Incendio en el museo

En la película de Woody Allen Balas sobre Broadway el dramaturgo David Shayne y sus amigos conversan en una terraza de Grenwich Village. Uno de ellos, Flender, propone un dilema clásico:

—Escuchad, digamos que se quema un edificio, y que sólo puedes salvar una sola cosa, o el último ejemplar de las obras completas de Shakespeare o bien un ser humano anónimo. ¿Qué haríais?

Se produce el habitual momento en el que todos hablan a la vez, como sólo sucede en la vida real y en las películas de Allen, y vemos que Shayne dice:

—No se puede privar al mundo de esas obras.

Flender y Shayne estrechan sus manos por el acuerdo, a pesar de que se escuchan voces, todas ellas de mujeres que expresan la postura contraria,  que no se puede dejar que un ser humano muera en un incendio a cambio de salvar un objeto inanimado. Flender exclama:

—No es un objeto inanimado. Es arte… ¡el arte es vida!

Otras variantes de este dilema nos hacen elegir entre un cuadro de Leonardo Da Vinci o el portero del museo, e incluso entre una obra maestra única en el mundo y un gato. Como es obvio, para que el dilema sea real para una persona concreta, en el lado de la obra de arte debe situarse algo que esa persona admire por encima de todas las cosas. Si la elección es entre La Mona Lisa y al oyente no le gusta ese cuadro no habrá dilema: salvará sin dudarlo al portero o al gato.

Quizá algún lector o lectora se esté preguntando si realmente hay personas que dicen que salvarían el cuadro. La respuesta es que muchas personas, en efecto, dejarían morir al gato en el incendio. La mayoría de quienes se inclinan por salvar la obra de arte son lo que se suele considerar intelectuales, personas con una amplia formación cultural, o bien artistas. En una curiosa encuesta que hicieron en Colombia  hace unos años compararon lo que respondía una reina de la belleza con lo que decían algunos intelectuales. El resultado es que la reina de la belleza dijo que salvaría al perro. Sin embargo, los intelectuales se inclinaron mayoritariamente por salvar el cuadro, aunque a veces con matices.  Una excepción ingeniosa fue la respuesta de Gabriel Ruíz Navarro: “Si el museo es colombiano, yo salvaría el perro, es más, metería todas las obras de Fernando Botero para que también se quemen”.

He hecho algunas prospecciones acerca de este dilema en Internet y parece, en efecto,  existir una diferencia en las respuestas relacionada con la cultura,  o al menos con la implicación en el medio cultural. Parece como si los intelectuales hubiesen descubierto que los seres vivos no son tan importantes como puede parecer de una manera más instintiva y espontánea, o que el arte está por encima del bien y del mal. Tendremos ocasión de profundizar en esta cuestión en otras líneas de sombra, pero ahora vale la pena recordar la respuesta que dan Woody Allen y su colaborador en el guión de Balas sobre Broadway a ese dilema. Porque toda la película es una respuesta a esa pregunta formulada en esa escena aparentemente sin importancia en la terraza de Grenwich Village.

Shayne y Cheech Trabajando en los billares

Shayne y Cheech Trabajando en los billares

Woody Allen, que siempre ha reconocido usar los trucos que aprendió como prestidigitador en sus películas, escribió esa escena para sugestionar a los espectadores, para prepararles para lo que va a suceder, pero lo hace sin que los espectadores lo adviertan. Muchos espectadores, como he podido comprobar en mis clases de guión, no se dan cuenta de que allí, en esa escena interesante pero aparentemente sin importancia narrativa, está la clave, o la premisa o la moraleja si se quiere, de Balas sobre Broadway: ¿Qué es más importante, el arte o la vida?

¿Qué es más importante, el arte o la vida? Click To TweetEl dramaturgo David Shayne, como hemos visto, no duda en afirmar que lo más importante es el arte, pero se trata, como descubriremos, de una opinión de bohemio en una charla. Cuando su socio en la obra, el gangster Cheech, se ve enfrentado a ese dilema: elegir entre el arte (la obra que ha coescrito con Shayne) o la vida (una actriz horrible que destroza la obra) no lo duda. Elige el arte y decide matar a la actriz. Él sí es un verdadero artista o al menos él sí cree que el arte está por encima de todas las cosas, mientras que Shayne, enfrentado en la vida real al dilema de aquel café de Greenwich, descubrirá que piensa lo contrario de lo que dijo aunque tal vez ello se deba, como el propio personaje reconoce a que él no es “un verdadero artista”.


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El pueblo no existe (y la gente tampoco)

Pueblo-60

Estoy seguro de que muchos lectores estarán pensando porque razón he escrito una obviedad como la que da título a este artículo. Todo el mundo sabe que el pueblo no existe.

Eso pensaba yo, que todo el mundo lo sabía, pero de un tiempo a esta parte he observado que cada vez más gente parece creer que el pueblo o la gente sí que existen.

Entiendo que puede parecer  contradictorio escribir que “la gente cree que la gente existe” y después decirle yo a esa gente… que no existe.

Lo entiendo, pero creo que es necesario decir en este momento lo obvio y revelar a algunas personas que no existen, al menos en tanto que “gente” o “pueblo”. Tranquilo, querido lector o lectora, tú sí que existes, y también existe tu novia o tu novio. Una vez aclarado que cada persona individual existe como tal, y tranquilizados en nuestra inquietud ontológica o existencial, conviene insistir en que el pueblo o la gente son los que no existen. Existen como conceptos, eso hay que admitirlo, como palabras que sirven para referirse a un grupo más o menos numeroso de entes individuales como tú o como yo, pero poco más. Intentaré explicar a qué me refiero.

La palabra “pueblo” se puede emplear de diversas maneras, por ejemplo, para referirse a un lugar, como Écija, Badalona o Valdemoro, que son cosas concretas, con sus casas y sus calles, sus hembras y sus hombres, que diría Serrat, sus tabernas, sus iglesias, etcétera, etcétera. También se puede usar “pueblo” para referirse a un conjunto de personas que viven en un lugar, por ejemplo en uno de esos pueblos concretos, o en una ciudad (que también es un ente concreto), o en un país o una nación, que ya no tienen una existencia tan definida, sino que son más bien convenciones. Que sean convenciones no quiere decir que no tengan un tipo de existencia secundaria muy poderosa, que incluye ejércitos (conjuntos de soldados), generales, tenientes, tanques, aviones y bombas, cosas bastante sólidas y efectivas, capaces de acabar con la existencia de entes muy concretos, como tú, querido lector, y como yo. Pero aquí no me quiero referir a esos entes casi metafísicos, pero poderosos y a veces agobiantes, llamados naciones; ni al concepto de “sociedad”, entendido como el ente abstracto, pero también efectivo e influyente, que incluye las relaciones e instituciones que afectan a un grupo más o menos numeroso de individuos. Mi intención es hablar tan solo del concepto “pueblo” entendido como sujeto o protagonista de la acción política.

El uso de la palabra “pueblo” al que me refiero es el que se suele encontrar en frases como “el pueblo quiere…”, “la voluntad popular exige…”, etcétera. Ese pueblo es el que no existe ni ha existido nunca. Ese es un pueblo que para lo único que sirve es para ser utilizado con fines nada recomendables, lo que no es poca utilidad, insisto, para un ente no existente. Ese pueblo soberano que “decide”, que “actúa”, que tiene “voluntad” metafísica y del que algunos se autonombran sus representantes, nunca ha existido. En casi todas las ocasiones ha sido tan solo una excusa empleada por algunos individuos muy concretos que querían alcanzar el poder.  Ahora bien, parece un poco absurdo autonombrarse representante de algo que no existe, el pueblo, la gente, la voluntad popular, la necesidad histórica… Pues sí, parece absurdo y, además, es absurdo. Entonces, ¿por qué se hace? Hay varias razones, una de ellas obvia: como ese pueblo no existe, tampoco puede protestar por el uso que se hace de él. Se puede decir lo que se quiera en su nombre. Pero la verdadera razón es más inquietante.

Se recurre al pueblo, se dice que uno mismo o su grupo representa mejor que los otros al pueblo, a la gente, a la nación, a la voluntad popular, porque, de este modo, se cree contar con una fuente de legitimación que no depende de las establecidas y que es inmune a toda crítica. Si Fulano es la voz del pueblo, ¿cómo podemos atrevernos a contradecirle? Si él es quien sabe lo que el pueblo quiere y lo que el pueblo necesita, ¿quiénes somos los demás para discutirlo? A efectos mucho más prácticos: ¿qué son las instituciones, qué son los diputados, los senadores, los jueces, el sistema legal, las leyes, la libertad de prensa, las garantías de un estado de derecho, ante el empuje imparable de la “voluntad popular”?

El flautista de Hamelin, por John Hassal

Ilustración de John Hassal

El populismo no se define por prometer al pueblo cualquier cosa imposible. Es cierto que esa es una de sus características más notables, pero ese es un rasgo que comparte con partidos que, aunque no sean populistas, sí quieren ser populares, que a menudo también prometen cualquier cosa sabiendo que no podrán cumplirla. La característica verdaderamente distintiva que define a los populistas es considerar que ellos son el pueblo y que ellos saben lo que el pueblo quiere o necesita y, en consecuencia, que ellos, los autonombrados voceros del pueblo, cuentan con una legitimación que les permite saltarse las normas, las leyes y los frenos propios de cualquier estado moderno y democrático. El populismo es una intelectualización moderna del antiguo capricho de los aspirantes a tiranos y de los demagogos, que aseguran que ellos poseen una legitimidad que les permite emplear cualquier medio para alcanzar su objetivo, puesto que hay una instancia metafísica que hace legítimos todos sus actos: en la Edad Media europea se recurría a la Gracia Divina, los chinos lo llamaban la Voluntad del Cielo, ahora se llama la Voluntad Popular.

Eso es lo que se esconde tras la apelación al pueblo, tras la afirmación inmodesta y absurda de que uno representa mejor la voluntad popular que todos los demás, aunque todos los demás sean mayoría según todos los sistemas conocidos de elección y representación. Porque, ¿de qué sirve que los ciudadanos, tomados uno a uno, voten libremente y que, con su ignorante terquedad (“no saben lo que les conviene”), no den la mayoría de escaños a quienes se autonombran la voz del pueblo? No sirve de nada, por supuesto, porque “el pueblo”, como un todo indivisible, sigue ahí firme y compacto, detrás de sus representantes autonombrados, aunque los votos no lo muestren ni lo demuestren. Debemos seguir adelante cumpliendo la voluntad popular, pues estamos legitimados, ya que “nosotros” sabemos lo que el pueblo quiere y necesita, aunque ese mismo pueblo sea incapaz de expresarlo con toda la claridad deseable. El lector sin duda habrá observado, al leer libros de historia o incluso periódicos actuales, que quienes apelan a la voluntad popular, una vez alcanzado el poder suelen conservarlo durante mucho tiempo, puesto que para ellos no existen instancias que les puedan deslegitimar: ni las leyes, ni los resultados electorales, ni siquiera esa voluntad popular de la que tanto hablaban, que ahora ya no hay que tener en cuenta aunque hable, incluso muy alto, en manifestaciones contrarias a ellos.

Gracias a este uso del pueblo, de la gente o de esa misteriosa voluntad popular que algunos tienen el privilegio de escuchar en la intimidad, se puede, en definitiva, neutralizar todos los mecanismos que las sociedades democráticas avanzadas se han otorgado a sí mismas para evitar caer en la arbitrariedad, todos esos mecanismos que intentan evitar, con mayor o menor fortuna, que volvamos a repetir los errores del pasado y seamos víctimas de nuevo de nosotros mismos, de nuestra propia demagogia, del odio de unos hacia otros y de nuestra intolerancia, características que se encuentran multiplicadas en aquellos que se consideran a sí mismos la voz del pueblo. Porque no hay que olvidar que lo más frecuente, tal vez lo inevitable, es que cuando esas personas obtienen lo que desean, el poder, lo primero que hacen es dedicarse a conseguir que el pueblo deje de ser un conjunto de ciudadanos y se convierta en una masa indiferenciada de súbditos.


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