Orson Welles y la visión del novato

|| Una cita con las musas /15

José Luis Casado, en M21 Radio, presenta Madrid con los cinco sentidos, con la sección de Daniel Tubau “Una cita con las musas”… Aquí puedes escuchar Una cita con las musas, en un programa en el que Alberto Cañas y Daniel Tubau hablan de la visión del novato.


TRANSCRIPCIÓN

ALBERTO CAÑAS: Hola Daniel, ¿de qué vamos a hablar hoy?
DT Vamos a hablar de la visión del aprendiz, del novato y de cómo a veces es mejor no saber algo que saberlo.

AC: Ah eso parece un poco extraño, ¿no? Porque se supone que cuando conocemos algo podemos resolverlo mejor…
DT:  En gran parte sí, por supuesto, pero a veces sucede todo lo contrario. Imaginemos a un arquitecto que está pensando en el diseño de un nuevo edificio. De manera natural, su mente le ofrecerá ideas basadas en otros edificios que ha visto, o que él mismo ha diseñado,  o que son famosos. Cada idea que tenga la comparará con lo que ya existe y si se le ocurre una idea muy diferente, enseguida se planteará los problemas de llevarla a cabo.

AC: Claro, supongo que si eres un arquitecto es inevitable que pienses en si el hormigón es suficientemente sólido, si las ventanas se pueden hacer triangulares, los costes que tendrá cada cosa…
DT Claro, todo lo que sabes te condiciona y te puede bloquear. Lo mismo sucede si quieres escribir un guión: escribes una escena y enseguida te acuerdas de otra escena parecida en una película de los años 40. Yo tengo un amigo guionista que siempre recuerda una escena que se parece a algo que estamos escribiendo…

AC: Es que también se han hecho ya tantas películas y tantos edificios, que encontrar algo nuevo debe ser muy difícil.
DT: Sí, especialmente en esta época, en la que estamos muy obsesionados con la originalidad. Pero la verdad es que como dices se han hecho ya decenas de miles de películas, cientos de miles de canciones y millones de edificios. Mi padre siempre decía que quien se cree original es que no conoce la inmensidad de su ignorancia.

AC: Vaya, pero eso puede ser también una causa para bloquearnos. Por un lado ver los problemas que surgirán al desarrollar cualquier idea, y por otro la sensación de que todo ya está hecho.
DT: Pues sí, pero no hay que preocuparse tanto por la originalidad, que es un asunto que trataremos en otra de nuestras citas con las musas… Pero en lo que se refiere a la visión del experto, muchas veces tenemos que desaprender lo que ya sabemos y recuperar, al menos en ciertos momentos, la mirada del aprendiz o del novato de la que hablan algunos budistas.

AC: Ah, no sabía que el budismo tenía que ver con la creatividad…
DT: Sí, claro, el budismo es una de las filosofías más ingeniosas e inventivas, aunque a veces también caiga en el dogmatismo. Hay una anécdota del zen, el budismo japonés, que cuenta que un profesor alemán fue a un monasterio zen para hablar con un maestro muy célebre. En cuanto se vieron, el profesor alemán empezó a discutir cada cosa que le decía el maestro zen. En un momento dado, el monje le preguntó al profesor si quería tomar un té. El profesor dijo que por supuesto y acercó su taza. Y entonces el monje comenzó a verter el té en la taza, pero aunque la taza se llenó y el té ya se caía por los bordes, el monje seguía echando té.

AC: ¿Y qué hizo el profesor?
DT: Le preguntó al monje que por qué seguía echando té, si la taza ya estaba llena y no cabía más. Así que el monje le respondió que eso era precisamente lo que pasaba con la mente del profesor: estaba tan llena de conceptos dogmáticos y de ideas hechas, que era imposible que en ella entrarán ideas diferentes como las que él le estaba proponiendo. Así que antes de pretender entender todo lo que quería aprender, el profesor debía vaciar un poco su mente y dejar espacio para nuevas ideas.

AC: Ah, pues es una historia muy simpática y una metáfora muy ingeniosa.
DT: Sí y muestra algo bastante cierto: que muchas veces nuestras ideas previas nos impiden entender algo nuevo o siquiera escucharlo con atención. En realidad la historia podría haberse dado a la inversa, y que el monje zen visitara al profesor con la mente llena de prejuicios. No es una cuestión de oriente y occidente o misticismo o ciencia, aunque muchos la interpretan así, sino de ser capaz de escuchar algo nuevo sin dejarnos llevar por nuestros prejuicios e ideas previas. Es lo que los escépticos griegos y latinos llamaban la epojé o suspensión del juicio. No siempre tenemos que juzgar o examinar las cosas.

AC: Es decir, que tenemos que poner en suspenso lo que sabemos…
DT: Claro, recuperar la visión ingenua, para no ser condicionados de manera radical por lo que ya sabemos. Volver a ser aprendices. Decía Oscar Wilde, que antes de interpretar una obra de arte, debemos entregarnos a ella sin condiciones. Por ejemplo, pensemos en Orson Welles, al que sin duda conocen todos los oyentes.

AC: Sí, por supuesto, es uno de los más grandes directores de cine. ¿Quién no conoce su gran película Ciudadano Kane, que muchos consideran la mejor de la historia?
DT: Pues resulta que Welles antes de hacer Ciudadano Kane había hecho sobre todo teatro y teatro en la radio con el Mercury Theatre, su compañía, como cuando hizo La guerra de los mundos, la adaptación de la novela de H.G. Wells…

AC: Sí, una adaptación hecha en forma de reportaje que los oyentes creyeron que era real y pensaron que los marcianos nos habían invadido. Hubo hasta suicidios.
DT: Así es. Era un genio del teatro y de la radio, pero cuando Orson Welles llegó a Hollywood no sabía nada de cine. Y lo curioso fue que el director de fotografía más famoso del mundo, que era Gregg Toland, pidió trabajar con él. Y lo pidió porque sabía que Orson Welles era un novato, un aprendiz, y que no sabía nada de cine.

AC: ¿y entonces por qué quería trabajar con él?
DT: Porque sabía que era muy ingenioso e innovador, con una imaginación desbordante, y, por eso, estaba seguro de que le pediría cosas absurdas que nadie que supiese de cine se le ocurriría pedir. Le apetecía ese desafío de enfrentarse a algo imposible y encontrar la solución.

AC: Claro y en Ciudadano Kane se hicieron muchas cosas que no se habían hecho antes. ¿No?
DT: Sí, efectivamente, hay planos donde parece que hay una grandísima profundidad, que el lugar se prolonga de manera casi infinita y lo que hay en realidad son recortables que fingen la perspectiva y crean profundidad. O también en otra escena, la cámara traspasa una claraboya de cristal mediante un ingenioso truco, porque en realidad no la atraviesa. En otra escena hicieron un agujero en el suelo para coger un contrapicado del protagonista, de Kane, en el que se representa un hombre todopoderoso.

AC: Sí, en esa película hay planos realmente asombrosos.
DT: Sí, pero fíjate que en una ocasión otro gran director, Peter Bogdanovich, le preguntó a Orson Welles qué le parecía lo que había pasado en París, donde en una conferencia de prensa un periodista preguntó a Chaplin: “Perdone señor Chaplin, pero he observado que en sus películas nunca hay ningún plano interesante”. Y entonces Chaplin respondió:  “Por supuesto que no hay planos interesantes en mis películas, porque yo soy interesante”.
Y entonces Orson Welles le dijo a Bogdanovich: “Y tenía toda la razón Chaplin. Yo tampoco he hecho nunca un plano interesante, porque todas las decisiones que he tomado al decidir un plano han sido porque quería contar algo concreto, por ejemplo la soledad de Kane cuando le llega el triunfo, cuando hice el agujero en el suelo, para mostrarlo como un titán, pero también como un hombre aislado de los demás y completamente solo. Pero nunca he hecho un plano porque fuese interesante, hermoso o deslumbrante”.

AC: Pues eso es muy paradójico, porque Welles es conocido como el director de los planos interesantes.
DT: Welles no hacía virtuosismo, lo ponía todo al servicio de lo que quería contar y del problema que quería solucionar. Buscaba soluciones a los problemas narrativos. Pero, volviendo a lo que estábamos diciendo: lo interesante de todo esto es que Welles, precisamente porque no sabía nada de cine, se atrevía a pedir cosas que ningún director experimentado le pedía a Gregg Toland.

AC: Así que una buena mezcla sería la de un experto como Toland y un novato como Welles, trabajando juntos.
DT: Pues sí, porque, claro, si no hubiera tenido a Toland, Welles seguramente no habría podido hacer realidad lo que imaginaba.


RECOMENDACIÓN CREATIVA

Cómo se hizo Ciudadano Kane

Robert L. Carringer (Editorial Ultramar)

AC: ¿Y la recomendación creativa de hoy, Daniel, ¿será de budismo zen o de cine?

DANIEL: Será de cine, el zen lo dejaremos para otra ocasión. Puesto que hemos hablado de Orson Welles y Gregg Toland en Ciudadano Kane, creo que un buen libro puede ser un ensayo acerca de cómos e hizo Ciudadano Kane.

AC: Ah muy bien, ¿y qué libro es ese?
DT: Bueno, hay muchos, porque seguramente Ciudadano Kane es la película acerca de la que se han escrito más libros, pero recomendré uno que es breve pero muy interesante y que está traducido al español. SU título es precisamente Cómo se hizo Ciudadano Kane. Su autor es Robert Carringer. El libro recorre todos los aspectos técnicos y creativos del proceso creativo que llevó a hacer posible la película y muestra precisamente esta mezcla entre la visión de los expertos de la productora RKO y del novato en cuestiones cinematográficas Orson Welles y cómo las dos cosas son buenas si se saben mezclar y equilibrar bien.

AC: Pues entonces dejamos aquí esta recomendación, ¿nos la repites otra vez?
DT: Sí. El libro está escrito por Robert Carringer y se llama “¿Cómo se hizo Ciudadano Kane. Lo publicó la editorial Ultramar.

 


José Luis Casado, en M21 Radio, presenta Madrid con los cinco sentidos, con la sección de Daniel Tubau “Una cita con las musas”… En el enlace también puedes escuchar los podcast de los programas.


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Aceptar que la Tierra es redonda y que no se caen los que viven en “el lado de abajo”, y que, además, el planeta se mueve en el espacio a una velocidad vertiginosa sin que nos caigamos todos, es algo que choca contra la intuición y que desafía al sentido común. No es extraño que muchos se negaran a aceptarlo durante siglos.

El cine también nos ha hecho aceptar con naturalidad algo que parece completamente absurdo: que lo que nos parece una acción continua en realidad esté compuesto por fotogramas independientes de imágenes estáticas.

Esta asombrosa revelación nos prepara para aceptar asuntos todavía más extravagantes, como algunas consecuencias de la física cuántica o la relativista. El cine, en efecto, es un término de comparación estupendo para la física cuántica, porque los electrones también “se saltan los intermedios”.

En efecto, el electrón no pasa gradualmente de una órbita a otra, sino que salta de una a otra sin transición: ahora está en esta órbita y después está en la siguiente, pero no atraviesa el estado intermedio. Eso es lo que se llama un salto cuántico. Del mismo modo, en la proyección de una película, a pesar de la apariencia de continuidad, se salta de un fotograma a otro y de una serie de fotogramas a la siguiente. No hay continuidad bajo las apariencias, ni en el cine ni en el mundo subatómico.

Fotogramas del átomo

Aunque puede parecer extraño que no veamos los espacios de celuloide que hay entre fotograma y fotograma, lo verdaderamente asombroso es que no percibamos la oscuridad en la que permanecemos durante gran parte de la película.

En efecto, el obturador tiene que interrumpir el haz de luz del proyector dos veces en cada fotograma, para que tengamos la ilusión de movimiento. De este modo, el celuloide avanza un fotograma cada 42 milisegundos, pero el fotograma no es mostrado durante toda la duración de esos 42 milisegundos.

En realidad, el fotograma se muestra durante 8,5 milisegundos, pero luego es ocultado por el obturador durante 5,4 milisegundos; se muestra de nuevo otros 8,5 milisegundos, se oculta otros 5,4 milisegundos y es mostrado finalmente otros 8,5 milisegundos. Es decir, vemos el fotograma durante 25,5 milisegundos y no vemos nada durante unos 16 milisegundos.

En realidad, como dicen Bordwell y Thompson, en una película que dure 100 minutos, “¡el público está sentado en absoluta oscuridad durante casi cuarenta minutos!”

Heráclito decía panta rei, todo fluye. Ahora sabemos que es posible que algo no se mueva y que ni siquiera se vea durante un 40 por ciento del tiempo, como las imágenes de los fotogramas del cine, y que, sin embargo, puede parecer que se mueve de manera continua.

Así que podemos preguntarnos si ese río de Heráclito que nunca es el mismo río, no será tan sólo una ilusión, y concluir que tal vez tuviera razón su rival, Zenón de Elea, cuando afirmó que el movimiento no existe. También la realidad que vemos podría no ser continua. Tal vez el movimiento que creemos ver es creado por nuestra percepción, que quizá funcione como un proyector de cine, creando continuidad donde no la hay. Tal vez vivimos en un universo estático o parpadeante sin saberlo.


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Ursula K. Le Guin y la confianza del escritor

|| Una cita con las musas /14

José Luis Casado, en M21 Radio, presenta Madrid con los cinco sentidos, con la sección de Daniel Tubau “Una cita con las musas”… Aquí puedes escuchar Una cita con las musas, en un programa en el que Chus Natera y Daniel Tubau hablan de Ursula K. Le Guin y sus métodos para escribir.


 

TRANSCRIPCIÓN

Ursula K. Le Guin y la confianza del escritor

 

CHUS: Buenas tardes, Daniel. ¿Qué nos espera hoy en una cita con las musas?  

DT: Nos espera una gran escritora y una de mis favoritas, y cuando digo favoritas aquí me refiero tanto a hombres como a mujeres, a escritores y escritoras. Se trata de Ursula K.Le Guin.

 

CHUS: Ah, es una gran escritora de ciencia ficción, y creo que murió hace poco.

DT: En efecto, murió el mes pasado. Es verdad que escribía novelas de ciencia ficción, aunque a ella no le gustaba mucho el término, y prefería algo así como ficción especulativa o simplemente decía que era escritora. Escribió muchos libros extraordinarios, como La mano izquierda de la humanidad, El nombre de este mundo es bosque, que muchos consideran la inspiración de Avatar, o Un mago de Terramar, que también muchos consideran la inspiración de la saga de Harry Potter, o Los desposeídos, que es una utopía anarquista.

CHUS: Ah, sí, porque ella también se declaraba anarquista.

DT: Así es, anarquista del sector Kropotkin no del de Bakunin, es decir no violenta.  Y también decía que era taoísta. Pero ella siempre fue todo de manera muy inteligente, nunca fue una fanática ni simplificó las cosas y en Los desposeídos muestra que el anarquismo también tiene sus problemas, incluso en esa sociedad utópica.

CHUS: ¿Y qué nos puede contar Ursula K. Le Guin de la creatividad?

DT: Muchas cosas, porque ella decía que la imaginación es la herramienta más útil que posee la humanidad y dio talleres literarios y aconsejó a otros escritores, aunque decía que enseñar a escribir no se puede realmente. Cosa que es bastante cierta. En este tipo de asuntos, los profesores lo único que podemos hacer es señalar, como decía Agustín de Hipona. Pero aprender solo puede aprender la persona que decide hacerlo, quizá estimulada por buenos consejos.

 CHUS: Pero no vamos a hablar de la ciencia ficción de Ursula K. Le Guin, ¿verdad?, sino de su proceso creativo.

DT: Claro. A ella le interesaba mucho este tema. En uno de sus ensayos breves que se llama “Una cuestión de confianza”, Le Guin cuenta un poco su proceso creativo y dice que un escritor debe confiar en sí mismo, en la historia y en el lector para escribir algo que valga la pena. Confiar en uno mismo, dice, es algo que se adquiere con la práctica, aunque es cierto que cuando estás empezando tienes que confiar en ti un poco a ciegas y fingir, y lo curioso es que si finges bien, al final te lo crees y funciona. Es como eso de ponerse un lápiz en la boca para mover los músculos de la sonrisa y así animarnos un poco.

CHUS: Ah, muy interesante. Un poco de fingimiento puede llevar a algo bueno… ¿Y lo de confiar en la historia?

DT: Con eso se refiere a que en un cierto momento te tienes que dejar llevar por la historia, renunciar a  tener el control, pero solo en un cierto momento

 

CHUS: Bien. ¿Y en qué momento sucede eso?

DT: Ella lo cuenta de una manera que coincide mucho con los estudios acerca del proceso creativo, de los que ya hablamos en una ocasión al tratar de las fases de la creatividad propuestas por el pionero en la investigación creativa Graham Wallas. Se trata, dice Le Guin en primer lugar de planificar, leer mucho, escribir muchos borradores, hacer planes de todo tipo. Pero llega un momento en el que cuando eso empieza a funcionar, te dejas en cierto modo arrastrar por la historia.

 

CHUS: Pierdes el control.

DT: Eso es. Le Guin dice que puede sonar muy místico eso de que la historia te lleve, pero que no lo es. En realidad, dice, podemos ceder el control porque la práctica y la planificación nos ha permitido automatizar la mayoría de los aspectos de la escritura. Ella insiste mucho en que esto no tiene nada que ver con todas esas teorías que dicen que hay que cerrar el intelecto y pensar con el lado derecho creativo del cerebro. 

CHUS: Ah, eso es una cosa de la que se habla a menudo, lo del cerebro creativo…

DT: Sí, pero la teoría de los dos hemisferios cerebrales, uno creativo y otro lógico y racional, fue descartada hace ya muchos años, aunque todavía hay personas que la repiten y elaboran teorías absurdas acerca de ese supuesto hemisferio creativo, que no existe. Para escribir, dice Le Guin, hay un trabajo constante, previo, muy importante, muchas veces subconsciente.

CHUS: como esa segunda fase del proceso creativo de la que habla Graham Wallas que se llama incubación.

DT: Exactamente. Y Le Guin dice que so en su caso a veces dura años. Hace planes, anota ideas, piensa en situaciones durante mucho tiempo. Después se olvida a lo mejor d esa novela y de pronto siente un impulso, eso que Wallas llamaba la inspiración o revelación, donde entiende cómo tiene que escribirlo y se pone a hacerlo como una posesa.

 CHUS: Y es ahí  donde cede el control y deja que la historia la lleve a cualquier lado.

DT: Así es, por supuesto no se trata de perder por completo el control, pues hay que seguir sosteniendo el bolígrafo o tecleando en el ordenador, pero es cierto que a veces sientes como si te estuvieran dictando la historia, mientras que otras veces avanzas con mucha dificultad. Esos momentos en los que escribes casi sin pensar son estupendos.

CHUS: Pero sospecho que ahí no acaba la cosa.

DT: Pues no, porque ella misma dice que cuando terminas la historia se termina y está calentita te quedas encantada, pero que después se va enfriando y vas viendo los errores, las inconsistencias, las parte más flojas, y entonces tienes que volver a tomar el control y revisarla.

 

CHUS: Pero Ursula K.Le guin decía que había una tercera cosa en la que confiar, además de confiar en ti misma y en la historia, que había que confiar en el lector.

DT: Sí, porque decía que nunca debemos olvidar que al otro lado de esa historia que escribes está el lector, es a él a quien te diriges y por eso recomienda varias cosas en este sentido. Primero, que una vez revisada la historia, es bueno recibir el juicio de otras personas, que te digan lo que han sentido, lo que han pensado, qué partes les gustan más y menos. Pero también recomienda no subestimar al lector y no tratarle despectivamente, confiar en que sea un buen lector y sepa hacer su trabajo.

 

CHUS: Claro, que no sea un lector pasivo sin más

DT: Pues sí, porque, al menos en su caso, a ella no le interesaban lo lectores pasivos que quieren que el escritor se lo dé todo hecho, los devoradores de bestsellers. Y es precisamente en la fase de la corrección donde tienes que pensar en el lector. Porque una cosa es la historia que has escrito para ti, que sabes muchas cosas por todo lo que has trabajado al escribirla y sabes muchas cosas que no están ahí en eso que has escrito. 

CHUS: Porque todas esas cosas las sabes tú pero no las sabe el lector…

DT: Así es. Tienes que darte cuenta de eso y modificar muchas cosas que  a lo mejor a ti te parecen estupendas porque conoces esa historia oculta pero que el lector no conocerá.

 

CHUS: Claro. Y es obvio que tú estás de acuerdo con Ursula K. Le Guin porque tienes un libro que se llama El espectador es el protagonista.

DT: Así es, porque resulta que lo mismo que le puede suceder a un novelista le puede pasar a un guionista o aun cineasta: olvidarse del espectador. De eso es posible que hablemos en alguna cita futura con nuestras queridas musas.

 

Recomendación Creativa

 

CHUS: Supongo que la recomendación creativa será un libro de Ursula K. Le Guin.

DT: Claro. Hay que decir que podríamos recomendar cualquiera de sus mejores libros, como Los desposeídos, El nombre de este mundo es bosque o La mano izquierda de la oscuridad, pero vamos a recomendar uno que no es de ciencia ficción, sino de ensayo.

 

CHUS: Ah, perfecto, ¿y qué libro es ese?

DT: ES una colección de ensayos que se ha publicado recientemente y que se llama Contar es escuchar, y tiene el subtítulo “Sobre la escritura, la lectura y la imaginación”.

 

CHUS: Y, claro, los ensayos son acerca de esos temas.

DT: Sí, pero también acerca de muchos más. Hay algunos textos biográficos o casi biográficos, como el primero, que es muy divertido y muy incisivo, cuando comienza diciendo: “Soy un hombre. Pensarán que he cometido un error de género sin querer, o que intento engañarlos, porque mi nombre de pila acaba en a, y soy dueña de tres sujetadores, y he estado embarazada cinco veces…”

 

CHUS: Ah, pues sí que parece interesante. Tengo que leerlo y ver por qué dice que es un hombre.

DT: Sí , es un ensayo muy bueno. Porque Le Guin, además de anarquista y taoísta era feminista y ha escrito muy buenas páginas acerca del feminismo. Pero también hay textos muy interesantes sobre los pies, los perros, los gatos, la belleza, Borges, al que admiraba por encima de todas las cosas, el determinismo genético y los talleres literarios.

CHUS: Y también el ensayo del que nos has hablado hoy…

DT: Sí, este de la confianza en uno mismo, en la historia y en el lector, que se llama “Una cuestión de confianza”.

CHUS: Pues no cabe duda de que tiene que ser un libro muy interesante. Dinos los datos.

DT: El libro es de Ursula K. Le Guin y se llama Contar es escuchar y lo publicó el año pasado la editorial Círculo de tiza.

 

 

 


José Luis Casado, en M21 Radio, presenta Madrid con los cinco sentidos, con la sección de Daniel Tubau “Una cita con las musas”… En el enlace también puedes escuchar los podcast de los programas.


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La presencia en mentes ajenas

Me sorprende que alguien a quien apenas conozco me salude por mi nombre. Ya sé que es absurdo que algo tan sencillo me llame la atención, pero me parece insólito que una persona casi desconocida almacene mi nombre y mi imagen durante años, llevando a todas partes un recuerdo de mi rostro y de mi nombre, en todos sus días y en todos sus viajes. Si se aplicara el consejo de Sherlock Holmes de no llenar con conocimientos inútiles el limitado espacio de nuestro desván mental, me parece que, al menos de manera instintiva o intuitiva, que yo sería algo de lo que convendría deshacerse para ganar más espacio. Esta opinión hacia mí mismo quizá parezca un rasgo de modestia insólita o quizá de falsa modestia, pero es lo que pienso realmente, al menos cuando me recuerdan personas a las que no me une una relación intensa: ¿qué he hecho yo para ser recordado?

La cabaña de la Escuela

El asunto no me resulta tan sorprendente cuando es un computador quien me recuerda. Parece muy razonable que si a un computador le he proporcionado mis datos, por ejemplo mi contraseña de correo, sea capaz de recordarla en el momento en el que introduzco mi nombre. Pero encuentro algo misterioso en el hecho de que eso lo haga una persona, como si fuera absurdo que alguien me llevara consigo a todas partes sin que yo le haya dado la instrucción “recuerda mi nombre”, “recuerda mi contraseña”. Tal vez esta sensación tiene relación con mi obsesión por el anonimato. En cierto modo me parece como si me estuvieran robando parte de mi independencia, de mi autonomía y de mi privacidad, al no poder ser yo mismo quien decida cuándo estoy y cuándo no estoy en la mente de otras personas, algo que, al menos en principio, sí puedo decidir con mis artilugios informáticos.

El gran árbol de la Escuela

Creo que este reconocimiento por parte de mentes ajenas se puede comparar de alguna manera con la geolocalización que nos proporcionan los móviles o celulares cuando nos ofrecen resultados que nos pueden interesar, como la situación de carreteras, restaurantes, museos o monumentos. Del mismo modo que nuestros aparatos poseen datos almacenados en su memoria o en la memoria global de internet, que comparan con las coordenadas de la geolocalización, cada uno de nosotros poseemos en el interior de nuestro cráneo un rastreador de imágenes. Cuando a través de nuestros ojos se forma en nuestro cerebro la imagen de alguien que tenemos delante, el rastreador escanea en nuestra memoria y dictamina si se trata de un rostro al que podemos poner una etiqueta. Si existe esa etiqueta, a continuación nos ofrece más información, asociada con esa etiqueta. Eso es lo que debió suceder en el cerebro de esa persona que me ha reconocido hace un rato, y así me ha sucedido a mí hace un instante cuando, poco después del otro encuentro, he reconocido a Carlos T. y he gritado: “!Carlos!”, entrometiéndome, ahora yo, en su intimidad.

Supongo que en ocasiones el rastreador mental nos dice que un rostro es conocido, pero no encuentra inmediatamente la etiqueta “Carlos”: algo falla en la geolocalización, que no siempre es tan precisa como en los teléfonos móviles. También puede  suceder lo contrario, cuando acude a nosotros el nombre pero no logramos situar a la persona. ¿De qué la conocemos?, ¿cuándo nos vimos por última vez? En el caso de Carlos T. fue inmediato, porque yo acababa de ver su rostro en uno de los carteles de la Escuela. Si no hubiese visto esa ficha, en ese lugar que los alumnos llaman “el Totem”, donde se anuncian los profesores que llegan a la Escuela, quizá no le habría puesto nombre nada más reconocerlo, pues hacía algunos años que no nos veíamos, quizá desde aquel divertido curso que compartimos en Santo Domingo.

La cabaña y el gran árbol de la Escuela

Ahora bien, si comparamos al ordenador que nos ofrece datos en respuesta a una petición nuestra (por ejemplo cuando hacemos una búsqueda en Google) con el cerebro humano, parece que existe una diferencia importante. Me pregunto si esa diferencia no tendrá algo que ver con ese asunto todavía misterioso que es la conciencia. Intentaré explicar a qué me refiero.

Cuando un computador realiza una operación determinada, todos los pasos sucesivos están determinados por un algoritmo, que podemos examinar de manera retroactiva. Podemos comprobar que si el computador hizo algo concreto ahora es porque antes había hecho aquella otra cosa. Hay una relación de causa/efecto entre cada cosa que hace el computador.

Pues bien, eso no sucede con nosotros: a menudo descubrimos que no sabemos por qué hemos hecho esto o aquello y frecuentemente no podemos retroceder hasta la primera acción que puso en marcha nuestras elucubraciones. Una mañana, al despertarnos, cantamos una vieja canción que hacía tiempo que no recordábamos. ¿Por qué lo hemos hecho? No lo sabemos.

Ahora bien, esta diferencia entre nosotros y los computadores quizá es solo aparente y tal vez se debe a que no conocemos bien nuestro cerebro. Si lo conociéramos mejor podríamos responder a todos estos enigmas y descubrir la razón por la que hemos cantado esa canción al despertarnos. Tal vez.

Por otra parte, también en los computadores existe un punto ciego, una operación inexplicable, que no se puede deducir examinando retrospectivamente el algoritmo. Ese lugar vacío, sin causa deducible, es precisamente nuestra acción sobre el computador. Nosotros hemos escrito en Google: “Voltaire”, y a partir de ahí el computador ha hecho todas las operaciones lógicas y algorítmicas que le llevarán, en apenas un segundo, a ofrecernos los resultados de la búsqueda. Pero el computador no puede explicar por qué han aparecido en su caja de búsqueda las letras que conforman el nombre “Voltaire”. Eso, para la lógica del computador, es un milagro. También será un milagro, aunque no tan descomunal, que después elijamos uno de los resultados de la búsqueda y hagamos clic. En este caso, no resulta tan asombroso porque, aunque es cierto que podemos elegir entre miles de resultados, cada una de esas elecciones tiene un resultado previsible para el computador: llevarnos a la página elegida, sea cual sea.

Eso que llamamos conciencia, y que tiene mucha  relación con el libre albedrío, es una idea que se relaciona de alguna manera con la sensación de que no todo lo que hacemos sigue un proceso lógico necesario y preciso. Si cada cosa que hacemos pudiese seguirse minuto tras minuto y año tras año en una férrea cadena de causas y efectos, entonces nuestro sentimiento o sensación de tener conciencia y libre albedrío estaría en peligro. Hace varios siglos, Samuel Johnson, su fiel Boswell y otros amigos hablaron de este asunto, intentando explicar que Dios pudiera saber lo que vamos a hacer y que, al mismo tiempo, eso fuera compatible con nuestro libre albedrío, con nuestra capacidad de decidir lo que queremos hacer. Si Dios ya sabe lo que haremos, ¿podemos decidir hacer otra cosa?

__Si podemos hacer otra cosa, entonces Dios no lo conoce todo y no es omnipotente.

__Si no podemos hacer otra cosa excepto lo que Dios ha previsto y pre-visto, entonces no tenemos libre decisión.

Johnson y compañía recurrían a argumentos que ya había empleado el gran sabio Yehuda Ha-Levi: en ciertas circunstancias, nosotros mismos podemos prever que va a suceder algo, pero eso no implica que lo que sucede dependa de nosotros. Si podemos consultar una buena previsión meteorológica del tiempo que va  a hacer mañana, podemos tener una cierta seguridad de que lloverá, pero el hecho de que llueva no se debe a que nosotros lo sepamos. Del mismo modo, para Dios, que nos conoce a la perfección, nuestro comportamiento es completamente previsible, aunque seamos nosotros quienes tomemos las decisiones:

«Si tengo yo cierta familiaridad con un hombre, puedo juzgar con mayor probabilidad de acierto la forma en que actuará en cada caso, sin que ese juicio mío le suponga a
él la menor restricción. Dios puede disponer de esa probabilidad incrementada hasta ser certeza absoluta» [1]James Boswell, Vida de Johnson.

La pregunta que nos podemos hacer es la siguiente: esos actos nuestros voluntarios y libres, que permanecen fuera de la férrea cadena de causas y efectos, de la malla algorítmica a la que sí obedecen los computadores, ¿existen?, ¿son realmente libres y acausales? ¿O se deben solo a nuestra ignorancia?

Una respuesta podría ser que esos huecos, esos momentos desencadenadores sin causa definida podrían ser causadospor las acciones de un Programador al que no percibimos, del mismo modo que un computador no puede percibir que nosotros tenemos la intención de escribir en el teclado las letras que forman el nombre de “Voltaire”. Esa sería una respuesta casi teológica recurriendo a un dios a través de la máquina informática, es decir, a un deus ex machina.


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba el 19 de febrero de 2017. Revisado en 2018]

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Cuando lo razonable es lo incorrecto

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En la llamada polémica Einstein/Bohr, se considera de manera casi unánime que Einstein fue vencido por Bohr. Algunos de los admiradores de Einstein han admitido resignadamente que el viejo genio chocheaba y que era incapaz de adaptarse a las nuevas concepciones, ejemplificando aquel dicho de Darwin que aseguraba que sería  bueno que “todos los científicos murieran a los sesenta años, ya que después es seguro que rechazarían toda nueva doctrina”[2]Darwin, Autobiografía

Lo cierto es que el propio Einstein era perfectamente consciente de esta opinión, como expresó en una carta al físico Max Born:

 “Ni siquiera el gran éxito inicial de la teoría cuántica me hace creer en ella… si bien tengo clara conciencia de que nuestros jóvenes colegas interpretan esto como un efecto de la senilidad. Sin duda llegará el día en que veremos cuál actitud instintiva era la correcta” [3]Talbot.

Para demostrar la inconsistencia de la mecánica cuántica, Einstein propuso a Bohr y sus partidarios varios experimentos mentales, que planteaban paradojas como que los fenómenos cuánticos violaban el principio de que no existe acción a distancia. El más conocido de estos experimentos es el llamado EPR (Einstein/Podolsky/Rosen).

Lo curioso es que Bohr siempre salía del aprieto aceptando lo que se suponía que refutaba su interpretación. Así, dio la vuelta al argumento de que su teoría quedaba invalidada porque implicaba acción a distancia, aceptando sencillamente que, efectivamente, su teoría probaba la acción a distancia.

A pesar de objeciones como las de Popper a la idea de que Einstein fue vencido por Bohr, la sensación general en el mundo de la física fue que el que es considerado el más grande científico del siglo XX y tal vez de toda la historia (con permiso de Newton y Darwin), no había sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Incluso científicos cuya simpatía se inclina hacia Einstein, como Bell, lo reconocen así:

“La superioridad intelectual de Einstein sobre Bohr en el asunto de la teoría cuántica de la medida era enorme; un enorme abismo entre el hombre que veía claramente lo que era necesario y el oscurantista. Así que para mí, es una pena que la idea de Einstein [de una realidad causal, clásica] no funcione. Justamente lo razonable es incorrecto”.

 

 

Continuará


diletante-cuantica-aviso3


[Escrito por primera vez  después de 1994 y antes de 1996, como un trabajo universitario. La edición actual procede de la edición personal de 1998. No he introducido ningún cambio significativo, más allá de correcciones de estilo para hacer más claro el texto y más agradable la lectura, pero a veces he añadido textos explicativos en 2017 o 2018, en otro color]


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