Prejuicios y reacciones de identificación

Las reacciones de identificación consisten en unl impulso a considerar no sólo que pertenecemos a un grupo determinado, sino pensar también que los demás, los otros, comparten las características del grupo con el que los definimos o al que parecen pertenecer, como “hombre”, “mujer”, “español”, “musulmán”, “analfabeto” o “astronauta”.

El problema de las reacciones de identificación es que se deslizan con mucha facilidad por todos los usos posibles del verbo ser. Si establezco la igualdad «una mujer conductora es un mal conductor», entonces cualquier individuo que reúna las características «mujer» y «conductora» se ganará al instante la pertenencia a la clase «malos conductores».

Dice Hayakawa:

«La mayor parte de nuestros errores de valoración surgen de las reacciones de identificación que nos conducen a ignorar las diferencias que existen entre individuos pertenecientes a clases a las que se les da el mismo nombre, y a ignorar además los cambios que ocurren a lo largo del tiempo».

Hayakawa cuenta el caso de un alumno suyo que tenía mala opinión de los judíos, pero que un día decidió hacer un experimento e invitó a un judío a tomar unas cervezas: «Cultivó su amistad y vio con sorpresa que el judío era un tipo estupendo». Algo parecido le sucedió al escritor Howard Phillips Lovecraft, quien detestó toda su vida a los judíos, hasta que conoció a alguien que le cayó muy bien y descubrió que era judío. También él, como el estudiante de Hayakawa, pudo librarse de su absurda reacción de identificación (judío= despreciable) y cambió de opinión.

A menudo es muy difícil librarse de los prejuicios o reacciones de identificación, precisamente porque esos prejuicios hacen que no observemos lo que sucede a nuestro alrededor (como nuestro taxista que sólo veía «mujeres conductoras»), o que condicionemos la percepción de la realidad con nuestros prejuicios; por ejemplo, adoptando una actitud agresiva de manera inconsciente que haga que nuestro interlocutor muestre lo peor de sí mismo. Hayakawa hace un interesante análisis de cómo el racismo (que es una reacción de identificación de las más claras) puede ser estimulado no sólo por el racista, sino por su víctima, que, al temer llamar la atención, actúa de una manera que llama todavía más la atención.

Las reacciones de identificación son codificadas y estimuladas por el lenguaje. Por eso, el aspecto positivo de eso que se ha llamado “lenguaje políticamente correcto” es su intento de quebrar algunos prejuicios que gozan de muy buena salud, precisamente porque están firmemente asentados en el lenguaje, aunque ya no se correspondan (en muchos casos quizá nunca lo han hecho) con lo que realmente percibimos. El aspecto negativo podría ser el que se intente sustituir la realidad percibida por palabras, cayendo de nuevo en una mistificación lingüística y pretendiendo que esas cosas dejen de ser percibidas, simplemente porque les hemos cambiado el nombre. Sin embargo, aunque los defensores de lo políticamente correcto quizá pecan de candidez, probablemente demuestran más ingenuidad quienes piensan que ahí afuera existen cosas como los «negros», el «romanticismo», la «libertad» o cualquiera de esos conceptos y palabras que hemos acabado confundiendo con las cosas percibidas.

No es que esas palabras no puedan designar algo, pero no se debe olvidar que esa denominación es un producto de una convención, que nos sirve para señalar lo que percibimos, y que su campo semántico ha sido inevitablemente influido por la cultura y la sociedad de cada momento histórico. No se llama «negros» a los negros simplemente porque coincidan con el color negro en la escala cromática (cosa que no sucede, por cierto), sino porque los usos sociales y el lenguaje han impuesto la arbitraria idea de que si alguien tiene sangre negra (antepasados negros) entonces es negro, a pesar de que también tenga antepasados blancos, a pesar de que, en muchos casos, tenga más antepasados blancos que negros. Una reciente investigación genética en Brasil demostró que muchas personas consideradas blancas tenían más antepasados negros que blancos, y que también sucedía a menudo a la inversa. No existía, en definitiva, una correspondencia fiable entre el aspecto exterior y los marcadores genéticos.

Resulta verdaderamente asombroso que en una época en la que ya no clasificamos a las especies animales a partir de su apariencia externa, como hacía Linneo, sigamos haciéndolo con los seres humanos, distinguiéndolos por el color de su piel. A la actriz Hale Berry, cuando se lamentaba porque sólo le ofrecían papeles de «negra», un productor le dijo: «Un vaso de leche con una gota de café es un café con leche».

Alexander Pushkin

Alejandro Dumas


 

 

 

 

 

 

 




Sin embargo, existen excepciones al prejuicio tan extendido de considerar negra a cualquier persona que tenga una gota de sangre negra. Esas excepciones, curiosamente, también son causadas por el racismo, porque no se desea que un prócer de un país de blancos, como Francia o Rusia, sea considerado negro. Me estoy refiriendo a casos como los de Alejandro Dumas en Francia y de Alexander Pushkin en Rusia. Dumas era hijo de una esclava negra de las Indias del Oeste y un colono francés blanco, mientras que Pushkin era bisnieto de un príncipe etíope.

George Herriman

En otras ocasiones, personas negras han fingido ser blancas para evitar la discriminación, como al parecer tuvo que hacer el que es considerado por muchos el dibujante más importante de la historia del comic, George Herriman, creador de Krazy Kat (la Gata loca), quien casi siempre aparece en las fotografías con sombrero, para así ocultar su rizado cabello; una excepción es la foto de su boda. Tal vez no sea casualidad que su célebre personaje sea una gata negra o un gato negro, porque en la versión original en inglés el sexo del personaje a menudo no se explicita y en algunos momentos se refieren a Krazy Kat como él («he» y no «she»). Esta es otra muestra de la ambigua identidad de este personaje.


Foto de boda de George Herriman


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