La influencia de los planetas

||Lo dudo \1

El postulado básico de quienes creen en la astrología es que los planetas influyen sobre los seres humanos. Según cómo se encuentren los planetas en el momento de tu nacimiento, influirán de una manera u otra en tu carácter, nos aseguran.

En otro momento ya hablaré de algunas ideas curiosas que se deducen del postulado que acabo de reproducir, pero por ahora sólo me referiré al intento constante de los astrólogos de despreciar la ciencia y, al mismo tiempo, asegurar que sus ideas son científicas.

Cuando Newton formuló sus leyes y quedó claro que existía una fuerza que atraía a todos los objetos unos a otros, que llamamos “gravedad”, los astrólogos creyeron encontrar ahí la confirmación de sus ideas. Y así podría parecer a primera vista, puesto que la fuerza gravitatoria se produce, en efecto, entre todas las cosas y además tiene alcance infinito. Eso quiere decir que hasta la última partícula del universo ejerce un efecto gravitacional sobre nosotros.

Por lo tanto, no resultaría del todo extravagante que un planeta tan grande como Júpiter ejerciera una cierta influencia sobre alguien que nace en el momento en el que Júpiter ocupa un lugar concreto en su cielo astrológico.

Sin embargo, como suele suceder, la victoria de los astrólogos se convirtió enseguida en su derrota.

Existe, es cierto, una fuerza gravitatoria entre un recién nacido y el planeta Júpiter, pero el problema es que aunque Júpiter nos parezca muy grande, la fuerza gravitatoria que ejerce sobre una persona nacida en una clínica terrestre es más pequeña que la que ejerce el médico que se ocupa del parto. Júpiter es grande, pero la distancia a la que se encuentra también muy grande y la fuerza de la gravedad tiene la mala costumbre de disminuir con la distancia. De una manera proporcional a la distancia, por lo que la fuerza gravitatoria de Júpiter sobre la clínica en la que tiene lugar el parto es ínfima, bordeando lo ridículo.

Esa fuerza gravitatoria ni siquiera es comparable a la fuerza gravitatoria que nosotros mismos ejercemos sobre el planeta Tierra cuando damos un salto: la Tierra, si lo hiciéramos, se movería hacia nosotros, pero ese movimiento sería irrisorio. En la confrontación gravitatoria Nosotros/La Tierra, siempre ganará la atracción terrestre que nos hace caer de nuevo al suelo.

Esa es la triste verdad, la triste verdad con la que tienen que cargar los astrólogos: la gravedad tiene alcance infinito, sí, pero disminuye con la distancia también.
Ya sé que este primer argumento no hará que los que creen en la astrología dejen de creer en ella, puesto que este tipo de creyentes, como Tertuliano, creen porque es absurdo.


SUPERSTICIONES ANTIGUAS Y MODERNAS

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El argumento ontológico de Descartes y Schopenahuer

Descartes-Schopenhauer

Entre las diversas ideas que la mente tiene en sí se halla el concepto de Dios o ente absolutamente poderoso y perfecto, y puesto que en la noción de ente absolutamente perfecto se contiene su existencia necesaria y eterna, del mismo modo que en la noción de triángulo se contiene necesariamente que sus tres ángulos son iguales a dos rectos, hemos de concluir que tal ser existe.

Recupera, pues, Descartes el argumento ontológico de San Anselmo y afirma, anticipándose a la objeción que ya hiciera Gaunilo, que sólo del concepto de Dios se su necesaria existencia:

“En los conceptos de las otras cosas no se contiene del mismo modo la existencia necesaria, sino sólo la contingente”.

Sin embargo, ya el propio Aristóteles “como si viera en la noche de los futuros tiempos tenebrosos y descubriera en ella una patraña escolástica… demuestra detalladamente en el capítulo VII del libro II de Analiticorum posteriorum que la definición de una cosa y su existencia son asuntos diferentes… El ser no pertenece a la esencia de una cosa, puesto que el ente no es un género (Schopenhauer, Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente).


Descartes

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El círculo vicioso entre las ideas innatas y Dios en Descartes

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El demonio o dios engañador de Descartes

Descartes dice en Los principios de la filosofía que Dios no es la causa de nuestros errores, por lo que todo lo que percibimos claramente es verdadero; recuerda después la noción del Dios engañador, que no le parece es admisible, remitiendo a sus Meditaciones. Es decir, Dios no podría engañarnos y, al mismo tiempo, seguir siendo Dios. Se trata del célebre demonio de Descartes, es decir, un demonio que se disfraza de Dios y nos engaña.

Sin embargo, en las objeciones a las Meditaciones, Thomas Hobbes dice que, del mismo modo que un doctor engaña a un paciente, Dios podría engañarnos a nosotros por nuestro bien. Nuestros errores, en definitiva, serían negaciones referidos a Dios y privaciones referidos a nosotros, puesto que somos finitos (§31).

Se ha considerado a menudo que la relación entre Dios y las ideas innatas en Descartes entraña un círculo vicioso. Sea o no así, yo creo que la introducción de Dios como garante de la certeza cartesiana viene en gran parte motivada por la necesidad de justificar la persistencia de las leyes naturales y de nuestras demostraciones más allá de lo inmediato, es decir, aquellas que confían en el testimonio proporcionado por la razón y la memoria, así como para justificar que podamos usar esa razón deductiva o inductiva.


 

NOTA 2015
¿Qué quería decir yo aquí? No estoy del tood seguro si llego a explicarlo más adelante en este comentario a los Principios de la filosofía de Descartes, y tampoco estoy seguro de saberlo ahora. Supongo que me refería a que tan solo a través de nuestros sentidos y percepciones inmediatas no podemos tener certeza de cómo es la realidad, pues nuestros sentidos nos engañan y, además, la única manera de establecer leyes es comparar unas percepciones con otras, pero para que podamos comparar esas percepciones, debemos recordarlas. Debemos recordar cómo era la lluvia de ayer para poder compararla con la lluvia de hoy, por ejemplo. Naturalmente, también podríamos anotar lo que vimos ayer, pero entonces tendríamos que confiar también en que esa anotación no ha cambiado desde ayer a hoy sin que nos diésemos cuenta. Dentro del círculo o incluso laberinto vicioso cartesiano, al final solo queda recurrir a un Dios que garantice alguna certeza, a pesar de que la presencia y la identidad de ese Dios pueda ser también puesta en entredicho y considerar que es un demonio en vez de un dios. Creo que estos son dilemas a los que no puede escapar el sistema cartesiano.


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