades habitadas por otros hombres?

No fue Hertzen el primero en señalar estas incongruencias y tampoco será el único mitólogo que propone que el jardín del Edén no debe interpretarse como una definición difusa, sino como una localización geográfica concreta. El génesis que se inicia en Adán y Eva no se referiría, nos dice, a la creación de la humanidad, sino a la de un nuevo pueblo o nación en un mundo en el que ya existen otros.

Sin embargo, Hertzen va mucho más allá de las interpretaciones habituales. No se trata de un nuevo pueblo, una etnia diferente, como podría ser el pueblo elegido de los judíos, sino de una nueva raza, de una raza tan diferente como pueden serlo dos especies animales. Tras la confusión del mito, Hertzen rastrea una solución inesperada, resolviendo al mismo tiempo otro enigma de la teología judeocristiana, el de los ángeles: quienes habitan en las otras ciudades son descendientes de una facción rebelde de la primera creación de Dios, los ángeles caídos. El argumento resulta sin duda enrevesado, pero Hertzen señala muchos pasajes bíblicos para apoyar su tesis, como cuando los ángeles visitan las ciudades de la nueva raza y persiguen a las hijas de los hombres: “Vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres les venían bien, y tomaron por mujeres a las que preferían de entre todas ellas (Génesis, 6:2)”.

Hertzen recuerda que tras el diluvio de Deucalión también existían dos especies de seres humanos, la antigua humanidad a la que han sobrevivido Deucalión y Pirra (pero también Megaro y algunos parnasianos), y la nueva nacida de las piedras: “Las rocas se convirtieron en hombres o mujeres según las hubiese arrojado Deucalión o Pirra”. La segunda creación divina nace de las piedras, del barro, de la arcilla, como nacen Adán y Eva o como nace Pandora, la mujer creada para seducir a otro titán hermano de Prometeo y de Japeto, es decir, Japhet: el tonto Epimeteo.

Es cierto que todas las piezas parecen encajar en la investigación de Hertzen, pero no podemos ocultar que ese es también uno de sus principales defectos: las piezas encajan demasiado bien y su investigación se sostiene en testimonios y fragmentos a menudo dudosos y de muy difícil interpretación. En cualquier caso, aunque discutible en muchos detalles, el resultado final de Génesis fue sin duda innovador y meritorio.

Más ambiciosa fue la siguiente obra de Hertzen, Mitológicas, en la que pretendía hallar el origen común de todas las mitologías, no sólo de la griega, las mesopotámicas y la judeocristiana. Se trata de una tarea a la que, antes que él, se habían dedicado ya muchos autores de renombre, sugiriendo algunos, como Frazer, un primitivo culto arbóreo; recomponiendo otros una religión dominada por la Gran Madre o Diosa Blanca o, proponiendo, a la manera de Moreau de Jonnes, una interpretación histórico/evemerista de los mitos.

Casi todos los expertos coinciden en que el intento de Hertzen en Mitológicas fue, como los de quienes le precedieron, fallido, lo que no les impide (ni nos impide a nosotros), reconocer los aciertos evidentes de tan extensa obra (¡más de tres mil páginas!), que en su momento pareció uno de los peldaños más firmes hacia la tan ansiada gran síntesis mitológica.

Otras obras de nuestro infatigable autor han ido apareciendo en los últimos diez años. Ninguna de ellas puede compararse con Génesis o Mitológicas.

Con la publicación de los tres volúmenes de La Nueva Teología todo ha cambiado. Se podría decir, sin miedo a exagerar, que a la manera hegeliana de tesis/antítesis/síntesis, Hertzen ha negado con La Nueva Teología todas sus obras anteriores. Por mi parte, debo confesar que el libro de Hertzen me ha sorprendido, no ya sólo por su contenido doctrinal, nada habitual en este autor,sino por la manera en la que su autor se compromete con lo que dice y con lo que descubre.

Sin embargo, el lector exigente que se enfrente a La Nueva Teología quizá crea que se encuentra ante el entretenimiento de un diletante, pues el autor, sin duda queriendo atraer a todo tipo de lectores, comienza su libro con un capítulo deslumbrante, en el que relee los nombres de los personajes bíblicos de una manera que puede resultar incluso grotesca.


La Biblia según Hertzen

Ludwig Hertzen interpreta a Adán como ADN, porque es el origen del ser humano, y a Eva como everlasting, eterna como lo es el eterno femenino, como lo es la vida a través de sus transformaciones incesantes. De Noé, dice que hay que entender Neo, pues con el se inicia una nueva humanidad: Noe no sería otra cosa que la intervención de Dios en los mecanismos de la evolución mediante la selección forzada de unos cuantos especímenes humanos (la familia de Noé) y de varias decenas de parejas de animales. En cuanto a Job, es el trabajo; al parecer, dice Hertzen, se trata de un juego de palabras del Autor, pues Job es conocido por su resignación, por su no hacer nada ante la adversidad.

[Tweet”Hertzen interpreta a Adán como ADN, porque es el origen del ser humano, y a Eva como everlasting” ]De este modo, capítulo a capítulo y frase tras frase, Hertzen descifra los códigos que se esconden tras los nombres del Antiguo y del Nuevo Testamento. Hemos citado algunos ejemplos que pueden resultar curiosos, pero no debe creer el lector que Hertzen se limita a hacer una especie de grosera traducción de los nombres bíblicos, o que cada uno de estos nombres tiene un solo significado. Ya hemos visto que ADÁN es ADN, puesto que a partir de él se inicia la especie humana (cuyo código genético se contiene en el ADN), pero también, si se lee al revés y en español, es NADA, pues evidentemente, antes de él no había nada, al menos nada dotado de inteligencia, de alma. En este caso, podemos observar que la interpretación de Hertzen no hace sino confirmar lo que la etimología tradicional ya nos había revelado: Adán (en sánscrito Adyma) significa el primero, el origen.

Sin duda muchos pensarán que las relecturas propuestas por Hertzen son insostenibles y que el autor de La Nueva Teología se está riendo de nosotros o divirtiéndose con fáciles juegos de palabras. Una oportuna consulta a las notas (que ocupan los tomos II y III de La Nueva Teología) sin duda les convencerá del rigor extremo de nuestro autor. Por otra parte, Hertzen recurre en apoyo de su método al propio Dios, recordando aquel pasaje del Génesis bíblico:

«Cuando Abram tenía noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: «Yo soy El-Shaddai, “Dios Todopoderoso”. Sírveme con fidelidad y lleva una vida intachable. Yo haré un pacto contigo, por medio del cual garantizo darte una  descendencia incontable. Al oír eso, Abram cayó rostro en tierra. Después Dios le dijo: «Este es mi pacto contigo: ¡te haré el padre de una multitud de naciones! Además, cambiaré tu nombre. Ya no será Abram, sino que te llamarás Abraham, porque serás el padre de muchas naciones. Te haré sumamente fructífero. Tus descendientes llegarán a ser muchas naciones, ¡y de ellos surgirán reyes!».

Según un comentario hebraico, unos astrólogos habían hecho el horóscopo de Abraham y le dijeron: “Nunca engendrarás un hijo”; pero Dios le tranquilizó y le dijo: “Ese horóscopo fue hecho para Abram, pero yo te he cambiado el nombre, y como Abraham engendrarás un hijo. También he cambiado el nombre de Sarai a causa de su horóscopo”. Como es sabido, Abram significa “padre exaltado”, mientras que Abraham significa “padre de muchos”.

Hay que admitir que en ocasiones resultan asombrosos los anacronismos que pueblan las interpretaciones de Hertzen en La Nueva Teología, como cuando hace proceder la palabra original de aquella de la que se deriva. Así, en un capítulo dedicado a Jesús, parece sostener que el Hijo de Dios se hace llamar Jesucristo precisamente porque se reconoce a sí mismo como cristiano. De este modo, los cristianos no lo serían por Cristo, sino que Cristo lo sería por los cristianos.

Pero el procedimiento más llamativo de Hertzen es que descifra y utiliza los textos milenarios no ya sólo en su idioma original (como han hecho siempre los cabalistas) sino en su traducción al francés, al italiano, al alemán o a cualquier lengua antigua o moderna. Sorprenderse por este método, dice Hertzen anticipándose a la crítica, es menospreciar el poder de Dios. En el momento de dictar o inspirar los textos sagrados, Dios conocía no sólo las lenguas que eran y habían sido, sino también las que nacerían milenios después, incluidas las nuestras y las que hablarán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

Hay que admitir que el anterior es un poderoso argumento, pero el lector, no puede evitar pensar a menudo que hay algo de juego de prestidigitación en elegir ADN (en español) en vez de DNA (en inglés), para así poder relacionarlo más fácilmente con Adán o, por el contrario Eve (Eva) en inglés para derivar de ese nombre everlasting.

Sin embargo, Hertzen, no ignora que el Gran Secreto se halla en las letras del nombre divino YHWH y sabe también que siglo tras siglo los eruditos, los sabios, los maestros de la ley, los cabalistas, han intentado descifrar ese nombre secreto de Dios sin hallar la solución. Al problema fundamental de descifrar el nombre secreto de Dios, dedica Hertzen sus mejores páginas y todo su ingenio, pero apenas atisba una solución que resulte convincente: este políglota infatigable, que domina más de cuarenta lenguas vivas y muertas, confiesa que la solución puede hallarse en cualquiera de las otras lenguas que él desconoce. Eso sí, descarta su propia teoría, expresada en su Génesis, a la que ya nos hemos referido, en la que leía “YHWH” como el bíblico “Japhet” o como el titán griego “Japeto”.


La teoría de Hertzen

Lo que Hertzen propone en La Nueva Teología es una radical reinterpretación de los textos bíblicos, al buscar en ellos una especie de código oculto. Sin embargo, Hertzen se tiene que enfrentar en este empeño a varios problemas. El primero es el de los autores de los textos bíblicos.

Como es sabido y aceptado incluso por los creyentes más ortodoxos, los libros sagrados del cristianismo fueron escritos por distintos autores en épocas diferentes. En un mismo texto bíblico se puede detectar la participación de varios escribas y copistas. Así, por ejemplo, en Jueces se han detectado párrafos que se remontan al siglo XII a.C., mientras que otros más tardíos pueden fecharse en el siglo V a.c. Es decir, Jueces fue escrito a lo largo de siete siglos. ¿De qué manera dictó Dios ese texto? ¿Es que ha ido cambiando de estilo en cada época, dependiendo del escriba inspirado al que transmitía sus palabras? Si la verdad que Dios transmite no es temporal sino eterna, ¿por qué se ha adaptado al estilo de quienes han hecho la transcripción divina?

Hertzen podría sortear el problema de manera elegante y recurrir a aquel viejo argumento de que el creador habla a los profetas en el lenguaje de su época, y que evita caer en anacronismos pretéritos o futuros. ¿Cómo iba a explicar al autor del Génesis que Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una explosión atómica si los lectores de aquella época ni siquiera conocían la pólvora? Para hacerse entender, Dios se vería obligado a traducir “explosión atómica” por “lluvia de azufre y fuego” (Gen.19, 24-25). De manera semejante, se dice que “Dios creó el mundo en seis días” (Gen.1, 31), pero hay que entender que se trata de una metáfora adaptada al conocimiento de la época y que “seis días” significa seis períodos astronómicos indeterminados. Hay que recordar, en apoyo de la tesis de Hertzen, que muchos comentaristas del Corán, al advertir que el tono del libro sagrado musulmán parece adaptarse a los cambiantes intereses personales de Mahoma, aseguran que ello se debe a que Dios también tiene en cuenta las transformaciones que se producen en el mundo a medida que va dictando al Profeta.

Sin embargo, Hertzen no recurre a tan fáciles argumentos. Aunque está de acuerdo en que Dios dictó todos los libros sagrados a diferentes personas en épocas distintas, eso no significa que Dios elija en un momento dado a un profeta para dictarle un libro o un fragmento y que adapte su estilo al de la persona elegida, hablándole de un modo que pueda ser entendido por sus contemporáneos. No, en opinión de Hertzen, los textos sagrados no sólo existían antes de los acontecimientos que describen, sino que existían antes de que Dios decidiera dictarlos.

Según La Nueva Teología, Dios disponía de todos los textos desde el principio y no le habría supuesto ninguna dificultad trasmitir los dos Testamentos completos al autor del Génesis, incluso en un lenguaje que ese autor ni siquiera conociera. Podríamos pensar que si Dios se tomó el trabajo de inspirar uno tras otro a los profetas a través de los siglos en vez de dictar todos los textos sagrados a un único profeta, fue porque sabía que eso podía tener consecuencias negativas, pues quien conoce el futuro puede intentar cambiarlo.  Los judíos de la época de Abraham difícilmente habrían mantenido su fe durante la cautividad si, sentados junto a los ríos de Babilonia, hubieran podido leer las penalidades que todavía les esperaban antes de llegar a la Tierra Prometida siglos más tarde.

Sin embrago, Hertzen desdeña de nuevo esta explicación y rechaza cualquier componenda teórica, lo que le hace precipitarse en una argumentación tan arriesgada que incluso quienes simpatizamos con él tenemos que admitir que sus ideas rozan el disparate. En los razonamientos de Hertzen es fácil advertir su afición a lo paradójico y su simpatía no disimulada por las variantes más extremas del gnosticismo y del sufismo musulmán.


Audacia y oscuridad de La Nueva Teología

Vaya esto por delante: es imposible exponer en esta breve reseña los argumentos de Hertzen. No se puede explicar de manera coherente algo que en el propio libro de Hertzen resulta absolutamente incoherente.

Hertzen, ya lo hemos dicho, considera que los libros de la Biblia, los sesenta aceptados como canónicos por el Concilio de Florencia en 1441 y luego confirmados por el de Trento, existían ya desde los tiempos del Génesis, a pesar de que dichos textos se refieran a acontecimientos que tuvieron lugar cientos e incluso miles de años después. Hertzen, en definitiva, afirma que primero fue el relato de Adán y Eva y después fueron Adán y Eva.

Esto podría resultar aceptable para las religiones del Libro, o al menos para algunas de sus herejías (o para los cabalistas), siempre y cuando interpretásemos que lo que Hertzen quiere decir es que Dios sabía lo que iba a suceder antes de que sucediera. Es decir, la ya conocida idea de que Dios conoce el pasado, el presente y el futuro, puesto que habita en la Eternidad.

Pero tampoco es eso lo que sostiene Hertzen. Para él, los textos bíblicos existían no sólo antes de la historia, sino incluso antes de la propia predicción divina de la historia.

Lo que viene a decir Hertzen, aunque siempre de manera críptica, ambigua e indirecta, es que el Libro existía antes que nada. Por decirlo de un modo quizá demasiado simplista: es como si Dios hubiese encontrado el Libro y a partir de él hubiese creado el Universo, la Tierra y la historia de la humanidad.

La tarea de Dios, pues, consistiría en crear, construir el escenario, los hechos y los personajes para adaptarlos al texto, del mismo modo que un jugador de ajedrez coloca las piezas en el tablero cuando quiere reconstruir una partida ya jugada; o de la misma manera que un director de teatro pone en escena la obra escrita por un dramaturgo.

Ahora bien, cuando se reconstruye una partida de ajedrez o se representa una obra dramática, se repite algo que ya ha existido, o al menos que ya ha sido pensado, una obra que tiene un autor: los dos jugadores de ajedrez o el dramaturgo. Sin embargo, el Libro que encuentra Dios no recoge hechos que ya han sucedido y tampoco adelanta hechos que han de suceder. No existe nadie detrás del Libro, no existe un autor ni un Autor. El Libro es eterno como lo es el mismo Dios (aunque a veces parece que a Hertzen le gustaría afirmar que la eternidad del libro es de algún modo superior a la de Dios).

¿Debemos entender que cuando Hertzen habla del Libro está utilizando una metáfora para describir las leyes de la Naturaleza o los pensamientos de Dios? Nada parece apoyar tal conclusión: para Hertzen, el Libro es un libro, no una metáfora. Está compuesto de frases, dividido en capítulos y en él aparecen los nombres de los personajes y de los lugares. Ahora bien, ¿en qué idioma?

La verdad es que Hertzen ni siquiera se plantea esta pregunta, quizá porque lo considera innecesario, tal vez porque ignora la respuesta o acaso porque sabe que este sencillo enigma es la mayor amenaza a la que se enfrenta la desmesurada concepción hertzeniana: si el Libro está escrito en algún lenguaje conocido o desconocido, ¿seguirían siendo válidas las interpretaciones que hace Hertzen en los diferentes idiomas?.

Otra duda que nos suscita la lectura de La Nueva Teología, y que Hertzen se plantea e intenta responder, es la de si la afirmación de que la realidad se adapta al Libro nos precipita en el determinismo. ¿Existe el libre albedrío en la interpretación de Hertzen? ¿Existe el libre albedrío para el propio Dios? ¿Podría Dios crear un mundo diferente al anunciado en el Libro?

Lamentablemente, el espacio concedido a esta reseña ha llegado a su límite y no es posible dar las respuestas de Hertzen a tan interesantes cuestiones.




Esta visión crítica de La Nueva Teología de Ludwig Hertzen fue publicada en El Camino de los Mitos en 2007. No se recogen aquí los anexos escritos por otros autores acerca del libro de Hertzen ni los comentarios de los antólogos de Recuerdos de la era analógica, que se publicarán en próximas entradas.

Entre el texto publicado aquí y el que aparece en la edición de Evohé se observan algunos cambios, que nunca afectan al sentido del texto, pero que en ocasiones aclaran algunos puntos o muestran aspectos que pudieron pasar inadvertidos al lector. Tanto el texto original como los anexos pueden consultarse en la edición de El Camino de los Mitos, una estupenda excusa, además, para disfrutar del resto de relatos del premio “La Revelación” en su segunda edición, entre ellos el relato ganador.

la-nueva-teologiaLa ilustración que sirve de pórtico a esta entrada es de Sandra Delgado y fue publicada en El camino de los mitos, libro en el que se recogen los relatos ganadores del II Concurso Internacional “La Revelación” (Relatos de mitología clásica), publicado por la editorial Evohé en 2007.


Recuerdos de la era analógicaEn la antología realizada en siglo XXV Recuerdos de la era analógica, se habla de Hertzen (al que se llama Ludwig von Hertz) en el relato “Una conversación en la isla de Patmos”. Allí se descubre que La Nueva Teología parece ser una de las claves que darían sentido a muchos de los textos recogidos en Recuerdos de la era analógica. El lector puede leer ese relato y todos los textos recogidos por los antólogos del futuro en el libro publicado en 2009 por la editorial Evohé: Recuerdos de la era analógica, una antología del futuro (versión en papel o electrónica).

Los lectores interesados en conocer qué es recuerdos de la era analógica, deberían consultar esta entrada, sumamente ilustrativa: ¿Qué es Recuerdos de la era analógica?


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Ediciones Evohé.



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Ser vencido al vencer al enemigo

Dice Descartes que un defecto que se puede observar en la mayor parte de las disputas es que:

      “Siendo la verdad intermedia entre las dos opiniones que se sostienen, cuanto mayor es la inclinación a refutar la opinión contraria, tanto mas se aleja uno de la verdad”.

 Esta también me parece una opinión acertada acerca de los filósofos y de las disputas filosóficas.

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De esto he hablado en otro de estos comentarios a Los principios de la filosofía, al referirme a la distorsionada y desfigurada disputa entre empiristas y racionalistas: cuando se adopta una etiqueta para definir el propio pensamiento, a menudo uno acaba defendiendo o lo indefendible o lo absurdo, tan sólo para mantener la coherencia.

Puse a este breve comentario el título “Ser vencido por los enemigos” [que ahora he cambiado por “Ser vencido al vencer al enemigo”]  porque siempre me ha interesado mucho algo que les sucede a casi todos los polemistas y disputadores. Llega un momento en que ya no defienden lo que creen, sino que tan solo se ocupan de atacar lo que creen sus rivales o enemigos. A eso lo llamo “ser vencido por los enemigos al vencerlos”, ese momento en el que uno se preocupa más por no coincidir con sus rivales que por pensar con serenidad.


 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[lunes 8 de enero de 1990]

Originally posted 2016-11-04 15:20:48.

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Mao, Stalin y Hitler y otras comparaciones

Alguien me dirá al ver el título de esta entrada: “No se puede comparar a Mao (o a Stalin) con Hitler”.

Esa es una estratagema a la que me fatiga responder. Casi siempre sirve tan sólo para justificar a Mao y a Stalin, como lo hizo en una ocasión Eduardo Haro Tecglen al escribir una opinión más vergonzosa que falsa: no se pueden comparar los millones de muertos de Hitler y los de Stalin, decía Haro Tecglen, debido a “la diferencia de finalidades y por la condición de las víctimas”.

La falsedad del sofisma anterior no es que sus objetivos fueran o no diferentes o que lo fueran sus víctimas, sino el hecho indudable de que el “no se puede comparar” quiere decir que lo que hicieron Mao y Stalin no fue en sí mismo espantoso.

mao

Mao en el museo de cera de Pekín. A mí me parece que los artistas del museo han mostrado a Mao mucho menos atractivo que a su rival Liu Shao Qi, aunque quizá me equivoco. También se puede hacer política con las figuras de cera.

Es cierto que hay comparaciones más atinadas y otras que pueden resultar ofensivas para las víctimas, como comparar la brutal e incluso fascista política de Israel con lo que fue el holocausto, la dictadura de Castro con la de Stalin, o la de Pinochet con la de Mao. En tales casos, la desproporción hace que la comparación sea casi un insulto, e incluso puede ser contraproducente para quienes quieren señalar los verdaderos crímenes de Pinochet, Castro o Israel.

Ahora bien, en el caso de Mao, Hitler y Stalin, las similitudes y la magnitud desmesurada del asesinato permiten y alientan la inevitable comparación. No con la intención de disminuir o agravar el crimen de unos u otros, sino como ejemplos de asesinato de masas a escala gigantesca y de dictaduras y sistemas de exterminio organizado pocas veces igualados a lo largo de la historia.

Ahora bien, es cierto que en este caso la comparación presenta una especial dificultad, porque no sabemos qué es lo que hicieron exactamente Mao y Stalin, pero sí sabemos con bastante precisión lo que hizo Hitler. Como suele decirse, la historia la escriben los vencedores y en China y Rusia siguen gobernando los mismos que cometieron esos crímenes, o sus herederos.

Por tanto, para no caer en el error de justificar a cualquiera de estos tres dirigentes sanguinarios, podemos establecer comparaciones más sencillas: Mao y Stalin comparados con Franco, con Pinochet o con Mussolini. Evidentemente, de esas comparaciones salen beneficiados en lo cuantitativo Franco, Pinochet y Mussolini, quienes ni de lejos pudieron matar y torturar a tanta gente como Stalin y Mao. Pero eso no hace mejores a esos tres dictadores, ni menos repugnantes sus crímenes.

En consecuencia, se pueden hacer todo tipo de comparaciones, a veces para clasificar los crímenes contra la humanidad en una escala puramente cuantitativa, otras veces para mostrar los métodos de unos u otros, la condición de las víctimas o los objetivos de unos y otros, pero lo que resulta mezquino, demagógico y cómplice con el crimen es la comparación exculpatoria y el suponer que alguien no es un criminal porque hay otro que le ha superado en número de víctimas o que no lo es por que sus víctimas eran diferentes, es decir “porque esas victimas se lo merecían”, que es, en definitiva, lo que estaba diciendo Haro Tecglen.


[Publicado en 2005]


MAOÍSMO Y COMUNISMO CHINO