Samuel Johnson, el perezoso

Samuel Johnson

 En Gran Bretaña, se considera, con razón, una verdadera hazaña que un solo hombre compusiera el Diccionario de la Lengua Inglesa. Para hacerse una idea de la magnitud de la empresa, hay que recordar que en Italia la redacción del primer diccionario nacional, publicado en 1612, llevó 20 años a muchos colaboradores. La Academia francesa mantuvo ocupados en el suyo a cuarenta inmortales durante 55 años (1639-1694), y otros 18 años para revisarlo.

Samuel Johnson, con ayuda de seis copistas tardó ocho años, escribiendo él mismo las definiciones de más de 40.000 palabras. Son definiciones que todavía se usan en muchos diccionarios porque parecen inmejorables.

Una de las delicias de su obra, sin embargo es que Johnson se tomó ciertas libertades en la definición de algunas palabras mostrando sus antipatías o gustos personales. Un ejemplo es la definición de la palabra mecenas: “Persona que apoya con indolencia y es retribuida con halagos.”

Sin duda, Johnson estaba pensando al escribirla en Lord Chesterfield, quien se suponía que iba a ser su mecenas en el ambicioso proyecto del diccionario, pero que después se desentendió y no le ayudó en nada. Cuando el diccionario estaba a punto de publicarse, y ante el éxito que se auguraba, Lord Chesterfield reaccionó y escribió una carta a Johnson para recuperar su papel de mecenas, pero Johnson le respondió de manera cortés pero durísima, rechazando explícitamente la posibilidad de que Lord Chesterfield se atreviera a presumir de haber contribuido en algo al diccionario:

“¿Es un mecenas, milord, quien mira despreocupado a un hombre que lucha por su vida en el agua, y que, cuando ha alcanzado la orilla, le importuna con su ayuda?

Y añadió Johnson en esa carta de ruptura que escribió a Lord Chesterfield:

“Siete años han pasado, milord, desde que estuve esperando en su recibidor o fui echado de su puerta, tiempo durante el cual he bregado con mi trabajo en medio de dificultades de las que es inútil quejarse.”

Samuel Johnson sale de la mansión de Lord Chesterfield

Samuel Johnson sale de la casa de Lord Chesterfield. En la actitud de los criados se refleja la indolencia del Lord y también el desprecio y chismorreo

 

Cuenta Boswell que Johnson, tras su experiencia con Lord Chesterfield, incluso cambió una de sus sátiras acerca de la dura vida del hombre de letras:

Aunque piensa qué males la vida del estudioso atacan,
Orgullo, envidia, miseria, una buhardilla y la cárcel”

que transformó en:

“Aunque piensa qué males la vida del estudioso atacan,
Orgullo, envidia, miseria, el mecenas y la cárcel.”

Diccionario de Johnson en miniatura (el original casi no se puede siquiera sostener)

Diccionario de Johnson en miniatura (el original casi no se puede siquiera sostener)

La pereza

Son muchos los autores que tras un esfuerzo semejante al del Diccionario de Johnson quedan agotados y sin ganas para hacer nada más de verdadera profundidad. Así le sucedió a Edward Gibbon tras escribir la Historia de la decadencia y ruina de Roma, y así le sucedió también a Bertrand Russell tras publicar, junto a Whitehead, los Principia Mathematica: después de diez años casi enteramente entregados a la lógica y la matemática, Russell se dedicó a escribir libros sencillos y ligeros, que le han valido el reproche de divulgador, aunque a mí me parece que ese es un reproches que debería tomarse como elogio .

A Johnson le sucedió quizá lo mismo que a Gibbon y a Russeel, tras entregar a la imprenta su Diccionario. Aunque todavía acometió alguna empresa de envergadura, como la edición de las obras de Shakespeare, sus contemporáneos le reprocharon que se gastó el dinero de los suscriptores postergando mes tras mes el proyecto y que, cuando finalmente lo publicó, a muchos les pareció que no había analizado y anotado las obras de Shakesperare como de él se esperaba (y de la inversión de los suscriptores).

Johnson escribió mucho: artículos, ensayos, poemas, novelas. También editaba una revista llamada The Rambler escrita enteramente por él. Uno de los artículos de esta revista ha pasado a la posteridad, Cavilación del perezoso.

Su génesis es curiosa, porque en ese artículo Johnson cuenta que no puede escribir el artículo y que la prisa le apremia por no haberse puesto a ello cuando aún tenía tiempo de sobra. De este modo, va desarrollando un texto realmente preciso y precioso, en el que analiza con gran agudeza el asunto de la pereza ante el trabajo, de eso que se suele llamar procastinación, dejar para más adelante lo que tienes que hacer, recurriendo para ello a cualquier excusa.

El artículo de Johnson es un equivalente en prosa de aquel soneto de Lope de Vega en el que se lamenta de que le han encargado escribir un soneto y no sabe cómo se hace tal cosa:

Un soneto me manda hacer Violante 
que en mi vida me he visto en tanto aprieto; 
catorce versos dicen que es soneto; 
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante, 
y estoy a la mitad de otro cuarteto; 
mas si me veo en el primer terceto, 
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando, 
y parece que entré con pie derecho, 
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho 
que voy los trece versos acabando; 
contad si son catorce, y está hecho.

Johnson comienza diciendo que de pronto se da cuenta de que el plazo de entrega de su artículo se le viene encima y que no sabe de qué escribir, se lamenta de la pereza, de las excusas que nos alejan del trabajo y de la fuerza de la inercia que nos hace tan difícil cambiar de estado:

“Actuar es mucho más fácil que sufrir; no obstante, todos los días vemos cómo se retarda el curso de la vida por la vis inertiae (“fuerza de la inercia”), la mera repugnancia al movimiento, y encontramos a los demás afligiéndose por la carencia de eso que sólo la pereza les impide gozar”. 

Es cierto, en efecto, que la fuerza de la inercia hace que nos cueste salir de nuestro estado, pero yo creo que esto sucede no solo cuando nos sumergimos en la dulce o amarga complacencia del no hacer nada, sino también cuando hacemos algo y no podemos dejar de hacerlo, ya sea una compulsión a seguir trabajando, escribiendo, bebiendo, disfrutando, excediéndonos: del mismo modo que los cuerpos que estudia la física, la inercia no sólo es la tendencia a permanecer en reposo, sino también a mantener el movimiento uniforme, a no ser que una fuerza actúe. Esa fuerza, en el caso de Johnson, y en el de cualquiera de nosotros tantas veces, es la fecha del plazo de entrega. Porque mientras no haya tal plazo, lo más probable es que no hagamos nada precisamente por querer hacerlo todo:

“El otro, capaz de concebir la perfección, difícilmente se contentará sin ella; y como la perfección no puede alcanzarse, perderá la oportunidad de hacer las cosas lo mejor que pueda, atento a la vana esperanza de la excelencia inatrapable”.

Sin embargo, Johnson no publicó el artículo durante sus años de pereza tras la redacción del Diccionario, sino que lo hizo en 1670, es decir, en plena génesis del mismo. La conclusión parece ser que el prodigioso Diccionario de Johnson es la obra de un perezoso.

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[Primera versión en ?? Revisado en 2014]

El artículo de Johnson se puede leer en: Cavilación del perezoso

Referencias:
Vida de Johnson, por James Boswell
The Wits and Beaux of Society, de Grace y Philip Wharton

Ver también Shakespeare según Johnson

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