Casualidades

Tal vez algún lector de estos weblogs se haya dado cuenta por casualidad de que a menudo digo frases como: “Quiso el destino que al día siguiente…” o “Un azar caprichoso ha querido…”, o, en fin: “La casualidad ha querido…”

Me gustan mucho estas suposiciones acerca del orden o desorden hipotético del cosmos que se esconde tras nuestros actos y quiero aclarar hoy de qué manera contemplo las casualidades.

Yo cometo la vulgaridad inexcusable de ver las casualidades como casualidades.

Si digo que una amiga de mi madre suscitó en mí la imagen de la serpiente y que un día después la casualidad quiso regalarme un sobre de azucar con el signo chino de la serpiente; y que un día más tarde, al consultar unas páginas de astrología, recordé que mi signo en el nuevo cielo astrológico ya no es Sagitario, sino Ophiochus, la serpiente… si aludo a estas tres casualidades sucesivas y a continuación concluyo que voy a  adoptar la imagen de la serpiente para mis ensayos polémicos, no lo hago porque crea que tras esas casualidades sucesivas se esconde un orden o un propósito oculto que dirige mi vida.

No creo tal cosa porque, como ya dije, me tomo las casualidades como verdaderas casualidades: ese es para mí su verdadero encanto y su interés real.

Si tras esas serpientes sucesivas se esconde un mecanismo determinista (espiritual o material), entonces dejan de ser casualidades y se convierten en piezas triviales de una maquinaria vulgar y de una Inteligencia cósmica más bien simplona.

Por ello, para un creyente en las casualidades como soy yo, no hay nada más pernicioso que creer que las casualidades tienen un motivo, porque entonces ya no son casualidades.

Y sigo en este mi cerebro supletorio que es mi página web con un tema relacionado: Creer en todo.


[Publicado el 24 de diciembre de 2003]

EL AZAR Y LA NECESIDAD

Lo causal y lo casual

Casualidades

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Casualidades significativas y narrativa

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SUPERSTICIONES ANTIGUAS Y MODERNAS

Creer en todo

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La influencia de los planetas

||Lo dudo \1


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Casualidades causales

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La ciencia astrológica

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El oro alquímico

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Siete maneras de ser, según los jainistas

Los jainistas pensaban o piensan que cuando respondemos acerca de lo que una cosa es, no existen  dos posibilidades (es/no es), sino siete. Me pregunto cuáles son.

Tal vez:

1- Sí es

2. No es

3. Sí es y no es

4. Sí es, pero no es

5. No es, pero sí es

6. Ni sí es ni no es

7. Todas las anteriores posibilidades juntas.

[Publicado en la red el 16 de octubre de 2004]

Mahavira, creador del jainismo

Mahavira, creador del jainismo

 

COMENTARIO EN 2013:

Escribí lo anterior tras leer en la página 19 del libro El jainismo, que Agustín Pániker hablaba de esas siete posibilidades. Probablemente leí el libro y aventuré mi hipótesis acerca de las siete respuestas antes de la fecha en la que publiqué la entrada (2004). No sé si más adelante en el libro llega a explicarlo con más detalle, pero ahora la curiosidad me ha llevado a buscar cuáles son esas siete posibilidades del ser (lo que en filosofía se llamaría el estatus ontológico de algo). He encontrado esta explicación en la Wikipedia inglesa:

La teoría syādvāda de la predicación condicionada aconseja que toda frase sea precedida por el epíteto syād, que significa algo así como “quizá” o “tal vez”, pero que en el contexto de syādvāda significa “en cierto modo” o “desde cierta perspectiva”. Por eso, las siete manera de decir que algo es, son:

  • syād-asti— en cierto modo, es 
  • syād-nāsti— en cierto modo, no es
  • syād-asti-nāsti—en cierto modo es y no es
  • syād-asti-avaktavyaḥ—en cierto modo es y es indescifrable
  • syād-nāsti-avaktavyaḥ—en cierto modo no es y es indescifrable
  • syād-asti-nāsti-avaktavyaḥ—en cierto modo es y no es y es indescifrable
  • syād-avaktavyaḥ—en cierto modo es indescifrable

Como se ve, algunas de las posibilidades de las que habla el sistema syādvāda coinciden con las que yo proponía, pero otras quizá (o syād, como dirían ellos) son diferentes. Estudiaré las diferencias, pero aquí sólo apuntaré algunas ideas o sugerencias que me vienen a la cabeza tras leer esta entrada:

  • Intentar adivinar: un buen método creativo consiste en que cuando uno se encuentra ante un planteamiento como “Los jainas pensabas que había siete maneras de responder ante la pregunta acerca de qué es una cosa”, es bueno interrumpir la lectura y, en vez de leer el desenlace o explicación, intentar adivinarlo. De este modo, a veces se llega a resultados tan interesantes como la respuesta correcta. En ocasiones quizá más interesantes. En otra ocasión hablé de un método semejante, el que consiste en entender mal las cosas: Cómo tener buenas ideas entendiendo mal las cosas.
  • El gusto de la teoría syādvāda, y en general de la llamada doctrina jaina del Anekantavada (un sistema pluralista que tiene en cuanta los diferentes puntos de vista posibles acerca de lo real) por los “quizás”, “tal vez” y “desde cierto punto de vista” me recuerda algún delicioso párrafo de Montaigne en el que explica cómo le gusta leer afirmaciones en las que los quizá, los puede ser, los tal vez y los podría ser se suceden, mostrando la duda escéptica, tan necesaria en la buena filosofía, en la vida sensata y en la relación y discusión con los demás. A mí también me encantan, y también los empleo, pero no como fórmula retórica (algo que sí hacen algunos) sino con verdadera convicción, si es que expresar la duda puede tener la cualidad de la convicción (supongo que sí). Como es obvio, he practicado esto muy a menudo en mis libros, en especial en Las paradojas del guionista y, por supuesto, en Nada es lo que es, el problema de la identidad, que es quizá una ilustración (sin yo saberlo, pues creo que ni siquiera menciono al jainismo) del sistema anekantavada, como su título parece indicar (“Nada es lo que es”).
  • También me recuerda algunas de las propuestas de la Semántica General de Alfred Korzybsky, que señalan la relatividad de ciertas afirmaciones, según el contexto, la perspectiva o el alcance que se les quiere dar. Por ejemplo aquello que proponía Korzybsky de usar subíndices con la fecha cuando nos referimos a una persona:

“Korzybsky sugería añadir subíndices a los términos empleados en una discusión, para así librarse de la idea de identificar cosas que, aunque lo parezcan, no son idénticas: A1 no es A2, es decir, la vaca1 no es la vaca2, el político1 no es el político2. También se pueden añadir fechas: Londres1665 no es Londres2006; Fidel Castro1957 no es Fidel Castro1962 ni Fidel Castro2007; Wittgenstein1921 no es Wittgenstein1953.

Este último ejemplo, nos permite observar que en el mundo filosófico a menudo se aplica una técnica equivalente a los subíndices, ya que se habla del Primer Wittgenstein y del Segundo Wittgenstein. El primero escribió el Tractatus Logico-Philosophicus y creía en un lenguaje filosófico basado en la lógica; el segundo escribió las Investigaciones lógicas, y estaba más interesado en observar el lenguaje que en dictaminar qué es lo que había que hacer con él.”  (Nada es lo que es).

  • También, por supuesto, me recuerda algunas distinciones presocráticas acerca de lo que es y lo que no es y las categorías de Aristóteles, acerca de las diversas cosas que se puede decir del ser de un ente o predicar de un sujeto. Y la duda metódica de Descartes (Descartes, dudas y certezas) y todo lo relacionado con el escepticismo clásico y moderno, que me llevó a editar mi revista Esklepsis (escepticismo/eclecticismo). A lo que habría que añadir mi lento comentario al Zhuangzi (Lectura del Zhuangzi) y todas mis disquisiciones acerca de la Escuela de los Nombres china y la paradoja de Gongsung Long que dice: “Un caballo blanco no es un caballo“.
  • Y me recuerda también a mis Variaciones ontológicas, donde intento examinar las diversas posibilidades del ser y el no ser. Hace poco subí la primera, que debió resultar incomprensible para los lectores que encontraran esa entrada por causalidad, sin saber que es el inicio de una serie: Todo es.

Como se ve, este tema de lo que es y no es, siempre me ha interesado mucho.

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cuadernodefilosofia

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Quién toca esta web me toca a mí

Etimología platónica de Il Saggiatore

Il Saggiatore era un blog o página web que publiqué en 2004. Aquí explico por qué se llamaba de tan extraña manera.

 

 

Il Saggiatore quiere decir El ensayador.

Es una referencia doble a lo que es un ensayo, porque ‘Saggiatore’ quiere decir, no sólo ‘Ensayador’, sino también ‘Flechador’. Un ensayo es una flecha, una sagitta, que se lanza, intentando acertar, pero que casi nunca da en el blanco.

Al dios Apolo, que también lanzaba flechas (aunque las suyas casi siempre daban en el blanco) se lo conocía como “el Flechador”:

“Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, al flechador Apolo”. (Homero, Ilíada)

Apolo el Flechador

Apolo el Flechador

Montaigne también empleaba con este doble sentido la palabra y de este modo creó el género moderno de los ensayos (les essais): textos en los que intentaba, probaba, lanzaba flechas: “Mi libro (los Ensayos) no es más que un registro de ensayos (intentos, tentativas)”.

Montaigne decidió escribir ensayos para conocerse a sí mismo, porque pensaba que eso era lo más interesante que se podía hacer en la vida. No porque uno mismo sea más interesante que los otros, sino porque el único ser humano que está dispuesto a someterse a un verdadero e intenso escrutinio es uno mismo.

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Hay que tener en cuenta, además, que de los otros, como decía ese otro ensayador que era Ortega y Gasset, sólo tenemos la apariencia:

“Del dolor de muelas de nuestro amigo sólo tenemos su espectáculo. ¿Cómo saber que realmente le duelen las muelas? Parece que le duelen, sus gestos que recuerdan a un histrión, esa boca torcida, esos ojos llorosos, esa mano en la quijada, todo eso parece indicarnos que efectivamente le duelen las muelas, como él nos asegura”.

Quizá, si somos odontólogos, podemos mirar dentro de su boca y descubrir que tiene una muela picada, pero ni siquiera eso es garantía de que a nuestro amigo le duelan las muelas. Incluso nosotros mismos,  aunque tengamos una herida tremenda en nuestro brazo, no sentiremos dolor si faltan las conexiones que van de la herida a nuestro cerebro. Hay quien soporta un dolor de muelas como si nada, mientras que otros se retuercen ante el mínimo picor.

Los conductistas aplicaron en el siglo XX esta idea del espectáculo a la psicología, de manera tan radical como los acólitos de Debord o Braudillard lo hicieron respecto a la política y la sociología: “la sociedad del espectáculo”, decían en sus propias actuaciones.

La psicología, según los conductistas sólo se podía ocupar del espectáculo que daban los pacientes:

Informe conductista 037: “El paciente se retuerce y se golpea la cabeza contra un muro y emite la siguiente frase una y otra vez: “Me duelen las muelas”.

Llevando la sensata observación de Ortega fuera de sus sensatas circunstancias, los conductistas decretaron que toda comunicación o conocimiento de estados mentales internos era imposible: sólo se podía trabajar sobre lo que se veía que hacía o decía el paciente. Esa tendencia extrema dio origen a muchos dogmas y a algunas propuestas de una sociedad conductista en la que que el comportamiento de los seres humanos fuera sometido a modificación controlada, como en Walden 2, de Skinner, inspirado en el clásico Walden o la vida en los bosques, de Thoreau. Pero lo que en Thoreau era un sueño plácido anarquista, en Skinner se convertía casi en una pesadilla, la utopía devenía, como suele suceder, en distopía.

Sin embargo, la comunicación de esos misteriosos estados mentales internos es posible, aunque es cierto que también resulta bastante defectuosa. Hasta hace poco se tenía que hacer, al fin y al cabo, a través de acciones o actos de habla. Pero en los últimos años ha habido grandes avances en la tomografía cerebral y otras técnicas que permiten saber lo que está pensando el paciente sin que nos diga nada, aunque la comunicación absoluta y exacta entre dos mentes resulta, al menos por el momento, imposible.

Algunos creen, o algunos creemos, que hemos logrado alcanzar esa comunicación absoluta en un momento de éxtasis, de comunión espiritual intensa con otra persona y, ¿quién sabe?, tal vez haya sucedido así, pero lo cierto es que al cabo de un tiempo ni siquiera nos ponemos de acuerdo acerca de cómo fue aquella comunicación o en qué consistió: estamos de acuerdo en que los dos llegamos a sentirlo, pero no en qué fue lo que sentimos. En aquel momento único (in illo témpore, que dirían los mitólogos) logramos llegar a  conocernos como nunca hemos conocido a nadie y dos días o un mes después ya no entendemos a esa persona.

La consecuencia de todo lo anterior es que estamos irremediablemente solos, a no ser que un Dios curioso y cotilla lo remedie y se convierta (desde su nube celeste, su mundo arquetípico o su eternidad fuera del tiempo) en el público paciente de todos nuestros actos internos.

Por nuestra parte, poco a poco y de manera descuidada o metódica, como Montaigne, nos vamos conociendo a nosotros mismos, casi siempre mirándonos en el reflejo que nos ofrecen los demás, porque sólo desde lejos se pueden ver bien las cosas: si nos acercamos mucho a un objeto, dejamos de verlo y sólo vemos una forma confusa y borrosa. Es por eso que quien mejor nos conoce es a veces aquel que menos nos conoce, porque quien ya nos conoce no nos puede ver tal como somos ahora, sino que nos ve interpretados a la luz de la imagen que ya posee de nosotros, y es a partir de ella como construye sus nuevas o no tan nuevas opiniones acerca de nosotros.

Otra manera de descubrirnos a nosotros mismos es observando la manera en la que miramos o hemos mirado el mundo, es decir, descubriendo nuestra perspectiva, nuestro punto de vista único de mónadas leibnicianas, de espejos que reflejan todo el universo, cada uno desde un lugar diferente. Por ejemplo, leyendo lo que escribimos hace años.

Por eso decía Montaigne en sus ensayos: “Je suis moi-même la matière de mon livre”, es decir: “Yo mismo soy la materia de mi libro”.

Y también decía: “Quien toca este libro, toca a un hombre”. Y añadía:

“Este es un libro de buena fe, lector, y te advierte desde el principio que no me he propuesto otro fin que no sea doméstico y privado”.

En mi página de Il Saggiatore, modifiqué este texto de Montaigne, tomado de una de las primeras ediciones originales y sustituí la palabra “libro” (“livre”) por “web”, para que se leyera: “Esta es una web de buena fe, lector, y te advierte desde el comienzo, que yo no me propongo ningún otro fin que no sea doméstico y privado”.

Actualmente, sin embargo, parece que los libros deben volver a ser sólo libros y que uno debe hablar del mundo sin hablar de sí mismo, triste despersonalización que nació antes de Internet pero que cada vez tiene más adeptos y que, a través de la muerte del autor, quiere hacernos regresar a la Edad Media del anonimato y a la noche comunitaria en la que todos los gatos son pardos porque todos los gatos son el mismo gato.

“Yo era un tesoro escondido, quise conocerme y creé el mundo” 

(Dios en El Corán) 

Como a mí no me gusta esa tendencia a la desaparición del autor, y como me gustan las personas tanto como los libros o las ideas, y como aprecio de manera especial las ideas y los libros que me dejan tocar a su través a un hombre o a una mujer, también escribo así en esta web dispersa y confusa. Aquí, en mis páginas en la red, hablo de mí y de lo que me apetece hablar. No sé muy bien por qué lo hago, como tampoco lo sabía cuando escribía y publicaba mi revista Esklepsis, o cuando escribía o escribo cientos de hojas que guardo en libretas, carpetas o archivos de ordenador. Como decía de manera hermosa Ana Aranda, corrigiendo la frase del Corán que he citado antes: “Yo era un tesoro escondido, quise conocerme… y escribí”.

Y te hablo a ti, lector o lectora, al que me dirijo como a una persona, no como a un congreso: te hablo de tú a tú, seas quien seas, no en plural como a un grupo, sino en singular, porque pocas veces un grupo se pone a leer al mismo tiempo una página web. ¿Cuantos están contigo ahora leyendo esto?

Así que en estos dos últimos meses de 2005 el weblog se llama Il Saggiatore recuperando la idea original de ensayo de Montaigne y la etimología de los deliciosos ensayos de Galileo, que recopiló en Il Saggiatore (El Ensayador).

Il Saggiatore

Si observas con atención la flecha, veras que es una frase, la que tomé de los ensayos de Montaigne: “Je suis moi même la matiére de ma web”

Estas son páginas de un Flechador, porque es un ensayador el que ensaya, prueba, intenta y dispara flechas como el centauro Sagitario, es decir, el que dispara sagittas, flechas, con su arco. Porque ha querido la casualidad que mi signo astrológico sea Sagitario y que Il Saggiatore atraviese precisamente la casa zodiacal de mi signo en diciembre. Y también quiere este azar juguetón que el centauro que se esconde tras el signo de Sagitario sea el centauro Quirón, uno de los personajes más interesantes de la mitología, con el que me identifico, pero no por su sabiduría legendaria (saggio también quiere decir sabio), que es quizá propia de tratados y no de ensayos , sino por otros rasgos de su carácter y su biografía que no voy a desvelar aquí.

Pensé que una entrada de este tenor era adecuada para un weblog con este nombre, pero mañana volveré a mi ser ligero.

Quirón -sagitario

 

Otra frase de Montaigne adaptada a mi web

Otra frase de Montaigne adaptada a mi web

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[Publicado el 1 de noviembre de 2005 en Il Saggiatore]

NOTA en 2013: Quizá deba aclarar por qué esta entrada se llama “Etimología platónica de Il Saggiatore”. La razón es que Platón es célebre por inventarse etimologías en función de lo que deseaba demostrar. Algo parecido hago yo aquí, jugando a veces con similitudes que no demuestran un mismo origen, por ejemplo, la palabra saggio (sabio, ensayo) y la palabra sagitta (flecha) o Sagittarius (sagitario, el que lanza flechas). Es, claro muy tentador pensar que alguien que lanza flechas, como el centauro Quirón y que es conocido como sabio tenga alguna relación con los ensayos y los sabios. Pero, al parecer, sagitta (con una sola ‘g’ y dos ‘t’), es de origen incierto, mientras que saggio procede del latín EXÀGIUM y el griego EXÀGION y sí tiene relación tanto con sabio como con ensayo, pues en su origen significaría algo así como “peso”, “valoración”, “experimento”; desde el latín y a través del francés habría llegado finalmente al italiano y otros idiomas con el sentido de sabio, es decir, el que sabe pesar, tomar medidas, valorar, experimentar con criterio.

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Acerca de la idea de ser uno mismo la materia de su web, puedes leer la entrada Yo soy la materia de mi web

Acerca de Quirón y los centauros, Marcos Méndez Filesis tiene una página dedicada íntegramente a ellos que te recomiendo: Quirón y los centauros.

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Yo soy la materia de mi web

cravenjesuis05

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“Je suis moi même la matiere de mon livre” (“Yo soy la materia de mi libro”), es la definición que Montaigne hizo de sus Ensayos, y que yo apliqué a mi web en general y también al blog Il Saggiatore, un juego de palabras entre Sagitario y Il Sagiatore de Galileo Galileo, que también quiere decir “El Ensayador”.

Todo ese juego conceptual está más o menos contenido en la imagen de mi personaje Craven como una especie de centauro arquero que lanza una flecha que, si se observa atentamente, es una frase: “Je suis moi même la matiere de ma web”.

Ya en otra ocasión hice una variación de aquel “Yo soy la materia de mi libro” que dijo Montaigne en la advertencia al lector con que se inician sus Ensayos:

“Es este un libro de buena fe, lector. De entrada te advierte que con él no me he propuesto más fin que el doméstico o privado. En él no he tenido en cuenta ni el servicio a ti, ni mi gloria. No son capaces mis fuerzas de tales designios. Lo he dedicado al particular solaz de parientes y amigos: a fin de que una vez me hayan perdido (lo que muy pronto sucederá), puedan hallar en él algunos rasgos de mi condición y humor, y así, alimenten más completo y vivo, el conocimiento que han tenido de mi persona. Si lo hubiera escrito para conseguir el favor del mundo, me habría engalanado mejor y me mostraría en actitud más estudiada. Quiero que en él me vean con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias, sin disimulo ni artificio: pues me pinto a mí mismo. Aquí podrán leerse mis defectos crudamente y mi forma de ser innata, en la medida en que el respeto público me lo ha permitido. Que si yo hubiera estado en esas naciones de las que se dice viven todavía en la dulce libertad de las primeras leyes de la naturaleza, te aseguro que gustosamente me habría pintado por entero, y desnudo. Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano. Adiós, pues, de Montaigne, a uno de marzo de mil quinientos ochenta”.

Me identifico casi completamente con estas palabras de Montaigne y por eso, en una de mis primeras páginas web, allá por 2004, fabriqué una declaración que cambiaba “libro” por “web” usando la tipografía original de los Ensayos de Montaigne:

“Esta es una web de buena fe, lector. De entrada te advierte que con ella no me he propuesto más fin que que el doméstico o privado”.  No me resultó sencillo cambiar “livre” por “web”, porque no había ninguna “w” en el texto francés y tuve que fabricarla mediante dos “v”. Además, claro,hay que leer “web” en masculino para que haya concordancia con “un” y con “Il”. Ahora sería más fácil sutituyendo web por blog o weblog, pero entonces no se hablaba mucho de blogs.

Con parecidas intenciones a las de Montaigne al escribir sus ensayos, inicié yo mi incursión en el mundo de Internet.

 

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Una selección de los textos en los que Montaigne explica por qué habla tanto de sí mismo y por qué pasa todo por el filtro de su subjetividad, textos con los que me identifico plenamente, se pueden leer en el Pórtico de uno los números de mi revista Esklepsis: De Montaigne al lector

Acerca del nombre Il Saggiatore y su curiosísima etimología, puedes leer esta entrada: Etimología platónica de Il Saggiatore.

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NPG D27891; Sir William Cornwallis, the younger by Thomas Cecill

Al parecer, William Cornwallis descuidó sus responsabilidades en relación con el patrimonio de su padre Charles Cornwallis, lo que hizo que su progenitor se lamentara diciendo:

“Of all sorts of people, I most despair of those of his sort, that are philosophers in their words and fools in their works.”

(“De todos los tipos de personas, de los que más desespero es de los que pertenecen a este tipo: los que son filósofos en sus palabras y locos en sus acciones”)

Se puede pensar que William era uno de esos filósofos que no aplican lo que dicen , pero también se puede pensar que su caso fue semejante al de Demócrito, a quien la ciudad de Abdera quiso también condenar por no ocuparse de su propio patrimonio. Demócrito escapó a la condena argumentando que durante todo ese tiempo si había cuidado de su patrimonio: al educarse a sí mismo y engrandecer su mente y su alma.

Una excelente respuesta.

 

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