La falsa modestia y la soberbia cierta

A menudo se dice que alguien muestra una falsa modestia o una modestia estudiada.

En primer lugar, ¿no podríamos pensar también que la soberbia es igualmente estudiada? Solemos considerar que la soberbia es algo que surge de manera no tan calculada o hipócrita como la falsa modestia, pero hay ejemplos que demuestran que la soberbia puede ser también muy estudiada. Según cuentan los amigos de Dalí, cuando el pintor veía que los periodistas se habían ido, se bajaba los bigotes y decía algo así como: “Bueno, ahora que ya estamos solos, no hace falta seguir con el personaje”.

“Cada mañana cuando me despierto, siento de nuevo un placer supremo, el de ser Salvador Dalí”

Si quisiéramos ir más lejos, podríamos preguntar si cualquier presunción no sólo es estudiada, debido a que que el presuntuoso se examina a sí mismo con esmero para ver qué méritos suyos puede señalar a los demás, sino que, además, por paradójico que parezca, la presunción puede ser falsa. ¿Por qué? Porque la necesidad de presumir suele esconder una cierta desconfianza en uno mismo: puesto que no se espera que los demás admiren los méritos propios, el presuntuoso se ve obligado a insistir en ellos y resaltarlos.

Casi todos los que mi padre llamaba “papanatas” practican esa soberbia calculada, que a menudo esconde gran inseguridad. Es lo que  dice Mariel Hemingway, que se da cuenta en Manhhattan de lo que esconde la pedante Diane Keaton tras el primer encuentro: “Creo que estaba nerviosa e insegura”.

Por otra parte, ¿es bueno o malo eso de la estudiada modestia? ¿Sería preferible tener una modestia descuidada? ¿No disminuiría eso el mérito del modesto, que lo sería sin siquiera darse cuenta de que lo es, cuando la verdadera dificultad sería el tener razones o impulsos hacia la presunción y, sin embargo, ser modesto?

Por poner un ejemplo, Borges, a quien se acusa de practicar una estudiada modestia, se mostraba, en efecto, modesto muy  a menudo, a pesar de que tenía sobrados argumentos para presumir. Si su modestia no hubiese sido estudiada sería sin duda pura hipocresía, más falsa que la falsa modestia. Una modestia no estudiada en Borges haría dudar acerca del conocimiento de sí mismo , porque tenía muchas razones para decir aquello que dijo Villiers de L’Isle Adam: “Me estimo poco cuando me examino, mucho cuando me comparo”.

Todo esto no impide que  se pueda ser modesto sin estar fingiendo. Por supuesto que sí, se puede ser modesto con verdadera convicción. Uno puede ser sinceramente modesto porque siente que no hay nada en lo que pueda destacar.

Lo que resulta más difícil es fingir que no adviertes que otros te miran como modesto o falso modesto, y el hecho de percibir eso influirá en tu comportamiento. Entonces serás un modesto que se da cuenta de que los demás no creen que debas mostrarte modesto, lo que, probablemente, te convierta, al menos en la relación social, en un falso modesto.


[Publicado el 4 de enero de 2008]

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Variante francesa

||Moral y normas de conducta

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[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco]

6. Variante  francesa

—Mi visita por fuerza ha de ser breve -dijo el Abad de Velfenhauss-, debo regresar a la Corte para intentar convencer a los indecisos del peligro que representa Francia.

—Espero que no me consideréis presuntuoso si os digo que yo advertí de ese peligro antes de la caída del rey -dijo el barón, y añadió con cierta indiferencia-: aunque hoy en día muchos me miran como a un traidor.

—No soy yo quien debe juzgaros -dijo el Abad.

—No intentaba pedir perdón -respondió el barón-. No me arrepiento de ninguna de mis acciones.

—Sois soberbio, querido sobrino. Aunque a veces pienso que no lo merecéis, intentaré mediar por vos ante el rey.

—Desearía que no intentaseis ayudarme -pidió el barón-. Prefiero que me llamen cobarde a regresar al frente y luchar otras vez contra campesinos mal armados. Aquella no era una guerra hermosa.

—Ninguna guerra lo es. Pero en ocasiones como ésta, son necesarias. ¿Proponéis -preguntó el Abad- que retiremos nuestros ejércitos y dejemos Francia en manos de esos campesinos que tanta lástima os dan? No olvidéis -continuó- que esos hombres quieren acabar con todas las monarquías europeas y que atacan los más sagrados principios de nuestra religión.

—Mezcláis hábilmente lo material con la espiritual dijo el barón-, la que me hace pensar que esas sagrados principios son bastante terrenales.

—No ignoro, querido sobrino -dijo el Abad- que siempre habéis carecido de la fe necesaria para obrar con humildad, y que consideráis que nada ni nadie puede estar por encima de vos. No intentaré convencemos; confío en que algún día comprendáis que existen cosas que no se pueden explicar: hombres menos sensatos que vos han entrado, finalmente, en el camino que conduce a la Verdad.

—¿A la Verdad o a vuestro Dios? -preguntó el barón, sin esperar ninguna respuesta de su tío-; lo que vosotros llamáis fe, yo lo llamo credulidad. La fe debe nacer de uno mismo, no de aceptar ciegamente los desvaríos de otros hombres. Eso es tan sólo credulidad, credulidad interesada. Si he de elegir, prefiero la fe de los romanos, que les hacía aceptar cualquier dios. Tener un sólo dios puede ser peligroso, porque ¿y si elegimos el equivocado, el que no existe?

—Siempre jugando al gato y al ratón -resopló el Abad con resignación-. Os divierte la discusión y no os avergüenza decir una tontería tras otra con tal de sacarme de mis casillas… Os conozco demasiado bien como para enfadarme por vuestras palabras, pero os recuerdo que yo también estudié lógica y erística en el seminario.

—Admiro vuestra tolerancia, querido tío -dijo el barón-. Ojalá vuestra religión también  fuera tolerante.

—No discutiré más -dijo el Abad-. Es absurdo. Además, la sobrina de Vivienne viene hacia aquí… Os ruego que no la importunéis con vuestras frívolos pensamientos.

***********************************

—Os dejo al cuidado de un hombre de bien -dijo el Abad minutos después, mirando por última vez a la sobrina de Vivienne.

—¡Que vuestro Dios os acompañe allá donde vais! -dijo el barón en señal de despedida.

Fiesta del Ser Supremo, organizada por Robespierre

 

Continuará


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Riverismo, por Ramón Gómez de la Serna

|| Sur 2 ||| Libros que caminan

Un esbozo biográfico de Diego Rivera, tan interesante como siempre lo es Ramón al contar las vidas de otros. No logra que sienta simpatía hacia Rivera, sino más bien todo lo contrario, por ejemplo al contar la anécdota de lo que respondía cuando le preguntaba por qué llevaba pistola: “Para orientar a la crítica”.

Una boutade, se supone, como la de Milán Astray u otro fascista o nazi que dijo algo parecido: “Cuando me hablan de cultura, saco la pistola”. Pero resulta especialmente siniestra cuando recordamos la casi segura colaboración de Rivera en los intentos de asesinato de Trotsky (segura sí fue la participación de Siqueiros, que entró en la casa de Trotsky con ametralladoras): se cree, aunque no hay certeza, que Diego Rivera y quizá Frida Khalo, ayudaron a Ramón Mercader a cometer el infame asesinato.

Ramón Gómez de la Serna (Ramón)

Qué espantoso tiempo se avecinaba cuando se escribió este artículo de Ramón, un tiempo en el que los intelectuales, los escritores y los poetas se convertirían pronto no en tiranicidas sino en defensores de los tiranos, no en defensores de la libertad de prensa y de palabra sino de su persecución implacable, no en defensores de los disidentes y heterodoxos, sino en comisarios políticos de los dictadores de uno y otro signo. Y así durante décadas.

Lo mejor del artículo, la magnífica descripción que hace del retrato cubista que le hizo Rivera (que incluí en mi Museo de los Mundos Posibles). A continuación, incluyo un fragmento de esa larga descripción.

Retrato de Ramón Gómez de la Serna, por Diego Rivera

“Yo, ¡qué queréis!, estoy muy satisfecho de ese retrato, que tiene la condición de que es de perfil y de frente al mismo tiempo, y tengo el gusto de explicarlo con un puntero, como quien explica Geografía, pues somos verdaderos mapas más que trozos de paisaje.

    En ese retrato hay más cantidad de elementos que en otros muchos, aunque haya menos uniformes y menos condecoraciones.

   Al hacerme ese retrato Diego María Rivera no me sometió a la tortura de la inmovilidad o a la mirada mís­tica hacia el vacío durante más de quince días, como su­cede con los demás pintores, ni me puso ese aparato que tanto se parece al garrote vil y que en las fotografías colocan detrás de la nuca. Yo escribí una novela mientras me retrataba, fumé, me eché hacia delante, me eché hacia atrás, me fui un rato de paseo y siempre el gran pintor pintaba mi parecido; tanto, que cuando volvía del paseo — y no es broma — me parecía mucho más que antes de salir.

  El pintor tampoco se estaba inmóvil. A veces pinta­ba de espaldas a mí y, sin darme importancia, mirando con más interés el paisaje del balcón que a mí, o leía un libro como si copiase párrafos de sus páginas con colores de su paleta. Todo el cuadro estaba rebatido sobre el horizonte, hacia la distancia, sin limitar el espacio, sin que el pintor se hiciese el sueco ante ningún problema y sin que dejase de ser peripatético. El no me podía tratar co­mo a una momia inmóvil ni como quien por verme de frente pudiese hacerse el ignorante de que me conocía de perfil.

  Este retrato es el más estupendo retrato mío. Sus colores me animan, y todo él me aparta de lo que de es­tampa podría haber en mi rostro. Mi retrato cubista no figurará nunca en ese concurso de presumidos a que asiste todo retrato. Con este retrato acabó en mí el poco aire de irresistible que pudiera haber tenido. Este retra­to aspira más a la verdad pura y lironda que cualquier otro”.


[Escrito en mayo de 2016]

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El narrador de El Duelo

|| Sobre El Duelo

 

(Comentarios en la edición privada de 1998)

Escribí El Duelo hace catorce años, pero, al editarlo ahora, no he cambiado casi nada. Quizá alguna palabra o frase, siempre por razones de comprensión. He visto defectos mayores en la forma y, por supuesto, en el contenido, pero he preferido conservarlos, aunque no exactamente por espíritu de fidelidad. No hace falta decir que El duelo, sea lo que sea, está incompleto. Calculo que su extensión, de haberlo terminado, sería cuatro o cinco veces más.

El duelo no es una novela, puesto que es todo diálogo excepto alguna breve descripción que sitúa la acción como lo hace una acotación de teatro. En cierto modo se asemeja mucho a una obra de teatro, puesto que todo es diálogo, pero también de vez en cuando aparece un narrador que nos dice lo que piensan los personajes, por ejemplo, después de la segunda entrevista del barón con Eugenia. Así que es un híbrido que podría ser convertido más fácilmente en teatro que en novela.

En estos días me interesa mucho este asunto de las novelas psicológicas, de si el narrador debe decir o no al lector lo que piensan los personajes. En cierto modo, ahora parece bastante extendida una forma, que debe mucho a Jacques el fatalista de Diderot y al Tristan Shandy de Sterne. Se trata de que los personajes son algo así como marionetas del autor, marionetas que representan distintos arquetipos: el inseguro pero valiente, la mujer que es incapaz de comprometerse aunque es lo que más desea, etcétera. El autor deja hablar a los personajes, nos cuenta lo que dicen y también lo que piensan y además, de tanto en tanto, se aparece para recordarnos que esos personajes no existen, que son seres inventados por él. Así que se trata de una narrador omnisciente en el más pleno sentido de la palabra. Es un autor todopoderoso: el crea el universo y no sólo lo observa y lo describe como alguien que mira un cuadro o un paisaje: también se mete dentro de las cabezas de sus seres ficticios y nos cuenta lo que pasa por ellas.

A mí me gusta mucho lo de hablar al lector, y recuerdo que hace quizá quince años o quizá veinte jugaba continuamente con la idea de escribir algo así, pero entonces comencé a leer Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, y al ver que él hacía eso que yo pensaba hacer, me desanimé y abandoné el proyecto, además de no continuar con la lectura del libro de Calvino. Creo que fue años después cuando leí el maravilloso Jacques, y años más tarde, finalmente, el Tristam Shandy, con lo que recorrí el camino inverso al histórico, pues Diderot imitó a propósito a Sterne, y Calvino sin duda a ambos. Sé, sin embargo que hay muchos más ejemplos de esto, y creo que algunos se hallan en Grecia o Roma. Podría escribir un ensayo sobre el asunto.

Naturalmente, uno de los precedentes más claros se halla en el teatro, en esos bufones que hablan al público, revelando la intención secreta de los personajes, o en el coro griego, o sencillamente en esos personajes que recitan una introducción o entretienen al público con alguna reflexión entre acto y acto. Sé que hay ejemplos en el teatro francés, me parece recordar que en Marivaux y quizá en Moliere. Posiblemente también en Goldoni.

Pues bien me gusta eso de jugar al metanivel: saltar por encima y descubrir que esa novela es un juego de marionetas.

No siento, sin embargo tanta simpatía por el narrador omnisciente que nos revela los pensamientos de sus personajes. Me gusta cuando se narra en primera persona y, por tanto, sólo se conoce el pensamiento del narrador principal, aunque hay novelas en las que el autor se descuida y nos dice lo que piensan los demás personajes. Sí, claro, en realidad se trata de lo que el narrador en primera persona piensa que piensan los demás personajes, pero aún así, a menudo da la sensación de que no se debe ni puede dudar de que eso es realmente lo que piensan los otros personajes, de que realmente ese narrador en primera persona lo sabe. ¿Cómo puede saberlo?

No voy a seguir desarrollando este tema porque, precisamente, va a ser uno de los motivos y razones de algo que quiero escribir. Sólo añadiré algunas cosas, aun a costa de repetirlas allí dentro de unos meses.

Continuará….


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En la obra que se atribuye a Shakespeare y Fletcher Historia de Cardenio, que es una traducción de la Doble Falsedad de la que hablara Theolbald, sorprende cómo los diálogos se suceden con cierta soltura pero sin mayor interes, cómo se repiten cosas ya dichas y aquí y allá comparaciones insípidas, como esta:

 DOROTEA “Vete, señor, que tus palabras son impropias y suenan mal y en falso tus canciones, e incluso tu perfume que percibo no me halaga tanto como aquel que despide la violeta de los campos nuestros”

¿Qué sentido tiene una comparación tal? ¿A qué vienen aquí los campos, si estamos en una villa? No es mala la idea de que una mujer desprecie las palabras, las canciones e incluso el perfume de su pretendiente. Pero está tan mal llevado, que se pierde lo que de interesante pudiera tener la idea. Si la escena trascurriese en el campo, no sería difícil decir que ese perfume odiado oculta el otro tan amado, de alguna manera más o menos ingeniosa, pero tal como está el verso carece de sentido o su sentido es trivial.


[Publicado en 2007]


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“Sumersión”, por Eduardo Mallea

|| Sur 2

||| Libros que caminan

No había leído nada de Mallea y este relato me ha gustado. La sensación de un sueño que se cuenta sin entrar en los detalles más intensos, escapando a la profundización de las experiencias. Con un personaje, Avesquín, que deambula de un lado a otro, buscando algo quizá o buscando solo pasar las horas deambulando. De alguna manera rara me ha recordado mis paseos por Buenos Aires. Al terminar el relato, mis sensaciones se confirman al revelarse el nombre de la ciudad misteriosa:

“Las embarcaciones estaban cerca. Las miró con alivio y esperó, antes de volver los ojos hacia esa elevación ya distante, donde comenzaba la ciudad, sus edificios, el páramo inmenso: Buenos Aires”.

 

 

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