Reyes y peones

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2.  Reyes y peones

—Espero que la tozudez de Frederick no os haya molestado -dijo Vivianne.

—En absoluto -respondió el barón, su juventud le impulsa a hablar acaloradamente, como si en ello le fuera la vida. Le habéis definido con la palabra exacta: tozudo. Pero no firme. Sus aparentemente férreas convicciones se derrumbarán como un castillo de naipes ante la realidad del mundo. Pero temo que antes llegue a adoptar posiciones extremas. He observado en él una gran admiración hacia los artífices de la guerra de independencia americana. Le inspiran simpatía personajes como Franklin y Washington, y no dudo que su espíritu romántico le hace ver con buenos ojos los actos y las absurdas pretensiones de aquellas gentes.

—En efecto -dijo Frederick, cuyo regreso al salón no había sido advertido-, no soy tan insensible como para no quedar subyugado en lo más íntimo de mi ser ante párrafos como éste –Frederick extendió un papel sobre la mesa y leyó-: “Creemos evidente que todos los seres han nacido iguales, que han sido dotados por su Creador de derechos inalienables, entre los que se cuentan los de la vida, libertad y deseo de ser felices.”

—Conmovedor -dijo el barón con una sonrisa burlona-, pero sucede que a muchos individuos les es necesaria la infelicidad de los demás para obtener la felicidad, yo entre ellos… y también vos, Frederick. A no ser que renunciéis a todo cuanto poseéis y que os ha sido legado en herencia.

—Tal vez lo haga -dijo el joven, afirmación ante la cual Vívienne no pudo evitar dar un respingo-; pero no os burléis, barón, ¿de veras no opináis que el gobernante debe servir al pueblo y no al contrario, como reconoce la propia reina de todas las Rusias, y que cuando esta ley elemental es violada, ignorada y tergiversada el pueblo tiene el deber de acabar con los abusos y reorganizar un justo gobierno?

Si así fuera -dijo el barón-, todos los soberanos estarían amenazados de muerte. El gobierno perfecto no existe.

—¡Es terrible! -exclamó Vivienne- Vuestras Ideas, Frederick, son absurdas. Afortunadamente, dudo que puedan llevarse a la práctica, al menos en Europa. América es otra cuestión, allí los ciudadanos descienden del vulgo, carecen de principios que puedan señalarles el  camino correcto.

—Yo no confiaría en esa diferencia -dijo Frederick-, aunque os resulte molesto, la nobleza también procede del vulgo.

—Me asustáis -confesó Vivienne-; pero esto es sólo una conversación de salón, nadie comparte vuestras ideas en el continente.

—Lamentablemente -intervino el barón-, me temo que no es así. El germen de la revolución crece bajo nuestros pies; las ideas de nuestro amigo agradan sobremanera a los temperamentos filosóficos. El verdadero peligro no está en las clases bajas: está en los ambientes ilustrados. Nos hallamos en un momento crítico y nuestros soberanos no actúan como deberían hacerlo. ¿Acaso no cayó Carlos I? ¿Habrá un nuevo Cromwell en Francia?

—Es indudable que lo hay -dijo Frederick-, y su momento está cerca.

—En efecto -corroboró el barón:-, si Carlos I era tímido en exceso en su relación con el Parlamento, el rey francés es un pelele. No posee en absoluto la osadía de nuestra reina ni la severidad de Federico de Prusia; él, Luis, está permitiendo, con su débil temperamento, que se acreciente el movimiento antimonárquico.

—¿De qué modo? -preguntó Vivienne-, ¿en qué graves errores ha podido incurrir?

—Ha consentido en gravar con impuestos a la nobleza, al Estado y a sí mismo y, por fin, casi ha abandonado su cargo al convocar a la Asamblea de Notables. El muy imbécil ignora que sus enemigos jamás quedarán satisfechos, siempre pedirán más.

—Entiendo que pueda darse una conspiración, pero una rebelión…

—Una revolución -aseguró el barón con rotundidad-. El final de la monarquía. ¿Por qué no? Hay precedentes: los Países Bajos, Suiza y Venecia, son repúblicas, y no parece irles mal. Si no fuera por el temor egoísta a que la enfermedad republicana llegase a Austria, tal vez yo simpatizaría con sus ideales.

—Austria se mantendrá firme -dijo Vivienne, intentando consolarse por tan malas noticias-. En fin, todo eso queda muy lejos. Continuemos la partida, movéis vos.

El barón avanzó un peón y anunció jaque. Después, dirigiéndose a Frederick, dijo:

—Sin duda esta partida expresa de un modo claro la situación. El rey de Vivienne se halla encerrado entre sus propias piezas; el alfil impide maniobrar a la reina y las demás fichas importantes se hallan lejos de la acción, no pudiendo acudir en su defensa. Yo, por mi parte, amenazo al rey moviendo un peón, tras el que se esconde mi alfil de blancas. Vivienne sólo puede retroceder.

—Lo que no servirá de nada -continuó Frederick-, pues vos, moviendo vuestra torre, conseguiréis un inevitable jaque mate; con el agravante de que el rey no podrá huir hacia delante, puesto que otro peón se lo impide.

—En efecto -dijo el barón-, mi peón es el artífice de la muerte del rey; le apoya la Iglesia, el alfil: “Es rey sólo el que gobierna justamente, si no, ya no es rey”, como decía San Isidoro. Pero el golpe mortal a la monarquía procede de las clases altas, la torre, ayudadas por el pueblo, que se ocupa de cerrar todas las salidas, y por la inacción de los propios aliados del rey negro.

—Un final que no deseo ni tan siquiera a ese imbécil de Luis XVI -exclamó Vívienne.

 

Continuará…


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