Conversación con los muertos

Estoy muy de acuerdo con Descartes cuando dice:

   “La lectura de libros que han sido escritos por personas capaces de darnos buenas enseñanzas es una especie de conversación que tenemos con los autores”.

 Es cierto y además, en mi caso, establezco con los autores, en esta ocasión con el propio Descartes, conversaciones tan interesantes como las que se pueden establecer con una persona que te habla.  ¡Lástima que no haya una replica! Sería estupendo un libro que te respondiera.


 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[viernes 5 de enero de 1990]

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Originally posted 1990-04-06 16:30:52.

El pesimista optimista
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /5

Frente a un equívoco frecuente, creo que hay que distinguir entre el optimismo y el pesimismo en cuanto actitudes ante la vida y, por otra parte, lo que es una valoración optimista o pesimista acerca de una situación determinada. El optimismo y el pesimismo como tales son actitudes ante la vida o estados de ánimo transitorios o permanentes, no descripciones ni valoraciones.

Si alguien examina la situación en África difícilmente podrá extraer una “conclusión optimista”, si entendemos optimista como sinónimo de “positiva”. Por fuerza su conclusión ha de ser negativa y pesimista. Pero esa manera de entender optimismo y pesimismo como sinónimos de valoración positiva o valoración negativa, creo que es correcta, pero tiene poco interés desde el punto de vista psicológico.

Otra cosa es que esa persona que obtuvo una conclusión “pesimista” (es decir, negativa) se proponga hacer algo para mejorar la situación en África. En este caso, su actitud ante su propia tentativa sólo puede ser optimista, a pesar de que pueda considerar que el proyecto tiene muchas posibilidades de fracasar, o aunque en el fondo considere que se tratará de una gota en el océano, que en ningún caso podrá solucionar el problema. Aunque piense eso, esa persona debe actuar como si creyera que va a servir para algo, porque de no ser así, parece absurdo siquiera que actúe.

Pasta-dentífrica-nihilista-2

Ahora bien, no es mi intención caer en el recurso fácil de decir que si alguien actúa entonces es optimista y si no lo hace es pesimista. A esa conclusión llegaron los pesimistas en su facción nihilista, para quienes su valoración acerca del mundo, muy pesimista o negativa, se correspondía con una acción o una no acción que diera coherencia a ese fatalismo. A pesar de ello, muchos nihilistas se convirtieron en terroristas, una de esa paradojas inexplicables tan frecuentes en la vida ideológica: “el mundo no tiene sentido, así que voy a contribuir a que mi acción en el mundo tenga aún menos sentido”, o bien: “No vale la pena hacer nada, así que haré lo peor”.

Admito, pues, que tanto un pesimista como un optimista pueden actuar en una situación determinada, aún sabiendo que lo que hacen no va a servir para nada, pero conscientes de que no se puede hacer otra cosa, ya sea porque les mueve el sentido del deber o porque realmente no hay posibilidad de hacer otra cosa.

Pero a lo que he querido apuntar en esta breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo es a algo que se podría comparar con lo que sucede con la dicotomía también clásica entre los genes y el ambiente: que los genes influyen, y a menudo decisivamente, es obvio, pero sucede que con esos materiales, esos cientos de tiras elásticas que nos sostienen, como dice Dawkins, podemos hacer muchas cosas diferentes, a veces opuestas y contradictorias: convertirnos en un asesino o en un salvador de vidas, en alguien que desarrolla sus posibilidades o en alguien que se conforma con vivir una vida mediocre. Las tiras elásticas de la metáfora propuesta por Dawkins nos sujetan en cierto modo, pero también nos permiten una gran amplitud de movimientos. Porque, aunque en los genes estén codificadas muchas cosas, desde luego no está codificado el universo entero con el que tendremos que interactuar. En lo que se refiere al optimismo y el pesimismo, sea cual sea la situación en la que nos encontremos, nuestro estado de ánimo y nuestra actitud puede empeorarla o mejorarla, a veces levemente, otras de manera radical. Por eso es por lo que creo que vale la pena distinguir entre la valoración de una situación y la manera de hacerle frente.

Continuará...

 

 

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[Escrito en junio de 2004]

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BREVE INVESTIGACIÓN ACERCA DEL PESIMISMO Y EL OPTIMISMO

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El efecto placebo y algo más (o menos)
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /3

placebo.Vuelvo a tratar el tema del optimismo y el pesimismo, ahora para ver su relación indudable con el efecto placebo: nos dan un azucarillo diciéndonos que es una potente medicina y nos ponemos mejor.

Hasta hace poco el efecto placebo se consideraba un interesante fenómeno psicosomático que parecía consistir en que nuestro convencimiento de que estábamos tomando una buena medicina podía hacer que nos sintiéramos mejor (aunque no lo estuviéramos), o que al mejorar nuestro estado de ánimo nuestro organismo luchaba mejor contra la enfermedad. Sin embargo, hace poco se ha descubierto que el efecto placebo es literal: no es que no percibamos o no hagamos tanto caso al dolor que realmente sentimos, es que no lo sentimos.

“Encontramos que los placebos disminuyen la respuesta cerebral al dolor en áreas que parecen codificar la magnitud de la experiencia dolorosa. Esto sugiere que dicha experiencia se altera realmente”. ( Dr. Tor Wager, de la Universidad de Columbia en Nueva York, en Doyma)

El efecto placebo parece mostrar, pues, que el optimismo ante un tratamiento determinado puede contribuir a mejorar nuestra salud. Eso plantea ciertos problemas, algunos seguramente insolubles. Por ejemplo, la obligación de informar al enfermo de lo que le pasa y no ocultárselo deliberadamente. Es un derecho, establecido por ley más o menos explícita en muchos países, al que es difícil oponerse, debido a diversas razones. Pero eso no impide que si el asunto nos afecta personalmente, y si sabemos que un medicamento no tiene efectos positivos más allá del efecto placebo, dudemos si no será mejor decirle a alguien a quien queremos que el medicamento funciona.

placebobottles

Sin embargo, hay que tener en cuenta que recientes investigaciones parecen mostrar un resultado aún más asombroso del efecto placebo: en algunos casos funciona incluso si el paciente sabe que está tomando un placebo, es decir, incluso si sabe que es mentira que el medicamento sea efectivo. Eso debería hacernos sospechar que al menos parte del efecto placebo no se explica por el autoengaño del paciente, sino simple y sencillamente porque hay un porcentaje de pacientes que mejorará tome lo que tome. Es decir, dada una muestra de enfermos, un porcentaje de ellos, supongamos que entre un 10 y un 15 por ciento, mejorará, incluso aunque no tome nada, confíe o no confíe en sus medicinas y piense o no piense que se va a curar.

Es algo que saben muy bien quienes venden las llamadas medicinas alternativas, entre ellas los productos homeopáticos. Incluso en el peor de los casos (la nula efectividad del producto) siempre habrá pacientes que mejorarán por simple casualidad o por muy diversas causas no relacionadas con el producto curativo en cuestión.

Imaginemos a 100 personas que quieren adelgazar. Al cabo de tres meses, si volvemos a examinarlas, descubriremos, por ejemplo, que:

el 55 por ciento se mantienen en el mismo peso

el 25 por ciento han engordado

el 20 por ciento han adelgazado

Eso sucederá en cualquier circunstancia. No hay ningún misterio en ello. Los porcentajes pueden variar, pero es obvio que el 100 por cien de las personas no se mantendrán tal como estaban. Así, pues, si alguien hace un tratamiento a esas cien personas con cualquier cosa, al cabo de un tiempo podrá atribuir el 20 por ciento de mejoras a su intervención. Además, el 55 por ciento que se mantenga estable, quizá hasta repita el tratamiento, porque, al fin y al cabo, no ha empeorado y, además, tiene el testimonio de los que han mejorado. En cuanto a los que han empeorado, es fácil no tener en cuenta su testimonio con diversas tácticas: no han seguido bien el tratamiento, son precisamente un porcentaje “inevitable” en los que no funciona el producto, etcétera. Aunque el mejor truco, que se emplea a menudo es presentar los resultados de la siguiente forma:

“El 75% de las personas tratadas se ha mantenido estable o ha adelgazado”

Continúa en: Y ahora… el efecto nocebo

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BREVE INVESTIGACIÓN ACERCA DEL PESIMISMO Y EL OPTIMISMO

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[Publicado por primera vez el 10 de octubre de 2005 en Mundo Flotante]

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COMENTARIO A “LOS PRINCIPIOS DE LA FILOSOFÍA”, DE DESCARTES

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La maledicencia

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Aunque ahora apenas se usa la palabra maledicencia, su existencia parece probar que se creó porque aquello a lo que se refiere era bastante frecuente, tanto como para merecer una palabra propia. Maledicencia: hablar mal de los demás.

Sería agradable pensar que la palabra que describe el vicio de hablar mal ya no se emplea debido a que ha desaparecido el vicio, pero me temo que la verdadera razón de su poco uso es que “hablar de los demás” es casi equivalente a “hablar mal de los demás”. Del mismo modo que la crítica parece identificarse siempre con crítica negativa, sólo se habla de los otros para hacerlo mal. Conozco a algunas personas que incluso cuando elogian algo en realidad están criticando lo que no es como esa cosa que elogian.

Si fuese cierto aquello de que cuando hablan mal de ti se oye un zumbido, el mundo entero se hallaría hora tras hora y minuto tras minuto sumergido en un continuo zumbar, de tal modo que las orejas comenzarían a vibrar como alas de pájaro y con tanto movimiento acabarían desprendiéndose y cayendo al suelo.

Hablar mal de los que hablan mal de los demás, como hago yo aquí, supone tal vez una paradoja, puesto que estoy haciendo lo que repruebo. Cierto.

maledicencia2

Uno de los problemas de los maledicentes es que son en gran medida rehenes de aquellos a los que critican, pues sus vidas están demasiado pendientes de los errores ajenos, y sus mentes demasiado obsesionadas por buscar una nueva grieta en la que hundir la piqueta y pasarse unas cuantas horas demoliendo el terreno ajeno, en vez de edificar uno propio.

Y claro, eso mismo me sucede a mí al hablar de los maledicentes. Así que, para no ser rehén de ellos, para no ser vencido al vencer a mis enemigos, seré muy breve, pues ya se sabe que el veneno puede curar siempre y cuando se inocule sólo una dosis diminuta: una muestra del bacilo de la gripe te inmuniza contra la gripe, pero demasiado veneno te mata, o al menos te contagia.

Si hablo de los maledicentes es sólo como legítima defensa. Su manera de ser y de comportarse está tan extendida y es tan universalmente aceptada que quienes no gustamos de sus hábitos somos vistos como hipócritas.  Al parecer, sólo hay dos opciones:

1) Hablar mal de los demás

2) No hablar mal de los demás… y por tanto ser un hipócrita.

  Yo creo que existen más posibilidades, al menos una más: no hablar mal de los demás y no ser un hipócrita. Y tampoco un santo, ni un aspirante al paraíso de los bobos, al trono de los ingénuos o a la legión de los que no tienen sangre en las venas.

Por supuesto que yo también hablo a veces mal de los demás, pero la diferencia es que lo hago sólo a veces.  Cuando se es maledicente sin descanso, en realidad ya no se dice nada. Si uno está todo el día calificando a sus compañeros de trabajo, a los políticos o a los otros conductores de idiotas, estúpidos, descerebrados, hijos de puta, indeseables, tontos, inútiles, etcétera, entonces es como si ya no dijera nada. Mi opinión es que hay reservar los insultos para las grandes ocasiones.maledicencia

En definitiva, lo que yo pido es un cierto sentido de la proporción. Describir a alguien como hijodeputa no significa nada si aplicamos esa descripción a varias personas a lo largo del día. Se convierte en algo completamente plano y carente de significado.  Es una cuestión de grado, de medida, y, como le dije a un amigo hace un tiempo, hablar mal de los demás, insultar, denigrar y detestar a todo y a todos sin descanso expresa más cosas acerca de quien lo hace que acerca de aquellos a quienes se dirige el insulto.

Una mente que se ocupa tanto de los demás, de lo malo de los demás, está diciendo mucho acerca de sí misma, de su manera de moverse por el mundo, de su tolerancia y flexibilidad, de su soberbia y de su egocentrismo en el peor de los sentidos. De lo que busca y, por tanto, de lo que encuentra. Porque uno suele encontrar lo que busca.

En descargo de los maledicentes, hay que admitir que su actitud no siempre nace de su propio fondo moral, emocional o intelectual, sino que está fuertemente condicionada por un hábito que,  al menos en España, está tan extendido que es ya una moda, por no decir que es sencillamente una tradición.

Una moda o una tradición que ejerce una presión indudable sobre todos nosotros, puesto que en muchos lugares y situaciones parece exigirse hablar mal de los otros para socializar bien. En ocasiones, si no lo haces, incluso te miran mal: “No tienes opiniones, eres un hipócrita, no observas la realidad o quieres edulcorarla, te las das de santo, te falta carácter”, etcétera.

Al parecer, en otros países, al menos en el trato cotidiano, se da menos maledicencia y menos mala leche. No sé si es cierto o no. Y no sé si detrás de ello habrá hipocresía o no. Pero quizá sea necesario recordarles a los partidarios de la autenticidad que la hipocresía y el fingimiento son a menudo virtudes sociales tan importantes como la cortesía. Supongo que lo mejor es no ver la vida como un maledicente, pero, en caso de que suceda así, me parece recomendable un poquito de hipocresía, al menos para disminuir el estrés, la simpleza y la fatiga de oír siempre las mismas cosas y el mismo tono en tantas conversaciones.

Y de pronto me detengo. No estoy siendo breve. Debo terminar ya. ¿Me habré contagiado?

 

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Algo más sobre la maledicencia: El diablo y la maledicencia.

He hablado de la dependencia y el contagio al que se exponen los maledicentes en: El contagio por los adversarios

[Escrito el 9 de diciembre de 2003.
Publicado el 9 de diciembre de 2004 en Angkor Byt]

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[Que incluyen temas como “optimismo y pesimismo”, virtudes y defectos”, etc]

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COMENTARIO A “LOS PRINCIPIOS DE LA FILOSOFÍA”, DE DESCARTES

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El placer y la salud

Epicuro decía que la ausencia de dolor ya era placer, incluso consideraba que era el mayor de los placeres. No es extraño, si tenemos en cuenta que, según parece, Epicuro soportó mucho dolor físico a lo largo de su vida.

Eso pensaba mientras iba caminando feliz por la calle y preguntándome por qué tanta gente se queja cuando no está enferma. Y en estas sanas reflexiones, recordé una cita de uno de mis filósofos favoritos, que ya incluí en Esklepsis 2 y en el blog Wordls, y que aquí repetiré de nuevo:

“Hay gente que dice que la vida no es más que un tejido de desgracias; lo cual viene a decir que la existencia es una desgracia; mas si la vida es una desgracia, la muerte es todo lo contrario: la felicidad, puesto que es lo opuesto a la vida. Esta consecuencia puede parecer indiscutible. Pero los que así hablan son sin duda pobres o enfermos, porque si gozaran de buena salud, si tuvieran el bolsillo bien repleto, alegría en el corazón, Cecilias, Marianas y la esperanza de algo mejor todavía, ¡oh!, seguro que cambiaban de parecer. Yo los considero una raza de pesimistas que no puede haber existido más que entre filósofos indigentes y teólogos mauleros o atrabiliarios. Si existe el placer y sólo se puede gozar de él estando vivo, la vida es dicha. Existen desgracias, yo sé algo de eso; pero la existencia misma de esas desgracias prueba que la suma de la felicidad es mayor. Entonces, porque en medio de un montón de rosas se encuentren algunas espinas, ¿hay que ignorar la existencia de tan hermosas flores? No; es una calumnia contra la vida el negar que son un bien. Cuando estoy en una habitación oscura, me agrada infinitamente ver, a través de una ventana, un horizonte inmenso frente a mí.”     (Giacomo Casanova)

Y lo más asombroso es que cuando Casanova escribió este pasaje y la frase final, vivía amargado, enfermo, débil, olvidado y anciano en el Castillo del Dux de Bohemia, donde era objeto de burlas y desprecios. Tan sólo de tanto en tanto se le exhibía como mono de feria para que recordara sus pasadas hazañas amorosas y el resto de sus aventuras, como la fuga de los Plomos, sus viajes a España, Inglaterra, Turquía o Rusia, o su época de embustero místico.

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[1 de marzo de 2005]

 

Aristóteles en Toledo y la nariz de Freud

Aristóteles no estuvo en Toledo, que yo sepa, quizá porque no era tan viajero como su maestro Platón y porque, según tengo entendido, el viaje más largo que hizo fue a Macedonia para educar a Alejandro Magno, o tal vez porque, aunque hubiese llegado a la Península Ibérica, la ciudad de Toledo o Toletum todavía no existía. Pero, aunque no haya estado en Toledo, yo sí he estado con él en Toledo, con su Poética, que he vuelto a leer en el autobús que me llevaba de Madrid a Toledo esta mañana.

El anterior es un inicio enrevesado que me sirve para comentar tres o cuatro cosas que me han llamado la atención de este libro que todavía sirve para aprender acerca de la escritura, el teatro o el cine, y eso teniendo en cuenta que está incompleto. Pero las cosas que voy a comentar no tienen que ver con la dramaturgia, sino con otros asuntos.

En el autobús, mientras leía la Poética, no podía dejar de darme cuenta de que mi compañero de asiento sentía una gran afición a hurgarse la nariz. Yo intentaba colocarme lo más escorado posible para no ser distraído por este espectáculo, que no venía incluido con el precio del billete, pero era imposible. De pronto leí un pasaje de Aristóteles que decía exactamente:

“A continuación de lo dicho conviene tratar de lo que deben procurar y evitar los autores, así como de la nariz de donde procede el efecto específico de la tragedia”

La verdad es que me extrañó ver una nariz en este contexto, así que releí el pasaje:

“A continuación de lo dicho conviene tratar de lo que deben procurar y evitar los autores, así como de la raíz de donde procede el efecto específico de la tragedia”.

Resulta que mi compañero de viaje se había introducido tan profundamente en mi cabeza que incluso saltó desde allí a la Poética. Es como esos lapsus linguae de los que hablaba Freud: quieres decir una cosa pero dices otra, la que realmente piensas.

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[Publicado el 8 de febrero de 2005 en Monadolog]

Aristóteles

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CUADERNO DE FILOSOFÍA

Además de las entradas que puedes ver a continuación, hay otras entradas dedicadas a la filosofía, incluyendo comentarios a libros de Descartes, Aristóteles, Demócrito, ética y otros asuntos filosóficos aquí: FILOSOFÍA)

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Un optimista es sólo un pesimista…

INVESTIGACIÓN ACERCA DEL PESIMISMO Y OPTIMISMO /1

Un optimista es sólo un pesimista

…bien informado.

En la continua pugna entre pesimistas y optimistas, hasta hace poco los optimistas se llevaban todo lo bueno, excepto la capacidad de informarse: “Un pesimista es sólo un optimista bien informado”, o bien: “un optimista es sólo un pesimista mal informado”, decían, ufanos, los pesimistas.

No estar informado implicaba para el optimista algunas de las siguientes calificaciones: ingenuidad vergonzosa, complicidad con el sistema, ceguera ante lo que le rodea, indiferencia hacia el sufrimiento, buenismo infantil…

Naturalmente, no todos los optimistas acumulaban esa ristra de defectos, pero eso era más o menos lo que se daba a entender al decir que estaban mal informados: si estuviesen bien informados, se convertirían en pesimistas. Dicho de otra manera: eran optimistas porque estaban mal informados. Ya lo decía García Márquez: “Cuando yo era feliz e indocumentado”.

Heráclito y Demócrito, por Johann Moreelse. Hay que suponer que el joven es Demócrito, aunque su actitud es extraña, más que reír, parece disfrutar con el dolor de su compañero.

Las cosas están cambiando y ahora resulta que los optimistas están mejor informados que los pesimistas, algo que ya sabíamos quienes nos situábamos más cerca del optimismo que del pesimismo, precisamente porque estábamos mejor informados.

Resulta que las personas optimistas, como leí hace poco en una revista de divulgación científica, viven mucho mejor que los pesimistas. No sólo porque su carácter les hace capaces de enfrentarse a los problemas, a los mismos problemas que derrumban a los pesimistas, sino también porque su manera de ver el mundo les da más oportunidades de disfrutar de cosas que a los pesimistas les pasan al lado sin que las vean. Incluso se podría decir que los optimistas disfrutan más del tiempo (e incluso de más tiempo), porque  pierden mucho menos tiempo lamentándose.

Sin embargo, el problema que tienen los optimistas es que desde un punto de vista filosófico su postura tiene poco glamour. Excepto entre la mayoría de los filósofos de la antigua Grecia, algunos heterodoxos de la India, varios taoístas, algunos raros filósofos chinos de la época de las cien escuelas y muchos de los ilustrados (que eran pesimistas informadísimos y, por tanto, optimistas), no recuerdo ahora muchos pensadores que considerasen que la meta del ser humano ha de ser la búsqueda de la felicidad, o que la postura vital más adecuada es el optimismo, sobre todo en los últimos doscientos años.

Se da la curiosísima paradoja de que la fe en el progreso, considerada hoy en día como un cachivache filosófico que hay que tirar a la basura, siempre decae en los momentos en los que precisamente se demuestra que las cosas pueden mejorar, dando pábulo a que los pesimistas se hagan con el mando proclamando que nada tiene remedio, pero asegurando que ellos tienen la solución, casi siempre dolorosa y sangrienta, como todo tratamiento drástico y radical. Una paradoja de este tipo es la de los fervorosos fans de la alienación, que consideran alienadas precisamente a las sociedades menos alienadas, que son casualmente las que ellos tienen el privilegio de habitar. En las sociedades verdaderamente alienadas es imposible percibir siquiera la alienación.

Pero ahora la diferencia entre optimismo y pesimismo se empieza a poder medir, y como parece que si una cosa se mide entonces es más cierta (lo que tiene su parte de verdad, quizá también cuantificable), el optimismo empieza a tener cierto glamour intelectual, porque al menos la ciencia lo respalda. El problema es que este glamour está en riesgo de perderse a causa de la avalancha de libros de autoayuda más o menos simplistas que inundan las librerías.

 

Continúa en: Los libros de auyoayuda

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[Publicado el 10 de octubre de 2005 en Mundo Flotante]

NOTA en 2012: Quizá sea necesario aclarar que mi opinión acerca del optimismo no tiene absolutamente nada que ver con esa moda llamada “pensamiento positivo”, que consiste más que nada en negarse a ver la realidad y practicar el autoengaño.

ENSAYOS DIGITALES

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El hombre de la ventana

A Lichtenberg se le conocía en Gotinga, donde pasó casi toda su vida, como “el hombre en la ventana” (der Mann am Fenster) porque se pasaba los días mirando por la ventana. Llevaba una vida muy retirada, aparte de sus clases en la Universidad, aunque no aislado del mundo, pues mantenía correspondencia con pensadores y científicos, como Goethe y Kant, y recibía a todo tipo de visitantes. Kant también era célebre por un hábito: dar un paseo a las cinco de la tarde. Los parroquianos ponían el reloj en hora al verle aparecer en la plaza.

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[Publicado el 21 de junio de 2004 en Mazda]

Lichtenberg

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La suavidad de las costumbres

Enrique José Varona, un filósofo cubano que vivió entre 1849 y 1933, decía:

  “El hombre no se moraliza con mandatos; suavícese el medio natural y social en que se desenvuelve y se suavizarán sus costumbres, y su inteligencia será el reflejo de esos sentimientos más humanos y por consiguiente más morales”.

Esto es tan cierto, creo yo, que hay que evitar siempre que se pueda el ejemplo brutal y asocial: la guerra, la disputa enconada y sangrante, la descalificación del adversario como persona o como ser humano, no sólo por lo que de malo tienen en sí tales cosas, sino por el peligro de que sean imitadas.

La primera Guerra Mundial, aquella guerra que iba a acabar con todas las guerras, rompió todos los tabúes que la sociedad europea había ido adquiriendo con gran esfuerzo, y volvió a poner la violencia en primer plano político. Seguramente fue la influencia determinante que hizo que el movimiento obrero se inclinase de una manera lamentable hacia la violencia y la revolución violenta. Y también fue el ejemplo que permitió el surgimiento del fascismo y del nazismo. En vez de apartarse horrorizados del infierno de esa guerra, los seres humanos parecieron quedar fascinados. La violencia llama a la violencia.

Tenemos ejemplos más recientes: el terrorismo islámico despertó la violencia imperial de Estados Unidos, que a su vez alentó de nuevo el terrorismo. Las guerras y el terrorismo contra Israel provocan la represión bárbara israelí, que a su vez realimenta el criminal terrorismo palestino, que a su vez realimenta los métodos brutales y asesinos de Israel. Al final ya nadie se acuerda de cuál es la causa y cuál el efecto y lo más probable es que sea imposible saberlo con precisión, pero la violencia continúa sin fin.

Vuelvo a Varona.

Creo que, como él dice, hay muchos aspectos brutales en la cultura que se van corrigiendo a medida que se suavizan las costumbres. Un ejemplo es el de cómo la gente del campo trataba a los animales. Frente a la idealización de la sensibilidad del hombre primitivo, del “buen salvaje” y del hombre de campo, la realidad suele ser muy diferente y la insensibilidad que muestran hacia los animales puede llegar a resultarnos incomprensible y bárbara: les importa o importaba bien poco el sufrimiento de los animales, porque para ellos eran tan solo instrumentos.

Del mismo modo, poco a poco se van abandonando costumbres bárbaras en las sociedades desarrolladas. Espero que la próxima sea la de la fiesta de los toros. Cualquiera que esté en contra de esta ceremonia cruel sabe que es muy difícil convencer a sus partidarios, pues esgrimen mil y una razones cuidadosamente elaboradas a lo largo de decenios de dialéctica: tradición, supervivencia del toro de lidia, arte… Razones similares se utilizaron para justificar el esclavismo, las luchas de gladiadores o los castrati.

Los castrati eran muchachos a los que se castraba para que en la adolescencia no cambiaran la voz y unieran a la clara voz infantil el dominio de la técnica de un adulto y su control. Ahora, con toda razón, nos parece que esta práctica es una barbarie que no se puede permitir. Existe una grabación del último castrato, Alessandro Moreschi, al que encontraron unos periodistas de la BBC en el Vaticano cuando iban a entrevistar a Pio X, creo. Era un hombre ya mayor, pero conservaba algo de aquella extraña voz que fue considerada la más excelsa, por encima de la de contratenor y la de tenor.

Los castrati habían sido por lo general chicos pobres del sur de Italia, que estaban condenados a una vida miserable, de la que escapaban gracias a ser castrados. Se consideraban a sí mismos unos privilegiados, como puede verse en las Memorias de Casanova (que se enamoró de uno de ellos) y en la película Farinelli. La castración, por tanto, sacaba a estos niños, de la pobreza y se sabe, además, que si la operación se hacía con atención podían conservar la virilidad, aunque no la capacidad de procrear. A pesar de ello, con horror y con razón, nos alejamos siquiera de plantear ahora esa posibilidad. Sin embargo, todavía muchos aceptan argumentos a favor de la fiesta de los toros, razones que ocultan el horror que significa que allí, en la plaza, haya un animal al que están martirizando, mientras que nosotros, en vez de reaccionar o vomitar, contemplamos ese espectáculo e incluso somos capaces de disfrutar de ello.

Goya mostró que no sólo los toros sufrían la fiesta, sino también los caballos

La fiesta de los toros, que antes se practicaba en muchos países de Europa, como Inglaterra, fue prohibida a medida que las costumbres se fueron suavizando. Tal vez el aislamiento de España impidió que aquí también fuesen prohibidas, pues durante la República las ideas antitaurinas avanzaban rápidamente. Lamentablemente, también en los toros, todavía somos hijos de la dictadura franquista y de su rancia brutalidad, que hizo de este rito una de sus señas de identidad.


[Escrito el 9 de julio de 2004]


ÉTICA, SOCIEDAD Y COSTUMBRES

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BREVE INVESTIGACIÓN ACERCA DEL PESIMISMO Y EL OPTIMISMO

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Las dudas y las certezas de Descartes

La primera parte de Los principios de la filosofía de Descartes,  se divide en setenta y cinco apartados, en los que Descartes desarrolla los principios de su filosofía.

La duda
Los seis primeros puntos se refieren a la duda, duda que ha de preceder al establecimiento de cualquier principio: “Para indagar la verdad hay que dudar cuanto se pueda de todas las cosas, al menos una vez en la vida”.

Esta apelación a la duda como paso preliminar a todo conocimiento cierto y seguro, causó muchos problemas a Descartes, como muestra Popkin en su Historia del escepticismo, acusándose a Descartes de haber abierto la compuerta a todos los escepticismos.

Todo ello, pese a la insistencia de Descartes en que la duda es el camino a la certeza y no a la incredulidad e incertidumbre de los escépticos, ya sean estos pirrónicos o académicos. Sin embargo, ya Arnauld, en sus objeciones a las Meditaciones de Descartes, dedicó un apartado a “las cosas que pueden llamar la atención de los teólogos”, proponiendo al autor que añadiese un prefacio en el que se dijese que no se duda de todo “de veras y en serio”.

Más adelante, dice Arnauld que las palabras de Descartes “pueden servir a muchos que hoy se inclinan hacia la impiedad… para combatir la fe y la verdad de nuestra creencia (Meditaciones Metafísicas, 177)”.

Por otra parte, después de tan radical puesta en cuestión de todo lo que se ha aceptado irreflexivamente, sorprende la gran coincidencia entre los principios ciertos que halla finalmente Descartes y los que aprendió en la escuela de jesuitas de La Fléche. Porque, precisamente en estos apartados, se refiere Descartes a los prejuicios, en especial aquellos aprendidos en la infancia, antes de tener uso de razón.

Volviendo a la duda misma, dice Descartes que hay que dudar de las cosas sensibles y de las imaginables, pero también de las demostraciones matemáticas. Descartes llega a admitir la posibilidad de que no exista Dios, pero lo que no llega a poner en duda, y esto no sería aceptado por algunos fácilmente, es el libre albedrío, de tal modo que esta certeza de “la libertad que hay en nosotros” parece preceder a la certeza clásica basada en el dudar.

Hobbes, precisamente en sus objeciones a las Meditaciones de Descartes, objeta, en el curso de la discusión acerca de la presciencia divina y el libre arbitrio que el segundo no está probado. La respuesta de Descartes es que “no hay nadie que observándose solamente a sí mismo deje de sentir que la voluntad y la libertad son una misma cosa, o, más bien, que no hay diferencia entre lo voluntario y lo libre.”

Por otra parte, Husserl, en sus Meditaciones Cartesianas, señala otra certeza que existe previamente en Descartes, la de su misma noción de la filosofía:

“Para Descartes era algo ya de antemano comprensible de suyo que la ciencia universal tenía la forma de un sistema deductivo, y que todo el edificio tendría que apoyarse sobre un cimiento axiomático, fundamentante de la deducción”.

A esta noción previa de una ciencia universal semejante a la geometría se refiere Descartes, como ya hemos visto, en la Introducción a los Principia (hay que recordar que Aristóteles consideraba más cercana a la ciencia de los primeros principios la Aritmética que la Geometría, Met.982a 29-30) .

Husserl, plantea así el problema que a Descartes le pasó inadvertido o no consideró importante:

“¿Qué pasa ahora con la indubitabilidad de esa misma idea, la idea de una ciencia que hay que fundamentar absolutamente, puesto que ya no tenemos a nuestra disposición ninguna ciencia dada -pues, en efecto, ninguna está en vigencia para nosotros- que sirva de ejemplo de tal auténtica ciencia? “

En cualquier caso, y volviendo a los Principia, Descartes, mostrándose nuevamente prudente a la manera aristotélica, advierte que la duda teórica, por muy profunda que llegue a ser, “no debe afectar a la práctica de la vida” .

Hay que suponer, sin embargo, que una vez culminada la reflexión promovida por la duda, los resultados de la misma habrán de afectar de algún modo a la vida práctica, pues el filósofo debe seguir en su vida práctica las consecuencias a que le conduce su reflexión teórica, que diría Juan de Salisbury.

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[Apuntes de filosofía escritos antes de 2000]


Descartes

Descartes

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 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

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