¿Dónde están los escritores soviéticos?

A menudo muchos nos hemos preguntado dónde están los escritores soviéticos que la Revolución de Octubre prometió. El que tan pocos de los partidarios del régimen comunista hayan pasado a la historia de la literatura es otra de las vergüenzas de las antigua Unión Soviética.

Nina Berberova anciana con su foto de joven

Sin embargo, si resulta posible encontrar a grandes escritores soviéticos: son precisamente los exiliados, los torturados, los fusilados, los traidores pequeñoburgueses, los enemigos de clase a los que no había que leer:

“Hoy, al pensar en aquella época, me doy cuenta de que el aniquilamiento de la intelligentsia no se produjo de manera inmediata y brutal. Fue, por el contrario, un proceso complejo, que incluyó un corto período de expansión durante el que disentir no resultaba fácil. Algunos triunfaban y caían a la vez, arrastrando a otros a su perdición. Al cabo de algún tiempo, las víctimas ya se contaban por cientos; después, por miles.”

Al principio, la persecución afectó a cualquiera que no estuviera de acuerdo con la cúspide de poder, ya fuera Lenin o Stalin, pero poco a poco afectó casi a cualquier escritor o intelectual, incluso a los que creían estar contribuyendo a ese nuevo régimen:

“Desde Trotski, pasando por Voronski, Pilniak, los formalistas y sus discípulos, hasta los futuristas y los jóvenes poetas surgidos del proletariado y del campesinado, cuyas obras no dejaron de despuntar hasta el final de los años veinte y que sirvieron al nuevo régimen con convicción y sinceridad. Desde los barbudos ancianos que habían participado en las reuniones de la Sociedad Filosófica y Religiosa de principios de siglo hasta los miembros de la V.A.P.P., la Asociación Panrusa de Escritores Proletarios, que habían lanzado —al parecer, en el momento oportuno— el eslogan que preconizaba la necesidad de poner la cultura al alcance de las masas, todos fueron barridos sin excepción”.

Berberova cuenta que la cultura fue barrida de manera sistemática, pero también cambiante, en función de quiénes ocuparan el poder o de las nevas directrices políticas aprobadas. Lo que ayer era revolucionario, hoy se convertía en reaccionario sin que se supiera muy bien por qué:

 

“No se eliminaba a las personas como individuos, pero sí como miembros de un grupo, de un movimiento o de una «clase». La represión estaba planificada igual que la producción en serie. Así suprimieron a Mandelstam y prohibieron a Zamiatin escribir. Hasta al final de los años treinta, la política cultural formaba parte integrante de la política general; de la de Lenin y Trotski, primero; de la de Zinóviev, de Kamenev y de Stalin, después, y, finalmente, de la de Stalin, Ejov y Zdánov. El resultado fue la desaparición de los nacidos hacia 1880; después, la de quienes lo hicieron alrededor de 1895 y, al final, la de la generación de 1910”.

Tres generaciones de escritores rusos fueron eliminadas por los dirigentes comunistas, pero ahora esos son precisamente los nombres a los que recurrimos cuando queremos hablar de la gran literatura rusa del siglo XX. De muchos de ellos ni siquiera conocemos su nombre, de otros sabemos que escribieron, aunque sus obras fueron destruidas o se perdieron, tal vez para siempre, basta con recordar el caso de Vida y destino de Vasili Grossman, que se creía definitivamente perdida, pero que pudo ser recuperada por disidentes y publicada por fin en 1980, dieciocho años después de la muerte del propio Grossman.

 

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[Publicado el 9 de marzo de 2010]

EL RESTO ES LITERATURA

POLÍTICA

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El subrayado es suyo (de Nina Berberova)

Uno de los libros que estoy leyendo estos días es también uno de los más hermosos que recuerdo, las memorias de Nina Berberova, tituladas El subrayado es mío.

A cada página que leo me asombro y conmuevo al observar su inteligencia y su sensibilidad. Son las memorias de un tiempo difícil, dificilísimo. Berberova vivió los últimos años de los zares, a los que detesta, los primeros de la Revolución, las purgas, las persecuciones, el exilio afortunado que la salvó del barbarie, y el terror. Y, a pesar de todo, se declara feliz por haber vivido en el único siglo en el que una mujer podía ser libre:

“Cuando llegué, todo estaba ya en su sitio. Los tesoros se extendían a mi alrededor, sólo había que cogerlos. Soy libre de vivir donde y como quiera, de leer, de pensar lo que quiera, de escuchar a quien quiera. Soy libre en las calles de las grandes ciudades cuando, perdida entre la multitud, deambulo sin rumbo fijo bajo una lluvia recia, murmurando versos; cuando paseo por el bosque o a orillas del mar, sumida en una soledad beatífica, mecida por mi música interior; cuando cierro la puerta de mi habitación tras de mí. Elijo a mis amigos. Me llena de contento que los enigmas de mi juventud se hayan dilucidado. Nunca finjo ser más inteligente, más bella, ni mejor de lo que soy. Vivo en medio de una increíble e indescriptible abundancia de preguntas y respuestas y, para ser absolutamente sincera, diré que las desdichas de mi siglo más bien me han servido: la revolución me liberó, el exilio me templó y la guerra me proyectó hacia otro mundo”.

En las primeras páginas, Berberova intenta explicar las razones para escribir su autobiografía. Son páginas de una belleza inusual, que nacen de la sencillez con la que dice las cosas más importantes y de la claridad y profundidad de su juicio:

“Me he esforzado por buscar el sentido de la vida, sin idea preconcebida alguna. Intento, simplemente, comprenderme, a mí misma y a mi pasado, y, para ello, relato los hechos y las reflexiones que me han inspirado”.

Confiesa también, sin falsa modestia, lo importante que ha sido para ella observarse a sí misma, conocerse:

“Nunca he sido capaz de observar a los demás con la atención y la profundidad con que me observo a mí misma. A veces he intentado hacerlo, sobre todo en mi juventud; pero con poco éxito. Quizá haya gente capaz de conseguirlo, pero no he conocido a nadie. Lo cierto es que nunca he conocido a alguien que supiera ahondar en mí más que yo misma. El conocimiento de mí misma ha sido un factor constante en mi vida, pero no sabría decir en qué momento lo alcancé. Recuerdo muy bien, por el contrario, en qué momento supe que la tierra era redonda, que las personas mayores habían sido niños en su día, que Lincoln había liberado a los negros (durante mucho tiempo, al contemplar el rostro triste y sombrío de Lincoln, creí que era negro), o que mi padre no era ruso. Hasta donde alcanza mi memoria, siempre he intentado conocerme, de manera diferente según la edad, por supuesto. A veces, esa preocupación se amortiguaba y sólo pervivía en mí de un modo vago, como entre mis veinte y treinta años; otras, guiaba mis pasos de manera firme y rotunda, como durante mi primera infancia y después de la cincuentena. Ahora permanece en mí más enérgica y urgente que nunca”.

 

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[Escrito el 9 de marzo de 2010]

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