Kenneth Rexroth, una biografía

De Kenneth Rexroth yo conocía su interés por las culturas china y japonesa y que era una especie de budista de California (que suelen ser los mejores budistas). También sabía que tenía mucha relación con el movimiento beatnik, aunque no tanta como sugieren quienes lo consideran su fundador o su inspirador inicial. Él niega que sus vínculos con los beatniks fueran muy fuertes. Es también uno de los traductores que Eliot Weinberger enumera cuando habla de la traducción de un poema chino de Wang Wei y que aparece, por tanto, en mi juego poético Wang Wei, un experimento poético chino.

Hace poco leí algunos artículos suyos que me gustaron y también una biografía digital que me lo ha hecho muy simpático. Cuento algunas cosas de él que me gustan, sin ánimo de ser exhaustivo.

Rexroth nació en 1905 en Indiana “en en el seno de una familia de antiesclavistas, socialistas, anarquistas, feministas y librepensadores”.

“De formación casi por completo autodidacta (sólo fue al colegio durante cinco años), devoraba toda clase de libros, escribía poesía, pintaba cuadros abstractos, trabajaba en el teatro vanguardista y empezó a estudiar por su cuenta varios idiomas. Antes de haber cumplido los veinte años ya había recorrido el país en auto-stop, dedicándose a trabajar los veranos en el lejano oeste como mozo y cocinero para los cow-boys; también trabajó en granjas y en tareas forestales, y un día consiguió enrolarse en un barco para ir a París.”

En la biografía se cuentan muchas más cosas interesantes de Rexroth, que él mismo recuerda en Una novela autobiográfica.

De Rexroth me gusta que decía las cosas importantes sin darles importancia, como de pasada:“Rexroth lanzaba ideas perspicaces y originales como si fueran algo banal conocido por todos o atribuía a otros sus propios méritos”.

Y añade el autor de la biografía:

“Meses o años más tarde, cuando me venían a la memoria algunas de sus observaciones, aparentemente intrascendentes, se me aparecía de repente su verdadero sentido, y apreciaba aún más el tacto y la discreción con que las había hecho”.

También me gusta la manera en la que mezclaba las cosas:

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Dibujo de Hildegarda de Bingen

“Rexroth conectaba generalmente bastante bien con los movimientos contraculturales del momento en los que la mayor parte de nosotros estábamos envueltos, pero atemperaba nuestro ingenuo entusiasmo con una saludable dosis de humor y escepticismo y nos hacía tomar conciencia de perspectivas más amplias: comparaba a Bob Dylan con los cantautores franceses de la “nouvelle chanson” de los cuales nosotros no habíamos oído hablar nunca; defendía que, dentro de los artistas psicodélicos, el más grande era precisamente una mística medieval que había pintado sus propias visiones; respaldaba con fuerza las acciones más radicales contra la guerra, a la vez que nos ponía en guardia contra la manipulación de los burócratas de izquierdas.

También me gusta de Rexroth que su inteligencia alerta le impedía caer en dogmas:

“En un momento dado de la narración afirma: “Lo único absoluto es la comunidad del amor que anula el tiempo”, pero en otro lugar dice algo distinto: “Lo absoluto como comunidad de amor (…), no estoy muy seguro de creer en ello, pero me parece que es una metáfora metafísica mucho más saludable que las demás.”

También me gusta su interés por los ensayos y cómo intentó recuperar el sentido original que les diera Montaigne:

“Una de sus colecciones se titula “Assays”, con la intención de recordarnos el sentido original de la palabra ensayo de Montaigne, como significado de: prueba, examen, experimento, esfuerzo por adherirse la realidad”

rexrothysuhijo

Rexroth y su hijo

Precisamente, en el blog en el que publiqué por primera vez esta entrada llamado Il saggiatore tenía que ver con esa idea y, curiosamente, al principio pensé algo idéntico l Essays /Assays de Rexroth. Mi intención era añadir a Il Saggiatore el subtítulo: “Ensallos digitales” o “Ensaios digitales”.

También me parece muy interesante que le gustaran tantas cosas diferentes:

“La variedad de sus lecturas es sencillamente asombrosa: obras de historia, libros de cocina, guías sobre la naturaleza, descripciones geológicas, estudios etnológicos, tratados teológicos, debates políticos, la Enciclopedia Británica entera… … La epopeya mesopotámica de Gilgamesh (“la primera obra que muestra la conciencia del ser”), La Historia de Herodoto, el Bhagavad-Gita, el Kalevala (“la epopeya más ecológica”), la poesía de Tu Fu, los ensayos de Montaigne (“el creador del yo empírico”), Don Quijote, La tempestad, las Memorias de Casanova (“el hombre natural viviendo al límite de sus posibilidades”) , Rojo y Negro de Stendhal (“la primera comedia negra”), Guerra y Paz y Huckleberry Finn, son simplemente algunos de esos otros “textos básicos de la historia de la imaginación” cuya relevancia destaca en sus cortos pero jugosos ensayos.”

Las coincidencias en esa enumeración con mis propios gustos son prácticamente exactas, aunque yo no he llegado a leer la Enciclopedia Británica entera (aunque sí lo intenté, como Borges). Pero lo que más me gusta de Rexroth es lo que hacía con todo ese conocimiento y lo que ese conocimiento hacía con él:

” Por no hablar de las reseñas de miles de libros que hizo en su etapa como colaborador de la radio independiente KPFA, actividad secundaria que realizó durante media hora semanal a lo largo de veinte años y sin ningún tipo de remuneración. Sin embargo, a pesar de haber leído tanto, no se muestra en absoluto pedante.”

Y creo que tiene bastante razón Rexroth cuando dice:

“El estilo no es simplemente una cuestión de estilo, sino un signo externo, la apariencia que presenta un estado espiritual interno”.

También me gustan, y con más razón en la época en que las escribió, críticas como esta:

“Estas cosas [literatura proletaria maoísta] son ridículas y parecen historias sacadas de una escuela dominical del siglo XIX en las que un muchacho romano ayudaba a su hermana a escapar de los leones, desafiaba a las legiones del emperador, hacía los recados de San Pablo y al final iba al cielo.”

El autor de la biografía de Rexroth, Ken Knabb, también desliza unas cuantas críticas a Rexroth, casi todas intrascendentes, porque las hace desde un punto de vista bastante mediocre: el de las ideas del situacionismo, que, en mi opinión, suelen expresar muchas simplezas y algunas agudezas como si fueran profecías de gran trascendencia.

Analizar la riqueza de Rexroth o de cualquier personalidad compleja desde esa estrechez de miras es una pena, pero la biografía respira fuerte cuando es la voz de Rexroth la que oímos, o al menos la de su oyente y amigo antes de pasar por el filtro situacionista. Es muy recomendable leerla.

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Biografía de Rexroth: “Erotismo, Misticismo y Revolución” de Ken Knabb

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EL RESTO ES LITERATURA

(Si quieres ver las páginas dedicadas a Shakespeare, Canetti, Borges y otros autores: Toda la literatura)

El resto es literatura

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La autonomía de los personajes y Nozick

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Consejos para banquetes y reuniones

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En sus Conversaciones, Plutarco se ocupa de los banquetes y reuniones más o menos festivas y da algunos consejos útiles.

El de los festines y reuniones puede parecer un tema secundario, pero interesó a muchos filósofos griegos y latinos, que le dedicaron libros como el célebre Banquete de Platón. El banquete o symposio acabó por convertirse en un género literario, con sus propias reglas. Incluso podemos encontrarlo en épocas más recientes, tal vez en algunos cuentos de Villiers de l’Isle Adam como El convidado de las últimas fiestas o La más bella comida del mundo.

Los grandes generales y dirigentes también se preocupaban de preparar buenos banquetes del mismo modo en que disponían el campo de batalla:

“El general Paulo Emilio, cuando tras aplastar a Perseo en Macedonia celebraba festines haciendo gala de un orden admirable en todo y de una magnífica disposición, dijo que correspondía al mismo varón darle a la tropa la formación más temible y al banquete la más agradable, pues ambas cosas conciernen a la buena organización.”

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Aunque sólo se conservan los banquetes de Platón y Jenofonte, Plutarco menciona otros, como los de Espeusipo, Epicuro, Prítanis, Jerónimo y Dión “el de la Academia”.

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Plutarco

A los pensadores griegos les preocupaba mucho definir el momento adecuado de las cosas, el kairós. No todo se puede hacer en todo momento, cada cosa tiene su instante u ocasión. Una idea que el sofista Isócrates aplicó también a los banquetes, cuando le pidieron hablar durante la bebida:

“Para lo que yo soy experto, no es el kairós; para lo que es el kairós, no soy yo experto”.

En un banquete o reunión festiva, la conversación debe tener en cuenta no sólo quiénes asisten a él, sino también el estado en el que se encuentran, su disposición de ánimo, que es muy diferente a la que tienen en otras situaciones:

“Y por ello hay que suprimir las conversaciones de pleitistas y enredalotodo, en palabras de Demócrito, quienes al extenderse en temas atosigantes fastidian a los asistentes.”

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Se debe evitar tanto la conversación especializada que no involucra a todos los asistentes, como las disputas privadas, las referencias a asuntos en exceso personales, como los problemas en el trabajo, con la familia o la pareja, y el chismorreo fácil y continuo:

“Cuando los filósofos se zambullen en cuestiones sutiles y dialécticas durante la bebida, importunan a la mayoría, incapaz de seguirles; ésta, entonces, se entrega a ciertas canciones, relatos hueros y conversaciones de tiendas y plazas, y acaba por perderse la finalidad de la reunión convival y Dioniso resulta injuriado”.

Una manera de evitar charlas privadas es separar en el banquete o reunión a los que viven juntos, como esas parejas que son capaces de pasar toda una velada en conversación cerrada, cosa que podían haber hecho en su propia casa, sin necesidad de desplazarse a otro lugar o juntarse con conocidos y desconocidos. Conviene buscar un cierto contraste y huir de lo similar:

“De esta manera quiero hacer yo nuestro banquete: no recostando con el rico al rico, ni con el joven al joven, ni con el magistrado al magistrado y con el amigo al amigo, pues esta formación es inmóvil e inútil para el aumento o nacimiento de afecto, sino que, ajustando lo apropiado al que haya menester de ello, ruego al amigo del saber que se recueste junto al instruido, al afable junto al quisquilloso, al joven amigo de oír junto al anciano charlatán, al socarrón junto al paciente y al reservado junto al irascible. Y si en algún sitio observo a un rico munificiente, conduciré junto a él, levantándolo de cualquier rincón, a un pobre honrado, para como de una copa llena a una vacía, se produzca un trasvase. Sin embargo, al sofista le prohíbo recostarse con el sofista y al poeta con el poeta.”

Esta disposición sirve no sólo para evitar esas enojosas conversaciones privadas que aislan y se aislan de los demás, sino también las disputas entre los que son demasiado semejantes:

“Pues el pobre aborrece al pobre y el aedo al aedo….Y separo también a los aviesos, zaheridores y coléricos, interponiéndoles en medio una persona afable, a modo de cojín de intercambio de golpes”.

Sin embargo, Plutarco reúne en el mismo sitio a los aficionados a la bebida y a los enamoradizos, no sólo como dice Sofocles: “a cuantos sobreviene la mordedura del amor de muchachos”, sino también a los que sufren por causa de mujeres y muchachas, pues, caldeados por el mismo fuego, mejor se acogerán unos a otros… a no ser que, !por Zeus!, casualmente estén enamorados del mismo o de la misma”, como dijo Lamprias.

Por otra parte, estamos hablando de banquetes o simposios, en los que no se trata sólo de beber y comer sin freno, como en una orgía o bacanal, sino que hay unas ciertas reglas para convertir el placer en una experiencia digna de ser recordada. Por eso, era costumbre nombrar a Simposiarca o director del banquete, que se encargaba de que todo trascurriera de manera agradable y que, además, daba una lección o Simposiarquía, que planteaba un tema alrededor del que giraría el banquete, como sucede con el amor en el célebre Banquete de Platón.

El Simposiarca debe ser, dice Plutarco, el que mejor aguante la bebida:

“Pues el que se excede bebiendo es insolente e incorrecto, pero, a su vez, el que es por completo abstemio, es desagradable y más adecuado para hacer de pedagogo que de simposiarca.”

Conviene al simposiarca saber quienes soportan mejor y peor el vino y controlarlos, pero debe hacerlo manteniendo él mismo un control y sabiendo que trata con personas libres, no con esclavos o animales. Debe aplicar, termina recomendando Plutarco, la actitud de Pericles cuando accedía a algún cargo de importancia:

Pericles, cada vez que era elegido general y volvía a tomar la clámide, ante todo solía decirse a sí mismo a modo de advertencia: “Mira, Pericles, a libres gobiernas,a griegos gobiernas, a atenienses gobiernas”.

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[Publicado en 2008]

NOTAS

Las Conversaciones de Plutarco también son llamadas Charlas de sobremesa o Quaestiones Convivales

AUTORES DE BANQUETES QUE NO SE CONSERVAN

De los autores de Banquetes que menciona Plutarco, se podría decir lo siguiente:

Espeusipo fue sucesor de Platón en la Academia, Prítanis era peripatético (seguidor del Liceo de Aristóteles)  y redactó la legislación de Megalópolis para Antígono Dosón. Jerónimo de Rodas, que vivió quizá entre 290 y 230 antes de nuestra era, también se contaba en las nutridas filas del Liceo, pero se hizo ecléctico y se enemistó con el peripato Licón. Cicerón le llama sabio y ameno; otros, chismoso.

Dión de Alejandría vivió en el siglo I antes de la era cristiana. Académico y discípulo de Antíoco de Ascalón, admiraba de los egipcios el que hubieran inventado el vino de cebada  que debemos suponer es la cerveza,  para los pobres.

También se recuerda un banquete, el de Pulición, al que asistieron Alcíbiades y Teodoro y donde se cometieron actos impíos.

 

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El mundo de Oz

El mundo de Oz

Cuando era niño disfruté muchísimo con la película El mago de Oz, protagonizada por Judy Garland. Me sigue gustando y creo que es una de las mejores películas de la historia del cine.

Lo que no sabía cuando la vi es que la historia era una más de la saga del mundo de Oz. Su autor, Lyman Frank Baum, escribió otras trece historias que transcurren en el mundo de Oz. Además,  otros autores escribieron 26 más. Creo que lo supe al leer algún artículo del matemático y filósofo Martin Gardner, en el que contaba verdaderas curiosidades de ese mundo de Oz y de los personajes que lo habitaban.

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Durante años estuve esperando que se publicaran en español el resto de los libros de Oz (sólo se publicaba una y otra vez el que cuenta la historia que se adaptó para la película), pero no ha sido hasta hace poco (2004) que dos editoriales, casi al mismo tiempo, por fin se han decidido a traducir las otras aventuras. Mientras tanto, intenté incluso leerlo en esperanto: La mirinda sorcxisto de Oz (puedes leerlo en la Bitoteko, es decir, la Bytoteca esperantista).

Por alguna razón que quizá tenga que ver con las ideas políticas de Baum, toda su obra está en esperanto, el lenguaje artificial promocionado por los anarquistas, cuya pretensión era unir a la humanidad acabando con la maldición de la torre de Babel: la incomprensión entre unos y otros acentuada  por las diferencias idiomáticas.

Otro aficionado al mundo de Oz es mi admirado Walter Murch, montador y sonidista habitual de Coppola, que incuso dirigió una segunda parte de El mago de Oz, mezclando varias historias de Baum.

 

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Los relatos de Baum son alegóricos y simbólicos en ocasiones, tienen segundas lecturas, que es una cosa que puede dar muy malos resultados si se abusa de ello o se descuida la historia que se está contando, como sucede a un libro tan interesante como El sueño de Polifilo, de Colonna, que resulta demasiado árido, porque los personajes son tan simbólicos que no te preocupas por ellos, por lo que sus andanzas por el mundo de la simbología te importan poco. Mejor, en este sentido, están los primeros textos rosacruces, por ejemplo, o El progreso del peregrino, de John Bunyan, que es tan trasparente en sus alegorías que la lectura se hace fluida, o Pinocho, de Collodi, que probablemente se inspiró en Bunyan (esto es una hipótesis que lanzo sin más datos que haber leído por fin, en 2014, a Bunyan).

Goethe también era a veces aficionado a cierto simbolismo, como en La serpiente verde o en Wilhem Meister (también, por supuesto, en Fausto), pero casi siempre se asentaba en el terreno firme de las cosas concretas: lo simbólico aparece en él, como en Shakespeare, como en una sublimación alcohólica lo hace un producto secundario en forma de gas etereo.

Por otra parte, lo concreto también puede ser al mismo tiempo simbólico. Simbólicos pueden ser los versos de Omar Jayyam en los que habla del vino: los sufís dicen que se refiere a Dios o la religión pero la verdad es que a casi todos los lectores nos traspasa ese vino real y apenas nos interesa la alegoría que pueda esconder (alegoría que también es dudosa, por cierto).

Pero los símbolos desnudos suelen cansar e incluso resultar triviales, ya que, como acabo de decir, todo el simbolismo de la rosa puede convertirse en un vulgar lugar común frente a una rosa viva que tienes en las manos.

Los maravillosos polvos de la vida

El maravilloso polvo de la vida

Pumpkinhead-oz

 

La maravillosa tierra de Oz

Hace poco, en fin, leí La maravillosa tierra de Oz (el libro que había leído a medias en esperanto) y descubrí que toda la historia  tiene mucho que ver con la distinción entre la vida y la no vida, lo natural y lo artificial, pues varios seres cobran vida gracias a unos polvos mágicos (como todos nosotros, se podría decir, a la manera de un chiste malo que me contaron de niño). Entre esos seres están una calabaza (que ya es un ser vivo, claro), un tronco caballo de madera y un alce-sillón volador.

El más importante de estos seres es  Jack Pumpkinhead (Jack Cabezadecalabaza), el protagonista de la aventura junto al niño Tip. Poco después de cobrar vida, dice Jack:

“Aunque me doy cuenta de que sé muchísimas cosas, al no conocer todo lo que hay, no he podido hacerme aún cargo de cuanto me queda por saber. Me llevará algún tiempo averiguar si soy muy sabio o muy tonto”.

Es una interesante reflexión, que muestra que sabiduría y estulticia se definen a menudo por comparación. Villiers de L’Isle Adam, que ya había tenido tiempo para investigar a los demás: “Me estimo poco cuando me examino, mucho cuando me comparo”.

Oz-caballoAlgo parecido le pasa al caballo hecho de un tronco, que corre locamente sin atender a las llamadas de su creador (que es también Tip). Finalmente, cae en un agujero y se ve obligado a parar. Dice entonces:

__¿”So” significa parar?
__Sí.
__¿Y un agujero en el suelo también significa parar?

Otra excelente reflexión que hoy tendría en cuenta un diseñador de videojuegos al establecer los comportamientos de sus criaturas virtuales.

oz-sillon-volador

 

El alce-sillón volador también se hace preguntas semejantes:

“Es mi primer día de vida, así que no puedo saber si estoy sano o estoy enfermo”.

En un momento de la aventura, Jack y Tip viajan a la Ciudad Esmeralda y allí conocen a su rey, el Espantapájaros (al que conocemos muy bien por la película de Judy Garland). Mantienen entonces Jack y el Espantapájaros un diálogo con traductora simultánea incluida , la niña Jaleíta. A pesar de que se entienden perfectamente, porque hablan el mismo idioma, se desarrolla una absurda y divertida situación en la que casi llegan a las manos porque Jaleíta “traduce” lo que le da la gana. Una situación muy semejante se puede ver en la película de los Hermanos Marx “Sopa de ganso” entre Groucho y el embajador del país rival.

Al final, Jack al Espantapájaros dice:

“Ha sido culpa mía. He dado por supuesto que hablaríamos idiomas diferentes porque somos de diferentes países”.

Es probable que haya un doble sentido, o triple, una alusión a Gran Bretaña y Estados Unidos, o al Canadá anglófono y Estados Unidos.

A menudo en el libro se trata el asunto de la diferencia, de las personas que son diferentes a lo que la sociedad considera normal. Así, el Espantapájaros le dice a Jack:

“Como somos distintos de la gente corriente, seamos amigos”.

También dice:

“Todo en la vida es raro hasta que uno se acostumbra”.

Y en otro momento alguien dice:

“Estoy convencido de que las únicas personas que merecen cierta distinción en este mundo son las que se salen de lo corriente”.

Una idea que coincide con la defensa que hacía John Stuart Mill de los excéntricos.

También las niñas tienen aquí un papel fundamental, no sólo porque se produce una revolución contra el Espantapájaros dirigida por una niña, llamada General Jinjur, sino por el asombroso desenlace que puede hacer considerar a esta novela uno de los libros de cabecera de travestis y transexuales. No lo cuento aquí, por si alguien quiere leerlo sin conocer el final.

Un dato curioso, que quizá tenga relación con todo esto, es que el autor, Baum, escribió varios libros con nombre de mujer, que es justo lo contrario de lo que se hacía en su época, en la que las mujeres solían esconderse bajo seudónimos de hombre, como George Elliot o Fernán Caballero.

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[Publicado por primera vez en 2004, revisado en 2013 y en 2014]

[El día 30 de junio de 2004 escribí una entrada acerca de El mago de Oz, pero el texto se borró y sólo se conservó el retrato de Jack Pumpkinhead. Intente poco después repetir esa entrada o lo que recordaba, y es lo que aquí se puede leer].

Ya se puede leer la traducción al español de la maravillosa edición anotada del mundo de Oz por Martin Gardner.

 

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La confianza lamentable de Dionisio de Halicarnaso

En De verbum compositionem (Sobre la composición literaria) Dionisio de Halicarnaso se pregunta qué escritores tenían mejor estilo. Concede el lugar de honor a Homero, “porque sea cual sea el pasaje que escojas de él está lleno de encantos múltiples y alcanza la perfección”. Nadie puede competir con Homero, pero “considerados en sí mismos”, se puede elogiar el arte de poetas como Estesícoro y Alceo, de dramaturgos como Sófocles, de historiadores como Herodoto, oradores como Demóstenes y filósofos como Platón, Aristóteles y Demócrito: “No es posible encontrar autores que tengan más éxito en la mezcla equilibrada y armónica de sus obras.”

Velásquez, Democritus 1628f.jpg

Demócrito, por Velázquez

Conservamos textos suficientemente extensos de casi todos los autores mencionados por Dionisio de Halicarnaso, que nos permiten confirmar el elogio. De los poetas Estesícoro y Alceo se han perdido casi todos los libros, pero se han conservado bastante fragmentos. Tan sólo de Demócrito se ha perdido casi todo. Es cierto que quedan unos 300 fragmentos que tal vez sean auténticos, pero al contrario que con los versos sueltos de los poetas, resulta difícil apreciar la fuerza argumentativa y ese estilo que elogia Dionisio en textos por lo general de apenas algunas líneas.

 

Dionisio de Halicarnaso

Dionisio de Halicarnaso

Hay que tener en cuenta, además, que en opinión de Aristóteles, el más profundo filósofo de todos los que le habían precedido (incluyendo a su maestro Platón) era Demócrito.

De este pensador sin duda excepcional y según parece dotado de un estilo también soberbio, apenas ha quedado nada. La lectura del pasaje de Dionisio nos hace lamentar que no dudara de la conservación de esos textos y que, en consecuencia, no contribuyera a su trasmisión citándolos, pues dice: “No creo que sea necesario citar pasajes de lso autores que acabamos de mencionar, ya que son tan conocidos que no es precisa ningún ejemplo.”

Lástima que Dionisio no hiciera como Orígenes, quien citó a Celso para refutarlo, tan extensamente, que casi nos trasmitió su obra.

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Metalenguaje y otros libros que no has escrito

Lector, no debe sorprenderte que yo sepa, sin saber quién eres, que no has escrito Metalenguaje. No es difícil adivinarlo, ya que muy pocas personas han escrito ese libro. Una de las personas que sí lo ha hecho es Sineb Sahine y no creo que, casualmente, tú seas Sahine.

Metalenguaje es un libro que me interesó en cuanto lo vi en La fugitiva, la librería en la que suelo desayunar y escribir, porque descubrí que en él aparecían muchos libros de esta biblioteca ideal. En el prólogo la autora dice que pensó titular su libro Metaficción o incluso Metatextos, pero que prefirió Metalenguaje porque abarca recursos narrativos que escapan a los otros títulos. Sin embargo, admite que puede inducir a cierta confusión con el llamado metalenguaje lógico, que sirve para referirse con precisión al lenguaje objeto.

 

Un ejemplo de la diferencia entre lenguaje objeto y metalenguaje es la diferencia entre dos frases como:

Eva tiene tres hermanos.

Eva tiene tres letras.

En la segunda frase, el nombre Eva no está siendo usado como en la primera frase, sino que está siendo mencionado. La distinción entre uso y mención queda clara si usamos una herramienta de metalenguaje tan sencilla como las comillas y escribimos:

“Eva” tiene tres letras.

Una vez aclarada la posible confusión, Sahine se sumerge en el mundo del metalenguaje en la literatura a lo largo de más de cuatrocientas densas y amenas páginas. El primer capítulo comienza con la que muchos consideran como la primera novela moderna, Don Quijote de la Mancha, algo que podemos poner en duda recordando el Genji monogatari japonés.

Romance de Genji, de Murasaki Shikibu, extraordinaria obra que puede disputar al Quijote el título de primera novela moderna, puesto que fue escrita hacia el año 1100.

 

Tampoco es el Quijote el primer ejemplo de metaficción, como nos recuerda Sahine, no sólo por precedentes como los poemas de Cátulo, sino también porque ya en la Divina Comedia de Dante el propio autor es el protagonista del viaje al Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Sahine dedica uno de los más hermosos capítulos a la Divina Comedia y recurre a muy atinadas citas de los Nueve ensayos dantescos o de Siete noches, ambos de ese gran lector del Dante que fue Borges.

Dos autores en el Infierno: Dante y Virgilio

Una de esas citas deja claro algo que el narratólogo Gérard Genette parece olvidar cuando asegura que la intromisión del autor en su propia obra es un artificio más bien moderno:

“La idea de un texto capaz de múltiples lecturas es característica de la Edad Media, esa Edad Media tan calumniada y compleja que nos ha dado la arquitectura gótica, las sagas de Islandia y la filosofía escolástica en la que todo está discutido.”

Tiene razón Borges, y para darse cuenta de ello, basta con  recordar el Libro del buen amor de Juan Ruíz Arcipreste de Hita, La celestina de Fernando de Rojas, el Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, donde el propio Diego de San Pedro es el confidente del despechado Arnalte; o a Boccaccio, que es sin duda el personaje que más se repite en sus obras, o los Cuentos de Canterbury de Chaucer.

Un excelente ejemplo de metalenguaje y construcción en abismo (myse-en-abyme) medieval. En una de las vidriedras de la catedral de Chartres se puede ver al creador de la vidriedra entregando la vidriera en la que él mismo aparece. (Tomado de Medieval ‘mise-en-abyme’: the object depicted within itself, por
Stuart Whatling)

La Celestina

La enumeración de recursos de metaficción en la literatura medieval y en el Renacimiento ocupa varias páginas de los índices analíticos del libro de Sahine, que son muy útiles, no sólo porque los libros aparecen ordenados por fechas, sino también por autores y por títulos.

Me detendré aquí en uno de los libros en los que el mecanismo de la metaficción resulta más asombroso, El retrato de la lozana andaluza, de Francisco Delicado, del que se habla mucho pero que se lee poco, quizá porque la mayoría de la gente piensa que es sólo una película de Vicente Escrivá de la época del destape.

 La lozana andaluza fue escrita en 1524. Aldonza, la protagonista, es una cordobesa “compatriota de Séneca, y no menos en su inteligencia y resaber”, que ha llegado a Roma y se dedica a la prostitución “para ser siempre libre y no sujeta a ninguno”. Allí conoce a Rampín, un muchacho listo y gran amante que se convierte en su chulo, y con el que acabará retirándose a Lipari, adoptando el nuevo nombre de Vellida.

El libro no se divide en capítulos, sino en mamotretos “porque en semejante obra mejor conviene”, dice Delicado, seguramente porque en la rica etimología de esa palabra se encuentra una clave o contraclave que hay que descifrar, otra de las aficiones heredadas de la Edad Media. Después de seguir las divertidas, ingeniosas y casi pornográficas andanzas de Aldonza y Rampín, en el mamotreto XVII leemos:

“Información que interpone el Autor para que se entienda lo que adelante ha de seguir… AUCTOR: «El que siembra alguna virtud coge fama; quien dize la verdad cobra odio.» Por eso notad: estando escribiendo el pasado capítulo, del dolor del pie dexé este cuaderno sobre la tabla, y entró Rampín y dixo: «¿Qué testamento es éste?»

El testamento es el mismo libro de La lozana andaluza, en el que aparece Rampín, quien llega a la casa del autor y empieza a hacerle preguntas acerca del libro del que ambos son personajes. En otro mamotreto, el autor llegará a conocer a la Lozana, que le propone tener un hijo suyo.

Ahora bien, no está claro que los ejemplos de La lozana andaluza pertenezcan al mismo tipo de metalenguaje en el que la historia se mete dentro de la historia, como cuando el guionista Charlie Kauffman escribió el guión de una película llamada Adaptation (El ladrón de orquídeas), en la que el guionista Charlie Kaufman tiene que escribir el guión de una película llamada Adaptation, pero se bloquea y se mete a sí mismo en la película que…

No está claro que sea el mismo tipo de metaficción, porque podríamos pensar al leer La lozana andaluza que lo que sucede es que Francisco Delicado conoció de verdad a la Lozana y a Rampín (aunque tuvieran otros nombres) y que decidió escribir la historia de su vida, historia en la que él es parte de la misma. Si así fuera, la Lozana andaluza, como dice Louis Imperiale, sería también innovadora, pues se trataría de la primera novela española que emplearía el desorden cronológico del texto:

“El autor-narrador salta, de un polo a otro de la historia, sin previo aviso, exactamente como ocurre en muchas ficciones recientes (Joyce, Faulkner, Robbe-Grillet, Cortázar…).

La Lozana y otros personajes

En cualquier caso, la novela de Delicado esconde otros placeres metatextuales, que se añaden a la lectura del propio texto, como un pequeño juego de ingenio que he descubierto y que tiene que ver con la distinción de la que hablé al principio de este artículo entre uso y mención de las palabras:

“AUCTOR: Quisiera saber escribir un par de ronquidos, a los cuales despertó él y, queriéndola besar, despertó ella, y dixo: LOÇANA: ¡Ay, señor! ¿Es de día?”

Tal vez en una próxima ocasión vuelvan a aparecer entre los apretados estantes de esta biblioteca imposible el libro de Francisco Delicado y el de Sineb Sahine.

 

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[Publiqué la primera versión de este artículo por primera vez en 2010 en Divertinajes]

 

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