Casualidades

Tal vez algún lector de estos weblogs se haya dado cuenta por casualidad de que a menudo digo frases como: “Quiso el destino que al día siguiente…” o “Un azar caprichoso ha querido…”, o, en fin: “La casualidad ha querido…”

Me gustan mucho estas suposiciones acerca del orden o desorden hipotético del cosmos que se esconde tras nuestros actos y quiero aclarar hoy de qué manera contemplo las casualidades.

Yo cometo la vulgaridad inexcusable de ver las casualidades como casualidades.

Si digo que una amiga de mi madre suscitó en mí la imagen de la serpiente y que un día después la casualidad quiso regalarme un sobre de azucar con el signo chino de la serpiente; y que un día más tarde, al consultar unas páginas de astrología, recordé que mi signo en el nuevo cielo astrológico ya no es Sagitario, sino Ophiochus, la serpiente… si aludo a estas tres casualidades sucesivas y a continuación concluyo que voy a  adoptar la imagen de la serpiente para mis ensayos polémicos, no lo hago porque crea que tras esas casualidades sucesivas se esconde un orden o un propósito oculto que dirige mi vida.

No creo tal cosa porque, como ya dije, me tomo las casualidades como verdaderas casualidades: ese es para mí su verdadero encanto y su interés real.

Si tras esas serpientes sucesivas se esconde un mecanismo determinista (espiritual o material), entonces dejan de ser casualidades y se convierten en piezas triviales de una maquinaria vulgar y de una Inteligencia cósmica más bien simplona.

Por ello, para un creyente en las casualidades como soy yo, no hay nada más pernicioso que creer que las casualidades tienen un motivo, porque entonces ya no son casualidades.

Y sigo en este mi cerebro supletorio que es mi página web con un tema relacionado: Creer en todo.


[Publicado el 24 de diciembre de 2003]

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El oro alquímico

Se puede decir de la alquimia como ciencia lo mismo que de la astrología: al final renuncian al oro real y lo convierten todo en metáfora. ¡Qué remedio!


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La ciencia astrológica

La astrología es una ciencia, de hecho es la que más tiempo ha tenido para ser puesta a prueba: no ha dado un solo resultado fiable en más de 4000 años de estudio.

Por eso es una ciencia, sí, pero una ciencia fracasada.


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La influencia de los planetas

||Lo dudo \1

El postulado básico de quienes creen en la astrología es que los planetas influyen sobre los seres humanos. Según cómo se encuentren los planetas en el momento de tu nacimiento, influirán de una manera u otra en tu carácter, nos aseguran.

En otro momento ya hablaré de algunas ideas curiosas que se deducen del postulado que acabo de reproducir, pero por ahora sólo me referiré al intento constante de los astrólogos de despreciar la ciencia y, al mismo tiempo, asegurar que sus ideas son científicas.

Cuando Newton formuló sus leyes y quedó claro que existía una fuerza que atraía a todos los objetos unos a otros, que llamamos “gravedad”, los astrólogos creyeron encontrar ahí la confirmación de sus ideas. Y así podría parecer a primera vista, puesto que la fuerza gravitatoria se produce, en efecto, entre todas las cosas y además tiene alcance infinito. Eso quiere decir que hasta la última partícula del universo ejerce un efecto gravitacional sobre nosotros.

Por lo tanto, no resultaría del todo extravagante que un planeta tan grande como Júpiter ejerciera una cierta influencia sobre alguien que nace en el momento en el que Júpiter ocupa un lugar concreto en su cielo astrológico.

Sin embargo, como suele suceder, la victoria de los astrólogos se convirtió enseguida en su derrota.

Existe, es cierto, una fuerza gravitatoria entre un recién nacido y el planeta Júpiter, pero el problema es que aunque Júpiter nos parezca muy grande, la fuerza gravitatoria que ejerce sobre una persona nacida en una clínica terrestre es más pequeña que la que ejerce el médico que se ocupa del parto. Júpiter es grande, pero la distancia a la que se encuentra también muy grande y la fuerza de la gravedad tiene la mala costumbre de disminuir con la distancia. De una manera proporcional a la distancia, por lo que la fuerza gravitatoria de Júpiter sobre la clínica en la que tiene lugar el parto es ínfima, bordeando lo ridículo.

Esa fuerza gravitatoria ni siquiera es comparable a la fuerza gravitatoria que nosotros mismos ejercemos sobre el planeta Tierra cuando damos un salto: la Tierra, si lo hiciéramos, se movería hacia nosotros, pero ese movimiento sería irrisorio. En la confrontación gravitatoria Nosotros/La Tierra, siempre ganará la atracción terrestre que nos hace caer de nuevo al suelo.

Esa es la triste verdad, la triste verdad con la que tienen que cargar los astrólogos: la gravedad tiene alcance infinito, sí, pero disminuye con la distancia también.
Ya sé que este primer argumento no hará que los que creen en la astrología dejen de creer en ella, puesto que este tipo de creyentes, como Tertuliano, creen porque es absurdo.


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Creer en todo

Yo estoy más cerca de creer en todo que de no creer en nada. Soy escéptico porque sigo investigando y ecléctico porque busco en todos lados. Soy, por tanto, escléptico, neologismo que inventé cuando hice la revista Esklepsis.

Pero, aunque me parece más razonable pensar que existe todo, incluso lo imaginario y los espejismos, antes que pensar que no existe nada (ni siquiera yo mismo pensando que no existe nada), también creo, con Chesterton, que actualmente no es que la gente haya dejado de creer en Dios para entonces no creer en nada, sino todo lo contrario: la gente ha empezado a creer en todo. En los signos del zodiaco, en la sal derramada que da mala suerte, en las estadísticas, en las señales de Paulo Coelho, en la economía, en el determinismo genético que diferencia a hombres y mujeres, en el oráculo del Yijing (I Ching), en el tarot…

Cuando se trata de cosas como las anteriores, yo soy más bien puramente escéptico: creo que existen 12, 13 o 14 casas zodiacales (las tradicionales y las del cielo verdadero, con la Serpiente y la Ballena) y creo también que unas personas son valientes, otras tímidas, otras inseguras y otras inquietas. Creo que existen ambas cosas, pero, a pesar de lo que dicen las revistas del corazón y los astrólogos de feria, no consigo creer que exista alguna conexión entre las dos cosas: entre las estrellas del cielo y la personalidad de las personas.

Me apetece abrir un cuaderno digital escéptico o, por decirlo de manera más precisa, anti-supersticiosa. Al hacerlo, me comportaré así como un verdadero cristiano, pues el cristianismo rechaza la superstición, casi con la misma energía que emplea para ocultar que el cristianismo es otra superstición.

El primer texto está dedicado a la astrología: La influencia de los planetas


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