Soñadores, de Bernardo Bertolucci

Debido a algún prejuicio o idea hecha, no tenía ganas de ir a ver esta película. También los espectadores somos a veces como esos productores americanos que valoran a un director en función de su última película. Y supongo que no me gustó la última película que vi de Bertolucci, aunque lo cierto es que tampoco recuerdo que me disgustara.

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Al empezar la película fui arrebatado por ella inmediatamente y me pasé todo el principio en un estado parecido a la enajenación o la borrachera mental. Después, caí de ese estado: la película me siguió interesando, pero no provocaba ya en mí sensaciones tan intensas.

Yo soy un buen espectador de cine porque me entrego a la película, pero un mal crítico porque no me entrego al análisis, así que tampoco lo haré ahora. Creo que las películas son un conjunto de cosas sencillas y complejas mejor o peor unidas y que es una soberbia extrema pretender reducirlas a un esquema crítico, detectar todos sus errores y aciertos como un entomólogo. Ponerle nombres a las cosas no significa haberlas entendido. A menudo significa todo lo contrario.

Simplemente intento aquí describir algunas ideas y emociones que la película me provocó. Muchas de esas emociones tienen que ver con el cine, porque Soñadores está llena de imágenes de cine que se entrelazan con la vida de los personajes. Imágenes de cine clásico y del cine que se hacía en los años en los que transcurre la película: Jules et Jim, Band apart… la nouvelle vague.

Ahora muchas de esas películas no son otra cosa que pasto para los críticos, pero para mí su fuerza permanece intacta, porque esa fuerza no depende de consideraciones estilísticas o ideológicas, esa energía sobrevive a pesar de todas las teorías con las que fueron hechas y con las que son analizadas hoy.

Umberto Eco es un ensayista al que me gusta mucho leer, pero tiene una tendencia enfermiza por las dicotomías, por el “o esto o lo otro”. Es un gran representante de lo que Ana Aranda llama el pensamiento alternante. Una de las célebres dicotomías de Eco es la de “apocalípticos e integrados”. Otra, la que establece entre los críticos de narrativa o de cine: “orgásmicos” y “analistas”.

Si yo creyera en el pensamiento alternante de Eco, debería considerarme (como se ve por estos comentarios a Soñadores) entre los orgásmicos. Soy de los que dicen: “Oh!” “¡Ah!”, “Es una película deliciosa”, “me ha encantado”, etcétera.

Pero, como yo no comparto la afición de Eco por las dicotomías ni tengo ganas de pertenecer a ninguna banda intelectual, diré que también me gustan los análisis y algunos analistas. Como Chesterton decía de los liberales: “Siempre he creído en el análisis, pero hace tiempo que abandoné la infantil ingenuidad de creer en los analistas”.

Pero, claro, un buen análisis tiene que cumplir al menos una condición: si no logra mejorar la película, al menos no debería empeorarla y reducirla, trasformándola en menos de lo que es. Muchos críticos actúan como los jíbaros del Amazonas: se llevan la cabeza cortada para su colección, pero tan reducida y arrugada que ya apenas se distinguen los rasgos y es imposible saber si esta cabeza perteneció a Fulano y esta otra a Mengano: lo único que podemos saber es que las dos cabezas pertenecen al coleccionista.

Cuando vamos a un museo, unos cuadros nos gustan y otros no. Pasamos rápido por las salas que no nos ofrecen nada interesante y nos detenemos en las que nos muestran bellezas desconocidas, o quizá ya conocidas pero dignas de ser degustadas de nuevo. Una película, sin embargo, nos impone la secuencia con la que la recorremos. No podemos variar el itinerario, detenernos en una escena y hacerla eterna, como se hace eterno el instante de una noche de amor.

Es cierto, pero del mismo modo que no incendiamos el Museo porque nos haya disgustado la Sala 23, tampoco deberíamos hacer arder en el fuego de una crítica implacable una película que nos ha dado mucho placer y tal vez sólo un poco de aburrimiento o un mal movimiento de cámara.

Algunos críticos nos ofrecen siempre un juicio, un veredicto, pero ese no es el tipo de crítica que me gusta. Prefiero la manera de explicar y analizar, a veces hasta el detalle más nimio, que emplea Walter Murch. Después de leer lo que dice Murch, siempre tengo ganas de ver la película de la que habla y me da la sensación de que gracias a él, a Murch, he sabido ver cosas que no vi al ver la película.

Así que va llegando el momento de regresar a Soñadores, pues, para ser yo un orgásmico, este comentario parece más propio de un analista.

Sin duda este largo preámbulo se debe a que es la primera vez, creo, que en este o en otro blog he comentado una película, y me siento obligado a aclarar algunas cosas, para después hablar con naturalidad, pues el mundo de los cinéfilos está lleno de artificialidad. En definitiva, no hablo como crítico ni para los críticos ni pretendo que mis opiniones sean condenas o absoluciones. Son sólo opiniones del momento. Quizá en otro momento mis emociones y mis opiniones serían otras.

Continúa en La polémica acerca de Soñadores.


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