Nuevos lenguajes y creatividad

Santillana Lab Participantes

Hace unas semanas asistí como alumno y profesor a un taller, encuentro o clinic en , invitado por Fernando Herranz Mayoral y Juan Carlos Pérez.

santillanalabDanielEstuve allí como alumno porque compartí aquella sesión con personas de diversas profesiones, con las que aprendí muchas cosa verdaderamente interesantes; como profesor porque intenté aportar ideas relacionadas con mi trabajo como guionista o director o profesor de guión, dirección, creatividad o literatura. Es una manera de generar ideas que siempre me ha gustado, y que hizo célebre el MediaLab del MIT (Instituto de Tecnología de Massachussets), quizá el mayor centro de invención e innovación mundial.

La sesión tuvo lugar en un lugar llamado El Play, donde nos conocimos todos los participantes, charlamos un rato de manera distendida y después nos dividimos en dos grupos de trabajo, para compartir ideas y propuestas acerca de los nuevos lenguajes en la educación. Después los dos grupos volvimos a juntarnos y se hizo un resumen de los aspectos más interesantes.

#santillanalab

El viernes 13 de junio tendrá lugar la segunda sesión.

Pronto contaré más detalles, pero por ahora dejo aquí uno de los resultados de la sesión, una historieta en la que aparecemos los participantes.

[Puedes usar la barra lateral para leer el comic completo]


 

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Creatividad, inventarios e invenciones

Desde hace bastantes años la idea de que no se puede enseñar la creatividad esta cambiando y se va abriendo paso la convicción de que la creatividad sí que se puede enseñar. Hace tiempo, las organizaciones de ayuda a países pobres repetían un lema muy razonable: mejor que dar un pescado al que tiene hambre es enseñarle a pescar. Pero hay algo mejor que enseñarle a pescar: enseñarle a pensar. Porque los peces se pueden acabar y entonces será mejor que sean capaces de pensar en otra manera de conseguir alimento, por ejemplo con la caza o con la agricultura.

Yo estoy entre quienes piensan que la creatividad se puede enseñar.

grahamwallasguyer-photography-graham-wallasEl estudio del proceso creativo comenzó a caminar con paso firme en el siglo XX, primero con las propuestas del matemático Henri Poincaré y después con los primeros estudiosos, como Charles Webb Young o Graham Wallas. Se inició entonces una disciplina que recogía algunas intuiciones de los románticos e inspirados, pero sometiéndolas al escrutinio de la razón y la contrastación. Se ha mostrado que la creatividad no depende de las musas, ni del destino ni de una genialidad innata. El resultado ha sido una mezcla curiosa entre ideas como “inspiración” , “revelación” o “intuición” y la observación y la experimentación, que ha logrado, en cierto modo convertir lo etéreo en materia sólida.

En esta sección de mi sitio web, reúno enlaces a secciones o entradas que tratan de una manera más o menos directa con la creatividad, la invención o el estudio del proceso creativo.

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Cómo vivir más tiempo

reloj

Muchas personas se preguntan cómo se puede vivir más tiempo, disfrutar de más años de vida. Aquí voy a ofrecer algunos consejos para ganar más años de vida, mas meses, más horas y más minutos.

Viajes en coche

Se suele considerar que un viaje en coche de una ciudad a otra ha de ser lo más rápido posible. Madrid-Barcelona en cinco horas. Se va por la autopista o la autovía, se pone el coche a toda pastilla y… se tiran cinco horas a la basura.

Porque cinco horas a toda velocidad, sin disfrutar del paisaje (¿qué paisaje hay en una autopista a no ser los encantadores molinos eólicos de Aragón?), sin detenerse excepto para tomar un café en un feo centro/bar//restaurante/kiosko de carretera. A una velocidad que impide, al menos al conductor, mantener una conversación sosegada y con todos los pasajeros  pendiente de que el conductor no se despiste o no se duerma. Tiempo perdido. Se cree ganar mucho tiempo, ahorrar horas, pero lo único que se hace es perder tiempo: las cinco horas del viaje.

Quien espera desespera

Esperamos a alguien. O esperamos un avión o un tren en el que vamos a viajar. Ese tiempo de espera lo catalogamos rápidamente como tiempo inútil. Un tiempo de transición en el que no puede suceder nada interesante porque no podemos iniciar nada en serio. Nos dejamos llevar por la desgana y tiramos minutos u horas a la basura. Si el amigo tarda en llegar a la cita, nos pasamos todo el tiempo pensando en cómo le regañaremos cuando llegue, y después, además, nos enfadamos.

Si cambiamos nuestra mentalidad de espera y en vez de pensar que nuestro amigo ya debía estar aquí, pensamos que es una suerte que todavía no  haya llegado, todo cambia de sentido. Ahora podemos observar lo que sucede a nuestro alrededor, mirar a aquellos tres que discuten en una mesa cercana, a esa muchacha que escribe al fondo del local, al ese camarero tan peculiar, enseguida encontraremos un nexo común entre todos ellos o un tema de reflexión adecuado para pasar los minutos de espera, que ya no serán minutos de espera, sino de vida vivida.

Salas de espera, aviones, trenes

En un viaje lleno de escalas uno cree perder valiosas horas de tiempo en las salas de los aeropuertos, en el interior de los aviones, en eso que Marc Augé llama no lugares. Yo he descubierto, sin embargo, que los no lugares son un lugar perfecto para pensar, escribir, iniciar investigaciones. Ya lo hice en Escrito en el cielo y en ningún lugar, cuando inicié dos investigaciones durante una serie de viajes con muchas escalas, una acerca de las máscaras y otra acerca de los no lugares. Recientemente, en un viaje a América, inicié una interesante investigación acerca de cierres, conectores y cerrojos. En todos mis viajes soy un ávido cazador de momentos e ideas, y muchos de ellos los obtengo no ante el paisaje fenomenal y ansiado, sino en el camino de un lugar a otro, o en el autobús que me lleva a la Ciudad de la imagen para dar mis clases. Los modernos medios electrónicos, como el programa para tomar notas Evernote, permiten no sólo escribir en el móvil estés donde estés, sino además tomar fotos del momento. Así voy llenando mi libreta electrónica de notas.

Trayectos

El tiempo que transcurre entre un lugar y otro, el recorrido que nos lleva de aquí a allá. Para muchas personas, ese tiempo no existe, es también un tiempo perdido, que se quiere que acabe, que no gusta. Muchas personas, en vez de caminar o pasear, trasladan sus cuerpos de un lugar a otro. Pero en cualquier traslado del propio cuerpo se lleva también ese extraordinario juguete que es la mente. Conviene usarla, no sólo para esquivar el tráfico o pensar en la prisa que se tiene y en el tiempo que se está tardando.

Si se suman todos los minutos ganados en estas y otras actividades que suelen ser consideradas tiempo perdido, se descubrirá que añadimos a nuestra existencia quizá entre cinco y diez años más de vida vivida.

 


 [Publicado por primera vez en Salón digital el 8 de mayo de 2010]

Inventario, de Daniel Tubau

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Cómo salir de los círculos cerrados

San Isidoro

 

En la adolescencia adquirí la sana costumbre de anotar ideas o comentarios en los márgenes de los libros. En muchas ocasiones severos lectores me regañaban por «estropear así» los libros. Yo no sabía qué responder, pero seguía anotando en los márgenes porque me negaba a ser un lector pasivo que tiene que caminar en línea recta por la vía del libro, siempre mirando hacia delante, hacia la próxima página, como si llevara anteojeras. Para mí, el verdadero placer de leer un libro residía en conversar o discutir con el autor.

Por otra parte, también me di cuenta en algún momento de un problema: uno se mueve en círculos, que pueden ser muy amplios pero que están separados de otros círculos, como lo están dos galaxias por océanos de vacío o materia oscura. A veces se trata de disciplinas enteras: un lingüista puede no leer nunca un libro de sociología, y un psicólogo no consultar nunca el arte de la guerra de Clausewitz o de Sunzi, a pesar de que se trata de terrenos con nexos indudables. Tampoco los economistas suelen consultar los libros de las ciencias más cercanas a la suya, como la astrología, la quiromancia y otras artes de que se dedican a la adivinación mediante datos insuficientes y que abundan en predicciones no comprobadas.

Para salir del círculo de mis referencias inventé varios métodos. Uno consistía en no leer un libro de principio a fin y luego empezar otro, sino leer muchos y de muy diversos temas, mezclando novelas, teatro clásico, libros de mitología, de ciencia, de cualquier cosa. Un día conté los libros que estaba leyendo a la vez y resultaron ser más de ochenta. Como es obvio, a menudo me olvidaba de qué libro estaba leyendo y descubría años después que, por ejemplo, me había quedado a tres páginas del final del Martin Eden de Jack London. Al practicar este método me di cuenta de la riqueza del pensamiento asociativo porque, gracias a esa mezcla, mi mente establecía conexiones muy interesantes entre la física cuántica y la lucha de los olímpicos griegos contra los titanes y Tifón, o entre un pasaje de las memorias de Goethe y una poesía de Omar Jayyam. Lo importante es que esas conexiones se producían porque estaba leyendo a la vez un libro de Omar Jayyam y otro de Goethe: si no los hubiera leído al mismo tiempo, habría sido imposible dar con casi todas esas conexiones. Otro método era consultar y hojear muchos libros a la vez. Durante dos o tres años fui casi a diario a la Biblioteca Nacional y pedí entre cinco y diez libros cada día. Dos o tres los leía hasta el final, mientras que los otros los hojeaba.

Advertí también, es probable que a través de la lectura de Martin Gardner y Raymond Smullyan, lo insatisfactorio que resultaba el orden alfabético, como el de las fichas de los libros de la Biblioteca Nacional, que se usaban años antes de que llegaran los ordenadores. Como es obvio, a menudo pedía libros de los que había oído hablar a través de otros autores, pero también empleaba un método de búsqueda azarosa de mi invención:  entraba en el salón de ficheros de la Biblioteca Nacional, que eran cientos de cajas ordenadas siguiendo la famosa clasificación universal CDU (filosofía, y dentro de filosofía metafísica, y dentro de metafísica Heidegger, y dentro de Heidegger las ediciones disponibles de Ser y tiempo).  Y entonces, sin prestar atención a cómo estaban ordenados esos archivos  y ficheros, pensaba un número cualquiera e iba contando pasillo a pasillo hasta que me detenía en el que me había tocado. Caminaba cinco, cuatro o tres pasos y me acercaba a uno de los cajones, lo abría tanteando con los ojos cerrados y contaba, por ejemplo, 23 fichas. Entonces abría los ojos, anotaba las signaturas de los cinco primeros libros y los pedía, aunque trataran de cómo reparar la rueda de un autobús o fueran recetas para preparar limonada maltesa. Todavía no había leído lo que decía Borges: «Todo libro tiene una línea que lo salva», pero ya creía firmemente en ello. De este modo logré saltar fuera de mi círculo de referencia y hacer hallazgos muy interesantes, desde la Nueva Teoría de  la Naturaleza de Oliva Sabuco, a la Crítica del lenguaje de Mauthner o el Sefer Yetsirá  de los cabalistas.

Así que, en vista de todo lo anterior, ya puede suponer el lector el placer que me ha producido la expansión y desarrollo de los ordenadores y de Internet,  que hacen posible emplear métodos como los anteriores a diario, y que añaden la facilidad de archivar, copiar y guardar los hallazgos y encontrar  más cosas que en cualquiera de las bibliotecas del planeta, incluida la Biblioteca Nacional de Madrid y la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, que pasa por ser la mayor del mundo.

 

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ENTRADAS SOBRE CREATIVIDAD


 [Esta entrada es un fragmento, con algunos cambios de un capítulo de mi libro El guión del siglo 21, llamado “Cómo funciona la mente humana”]

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La profesión de escaparatista
[COSAS QUE SIEMPRE HAN EXISTIDO]

Una de las cosas más graciosas que conozco es la insistencia en decir que lo que pasa ahora no ha pasado nunca antes: “Ahora los jóvenes ya no saben hablar”, “La música de ahora es sólo ruido”, “Nuestra sociedad es la sociedad del espectáculo”, “La moda lo domina todo…”

Son ideas que siempre se han repetido, aunque no siempre con las mismas y exactas palabras. Samuel Noah Kramer cuenta que en los primeros textos cuneiformes sumerios los padres ya se quejaban de que sus hijos no estudiaban y sólo les gustaba gandulear e irse de juerga, y “no como en nuestros tiempos”.

En esta sección pondré ejemplos de cosas que parecen muy recientes y actuales pero que existen desde hace mucho.

 

LA PROFESIÓN DE ESCAPARATISTA

Resulta que esta profesión, que parece tan moderna, era la de Lyman Frank Baum, el autor de El mago de Oz, que vivió a finales del siglo XIX y comienzos del XX. No sólo se dedicaba a decorar escaparates, sino que era el director de la revista oficail de escaparatistas de Chicago, el Chicago Show Window.

Además, le gustaba tanto el asunto de los escaparates, que llegó a publicar un libro dedicado al tema.

 

 


 [Publicado el 9 de julio de 2004]

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Cómo tener buenas ideas entendiendo mal las cosas

Hace un tiempo tuve una conversación con mi amigo Bernard M’ba acerca de los traductores automáticos que desde hace un tiempo está popularizando Google, ya se trate de traducción simultánea, de  textos en Internet o de subtítulos automáticos en Youtube. Quienes los usan se quejan de que todavía son muy imperfectos y hay quien dice que siempre serán necesarios los traductores humanos. Hasta hace pocos años lo mismo se decía del ajedrez: “Es un juego tan complejo que nunca un computador podrá ganar al campeón mundial humano”. Sin embargo, desde que el ordenador Deep Blue venció a Kasparov, ya sabemos que el verdadero campeón mundial de ajedrez sería hoy una máquina, si les dejaran participar en el torneo.

La campeona o campeón mundial de ajedrez

Lo curioso es que en el siglo XX se llegó a pensar que ni siquiera los humanos serían capaces de llevar a cabo una traducción simultánea. Ved Metha lo cuenta en un artículo, ahora no recuerdo en qué libro, quizá en La mosca en el vaso. Metha  contaba que en los inicios de  la Sociedad de Naciones y la ONU se pensaba que no era posible que en tiempo real una persona escuchase hablar a alguien en chino, pensara en la traducción, la dijera en francés y, al mismo tiempo, siguiera escuchando a la persona que hablaba en chino. ¿Cómo hacer dos tareas casi contradictorias a la vez?  También mencionaba Metha  aquella célebre anécdota, probablemente inventada, del mensaje bíblico que los americanos enviaron a los rusos:

“El espíritu es fuerte, pero la carne es débil”

que los rusos tradujeron:

“El vodka está estupendo, pero la carne está podrida”

Ved Metha

 En cualquier caso, aunque los traductores automáticos todavía estén lejos de superar a los seres humanos, ya son bastante útiles, aunque conviene usarlos sin intentar entenderlo todo. Es mejor escuchar esas traducciones que leerlas, intentando hacer la vista gorda y no encasquillarse en los errores que se detecten.

En general, por cierto, casi siempre es mejor no ser en exceso puntilloso y meticuloso, por ejemplo al ver una obra artística (cine, literatura, teatro, escultura) porque detenerse en pequeños detalles nos impide casi siempre entender de manera más amplia lo que nos están proponiendo. Así que conviene, como decían los escépticos antiguos, suspender el juicio, al menos en un primer momento o durante la contemplación de la obra. El análisis debe venir a continuación, no previamente. Sí, ya sé que aunque no queramos nuestro cerebro siempre analiza, pero podemos evitar la redundancia analítica, si frenamos o mantenemos en segundo plano nuestra obsesión analista.

Si uno hace la vista o el oído un poco sordo a las traducciones de Google, al menos en las de inglés a español, que son las más avanzadas, descubrirá que entiende casi todo, como cuando leemos una cita como la siguiente:

” Sgeun un etsduio, no ipmotra el odren en el que las ltears etsan ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera esten ecsritas en la psiocion cocrrtea. El rsteo peuden estar ttaolmntee mal y aun pordas lerelo sin pobrleams. Etso es pquore no lemeos cada ltera por si msima snio la paalbra cmoo un tdoo. Pesornamelnte me preace icrneilbe.”

Además, y eso es lo que comentaba con Bernard, una mala traducción puede ser muy interesante, porque puede proporcionarnos ideas nuevas. A mí me ha sucedido varias veces que al escuchar o leer un texto escrito en inglés he entendido mal algunas cosas y he llegado a pensar que el autor decía algo que en realidad no decía. Lo curioso es que en ciertas ocasiones esas cosas mal entendidas eran más interesantes que las que de verdad decía el autor. Eso tiene una ventaja añadida, porque, al tratarse de una mala interpretación y no de una interpretación literal, se puede decir que esas ideas interesantes se nos han ocurrido a nosotros.

En un ejemplo de lo fructífero que puede ser el error.

 


 [Publicado por primera vez en Inventario digital, 4 de marzo de 2011]

Añado ahora dos comentarios:

1. Lamentable o afortunadamente, los traductores automáticos de Google cada vez funcionan mejor, al menos del inglés al español. Los últimos libros que he leído (o escuchado) apenas he podido malinterpretarlos, porque se entendía casi todo. Me ha parecido percibir que el último gran escollo para la traducción automática es que a veces convierte frases negativas en positivas y a la inversa, y que no maneja bien construcciones con “pero” o “sino”.

2. Una curiosidad: el texto con las letras cambiadas que cito más arriba se lee con bastante facilidad, pero escuchado apenas se logra entender. Habrá que investigar por qué.

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