La relatividad del relativismo

nube-palabra-abstracta-para-relativismo-con-etiquetas-y-terminos-relacionadosAlgunos pensadores tienen la curiosa costumbre de defender una idea con ardor hasta lograr que signifique lo contrario de lo que siempre ha significado. Uno de los éxitos más recientes en este sentido el de esa corriente antropológica, luego filosófica, luego política y luego popular y cotidiana que se conoce como “relativismo”. Naturalmente, no me estoy refiriendo a la teoría de la relatividad de Einstein, ni siquiera al relativismo epistemológico sino tan sólo al relativismo cultural.

El relativismo cultural nació de una idea muy sana y razonable, la del respeto a otras personas y a otras culturas, la idea de la tolerancia, la amplitud de miras y el rechazo al dogmatismo y el etnocentrismo. Pero esa idea sana y muy recomendable acabó enfermando hasta convertirse en lo que es hoy: una justificación del abuso, la crueldad, la discriminación y cualquier otra cosa… que haga una cultura ajena.

Todo queda justificado y tolerado siempre que proceda de una cultura que no es la nuestra, porque cualquier barbaridad que alguien pueda cometer ya no puede ser juzgada si pertenece a otra cultura. De este modo, el relativismo cultural se ha convertido en el mejor ejemplo de aquello que decía Chesterton: “El error es una verdad que se ha vuelto loca”. Es una de esas verdades que eran válidas en ciertos contextos, en cierto campo de acción, pero que se vuelven locas al querer aplicarlas de manera absoluta e indiscriminada a todo lo existente.

Es obvio que Freud hizo muy bien al descubrir o redescubrir el gran papel que la sexualidad tiene en la infancia, lo que causó el mayor de los escándalos en su época, pero que hoy aceptamos con bastante naturalidad aunque todavía no con toda la naturalidad deseable. Pero cuando Freud convirtió su descubrimiento en una explicación para todo lo que existe, entonces esa verdad se volvió loca y se convirtió en un error. Lo mismo le sucedió a su discípulo heterodoxo Adler, que descubrió la importancia del ansia de poder y que entonces decidió explicar ahora por el poder todo lo que antes Freud explicaba por el sexo.

El relativismo también tiene entre sus precursores a muchas personas justamente célebres. A todos los que se separaron ya hace varios siglos del etnocentrismo, un vicio habitual en casi cualquier cultura, porque el etnocentrismo no es sólo eurocentrismo, sino también africanocentrismo, cristianocentrismo, incacentrismo, aymaracentrismo o sinocentrismo (no en vano los chinos llaman a su país Zhong Guo o País del Centro). En Europa, hace varios siglos, algunos pensadores se opusieron a esa obsesión por la superioridad de las normas de la propia cultura. Lo hizo Montaigne, lo hicieron muchos de los ilustrados franceses y lo hizo Goethe, que se atrevieron a mirar más allá de sus fronteras nacionales o étnicas. No sólo sintieron una curiosidad enorme hacia otras culturas, sino que también intentaron escuchar lo que decían otras gentes, aplicando lo que entonces se llamaba tolerancia, una palabra que quizá suena demasiado paternalista pero que sigue siendo válida, como intentaré demostrar más adelante.
MontaigneMontaigne, en su ensayo De los caníbales (que inspiró a Shakespeare La tempestad y su personaje Caliban), se preguntó si no tendrían razón algunas de esas personas “primitivas” que los europeos se habían encontrado en América. Se aventuró a sugerir que algunas de sus prácticas serían beneficiosas y aplicables en Europa, incluso el canibalismo, y que muchas de las nuestras eran más bárbaras que las suyas. Sin embargo, eso no le hizo justificar  las prácticas crueles o sanguinarias. Diderot, en su Suplemento al viaje de Bouganville, se hizo preguntas semejantes y se mostró partidario de lo que se suponía que practicaban los habitantes de Tahití: una especie de amor libre en el que el concepto de fidelidad era considerado absurdo.

Emperador Ming-Muchos otros, como Leibniz o Voltaire admiraron algunas formas de organización del Imperio Chino, pero no cayeron en una idealización de lo chino exagerada, como han supuesto algunos historiadores, puesto que la China de la que les llegaban noticias era la de la dinastía Ming, en ese momento probablemente más avanzada en muchos sentidos que Europa. Tras la caída de los Ming a manos de una dinastía extranjera, la de los manchúes, la Qing, China perdió esa ventaja y todavía no la ha recuperado, aunque es posible que lo haga en las próximas décadas. Pero la admiración hacia la dinastía Ming estoy seguro de que no les haría justificar (si lo hubieran conocido, cosa de la que no estoy seguro) prácticas abominables como el vendado de pies de las mujeres.

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Por su parte, Goethe, se interesó por el Lejano Oriente, pero también por la gran cultura del Islam, y con su Diván de Oriente y Occidente buscó lo mejor de los dos mundos e incluso se consideró a sí mismo musulmán, entre otras muchas cosas que Goethe se consideraba, como panteísta, siempre a su manera única, moderada y extravagante al mismo tiempo.

Todos estos escritores y filósofos no es que fueran tolerantes de una manera paternalista, sino que estaban realmente interesados en aprender lo que otras culturas y  gentes educadas de distinta manera pudieran enseñarles. Su investigación y comparación con lo diferente les llevaba a proponer mejoras para su cultura, pero también para la ajena.

Por el contrario, los relativistas culturales, a pesar de proclamar ardientemente su respeto a las otras culturas, adoptan una actitud peor que cualquier paternalismo, porque son quienes más desprecian a las culturas ajenas, al no considerar ni siquiera posible discutir con ellas. Porque, en efecto, sucede que en una conversación franca y equilibrada uno debe estar dispuesto no sólo a cambiar de opinión sino también a intentar que el otro cambie de opinión dándole buenos argumentos, precisamente porque lo respeta y lo considera un interlocutor que es capaz de escuchar y que acepta llegar a ser convencido. El buen relativista cultural, por el contrario, está dispuesto a escuchar y entender el punto de vista ajeno, pero por alguna extraña razón, tan solo de la misma manera que un psicoanalista escucha pacientemente a su paciente o un cura a su pecador. Convierten cualquier diálogo en un monólogo de una única dirección. La diferencia es que el psicoanalista y el cura se reservan el veredicto final. Los antropólogos relativistas, puesto que no quieren juzgar, han concluido que tampoco deben dialogar.

Otro defecto más grave de los relativistas culturales es que cuando dicen respetar a una cultura, en realidad lo que hacen es respetar a los poderosos de esa cultura, a aquellos que, escudándose en tradiciones culturales, abusan de sus ciudadanos, que a la mayoría de las veces ni siquiera son ciudadanos, sino tan sólo súbditos, siervos o esclavos.

Las culturas, sin embargo, no son entes homogéneos, sino una mezcolanza de tradiciones, costumbres, obras literarias y orales, discusiones y debates, que son llevadas a cabo por personas de carne y hueso, cada una con sus propias opiniones acerca de lo que esa cultura es o debe ser. Hay personas que aunque pertenecen a una cultura no se sienten identificadas con ella, y también, por supuesto, hay variedades culturales muy diversas en una misma cultura, con valores a veces opuestos. A todas esas personas, a todas esas posibilidades, los relativistas las olvidan y las subsumen en una construcción teórica llamada “Cultura”, en cuyo nombre todo es justificable.

Hace poco pudimos escuchar a uno de estos relativistas culturales decirlo claramente: “Su ideología fue el desencadenante de sus acciones, que deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura a la que pertenece”. Y no, por tanto, desde la nuestra.

¿Qué quería justificar este relativista cultural con esa apelación a una cultura diferente?

El asesinato de 77 personas en Noruega a manos de un tal Breivik. A continuación, ofrezco las palabras del abogado de Breivik, y espero que el lector esté de acuerdo en que no he manipulado su sentido al parafrasearlas hace un momento:

“La violencia no fue el factor desencadenante de sus acciones, sino su ideología política radical. Sus acciones deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura de la extrema derecha”.

MussoliniLa defensa es coherente con la que hacen los relativistas culturales, aunque ellos suelen aplicar sus argumentos a los sacrificios humanos, la ablación del clítoris, el uso del velo, es decir, a cualquier cultura que no sea “occidental”.

Mucho tiempo antes, otras personas dijeron cosas semejantes a lo que dijo el abogado de Breivik, como Mussolini, cuando dijo que los sabios de Europa pensaban que no se podían discutir o juzgar culturas ajenas. Eso le hizo llegar a la conclusión de que, puesto que no se pue­den com­pa­rar de manera racio­nal ideas pro­ce­den­tes de diver­sas cul­tu­ras para intentar encontrar una verdad más o menos objetiva, lo único que queda es la fuerza:

 “Si el relativismo significa desprecio por las categorías fijas y por los hombres que aseguran poseer una verdad objetiva externa…, entonces no hay nada más relativista que las actitudes y la actividad fascistas” (Mussolini en 1923).

Este discurso de Mussolini, en el que una y otra vez se declara relativista, es una elocuente muestra de que el relativismo cultural es el camino más breve para justificar lo que parece  (pero solo lo parece) su opuesto: el etnocentrismo, es decir, la creencia que afirma que la propia cultura es superior a las demás, que, como dije más arriba, es lo que han sostenido y sostienen casi todas las tradiciones culturales. El relativismo cultural, por lo tanto, no es otra cosa que la generalización universal de la creencia en la superioridad de la propia cultura, que ahora se aplica, de un solo golpe, a todas las culturas posibles: si alguna cultura opina X, entonces X es bueno.

Por mi parte, frente a ese falso respeto de los relativistas culturales por “los otros”, prefiero a los antiguos defensores de la tolerancia y el diálogo, capaces de escuchar y también, por supuesto, de discutir y de cambiar sus propias ideas, algo que no se puede hacer si uno ha renunciado a tener ideas.


[Publicado el 27 de junio de 2012]


RELATIVISMO

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Desmitificadores y relativistas

lem-vacioVacío perfecto es otro libro fascinante, que me reafirma en considerar a Lem como el Lauzier de la ciencia ficción, o de la narrativa en general. Lauzier (naturalmente, esta es una opinión estrictamente personal) es al comic lo que Tom Wolfe es al periodismo y Lem a la narrativa, aunque no sabría trazar la figura geométrica exacta que une a estos autores. Es evidente que los tres son lo que Carlo Frabetti denomina ‘desmitificadores de los desmitificadores’. O quizá Frabetti los llama ‘desmitificadores de la cultura’, pero yo no estoy de acuerdo con esa definición y prefiero la reseñada antes.

Naturalmente, hay que tener en cuenta que los desmitificadores profesionales son los mayores mitificadores que han existido: destruyen cien mitos por hora, pero crean doscientos nuevos.

En la nómina de los desmitificadores de los desmitificadores, se puede incluir a mucha más gente: Nabokov, Buttler, Swift, quizá Lubitsch, Chesterton, etc. También tienen afinidades con los cínicos griegos (el lugar de los desmitificadores lo ocuparían, quizá, los epicureos y los escépticos).

Pero, como sé que esta terminología es confusa, intentaré explicar de otra manera qué tienen en común Lem, Wolfe, Lauzier, Nabokov y Chesterton, por citar sólo a cinco.

Aunque parezca ingenuo  yo creo que lo que tienen en común es que piensan. Piensan mucho. Piensan en las pequeñas cosas y en las grandes cosas.
No se dejan cegar por los fuegos de artificio, se resisten a dejarse llevar por la corriente de las frases hechas y las ideas tópicas, y permanecen siempre alerta: “Quizá engañéis a otros -podrían decir- pero no me engañáis a mí” .

Wolfe reacciona frente a las teorías artísticas, Chesterton, entre otras cosas, contra la dialéctica de los poderosos; Nabokov, especialmente contra el psicoanálisis, y Lauzier frente a los tópicos de cierta izquierda simplista. En una entrevista, por ejemplo, Lauzier tiene el valor de enfrentarse al mito del 68. Para él, los resultados de aquel suceso han sido la creación de una cultura para menores de edad.

El campo de batalla de Lem es mucho más amplio.

Pero, como en casi todas las cosas, creo que lo mejor es poner ejemplos.

En Schtroumpf, Lauzier ataca despiadadamente, pero en mi opinión con justicia, a la llamada B.D. adulta:

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“Se dice que la B.D. (Comic) adulta nació en 1968, y yo no he visto aún una BD que contase lo del 68. Los autores se masturban el cerebro para encontrar ideas sin interés… Me da la impresión de que los creadores de comic escriben no importa qué. Es un delirio que ¿cuánto va a durar? Considero que la BD para adultos es una mierda. Los críticos de BD califican de genial cualquier pequeña mierda que aparece. En la BD, en el teatro, en el cine, Mayo del 68 ha significado una catástrofe. Es una regresión infantil; el propósito inicial era otro ciertamente, pero el resultado ha sido esto.”

En comic, en pintura, en el cine, en las diversas artes, en la literatura e incluso en la filosofía, asistimos a un torrente de productos de ínfima calidad que son calificados de geniales, de originales. Pero, en realidad, es muy difícil hallar una idea original, una verdadera creación, en parte alguna. Naturalmente, hay excepciones, pero pocas. Eso es lo que son Wolfe, Lem y Lauzier: excepciones.

Gente que no se deja llevar por la corriente de la autocomplacencia, del dorarse la píldora unos a otros, que no aceptan nada antes de reflexionar sobre ello. Pero, en general, no se puede calificar a estos autores de escépticos, pues el escepticismo militante y dogmático no es sino una perversión de la ingenuidad. Ellos combaten, entre otras cosas, el relativismo cultural que no se pronuncia sobre nada, no opina nada y no ofrece nada, excepto una colección de datos. Ese relativismo que confunde la tolerancia y la amplitud de miras con el carecer de opinión.

No obstante, yo no me atrevería a decir que la situación actual es una novedad: lo desmienten las observaciones de Chesterton sobre el siglo XIX y las de algunos escritores griegos acerca de una época distante en más de 2000 años. Supongo, pues, que es una característica común a todas las épocas.

Martin Gardner también podría ser incluido en este grupo; en uno de sus ensayos explica precisamente las dos clases de escepticismo: él colabora en una revista llamada Skeptikal Inquirer. Esta revista antes se llamaba Zetetic y la dirigía Marcello Truzzi:

“Después de los tres primeros números, se hizo evidente que había profundas diferencias filosóficas entre lo que Truzzi deseaba que fuese la revista y los deseos de los otros miembros de la comisión. Nosotros queríamos una revista de apoyo abierto, que adoptase una firme posición contra las formas más absurdas de la moderna pseudociencia. Truzzi pensaba que hasta los chiflados como Velikovsky debían ser tratados con respeto. Quería que la revista efectuase diálogos entre los escépticos y los verdaderos creyentes, para presentar ambas partes de las controversias actuales. En resumen, quería una revista con un tono objetivo neutral, en contraste con lo que calificaba de mero “desenmascaramiento . El resto de nosotros no consideramos que desenmascaramiento fuese una palabra tan negativa. Pensábamos que, cuando la seudociencia se sumerge en el ámbito del irracionalismo, es apropiado ejercer el humor contra ella, y hasta ridiculizarla.”

Creo que lo anterior deja bien claro cuáles son las dos clases de escépticos:

a) aquellos que no creen en nada ni se pronuncian sobre nada. El escéptico griego, por ejemplo: “considera todos los argumentos en pro y en contra de cada tesis y ve que se equilibran. Él no toma partido… Tanto valen unas soluciones como otras, pues ninguna vale nada”.

b) aquellos que desconfían, que examinan atentamente los argumentos en pro y en contra para intentar descubrir cuáles tienen más garantías de ser ciertos. Aquellos que creen en la razón como medio de decisión.

Obviamente, yo estoy de acuerdo con estos últimos.

Antes he asociado a los modernos relativistas con los escépticos griegos, y a sus oponentes (la segunda clase de escépticos antes señalada) con los cínicos. También dije que los epicúreos podrían ser incluidos en ese grupo de escépticos relativistas, ahora añadiría que al otro grupo podrían pertenecer algunos sofistas (tan injustamente despreciados)

 

*********

[4 de diciembre de 1987]

NOTA EN 2013: algunas asimilaciones y comparaciones hoy me parecen muy discutibles y varias definiciones son un poco imprecisas y quizá no muy exactas, pero en general estoy bastante de acuerdo con lo que decía aquí.

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RELATIVISMO

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Creadores y desmitificadores

[Nota 2019: esto son unas notas privadas, poco antes de estudiar Filosofía en la universidad]

CREADORES         DESMITIFICADORES          DESMITIFICA_DESMITIFICADORES
platónicos            epicúreos
estoicos                                                         escépticos
aristóteles                   algunos sofistas y los cínicos
Demócrito                                                            Sócrates
Pitagóricos                                                           algunos sofistas

Como esta concepción de la evolución cultural me parece interesante, intentaré desarrollarla. Primero quiero señalar que en los tres grupos del gráfico hay cosas buenas y cosas malas.

El primer grupo es el de los creadores. Sus concepciones tienen un carácter eminentemente dogmático -lo que no impide que algunos sean tolerantes, especialmente Demócrito-, debido precisamente a su intención de crear un sistema sólido. A veces uno de estos creadores puede ser discípulo de un desmitificador de los desmitificadores, como Platón respecto a Sócrates.

Pero, para no utilizar esta terminología confusa y posiblemente errónea, cambiaré los nombres. La cosa queda así:

Sistematizadores         Relativistas             Escépticos

Naturalmente, no utilizo estos terminos buscando su sentido literal, por lo que cualquier discusión lingüística me parece inútil.

Por ‘sistematizadores’ entiendo aquellos pensadores que a partir de datos u opiniones pretenden costruir un sistema más o menos coherente, que pueda explicar la realidad o ayudar a comprenderla. Por ‘relativistas’ entiendo aquellos que creen que es imposible pronunciarse sobre cualquier cuestión, aquellos que, como el escéptico Pirrón de Elis, opinan que “tanto las sensaciones como los juicios nos equivocan; que todo es indiferente e indecible, y que no se puede tener opinión ni preferencia: “su estado mental es el de epojé, donde ni se afirma ni se niega nada”.

Por ‘escépticos’ entiendo aquellos que, más que nada, se ciñen a la etimología de la palabra (repito que esto lo hago por comodidad, no es mi intención meterme en cuestiones lingüísticas), pues escéptico significa ‘el que indaga’. Es decir, los escépticos saben que no existe una Verdad absoluta (como ingénuamente creen los seguidores de Pirrón), es decir, que sólo existen verdades parciales y provisionales (en la ciencia) y, por lo demás, visiones de conjunto que no son ni verdaderas ni falsas, pero que nos ayudan a orientar nuestra acción en el mundo (todo esto lo he sacado de la Enciclopedia Salvat).

He buscado otro término diferente para este tercer grupo (los escépticos) para eliminar la confusión de que la mayoría de los escépticos griegos pertenecen al grupo de los relativistas) pero no he hallado ninguna mejor. Creo, sin embargo, que sistematizadores, relativistas y escépticos son términos fácilmente comprensibles.

Algunas puntualizaciones: los nombres de los tres grupos sólo tienen -ya lo he dicho- un carácter aproximativo, es obvio que los escépticos, e incluso los relativistas pueden ser creadores y que estos pueden ser escépticos o relativistas en mayor o en menor medida. También puede darse el caso de que un relativista haya sido escéptico o cualquier otra combinación, o que sea ambas cosas, por extraño que parezca.

Por ejemplo, si Demócrito hubiese vivido más tarde, posiblemente yo lo incluiría en el grupo de los escépticos, pues Demócrito era antes que nada un indagador, pero en su época había pocos precedentes que examinar (los eleatas, los pitagóricos y los milesios).

Vuelvo al gráfico, incluyendo más nombres:

SISTEMATIZADORES
Platón
Aristóteles
Estoicos
Demócrito
Pitagóricos

RELATIVISTAS                                                 ESCÉPTICOS
Epicúreos                                                             algunos cínicos
Escépticos                                                            algunos sofistas
algunos sofistas                                                  Sócrates
algunos cínicos

He de señalar que aquí, como se ve, sólo me refiero a la época antigua y que las flechas no tienen ningún significado cronológico, pues es evidente que Sócrates, por ejemplo, es anterior a Aristóteles y Epicuro.

A trancas y barrancas voy avanzando en la definición de estos tres grupos. Se podría decir que ahora no hago más que recopilar datos. Más adelante intentaré ordenarlos de manera más coherente.

Por el momento voy a intentar explicar por qué he incluído a quienes he incluído en cada grupo.

Yo mismo no estoy seguro de que mi clasificación sea correcta y quizás rectifique.

Primero, para eliminar desde ya las confusiones -aunque ya está bastante explicado- explicaré por qué incluyo a los escépticos seguidores de Pirrón en el grupo de los relativistas. Los escépticos pirronianos, dice Mosterín, opinaban lo siguiente:

“No podemos decir lo que son las cosas en sí, sólo lo que son en relación a nosotros, como representaciones nuestras. Por tanto, hay que suspender el juicio sobre lo que las cosas sean efectivamente y con independencia de nosotros. Esta suspensión del juicio se llama epojé y costituye el primer paso hacia la sabiduría. De la epojé se sigue la aphasia, la abstención de afirmar o negar, en definitiva, el silencio. Esta epojé y esta aphasia, este abstenernos de enjuiciar y de asertar, acaba por eliminar de raíz las inquietudes, los temores, los problemas, conduciéndonos a la impasibilidad, a la calma, a la tranquilidad anímica (ataraxía) en que consiste la felicidad.”

Y también dicen:

“El fin escéptico consiste en la calma (ataraxía) respecto a las opiniones, y en el equilibrio de las pasiones… A la suspensión del juicio sigue felizmente la calma de las opiniones”. Disueltos los problemas que atormentaban nuestra mente, ésta descansará en el silencio, en la calma, en la felicidad”.

Como se ve, el escepticismo pirrónico tiene muchos puntos de contacto con el zen, aunque el zen cree que no pensando se llega a comprender, mediante la iluminación, la esencia del universo. Aunque de esto hablaré más adelante, he de admitir que los escépticos pirrónicos merecen mucho más respeto que sus modernos paralelos. También el escepticismo explica de manera no mística algo que el zen pretende explicar misticamente.

Hay grandes aciertos en las opiniones de los escépticos griegos (que a veces merecen integrase en el grupo de los ‘escépticos’). Decía Pirrón: “No postulo que la miel sea dulce, pero admito que parece dulce”.

Un escéptico tardío, como Carnéades se halla más cerca del grupo de los escépticos que del de los relativistas.

“En definitiva, aunque ninguna representación es reconocible en el sentido estoico y ninguna es garantía de verdad, sin embargo, unas representaciones son más fidedignas que otras. En consecuencia, tampoco todas las opiniones son indiferentes. Unas opiniones son más probables o verosímiles que otras.”

Lo que demuestra que los escépticos no siguieron el camino marcado por Pirrón y decidieron suspender la suspensión del juicio.

Por ello, rectifico:

RELATIVISTAS                  ESCÉPTICOS
algunos escépticos            Carnéades y otros escépticos

Naturalmente, si alguien me demuestra que todos los escépticos opinaban como Carnéades, los incluiré en el grupo de los ‘escépticos’.


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