Solipsismo cotidiano

Daniel Tubau

El solipsismo es una teoría filosófica que impide a quienes la sostienen encontrar discípulos, puesto que un solipsista piensa que sólo existe él.

Hace muchos años escribí un cuento que se llamaba El club de los solipsistas, que planteaba la paradójica existencia de una asociación de solipsistas, cada uno de ellos convencido de que lo único que existía era él mismo. Me parece recordar que, además, esos solipsistas habían puesto en marcha una tontina, que es una especie de acuerdo entre un grupo de amigos o socios según el cuál, a medida que se muere uno, los otros heredan sus bienes, hasta que el último superviviente se lo queda todo.

Años después empecé a escribir con mi amigo Jose Castillo un cuento en el que también había un club solipsista, o más bien un café, que se llamaba, creo, “El abuelete solipsista”. Era una historia a cuatro manos que quedó interrumpida, lo que es una pena, porque me gustaba mucho su tono despreocupado y desenfadado. Me parece que en algún momento se nos ocurrió hacerlo mejor y entonces, como suele suceder, dejamos de hacerlo. Olvidamos la gran verdad de Chesterton:

“Las cosas que vale la pena hacer, vale la pena hacerlas mal”

A pesar de que el solipsismo parece una extravaganza filosófica, en realidad todos somos bastante solipsistas en nuestro comportamiento cotidiano: pensamos que nosotros tenemos mente y que somos libres, pero que los demás actúan movidos por impulsos o prejuicios.

Es razonable que lleguemos a esa conclusión porque siempres somos conscientes de lo que pasa por nuestra mente, pero es casi imposible percibir lo que pasa en las mentes ajenas. Cuando nosotros (cada persona en particular) decimos algo, lo habitual es que hayamos barajado un abanico de posibilidades: hemos pensado diversas cosas, dudando si decir esto o lo otro, y al final nos hemos decidido por un juego de palabras, tal vez no muy bueno, o por una idea tímida y prudente, o por una argumentación rigurosa y sensata. Nosotros sabemos que existían alternativas a lo que hemos dicho, pero los demás sólo conocen lo que efectivamente hemos dicho. Si se trata de un juego de palabras vulgar opinarán que somos triviales, pero no sabrán que pudimos haber sido prudentes, sensatos o incluso profundos y sutiles.

Así nos ven los demás y así vemos nosotros a los demás: no pensamos que eligen entre diversas posibilidades y les juzgamos sólo por aquello que hemos podido presenciar.

Esto también nos lleva a pensar que nosotros somos libres y que elegimos nuestro comportamiento con plena conciencia, mientras que los demás, como no perciben de un modo inmediato e intuitivo esas otras posibilidades que revolotean en nuestro cerebro, nos consideran menos libres.

Este tipo de solipsismo cotidiano está detrás de muchas de las arbitrariedades en que caemos al opinar de los demás; por ejemplo esa típica situación en la que estamos en una reunión y se nos ocurren muchas ideas, pero no decimos ninguna, y después las dicen otros compañeros y entonces sentimos que el mundo es injusto y que nuestro jefe no nos considera por lo que valemos… Olvidamos, sin embargo, que no hemos llegado a mostrar a nadie lo que estábamos pensando, y que eso sólo lo conocemos nosotros.

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[Publicado en Signos en noviembre de 2010]

Pensando en los solipsistas, fabriqué hace seis años dos buscadores, eGoogle y el “Buscador EGOlatra”. Puedes utilizarlos aquí

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raphael-knights-dream

Según ciertas investigaciones, la mejor manera de aprender algo es estudiándolo y luego yéndose a dormir. De este modo, según parece, se fijan mejor los conocimientos.

Yo sostengo la teoría de que no sólo durmiendo, sino también cambiando de tema se favorece la fijación de los conocimientos, que lo importante es cambiar de asunto o tema. Por eso me gusta tanto trabajar en varias cosas a la vez.

Me parece, en efecto, que  es bueno distraerse de una cosa, sacarla de la memoria inmediata, para poder enfrentarse mejor a ella. Si permaneces en el mismo tema hora tras hora, al final te quedas atrapado en él y pierdes la capacidad de ver sus defectos y virtudes. Es mejor ponerse a hacer otra cosa y después regresar al tema original: descubres entonces que tu mente ya ha ordenado gran parte del caos.

Hace tiempo encontré algo que parece coincidir con mi teoría  en los Agradecimientos del traductor de unos cuentos chinos de la dinastía Tang:

“…a la Morilla, por haberme convencido suavemente de que para traducir mejor, lo mejor no es traducir, traducir y nada más que traducir.”

Quizá todo esto tenga que ver con eso que decía Ana Aranda:

“–Estoy aprendiendo a escribir guiones.

–Ah sí, ¿y qué haces? ¿Vas a un curso?

–No, voy a lugares en los que nunca he estado, hablo con desconocidos, paseo, hago el amor con extraños, bailo. Y también sigo un curso de guión.”

Ella lo dice mejor, pero lo cito de memoria.

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La teología materialista postula que la única ciencia auténtica y con derecho a existir es la física y afirma que  todos los hechos o fenómenos que estudian ciencias como la antropología son reductibles a fenómenos físicos.

Yo creo que este camino conduce a una nueva teología, esta vez de la Materia, en vez del Espíritu. David de Dinant quizá (pues apenas sobrevivió nada de sus obras) sostenía algo parecido.

Antes de explicar por qué considero mística esa postura, o dicho de otro modo, un nuevo espiritualismo basado en la materia, diré:

El primer problema es que quien busca certezas reduciendo los fenómenos humanos a fenómenos físicos, hoy por hoy, sólo encontrará azar. La física cuántica, que es hoy la ortodoxia en física, no apoya en modo alguno la interpretación defendida por los reduccionistas, sino todo lo contrario.

Por tanto, si el defensor de esa postura desciende hasta las partículas mínimas, no podrá explicar nada; es más, le será más fácil explicar el comportamiento de un ser humano por un acto volitivo que por el movimiento de las partículas que forman su cuerpo o su cerebro.

yorubaPor otra parte, explicar los hechos atómicos o físicos que acompañan a un acto humano no es en modo alguno explicar ese acto humano: es sólo una explicación de un fenómeno físico.
Si yo quiero saber qué hacen los yorubas las noches de plenilunio, no pregunto por el ordenamiento físico de todas las partículas del universo yoruba. Esa pregunta inevitablemente me llevaría, además, a la necesidad de conocer el estado de todas las partículas del universo.

Si, una vez que sé cómo se comportan los yorubas en las noches de plenilunio, deseo saber por qué se comportan así, puedo obtener varias respuestas:

1. Las que explican los motivos sociales que dieron origen a esa costumbre (en muchos casos esa explicación será altamente hipotética).
2. Las que explican los motivos religiosos que prescriben esa costumbre.
3. La materialista estricta ya descrita.
4. La que dice: “los yorubas hacen eso en las noches de plenilunio porque es costumbre hacer eso en las noches de plenilunio”.

Las dos primeras respuestas pueden ser respondidas por los antropólogos. La primera, por ejemplo, la daría Marvin Harris; la segunda un historiador de las religiones como Eliade.

Naturalmente hay respuestas alternativas, para quienes piensan, al modo de los materialistas reduccionistas, que existe una razón de la que procede todo comportamiento. el deseo, el miedo, el sexo, el poder, etc.

Pues bien, de estas cuatro explicaciones, las dos primeras proporcionan más información que la tercera y la cuarta. En cuanto a certeza las dos segundas proporcionan seguramente más (posiblemente, la cuarta la que más). Pero ambas proporcionan una certeza en cierto modo trivial. La única diferencia es que la cuarta se sabe trivial, lo busca, mientras que la tercera se pretende profunda.

 

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He encontrado en uno de mis cuadernos del siglo pasado esta entrada que debí escribir cuando estudiaba antropología y filosofía, pues la fecha es del 21 de abril de 1992. Creo que es una reflexión interesante en un tema complejo, en el que la simplificación espiritualista y/o materialista es lo más habitual.

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Sistemas de símbolos, prejuicios y aprendizaje

color

Dice Descartes en Principios de la filosofía:

“Cuando decimos que percibimos colores en los objetos, en realidad es lo mismo que si dijéramos que percibimos algo que ignoramos qué es, pero que producen en nosotros una sensación muy clara y manifiesta, que se llama sensación de los colores”. (Principios de la filosofía, punto 70)

 

Se me ocurre algo que no sé si tiene mucho que ver con esto, pero que sí se relaciona con el asunto de las metáforas y con algunas afirmaciones de los relativistas culturales. Es lo siguiente.

Si durante la infancia, o durante nuestro aprendizaje, adoptamos un determinado conjunto de símbolos, como el matemático, el musical, el lógico, el religioso o místico, etcétera, es posible que, después, sólo podamos asegurar que realmente comprendemos una cosa cuando logramos traducir o adaptar esa cosa a nuestro lenguaje. Es decir, traducimos lo desconocido a lo conocido, del mismo modo que, como dice Descartes, tenemos una sensación de color ante ciertos estímulos, pero ello no significa que sepamos por qué se produce esa sensación.

babelPor ejemplo, he hablado en otra entrada dedicada a Descartes de mis problemas con la lógica, mi necesidad de traducir las fórmulas lógicas a un lenguaje cotidiano para entenderlas plenamente, pero en algunas personas que han seguido estudios de letras la incapacidad de comprender o asimilar razonamientos abstractos o estrictamente formales puede llegar a ser extrema.

Otro ejemplo: los defensores de un lenguaje fisicalista estricto sostienen, implícita o explícitamente, que los fenómenos sólo pueden ser descritos en el lenguaje de la física y/o  en el de la lógica; por el contrario, quienes como Smullyan (que es, por otra parte, un gran lógico formal), se hallan cerca de posiciones características del taoísmo, replican que esas explicaciones fisicalistas no explican nada.

La verdad es que para casi todos nosotros resulta mucho más fácil entender y comprender una descripción antropológica o un poema de Shakespeare al modo tradicional que esa misma descripción o poema convertida en dígitos binarios, algo que no le cuesta nada hacer a un ordenador, que, por su parte, sí es incapaz, por el momento, de procesar información al modo tradicional humano, ambiguo e indeterminado.

Es decir, si adoptamos un patrón de comprensión determinado, lo más habitual será que no lleguemos a comprender algo realmente hasta que dispongamos de una traducción a nuestro lenguaje (al aplicar un proceso de isomorfismo, metáfora, etc.). Pero no creo que esto apoye el relativismo, ni siquiera las tesis de Lakoff y Johnson.

[4 de marzo de 1990]

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Nota en 2014

Algunas sugerencias del texto no sé a qué se refieren exactamente, pues este texto pertenece a unos apuntes de hace más de veinte años, como la mención a “las tesis de Lakoff y Johnson”, que supongo que señala a la tesis que sostienen en su libro Metáforas de la vida cotidiana, que ahora no recuerdo con precisión, pero que supongo que es algo semejante a “Todo nuestro conocimiento es metafórico”. Lo del relativismo supongo que se refiere a que los relativistas dicen que las diferentes culturas no se pueden entender porque cada una habla su propio lenguaje. Por eso sugiero que aunque es cierto que el lenguaje (entendido en el sentido de concepción sobre el mundo o la realidad) que hemos aprendido nos condiciona y a veces nos obliga a traducir lo diferente a nuestro propio lenguaje, ello no impide que pueda haber comunicación, discusión, entendimiento y decisión a partir de esas “traducciones”.

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Intento filosófico 2

santacoloma

…Un año después

Transcurrido un año desde la redacción de las lineas anteriores (que quedaron incompletas y que yo no soy quien para continuar), hallándome sin duda ahora en el peor momento de mi vida, al descubrir que la muerte no es sólo un fantasma que se pueda exorcizar diciendo que cuando estamos ella no está y cuando ella está nosotros no estamos, sino, antes al contrario, que es algo casi tangible, pesado y agobiante; hallándome, digo, en tal situación y viendo ante mí esta libreta en blanco, que a tan alto fin parecía destinada, lo único que puedo sentir es indiferencia.
Proponerse ser un segundo Descartes es lo mismo que querer ser reencarnación de Pico de la Mirandola (ambición que al parecer he compartido con Bioy Casares o, mejor dicho, con el joven que fue Bioy Casares); es pretender tener dos cuando no se ha tenido uno.
Bastante fatigosa es ya de por sí la tarea ineludible, pues nos viene impuesta, de ser, para desear, además, ser otro.
Una vez alcanzadas las conclusiones anteriores, ¿qué se puede hacer con esta libreta? Supongo que convertirla en un simple cuaderno de notas.
Una libreta usada, mancillada (pues para otro fin había sido destinada) no invita, sin embargo, a ser llenada de nuevas frases: siempre resulta más apetecible y menos comprometedor, estrenar otra libreta, para no verse en la obligación de tener que escribir pequeñeces en una libreta que a tanto aspiraba.
Pues pequeñeces son lo que yo deseo escribir, tal vez debido a que mi mente es incapaz de concebir ‘grandezas’. Quede, pues, esta libreta destinada a albergar todas mis ideas antaño diseminadas por libros, hojas, trozos de cartón, pequeños billetes y libretas; ideas que, piense lo que yo piense ahora, cuando fueron concebidas no me parecieron pequeñas, no las vi como molinos, sino como gigantes. Para ellas esta libreta.

 

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[viene de Intento filosófico 1]

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