El narrador de El Duelo

|| Sobre El Duelo

 

(Comentarios en la edición privada de 1998)

Escribí El Duelo hace catorce años, pero, al editarlo ahora, no he cambiado casi nada. Quizá alguna palabra o frase, siempre por razones de comprensión. He visto defectos mayores en la forma y, por supuesto, en el contenido, pero he preferido conservarlos, aunque no exactamente por espíritu de fidelidad. No hace falta decir que El duelo, sea lo que sea, está incompleto. Calculo que su extensión, de haberlo terminado, sería cuatro o cinco veces más.

El duelo no es una novela, puesto que es todo diálogo excepto alguna breve descripción que sitúa la acción como lo hace una acotación de teatro. En cierto modo se asemeja mucho a una obra de teatro, puesto que todo es diálogo, pero también de vez en cuando aparece un narrador que nos dice lo que piensan los personajes, por ejemplo, después de la segunda entrevista del barón con Eugenia. Así que es un híbrido que podría ser convertido más fácilmente en teatro que en novela.

En estos días me interesa mucho este asunto de las novelas psicológicas, de si el narrador debe decir o no al lector lo que piensan los personajes. En cierto modo, ahora parece bastante extendida una forma, que debe mucho a Jacques el fatalista de Diderot y al Tristan Shandy de Sterne. Se trata de que los personajes son algo así como marionetas del autor, marionetas que representan distintos arquetipos: el inseguro pero valiente, la mujer que es incapaz de comprometerse aunque es lo que más desea, etcétera. El autor deja hablar a los personajes, nos cuenta lo que dicen y también lo que piensan y además, de tanto en tanto, se aparece para recordarnos que esos personajes no existen, que son seres inventados por él. Así que se trata de una narrador omnisciente en el más pleno sentido de la palabra. Es un autor todopoderoso: el crea el universo y no sólo lo observa y lo describe como alguien que mira un cuadro o un paisaje: también se mete dentro de las cabezas de sus seres ficticios y nos cuenta lo que pasa por ellas.

A mí me gusta mucho lo de hablar al lector, y recuerdo que hace quizá quince años o quizá veinte jugaba continuamente con la idea de escribir algo así, pero entonces comencé a leer Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, y al ver que él hacía eso que yo pensaba hacer, me desanimé y abandoné el proyecto, además de no continuar con la lectura del libro de Calvino. Creo que fue años después cuando leí el maravilloso Jacques, y años más tarde, finalmente, el Tristam Shandy, con lo que recorrí el camino inverso al histórico, pues Diderot imitó a propósito a Sterne, y Calvino sin duda a ambos. Sé, sin embargo que hay muchos más ejemplos de esto, y creo que algunos se hallan en Grecia o Roma. Podría escribir un ensayo sobre el asunto.

Naturalmente, uno de los precedentes más claros se halla en el teatro, en esos bufones que hablan al público, revelando la intención secreta de los personajes, o en el coro griego, o sencillamente en esos personajes que recitan una introducción o entretienen al público con alguna reflexión entre acto y acto. Sé que hay ejemplos en el teatro francés, me parece recordar que en Marivaux y quizá en Moliere. Posiblemente también en Goldoni.

Pues bien me gusta eso de jugar al metanivel: saltar por encima y descubrir que esa novela es un juego de marionetas.

No siento, sin embargo tanta simpatía por el narrador omnisciente que nos revela los pensamientos de sus personajes. Me gusta cuando se narra en primera persona y, por tanto, sólo se conoce el pensamiento del narrador principal, aunque hay novelas en las que el autor se descuida y nos dice lo que piensan los demás personajes. Sí, claro, en realidad se trata de lo que el narrador en primera persona piensa que piensan los demás personajes, pero aún así, a menudo da la sensación de que no se debe ni puede dudar de que eso es realmente lo que piensan los otros personajes, de que realmente ese narrador en primera persona lo sabe. ¿Cómo puede saberlo?

No voy a seguir desarrollando este tema porque, precisamente, va a ser uno de los motivos y razones de algo que quiero escribir. Sólo añadiré algunas cosas, aun a costa de repetirlas allí dentro de unos meses.

Continuará….


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 DOROTEA “Vete, señor, que tus palabras son impropias y suenan mal y en falso tus canciones, e incluso tu perfume que percibo no me halaga tanto como aquel que despide la violeta de los campos nuestros”

¿Qué sentido tiene una comparación tal? ¿A qué vienen aquí los campos, si estamos en una villa? No es mala la idea de que una mujer desprecie las palabras, las canciones e incluso el perfume de su pretendiente. Pero está tan mal llevado, que se pierde lo que de interesante pudiera tener la idea. Si la escena trascurriese en el campo, no sería difícil decir que ese perfume odiado oculta el otro tan amado, de alguna manera más o menos ingeniosa, pero tal como está el verso carece de sentido o su sentido es trivial.


[Publicado en 2007]


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No había leído nada de Mallea y este relato me ha gustado. La sensación de un sueño que se cuenta sin entrar en los detalles más intensos, escapando a la profundización de las experiencias. Con un personaje, Avesquín, que deambula de un lado a otro, buscando algo quizá o buscando solo pasar las horas deambulando. De alguna manera rara me ha recordado mis paseos por Buenos Aires. Al terminar el relato, mis sensaciones se confirman al revelarse el nombre de la ciudad misteriosa:

“Las embarcaciones estaban cerca. Las miró con alivio y esperó, antes de volver los ojos hacia esa elevación ya distante, donde comenzaba la ciudad, sus edificios, el páramo inmenso: Buenos Aires”.

 

 

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Juego medio

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[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro]

4. Juego medio

—Como podéis observar -dijo el barón, extendiendo su mano ante sí-, los reveses de la guerra, de algunos de los cuales se me acusa veladamente, me han permitido dedicarme por entero a la amable tarea de cuidar mis jardines.

—En efecto, he observado que habéis plantado glicinas azules -dijo Frederick-. Su belleza se contagia a las demás plantas, los agavanzos adquieren un suave color rosado, las amapolas se tiñen de un rojo luminoso, los lirios semejan ser oro puro y las prímulas compiten con el amarillo solar.

—No creo que todo ello se deba a las glicinas -objetó el barón con aire divertido-, pienso más bien que vuestro alejamiento, vuestro contacto con paisajes mal cuidados, campos abandonados y ciudades sucias e inseguras os hacen apreciar en exceso mi modesto jardín.

—¿Intentáis convertirme de nuevo a la injusticia? -preguntó Frederick, pero su tono no era áspero-. Admiro las bellas cosas que el hombre puede crear aliado a la naturaleza, pero desearía que todos los ciudadanos pudiesen gozar de ellas y no fuesen privilegio de unas pocos.

—Poco durarían mis glicinas si permitiese entrar en mi jardín a cualquier austríaco.

—¿Por qué os dejáis llevar siempre por ideas egoístas? -exclamó Frederick, acompañando sus palabras por un gesto de desesperación-. Es injusto que vos solo poseáis más tierra que mil ciudadanos. Los bienes de la naturaleza, la tierra y los alimentos, deberían ser patrimonio de toda la humanidad.

—No serían entonces tan hermosos mis jardines: la población crece, pero el mundo permanece inalterable en su tamaño.

—Hay suficiente para todos. Además, si renunciarais a vuestros privilegios, podríais dormir con la conciencia tranquila.

—Mi conciencia está tranquila, Frederick, mi intranquilidad nace del temor a perder lo que tengo. Convengo en que es injusto, pero no puedo evitar sentir agradecimiento hacia las circunstancias de mi nacimiento.

—A vos sólo os importan vuestras circunstancias, nunca pensáis en los demás; sólo os preocupáis, y en vuestras conversaciones se refleja, de lo que os atañe directamente.

—Nada hay más lamentable que aquellos que prescinden de sí mismos en sus conversaciones, querido Frederick, porque entonces no pueden hablar de nada que no sea prestado.

—Veo que es imposible convenceros; una palabra de vuestro propio idioma os define a la perfección: Schadenfeure, alegría maligna -dijo Frederick con resignación-. Pero supongo que lo mejor será disfrutar de estos momentos y olvidar nuestras diferencias. ¿Decídme, vuestro tío el Abad permanecerá varios días aquí?

—No, será una breve visita. Trae consigo a la sobrina de Vivienne, que quedará durante unas semanas bajo mi custodia. Desean casarla con un joven noble y confían en que yo sea el intermediario entre ambos.

—¿De qué modo? -preguntó Frederick.

—Me han sugerido, casi me han impuesto, que organice una fiesta a la que asistirá el pretendiente.

—Todo está, pues, dispuesto para un casamiento convencional -dijo Frederick con tristeza-; el amor no importa. Rousseau combatió en sus escritos este tipo de uniones, que envilecen nuestra sociedad.

—Supongo que le interesaba legitimar su unión con la Levasseur -dijo el barón-; es evidente que en su relación no podían darse intereses pecuniarios, pues poca patrimonio puede aportar una moza de posada.

—Fue una decisión valiente en un hombre como él dijo Frederick.

—Su humilde nacimiento no le permitía aspirar a algo mejor -replicó el barón-, es comprensible su defensa de la libre elección.

—Lo es -admitió Frederick-, pero no por ello son falsos sus postulados. Siento lastima por la sobrina de Vivienne; esa pobre muchacha deberá compartir su vida con un hombre al que no amará.

—¿Por qué no ha de amarlo? -objetó el barón-. En ocasiones el amor y el interés se dan la mano y, si no sucede así, siempre se pueden tener amantes. Los reyes franceses nos dieron este ejemplo, que nosotros imitamos a conciencia.

—!Es el reino de la hipocresía! -exclamó Frederick-. Allá donde miro, veo mentira y falsedad, mi alma no se conmovería si las aguas cubrieran de nuevo el mundo.

—No seáis tan grandilocuente: las buenas ideas no necesitan ser proclamadas a cañonazos.

—Cuando las buenas ideas no son escuchadas por nadie, resulta necesario usar la fuerza para acabar con la sordera de los injustos -sentenció Frederick.

—Utilizáis los métodos de quienes combatís con tanto empeño -replicó el barón-, pero ¿y si os equivocáis y vuestras ideas no son las acertadas?

—Sé que la son -afirmó Frederick.

—También Luis XVI creía tener razón y…

—Se equivocaba -interrumpió Frederick-. La historia lo ha confirmado

—¿Sustituís a Dios por la historia? -preguntó el barón-. Es un cambio interesante el que hacéis, pero la historia ha dado siglos de reyes y sólo una revolución.

—La época revolucionaria durará milenios -dijo Frederick con ardor-, el gobierno de los reyes será una mera anécdota, un solo segundo en el reloj del tiempo.

Continuará


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