Las fintas de Bruce Lee

Bruce Lee asegura que su arte de combate se basa por entero en estratagemas y engaños:

«Se puede decir que el Jeet Kune Do está construido sobre las fintas y las acciones conectadas con ellas».

El valor de las fintas no consiste solo en engañar al adversario y hacerle reaccionar de manera instintiva, por ejemplo, obligando a que se proteja, sino que tiene un valor añadido. Mediante la finta, que siempre debe parecer un ataque real, hacemos que el contrario se vea obligado a reaccionar y que, al detener nuestro ataque, descuide otro flanco, o bien que nos revele información acerca de las características de su fuerza o su manera de luchar:

«Una finta es una acometida engañosa que invita y tienta al contrario a que haga una parada apropiada.

 

Tanto Bruce Lee como el japonés Miyamoto Musashi explican que la finta puede emplearse como un disfraz que antecede a un empuje posterior. Al lanzar el golpe, reservamos parte de la energía de que disponemos, para emplearla una vez que el enemigo se ha visto obligado a detener nuestra finta, creyendo que ahí acaba nuestro ataque.

También el maestro Sun (Sunzi o Sun Tzu) recomienda en El arte de la guerra lanzar falsos ataques y fintas para conocer mejor al rival:

«Provoco al enemigo para descubrir su manera de actuar; hago que muestre su forma para descubrir dónde es más vulnerable. Lo pongo a prueba para descubrir la fortaleza y debilidad de su situación». (El arte de la guerra, traducción de Ana Aranda Vasserot)

En El arte del engaño se cuentan algunas tácticas relacionadas con fintas, despistes y demostraciones, como los que empleó Sun Bin, al que algunos consideran el verdadero autor de El arte de la guerra o un descendiente del maestro Sun. En una ocasión, para lograr que su rival Pang Juan se confiara, Sun Bin sacrificó varias ciudades, dejando que fueran conquistadas fácilmente.

El experto en estrategia Barton Whaley dice que las fintas son un elemento básico en la estrategia, pero que se pueden distinguir tres tipos diferentes. El primero son las fintas propiamente dichas, que fingen un golpe para descubrir cómo reacciona el enemigo o cual es su situación real. 

El segundo tipo es el despiste o distracción, que puede consistir en desplazar unidades de nuestro ejército para que distraigan la atención del enemigo, como se recomienda en una de Las 36 estratagemas chinas:

«Repara la carretera y preséntate en Chencang».
(Estratagema nº8)

La explicación de esta estratagema tiene que ver con Liu Bang, que acabaría fundando la dinastía quizá más prestigiosa de China. Liu Bang,
fingió reconstruir unas carreteras, dañadas por la reciente guerra contra la dinastía Qin, lo que hizo que su rival por el poder absoluto se confiara, pensando que aquellas obras tan importantes retrasarían cualquier aventura militar. Sin embargo,  Liu Bang desplazó en secreto tropas a la ciudad de Chencang y desde allí y por sorpresa comenzó su campaña para reunificar todo el territorio, lo que consiguió en -202, dando comienzo al Imperio Han bajo el nombre de Emperador Gaozu

La tercera clase de finta a la que se refiere Whaley es la demostración, que lleva al extremo la maniobra de engaño o distracción, porque se trata de dar un verdadero golpe, para así distraer la atención del objetivo que en realidad nos interesa. Por ejemplo, si atacamos con una de nuestras unidades para atraer la atención del enemigo hacia un punto que nos resulta indiferente desde el punto de vista estratégico. Ahora bien, para ser  realmente efectiva, la demostración consiste casi siempre en un choque real y, por lo tanto, implica un sacrificio de tropas. Esta es una de las razones por las que Sunzi recomienda al general ser impenetrable para sus soldados e incluso para sus oficiales, pues, como es obvio, a nadie le gusta ser enviado como a un animal al matadero. Este es uno más de los aspectos siniestros de algunas estrategias: el desprecio por la vida humana, la de los soldados.


Las traducciones íntegras de El arte de la guerra y de Las 36 estratagemas chinas, ambas realizadas por Ana Aranda Vasserot, se incluyen en El arte del engaño.

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Los creyentes de la tabula rasa

|| La gramática innata de Chomsky /5

Chomsky caricaturizó a quienes negaban su gramática innata diciendo que creían que el cerebro es una tabula rasa, una tableta vacía en la que no hay nada escrito, una tablet sin software y sin sistema operativo, una caja sin nada dentro, una masa grisacea sin ningún contenido. El método de Chomsky para ridiculizar a sus rivales es lo que se conoce como crear un espantapájaros, un enemigo grotesco al que es fácil golpear.

Pero lo cierto es que son muy pocos los que han pensado alguna vez que el cerebro es una tabula rasa, a no ser los innatistas teológicos estrictos, es decir, aquellos que afirman que existen dos sustancias, alma y cuerpo o espíritu y materia, y que todas las funciones mentales superiores proceden de ese alma que penetra en el cuerpo  y que lo anima. Como es sabido, la palabra alma deriva de ánima, que significaría en su origen soplo, aire, espíritu vital,vida. Es una curiosa etimología que, como en una mala película de zombies, acaba por dar la vida (ánima) a los muertos, como todavía podemos descubrir en en expresiones como “el monte de las ánimas”, es decir, el monte de los muertos.

Sólo quienes creían o creen que existe un alma separada del cuerpo, estarían dispuestos a considerar que el cerebro sea literalmente una tabula rasa, un recipiente que espera a que el alma se derrame en él como el vino en una copa.

Solo este tipo de personas coinciden con ese espantapájaros ntelectual creado por Chomsky. Tan solo ellos pueden creer que el cerebro es una tabula rasa, una tableta en blanco. Los verdaderos rivales de Chomsky nunca han sido tan simplistas como para pensar algo así.

Continuará


Publicado en 2006 en Pasajero. Revisado en 2017.


SIGNOS

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El autor y sus personajes

Autorretrato con muerte japonesa

Desnudo integral, 1987

La relación de un autor con sus personajes es interesante. Por un lado, no cabe duda de que siempre hay algo nuestro en ellos, aunque aparentemente sean muy diferentes a nosotros. Pero esa cercanía no implica que sean un calco nuestro ni que en ellos se exprese nuestra autentica personalidad.

Muchas veces la relación del autor y sus personajes es como la de un pintor o dibujante que se toma a sí mismo como modelo: se trata, simplemente de la persona que tiene más a mano. Algunos autorretratos son muy precisos y exactos y pueden reconocerse los rasgos del original, pero en otras ocasiones se trata tan solo de unas líneas maestras que sirven para que el retrato sea creíble y verosímil. Pero la intención es que a partir de ese borrador inicial, de ese autorretrato, se pueda crear algo nuevo y diferente, un rostro diferente que quizá acabe por no parecerse en nada al que le sirvió de modelo.

Retrato apresurado de Daniel Tubau (por Iván Tubau). Hacia 1987

En esos rostros diversos, sin embargo, casi siempre suele descubirse una huella del original, tal vez en la forma de la nariz, en el hoyuelo de la barbilla o en la forma de los ojos, o quizá, como siempre decía Iván (mi padre), en esos rasgos concretos que denotan la  verdadera expresión, es decir, la boca y las arrugas de expresión de los ojos.

En algunos casos, se puede reconocer fácilmente la mano del autor, digamos como se detecta a David Chase en Tony  Soprano. En otros casos, tan solo se lo detecta aquí y allá, como al Chase de Doctor en Alaska.

 


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba en febrero de 2017]

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Trabajo con la cámara

Hitchcock es uno de esos directores entre los directores, al estilo de Orson Welles, Martin Scorsese, Stanley Kubrick o David Lynch. Sin embargo, Hitchcock dijo algunas cosas curiosas para señalar la importancia del guión, que parecía considerar más importante que la dirección.

La primera es que, en su opinión, una vez escrito el guión ya estaba todo hecho, y que solo hacía la película porque esa era la única manera para que los espectadores pudieran disfrutar de ese guión. Naturalmente, se trataba de una boutade, pero aun así resulta interesante.

En otra ocasión dijo que si él hiciera un curso de dirección solo dejaría a los alumnos usar la cámara en el segundo o tercer año. Este es un buen ejemplo, muy aplicable en la actualidad, del conocimiento que muchos directores tienen del medio audiovisual y de su ignorancia en lo que se refiere a cómo contar algo.


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba en febrero de 2017]

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La obsesión por clasificar

Ya lo he dicho varias veces, y en especial en Nada es lo que es: la mayoría de las personas no saben relacionarse con desconocidos. No se sienten cómodos en la incógnita  y enseguida quieren que esos desconocidos se conviertan en conocidos.

Que se conviertan en conocidos no solo en el sentido amistoso de la palabra, sino también en el sentido de manejables. La mejor manera, desde el punto de vista psicológico, de no enfrentarse a un desconocido consiste en encasillarlo cuanto antes, meterlo rápidamente en algún compartimento mental. Saber de dónde es, qué edad tiene, qué piensa acerca de algunas cuestiones básicas, saber cuál es su ideología o incluso cuál es su signo zodiacal. Gracias a estos datos triviales, el desconocido deja de serlo, o al menos eso parece a primera vista, porque, insisto, se trata de un mecanismo cuya finalidad es la tranquilidad psicológica, pero que tiene poco que ver con un sincero deseo de conocer.

Sucede que cuando obtenemos esos datos del desconocido, nos parece que ya lo conocemos, pero en realidad lo único que hemos conseguido es aplicarle los prejuicios e ideas hechas que hemos almacenado durante años acerca de esos datos, prejuicios que ahora nos devuelve nuestra intuición. Y de este modo logramos clasificarlo, es cierto, pero a cambio de perderlo como individuo. Y eso sucede no solo porque hemos sustituido un contacto real pero imperfecto por la suma de datos de un patrón prefabricado, sino también porque, al exigir tales informaciones y al darlas nosotros mismos, establecemos una relación viciada, un patrón de relaciones que se deslizará por los terrenos del tópico. Lo que suceda a continuación se va a adaptar inevitablemente a esa información intercambiada.

A mí, por el contrario, me gusta jugar durante más tiempo a conocer a alguien, prefiero evitar en la medida de lo posible las preguntas directas, tópicas, obligadas. Adivinar, deducir, descubrir. Me parece, además, que comportarse de este modo, convivir con lo desconocido, es una muestra de respeto y fascinación por la individualidad de cada persona, una preferencia por las personalidades únicas e irrepetibles.


Se podría  recordar, acerca de las personalidades irrepetibles, aquello que hizo Beethoven cuando se enteró de que Napoleón Bonaparte se había coronado a sí mismo Emperador: tachó la dedicatoria de la Quinta Sinfonía y mostró su desprecio hacia aquel acto supuestamente sublime del corso: “Es un hombre como los demás: pudiendo ser Napoleón, prefiere ser Emperador”.


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba el 19 de febrero de 2017. Revisado en 2018]

Cuaderno de Cuba

Cuba-edificio

Psicología y neurociencia

 

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El arte de la guerra en una traducción extraordinaria

La mejor razón para comprar El arte del engaño es sin ninguna duda que incluye la traducción de El arte de la guerra, de Sunzi (Sun Tzu) realizada por Ana Aranda Vasserot. Aunque lo hayas leído ya, vale la pena que leas esta nueva traducción.

Se trata de una traducción íntegra y directa a partir del chino, que no solo es fiel al original y rigurosa al extremo (he sido testigo privilegiado de la extrema meticulosidad de Ana Aranda), sino que, además, suena estupenda en español, lo que no siempre sucede con las traducciones del chino a otros idiomas, que en ocasiones mantienen el rigor pero no la sonoridad, el estilo y el ritmo propios del idioma de llegada, en este caso el español.

Así que esta es la razón principal, pero voy a enumerar algunas de las razones para que adquieras cuanto antes El arte del engaño. Aquí van:

Ana Aranda Vasserot, traductora de El arte de la guerra, en un pequeño (y secreto) pueblo de China.

 Contiene la traducción íntegra de El arte de la guerra a partir del chino clásico. Es una de las mejores traducciones publicadas hasta la fecha en cuaquier idioma.
 Contiene El arte de la guerra comentado pasaje a pasaje, para que todos los secretos y consejos de Sunzi resulten accesibles a cualquier persona.
 Contiene Las 36 estratagemas chinas, un misterioso tratado de estraegia que en la actualidad compite en fama con El arte de la guerra.
 Contiene Las 100 reglas de la estrategia y del engaño, donde se concentra toda la sabiduría estratégica china.
 Es un ensayo acerca del pensamiento estratégico. Original, entretenido, sorprendente y al mismo tiempo riguroso y documentado.
 Muestra la relación de la estrategia con la teoría de juegos, y por qué es posible vencer en el ajedrez, el go o incluso el póker con una buena estrategia.

El arte del engaño está en todas las librerías de España y en muchas de América. Y también en Amazon

 

 Se muestra la relación de la estrategia con la semiótica y la lectura de signos, convirtiendo a Sunzi en el Sherlock Holmes de la guerra.
 Muestra la diferencia entre la guerra oriental y la occidental y explica por qué El arte de la guerra superó en el siglo XX en fama al gran teórico de la estrategia occidental, Carl von Clausewitz.
 Muestra la importancia del espionaje, la información y la contrainformación en cualquier estrategia. Conecta directamente con todo el asunto de las fake news y la postverdad.
 Revela los conceptos chinos de fuerza, potencial estratégico, momento oportuno, la importancia del vacío, la impenetrabilidad y la fuerza de la debilidad, entre muchos otros.
 Denuncia y corrige las deformaciones y malas interpretaciones que se suelen hacer de El arte de la guerra, devolviéndole su verdadera esencia. Es un libro que ofrece una visión diferente, pero más correcta, del gran clásico.
 Es una invitación a conocer la inmensa riqueza de la cultura china, algo en lo que España todavía está por detrás de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia o Japón.


El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


AmazonArielCasa del LibroFnac


Pedro Baños, autor del bestseller internacional Así se domina el mundo:

“Una interesantísima aproximación a la clasica obra El arte de la guerra de Sunzi y a otros clásicos de la estrategia. Un libro imprescindible para toda persona que desee entender no solo la actual actuación internacional de China, sino las futuras estrategias del mundo que nos espera”.

 

 

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Ana Aranda Vasserot en El País

El arte de la guerra, de Sunzi (Sun Tzu)

Ana Aranda Vasserot cuenta hoy en el Trotamundos de El País, una (pequeña) parte de sus aventuras en Yunnan.

“Para lograr traducir del chino clásico los textos de ‘El arte de la guerra’ de Sunzi incluidos en el libro El arte del engaño (Ariel, 2018), Ana Aranda ha pasado largas temporadas en China. Aunque fue su segundo viaje al país asiático el que la llevó hasta la región de Yunnan… (sigue en El viajero de El País)


 

El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
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Pedro Baños, autor del bestseller Así se domina el mundo:

“Una interesantísima aproximación a la clasica obra El arte de la guerra de Sunzi y a otros clásicos de la estrategia. Un libro imprescindible para toda persona que desee entender no solo la actual actuación internacional de China, sino las futuras estrategias del mundo que nos espera”.

 

 

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Nueva traducción de El arte de la guerra, de Sunzi (Sun Tzu)

«En el clásico de las armas de Sun Wu, el lenguaje es como perlas y jade, ¿acaso por su ejercicio militar Sunzi ignoró la literatura?».
Liu Xie[1]
Liu Xie, El corazón de la literatura y el cincelado de dragones.

Si te interesa El arte de la guerra, el libro escrito por Sunzi (Sun Tzu) que se considera el libro de estrategia más importante de la historia, junto al De la guerra de Clausewitz, ahora puedes leerlo en una traducción comentada que te permitirá entender todas las claves y acceder a la sabiduría milenaria de este libro. Si, por el contrario, ya has leído El arte de la guerra, te recomiendo que vuelvas a leerlo en esta versión: te sorprenderá.

Traducido directamente del chino por Ana Aranda Vasserot, es sin duda una de las mejores traducciones publicadas hasta la fecha en cualquier idioma.

A continuación puedes leer la introducción a la traducción publicada en El arte del engaño, donde explicamos que criterios nos guiaron en el momento de traducir a  este texto escrito en chino clásico, cvonservando las virtudes del original y la sonoridad y estilo de la lengua española literaria.

«Nuestro amigo Chen Yiming considera que lo más importante en una traducción es conservar el sentido del original; lo segundo, intentar reproducir el estilo; lo tercero, trasmitir la belleza. Hemos intentado cuidar estos tres aspectos en nuestra traducción de El arte de la guerra.

En lo que se refiere al sentido, siempre que ha sido posible nos hemos mantenido cerca del texto original, evitando añadir ideas que no aparecen en él. No es una tarea fácil, ya que existen muchos pasajes de difícil interpretación. El hecho de que El arte de la guerra sea uno de los textos chinos más traducidos a cualquier lengua es al mismo tiempo una ventaja y un inconveniente, porque al cotejar las diferentes traducciones se encuentran lecturas distintas casi para cualquier pasaje, algo inevitable debido a las particularidades del chino antiguo.

En su traducción de las Analectas de Confucio, el sinólogo Simon Leys cita un recuerdo de Jorge Luis Borges que muestra de manera elocuente las dificultades de la lengua china:

«Hacia 1916 resolví entregarme al estudio de las literaturas orientales. Al recorrer con entusiasmo y credulidad la versión inglesa de cierto filósofo chino, di con éste memorable pasaje: «A un condenado a muerte no le importa bordear un precipicio, porque ha renunciado a la vida». En ese punto el traductor colocó un asterisco y me advirtió que su interpretación era preferible a la de otro sinólogo rival que traducía de esta manera: «Los sirvientes destruyen las obras de arte, para no tener que juzgar sus bellezas y sus defectos». Entonces, como Paolo y Francesca, dejé de leer. Un misterioso escepticismo se había deslizado en mi alma».[2] Jorge Luis Borges, «Arthur Waley. Shi king. Una versión inglesa de los cantares más antiguos del mundo» (El Hogar, 28 de octubre de 1938).

Por fortuna, El arte de la guerra es un manual de estrategia que desarrolla cada tema con bastante coherencia. Lo que en una primera mención genera dudas, suele aclararse cuando avanzamos en la lectura, algo que no siempre sucede en las Analectas de Confucio y pocas veces en textos como el Dao De Jing (El libro del Tao). Las divergencias en la traducción no suelen afectar a la interpretación estratégica, excepto en cuatro o cinco casos de cierta relevancia. Cuando nos hemos encontrado ante un pasaje abierto a diferentes interpretaciones estratégicas, hemos señalado en los comentarios las diversas posibilidades, teniendo en cuenta a un lector no especialista, por lo que hemos evitado entrar en complejas discusiones filológicas.
En nuestra opinión, muchas de las divergencias en la interpretación del texto son un estímulo más que un problema. A veces un error de traducción puede dar lugar, y el lector tendrá ocasión de comprobar que no exageramos, a lecturas que pueden mejorar el original, al menos desde el punto de vista estratégico. Por eso, como dijo Alberto Cousté del tarot y como se puede decir del Yijing, también El arte de la guerra es una máquina de imaginar con la que podemos aprender incluso cuando está mal traducido o cuando los intérpretes van más allá de las intenciones de su autor. A pesar de ello, no hemos querido imaginar, sino ser fieles al texto y a las intenciones del autor, aunque sin aferrarnos de manera dogmática al significado de cualquier palabra o frase, pues como decía Mencio:

“Cuando explicamos una canción, no debemos usar una palabra para distorsionar una frase ni una frase para distorsionar la intención. Si uno piensa en la intención del conjunto, logrará entenderlo mejor».

Mencio recuerda entonces un pasaje de la canción “La vía láctea”, en la que se dice: “De la gente de cabello negro [los chinos] que quedaban de los Zhou, ninguno sobrevivió”. Si interpretamos la frase literalmente, dice Mencio, entonces ningún habitante del territorio Zhou habría sobrevivido (y en consecuencia, no habría chinos)».

Por otra parte, ofrecemos al lector no una, sino dos traducciones de El arte de la guerra. Las dos son idénticas en cuanto a las palabras empleadas, pero la primera está en prosa continua, sin ninguna nota ni comentario, mientras que la segunda se ofrece comentada pasaje a pasaje, que complementa y se complementa con los capítulos de «Teoría y práctica de El Arte de la guerra», es decir, con la segunda parte de El arte del engaño. Esta segunda traducción intenta emular la cadencia del original, separando las frases y los párrafos mediante cesuras, como lo hacen algunos traductores, en especial John Minford. Nosotros hemos querido ofrecer una versión en cada estilo y debemos confesar que resulta difícil decidir cuál de ellas nos gusta más, el texto continuo o el texto dividido mediante cesuras.

En lo que se refiere al estilo y la belleza, hemos intentado reproducir en la medida de lo posible el estilo breve y cortante del original, aunque hemos renunciado a hacerlo siempre que el sentido y la comprensión estuvieran en riesgo. También hemos intentado conservar y reproducir los paralelismos y ciertos pasajes en los que se detecta una clara voluntad de estilo. No hemos sido tan sintéticos como John Minford, y en ciertas ocasiones nos hemos visto obligados, como el resto de traductores, a recurrir aquí y allá a cierto esfuerzo imaginativo para que el texto no resultara por incomprensible. Esperamos no haber recurrido a ello en exceso y siempre que ha sido posible hemos preferido mantener cierta ambigüedad rica en significados. También hemos huido del estilo exotizante o de chinosserie y del aroma taoísta o budista que se encuentra en otras traducciones. Sin negar las conexiones indudables de El arte de la guerra con el taoísmo (que se han examinado con minuciosidad en el ensayo), no creemos que se deba hacer hablar a Sunzi como un alquimista taoísta del siglo IX o como un adepto new age del siglo XXI, porque nos parece que eso sería reducir la inmensa cultura china y la naturaleza de El arte de la guerra a tres o cuatro claves místicas y enrevesadas, muy alejadas, en nuestra opinión, de las intenciones originales de quien o de quienes escribieron el libro».

 


 


 

 


El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


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Pedro Baños, autor del bestseller Así se domina el mundo:

“Una interesantísima aproximación a la clasica obra El arte de la guerra de Sunzi y a otros clásicos de la estrategia. Un libro imprescindible para toda persona que desee entender no solo la actual actuación internacional de China, sino las futuras estrategias del mundo que nos espera”.

 

 

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David de Dinant y los noumenos

David de Dinant era un pensador cuyos escritos fueron condenados a la hoguera por la Iglesia. Dinant sostenía que había tres sustancias diferentes: Dios, materia y alma.

Sin embargo, parece, pues no se conservan restos de sus escritos, que al final de su argumento Dinant llegaba a unificar estas tres sustancia en una sola.

En Wulf y Fraile (me refería a dos historias de la filolsofía) he conseguido averiguar algo muy interesante acerca de David de Dinant. Dos cosas interesantes.

La primera es la justificación de su monismo materialista. Primero parece plantear la distinción bastante frecuente entre tres sustancias: Dios, alma y materia. Pero, añade, si estas tres sustancias son simples, tienen que ser idénticas, puesto que para poder distinguir dos cosas hemos de hallar algo común y algo diferente.

No voy a desarrollar este argumento aquí.

2018: Dicho con la mayor brevedad posible: si las tres sustancias son realmente simples, no pueden tener diferencias, pues eso las haría tener partes o ser un compuesto, y por tanto no ser simples. La razón por la que no puede haber tres sustancias simples diferentes no estoy seguro de poder reconstruirlo, pero podría ser también que si dos sustancias realmente simples se combinan o relacionan (como se supone que ha de suceder entre Dios, alma y materia) entonces deberían perder o ganar algo, con lo que no serían realmente simples.

Me interesa el segundo argumento de David de Dinant acerca de la distinción entre espíritu y materia, que tiene mucho que ver con el anterior, pero que también aporta algo nuevo, creo yo.

Lo cierto es que tengo la duda (curiosa expresión) de si interpreto bien las palabras de Dinant. Sea o no así, tampoco parece posible averiguarlo, dada la suerte corrida por la obra de este filósofo, considerado hereje.

Según yo interpreto el argumento en cuestión, coincide con ideas que vengo manteniendo desde hace tiempo. He de buscar los textos (¿qué textos serán esos?).

Dice David de Dinant:

“Si el espíritu difiriera de la materia, habría una materia en la materia prima y necesitaríamos proceder hasta el infinito”

Yo lo interpreto del siguiente modo: quienes dicen que lo que se nos aparece son sólo fenómenos, pero que lo real, la sustancia, es otra cosa, un noúmeno, caen en contradicción.

Porque (en palabras mías, y no de David de Dinant), si en un fenómeno, en una apariencia, podemos separar lo numénico, la sustancia, entonces ha de quedar algo que no es la sustancia, pues, de no ser así, veríamos la sustancia en vez del fenómeno.

Pero ese algo puramente fenoménico no puede existir por sí mismo, pues sería sustancia. Etcétera.

No sé si eso es lo que pretende decir David de Dinant. Creo que sí.

Con esto quiero decir que es absurdo, como pretende Descartes, quitarle la dureza a una piedra o el calor al fuego, porque, si lo hacemos, no sé qué encontraremos, pero sí sé que perderemos la piedra y el fuego. Esto vale tanto para las cualidades primarias como para las secundarias,aunque para éstas exigiría una argumentación larga y fatigosa.


[Escrito en 1990. Añadido en 1995. Revisado en 2018]

2018: Por alguna razón, en lo escrito en 1995 quería comparar a David de Dinant con Pico de la Mirandola, no sé porqué, y añadí esto: Pico de la Mirandola decía que Dios había creado al hombre como la única criatura sin una naturaleza definida, otorgándole el poder de elevarse, por sus propios méritos a la categoría de los ángeles (y posiblemente más allá, más cerca de Dios), o de rebajarse hacia las bestias. Descubro también ahora que Elena Casadei ha intentado uan reconstrucción de los textos atribuidos a David de Dinant:  I testi di David di Dinant. Filosofia della natura e metafisica a confronto col pensiero antico. Me gustaría leerlo.