Nazismo en Hungría

Hungría ha tenido la desgracia, como le sucedió a algunos otros países del este de Europa , de conocer el totalitarismo fascista y el comunista. Si la memoria no me falla, todo comenzó en los años 20 con el Terror Rojo, que después fue sustituido por el Terror Blanco, mucho más cruel y sanguinario. El Terror Blanco derivó hacia el fascismo de Horthy, que acabó uniéndose a la Alemania nazi. Hungría, por lo tanto, luchó en la Segunda Guerra Mundial junto a Hitler.

El lago Balaton

Las doctrinas totalitarias se basan en el relativismo cultural, como ya dijo explícitamente Mussolini en su día. Consideran que no puede existir un verdadero diálogo entre culturas diferentes y que, por ello, la única manera de decidir qué cultura es mejor es el uso de la fuerza. Los totalitarismos también aplican la doctrina extrema del darwinismo social, que inventó el sobrino de Darwin, Francis Galton: la supervivencia del más fuerte. El relativismo y el darwinismo social son nombres modernos para seguir aplicando el comportamiento salvaje e instintivo, aunque a veces la izquierda haya recurrido al relativismo convirtiéndolo incluso, erróneamente, en sinónimo de respeto y diálogo entre culturas diferentes.

Debido a estos fundamentos teóricos, los totalitarismos, ya se basen en ideas comunistas, fascistas o simplemente en la identificación con un líder (como Franco), no pueden cooperar y colaborar, excepto de manera transitoria. Si Mussolini predica que la raza superior es la latina y concretamente la italiana, Hitler asegura que lo es la germana, mientras que el húngaro Horthy cree que esa raza superior es la magiar. Difícilmente puede fraguarse una alianza duradera: tarde o temprano, cada uno querrá aplicar sus ideas hasta el final y chocará con sus antiguos aliados. Mussolini, el pionero de los totalitarismos “de derechas”, soñó durante un tiempo que la raza, la etnia, la cultura o la civilización latina iba a recuperar la gloria de la antigua Roma. Pero los fracasos de sus andanzas en Europa y África y el impresionante poder germano le obligaron a ceder el primer lugar a Hitler.

Si las potencias del Eje hubieran ganado la guerra, no habría pasado mucho tiempo hasta que estallaran los conflictos entre germanos y latinos, aunque, probablemente, las primeras víctimas habrían sido los eslavos. Tras ellos, quizás le llegaría el turno a los magiares, cultura única y aislada, y más teniendo en cuenta que Hitler había nacido en el antiguo imperio austrohúngaro, al que detestaba por su convivencia de culturas diversas.

Todo esto explica el que durante la guerra existieran tensiones entre los nazis alemanes y los fascistas húngaros. El régimen de Horthy persiguió a todas las minorías, incluida la alemana. Tras la Segunda Guerra Mundial, el régimen comunista impuesto por los rusos intentó no dar importancia a este dato, porque de ese modo podían acusar a la minoría alemana de la responsabilidad del pasado nazi de Hungría y así descargar la culpa de los propios magiares. Esa explicación contenía tan sólo un pequeño gramo de verdad, pero sirvió a los húngaros de la época comunista para mantener su conciencia tranquila.

Algo parecido sucedía en la República Democrática Alemana que, en un alarde de ficción histórica, siempre hizo como que el nazismo no tuviera nada que ver con ellos, sino sólo con los alemanes de la República Federal. Cuando estuve en Berlín Occidental en 1988 me asombró la memoria y el sentimiento de culpa de los alemanes, que incluso tenían un museo dedicado al holocausto en el antiguo Reichstag. Pero en el lado comunista apenas se hablaba del pasado nazi y se insistía en echar la culpa a los vecinos del otro lado de la ciudad y del otro país germano.

Lo mismo sucedía, según parece, en Hungría y quizás todavía sucede, porque en la Citadela hay un museo dedicado a la época nazi de Hungría en el que se condena aquella época, pero creo que no de la contundente manera que sería necesario. Es decir, no reconociendo la responsabilidad de gran parte de los húngaros en lo que sucedió.

 

[Publicado el 3 de noviembre de 2003]

CUADERNO AUSTROHÚNGARO

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La ciudad de las estatuas

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No recuerdo ninguna ciudad en la que haya visto tantas estatuas como en Budapest.

Magris cuenta en El Danubio que cuando el Terror blanco fascista reemplazó al Terror rojo comunista en los años 20 y 30, los revolucionarios no destrozaron las estatuas de sus antecesores, sino que las guardaron en algún sótano. Cuando los comunistas volvieron al poder, tras la Segunda Guerra Mundial, las sacaron del sótano y las volvieron a colocar en las calles.

Algo parecido sucede ahora, pues los húngaros han guardado casi todas las estatuas de la época comunista y han creado con ellas un Parque de las Estatuas o Museo del Totalitarismo, en el que se puede ver a Lenin, Marx, Engels, alegorías de la hermandad húngaro-soviética y a diversos líderes comunistas húngaros. Tal vez algún día las recuperen y vuelvan a ponerlas en la ciudad. Nunca se sabe.

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Del único del que no se conserva nada es de Stalin, tal vez porque todas sus estatuas fueron destruidas en la fracasada revolución de 1956 contra los rusos, como cuenta Magris. Tan sólo se conserva un fragmento de una colosal estatua de Stalin en un museo que visitamos.

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Un pequeño fragmento de la colosal estatua de Stalin que fue derribada durante la revolución de 1956.

En el Parque de las Estatuas, a 13 kilómetros de Budapest, se venden camisetas en las que se ve a Lenin, Stalin y Mao como si fueran los Tres Tenores (Domingo, Carreras y Pavarotti), pero en la leyenda se lee: “The three Terrors”. En otra pone “World Terror Tour, 1917-1989” y, como si se tratara de un grupo de rock de gira, se enumeran las fechas de las revoluciones, invasiones y anexiones comunistas: Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Finlandia, Hungría, China, Afganistán. Terminan con un interrogante acerca de la próxima fecha. Tal vez se podría añadir Chechenia, puesto que en Rusia no ha habido todavía un verdadero cambio de régimen y hasta ahora no ha gobernado ningún dirigente que no hubiera sido comunista (Putin pertenecía al KGB). O tal vez China todavía nos reserva alguna terrible sorpresa. Espero que no.

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The Three Terrors, foto de Askfrederick

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Músculo y poder revolucionario en el Parque de las Estatuas

Se podría  concluir, al ver estas bromas acerca del terror comunista, que el célebre sentido del humor húngaro se aplica a todo, pero también se puede recordar lo que dice Martin Amis en Koba el temible: que incluso ahora que todos o casi todos saben lo que sucedió en la Unión Soviética de Stalin y en la China de Mao Ze Dong, todavía existe una diferencia en la manera de encararlo respecto a los nazis:

“He aquí una paradoja reveladora: siempre se ha podido bromear a costa de la Unión Soviética, pero nunca sobre la Alemania nazi. No es sólo una cuestión de respeto. En el caso alemán, la risa se va automáticamente. Con el permiso de Adorno, no fue la poesía lo que se volvió imposible después de Auschwitz. Lo que se volvió imposible fue la risa. En cambio, en el caso soviético, la risa se niega a irse. La inmersión en los hechos de la barbarie bolchevique puede aumentar la resistencia a admitirlo, pero dicha inmersión no borrará nunca la risa de la barbarie.”

Es cierto. A casi nadie se le ocurre bromear sobre los nazis ni tener recuerdos nazis, cruces gamadas o gorras y abrigos de oficiales de las SS, como si se tratara de algo curioso y simpático, y eso, sin embargo, sí sucede con los recuerdos del antiguo bloque comunista, sin que sus propietarios sientan un rechazo instintivo hacia esos objetos y esos símbolos. En Madrid había un restaurante japonés en el barrio de Chueca con retratos de Mao e imágenes y carteles del Partido Comunista Chino. Nadie se ofende ni protesta, que yo sepa. Resulta difícil imaginar que eso se pudiera hacer con parafernalia nazi o simplemente fascista italiana. Es sin duda un alivio que así sea, pero es triste que sí encontremos todavía a los representantes de la muerte de millones de personas como si fueran personajes simpáticos, por ejemplo en una frutería china de Madrid llena de posters de Mao Zedong de la época de la Revolución Cultural.

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