CÓMO PENSAR MEJOR

|| Cómo leer a los filósofos

Koninck, Filósofo meditando en su lectura

Koninck, Filósofo meditando en su lectura

1. Leer a los filósofos directamente, en sus obras originales.

2. No anteponer prejuicios de ningún tipo, ya se refieran al aspecto físico del filósofo, a la utilización de su filosofía por uno u otro grupo, a la raza o a la nacionalidad o las preferencias sexuales, a su pertenecia a una u otra escuela o a su enfrentamiento con ésta o aquélla otra, a que esté de moda o no lo esté, a quienes le defiendan o a quienes le ataquen actualmente.

3. Una vez comenzada la lectura, no es correcto descalificar al filósofo a partir de un pequeño detalle erróneo que encontremos en sus obras. Incluso los filósofos más rigurosos no han podido evitar ciertos errores de bulto: machismo, nacionalismo y racismo. Sólo mediante una lectura serena y a fondo será posible decidir si ese o esos pequeños detalles son parte importante o fundamental de las concepciones filosóficas del filósofo estudiado. Es decir: si ese pequeño detalle se deduce necesariamente de la filosofía elaborada por nuetsro pensador, haciendo imposible tal filosofía sin dichos detalles.

4. No dejarse tampoco deslumbrar por aciertos ocasionales para proclamar nuestra adhesión total al filósofo. Muchos filósofos han escrito páginas magistrales y, sin embrago, sus intenciones han sido deleznables (su concepción política y religiosa, etcétera).

Aunque hay gente -sobre todo hegelianos- que dicen que si tomas una opinión de un filósofo determinado, entonces has de tomar todo su sistema (pues si no actuarías frívolamente), mi opinión personal es que es perfectamente lícito tomar o citar argumentos de un filósofo al que no se acepta de forma general, e incluso utilizar tales argumentos para defender ideas opuestas, siempre y cuando no se pretenda que aquel filósofo defendía tales ideas.

[Esto puede parecer una aberración a algunos, pero, para que se vea que no se trata de tal cosa, pondré un ejemplo en el que se verá claramente… ]

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Uno o dos años después, amplié este texto: Reglas para leer textos de filosofía


 

 

Originally posted 1989-04-24 12:01:11.

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Caer bien a los demás

“Cuando Chomsky habla, parece un poco sorprendido de que le pueda simpatizar a alguien”.

A mí me pasa lo mismo.

Originally posted 1993-12-23 12:02:50.

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A propósito de una conversación sobre sexo

Estas reflexiones se explican por una conversación que tuve con algunos miembros del equipo cuando trabajaba como guionista en “La ruleta de la fortuna”

Tú, Gr.  , dices que la absoluta libertad sexual ha llevado a hacer del sexo algo mecánico, trivial, sin alma, follar por follar. Dices que se ha perdido toda esa visión del sexo positiva.

Pero, hablando de Occidente, se puede preguntar cuándo se ha perdido todo eso. ¿Ha existido alguna vez?

Antes había represión, y eso llevaba a excesos; ahora hay libertad, y eso también provoca excesos, pero yo siempre preferiré el exceso de la libertad, el follar por follar, a los traumas enfermizos de la represión.

Cada persona ha de poder elegir, pero, para que se pueda elegir, es necesario que se permita elegir. Para que alguien elija una manera de hacer sexo más plena, ha de poder hacer sexo. Si no puede, si se lo impiden, no hay posibilidad de elegir realmente: o se resigna uno a lo que le dejan hacer (e incluso se busca una justificación que le haga estar a gusto con lo establecido) o se rebela.

Pero la rebelión raramente es un buen camino pues, inevitablemente, el acto mismo de rebelarse se convierte en lo único importante, con lo que la elección sigue estando fuertemente condicionada por una imposición exterior.

Dices que el sexo que practica la mayoría de la gente es el que le enseñan desde los instrumentos de influencia (TV, etcétera). Eso es lo que ven y eso es lo que hacen.
Tal vez sea verdad, pero insisto en lo de antes: prefiero una moda permisiva que una represiva. En el primer caso, quien quiera ir más allá, podrá hacerlo, o al menos intentarlo, sin que ello acabe en mera rebelión. Se podría recordar lo que dice Erich From en El miedo a la libertad: hoy en día, en Occidente, el individuo puede elegir muchas más cosas que en tiempos pasados, pero no lo hace casi nunca.

Es más fácil seguir directrices exteriores a dirigir la propia vida. Y no sólo exteriores, también interiores: las pasiones a menudo tienen a los seres humanos a su servicio y no a la inversa.

Estoy de acuerdo en que habría que informar más, para que el sexo no fuese algo mecánico, pero mi acuerdo en este punto es muy leve. En primer lugar, desconfío de palabras como ‘habría’. ¿Qué quiere decir? ¿Quiénes, cómo y de qué tienen que informar? Creo que cuanta más información mejor, pero la información, como señala Chomsky, puede llegar a ser desinformativa.

Mucha información puede llevar a una sobreabundancia que impide una reflexión serena, que oculta las cosas importantes en un torrente de informaciones triviales.
Así que tenemos que hablar no ya de la cantidad de información, sino de su calidad. Lo malo es que la palabra calidad es tan sospechosa como la palabra habría, o como la belleza de las teorías científicas de que hablaba Einstein.Casi siempre, cuando alguien habla de calidad, de lo que está hablando es de lo que a él le gusta. La calidad de la información acaba significando informar de nuestras propias ideas. Y eso fácilmente acaba convirtiéndose en un modo encubierto de censura respecto a las ideas opuestas.

Calidad y cantidad, creo, son en muchos aspectos inseparables y el término calidad es más útil, creo yo, para referirnos a la selección que una persona particular hace de la información que le llega. Y, claro está, para poder hacer esa selección, tendrá que estar preparada, con lo que volvemos a la paradoja anterior.

Así que es difícil hablar de esto sin tomar partido (y decir que no se está haciendo).

Para terminar: condición indispensable para tomar partido es que haya partidos, opciones y posibilidad de expresarse. No se trata tanto de juzgar a los demás (su degradación, su trivialidad), sino de contarles la propia opinión y mostrar las razones que sustentan esa opinión.

Originally posted 1992-11-25 12:01:38.

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Conversación con los muertos

Estoy muy de acuerdo con Descartes cuando dice:

   “La lectura de libros que han sido escritos por personas capaces de darnos buenas enseñanzas es una especie de conversación que tenemos con los autores”.

 Es cierto y además, en mi caso, establezco con los autores, en esta ocasión con el propio Descartes, conversaciones tan interesantes como las que se pueden establecer con una persona que te habla.  ¡Lástima que no haya una replica! Sería estupendo un libro que te respondiera.


 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[viernes 5 de enero de 1990]

 

 

Originally posted 1989-04-24 12:01:11.

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Casanova y los vividores

He escrito en El placer y la salud que Casanova es uno de mis pensadores favoritos. Tal vez habría sido preferible escribir, en vez de pensador, “vividor”, siempre y cuando se entendiese vividor como aquél que sabe vivir, que sabe utilizar bien la vida. Sin embargo, vividor suele emplearse de una manera más restringida para aquellos o aquellas que pasan por la vida como quien pasa por una fiesta; una fuiesta que suele tener, además, las características de una orgía.

Muchos vividores en este último sentido son un desastre en cuanto a saber vivir, del mismo modo que hay vividores en el primer sentido que viven una vida tranquila, moderada y muy alejada de las aventuras de Casanova. Así que, como se trata de un término confuso, he preferido no emplearlo y reservar la confusión para esta entrada que ahora lees.

Me parece, en definitiva, que dada las connotaciones del término “vividor” no existe ninguna palabra adecuada para definir a esa persona que sabe vivir la vida, sea cuál sea la manera en que la vive, agitada o moderada, de modo expansivo o introvertido. La más aproximada es “sabio”. Casanova era un vividor en los dos sentidos o, si se prefiere, un sabio.

Pero, quizá tú, lector, me dirás (y si no lo dices tú, ya lo digo yo): “No es tan fácil definir qué es saber vivir la vida”. Y yo te respondo: “No se puede definir, pero mi opinión es la misma que la de Casanova: si alguien al que no le falta salud ni le está sucediendo una notable desgracia no consigue disfrutar de la vida casi a cada instante, entonces podrá ser inteligente, listo, o cualquier otra cosa, pero no será un verdadero sabio”.

No es que haya que ser un sabio, por supuesto, se trata sólo de palabras de referencia que hay que tomar cum grano salis (no como un dogma), pero ser un amargado sin motivo o un cenizo o un triste, es una de las cosas más tontas que se puede ser.

¿Te parece que soy demasiado intolerante? Quizá, pero ten en cuenta que es sólo una opinión, no intento dar lecciones ni establecer dogmas de fe. Una mejor manera de mostrar todo esto quizá sea el clásico “Sabio”, que me habría gustado ofrecer en la versión de Gato Pérez, pero que aquí está interpretada por el no menos grande Héctor Lavoe.

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[Publicado el 1 de marzo de 2005 en Intruso]

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GIACOMO CASANOVA

Originally posted 1989-04-24 12:01:11.

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Solipsismo cotidiano

Daniel Tubau

El solipsismo es una teoría filosófica que impide a quienes la sostienen encontrar discípulos, puesto que un solipsista piensa que sólo existe él.

Hace muchos años escribí un cuento que se llamaba El club de los solipsistas, que planteaba la paradójica existencia de una asociación de solipsistas, cada uno de ellos convencido de que lo único que existía era él mismo. Me parece recordar que, además, esos solipsistas habían puesto en marcha una tontina, que es una especie de acuerdo entre un grupo de amigos o socios según el cuál, a medida que se muere uno, los otros heredan sus bienes, hasta que el último superviviente se lo queda todo.

Años después empecé a escribir con mi amigo José Castillo un cuento en el que también había un club solipsista, o más bien un café, que se llamaba, creo, “El abuelete solipsista”. Era una historia a cuatro manos que quedó interrumpida, lo que es una pena, porque me gustaba mucho su tono despreocupado y desenfadado. Me parece que en algún momento se nos ocurrió hacerlo mejor y entonces, como suele suceder, dejamos de hacerlo. En ese momento se nos olvidó la gran verdad de Chesterton:

“Las cosas que vale la pena hacer, vale la pena hacerlas mal”

A pesar de que el solipsismo parece una extravaganza filosófica, en realidad todos somos bastante solipsistas en nuestro comportamiento cotidiano: solemos pensar de manera intuitiva que nosotros tenemos mente y que somos libres, pero que los demás actúan movidos por impulsos o prejuicios.

Es razonable que lleguemos a esa conclusión porque siempre somos conscientes de lo que pasa por nuestra mente, pero es casi imposible percibir lo que pasa en las mentes ajenas. Cuando nosotros decimos algo, lo habitual es que hayamos barajado un abanico de posibilidades: hemos pensado diversas cosas, dudando si decir esto o lo otro, y al final nos hemos decidido por un juego de palabras, tal vez no muy bueno, o por una idea tímida y prudente, o por una argumentación rigurosa y sensata. Nosotros sabemos que existían alternativas a lo que hemos dicho, pero los demás sólo conocen lo que hemos dicho en voz alta. Si se trata de un juego de palabras vulgar, los demás opinarán que somos triviales, pero no sabrán que pudimos haber sido prudentes, sensatos o incluso profundos y sutiles.

Así nos ven los demás y así vemos nosotros a los demás: no pensamos que eligen entre diversas posibilidades y les juzgamos sólo por aquello que hemos podido presenciar en sus palabras o en sus actos. Esto nos lleva a creer que nosotros somos libres y que elegimos nuestro comportamiento con plena conciencia, mientras que los demás, como no perciben de un modo inmediato e intuitivo esas otras posibilidades que revolotean en nuestro cerebro, nos consideran menos libres.

Este tipo de solipsismo cotidiano está detrás de muchas de las arbitrariedades en que caemos al opinar de los demás; por ejemplo esa típica situación en la que estamos en una reunión y se nos ocurren muchas ideas, pero no decimos ninguna, y después las dicen otros compañeros y entonces sentimos que el mundo es injusto y que nuestro jefe no nos considera por lo que valemos… Olvidamos, sin embargo, que no hemos llegado a mostrar a nadie lo que estábamos pensando, y que eso que habíamos pensado sólo lo conocemos nosotros.


[Publicado en Signos en noviembre de 2010]

Pensando en los solipsistas, fabriqué hace seis años dos buscadores, eGoogle y el “Buscador EGOlatra”. Puedes utilizarlos aquí

cuadernodefilosofia

[Todas las entradas de filosofía en TODA LA FILOSOFÍA]

Originally posted 1989-04-24 12:01:11.

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Ser vencido al vencer al enemigo

Dice Descartes que un defecto que se puede observar en la mayor parte de las disputas es que:

      “Siendo la verdad intermedia entre las dos opiniones que se sostienen, cuanto mayor es la inclinación a refutar la opinión contraria, tanto mas se aleja uno de la verdad”.

 Esta también me parece una opinión acertada acerca de los filósofos y de las disputas filosóficas.

2012__
De esto he hablado en otro de estos comentarios a Los principios de la filosofía, al referirme a la distorsionada y desfigurada disputa entre empiristas y racionalistas: cuando se adopta una etiqueta para definir el propio pensamiento, a menudo uno acaba defendiendo o lo indefendible o lo absurdo, tan sólo para mantener la coherencia.

Puse a este breve comentario el título “Ser vencido por los enemigos” [que ahora he cambiado por “Ser vencido al vencer al enemigo”]  porque siempre me ha interesado mucho algo que les sucede a casi todos los polemistas y disputadores. Llega un momento en que ya no defienden lo que creen, sino que tan solo se ocupan de atacar lo que creen sus rivales o enemigos. A eso lo llamo “ser vencido por los enemigos al vencerlos”, ese momento en el que uno se preocupa más por no coincidir con sus rivales que por pensar con serenidad.


 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[lunes 8 de enero de 1990]

Originally posted 1989-04-24 12:01:11.

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Teología o mística materialista

La teología materialista postula que la única ciencia auténtica y con derecho a existir es la física y afirma que  todos los hechos o fenómenos que estudian ciencias como la antropología son reductibles a fenómenos físicos.

Yo creo que este camino conduce a una nueva teología, esta vez de la Materia, en vez del Espíritu. David de Dinant quizá (pues apenas sobrevivió nada de sus obras) sostenía algo parecido.

Antes de explicar por qué considero mística esa postura, o dicho de otro modo, un nuevo espiritualismo basado en la materia, diré:

El primer problema es que quien busca certezas reduciendo los fenómenos humanos a fenómenos físicos, hoy por hoy, sólo encontrará azar. La física cuántica, que es hoy la ortodoxia en física, no apoya en modo alguno la interpretación defendida por los reduccionistas, sino todo lo contrario.

Por tanto, si el defensor de esa postura desciende hasta las partículas mínimas, no podrá explicar nada; es más, le será más fácil explicar el comportamiento de un ser humano por un acto volitivo que por el movimiento de las partículas que forman su cuerpo o su cerebro.

yorubaPor otra parte, explicar los hechos atómicos o físicos que acompañan a un acto humano no es en modo alguno explicar ese acto humano: es sólo una explicación de un fenómeno físico.
Si yo quiero saber qué hacen los yorubas las noches de plenilunio, no pregunto por el ordenamiento físico de todas las partículas del universo yoruba. Esa pregunta inevitablemente me llevaría, además, a la necesidad de conocer el estado de todas las partículas del universo.

Si, una vez que sé cómo se comportan los yorubas en las noches de plenilunio, deseo saber por qué se comportan así, puedo obtener varias respuestas:

1. Las que explican los motivos sociales que dieron origen a esa costumbre (en muchos casos esa explicación será altamente hipotética).
2. Las que explican los motivos religiosos que prescriben esa costumbre.
3. La materialista estricta ya descrita.
4. La que dice: “los yorubas hacen eso en las noches de plenilunio porque es costumbre hacer eso en las noches de plenilunio”.

Las dos primeras respuestas pueden ser respondidas por los antropólogos. La primera, por ejemplo, la daría Marvin Harris; la segunda un historiador de las religiones como Eliade.

Naturalmente hay respuestas alternativas, para quienes piensan, al modo de los materialistas reduccionistas, que existe una razón de la que procede todo comportamiento. el deseo, el miedo, el sexo, el poder, etc.

Pues bien, de estas cuatro explicaciones, las dos primeras proporcionan más información que la tercera y la cuarta. En cuanto a certeza las dos segundas proporcionan seguramente más (posiblemente, la cuarta la que más). Pero ambas proporcionan una certeza en cierto modo trivial. La única diferencia es que la cuarta se sabe trivial, lo busca, mientras que la tercera se pretende profunda.

 

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He encontrado en uno de mis cuadernos del siglo pasado esta entrada que debí escribir cuando estudiaba antropología y filosofía, pues la fecha es del 21 de abril de 1992. Creo que es una reflexión interesante en un tema complejo, en el que la simplificación espiritualista y/o materialista es lo más habitual.

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