Creer en todo

Yo estoy más cerca de creer en todo que de no creer en nada. Soy escéptico porque sigo investigando y ecléctico porque busco en todos lados. Soy, por tanto, escléptico, neologismo que inventé cuando hice la revista Esklepsis.

Pero, aunque me parece más razonable pensar que existe todo, incluso lo imaginario y los espejismos, antes que pensar que no existe nada (ni siquiera yo mismo pensando que no existe nada), también creo, con Chesterton, que actualmente no es que la gente haya dejado de creer en Dios para entonces no creer en nada, sino todo lo contrario: la gente ha empezado a creer en todo. En los signos del zodiaco, en la sal derramada que da mala suerte, en las estadísticas, en las señales de Paulo Coelho, en la economía, en el determinismo genético que diferencia a hombres y mujeres, en el oráculo del Yijing (I Ching), en el tarot…

Cuando se trata de cosas como las anteriores, yo soy más bien puramente escéptico: creo que existen 12, 13 o 14 casas zodiacales (las tradicionales y las del cielo verdadero, con la Serpiente y la Ballena) y creo también que unas personas son valientes, otras tímidas, otras inseguras y otras inquietas. Creo que existen ambas cosas, pero, a pesar de lo que dicen las revistas del corazón y los astrólogos de feria, no consigo creer que exista alguna conexión entre las dos cosas: entre las estrellas del cielo y la personalidad de las personas.

Me apetece abrir un cuaderno digital escéptico o, por decirlo de manera más precisa, anti-supersticiosa. Al hacerlo, me comportaré así como un verdadero cristiano, pues el cristianismo rechaza la superstición, casi con la misma energía que emplea para ocultar que el cristianismo es otra superstición.

El primer texto está dedicado a la astrología: La influencia de los planetas


SUPERSTICIONES ANTIGUAS Y MODERNAS

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||Lo dudo \1


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Liberales y marxistas

Creo que muchos de los llamados liberales han hecho más por la humanidad que casi todos los teóricos de la izquierda más o menos marxista. Seguramente es más importante leer a John Stuart Mill para luchar por la libertad que a Marx, y creo que sus escritos políticos (no los económicos, que no he leído pero que según creo no son muy agudos) siguen siendo actuales, útiles y estimulantes para un pensamiento de izquierdas (de lo que yo considero izquierda, claro), mientras que muchos de los escritos de los marxistas aparecen ya como lo que realmente siempre fueron: palabrería seudocientífica de gentes que se creen en posesión de verdades reveladas.

Naturalmente que bajo esa palabrería hay un montón de buenas ideas y de estupendos propósitos, pero que a menudo ni siquiera les pertenecen.

He aprendido mucho de Marx y Engels, pues eran personas muy inteligentes pero, como suele suceder con los filósofos que construyen sistemas filosóficos, la mayoría de sus ideas dependen de ese sistema, con lo que una vez que cae el sistema cae con él su contenido. Lo mejor, ahora, sería renunciar, por fin, al cientifismo de Marx y editar sus mejores ideas en forma de breves fragmento o aforismos: Perlas marxistas.

Es muy posible que gran parte de su análisis de la sociedad sea correcto, pero ese análisis debe ser incluido, con menos ruido y furia, en las disciplinas de la economía, al política y la economía política, junto a otros teóricos como David Ricardo, Malthus, Keynes, etcétera, muchos de ellos liberales. Quitarle, en fin, el halo de Mesías o Profeta. Puede que también sea cierto que algunas de las ideas de Marx acerca de cómo llegar al socialismo sean válidas, puesto que el marxismo, como el cristianismo ya ha defendido casi todo: “esto y lo contrario”.

No en vano, el ultimo intento de salvar a Marx consistió en recuperar los llamados Manuscritos, textos de carácter más filosófico, precisamente porque en ellos aparecía un pensador menos dogmático y en teoría menos inhumano, que permitió mostrar aquello que se llamaba el lado humano o humanismo, que tanto despreciaba Sartre (El existencialismo no es un humanismo), y que lo hacía más compatible con el cristianismo y con los nuevos vientos de mayo del 68. Pero fue en vano.

Hace muchos años, yo diría que antes de la caída del Muro de Berlín (1989), cerca de la estación de metro de Bilbao o de Alonso Martínez, discutía con mi amigo Marcos. Acababa de escribir un trabajo polémico para él a partir de otra discusión anterior: él decía que Tucídides era progresista y yo decía que era conservador. Mi tesis, desarrollada en esa investigación, para la que leí muchos libros (además de a Tucídides completo) le convenció y no quiso escribir un trabajo para refutarme.
Entonces, en un tono similar al que inició el asunto de Tucídides, hablamos de Marx y de lo que quedaba de Marx. De lo que se podía aprovechar. Para Marcos todavía quedaba bastante, para mí, casi nada. ¿Entonces que hacemos con Marx?, me preguntó. “Tirarlo a la basura” le respondí.

Eran momentos más duros que estos en el tema del marxismo (ya averiguaré el año por el trabajo de Tucídides), que aunque iba perdiendo poder todavía era la filosofía dominante en el mundo intelectual. Felipe González, dirigente del PSOE español, era marxista o acaba de dejar de serlo. Mi respuesta fue una respuesta polémica a propósito, porque también en esa época era moderado en la expresión de mis odios y afectos (lo que no quiere decir que sea siempre moderado en mis odios y afectos, a veces no: una cosa es lo que se siente y otra cómo se dice).

Y fue polémica porque de pronto me sentí impulsado a ser radical, sin duda porque estaba molesto tras tantos años de agobio marxista con su ciencia política y su gregarismo, porque estaba harto de todas las instrucciones que nos daban acerca de lo que había que hacer y de lo que había que pensar, lo que había que gritar y lo que había que justificar (quizá ya no tan claramente a Stalin, pero si a Lenin, por ejemplo, cosa que todavía hace mucha gente).

Porque la verdad es que no creo que haya que tirar a nadie a la basura, y tampoco a un libro. Ni lo creo ahora, ni lo creía entonces. Si mi memoria no me traiciona, creo que enseguida dije que era sólo una manera de hablar (es muy posible que escribiera esa conversación ese mismo día, así que la buscaré).

Ante la insistencia de Marcos en que quedaban muchas cosas buenas de Marx, le dije que del mismo modo que en el caso de Tucídides, haría una investigación y un trabajo contra Marx, y que él hiciera otro a favor de Marx. Empecé a tomar notas y a leer y releer libros de Marx, Engels y los marxistas, pero lo dejé a medias, porque quería hacer algo demoledor pero absolutamente convincente, y eso requería mucho trabajo. Ahora me arrepiento de no haberlo llevado a cabo, porque, hay muy pocos escritos que se ocupen seriamente de refutar a Marx. Lo único que encuentras son panfletos de la derecha o de la izquierda (anarquistas y comunistas heterodoxos) que suelen consistir más en una serie de descalificaciones que en un estudio razonado.

Lo mejor acerca del tema es posiblemente la tercera parte de La Sociedad Abierta y sus enemigos. Este es un libro que está prohibido citar entre la izquierda, como en la época dorada de la Rusia Soviética estaba prohibido leer el 1984 de Orwell, El dios desnudo, de Howard Fast o Del cero al infinito de Arthur Koestler.

La sociedad abierta y sus enemigos es uno de los libros que mejor defiende la libertad y una sociedad más justa, atacando a Platón; Hegel y Marx. Pero resulta que Popper, otro peligroso liberal como Mill, era de derechas, al menos en sus últimos 30 o 40 años, y su nombre es anatema entre las filas de la izquierda, a pesar de que sus ideas son a veces la mejor arma contra la derecha, contra el conservadurismo y contra los propios liberales, y a favor de la libertad y una sociedad abierta, en la que, precisamente, una izquierda justa podría imponer pacíficamente sus ideas. Popper en ese delicioso libro es tan hermoso y útil como lo es John Stuart Mill en Sobre la libertad.

Sin embargo, al no haber hecho ese trabajo en su momento, cuando el marxismo todavía era un gigante que abatir, ahora ya resulta difícil ponerse a la tarea, pues el gigante ha caído. Tal vez se incorpore de nuevo, pero mi sensación ahora es como la de Swann en En busca del tiempo perdido, cuando quiere saber si Odette le era infiel o no y supone que lo sabrá cuando Odette ya sea definitivamente suya y el amor se haya diluido con los años y y también los celos, pero ese deseo tan grande de saber si aquella noche ella, estaba sola o no, resulta que también se diluye llegado el momento:

“Pero este problema tan interesante, que iba a poner en claro en cuanto se le acabaran los celos, perdió precisamente toda suerte de interés en cuanto dejó de estar celoso (A la sombra de las muchachas en flor)

Incluso se le diluyó a Swann el deseo de vengase de Odette cuando ya no la amara:

“Con el amor se fue el deseo de demostrarle que ya no había amor” .

Es como lo que cuenta mi padre, Iván Tubau, en Matar a Victor Hugo: cuando era joven, prometió vengarse años después de un jefe que le maltrató, pero, cuando tuvo la oportunidad de vengarse ya no tenía ningún deseo de hacerlo. Al Iván Tubau adulto  ahora le resultaban indiferentes las promesas de aquel joven Iván. Quienes no creemos en la venganza ni en la saña con los caídos, obtenemos mucho menos placer cuando el monstruo está a merced de nuestros golpes que cuando tenemos que golpearle para salvar nuestra vida (al menos nuestra vida mental). Ahora que ha llegado el día (desde hace años) en que el marxismo ya no nos domina, ni siquiera tengo anhelos de señalar a todos aquellos que justificaron tantas atrocidades, pero sé que a veces hay que hacerlo, para no dar pie a malentendidos, y como solían decir ellos: “para hacer justicia a las víctimas”. A sus víctimas.


El 12 de mayo de 2008 recibí un comentario a esta entrada de Gustavo:

“Te pierdes en tu propia “palabrería”, como dices tú.
Predicar la muerte del marxismo no lo matará.
Me temo que por más que lo intentaras no podrías “demoler” las ideas marxistas.
O tal vez sí, pero tendrías que partir desde las propias ideas marxistas, pienso yo…
Desde el liberalismo lo dudo mucho”.

A lo que respondí:

“Me temo que las cosas, por el momento, indican lo contrario: el marxismo, tal como lo hemos conocido, ya no existe, por lo que no es necesario demolerlo.
Muchas de sus ideas han sido incorporadas al conocimiento común y válido de la economía o la filosofía; otras se han considerado erróneas; algunas serán recuperadas, bastantes de ellas matizadas o corregidas.

Y sí, tienes razón, una parte de la crítica al marxismo se puede usar partiendo de las ideas marxistas, pues el propio Marx, como él mismo decía en una brillante e ingeniosa metáfora, era, sin saberlo, un engranaje de la maquinaria, es decir de la sociedad victoriana en la que vivía. Y, por supuesto, no podemos aceptar hoy el machismo de Marx ni su dogmatismo, ni su intolerancia, por mencionar dos aspectos que no comparte Stuart Mill.

En cuanto al liberalismo, tal vez hayas pensado que yo soy liberal o lo defiendo. En absoluto. No lo soy. Me gusta aquello que decía Chesterton: “Siempre he creído en el liberalismo, pero hace tiempo que perdí la ingenuidad infantil de creer en los liberales”.
Es algo que se podría aplicar al marxismo también.

La verdad es que no creo mucho en las categorías como “marxismo, liberalismo, capitalismo, comunismo”, etcétera, etcétera, y no menciono a Stuart Mill para defender al liberalismo (¿cuántos liberales de hoy en día defienden, como hacía él, la legalización de las drogas?), más bien considero, como él mismo declaró en una ocasión, que él era más bien socialista.

También creo que eso que hoy se llama “liberalismo” merece sin duda una crítica tan demoledora como la que en su día mereció el “marxismo”. No creas, por tanto, que si me di cuenta del exceso “marxista”, soy ciego y sordo al “liberal”.
En conclusión, creo que el marxismo y el liberalismo se pueden demoler o simplemente poner en cuestión desde muchos puntos de vista, pero el que a mí me gustaría en particular sería el de una verdadera izquierda.


[Publicado en 2003]

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