¿Dónde está la serpiente?

|| La lengua de la serpiente /1

La serpiente ha sido el símbolo del mal en la cultura judeo-cristiana. La tentación que en el paraíso propuso a los seres humanos comer del árbol del bien y del mal.

Quizá esa capacidad de distinguir el bien del mal es lo que más me interesa de la serpiente.

No dispongo de demostraciones científicas de mis ideas éticas, porque no las hay. Como decía Bertrand Ruseell (hoy tan injustamente olvidado), en las cuestiones más importantes tenemos casi siempre que recurrir a la fe para justificar nuestras ideas.

Tenemos que recurrir a la fe, pero no a la fe del fanático, sino a la fe o confianza en que no nos engañan nuestros sentidos, al menos más allá de lo razonable. A la confianza en que hemos hecho un buen cálculo matemático y no hemos escrito mal un número a lo largo de la operación aritmética. A la confianza en que si una medicina muestra efectos adversos los científicos acabarán dándose cuenta de ello. A la confianza en las buenas razones, que quizá no son demostrables de manera dogmática, pero que al menos sí  se pueden examinar. A esa confianza o a esa fe me refiero, no a la fe supersticiosa de las religiones o de la credulidad.

El problema es, como muchos se preguntarán, es la dificultad en determinar cuándo una razón es buena o mala cuando un argumento es verdaderamente confiable.

Una buena pista para distinguir buenas razones de malas razones podría ser la siguiente:

“Las buenas razones son aquellas que se niegan a escuchar las personas que tienen la costumbre de no atender a razones, sino a dogmas”.

Otra indicio posible:

“Una buena razón es aquel argumento que cuando no puede ser refutado con argumentos relacionados, hace que el aludido desvíe la conversación hacia un tema en el que todos están de acuerdo, pero que no aclara en nada la cuestión que se está discutiendo.”

En política, que es de lo que me interesa hablar ahora, un ejemplo de esta técnica para desviar la atención de las buenas razones es el argumento del mal mayor: siempre hay un mal mayor que aquél al que no se quiere prestar atención.

¿Bush mata iraquíes?
Más mataba Sadam…

¿Hay pena de muerte en Cuba?
Más pena de muerte hay en Estados Unidos…

¿Hay pena de muerte en Estados Unidos?
Más pena de muerte hay en China…

¿Se paga poco por diez horas de trabajo de lunes a viernes?
Hay lugares en los que no se paga nada, porque no hay trabajo…

Etcétera.

Muchas de estas réplicas aluden a hechos indiscutibles, y que pueden un gran interés en su momento,  pero pierden su valor cuando se utilizan para justificar algo que quizá no sea tan extremo como el segundo término de la comparación (“…peor es en…”), pero que también es malo.

Ya dije en Un hermoso símbolo que, como la serpiente, siempre intento esquivar la muerte y cualquier justificación del asesinato. Por eso, aunque creo que a menudo es necesario recordar lo que se hace en el otro bando, nunca se debe hacer para justificar lo que hace nuestro propio bando.

Aunque soy por lo general moderado, hay un asunto que, como dice mi hijo Bruno, hace que “se me hinche la vena”: Literalmente: esas venas que están a ambos lados de la frente. Me gustaría que no sucediera eso, porque siempre me ha gustado ser apasionado pero nunca he querido pasar por exaltado. Pero en ciertas ocasiones no puedo evitarlo.

Ese asunto que me hincha la vena es la justificación ideológica del asesinato y la injusticia. La vena se hincha, sin duda debido al aumento de la tensión y la presión arterial, en proporción directa con lo que yo aprecie o quiera a la persona que justifica esas cosas. Si se trata de un desconocido, me suele dejar indiferente, o al menos puedo mantener mi sosiego habitual.

Pondré un ejemplo.

En la adolescencia, e incluso en la niñez, me enseñaron que la izquierda luchaba por la justicia y que su objetivo era una humanidad libre. En mi ingenuidad, llevé el razonamiento hasta sus últimas consecuencias y concluí que si uno era de izquierdas no podía justificar la pena de muerte, ni la tortura, ni el asesinato, ni el abuso, ni la explotación.

Mi ingenuidad pronto fue castigada por la realidad, cuando descubrí que la mayoría de la gente de izquierdas no llevaba el razonamiento hasta sus conclusiones lógicas e inevitables y que muchos de ellos justificaban la pena de muerte, la tortura, el asesinato e incluso la masacre, siempre y cuando los autores de esas cosas fueran los de “su bando”.

Desde entonces,  me he seguido considerando de izquierdas tozudamente, a pesar de tener que avergonzarme decenas de veces al oír a mis supuestos compañeros de ideología justificar todo tipo de crímenes, al escuchar a personas esencialmente buenas desarrollar  razones sutiles e incluso brillantes para aceptar el asesinato. Tengo que admitir que también he conocido a gente de derechas, a fascistas e incluso a nazis, pero debo confesar, de nuevo bastante avergonzado, que pocas veces les he visto justificar el crimen con la ligereza y el desparpajo con el que lo hacen tantísimos que se declaran de izquierdas.

Lo peor tal vez sea que cuando uno se opone a tales justificaciones, le miran como si fuera un lunático o un derechista peligroso, a pesar de que yo siempre identifiqué (quizá también de un modo demasiado simplista) a la derecha con la injusticia, con el uso de la fuerza, la coacción o incluso el crimen.

Godard, Sartre y Beauvoir colaborando en la distribución del peródico maoísta “La causa del pueblo”, en el mismo momento en el que en China la Revolución Cultural encarcelaba, perseguía y asesinaba a los que no seguían las consignas de Mao Zedong, quien alentaba a los hijos a denunciar a sus padres, a los estudiantes a golpear y torturar a sus maestros y a todos a destruir cualquier rasgo cultural que no fuera considerado revolucionario. La Revolución Cultural, además de los crímenes contra las personas, era en esencia una revolución anti-cultural.

Una conclusión temprana que extraje, tras mis primeras decepciones, fue que yo era de izquierdas pero que ellos, los que se llamaban de izquierdas, en realidad eran de derechas. Los que adoraban y adoran a los caudillos vestidos de militares, los que justifican a Stalin como una reacción contra la presión occidental, los que piensan que los millones de muertos de Camboya son culpa de los Estados Unidos, los que justificaban a un terrorista palestino que se convertía en bomba humana en un restaurante, los que consideraban al IRA una especie de organización romántica que luchaba por la libertad de Irlanda, los que excusaban a ETA. La lista, por desgracia, era interminable.

Alguno ya estará pensando: pero te olvidas de los del otro lado.

Ese es el argumento del mal mayor al que me referí al principio, que también puede ser resumido de esta manera: “No te metas con mi equipo, porque eso favorece al contrario”. Eso es más o menos lo que le dijo Sartre a Camus para no criticar a Stalin. Para mantenerse callado acerca de los millones de asesinados.

A ese argumento respondo que no, que también esquivo, como la serpiente, a los asesinos y justificadores del otro lado. Simplemente, y esto es lo más triste de esta triste historia, sucede que escucho una y otra vez a los que justifican algunas de las cosas que he mencionado y sólo muy raramente o nunca a quienes defienden a Sharon, Bush, Aznar y compañía. Apenas escucho justificaciones explícitas, públicas y populares del nazismo y del fascismo (que por suerte están perseguidas por la ley) mientras que continuamente he oído justificaciones del comunismo soviético y del maoísta, justificaciones que no son perseguidas por ninguna ley, ni siquiera miradas con la reprobación que merecen por cualquier persona que no justifique el crimen. Es muy triste e incluso doloroso escuchar una y otra vez de qué manera se justifica alegremente el asesinato. Esos asesinatos.

Me gustaría pensar, como hace mi amigo Juanjo, que la humanidad, a pesar de sus tropiezos, avanzará hacia la justicia y el fin de la violencia. Ojalá sea así y en el futuro se asombren de que alguien tuviera alguna vez que discutir cosas tan evidentes como las que he mencionado, y piensen: “¿Pero realmente alguien opinaba eso?”, del mismo modo que nosotros nos asombramos de que alguien justificara alguna vez la esclavitud.

Si discuto cuando se mencionan esos asuntos, esos crímenes para los que muchos encuentran insólitas justificaciones a pesar de lo desagradable que me resulta todo el asunto, es por algo así como un sentido de la responsabilidad que me hace imaginar que alguien alguna vez podría preguntarme: “¿Y tú que decías cuando justificaban todo eso?”. No me gustaría responder: “Nada. Me quedaba callado.” Tampoco quiero que nadie piense que, porque yo sea de izquierdas, acepto todas esas cosas que aceptan tantísimas personas de izquierdas.

Ahora bien, quizá aquella primera conclusión que me hizo dictaminar que yo era de izquierdas y los justificadores no lo eran, fue un error, porque ¿quién soy yo comparado con miles, cientos de miles de izquierdistas que no opinan como yo? Así que lo único que sé es que no soy de derechas, pero, al mismo tiempo soy consciente de que no está muy claro que tenga razones suficientes para considerarme de izquierdas. Si las definiciones ideológicas tienen algo que ver con lo que hace la mayoría de las personas que se definen como pertenecientes de una ideología determinada, me temo que el resultado de observar a la izquierda en los últimos cien años no va a ser agradable para quienes pensamos como yo. Así que, como la serpiente de la metáfora, lo único que puedo hacer es seguir moviéndome, para esquivar los crímenes de unos y otros.


[Publicado en 2003. Revisado en 2019 para mejorar la comprensión pero sin modificar el contenido]

POLÍTICA

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Originally posted 2003-12-25 12:00:02.

Por qué un caballo blanco no es un caballo

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La escuela de los Nombres (Ming Chia) se desarrolló entre el año -300 y el -200.  Su representante más famoso fue Gongsun Long, quien dijo que un caballo blanco no es un caballo.

Al parecer, a Gongsun Long le preguntaron si había llegado a la ciudad en un caballo y él dijo que no, porque había llegado en un caballo blanco, y un caballo blanco no es un caballo.

Parece una afirmación absurda, pero es completamente cierta, al menos en algún sentido.

Esto se ve de manera muy sencilla si examinamos atentamente la afirmación:

“Un caballo blanco es un caballo”

Es decir:

Caballo blanco=caballo

Pero si caballo blanco es lo mismo que caballo, entonces en cualquier ntexto en el que aparezca la palabra caballo se podrá sustituir cualquiera de los miembros de la igualdad “caballo=caballo blanco”. Es decir, donde pone caballo podríamos poner caballo blanco.

Por ejemplo:

Un caballo negro es un caballo

sería lo mismo que:

Un caballo negro es un caballo blanco

Con lo que llegamos a afirmaciones bastante absurdas, ¿no es cierto?

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cuadernodefilosofia

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Originally posted 2003-08-03 12:01:28.

Ventanas que hablan

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De mis clases escolares de literatura recuerdo algo que se comentaba una y otra vez, no sé si por la afición de mis profesores al asunto o debido a que repetí el mismo curso varias veces: me refiero al motivo de cómo la naturaleza se conmueve con el poeta y se solidariza con sus penas y alegrías. Si la memoria no me engaña, casi siempre se aludía a poetas y escritores medievales o renacentistas, tal vez Gonzalo de Berceo, Garcilaso de la Vega y, por supuesto, los que llegaron con la época romántica. Creo que más de una vez he escuchado o leído que este conmoverse de la naturaleza era un motivo literario que no se encontraba en Grecia o Roma, donde la naturaleza, como mucho, lo que hacía era conmover al poeta pero no conmoverse con el poeta, limitándose a ser un escenario, un locus amoenus o “lugar agradable”, pero no una extensión del alma sufriente o alegre del poeta. Sin embargo, me parece que en las Tristes de Ovidio se podrían encontrar ejemplos de ese contagio de la emoción a la naturaleza misma. Y creo, casi sin ninguna duda, que también existen ejemplos semejantes en la antigua China.

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Lo que ignoro es hasta dónde (o hasta cuándo) debemos retroceder para encontrar no ya árboles que inclinan sus ramas para llorar con el paseante desdichado, o arroyos que se llevan sus lágrimas, sino ventanas que también se deciden a participar de esas emociones.

Es cierto que, a primera vista, las ventanas son algo bastante pasivo, pero en manos de un buen escritor pueden llegar a ser bastante expresivas, como demostró Shakespeare en la célebre escena del balcón de Romeo y Julieta, con aquella ventana  “que habla y no dice nada”. O, en Proust, aquella ventana de Odette que le dice a Swan:  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».

Las ventanas no sólo nos hablan en ciertas ocasiones, al permanecer cerradas o entreabiertas, o al filtrarse una luz por una rendija, que nos revela que hay alguien despierto en la habitación, sino que también pueden mostrar lo que debería permanecer oculto, como exclama Dickens en Casa desolada:

«¡Ven, noche!,¡ven, oscuridad!; pues no podréis llegar demasiado pronto, ni permanecer demasiado tiempo en semejante lugar. ¡Acudid, luces rezagadas, a las ventanas de estas horribles casas; y vosotros que cometéis iniquidades en su interior, cometedlas al menos con la cortina echada ante esta escena espantosa! ¡Ven, luz de gas, a arder lúgubremente sobre la verja de hierro en la que el aire emponzoñado deposita ungüentos brujeriles de viscoso tacto!».

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es Dickens-Our-Mutual-Friend-e1411751022874-300x234-1.jpg

Ilustración de Nuestro común amigo, de Charles Dickens

Las ventanas, además de las puertas, son la manera en la que una casa se comunica con el exterior, pero las puertas casi siempre permanecen cerradas a los extraños. Las ventanas pueden estar abiertas, entreabiertas, cubiertas por cortinas o persianas que sin embargo revelan sombras o dejan escapar la luz, y que pueden revelar más de la cuenta.

El cardenal Mazarino, que fue sin duda uno de los hombres más prudentes que han existido, tenía cada día  preparado sobre su mesa un papel en el que había escritas unas frases sin importancia, para ponerlo a la vista de quien entrara en su despacho, ocultando rápidamente aquellos documentos en los que estaba realmente trabajando. Pero, como sabía que también las ventanas podían hablar recomendaba en su Breviario:

«Es importante que las ventanas se abran hacia dentro y que el marco de las mismas esté pintado de negro, para que no se distinga si están abiertas o cerradas».

La razón de que estuvieran completamente pintadas de negro es fácil de entender, pero ¿por qué convenía que se abrieran hacia dentro? No estoy seguro, pero es probable que fuera porque es más difícil descubrir a un espía que se oculta tras unas ventanas que se abren hacia la calle.

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Cob Prefacio a Goethe

El Breviario de los políticos, atribuido al Cardenal Mazarino, ha sido publicado en español por la Editorial Acantilado

Las ventanas de Shakespeare: “McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona
Las ventanas de Proust: “Otras ventanas indiscretas“.

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Otras ventanas

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Originally posted 2014-09-26 19:12:26.

La polémica acerca de Soñadores, de Bernardo Bertolucci

Antes de ver la película de Bertolucci Soñadoreshabía asistido a algunas discusiones acerca de la postura política de los personajes. Unos defendían la postura de Matthew, el americano, otros la del francés, Theo.

Eso me hizo pensar más de la cuenta durante la película en lo que decía el francés y en lo que decía el americano. La verdad es que no vi muy claramente en qué bando podía estar yo. A veces estuve de acuerdo con el francés, como cuando critica la guerra de Vietnam o cuando defiende a Chaplin frente al nuevo rey emergente de los cinéfilos (Buster Keaton). Pero, otras veces me pareció más sensato lo que decía el americano: la parte final donde dice que los cócteles molotov son fascismo embotellado.

Creo que una de las cosas que hace muy bien Bertolucci en Soñadores es mostrar a veces dogmáticos a sus personajes, pero no mostrarse él dogmático: un personaje dice una cosa y el otro dice otra, pero Theo y Matthew no son teorías encarnadas: son personas. Se equivocan a menudo, dicen cosas absurdas, a veces incluso sabiendo que las dicen. Esto se trasmite a veces de manera llamativa al mantener el plano del rostro de alguien que acaba de decir algo: esos instantes de más nos permiten descubrir que no cree de verdad en lo que dice, o que ya está cambiando de opinión.

Así sucede, creo yo, en la parte en la que Theo habla de la revolución Cultural china y del libro rojo de Mao. Es fácil ahora estar doblemente de acuerdo con los argumentos de Matthew, puesto que ahora todos sabemos y queremos saber qué fue la Revolución Cultural China, que consistió no sólo seguir como un dogma un único libro, sino  en asesinar por él. Pero Theo no sabe eso y habla del libro no como de un arma violenta, sino como de algo que puede llevar una sociedad mejor. Cuando Matthew le muestra lo que significa seguir un único libro, Theo parece comprenderlo, a pesar de que el final de la película parezca desmentirlo, cuando Theo “se junta con una multitud para hacer el mal”. Sin embargo, ¿cuántos no actuaron entonces como Theo, repitiendo consignas pero viviendo de una manera que desmentía esas consignas, creyendo y no creyendo en lo que hacían? El que esté libre de pecado, que no tire la primera piedra: yo también tiré una vez un cóctel molotov, aunque lo dirigí contra el asfalto de una calle vacía y creo que me arrepentí esa misma noche.

Pero no siempre actuamos de manera racional, ni siquiera siguiendo nuestras propias razones, y esa es una cosa que Soñadores muestra bien. Ahora es muy fácil ver que el americano tiene razón en las cosas más importantes (excepto Vietnam), pero quizá se nos escapan opiniones más cercanas a la de Theo en otros asuntos más actuales.


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Originally posted 2004-01-08 14:38:57.

¿Qué diría Mathew hoy? y Brasil

en Soñadores, de Bernardo Bertolucci

Estos días he discutido con dos personas acerca del mismo tema: las medidas adoptadas en Brasil contra los turistas estadounidenses, en reciprocidad o represalia por las medidas que los estadounidenses adoptan con los turistas brasileños (o con todos los turistas).

Con las dos personas con las que he discutido, el fondo de la cuestión ha sido el mismo: a ellos les parecía estupendo lo que hacía Brasil y a mí me parecía un sin sentido. Antes de ver Soñadores, yo mismo dije a una de esas personas que responder a la humillación con la humillación, a lo policial con lo policial y al fascismo con el fascismo no es mi ideal de la lucha contra la humillación, lo policial y el fascismo. Me parece que Matthew dice lo mismo al final de la película, así que me sorprende que quienes elogian lo que dice Matthew no vean la semejanza entre ambas situaciones.

Es fácil darse cuenta de cuál era la postura correcta hace 35 años (en 1968), pero creo que no es tan difícil ver el paralelismo con lo que sucede en Brasil. Si Estados Unidos adopta una postura que consideramos denigratoria y abusiva, difícilmente me puede parecer que esté bien que Brasil adopte esa misma política denigratoria y abusiva.

Otras personas se han mostrado inmediatamente indignadas por la supuesta reciprocidad brasileña y han imaginado, como yo, a turistas de carne y hueso humillados en una aduana, y no en leyes y símbolos. Algunas personas se han dado cuenta del error y han rectificado fácilmente.

Si no menciono ningún nombre aquí es porque hacerlo sería abusar de una posición de poder, la de alguien que tiene a su disposición una página web. Así que si alguno de ellos quiere responder, anónimamente o no, puede hacerlo, porque aquí es posible que yo haya simplificado, tergiversado o, sencillamente, no expresado sus argumentos en defensa de la reciprocidad brasileña.


[Ver también Soñadores y La polémica acerca de Soñadores]

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Originally posted 2004-01-09 14:42:11.

Fu, suerte

Aprovecho esta entrada que publiqué en el año 2004 para felicitar el año 2012 desde China.

 fusuerte

Fu, es decir, “suerte”, que es lo que se desean los chinos en el año nuevo. La palabra está puesta al revés porque esa es una tradición en las celebraciones del año nuevo, pero en realidad se escribe así:

funormal

Nuestro 2004 es el año chino 4701 y corresponde al signo del mono.

Para celebrarlo por mi cuenta, me he creado un nombre chino:

Tang Da

tang da

Puedes conseguir un nombre chino en esta página web:

nombre chino

Es una tremenda casualidad que mi nombre chino incluya el carácter “Tang”, teniendo en cuenta que acabo de abrir una página dedicada a la dinastía Tang. Además no es sólo la coincidencia del sonido, sino también del signo, pues Tang se puede escribir con diferentes caracteres, pero ha sido elegido (no por mí) precisamente el que sirve para dar nombre a la dinastía Tang.

Mi nombre chino se fabrica a partir de una característica y de la similitud con mi nombre. Por ello, el segundo carácter es Da (Daniel). En la página no se explica el significado de Tang, pero sí el de Da: alcanzar, llegar a, inteligente.

Tang Da no se pronuncia como se escribe, sino que la T se marca más, como si escupieras suavemente y la D se pronuncia como “T”. Más o menos: “Ttang ta”.

Aprovecho para recomendar mi página favorita de China. Todavía recuerdo cómo me emocionó leer hace varios años la carta de su creador. Podéis acceder directamente a la página a través de un enlace enla columna de la izquierda. Si queréis leer la carta a los visitantes de la página, pulsad en este enlace:

Originally posted 2004-01-22 12:00:52.

Metáforas de cine

Aceptar que la Tierra es redonda y que no se caen los que viven en “el lado de abajo”, y que, además, el planeta se mueve en el espacio a una velocidad vertiginosa sin que nos caigamos todos, es algo que choca contra la intuición y que desafía al sentido común. No es extraño que muchos se negaran a aceptarlo durante siglos.

El cine también nos ha hecho aceptar con naturalidad algo que parece completamente absurdo: que lo que nos parece una acción continua en realidad esté compuesto por fotogramas independientes de imágenes estáticas.

Esta asombrosa revelación nos prepara para aceptar asuntos todavía más extravagantes, como algunas consecuencias de la física cuántica o la relativista. El cine, en efecto, es un término de comparación estupendo para la física cuántica, porque los electrones también “se saltan los intermedios”.

En efecto, el electrón no pasa gradualmente de una órbita a otra, sino que salta de una a otra sin transición: ahora está en esta órbita y después está en la siguiente, pero no atraviesa el estado intermedio. Eso es lo que se llama un salto cuántico. Del mismo modo, en la proyección de una película, a pesar de la apariencia de continuidad, se salta de un fotograma a otro y de una serie de fotogramas a la siguiente. No hay continuidad bajo las apariencias, ni en el cine ni en el mundo subatómico.

Fotogramas del átomo

Aunque puede parecer extraño que no veamos los espacios de celuloide que hay entre fotograma y fotograma, lo verdaderamente asombroso es que no percibamos la oscuridad en la que permanecemos durante gran parte de la película.

En efecto, el obturador tiene que interrumpir el haz de luz del proyector dos veces en cada fotograma, para que tengamos la ilusión de movimiento. De este modo, el celuloide avanza un fotograma cada 42 milisegundos, pero el fotograma no es mostrado durante toda la duración de esos 42 milisegundos.

En realidad, el fotograma se muestra durante 8,5 milisegundos, pero luego es ocultado por el obturador durante 5,4 milisegundos; se muestra de nuevo otros 8,5 milisegundos, se oculta otros 5,4 milisegundos y es mostrado finalmente otros 8,5 milisegundos. Es decir, vemos el fotograma durante 25,5 milisegundos y no vemos nada durante unos 16 milisegundos.

En realidad, como dicen Bordwell y Thompson, en una película que dure 100 minutos, “¡el público está sentado en absoluta oscuridad durante casi cuarenta minutos!”

Heráclito decía panta rei, todo fluye. Ahora sabemos que es posible que algo no se mueva y que ni siquiera se vea durante un 40 por ciento del tiempo, como las imágenes de los fotogramas del cine, y que, sin embargo, puede parecer que se mueve de manera continua.

Así que podemos preguntarnos si ese río de Heráclito que nunca es el mismo río, no será tan sólo una ilusión, y concluir que tal vez tuviera razón su rival, Zenón de Elea, cuando afirmó que el movimiento no existe. También la realidad que vemos podría no ser continua. Tal vez el movimiento que creemos ver es creado por nuestra percepción, que quizá funcione como un proyector de cine, creando continuidad donde no la hay. Tal vez vivimos en un universo estático o parpadeante sin saberlo.


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Otras ventanas indiscretas

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En McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona recordé aquel pasaje de Romeo y Julieta en en el que la ventana de Julieta parece decirle algo a Romeo, aquella ventana o aquella luz “que habla sin decir nada”. No es la única ventana parlanchina de la literatura. Nabokov recuerda en su Curso de literatura europea la ventana de Odette en Proust.

Sucede cuando Swan, tras ver a Odette una noche, es asaltado por los celos y empieza a sospechar que ella se ha desembarazado de él porque espera a otro amante. Toma entonces Swann un coche de alquiler y se detiene casi enfrente de la casa de ella:

«En medio de la oscuridad de todas las ventanas de la calle, con las luces apagadas hacía tiempo, vio una solamente, de la que brotaba por entre las contraventanas cerradas como una prensa de uvas que comprime la pulpa misteriosa y dorada, la luz que llenaba la habitación, y que durante tantas noches, en cuanto la veía de lejos al llegar a la calle, le llenaba de gozo con su mensaje: «Aquí está ella, esperándote», y que ahora le torturaba diciéndole: «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».»

Aquí tenemos una luz, que se escapa como el jugo de una fruta aplastada entre los quicios de las contraventanas (Proust utiliza “la metáfora de la fruta dorada”, nos dice Nabokov), una luz que habla con Swan pero que, siendo la misma, le dice cosas diferentes: «Aquí está ella, esperándote», decía antes,  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba», dice ahora. Swan continúa su diálogo con la ventana, acercándose a ella:

“Tenía que saber quién era; se deslizó a lo largo de la pared hasta la ventana, pero no consiguió ver nada entre las tablas oblicuas de las contraventanas; sólo oyó, en el silencio de la noche, el rumor de una conversación”.

Proust, en una interpretación del caracter de su personaje que nos ofrece tanta o más luz que esa ventana que deja filtrar la luz, nos presenta los sentimientos de Swan y el placer que encuentra a pesar del dolor que siente en ese instante, el placer de la verdad:

«La misma sed de saber con que en otro tiempo había estudiado historia. Y acciones que hasta ahora le habrían avergonzado, tales como espiar por una ventana, y quién sabe si sonsacar mañana, con hábiles preguntas, a algún testigo casual, sobornar a los criados, escuchar detrás de las puertas, no le parecían ahora sino métodos de investigación científica de auténtico valor intelectual, tan apropiados para la búsqueda de la verdad como descifrar manuscritos, cotejar testimonios, interpretar monumentos».

Nabokov compara este ansia de saber con “la misma verdad interior que Tolstoi buscaba por encima de la emoción”. Y ahora, Swann, obsesionado por todo lo que dice esa ventana, llega a interpretarla como quien descifra un texto antiguo:

“Sabía que se podía leer la verdad de las circunstancias, por cuya exacta reconstrucción habría dado la vida, detrás de aquella ventana iluminada, como bajo la dorada y luminosa encuadernación de uno de esos preciosos manuscritos, ante cuya riqueza artística el erudito que los consulta no puede permanecer insensible. Experimentaba una voluptuosidad en conocer la verdad que tanto le apasionaba en ese ejemplo único, efímero y precioso, en aquella página traslúcida, tan cálida y hermosa”.

Pero Swan no sólo ha encontrado ese placer de la verdad que la ventana le ha revelado, sino que, además, quiere que ellos, Odette y su amante, sepan que él lo sabe:

“La superioridad que sentía —y que con tanta desesperación deseaba sentir— con respecto a ellos, residía quizá menos en el saber que en demostrarles que sabía». 

Así que, decide revelarles su presencia y llama con los nudillos en la contraventana. La ventana se abre, pero no se asoma Odette, sino dos señoras:

«Como había adquirido la costumbre, cuando iba muy tarde a visitar a Odette, de identificar su ventana con la única iluminada entre tantas ventanas semejantes, se había equivocado y había llamado a la ventana contigua, que pertenecía a la casa de al lado.»

Magnífico desenlace, sin duda, que muestra con humor cuántas veces nuestras suposiciones acerca del mundo se alimentan de nuestras propias obsesiones y cómo, a partir de un pequeño atisbo, como la luz de una ventana, nos lanzamos a una fabulación cuya única piedra de toque es esa misma obsesión, ese detalle al que nosotros hemos dado sentido y significado. Si Swann, aquella noche, hubiese contemplado la ventana y después hubiera regresado sin querer revelarse a la infiel Odette, nunca habría descubierto la magnitud de su error y habría conservado aquel momento como una prueba, ya inevitablemente irrefutable, de la traición de Odette.

ventana de Odette

La ventana de Odette (Méry Laurent)

De momentos semejantes está llena nuestra vida emocional, de tantas y tantas conversaciones con ventanas silenciosas que nos hablan con su luz o su oscuridad, teléfonos que nos gritan con su silencio, frases que nos atormentan, a pesar de que ya no recordamos que nunca fueron pronunciadas por nadie, escenas que de tanto imaginarlas se han incorporado a nuestros recuerdos o que, al menos, han modificado nuestros sentimientos, alejándonos de manera casi siempre irrecuperable de aquellos que las protagonizaron, casi siempre sin saberlo ellos mismos, pues muchas de sus acciones sólo han tenido lugar en el interior de nuestra propia cabeza.

Descifrar el mundo y sus signos, en definitiva, es fácil pero también necesariamente fatal cuando el mundo, las ventanas, las puertas, los teléfonos y las calles se convierten en una extensión de nuestra propia interioridad: siempre dicen lo que queremos o tememos escuchar.

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Otras ventanas

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Súplica para ser enterrado en la playa de Sète, de Georges Brassens

Tras escribir una canción llamada Testamento, George Brassens, tal vez porque creía que le quedaba poco tiempo de vida debido al deterioro de su salud, escribió un codicilo o añadido, que es laimpresionante Suplica para ser enterrado en la playa de Sète. Es una de las canciones más extensas de Brassens y una de las más hermosas de su reportorio, lo que es un verdadero mérito, porque las buenas canciones de Brassens se cuentan por decenas.

No he encontrado una traducción que me acabase de gustar, así que me he permitido hacer un collage con varias traducciones y he añadido algunos cambios. Aún así, no me siento satisfecho con la traducción de algunos pasajes, y es posible que haya cometido errores graves. Para mostrar la dificultad de algunos pasajes, diré ante el verso: “La Camarde qui ne m’a jamais pardonné”, algunos traducen “La Muerte…” o “La Camarada…”, mientras que el traductor automático de Google propone: “El ángel de la muerte…”, y la verdad es que probablemente esa es la traducción más acertada, pues la Camarde se refiere a la representación alegórica de la muerte, en especial en las Danzas de la Muerte medievales. Su traducción precisa sería algo así “La Chata”, “la Desnarigada” o “la Sin nariz”, por la calavera que representa a la muerte.

También hay divergencias al traducir la corniche, que parece evidente que se refiere a los caminos o carreteras de montaña sobre el mar, típicos de la Costa Azul.

En cuanto a Gavroche y Mimí Pinson son personajes de Victor Hugo y de Alfred De Musset, por lo que parece claro que titis y grisettes se refiere a ellos, a los gamberrillos de Los Miserables y a las modistillas o grisettes de Musset, con los que Brassens espera encontrarse una vez muerto. Varios versos de la canción se refieren a El cementerio marino de Paul Valery, con el que Brassens compara, modesta e inmodestamente, el suyo.

De todos modos, la canción está repleta de referencias cultas y populares, rasgos ambos muy medievales, como lo es la mención a la Camarde, algo  frecuente en el que sin duda fue el más medieval de los cantantes franceses del siglo XX.

La traducción del vídeo también tiene varios errores (puedes leer una más completa tras  la letra en francés).

Supplique pour être enterré à la plage de Sète

La Camarde qui ne m’a jamais pardonné,
D’avoir semé des fleurs dans les trous de son nez,
Me poursuit d’un zèle imbécile.
Alors cerné de près par les enterrements,
J’ai cru bon de remettre à jour mon testament,
De me payer un codicille.

Trempe dans l’encre bleue du Golfe du Lion,
Trempe, trempe ta plume, ô mon vieux tabellion,
Et de ta plus belle écriture,
Note ce qu’il faudra qu’il advint de mon corps,
Lorsque mon âme et lui ne seront plus d’accord,
Que sur un seul point : la rupture.

Quand mon âme aura pris son vol à l’horizon,
Vers celle de Gavroche et de Mimi Pinson,
Celles des titis, des grisettes.
Que vers le sol natal mon corps soit ramené,
Dans un sleeping du Paris-Méditerranée,
Terminus en gare de Sète.

Mon caveau de famille, hélas ! n’est pas tout neuf,
Vulgairement parlant, il est plein comme un œuf,
Et d’ici que quelqu’un n’en sorte,
Il risque de se faire tard et je ne peux,
Dire à ces braves gens : poussez-vous donc un peu,
Place aux jeunes en quelque sorte.
Juste au bord de la mer à deux pas des flots bleus,
Creusez si c’est possible un petit trou moelleux,
Une bonne petite niche.
Auprès de mes amis d’enfance, les dauphins,
Le long de cette grève où le sable est si fin,
Sur la plage de la corniche.

C’est une plage où même à ses moments furieux,
Neptune ne se prend jamais trop au sérieux,
Où quand un bateau fait naufrage,
Le capitaine crie : “Je suis le maître à bord !
Sauve qui peut, le vin et le pastis d’abord,
Chacun sa bonbonne et courage”.

Et c’est là que jadis à quinze ans révolus,
A l’âge où s’amuser tout seul ne suffit plus,
Je connu la prime amourette.
Auprès d’une sirène, une femme-poisson,
Je reçu de l’amour la première leçon,
Avalai la première arête.
Déférence gardée envers Paul Valéry,
Moi l’humble troubadour sur lui je renchéris,
Le bon maître me le pardonne.
Et qu’au moins si ses vers valent mieux que les miens,
Mon cimetière soit plus marin que le sien,
Et n’en déplaise aux autochtones.

Cette tombe en sandwich entre le ciel et l’eau,
Ne donnera pas une ombre triste au tableau,
Mais un charme indéfinissable.
Les baigneuses s’en serviront de paravent,
Pour changer de tenue et les petits enfants,
Diront : chouette, un château de sable!
Est-ce trop demander : sur mon petit lopin,
Planter, je vous en prie une espèce de pin,
Pin parasol de préférence.
Qui saura prémunir contre l’insolation,
Les bons amis venus faire sur ma concession,
D’affectueuses révérences.
Tantôt venant d’Espagne et tantôt d’Italie,
Tous chargés de parfums, de musiques jolies,
Le Mistral et la Tramontane,
Sur mon dernier sommeil verseront les échos,
De villanelle, un jour, un jour de fandango,
De tarentelle, de sardane.

Et quand prenant ma butte en guise d’oreiller,
Une ondine viendra gentiment sommeiller,
Avec rien que moins de costume,
J’en demande pardon par avance à Jésus,
Si l’ombre de sa croix s’y couche un peu dessus,
Pour un petit bonheur posthume.
Pauvres rois pharaons, pauvre Napoléon,
Pauvres grands disparus gisant au Panthéon,
Pauvres cendres de conséquence,

Vous envierez un peu l’éternel estivant,
Qui fait du pédalo sur la vague en rêvant,
Qui passe sa mort en vacances.

Súplica para ser enterrado en la playa de Sête

La muerte, que nunca me perdonó
por haber sembrado flores en los agujeros de su nariz,
me persigue con un encono imbécil.
Asi que seguido de cerca por los entierros,
me pareció bien poner al día mi testamento,
pagarme un testamento.

Moja en la tinta china azul del Golfo de Lion,
moja, moja tu pluma, oh, mi viejo notario,
y con tu más bella escritura
anota lo que tendrá que ocurrir con mi cuerpo,
cuando mi alma y él ya sólo estén de acuerdo
en un solo punto: la ruptura.

Cuando mi alma tomará su vuelo hacia el horizonte,
junto la de Gavroche y la de Mimi Pinson,
las de los gamberros y las grisettes.
Que ante el suelo natal se lleve mi cuerpo,
en un sleeping del Paris-Mediterráneo,
con término en la estación de Sète.

Mi panteón de familia, vaya! no está muy nuevo,
vulgarmente hablando, está repleto,
y si de ahí no sale nadie,
se corre el riesgo de que se haga tarde y no puedo
decirle a estas bravas gentes: apartaos un poco,
dejad sitio a los jóvenes, de alguna forma.

Justo al borde del mar, a dos pasos del oleaje azul
cavad si es posible un pequeño agujero mullido,
un buen nicho pequeño .
Cerca de mis amigos de infancia, los delfines,
a lo largo de este arenal donde la arena es tan fina,
en la playa de la cornisa.

Es una playa donde incluso en sus momentos furiosos
a Neptuno nunca se ple toma demasiado en serio,
y cuando un barco naufraga
el capitán grita: “Soy el jefe a bordo!
sálvese quien pueda, el vino y el anís primero,
cada uno a lo suyo y ánimo”.

Y es ahí que en otro tiempo, una vez a los 15 años,
en la edad en la que divertirse solo ya no es suficiente,
conocí el primer amor.
Al lado de una sirena, una mujer-pez,
recibí del amor la primera lección,
tragué la primera espina.

Con todo el respeto hacia Paul Valéry
yo como humilde trovador sobre él voy más allá,
el buen maestro me lo perdone.
Y que al menos si sus versos valen más que los míos,
mi cementerio sea más marino que el suyo,
y no moleste a los autóctonos.

Esta tumba en sandwich entre el cielo y el agua,
no dara una sombra triste al cuadro,
sino un encanto indefinible.
Las bañistas la utilizarán
como sombrilla,
para cambiar de ropa y los niños pequeños
dirán: qué guay! un castillo de arena!

Es mucho pedir: sobre mi pequeña parcela,
plantad, os lo pido una especie de pino,
pino parasol de preferencia.
Que sabrá prevenir contra la insolación,
a los buenos amigos venidos a hacer sobre mi concesión
reverencias de afecto.

 Tanto venidos de España y tanto de Italia,
todos cargados de perfumes, de bellas músicas,
El Mistral y la Tramontana,
sobre mi último sueño derramarán
sus ecos,
de villanela, un día, un día de fandango,
de tarantela, de sardana.

Y cuando cogiendo mi loma como almohada
una ondina venga gentilmente a dormitar,
con menos que nada como traje
Pido perdón por anticipado a Jesús,
si la sombra de su cruz se acuesta un poco encima,
para una felicidad póstuma.

Pobres reyes faraones, pobre Napoleón,
pobres grandes desaparecidos que yacen
en el Panteón,
pobres cenizas de consecuencia.

Tendréis envidia un poco del eterno veraneante,
que pedalea sobre las olas en sueños,
que pasa su muerte de vacaciones.

 

******

Traducciones empleadas: Tuky, Jesús Álvarez y Google Traductor

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LA DISCOTECA MORTAL

Música

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Vínculos del pasado en el Genji Monogatari

Genji Monogatari

 

En la Historia de Genji, de Murakami Shikibu, podemos observar la influencia cada vez mayor del budismo en Japón (estamos en el año 1000), que convive con las doctrinas confucianas y la antigua religión autóctona de los kami, y tal vez con algunos rasgos taoístas llegados a través de Corea o China.

Del budismo y su insistencia en que toda acción produce un efecto, incluso en vidas o reencarnaciones sucesivas, hay bastantes ejemplos, como aquel en el que el protagonista, el joven Genji no logra explicarse por qué ama tanto a una mujer:

“Cada noche en que la discreción le mantenía alejado de ella, se sentía tan mal que pensó en llevársela a Nijó, sin que le importara quién fuese ni la vergüenza que podría sentir a causa de los chismorreos. A su pesar, se preguntaba qué vínculo del pasado podría haber despertado una pasión tan devoradora y tan nueva para él”.

Genji, en definitiva, no consigue explicarse su obsesión por aquella mujer y piensa que ello ha de deberse a algo que sucedió en una vida anterior. Desde su punto de vista, es una conclusión perfectamente razonable. Como dije en Algunas aproximaciones a la noción de Karma, la doctrina de la reencarnación parece explicar de manera coherente fenómenos como un amor o un odio súbito hacia alguien a quien ni siquiera conocemos: en realidad, ya lo odiábamos o lo amábamos en una vida anterior. Nuestros sentimientos actuales son una herencia de los que tuvimos en otras existencias.

En definitiva, la doctrina del karma, de las causas y efectos que se prolongan no en una vida sino en vidas sucesivas es una forma de las formas más extremas de causalismo (y probablemente de materialismo). Es otro ejemplo más de eso que he llamado espiritualismo materialista, el tremendo apego de los espiritualistas a las explicaciones causalistas e incluso materialistas. Se explica muy bien en El espiritualismo materialista, uno de los textos recogidos en Recuerdos de la era analógica.

Recuerdos de la era analógica Daniel TubauEL ESPIRITUALISMO MATERIALISTA  (en Recuerdos de la  era analógica)

Se trata de un examen de la asignatura «Supersticiones Antiguas». No nos sorprende la excelente calificación que obtuvo el alumno, quien, como era corriente entonces y también ahora, era estimulado a expresar no sólo datos fiables, sino también sus propias opiniones, pues ¿qué sentido tendría repetir una información que cualquiera posee?



Recuerdos de la era analógica,
una antología del futuro Amazon

¿Qué es Recuerdos de la era analógica?

 

 

 

[Publicado el 9 de febrero de 2010 en Improbable]

 

Cuaderno de Japón

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A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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COMENTARIOS RECIBIDOS A ESTA ENTRADA

 Ana Aranda (27 de enero de 2010)

A lo mejor es eso a lo que se refiere el budismo. Al final tampoco se puede decir que ese atómo o trozo de yoquesé somos nosotros. Esto me recuerda también a San Agustín y el problema que se ma va montar el día del juicio final, sobre todo con los caníbales!!!!
je je

Daniel Tubau (27 de enero de 2010)

Bueno, en el budismo, así como en el hinduismo, se considera que nos reencarnamos enteros. Si tenemos mala suerte, en perro o en mujer, si tenemos buena suerte, en un brahman o un kasitra (guerreros). En el budismo supongo que no ponen en el mismo escalafón a perros y mujeres, cosas que sí hacen las doctrinas védicas.
Sí, lo de Agustín está muy bien observado.

  Ana Aranda (27 de enero de 2010)

Muy bueno lo que dices. Gracias por la explicación. La verdad es que lo de las reencarnaciones tiene mucho sentido si pensamos que existe algo parecido al eterno retorno. La cuestión es -y esto no sé cómo lo resuelve el budismo- en el caso de que nos reencarnáramos, quizá nuestros pequeños trocitos de cuerpos podrían reencarnarse en muchas cosas -y no sólo una- un átomo de perro, una pizca de jarrón, una ameba… en fin todo nuestro yo repartido por las cosas que hay en el mundo hasta disolvernos en algo demasiado pequeño para existir como un ser. Si bien y según dice la ciencia sería una transformación. En fin en el caso de que las reencarnaciones existieran, podríamos entender efectos como el déjà vu. Gracias de nuevo.

 Daniel Tubau (27 de enero de 2010)

Muy interesante lo que dices: nos podríamos reencarnar a la manera homeopática, disolviendo nuestro ser en millones de seres hasta hacernos tan indistinguibles e ineficaces como el agua que venden los homeópatas.
De hecho, lo que dices ya existe, como tú misma insinúas, pues nuestro cadáver se disuelve, dando vida a gusanos, insectos y nutriendo la tierra, así que por algún lado seguirá flotando una molécula o átomo que algún día perteneció a Shakespeare y que quizá compartió siglos más tarde Caruso, quien la expulsó por su poderosa garganta.

  Ana Aranda (27 de enero de 2010)

De causalismo extremo creo que lo entiendo, pero lo de materialismo se me escapa. ¿A qué te refieres?

  Daniel Tubau (27 de enero de 2010)

Sí, tienes razón, tal vez se podría imaginar un mecanismo espiritualista de trasmisión de esas causas y efectos a través de las sucesivas reencarnaciones, aunque en el budismo se suele hablar en términos bastante materiales de los espíritus o del Yo que se reencarna. Como en casi todas las creencias espiritualistas, por cierto, antes de que las grandes religiones monoteístas crearan ese absurdo que es el puro espíritu, distinto y separado de la materia. Hay que tener en cuenta que la energía es también materia en todas sus formas conocidas: electricidad, fuego, viento, calor, etc. En definitiva, lo que quería decir es que hay algo que se reencarna y ese algo es materia de algún modo, un ser. Como quizá sabes, la meta del budismo es dejar de reencarnarse, dejar de ser, convertirse en nada, que es tal vez lo que más se parece al espíritu y menos a la materia.
En fin una respuesta que espero responda a lo que dices, a pesar de lo enrevesada que me ha quedado.