Los libros de autoayuda
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /2

En Un optimista es sólo un pesimista bien informado, dije que todo lo razonable del optimismo se veía comprometido por “la avalancha de libros de autoayuda más o menos simplistas que inundan las librerías”.

Si dije “más o menos simplistas” es porque en lo que se refiere a ideas concretas, hay que reconocer que más del ochenta por ciento del contenido de esos libros suele ser excelente. Tan sólo un 20 por ciento es trivial y simplista, un porcentaje que coincide con la parte del libro que ha escrito quien lo firma, porque el resto, aquello que vale la pena, es simple copia de otros autores.

En efecto, la mayoría de los libros de autoayuda no hace más que recoger lo mejor de las fuentes del optimismo, sobre todo griegas y latinas, taoístas y de la Ilustración, pero también las trasmitidas por aquello que se llama sabiduría popular, desde las andanzas del mulá Nasrudín al Quijote, desde los cuentos y chistes yasídicos a las fábulas de India.

El problema es que esos autores suelen estropear las buenas ideas de otros con explicaciones vacuas y vacías, casi siempre reaccionarias, como en el caso de Paulo Coelho o Carlos Castaneda, y con un tono voluntarista y de adulación al lector que resulta fatigoso y gratuito. Junto a todo ello, una sobrecarga interpretativa llena de psicoanálisis que acaba por convertir las historias más divertidas y ocurrentes en un caldo trascendentalista indigerible. Prefiero sin dudarlo lo que hace Jean Claude Carriere en El círculo de los mentirosos, que se limita a recopilar las historias y añade un prólogo tan interesante como todo lo que escribe.

Cualquiera es libre, por supuesto, de comentar esas historias y consejos de la sabiduría libresca o tradicional, pero es una pena que se conviertan en trivialidades y en verdades dichas con una boca muy abierta por el asombro. En mi opinión, hay que hacer precisamente lo contrario: que esas ideas se hagan más sugerentes, que se unan a otras con las que parecían no tener relación, que mantengan su caracter ambiguo y paradójico, que no llevan al lector a repetir un lema sin más, sino a investigar y reflexionar, que no rebajen la autoexigencia, sino que la acrecienten, que no le hagan pensar que logrará todo lo que se proponga por el simple hecho de desearlo, sino que conseguirá esto o aquello si pone a trabajar su inteligencia y su ingenio; si le enseñan no a confiar ciegamente en su intuición y su instinto, sino a ponerlos a prueba y darse cuenta de lo fácilmente que le engañan cuando se deja llevar por ellos.

Cualquiera es libre de usar un cuento tradicional y reescribirlo, como hace Borges, por ejemplo en La biblioteca de Babel a partir del relato La biblioteca universal, de Kurd Lasswitz, o como vuelve a hacer en la Historia de dos que soñaron, reescribiendo un relato de Las mil y una noches que también existe en la tradición jasídica hebrea. Pero ese mismo relato de los dos que soñaron en manos de Paulo Coelho se convierte en una trivialidad cursi y reaccionaria llamada El alquimista.

Quizá deba aclarar que el género de los libros de autoaprendizaje o autoayuda me parece uno de los mejores, a pesar de que, como ya he dicho, hoy en día abunden tantos que caen en cierto simplismo. A este género pertenece el extraordinario Manual de Epícteto, el Lun Yu o Analectas de Confucio, La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell, las dos éticas de Aristóteles, muchos de los libros que escribió Epicuro (del que conservamos la extraordinaria Carta a Meneceo), y muchas otras obras deliciosas y útiles. Para mí, son esos libros el término de comparación y frente a ellos los actuales son una continua decepción, salvo algunas excepciones, que no suelen ser situadas en el estante “Autoayuda”, como los siempre estimulantes libros de Paul Watzlawick.

Continúa en: El efecto placebo y algo más (o menos)

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ACerca de los libros de autoayuda, escribí una improvisación en Speakercornerweb:
Una improvisación sobre los libros de autoayuda

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[Publicado por primera vez el 10 de octubre de 2005 en Mundo Flotante]

BREVE INVESTIGACIÓN ACERCA DEL PESIMISMO Y EL OPTIMISMO

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Originally posted 2012-08-12 23:31:04.

Una improvisación sobre… “Los libros de autoayuda”

SPEAKERCORNERWEB

Darling me envío una propuesta de improvisación…

“Los libros de autoayuda”

Y me ofreció otra opción:

“¿Estamos a salvo de nuestras propias críticas?”

Escribo esta improvisación en el café Zurich de Barcelona el 27 de septiembre de 2006 entre las seis y las seis y media de la tarde.

LOS LIBROS DE AUTOAYUDA

Los libros de autoayuda son ahora el género de moda, lo que nos puede hacer sospechar que empezamos a parecernos más a los romanos que a los griegos.

En la época romana, casi todos los filósofos escribían libros de autoayuda, desde Cicerón a Plutarco y Séneca, desde un esclavo como Epícteto a un emperador como Marco Aurelio. Tan sólo algún despistado como Lucrecio intentaba entender el universo, aunque lo cierto es que su libro Sobre la naturaleza empezaba con la física atomista, pero acababa en la autoayuda epícurea, lo que no le ayudó a evitar el suicidio (por propia voluntad, no como Séneca).

Para algunos, esto de volcarse en uno mismo, este contemplar el propio ombligo, es un signo de decadencia. Para otros, es una prueba de sensatez intentar resolver lo más cercano en vez de obsesionarse por lo más lejano.

En casi todas las civilizaciones desarrolladas, los libros de autoayuda han sido el género dominante, como en China e India: Confucio, Lao Zi, Zhuang Zi, Buda, Mahavira. De hecho, los libros de autoayuda actuales, al menos los que yo he leído u hojeado, suelen ser una imitación o reescritura de los clásicos, ya sea su inspiración el taoísmo, el zen, el sufismo, el estoicismo o Baltasar Gracián. Por eso suelen estar llenos de cosas estupendas, aunque su brillo proceda de plumas ajenas.

Pero les falta pensamiento propio y les sobra cierto tono de santón agnóstico, que demuestra que la autoayuda fundamental que proporcionan estos libros es la que recibe el propio autor por las ventas millonarias.

Otro defecto, tal vez debido a esta impostación de la voz, en autores como Paulo Coelho, es que sus lectores no aprenden grandes verdades, sino tan sólo a repetir grandes frases, algunas sin ningún sentido, como: “lo que tiene que pasar, pasará” (legendaria en tradiciones fatalistas como la musulmana) o: “Cuando deseas verdaderamente algo, el universo entero conspira para que lo consigas”, que tiene cierta gracia, siepre y cuando uno no se la tome como la llave para la felicidad. Así que los autores y los lectores de los libros de autoayuda conspiran para reducir a lugares comunes y frases huecas algunas buenas ideas tomadas de aquí y allá (El Alquimista de Las Mil y una noches, por ejemplo). Casi siempre es preferible el original.

Pero me doy cuenta, casi al llegar al final de esta improvisación, que falta algo. Me da la sensación de que estas improvisaciones consistían en mezclar dos o más temas, así que, como Darling añadía un tema opcional: “¿Estamos a salvo de nuestras propias críticas?”, que yo interpreto en el sentido: “¿Se nos puede achacar lo que criticamos en los demás?”, puedo decir ahora que yo tampoco estoy a salvo de lo que critico, puesto que suelo vulgarizar y hacer triviales con estas improvisaciones ideas complejas que merecen una reflexión más pausada.

Una muestra de esta simpleza mía es el haber aventurado tan rápidamente que nos parecemos a los romanos y a los griegos decadentes. Por dos razones: nunca antes como ahora, ni siquiera en la Grecia de los presocráticos, ni en la India de los Upanisads, ni en la China de las Cien Escuelas, se han buscado y se han encontrado tantas respuestas acerca del universo entero (incluido el cerebro del ser humano).

Simple es también dar a entender que este antropocentrismo al que contribuyeron los griegos desde Sócrates (o Demócrito), los romanos, los chinos, los indios y los libros de autoayuda, que se opone al Teocentrismo de los mitos y las religiones, sea sinónimo de decadencia.

Además, se puede considerar que los llamados períodos de decadencia son los mejores que ha conocido la humanidad. En uno de ellos vivieron y trasmitieron sus ideas Confucio, Lao Zi y Zhuang Zi; en otro, Buda y Mahavira; en otro se inició la filosofía griega, en otro se inventó la democracia y, en uno de los más recientes, el antropocentrismo fue origen de la Ilustración y se plasmó en la Declaración de los Derechos Humanos. Porque suele suceder que cuando te olvidas de Dios y otras divinidades, como la patria o la raza, empiezas a ocuparte de ayudar y autoayudar al ser humano. ¡Bendita decadencia!

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Nota:
Terminada la improvisación, me di cuenta de que no había por qué mezclar dos temas

Pronto otras improvisaciones en…

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[Publicado por primera vez el 27 de septiembre de 2006 en Ubicuo]


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Cosas que he aprendido de… los estoicos

La escuela estoica nació en Grecia, pero los filósofos más conocidos son romanos: Séneca, Marco Aurelio y Epícteto, , que aunque era griego fue esclavo en Roma.

Que sean conocidos no quiere decir que sean bien conocidos y lo cierto es que los tópicos o lugares comunes acerca de ellos son muy abundantes. Los estoicos se han llevado la peor parte en el reparto filosófico de los últimos tiempos, quedando algo así como el precedente de los calvinistas, de aquellos que sufren con rigor y son austeros hasta lo extremo. El cambio de apreciación se podría considerar casi una venganza por parte de los epicúreos, que hasta hace unos siglos eran los malos y hoy son los buenos, por decirlo de manera simplista.

Diré aquí algunas cosas que creo he aprendido o que al menos he visto bien expresadas en la filosofía estoica. Quizá no coincidan con la interpretación ortodoxa que se hace de los estoicos.

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Séneca

Me gustó mucho en la adolescencia De vita beata (Sobre la felicidad) de Séneca. En ese libro aprendí muchas cosas. Por ejemplo la tolerancia, pues Séneca, que es considerado uno de los principales pensadores estoicos, no sólo no ataca a los epicúreos sino que a menudo expresa su admiración hacia el propio Epicuro.

Creo que, como dice Séneca, a menudo uno ha de ser capaz de alejarse de la multitud y de los prejuicios, aunque eso a menudo cause dificultades. Recuerdo con precisión (o eso espero, porque la memoria es muy engañosa) la frase de Séneca: “Uno debe ir a dónde hay que ir, no a dónde se va”. También recuerdo que estas ideas de Séneca no coinciden con ningún tipo de elitismo y qué el mismo aclaraba que la multitud, la masa, el pensamiento gregario se halla tanto entre los pobres como entre los ricos. La muestra más evidente de ello es que dos de los principales filósofos estoicos eran uno esclavo y el otro emperador: Marco Aurelio y Epícteto.  Algo que también dice Thomas Browne en unas hermosas páginas:

” Tampoco incluyo solamente , en el nombre de multitud, a la gente baja y de poca importancia; hay chusma hasta entre la nobleza, una especie de cabezas plebeyas cuya fantasía se mueve por la misma rueda que aquélla; hombres que están al mismo nivel que los patanes, aunque sus fortunas doran algo sus flaquezas y sus bolsas reparan sus necedades”.

Epícteto

Epícteto

El Manual de Epícteto es uno de mis libros preferidos. Quizá ahora no recuerdo muchas de las cosas que en él se dicen, pero sé que una de ellas es la distinción entre las cosas que dependen de ti y las que no dependen de ti.

Que llueva o no llueva mañana no depende de ti, pero que si llueve mañana te enfades o no te enfades, sí depende de ti. Uno puede poner remedio a lo que depende de sí mismo, pero no a lo que no depende de sí mismo, por lo que enfadarse por la lluvia es una estupidez sin sentido.

Del mismo modo, si vas a una fiesta, dice Epícteto, ten en cuenta las cosas que suceden en una fiesta. Recuerda que en una fiesta pueden pisarte, que puede acabarse la comida o la bebida, que puedes encontrar a personas desagradables a causa del alcohol, que puede haber demasiada gente o hacer demasiado calor. Si tienes presentes estas cosas cuando vayas a la fiesta, no te irritarás cuando te sucedan, porque ya sabes que esas cosas son las que suelen suceder en las fiestas.

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La vida de esclavo de Epícteto y su cojera son símbolos del estoicismo resignado.

Este tipo de ideas tan razonables, han permitido a los rivales de los estoicos, caer en la simpleza de afirmar que un estoico acepta todo con resignación, sin quejarse de nada, como Séneca bebiendo el veneno por orden del emperador Nerón. Yo no creo que sea así.

Por otra parte, los estoicos dicen algunas cosas que han permitido, de nuevo, emparentarlos con los calvinistas y los puritanos: que la conciencia nunca duerme, y que incluso cuando estas a solas, hay un testigo de lo que haces y piensas: tú mismo. Quizás exista otro testigo que nos libre de esta soledad, pero es por el momento sólo una hipótesis: Dios. Esto último lo digo yo, no los estoicos, que no creo en Dios pero tampoco en el destino estoico ni en el fatalismo calvinista. Creo que esta idea de la conciencia vigilante es también muy razonable, pero, a quien le desagrade, puede pensar en ella no como en un policía dispuesto a reprimirte, sino como un espectador que observa lo que haces y aplaude o silba según el placer que le proporciona el espectáculo de tus actos.

A decir verdad, yo no me siento bien haciendo cosas que me parecen erróneas o desagradables y no veo ninguna represión en no permitírmelas, quizá porque en realidad no suelo sentir el deseo de hacerlas, así que no hay ningún tipo de autocontrol policial. Quizá lo hubo, es cierto, puesto que todos nos creamos a nosotros mismos y nos damos normas de comportamiento y permisos para hacer esto o lo otro, pero desde hace muchos años no hay tal. No suelo arrepentirme de las cosas que hago, aunque algunas., precisamente, no les gustarían a los puritanos. Pero, ahora, al pensarlo, veo que quizá también he aprendido de los estoicos ese darse uno mismo normas que, finalmente, se convierten en hábito casi instintivo o intuitivo, pero tras el que ha habido una reflexión y esfuerzo previo, quizá durante años.

Supongo que hablaré de todo lo anterior en otro “Cosas que he aprendido de…”, quizá en el dedicado al budismo.

Nerón y Séneca, por Barrón

Nerón y Séneca, por Barrón

Apenas he dicho nada de Marco Aurelio. Para mí sus Meditaciones son incluso más instructivas que el Manual de Epícteto o Sobre la felicidad de Séneca.

También él era tolerante. Seguramente el más tolerante de los emperadores romanos. Muchos de los que presentan ese duelo fraticida entre estoicos y epicúreos (que a veces sin duda existió) deberían tener en cuenta que fue precisamente Marco Aurelio, el emperador estoico, quien volvió a abrir las escuelas epicúreas.

Marco Aurelio

Marco Aurelio

De Marco Aurelio ahora recuerdo una de sus meditaciones en la que dice que, sean los que sean los años de tu vida, la muerte siempre llega demasiado pronto. Eso, creo, debe impulsarnos a aplicar el precepto de Vive el día, rosa est in horto (“La rosa está en el huerto, cógela”) o, como decía el payaso Jango Edwards: “Hoy es un día muy especial porque todos los días son muy especiales”.

Quizá de Marco Aurelio también he aprendido lo que justifica esta serie de textos, es decir, a mencionar las cosas que he aprendido y mostrar mi agradecimiento sin importarme su procedencia, pues, si no recuerdo mal, en sus Meditaciones dedica varias páginas a recordar a sus maestros y a los filósofos de los que ha aprendido algo, y en ese repaso se mencionan unos cuantos epicúreos.

Esto es lo que recuerdo en este momento que he aprendido de los estoicos. Estoy seguro de que se me olvidan cosas muy importantes, pero tal vez en el futuro pueda hacer un Más cosas que he aprendido de…

 

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[Publicado por primera vez el 12 de agosto de 2003]

Cosas que he aprendido de… Aristipo y los cirenaicos

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COSAS QUE HE APRENDIDO DE…

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Cosas que he aprendido de…


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…Jesucristo y los cristianos

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