Demócrito, filósofo y detective

Cuando Watson conoce a Sherlock Holmes queda sorprendido por la amplitud de los intereses de su amigo y su aparente dispersión. En Estudio en escarlata se encuentra la célebre lista de las “áreas de conocimiento” de Holmes:

«1. Literatura… Cero.
2. Filosofía… Cero.
3. Astronomía… Cero.
4. Política… Ligeros.
5. Botánica… Desiguales. Al corriente sobre la belladona, opio y venenos en general. Ignora todo lo referente al cultivo práctico.
6. Geología… Conocimientos prácticos, pero limitados. Distingue de un golpe de vista la clase de tierras. Después de sus paseos me ha mostrado las salpicaduras que había en sus pantalones, indicándome, por su color y consistencia, en qué parte de Londres le habían saltado.
7. Química… Exactos, pero no sistemáticos.
8. Anatomía… Profundos.
9. Literatura sensacionalista… Inmensos. Parece conocer con todo detalle todos los crímenes perpetrados en un siglo.
10. Toca el violín.
11. Experto boxeador y esgrimidor de palo y espada.
12. Posee conocimientos prácticos de las leyes de Inglaterra».

Antes de que su amigo le revele la profesión que une todos estos intereses (“detective consultor”), Watson se muestra desesperanzado de encontrar la solución:

«Si el coordinar todos estos conocimientos y descubrir una profesión en la que se requieren todos ellos resulta el único modo de dar con la finalidad que este hombre busca, puedo desde ahora renunciar a mi propósito».

Sin embargo, podemos encontrar listas similares a la que ofrece  Watson en la agenda de un científico como Robert Hooke, el gran rival de Isaac Newton, que anotaba de manera incansable todo lo que se proponía investigar:

«El uso de un carruaje.
Los ojos de los cachorros de perro recién nacidos.
Las plumas, picos y uñas de las aves que aún no han roto el cascarón.
La pólvora, entera y molida.
Insectos y otras criaturas que parecen exánimes en invierno.
La serpiente de Moisés y el agua transmutada.
Que la belleza no hace a las partes, sino que resulta de ellas, así como la salud.
La armonía, la simetría.
Que las formas internas acaso no sean sino disposiciones duraderas forjadas por los objetos externos.
El barómetro sellado y las consecuencias de semejante aparato.
Monstruos, y los antojos y temores de las mujeres encinta.
La reparación torpe de muelles a martillazos.
Pinchar una burbuja en el cristal de un barómetro».

El impresionante dibujo de una pulga, que Robert Hooke hizo mientras el animal le chupaba la sangre.

No es difícil imaginar que algunas de estas cosas podrían resultar muy útiles en una investigación detectivesca, pero el aparente caos y dispersión de los intereses de Holmes y Hooke obedece también a un impulso irreprimible: la curiosidad. Los dos personajes coinciden en su afán por descubrir los secretos de la naturaleza, aunque Holmes delimita su campo de estudio un poco más que Hooke y parece conformarse con aquello que se relaciona  con la vida criminal. Los científicos también quieren resolver un misterio: el de la naturaleza.

Mosca dibujada por Robert Hooke

En realidad, tanto la curiosidad como esa caótica pluralidad de intereses es propia de los investigadores y filósofos de la naturaleza ya desde los tiempos de los pensadores presocráticos. Demócrito de Abdera no solo concibió el sistema atómico (o el molecular, según se interpreten sus «átomos»), sino que también estaba interesado por el origen de las palabras, por el movimiento de los planetas, por la causa de los colores y los sabores o por cuestiones relacionadas con la geometría, la física, el arte y la matemática. En su obsesión por descubrir misterios ocultos, abandonó todo lo que poseía, por lo que fue llevado a juicio, pero salió airoso al leer uno de sus tratados ante el tribunal.

Su actitud de ensimismamiento investigador, tal como la describe el poeta latino Horacio, nos recuerda inevitablemente a Sherlock Holmes: «Qué asombroso que el ganado entre en los campos de Demócrito y eche a perder la cosecha, mientras su alma, olvidándose del cuerpo, se va corriendo veloz».

Por otra parte, si Holmes «odiaba cualquier forma de vida social con toda la fuerza de su alma bohemia» y buscaba la soledad para entregarse a sus ensoñaciones o reflexiones, Demócrito, «para poder dejar un mayor espacio a su propia imaginación», solía pasar largos periodos de tiempo «en la soledad del desierto o entre las tumbas de los cementerios».

Además, el filósofo griego era capaz de hacer deducciones asombrosas, como cuando al tomar un vaso de leche dijo: «Esta leche ha sido ordeñada de una cabra negra y primeriza», cosa que se comprobó correcta. En otra ocasión saludó a una amiga del médico Hipócrates con la frase «buenos días, muchacha», y al día siguiente la saludó con un «buenos días, mujer»: la muchacha, nos dice el cronista, que no es otro que el propio Hipócrates, había tenido aquella noche su primera experiencia sexual.

Otro dibujo de Robert Hooke

En el primer caso, podemos imaginar una explicación holmesiana en la que lo asombroso acaba por resultar sencillo, como que en el vaso de leche había algún pelo de cabra negro y que la persona que había ordeñado al animal tenía la ropa manchada o rasguños en los brazos, lo que podía revelar que la cabra todavía no estaba acostumbrada a ser ordeñada. Tampoco resulta difícil imaginar algún detalle en la muchacha, en su actitud o en su atuendo que le revelase al filósofo la experiencia que había tenido aquella noche.

Por otra parte, se atribuían a Demócrito poderes adivinatorios, porque en sus viajes había estudiado con los magos persas y caldeos, pero nunca recurrió a lo sobrenatural en sus explicaciones y, como Holmes y los miembros de la Royal Society, siempre acababa revelando las observaciones que le habían llevado a sus conclusiones. Como el propio Demócrito escribió: «Prefiero descubrir una ley causal que convertirme en rey de los persas».

Demócrito cargando con algunos de sus escritos


Notanelemental-portada

Esta entrada es un fragmento de No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, aunque he modificado algunos detalles.

No tan elemental
Cómo ser Sherlock Holmes.
A la venta en todo el mundo (Amazon, La FugitivaRafael Alberti, Laie…)


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Kenneth Rexroth, una biografía

De Kenneth Rexroth yo conocía su interés por las culturas china y japonesa y que era una especie de budista de California (que suelen ser los mejores budistas). También sabía que tenía mucha relación con el movimiento beatnik, aunque no tanta como sugieren quienes lo consideran su fundador o su inspirador inicial. Él niega que sus vínculos con los beatniks fueran muy fuertes. Es también uno de los traductores que Eliot Weinberger enumera cuando habla de la traducción de un poema chino de Wang Wei y que aparece, por tanto, en mi juego poético Wang Wei, un experimento poético chino.

Hace poco leí algunos artículos suyos que me gustaron y también una biografía digital que me lo ha hecho muy simpático. Cuento algunas cosas de él que me gustan, sin ánimo de ser exhaustivo.

Rexroth nació en 1905 en Indiana “en en el seno de una familia de antiesclavistas, socialistas, anarquistas, feministas y librepensadores”.

“De formación casi por completo autodidacta (sólo fue al colegio durante cinco años), devoraba toda clase de libros, escribía poesía, pintaba cuadros abstractos, trabajaba en el teatro vanguardista y empezó a estudiar por su cuenta varios idiomas. Antes de haber cumplido los veinte años ya había recorrido el país en auto-stop, dedicándose a trabajar los veranos en el lejano oeste como mozo y cocinero para los cow-boys; también trabajó en granjas y en tareas forestales, y un día consiguió enrolarse en un barco para ir a París.”

En la biografía se cuentan muchas más cosas interesantes de Rexroth, que él mismo recuerda en Una novela autobiográfica.

De Rexroth me gusta que decía las cosas importantes sin darles importancia, como de pasada:“Rexroth lanzaba ideas perspicaces y originales como si fueran algo banal conocido por todos o atribuía a otros sus propios méritos”.

Y añade el autor de la biografía:

“Meses o años más tarde, cuando me venían a la memoria algunas de sus observaciones, aparentemente intrascendentes, se me aparecía de repente su verdadero sentido, y apreciaba aún más el tacto y la discreción con que las había hecho”.

También me gusta la manera en la que mezclaba las cosas:

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Dibujo de Hildegarda de Bingen

“Rexroth conectaba generalmente bastante bien con los movimientos contraculturales del momento en los que la mayor parte de nosotros estábamos envueltos, pero atemperaba nuestro ingenuo entusiasmo con una saludable dosis de humor y escepticismo y nos hacía tomar conciencia de perspectivas más amplias: comparaba a Bob Dylan con los cantautores franceses de la “nouvelle chanson” de los cuales nosotros no habíamos oído hablar nunca; defendía que, dentro de los artistas psicodélicos, el más grande era precisamente una mística medieval que había pintado sus propias visiones; respaldaba con fuerza las acciones más radicales contra la guerra, a la vez que nos ponía en guardia contra la manipulación de los burócratas de izquierdas.

También me gusta de Rexroth que su inteligencia alerta le impedía caer en dogmas:

“En un momento dado de la narración afirma: “Lo único absoluto es la comunidad del amor que anula el tiempo”, pero en otro lugar dice algo distinto: “Lo absoluto como comunidad de amor (…), no estoy muy seguro de creer en ello, pero me parece que es una metáfora metafísica mucho más saludable que las demás.”

También me gusta su interés por los ensayos y cómo intentó recuperar el sentido original que les diera Montaigne:

“Una de sus colecciones se titula “Assays”, con la intención de recordarnos el sentido original de la palabra ensayo de Montaigne, como significado de: prueba, examen, experimento, esfuerzo por adherirse la realidad”

rexrothysuhijo

Rexroth y su hijo

Precisamente, en el blog en el que publiqué por primera vez esta entrada llamado Il saggiatore tenía que ver con esa idea y, curiosamente, al principio pensé algo idéntico l Essays /Assays de Rexroth. Mi intención era añadir a Il Saggiatore el subtítulo: “Ensallos digitales” o “Ensaios digitales”.

También me parece muy interesante que le gustaran tantas cosas diferentes:

“La variedad de sus lecturas es sencillamente asombrosa: obras de historia, libros de cocina, guías sobre la naturaleza, descripciones geológicas, estudios etnológicos, tratados teológicos, debates políticos, la Enciclopedia Británica entera… … La epopeya mesopotámica de Gilgamesh (“la primera obra que muestra la conciencia del ser”), La Historia de Herodoto, el Bhagavad-Gita, el Kalevala (“la epopeya más ecológica”), la poesía de Tu Fu, los ensayos de Montaigne (“el creador del yo empírico”), Don Quijote, La tempestad, las Memorias de Casanova (“el hombre natural viviendo al límite de sus posibilidades”) , Rojo y Negro de Stendhal (“la primera comedia negra”), Guerra y Paz y Huckleberry Finn, son simplemente algunos de esos otros “textos básicos de la historia de la imaginación” cuya relevancia destaca en sus cortos pero jugosos ensayos.”

Las coincidencias en esa enumeración con mis propios gustos son prácticamente exactas, aunque yo no he llegado a leer la Enciclopedia Británica entera (aunque sí lo intenté, como Borges). Pero lo que más me gusta de Rexroth es lo que hacía con todo ese conocimiento y lo que ese conocimiento hacía con él:

” Por no hablar de las reseñas de miles de libros que hizo en su etapa como colaborador de la radio independiente KPFA, actividad secundaria que realizó durante media hora semanal a lo largo de veinte años y sin ningún tipo de remuneración. Sin embargo, a pesar de haber leído tanto, no se muestra en absoluto pedante.”

Y creo que tiene bastante razón Rexroth cuando dice:

“El estilo no es simplemente una cuestión de estilo, sino un signo externo, la apariencia que presenta un estado espiritual interno”.

También me gustan, y con más razón en la época en que las escribió, críticas como esta:

“Estas cosas [literatura proletaria maoísta] son ridículas y parecen historias sacadas de una escuela dominical del siglo XIX en las que un muchacho romano ayudaba a su hermana a escapar de los leones, desafiaba a las legiones del emperador, hacía los recados de San Pablo y al final iba al cielo.”

El autor de la biografía de Rexroth, Ken Knabb, también desliza unas cuantas críticas a Rexroth, casi todas intrascendentes, porque las hace desde un punto de vista bastante mediocre: el de las ideas del situacionismo, que, en mi opinión, suelen expresar muchas simplezas y algunas agudezas como si fueran profecías de gran trascendencia.

Analizar la riqueza de Rexroth o de cualquier personalidad compleja desde esa estrechez de miras es una pena, pero la biografía respira fuerte cuando es la voz de Rexroth la que oímos, o al menos la de su oyente y amigo antes de pasar por el filtro situacionista. Es muy recomendable leerla.

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Biografía de Rexroth: “Erotismo, Misticismo y Revolución” de Ken Knabb

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EL RESTO ES LITERATURA

(Si quieres ver las páginas dedicadas a Shakespeare, Canetti, Borges y otros autores: Toda la literatura)

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Consejos para banquetes y reuniones

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En sus Conversaciones, Plutarco se ocupa de los banquetes y reuniones más o menos festivas y da algunos consejos útiles.

El de los festines y reuniones puede parecer un tema secundario, pero interesó a muchos filósofos griegos y latinos, que le dedicaron libros como el célebre Banquete de Platón. El banquete o symposio acabó por convertirse en un género literario, con sus propias reglas. Incluso podemos encontrarlo en épocas más recientes, tal vez en algunos cuentos de Villiers de l’Isle Adam como El convidado de las últimas fiestas o La más bella comida del mundo.

Los grandes generales y dirigentes también se preocupaban de preparar buenos banquetes del mismo modo en que disponían el campo de batalla:

“El general Paulo Emilio, cuando tras aplastar a Perseo en Macedonia celebraba festines haciendo gala de un orden admirable en todo y de una magnífica disposición, dijo que correspondía al mismo varón darle a la tropa la formación más temible y al banquete la más agradable, pues ambas cosas conciernen a la buena organización.”

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Aunque sólo se conservan los banquetes de Platón y Jenofonte, Plutarco menciona otros, como los de Espeusipo, Epicuro, Prítanis, Jerónimo y Dión “el de la Academia”.

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Plutarco

A los pensadores griegos les preocupaba mucho definir el momento adecuado de las cosas, el kairós. No todo se puede hacer en todo momento, cada cosa tiene su instante u ocasión. Una idea que el sofista Isócrates aplicó también a los banquetes, cuando le pidieron hablar durante la bebida:

“Para lo que yo soy experto, no es el kairós; para lo que es el kairós, no soy yo experto”.

En un banquete o reunión festiva, la conversación debe tener en cuenta no sólo quiénes asisten a él, sino también el estado en el que se encuentran, su disposición de ánimo, que es muy diferente a la que tienen en otras situaciones:

“Y por ello hay que suprimir las conversaciones de pleitistas y enredalotodo, en palabras de Demócrito, quienes al extenderse en temas atosigantes fastidian a los asistentes.”

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Se debe evitar tanto la conversación especializada que no involucra a todos los asistentes, como las disputas privadas, las referencias a asuntos en exceso personales, como los problemas en el trabajo, con la familia o la pareja, y el chismorreo fácil y continuo:

“Cuando los filósofos se zambullen en cuestiones sutiles y dialécticas durante la bebida, importunan a la mayoría, incapaz de seguirles; ésta, entonces, se entrega a ciertas canciones, relatos hueros y conversaciones de tiendas y plazas, y acaba por perderse la finalidad de la reunión convival y Dioniso resulta injuriado”.

Una manera de evitar charlas privadas es separar en el banquete o reunión a los que viven juntos, como esas parejas que son capaces de pasar toda una velada en conversación cerrada, cosa que podían haber hecho en su propia casa, sin necesidad de desplazarse a otro lugar o juntarse con conocidos y desconocidos. Conviene buscar un cierto contraste y huir de lo similar:

“De esta manera quiero hacer yo nuestro banquete: no recostando con el rico al rico, ni con el joven al joven, ni con el magistrado al magistrado y con el amigo al amigo, pues esta formación es inmóvil e inútil para el aumento o nacimiento de afecto, sino que, ajustando lo apropiado al que haya menester de ello, ruego al amigo del saber que se recueste junto al instruido, al afable junto al quisquilloso, al joven amigo de oír junto al anciano charlatán, al socarrón junto al paciente y al reservado junto al irascible. Y si en algún sitio observo a un rico munificiente, conduciré junto a él, levantándolo de cualquier rincón, a un pobre honrado, para como de una copa llena a una vacía, se produzca un trasvase. Sin embargo, al sofista le prohíbo recostarse con el sofista y al poeta con el poeta.”

Esta disposición sirve no sólo para evitar esas enojosas conversaciones privadas que aislan y se aislan de los demás, sino también las disputas entre los que son demasiado semejantes:

“Pues el pobre aborrece al pobre y el aedo al aedo….Y separo también a los aviesos, zaheridores y coléricos, interponiéndoles en medio una persona afable, a modo de cojín de intercambio de golpes”.

Sin embargo, Plutarco reúne en el mismo sitio a los aficionados a la bebida y a los enamoradizos, no sólo como dice Sofocles: “a cuantos sobreviene la mordedura del amor de muchachos”, sino también a los que sufren por causa de mujeres y muchachas, pues, caldeados por el mismo fuego, mejor se acogerán unos a otros… a no ser que, !por Zeus!, casualmente estén enamorados del mismo o de la misma”, como dijo Lamprias.

Por otra parte, estamos hablando de banquetes o simposios, en los que no se trata sólo de beber y comer sin freno, como en una orgía o bacanal, sino que hay unas ciertas reglas para convertir el placer en una experiencia digna de ser recordada. Por eso, era costumbre nombrar a Simposiarca o director del banquete, que se encargaba de que todo trascurriera de manera agradable y que, además, daba una lección o Simposiarquía, que planteaba un tema alrededor del que giraría el banquete, como sucede con el amor en el célebre Banquete de Platón.

El Simposiarca debe ser, dice Plutarco, el que mejor aguante la bebida:

“Pues el que se excede bebiendo es insolente e incorrecto, pero, a su vez, el que es por completo abstemio, es desagradable y más adecuado para hacer de pedagogo que de simposiarca.”

Conviene al simposiarca saber quienes soportan mejor y peor el vino y controlarlos, pero debe hacerlo manteniendo él mismo un control y sabiendo que trata con personas libres, no con esclavos o animales. Debe aplicar, termina recomendando Plutarco, la actitud de Pericles cuando accedía a algún cargo de importancia:

Pericles, cada vez que era elegido general y volvía a tomar la clámide, ante todo solía decirse a sí mismo a modo de advertencia: “Mira, Pericles, a libres gobiernas,a griegos gobiernas, a atenienses gobiernas”.

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[Publicado en 2008]

NOTAS

Las Conversaciones de Plutarco también son llamadas Charlas de sobremesa o Quaestiones Convivales

AUTORES DE BANQUETES QUE NO SE CONSERVAN

De los autores de Banquetes que menciona Plutarco, se podría decir lo siguiente:

Espeusipo fue sucesor de Platón en la Academia, Prítanis era peripatético (seguidor del Liceo de Aristóteles)  y redactó la legislación de Megalópolis para Antígono Dosón. Jerónimo de Rodas, que vivió quizá entre 290 y 230 antes de nuestra era, también se contaba en las nutridas filas del Liceo, pero se hizo ecléctico y se enemistó con el peripato Licón. Cicerón le llama sabio y ameno; otros, chismoso.

Dión de Alejandría vivió en el siglo I antes de la era cristiana. Académico y discípulo de Antíoco de Ascalón, admiraba de los egipcios el que hubieran inventado el vino de cebada  que debemos suponer es la cerveza,  para los pobres.

También se recuerda un banquete, el de Pulición, al que asistieron Alcíbiades y Teodoro y donde se cometieron actos impíos.

 

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El mundo de Oz

El mundo de Oz

Cuando era niño disfruté muchísimo con la película El mago de Oz, protagonizada por Judy Garland. Me sigue gustando y creo que es una de las mejores películas de la historia del cine.

Lo que no sabía cuando la vi es que la historia era una más de la saga del mundo de Oz. Su autor, Lyman Frank Baum, escribió otras trece historias que transcurren en el mundo de Oz. Además,  otros autores escribieron 26 más. Creo que lo supe al leer algún artículo del matemático y filósofo Martin Gardner, en el que contaba verdaderas curiosidades de ese mundo de Oz y de los personajes que lo habitaban.

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Durante años estuve esperando que se publicaran en español el resto de los libros de Oz (sólo se publicaba una y otra vez el que cuenta la historia que se adaptó para la película), pero no ha sido hasta hace poco (2004) que dos editoriales, casi al mismo tiempo, por fin se han decidido a traducir las otras aventuras. Mientras tanto, intenté incluso leerlo en esperanto: La mirinda sorcxisto de Oz (puedes leerlo en la Bitoteko, es decir, la Bytoteca esperantista).

Por alguna razón que quizá tenga que ver con las ideas políticas de Baum, toda su obra está en esperanto, el lenguaje artificial promocionado por los anarquistas, cuya pretensión era unir a la humanidad acabando con la maldición de la torre de Babel: la incomprensión entre unos y otros acentuada  por las diferencias idiomáticas.

Otro aficionado al mundo de Oz es mi admirado Walter Murch, montador y sonidista habitual de Coppola, que incuso dirigió una segunda parte de El mago de Oz, mezclando varias historias de Baum.

 

Oz-marvelous

Los relatos de Baum son alegóricos y simbólicos en ocasiones, tienen segundas lecturas, que es una cosa que puede dar muy malos resultados si se abusa de ello o se descuida la historia que se está contando, como sucede a un libro tan interesante como El sueño de Polifilo, de Colonna, que resulta demasiado árido, porque los personajes son tan simbólicos que no te preocupas por ellos, por lo que sus andanzas por el mundo de la simbología te importan poco. Mejor, en este sentido, están los primeros textos rosacruces, por ejemplo, o El progreso del peregrino, de John Bunyan, que es tan trasparente en sus alegorías que la lectura se hace fluida, o Pinocho, de Collodi, que probablemente se inspiró en Bunyan (esto es una hipótesis que lanzo sin más datos que haber leído por fin, en 2014, a Bunyan).

Goethe también era a veces aficionado a cierto simbolismo, como en La serpiente verde o en Wilhem Meister (también, por supuesto, en Fausto), pero casi siempre se asentaba en el terreno firme de las cosas concretas: lo simbólico aparece en él, como en Shakespeare, como en una sublimación alcohólica lo hace un producto secundario en forma de gas etereo.

Por otra parte, lo concreto también puede ser al mismo tiempo simbólico. Simbólicos pueden ser los versos de Omar Jayyam en los que habla del vino: los sufís dicen que se refiere a Dios o la religión pero la verdad es que a casi todos los lectores nos traspasa ese vino real y apenas nos interesa la alegoría que pueda esconder (alegoría que también es dudosa, por cierto).

Pero los símbolos desnudos suelen cansar e incluso resultar triviales, ya que, como acabo de decir, todo el simbolismo de la rosa puede convertirse en un vulgar lugar común frente a una rosa viva que tienes en las manos.

Los maravillosos polvos de la vida

El maravilloso polvo de la vida

Pumpkinhead-oz

 

La maravillosa tierra de Oz

Hace poco, en fin, leí La maravillosa tierra de Oz (el libro que había leído a medias en esperanto) y descubrí que toda la historia  tiene mucho que ver con la distinción entre la vida y la no vida, lo natural y lo artificial, pues varios seres cobran vida gracias a unos polvos mágicos (como todos nosotros, se podría decir, a la manera de un chiste malo que me contaron de niño). Entre esos seres están una calabaza (que ya es un ser vivo, claro), un tronco caballo de madera y un alce-sillón volador.

El más importante de estos seres es  Jack Pumpkinhead (Jack Cabezadecalabaza), el protagonista de la aventura junto al niño Tip. Poco después de cobrar vida, dice Jack:

“Aunque me doy cuenta de que sé muchísimas cosas, al no conocer todo lo que hay, no he podido hacerme aún cargo de cuanto me queda por saber. Me llevará algún tiempo averiguar si soy muy sabio o muy tonto”.

Es una interesante reflexión, que muestra que sabiduría y estulticia se definen a menudo por comparación. Villiers de L’Isle Adam, que ya había tenido tiempo para investigar a los demás: “Me estimo poco cuando me examino, mucho cuando me comparo”.

Oz-caballoAlgo parecido le pasa al caballo hecho de un tronco, que corre locamente sin atender a las llamadas de su creador (que es también Tip). Finalmente, cae en un agujero y se ve obligado a parar. Dice entonces:

__¿”So” significa parar?
__Sí.
__¿Y un agujero en el suelo también significa parar?

Otra excelente reflexión que hoy tendría en cuenta un diseñador de videojuegos al establecer los comportamientos de sus criaturas virtuales.

oz-sillon-volador

 

El alce-sillón volador también se hace preguntas semejantes:

“Es mi primer día de vida, así que no puedo saber si estoy sano o estoy enfermo”.

En un momento de la aventura, Jack y Tip viajan a la Ciudad Esmeralda y allí conocen a su rey, el Espantapájaros (al que conocemos muy bien por la película de Judy Garland). Mantienen entonces Jack y el Espantapájaros un diálogo con traductora simultánea incluida , la niña Jaleíta. A pesar de que se entienden perfectamente, porque hablan el mismo idioma, se desarrolla una absurda y divertida situación en la que casi llegan a las manos porque Jaleíta “traduce” lo que le da la gana. Una situación muy semejante se puede ver en la película de los Hermanos Marx “Sopa de ganso” entre Groucho y el embajador del país rival.

Al final, Jack al Espantapájaros dice:

“Ha sido culpa mía. He dado por supuesto que hablaríamos idiomas diferentes porque somos de diferentes países”.

Es probable que haya un doble sentido, o triple, una alusión a Gran Bretaña y Estados Unidos, o al Canadá anglófono y Estados Unidos.

A menudo en el libro se trata el asunto de la diferencia, de las personas que son diferentes a lo que la sociedad considera normal. Así, el Espantapájaros le dice a Jack:

“Como somos distintos de la gente corriente, seamos amigos”.

También dice:

“Todo en la vida es raro hasta que uno se acostumbra”.

Y en otro momento alguien dice:

“Estoy convencido de que las únicas personas que merecen cierta distinción en este mundo son las que se salen de lo corriente”.

Una idea que coincide con la defensa que hacía John Stuart Mill de los excéntricos.

También las niñas tienen aquí un papel fundamental, no sólo porque se produce una revolución contra el Espantapájaros dirigida por una niña, llamada General Jinjur, sino por el asombroso desenlace que puede hacer considerar a esta novela uno de los libros de cabecera de travestis y transexuales. No lo cuento aquí, por si alguien quiere leerlo sin conocer el final.

Un dato curioso, que quizá tenga relación con todo esto, es que el autor, Baum, escribió varios libros con nombre de mujer, que es justo lo contrario de lo que se hacía en su época, en la que las mujeres solían esconderse bajo seudónimos de hombre, como George Elliot o Fernán Caballero.

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[Publicado por primera vez en 2004, revisado en 2013 y en 2014]

[El día 30 de junio de 2004 escribí una entrada acerca de El mago de Oz, pero el texto se borró y sólo se conservó el retrato de Jack Pumpkinhead. Intente poco después repetir esa entrada o lo que recordaba, y es lo que aquí se puede leer].

Ya se puede leer la traducción al español de la maravillosa edición anotada del mundo de Oz por Martin Gardner.

 

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La confianza lamentable de Dionisio de Halicarnaso

En De verbum compositionem (Sobre la composición literaria) Dionisio de Halicarnaso se pregunta qué escritores tenían mejor estilo. Concede el lugar de honor a Homero, “porque sea cual sea el pasaje que escojas de él está lleno de encantos múltiples y alcanza la perfección”. Nadie puede competir con Homero, pero “considerados en sí mismos”, se puede elogiar el arte de poetas como Estesícoro y Alceo, de dramaturgos como Sófocles, de historiadores como Herodoto, oradores como Demóstenes y filósofos como Platón, Aristóteles y Demócrito: “No es posible encontrar autores que tengan más éxito en la mezcla equilibrada y armónica de sus obras.”

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Demócrito, por Velázquez

Conservamos textos suficientemente extensos de casi todos los autores mencionados por Dionisio de Halicarnaso, que nos permiten confirmar el elogio. De los poetas Estesícoro y Alceo se han perdido casi todos los libros, pero se han conservado bastante fragmentos. Tan sólo de Demócrito se ha perdido casi todo. Es cierto que quedan unos 300 fragmentos que tal vez sean auténticos, pero al contrario que con los versos sueltos de los poetas, resulta difícil apreciar la fuerza argumentativa y ese estilo que elogia Dionisio en textos por lo general de apenas algunas líneas.

 

Dionisio de Halicarnaso

Dionisio de Halicarnaso

Hay que tener en cuenta, además, que en opinión de Aristóteles, el más profundo filósofo de todos los que le habían precedido (incluyendo a su maestro Platón) era Demócrito.

De este pensador sin duda excepcional y según parece dotado de un estilo también soberbio, apenas ha quedado nada. La lectura del pasaje de Dionisio nos hace lamentar que no dudara de la conservación de esos textos y que, en consecuencia, no contribuyera a su trasmisión citándolos, pues dice: “No creo que sea necesario citar pasajes de lso autores que acabamos de mencionar, ya que son tan conocidos que no es precisa ningún ejemplo.”

Lástima que Dionisio no hiciera como Orígenes, quien citó a Celso para refutarlo, tan extensamente, que casi nos trasmitió su obra.

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Metalenguaje y otros libros que no has escrito

Lector, no debe sorprenderte que yo sepa, sin saber quién eres, que no has escrito Metalenguaje. No es difícil adivinarlo, ya que muy pocas personas han escrito ese libro. Una de las personas que sí lo ha hecho es Sineb Sahine y no creo que tú seas Sahine, aunque sería una hermosa casualidad, sin duda.

Metalenguaje es un libro que me interesó en cuanto lo vi en La fugitiva, la librería en la que suelo desayunar y escribir, porque descubrí que en él aparecían muchos libros de esta biblioteca ideal. En el prólogo la autora dice que pensó titular su libro Metaficción o incluso Metatextos, pero que prefirió Metalenguaje porque abarca recursos narrativos que escapan a los otros títulos. Sin embargo, admite que puede inducir a cierta confusión con el llamado metalenguaje lógico, que sirve para referirse con precisión al lenguaje objeto.

 

Un ejemplo de la diferencia entre lenguaje objeto y metalenguaje es la diferencia entre dos frases como:

Eva tiene tres hermanos.

Eva tiene tres letras.

En la segunda frase, el nombre Eva no está siendo usado como en la primera frase, sino que está siendo mencionado. La distinción entre uso y mención queda clara si usamos una herramienta de metalenguaje tan sencilla como las comillas y escribimos:

“Eva” tiene tres letras.

Una vez aclarada la posible confusión, Sahine se sumerge en el mundo del metalenguaje en la literatura a lo largo de más de cuatrocientas densas y amenas páginas. El primer capítulo comienza con la que muchos consideran como la primera novela moderna, Don Quijote de la Mancha, algo que podemos poner en duda recordando el Genji monogatari japonés.

Romance de Genji, de Murasaki Shikibu, extraordinaria obra que puede disputar al Quijote el título de primera novela moderna, puesto que fue escrita hacia el año 1100.

 

Tampoco es el Quijote el primer ejemplo de metaficción, como nos recuerda Sahine, no sólo por precedentes como los poemas de Cátulo, sino también porque ya en la Divina Comedia de Dante el propio autor es el protagonista del viaje al Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Sahine dedica uno de los más hermosos capítulos a la Divina Comedia y recurre a muy atinadas citas de los Nueve ensayos dantescos o de Siete noches, ambos de ese gran lector del Dante que fue Borges.

Dos autores en el Infierno: Dante y Virgilio

Una de esas citas deja claro algo que el narratólogo Gérard Genette parece olvidar cuando asegura que la intromisión del autor en su propia obra es un artificio más bien moderno:

“La idea de un texto capaz de múltiples lecturas es característica de la Edad Media, esa Edad Media tan calumniada y compleja que nos ha dado la arquitectura gótica, las sagas de Islandia y la filosofía escolástica en la que todo está discutido.”

Tiene razón Borges, y para darse cuenta de ello, basta con  recordar el Libro del buen amor de Juan Ruíz Arcipreste de Hita, La celestina de Fernando de Rojas, el Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, donde el propio Diego de San Pedro es el confidente del despechado Arnalte; o a Boccaccio, que es sin duda el personaje que más se repite en sus obras, o los Cuentos de Canterbury de Chaucer.

Un excelente ejemplo de metalenguaje y construcción en abismo (myse-en-abyme) medieval. En una de las vidriedras de la catedral de Chartres se puede ver al creador de la vidriedra entregando la vidriera en la que él mismo aparece. (Tomado de Medieval ‘mise-en-abyme’: the object depicted within itself, por
Stuart Whatling)

La Celestina

La enumeración de recursos de metaficción en la literatura medieval y en el Renacimiento ocupa varias páginas de los índices analíticos del libro de Sahine, que son muy útiles, no sólo porque los libros aparecen ordenados por fechas, sino también por autores y por títulos.

Me detendré aquí en uno de los libros en los que el mecanismo de la metaficción resulta más asombroso, El retrato de la lozana andaluza, de Francisco Delicado, del que se habla mucho pero que se lee poco, quizá porque la mayoría de la gente piensa que es sólo una película de Vicente Escrivá de la época del destape.

 La lozana andaluza fue escrita en 1524. Aldonza, la protagonista, es una cordobesa “compatriota de Séneca, y no menos en su inteligencia y resaber”, que ha llegado a Roma y se dedica a la prostitución “para ser siempre libre y no sujeta a ninguno”. Allí conoce a Rampín, un muchacho listo y gran amante que se convierte en su chulo, y con el que acabará retirándose a Lipari, adoptando el nuevo nombre de Vellida.

El libro no se divide en capítulos, sino en mamotretos “porque en semejante obra mejor conviene”, dice Delicado, seguramente porque en la rica etimología de esa palabra se encuentra una clave o contraclave que hay que descifrar, otra de las aficiones heredadas de la Edad Media. Después de seguir las divertidas, ingeniosas y casi pornográficas andanzas de Aldonza y Rampín, en el mamotreto XVII leemos:

“Información que interpone el Autor para que se entienda lo que adelante ha de seguir… AUCTOR: «El que siembra alguna virtud coge fama; quien dize la verdad cobra odio.» Por eso notad: estando escribiendo el pasado capítulo, del dolor del pie dexé este cuaderno sobre la tabla, y entró Rampín y dixo: «¿Qué testamento es éste?»

El testamento es el mismo libro de La lozana andaluza, en el que aparece Rampín, quien llega a la casa del autor y empieza a hacerle preguntas acerca del libro del que ambos son personajes. En otro mamotreto, el autor llegará a conocer a la Lozana, que le propone tener un hijo suyo.

Ahora bien, no está claro que los ejemplos de La lozana andaluza pertenezcan al mismo tipo de metalenguaje en el que la historia se mete dentro de la historia, como cuando el guionista Charlie Kauffman escribió el guión de una película llamada Adaptation (El ladrón de orquídeas), en la que el guionista Charlie Kaufman tiene que escribir el guión de una película llamada Adaptation, pero se bloquea y se mete a sí mismo en la película que…

No está claro que sea el mismo tipo de metaficción, porque podríamos pensar al leer La lozana andaluza que lo que sucede es que Francisco Delicado conoció de verdad a la Lozana y a Rampín (aunque tuvieran otros nombres) y que decidió escribir la historia de su vida, historia en la que él es parte de la misma. Si así fuera, la Lozana andaluza, como dice Louis Imperiale, sería también innovadora, pues se trataría de la primera novela española que emplearía el desorden cronológico del texto:

“El autor-narrador salta, de un polo a otro de la historia, sin previo aviso, exactamente como ocurre en muchas ficciones recientes (Joyce, Faulkner, Robbe-Grillet, Cortázar…).

La Lozana y otros personajes

En cualquier caso, la novela de Delicado esconde otros placeres metatextuales, que se añaden a la lectura del propio texto, como un pequeño juego de ingenio que he descubierto y que tiene que ver con la distinción de la que hablé al principio de este artículo entre uso y mención de las palabras:

“AUCTOR: Quisiera saber escribir un par de ronquidos, a los cuales despertó él y, queriéndola besar, despertó ella, y dixo: LOÇANA: ¡Ay, señor! ¿Es de día?”

Tal vez en una próxima ocasión vuelvan a aparecer entre los apretados estantes de esta biblioteca imposible el libro de Francisco Delicado y el de Sineb Sahine.

 

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[Publiqué la primera versión de este artículo por primera vez en 2010 en Divertinajes]

 

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Tritogenia , de Demócrito, y otros libros recuperados

Un día, al salir de la facultad de Filosofía, mi amigo Manuel Abellá y yo discutíamos acerca de si la lista de las grandes obras clásicas es fiable. Ambos sabíamos que la opinión acerca de qué libros componen el llamado “Canon” ha ido cambiando con el tiempo y que cuando leemos un viejo libro de crítica literaria nos sorprende, más que ciertas ausencias, la presencia de autores que ni siquiera conocíamos. En El gusto literario, Schüking se pregunta cómo fue posible que Schiller contara “a un hombre como Fielding entre los más grandes clásicos” y por qué “los poemas narrativos de Byron se vendían por millares el día mismo de su publicación, cuando hoy ya no hay quien los lea”.

Cuando Voltaire viajó a Inglaterra visitó al mayor dramaturgo de la época, Congreve (¿has leído algo suyo, lector?), y consideró a Shakespeare un mediocre chapucero.

El propio Voltaire consideraba que su Henriada era lo mejor que había escrito, pero los críticos actuales piensan que es mejor olvidar ese desliz de un autor tan justamente admirado.

Mi amigo Manuel opinaba que la selección del tiempo había sido en general correcta y que, si existe algún gran poeta o escritor ignorado, tarde o temprano se le hará justicia. Esa hipótesis hizo entrar el futuro en la discusión, con lo que se convirtió en insoluble.

Yo recordé que hasta el siglo XIX no se conocía una de las obras más hermosas de la literatura universal, la Epopeya de Gilgamesh. Si hoy podemos leerla es porque las culturas de Mesopotamia escribían en materiales que resisten el paso del tiempo, en piedra y no en corteza o papiro.

Tablilla de Gilgamesh

No sé si el descubrimiento tardío del Gilgamesh me da la razón a mí o a Manuel, pero los miles de libros de las bibliotecas de Alejandría, quemados por los romanos y los musulmanes, los de los persas, quemados por los árabes, los de los mayas, quemados por los españoles, los de los chinos, quemados por los chinos, ¿acaso no albergarían alguna obra maestra? Negar esa posibilidad nos obligaría a creer en un genio protector del arte, en un destino que se ocupa de que arda en las llamas lo indigno, pero que se las ingenia para que lo que vale la pena sea escrito en materiales que resistan el paso del tiempo.

De muchos de los libros perdidos sólo sabemos que existieron; de otros conservamos los títulos o citas en libros de otros autores, quizá breves pasajes en papiros casi ilegibles. Del filósofo griego Demócrito sólo han sobrevivido pequeños fragmentos, lo que quizá sea una forma de justicia poética para quién imaginó los átomos imperceptibles.

Diógenes Laercio dice en su Vida de los filósofos más ilustres que Trasilo ordenó los libros de Demócrito como los de Platón, en tetralogías. El plural nos indica que Demócrito escribió al menos ocho libros, aunque el propio Laercio enumera más de setenta. Uno de ellos se llamaba Tritogenia, que aquí voy a intentar reconstruir a partir de los fragmentos dispersos de Demócrito, que citaré indicando su número en la edición publicada por Gredos.

Tritogenia reconstruido

Tritogenia trataba, sin duda, de la sabiduría, pues Demócrito “consideró sabiduría a Atenea Tritogenia”, epíteto que significa “nacida tres veces”, “pues de ella surgen las tres cosas que abarcan todo lo humano”. Era un libro, en consecuencia, dedicado al asunto de la sabiduría. ¿Qué son esas tres cosas que abarcan todo lo humano? Creo que lo descubriremos un poco más adelante.

Me gusta imaginar que el libro se iniciaba con esta observación: “A menudo la palabra tiene mayor poder de persuasión que el oro (698)”, puesto que son “muchos son los que, actuando de la manera más despreciable, hacen gala de los más bellos discursos (700).”

Existe, en efecto, una gran diferencia entre lo que se dice y lo que se hace, pues “falsos e hipócritas son quienes todo lo hacen con palabras, pero nada de hecho” (701). ¿A qué se refería Demócrito con esta observación acerca de la mentira en los discusos?

Parece que su intención era mostrar la disonancia entre lenguaje y acción: “un excelente discurso no disimula una mala acción, ni una buena acción es perjudicada por la blasfemia de un discurso (702). Siglos después, Jesucristo diría lo mismo: “Por sus obras los conoceréis”, anticipándose en casi dos mil años a la filosofía pragmática americana.


Demócrito y Heráclito, por H. ter Brugghen

Demócrito recalcaría a continuación que “es preciso abocarse a las obras y a las acciones virtuosas, no a los discursos (887)”. Sin embargo, tampoco las buenas obras bastan para que podamos considerar a una persona virtuosa: “Es posible distinguir un hombre digno de confianza de otro despreciable no sólo por sus acciones, sino también por sus intenciones (900)”. La conclusión será:”bueno es, no tanto el no cometer injusticia, sino el no tener intención de cometerla (894)”, puesto que “detestable no es quien comete injusticia, sino quien lo hace deliberadamente (921)”. Esta es una distinción importante, que creo que Aristóteles vuelve a tratar en uan de sus dos éticas, según la cual podemos decir que alguien comete una mala acción si tiene intención de cometerla. Es decir, puede haber malas acciones accidentales, que no han sido deseadas, pero lo peor es haber tenido la intención de cometer una injusticia. Los fragmentos no nos permiten saber hasta dónde llevaba Demócrito este análisis.

Lo que sí sabemos es que Demócrito pensaba que “acerca de las malas acciones deben evitarse incluso los discursos (703)”. Tal vez se refería a que no debe darse publicidad a una mala acción, porque puede incitar a otros a imitarla. Es por eso que la policía y los periodistas pactan a menudo no hablar de los suicidios: mucha gente se suicida porque es la manera más rápida de salir en las noticias. En Grecia, el famoso Alcibíades cortó a su perro su hermosa cola para que hablaran de él, y un desconocido quemó el templo de Diana en Éfeso para pasar a la historia. Lo consiguió, aunque yo ahora no quiero escribir su nombre aquí.

En cualquier caso, ya hemos encontrado los tres elementos a los que alude el título Tritogenia: pensamiento, palabra y acción, que, como hemos descubierto, a menudo no coinciden. La tarea del sabio, por ello, consiste en lograr la correspondencia entre las tres cosas, entre palabra, pensamiento y acción: “deliberar bien, hablar sin error y obrar como se debe (830).”

¿Cómo concluía Tritogenia?

Tal vez con esta frase: “No hagas ni digas nada feo aunque estés solo, aprende a avergonzarte más ante ti mismo que frente a los demás (784)”, lo que, supongo, inspiró a Marco Aurelio cuando dijo que uno nunca está sólo, aunque no haya nadie a su alrededor.

Quizá, querido lector, te preguntes ahora lo mismo que yo: ¿me he refutado a mí mismo y he contribuido a que ese destino libresco que imaginaba Manuel, capaz de traer a la luz los libros perdidos, rescate aquí a un clásico olvidado?

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[Publiqué este artículo por primera vez en 14 de mayo de 2010 en Divertinajes]

 

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La muerte de Demócrito de Abdera

“Se cuenta que Demócrito de Abdera, debido a su vejez, había decidido quitarse la vida y para lograrlo disminuía día a día la cantidad de alimento. Pero al llegar los días de la fiesta de las Tesmoforias, las mujeres de la casa le suplicaron que no muriera durante la celebración para que ellas pudieran participar en los ritos sagrados. Él consintió, ordenándoles que colocaran a su lado un recipiente con miel, y se mantuvo así con vida los días necesarios, bastándose sólo con el aroma exhalado por la miel. Pasados los días de la fiesta, al apartar de sí la miel, murió” (La muerte de Demócrito de Abdera contada por Ateneo).

Democritus-medita

Demócrito meditando acerca del lugar en el que se encuentra el alma, por Léon-Alexandre Delhomme

 

SOBRE LAS CAUSAS DE LA MUERTE SEGÚN DEMÓCRITO

“Pues cuando domina la fuerza circundante y ya no puede rechazarse la presión que viene de afuera, al no poder respirar, sobreviene la muerte para los seres vivos, pues la muerte es la salida del cuerpo de estas figuras, por la presión de lo circundante”. (fragmento 484)

 

“Un hombre justamente célebre, como Demócrito, afirmó que no hay signos seguros de la cesación de la vida, en los cuales puedan confiar los médicos. Con más razón aún negó que pueda haber signos seguros de la proximidad de la muerte” (fr.485)

mortal

 

QUÉ HACER CON LOS CADÁVERES

“Por lo cual es más sabio Heráclides del Ponto, cuando prescribe incinerar los cadáveres, que Demócrito, quien quiere conservarlos en miel. Si el pueblo hubiese seguido a éste, ¡que me muera si hoy pudiera comprar un vaso de vino con miel por menos de cien denarios.” (Varrón)

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[Publicado por primera vez en Esklepsis nº3 en 1997]

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2.7 Conclusión

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2.6 Pensamiento, palabra y acción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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2.3 Los bienes exteriores

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2.2 La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

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2.1 La ética de Demócrito

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.3 La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Introducción

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ÍNDICE

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Cornwallis y Demócrito

NPG D27891; Sir William Cornwallis, the younger by Thomas Cecill

Al parecer, William Cornwallis descuidó sus responsabilidades en relación con el patrimonio de su padre Charles Cornwallis, lo que hizo que su progenitor se lamentara diciendo:

“Of all sorts of people, I most despair of those of his sort, that are philosophers in their words and fools in their works.”

(“De todos los tipos de personas, de los que más desespero es de los que pertenecen a este tipo: los que son filósofos en sus palabras y locos en sus acciones”)

Se puede pensar que William era uno de esos filósofos que no aplican lo que dicen , pero también se puede pensar que su caso fue semejante al de Demócrito, a quien la ciudad de Abdera quiso también condenar por no ocuparse de su propio patrimonio. Demócrito escapó a la condena argumentando que durante todo ese tiempo si había cuidado de su patrimonio: al educarse a sí mismo y engrandecer su mente y su alma.

Una excelente respuesta.

 

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Cualidades primarias y secundarias en Leibniz

leibniz leipzig_leibnizLeibniz también distingue entre cualidades primarias y secundarias. Yo, estando de acuerdo con él en el fondo democriteo de su distinción, también comparto la objeción de Berkeley a la misma. ¿Cómo explicar que me halle en ambos lados de la disputa? He de pensarlo. Creo que no es contradictorio.

 

NOTA En 2016

No sé si lo pensé, pero ahora soy incapaz de saber a qué me refería exactamente.


[Publicado en 1995]

Leibniz

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