Incendio en el museo

En la película de Woody Allen Balas sobre Broadway el dramaturgo David Shayne y sus amigos conversan en una terraza de Grenwich Village. Uno de ellos, Flender, propone un dilema clásico:

—Escuchad, digamos que se quema un edificio, y que sólo puedes salvar una sola cosa, o el último ejemplar de las obras completas de Shakespeare o bien un ser humano anónimo. ¿Qué haríais?

Se produce el habitual momento en el que todos hablan a la vez, como sólo sucede en la vida real y en las películas de Allen, y vemos que Shayne dice:

—No se puede privar al mundo de esas obras.

Flender y Shayne estrechan sus manos por el acuerdo, a pesar de que se escuchan voces, todas ellas de mujeres que expresan la postura contraria,  que no se puede dejar que un ser humano muera en un incendio a cambio de salvar un objeto inanimado. Flender exclama:

—No es un objeto inanimado. Es arte… ¡el arte es vida!

Otras variantes de este dilema nos hacen elegir entre un cuadro de Leonardo Da Vinci o el portero del museo, e incluso entre una obra maestra única en el mundo y un gato. Como es obvio, para que el dilema sea real para una persona concreta, en el lado de la obra de arte debe situarse algo que esa persona admire por encima de todas las cosas. Si la elección es entre La Mona Lisa y al oyente no le gusta ese cuadro no habrá dilema: salvará sin dudarlo al portero o al gato.

Quizá algún lector o lectora se esté preguntando si realmente hay personas que dicen que salvarían el cuadro. La respuesta es que muchas personas, en efecto, dejarían morir al gato en el incendio. La mayoría de quienes se inclinan por salvar la obra de arte son lo que se suele considerar intelectuales, personas con una amplia formación cultural, o bien artistas. En una curiosa encuesta que hicieron en Colombia  hace unos años compararon lo que respondía una reina de la belleza con lo que decían algunos intelectuales. El resultado es que la reina de la belleza dijo que salvaría al perro. Sin embargo, los intelectuales se inclinaron mayoritariamente por salvar el cuadro, aunque a veces con matices.  Una excepción ingeniosa fue la respuesta de Gabriel Ruíz Navarro: “Si el museo es colombiano, yo salvaría el perro, es más, metería todas las obras de Fernando Botero para que también se quemen”.

He hecho algunas prospecciones acerca de este dilema en Internet y parece, en efecto,  existir una diferencia en las respuestas relacionada con la cultura,  o al menos con la implicación en el medio cultural. Parece como si los intelectuales hubiesen descubierto que los seres vivos no son tan importantes como puede parecer de una manera más instintiva y espontánea, o que el arte está por encima del bien y del mal. Tendremos ocasión de profundizar en esta cuestión en otras líneas de sombra, pero ahora vale la pena recordar la respuesta que dan Woody Allen y su colaborador en el guión de Balas sobre Broadway a ese dilema. Porque toda la película es una respuesta a esa pregunta formulada en esa escena aparentemente sin importancia en la terraza de Grenwich Village.

Shayne y Cheech Trabajando en los billares

Shayne y Cheech Trabajando en los billares

Woody Allen, que siempre ha reconocido usar los trucos que aprendió como prestidigitador en sus películas, escribió esa escena para sugestionar a los espectadores, para prepararles para lo que va a suceder, pero lo hace sin que los espectadores lo adviertan. Muchos espectadores, como he podido comprobar en mis clases de guión, no se dan cuenta de que allí, en esa escena interesante pero aparentemente sin importancia narrativa, está la clave, o la premisa o la moraleja si se quiere, de Balas sobre Broadway: ¿Qué es más importante, el arte o la vida?

¿Qué es más importante, el arte o la vida? Clic para tuitearEl dramaturgo David Shayne, como hemos visto, no duda en afirmar que lo más importante es el arte, pero se trata, como descubriremos, de una opinión de bohemio en una charla. Cuando su socio en la obra, el gangster Cheech, se ve enfrentado a ese dilema: elegir entre el arte (la obra que ha coescrito con Shayne) o la vida (una actriz horrible que destroza la obra) no lo duda. Elige el arte y decide matar a la actriz. Él sí es un verdadero artista o al menos él sí cree que el arte está por encima de todas las cosas, mientras que Shayne, enfrentado en la vida real al dilema de aquel café de Greenwich, descubrirá que piensa lo contrario de lo que dijo aunque tal vez ello se deba, como el propio personaje reconoce a que él no es “un verdadero artista”.


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El pueblo no existe (y la gente tampoco)

Pueblo-60

Estoy seguro de que muchos lectores estarán pensando porque razón he escrito una obviedad como la que da título a este artículo. Todo el mundo sabe que el pueblo no existe.

Eso pensaba yo, que todo el mundo lo sabía, pero de un tiempo a esta parte he observado que cada vez más gente parece creer que el pueblo o la gente sí que existen.

Entiendo que puede parecer  contradictorio escribir que “la gente cree que la gente existe” y después decirle yo a esa gente… que no existe.

Lo entiendo, pero creo que es necesario decir en este momento lo obvio y revelar a algunas personas que no existen, al menos en tanto que “gente” o “pueblo”. Tranquilo, querido lector o lectora, tú sí que existes, y también existe tu novia o tu novio. Una vez aclarado que cada persona individual existe como tal, y tranquilizados en nuestra inquietud ontológica o existencial, conviene insistir en que el pueblo o la gente son los que no existen. Existen como conceptos, eso hay que admitirlo, como palabras que sirven para referirse a un grupo más o menos numeroso de entes individuales como tú o como yo, pero poco más. Intentaré explicar a qué me refiero.

La palabra “pueblo” se puede emplear de diversas maneras, por ejemplo, para referirse a un lugar, como Écija, Badalona o Valdemoro, que son cosas concretas, con sus casas y sus calles, sus hembras y sus hombres, que diría Serrat, sus tabernas, sus iglesias, etcétera, etcétera. También se puede usar “pueblo” para referirse a un conjunto de personas que viven en un lugar, por ejemplo en uno de esos pueblos concretos, o en una ciudad (que también es un ente concreto), o en un país o una nación, que ya no tienen una existencia tan definida, sino que son más bien convenciones. Que sean convenciones no quiere decir que no tengan un tipo de existencia secundaria muy poderosa, que incluye ejércitos (conjuntos de soldados), generales, tenientes, tanques, aviones y bombas, cosas bastante sólidas y efectivas, capaces de acabar con la existencia de entes muy concretos, como tú, querido lector, y como yo. Pero aquí no me quiero referir a esos entes casi metafísicos, pero poderosos y a veces agobiantes, llamados naciones; ni al concepto de “sociedad”, entendido como el ente abstracto, pero también efectivo e influyente, que incluye las relaciones e instituciones que afectan a un grupo más o menos numeroso de individuos. Mi intención es hablar tan solo del concepto “pueblo” entendido como sujeto o protagonista de la acción política.

El uso de la palabra “pueblo” al que me refiero es el que se suele encontrar en frases como “el pueblo quiere…”, “la voluntad popular exige…”, etcétera. Ese pueblo es el que no existe ni ha existido nunca. Ese es un pueblo que para lo único que sirve es para ser utilizado con fines nada recomendables, lo que no es poca utilidad, insisto, para un ente no existente. Ese pueblo soberano que “decide”, que “actúa”, que tiene “voluntad” metafísica y del que algunos se autonombran sus representantes, nunca ha existido. En casi todas las ocasiones ha sido tan solo una excusa empleada por algunos individuos muy concretos que querían alcanzar el poder.  Ahora bien, parece un poco absurdo autonombrarse representante de algo que no existe, el pueblo, la gente, la voluntad popular, la necesidad histórica… Pues sí, parece absurdo y, además, es absurdo. Entonces, ¿por qué se hace? Hay varias razones, una de ellas obvia: como ese pueblo no existe, tampoco puede protestar por el uso que se hace de él. Se puede decir lo que se quiera en su nombre. Pero la verdadera razón es más inquietante.

Se recurre al pueblo, se dice que uno mismo o su grupo representa mejor que los otros al pueblo, a la gente, a la nación, a la voluntad popular, porque, de este modo, se cree contar con una fuente de legitimación que no depende de las establecidas y que es inmune a toda crítica. Si Fulano es la voz del pueblo, ¿cómo podemos atrevernos a contradecirle? Si él es quien sabe lo que el pueblo quiere y lo que el pueblo necesita, ¿quiénes somos los demás para discutirlo? A efectos mucho más prácticos: ¿qué son las instituciones, qué son los diputados, los senadores, los jueces, el sistema legal, las leyes, la libertad de prensa, las garantías de un estado de derecho, ante el empuje imparable de la “voluntad popular”?

El flautista de Hamelin, por John Hassal

Ilustración de John Hassal

El populismo no se define por prometer al pueblo cualquier cosa imposible. Es cierto que esa es una de sus características más notables, pero ese es un rasgo que comparte con partidos que, aunque no sean populistas, sí quieren ser populares, que a menudo también prometen cualquier cosa sabiendo que no podrán cumplirla. La característica verdaderamente distintiva que define a los populistas es considerar que ellos son el pueblo y que ellos saben lo que el pueblo quiere o necesita y, en consecuencia, que ellos, los autonombrados voceros del pueblo, cuentan con una legitimación que les permite saltarse las normas, las leyes y los frenos propios de cualquier estado moderno y democrático. El populismo es una intelectualización moderna del antiguo capricho de los aspirantes a tiranos y de los demagogos, que aseguran que ellos poseen una legitimidad que les permite emplear cualquier medio para alcanzar su objetivo, puesto que hay una instancia metafísica que hace legítimos todos sus actos: en la Edad Media europea se recurría a la Gracia Divina, los chinos lo llamaban la Voluntad del Cielo, ahora se llama la Voluntad Popular.

Eso es lo que se esconde tras la apelación al pueblo, tras la afirmación inmodesta y absurda de que uno representa mejor la voluntad popular que todos los demás, aunque todos los demás sean mayoría según todos los sistemas conocidos de elección y representación. Porque, ¿de qué sirve que los ciudadanos, tomados uno a uno, voten libremente y que, con su ignorante terquedad (“no saben lo que les conviene”), no den la mayoría de escaños a quienes se autonombran la voz del pueblo? No sirve de nada, por supuesto, porque “el pueblo”, como un todo indivisible, sigue ahí firme y compacto, detrás de sus representantes autonombrados, aunque los votos no lo muestren ni lo demuestren. Debemos seguir adelante cumpliendo la voluntad popular, pues estamos legitimados, ya que “nosotros” sabemos lo que el pueblo quiere y necesita, aunque ese mismo pueblo sea incapaz de expresarlo con toda la claridad deseable. El lector sin duda habrá observado, al leer libros de historia o incluso periódicos actuales, que quienes apelan a la voluntad popular, una vez alcanzado el poder suelen conservarlo durante mucho tiempo, puesto que para ellos no existen instancias que les puedan deslegitimar: ni las leyes, ni los resultados electorales, ni siquiera esa voluntad popular de la que tanto hablaban, que ahora ya no hay que tener en cuenta aunque hable, incluso muy alto, en manifestaciones contrarias a ellos.

Gracias a este uso del pueblo, de la gente o de esa misteriosa voluntad popular que algunos tienen el privilegio de escuchar en la intimidad, se puede, en definitiva, neutralizar todos los mecanismos que las sociedades democráticas avanzadas se han otorgado a sí mismas para evitar caer en la arbitrariedad, todos esos mecanismos que intentan evitar, con mayor o menor fortuna, que volvamos a repetir los errores del pasado y seamos víctimas de nuevo de nosotros mismos, de nuestra propia demagogia, del odio de unos hacia otros y de nuestra intolerancia, características que se encuentran multiplicadas en aquellos que se consideran a sí mismos la voz del pueblo. Porque no hay que olvidar que lo más frecuente, tal vez lo inevitable, es que cuando esas personas obtienen lo que desean, el poder, lo primero que hacen es dedicarse a conseguir que el pueblo deje de ser un conjunto de ciudadanos y se convierta en una masa indiferenciada de súbditos.


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Anecdotario de una campaña electoral

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Ilustración de Daumier

Ya se ha terminado la campaña electoral. Una campaña que ha durado muchos meses, no varias semanas. Desde hace demasiado tiempo hemos vivido en una campaña electoral permanente y agotadora. Quizá por ello y también a la vista de los resultados previstos por casi todas las encuestas, los principales políticos han cambiado el tono en esta recta final y empleado mejores maneras en al discusión. Antes de continuar, quizá deba aclarar, para los lectores susceptibles, que personalmente no considero malas maneras calificar como “no decente” a un presidente del gobierno que ha apoyado y dado aliento directo (“¡aguanta!”) a un implicado en asuntos de corrupción como Bárcenas. Sin que lo anterior se interprete como una defensa de unos u otros, ni de la decencia o indecencia de Rajoy, me parece algo propio del debate político, muy diferente a disparar a diestro y siniestro sin matiz, como era norma hasta hace poco. Eso sí, entiendo que otros no lo vean así. En fin, sea como sea, ha sido un alivio este cambio de tendencia general en la crispación de los dirigentes, aunque tengamos buenas razones para desconfiar de la sinceridad de quienes hasta hace muy poco tiempo habían hecho del insulto, el desprecio y la agresividad sus características definitorias. Pero bienvenido sea, y que dure. Ojalá sea un cambio verdadero.

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En general, he quedado satisfecho con la campaña electoral. Ha sido un espectáculo más interesante que los de los últimos dos decenios. Tal vez, de las que yo recuerdo, y las recuerdo todas, solo comparable a la primera, la de 1977, al menos para mí: todavía recuerdo el primer mitín del PSP de Tierno Galván en la Plaza de toros de las Ventas y el segundo, de la CNT, en San Sebastián de los Reyes. La política electoral es, por supuesto, un espectáculo y lo menos que se le puede pedir es que sea entretenido. Quizá no podría ser de otra manera, porque creer que en la brevedad de un debate a dos, tres o cuatro, o en un mitin ante masas enfervorizadas se puede ir más allá de lo básico es un sinsentido y quienes han intentado hacerlo de otra manera han fracasado siempre o casi siempre. El panorama se presenta interesante, aunque inquietante también, pero en este tipo de situaciones se tiende a la exageración, y después las cosas vuelven a su curso y seguimos quejándonos como si el mundo se fuera a acabar mañana. Y no, no se acaba.

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Creo que los seis o siete principales candidatos han estado bien en cuanto que candidatos, cada uno en su terreno y con sus limitaciones, que en algunos casos son bastante notables, pero no vamos a pedir que de la noche a la mañana sean capaces de hacer lo que hasta entonces le s resultaba imposible. Ha sido bastante divertido observar las estrategias y las fintas de unos y otros. Los favoritos han fallado en la estrategia y los que partían los últimos parecen haberse recuperado, en especial Pablo Iglesias, que ha logrado que todos aceptasen sus reglas del juego hasta casi el último momento de la carrera. En fin, todo ello desde el punto de vista del anecdotario electoral, al margen de opiniones políticas. Esta quizá haya sido la campaña más determinante (a la espera de los resultados) en lo que se refiere a la decisión de los electores y seguramente ha provocado más cambios en la intención de voto que todas las anteriores, lo que quizá no sea del todo positivo, porque votar llevados por intuiciones de campaña electoral y por simpatías o antipatías o por el mejor o peor desempeño como orador de un político, o como discutidor en un debate, posiblemente no es garantía de nada: el mejor gobernante puede ser el peor orador, y a la inversa. Por eso creo que, para votar, es mejor intentar abstraerse de las impresiones de campaña, de los sesgos ideológicos y de las reacciones intuitivas de gusto o disgusto y situarse no en lo que pasará el día 21, sino en lo que pasará dentro de seis u ocho meses, cuando los entusiasmos y calores de la campaña se hayan disipado y hayamos regresado a la vida cotidiana.  Por otra parte, llevamos meses de encuestas diarias que dan por seguros unos resultados que quizá no se produzcan, porque quizá haya mañana una sorpresa inesperada. Quién sabe.

Precisamente debido a la mejora de los candidatos, lo que más me ha decepcionado no han sido ellos o los partidos, sino más bien los electores, los futuros electores. Mientras que los candidatos han hecho en general un buen discurso electoral, con las limitaciones obvias de este tipo de espectáculos, y han hablado de la necesidad de dialogar tras las elecciones (o al menos han insinuado que no habrá otro remedio), la gente, el pueblo, los ciudadanos, los electores en definitiva, han continuado la inercia de los meses anteriores y la mayoría ha despreciado todo cuanto iba contra sus ideas. Los electores, en definitiva, siguen, seguimos, convirtiendo la política en una sucesión de anécdotas (como yo quizá en este anecdotario de campaña), buscando esos pequeños detalles, gestos y declaraciones, más o menos llamativos, meteduras de pata, deslices, en fin, rehuyendo el análisis sereno y centrándolo todo en discusiones interminables y demagógicas acerca de minucias, discusiones en las que  no hay salida posible para el razonamiento, la confrontación serena de ideas y el respeto a quienes no piensan como tú. A veces parece que votar a uno u otro partido es, más que un error de cálculo, un pecado. También, ya que hablamos de religión, podría añadir que se detecta un cierto pensamiento mágico entre los partidarios de uno u otro partido, que parecen pensar que la vida solo puede continuar si son los suyos los que ganan, los que se alían como ellos quieren o los que pierden con dignidad. Muy pocas personas aceptan de manera decidida la verdadera virtud de la democracia: que quienes pensamos de manera diferente, dirigentes y electores, podamos convivir de manera civilizada, aceptando que a veces ganan unos y a veces ganan los otros, no porque los electores sean descerebrados o los dirigentes manipuladores (que también puede suceder y sucede, claro), sino porque no existe otra manera razonable de convivir en este mundo imperfecto en el que habitamos. Y líbrenos Dios, el destino o quien corresponda de los mundos perfectos. Debido a esa crispación, yo mismo me he mantenido apartado de la discusión política, porque está claro que el debate está dominado por quienes lo único que quieren es vender la propaganda de su partido y atacar la del resto, con una verdadera alergia a la discusión sensata. Ahora que ya ha acabado la cosa, publico estas reflexiones no ideologizadas para respetar, además, aquella tradición, quizá no tan absurda como se dice últimamente, de la jornada de reflexión.

En cualquier caso, no creo que con ciertas descalificaciones absolutas que se oyen y se leen en las redes sociales se pueda construir una buena sociedad. Creo que unos y otros deberíamos evitar convertirnos en un país con una fractura social nacida de la mala leche y el odio, porque ya hemos tenido bastantes ejemplos, algunos de ellos muy recientes, de lo malo que es eso y de lo que cuesta arreglarlo después. Si ahora los políticos parece que se han echado atrás un poco en ese terreno, es hora de que también los ciudadanos trabajemos un poco la convivencia con quienes no piensan como nosotros, porque nos esperan tiempos difíciles en lo que se refiere a los pactos y es necesaria mucha paciencia. Afortunadamente, hay un número tremendo de indecisos que revela que no todo el mundo tiene las cosas tan claras. Entre ellos me cuento yo, que, a pocas horas de que se abran las urnas, no tengo todavía decidido qué votaré.


 

 

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Ciencia y seudociencia

Contra el juicio instantáneo 4

Durante la adolescencia fui muy aficionado a las lecturas paranormales, a todo lo que tuviera que ver con la telepatía, la telequinesis, el contacto con el otro mundo, la astroarqueología o búsqueda de huellas de los extraterrestres en la historia, las curaciones mágicas, el satanismo, la brujería o la precognición…

EnciclopediaConservo todavía varias decenas de libros relacionados con esos temas, de autores como Erich von Daniken, Peter Kolosimo o Louis Pawells y Jacques Bergier. También completé, junto a mi hermana Natalia, la Enciclopedia Planeta de Ciencias Ocultas y Parapsicología, en la que leímos las historias, abundantemente ilustradas, de los monjes flagelantes, los misteriosos templarios, la Bestia 666 (Aleister Crowley), el triángulo de las Bermudas o los misterios de la Isla de Pascua. mundo-desconocido-55También comprábamos cada semana revistas como Mundo Desconocido o Karma 7, que trataban de todos los temas mencionados y muchos más: todo lo que se saliera de lo habitual, de lo aceptado por la ciencia: pirámides en la luna, los viajes de Jesucristo a Cachemira, los avistamientos extraterrestres, la tierra hueca, los canales de Marte… Algunos de mis primeros cuentos, como Iliad, jugaban con la idea de esas visitas extraterrestres.

Aquellas lecturas me proporcionaron horas y horas de placer y entretenimiento. Era como leer novelas de aventuras parecidas a los cuentos de fantasía y ciencia ficción que leía entonces: Lord Dunsany, Arthur Machen, Edgar Allan Poe, Philip José Farmer, Alfred Elton van Vogt. Esas lecturas fueron un estímulo para mi inteligencia y para mi juicio crítico, y lo fueron doblemente. En primer lugar, porque me hicieron cuestionar las verdades aceptadas y atreverme a dudar de cualquier cosa. En segundo lugar porque me ayudaron a afinar mi juicio crítico cuando decidí aplicar esas facultades de observación y reflexión precisamente a todas esas lecturas que tanto me gustaban.

Llegó un momento, en efecto, en el que empecé a distinguir entre lo fascinante y lo convincente, entre lo posible y lo probable, entre lo plausible y lo imposible. Aunque todas esas revistas y libros estaban llenos de elaborados argumentos, poco a poco fui distinguiendo las opiniones de las certezas y entendí la diferencia entre buscar argumentos para  demostrar algo en lo que ya se cree frente a creer algo cuando se tienen buenas razones para ello; a ver desde lejos las falacias lógicas y a entender la lógica demente de los iluminados. A mi primeriza manera de adolescente, comencé a aplicar los métodos que la lógica, la filosofía y la ciencia han perfeccionado a lo largo de siglos de reflexión e investigación.

Con el tiempo, las visitas extraterrestres en el pasado o en el presente, los poderes de la telequinesis, la telepatía o la precognición se situaron en el estante correcto de mi biblioteca: cerca de las novelas y la fantasía. Puedo seguir leyendo todo aquello como quien lee una novela, y algunos de esos libros me pueden resultar entretenidos, del mismo modo que me entretengo a veces con la teología o la religión, a pesar de que tienen también protagonistas imaginarios, aunque debo confesar que ahora esos libros y artículos me parecen bastante repetitivos y previsibles, no porque conozca sus argumentos, sino porque conozco demasiado la forma de argumentar de los defensores de los fenómenos paranormales.

la-verdadera-historiaEn mi opinión, cuando de lo que se trata es de demostrar que algo es verdad, si se ve el truco se pierde el encanto, cosa que no sucede si aceptas jugar a un juego de fantasía, como leer un cuento de Philip K.Dick o una fábula filosófica de Platón, o incluso cuando ves una película de aventuras basada en cualquier fantasía parnormal. Otro de mis descubrimientos durante la juventud fue que descubrir la verdad casi siempre es más interesante que elaborar fantasías. Si juegas a descubrir qué ha sucedido, el interés decae si notas que algo es pura invención. Cuando muchos años después escribí La verdadera historia de las sociedades secretas, le puse un título que contiene una ironía casi indescifrable, pues imita los rimbombantes enunciados de aquellas revistas y libros de tema paranormal, pero, esta vez, para cumplir de manera modesta lo que afirma: contar la verdadera historia, o al menos una historia verdadera, de las sociedades secretas. Lo que se sabe y lo que no se sabe. No lo que se cree y lo que se quiere creer.

Pero aquí no voy a escribir acerca de los defensores de los fenómenos paranormales o de todo tipo de cosas seudocientíficas, como la homeopatía, el reiki y otros temas de moda, asuntos acerca de los que ya he hablado y escrito muy a menudo. Es obvio que la mayoría de quienes defienden estos mundos alternativos aplican de manera obsesiva el juicio instantáneo: una vez que han decidido creer en algo, están dispuestos a fabricar, aceptar o defender cualquier argumento que apoye sus ideas, y a rechazar, minimizar o sencillamente no escuchar cualquier otro que las ponga en cuestión. A pesar de que suelen presumir de apertura de mente, su capacidad de razonar y pensar más allá de lo obvio es muy limitada y casi nunca se desvían de su camino: rechazan lo que llaman el dogmatismo de la ciencia, no porque hayan descubierto los errores de lo establecido, sino porque se han convertido en dogmáticos de lo raro.

 

La sinrazón de la razón

En el asunto de la pseudociencia, la ciencia de salón y la afición a lo paranormal, la llegada del mundo digital ha provocado varios cambios importantes.

Uno de ellos es que lo que antes estaba en una sección de la librería, a menudo en un segundo término y claramente clasificado, ahora suele ocupar los primeros lugares en cualquier búsqueda en Internet. Si uno quiere averiguar si es cierto que la tierra está hueca y si existe un Sol interior bajo el que se tuestan nuestros vecinos subterráneos, lo más probable es que al buscar en Google “tierra hueca” obtenga una respuesta afirmativa: efectivamente, la Tierra esta hueca y los subterráneos son albinos de ojos rojos y hocico ratonil. Aunque siga buscando, tendrá que pasar diez o veinte pantallas, es decir, decenas o cientos de enlaces a diversas páginas, hasta encontrar una respuesta sensata al asunto. De este modo, en la red mundial lo razonable queda oculto bajo capas y capas de falacias y fábulas más o menos ingeniosas, por lo que no es extraño que la credulidad acrítica aumente entre los adolescentes (pero no solo entre ellos): en realidad sí se informan a fondo, pero mal.

tierrahuecoideaa

La segunda consecuencia de la extensión de internet en este terreno es más preocupante, porque consiste en que quienes intentan refutar todas esas supercherías que inundan la red acaban por convertirse en sus víctimas, no porque se las acaben creyendo, sino porque acaban empleando la misma manera de argumentar que las legiones de crédulos.  Se produce, en defnitiva, lo que he llamado en alguna ocasión “Ser vencido por los enemigos al vencerlos” (una variante inversa de aquello de “La Grecia conquistada conquistó Roma”).

En mi opinión se debería evitar y no hay ninguna necesidad de emplear descalificaciones ofensivas para quienes no piensan como nosotros, ni siquiera para aquellos que manifiestamente son incapaces de razonar de manera coherente. Se puede y probablemete se debe denunciar a quienes ponen en peligro la vida de otras personas, como quienes no vacunan a sus hijos, que ponen en peligro no solo a sus hijos, sino a los demás, pero no hay necesidad de descalificar de manera maleducada, soberbia, brutal o grosera a personas que han adoptado esas opiniones por ignorancia o porque les han convencido con esos argumentos de elocuencia engañosa que emplean los diversos farsantes de la pseudociencia. Todo eso se puede hacer sin recurrir a motes ofensivos, más propios de una charla de café que de un intercambio intelectual publico (y recientes casos nos han mostrado que todo lo que sucede en internet es público). No porque estas o aquellas personas no merezcan esos calificativos u otros peores, sino porque no lo merece una discusión razonable, y con menos motivo en asuntos en los que no se pone en peligro la vida de nadie, sino que tan solo se opina acerca de un asunto más o menos extravagante o curioso.

Tampoco creo que se deba usar la ciencia como arma arrojadiza y me parece que muchas veces deberíamos ser más prudentes cuando recurrimos a ella. La ciencia avanza muy poco a poco y no puede ser sometida a esos vaivenes y a ese juicio instantáneo que parecen exigir las redes sociales, porque los científicos también se equivocan a menudo y porque el descubrimiento científico a veces da inesperados rodeos. La respuesta inmediata y automática no es recomendable si realmente queremos adoptar las mejores virtudes de la investigación rigurosa. Hay que tener en cuenta también que muchas cosas aparentemente inocuas se han revelado peligrosas con el tiempo, así que conviene no meter la mano en el fuego por compuestos, elementos, inventos o descubrimientos que todavía no han podido ser puestos a prueba con todas las garantías. Para obtener conclusiones más o menos fiables desde el punto de vista científico acerca de cualquier cosa relacionada con la salud, la nutrición, la medicina o un nuevo compuesto o mecanismo deben transcurrir al menos dos generaciones.

 

Fantaciencia y ciencia fantasiosa

Por otra parte, también quiero reivindicar el derecho a la fantasía y al error, a fabular acerca de cualquier cosa, a lanzar hipótesis más o menos extravagantes. Algunas fábulas seguirán siendo siempre fábulas y otras poco a poco entrarán por el camino seguro de la ciencia. Pondré un ejemplo: es muy improbable que la telepatía exista o haya existido, pero es casi seguro que existirá en el futuro. Si no me equivoco, ya se han logrado enviar mensajes telepáticos sencillos entre dos cerebros conectados por algo así como un wifi o bluetooth neuronal. En mi opinión, casi todo lo que los diversos fabuladores han imaginado a lo largo de la historia, como Luciano, Cyrano de Bergerac, los escritores de ciencia ficción o los aficionados al mundo paranormal, acabará no por ser descubierto, sino inventado. Casi cualquier cosa imaginable, o al menos cualquier cosa que se pueda convertir en un algoritmo, será tarde o temprano posible.

ciencia

Es casi seguro que las teorías acerca de la presencia extraterrestre en nuestro planeta son todas pura fantasía, pero eso no hace imposible que no haya existido esa presencia extraterrestre. También es casi seguro que todas las religiones son pura fábula, pero eso no impide que exista eso que llamamos Dios. De hecho, la probabilidad de que nos hayan venido a visitar los marcianos o cualquier otro vecino galáctico es muchísimo más alta que la de que exista una entidad similar a eso que llaman Dios. Como es obvio, quien quiera demostrar una u otra cosa deberá hacer un gran esfuerzo para encontrar las pruebas, pero cualquiera es libre de fabular, siempre y cuando no presente sus hipótesis como certezas indiscutibles.

En definitiva, al alejarnos de los farsantes a menudo nos alejamos también o negamos uno de los procedimientos básicos del descubrimiento científico: la formulación de hipótesis extravagantes. Los estudiosos del método científico distinguen entre el contexto del descubrimiento y el contexto de verificación o justificación. Una cosa es cómo se elabora una teoría y otra muy diferente cómo se comprueba que es cierta, o al menos que es probable, o al menos que no es falsa.

En la discusión de hipótesis y probabilidades podemos ser muy locos e incluso debemos serlo. En la verificación, sin embargo, debemos ser conscientes de que no es tan fácil creer en algo como demostrarlo. Para creer solo hace falta un pequeño esfuerzo de la voluntad. Para demostrarlo hay que trabajra mucho más: hay que ser capaz, en primer lugar, de ponerlo a prueba, de investigarlo, de vigilarlo, hasta que contamos con los suficientes datos, observaciones dirigidas y experimentos verificados como para darle una pequeña o gran probabilidad.

Al escuchar o leer a personas que dicen o dan a entender que hablan en nombre de la ciencia, a veces me parece estar escuchando a los aristotélicos que decían que las cosas eran verdad porque las decía Aristóteles. Las cosas no son verdad porque las diga la ciencia, sino que la ciencia lo que dice, de manera diferente en cada caso particular, es que algo puede ser verdad o que, al menos, es muy probable. El hecho de que algo no tenga contraindicaciones observadas no quiere decir que no las tenga ni permite a la ciencia afirmar que no las tiene, en especial si es algo reciente, sino que quizá no ha sido todavía investigado a fondo.

La investigación en la ciencia nunca se detiene y siempre puede mejorarse, por lo que a veces puede resultar frustrante ver que lo que hace diez años aconsejaba la ciencia, por ejemplo la ciencia médica o la ciencia nutricional, ahora ya no se cree que sea bueno. Hay pocas teorías en ese tipo de terrenos que sobrevivan más de treinta años, como tampoco sobreviven demasiado tiempo las teorías de la antropología, la sociología o la psicología. En el futuro, sin duda descubriremos algunas contraindicaciones de cosas que ahora hemos empezado a usar, porque ya he dicho que tienen que pasar al menos treinta años en la mayoría de los casos para que lleguen resultados fiables en ciencia. Por eso, creo que hay que ser prudentes y no apostar de manera dogmática por cosas que todavía están bajo las investigaciones iniciales.

Recientemente, Umberto Eco dijo que las redes sociales han impulsado al tonto del pueblo a portador de la verdad, lo que es sin duda cierto, como hemos visto al hablar de la extensión de la seudociencia en internet, pero, como ya he dicho más arriba, creo que existe una consecuencia quizá más negativa que esa: internet y las redes sociales también han logrado que los que nunca han sido tontos del pueblo acaben por comportarse como ellos.

Como sucedía en la política (Animales políticos), la economía (El fenómeno fan en economía) y en cualquier otro terreno (¿Somos cebras o termostatos?), creo que lo más recomendable es evitar emitir juicios instantáneos y detenerse a pensar. Detenerse a pensar no solo para formarnos una opinión más compleja e interesante acerca del asunto que tenemos delante, sino también detenenerse a pensar en cómo vamos a expresar esa opinión. Si empezamos a hablar como hablan los fanáticos y los lunáticos, usando la ciencia para golpear la cabeza de nuestros enemigos más que para convencerlos, ellos también tendrán todo el derecho a pensar que nosotros exigimos razonar pero que no sabemos hacerlo.

 

 

*************

 [Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños (Cuba), en febrero-marzo de 2015. Revisado en julio de 2015]


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Adam SmithDespués de hablar de hablar de los problemas del juicio automático en ¿Somos cebras o termostatos? y del automatismo político en Animales políticos, en esta ocasión seré un poco más breve, porque mucho de lo que dije acerca de la política es también aplicable a la economía.

En los últimos tiempos, los españoles (y supongo que también los griegos, los portugueses, los alemanes y los italianos) nos hemos convertido en verdaderos expertos en economía. Se trata de un área del conocimiento que hasta poco antes de la crisis nos aburría, porque nos resultaba tediosa y casi arcana, pero que ahora parece ser un terreno de discusión accesible a cualquiera y en el que se puede no solo opinar con soltura, sino también pontificar y afirmar con plena seguridad cualquier cosa imaginable. No solo los periódicos, las tertulias de radio y televisión, sino también los bares, las cafeterías y en especial internet y las redes sociales, rebosan de economistas, algunos profesionales; el resto, recién llegados que compensan su falta de conocimiento con un entusiasmo y seguridad en sí mismos dignos de mejores causas.

Sospecho que la mayoría de los que creen tener respuestas económicas para todo ignoran cuál es el estatus científico que los filósofos de la ciencia conceden a la economía en su aspecto predictivo: consideran que se halla bastante cerca de la astrología, el tarot o la lectura de hígados de palomas, es decir, su valor predictivo es cercano a cero. O, mejor dicho, puede alcanzar un valor cercano al 50%  si se trata de elegir entre dos respuestas  opuestas: ¿mejorará la economía o no mejorará la economía?, ¿bajará el paro o no bajará el paro?, ¿saldra cara o saldrá cruz si lanzo una moneda?.  Es célebre el experimento que hizo durante varios meses un periódico de Estados Unidos , al ofrecer en paralelo la predicción de varios expertos económicos y la de un grupo de indocumentados que cada día tiraban los dados para ver si las acciones de cada empresa subirían o bajarían. El grado de acierto de unos y otros fue muy bajo, pero lo interesante es que ese grado de acierto fue casi idéntico para los expertos económicos y para los farsantes.

A pesar de todo lo anterior, hoy en día, al menos en España, todo el mundo parece tener claro cómo salir de la crisis y qué medidas hay que tomar, qué debe hacer Alemania y el Banco Central y qué debería hacer Grecia. No niego que en ocasiones se encuentran opiniones mesuradas y complejas, que muestran que alguien se ha tomado la molestia de analizar la situación y que, en consecuencia, ofrece un análisis discutible, como lo es inevitablemente cualquier opinión en el terreno económico, pero lo habitual es encontrar, en vez de opiniones y análisis,  pronunciamientos categóricos. Y lo que es peor, esos pronunciamientos se producen a diario.

Paul Krugman, por David Smith

Paul Krugman, por David Smith. Tras la burbuja de las puntocom, Kugman recomendó crear “una burbuja inmobiliaria para reemplazar la burbuja del Nasdaq”

Grandes ídolos se construyen y se derriban de un día para otro, Krugman, Stiglitz, Varoufakis, que sirven para defender cualquier caso o hipótesis imaginable. Un ejemplo curioso es el de Paul Krugman, que ha servido para defender el keynesianismo, es decir el liberalismo, pero también la socialdemocracia, pero también para la intervención masiva del estado poniendo a fabricar la máquina de hacer billetes, pero también para recomendar medidas como la moneda de un millón de dólares, pero también para criticar la burbuja inmobiliaria que trajo esta crisis, pero también para recomendar la creación de burbujas inmobiliarias, algo que, en efecto, él mismo defendió explícitamente antes de que la crisis estallara, añadiendo que eran beneficiosas para la economía.

Quizá tenga que aclarar de nuevo que no es mi intención aquí discutir si Krugman o cualquier otro economista tiene razón o si sus argumentos son buenos, malos o regulares. Lo menciono a él por ser uno de los que tiene más fans o seguidores entusiastas, y también más detractores enfurecidos. Podemos llegar a plantearnos y discutir si es bueno imprimir la moneda de un millón de dólares o crear una nueva burbuja de deuda (ahora no inmobiliaria y privada, sino pública), o si la burbuja inmobiliaria fue o puede ser positiva, o si Grecia debe pagar o no pagar la deuda para así poder contraer nuevas deudas. Quizá llegaríamos a interesantes conclusiones a favor o en contra de cada una de estas ideas. Yo mismo, como otro de esos economistas de ocasión, he reflexionado acerca de algunos de esos asuntos y creo haber aprendido algunas cosas interesantes. El problema es que todo ese conocimiento económico del que hacemos gala a diario es solo para aparentar, para indignarse o para pontificar. A casi nadie le interesa plantearse esas u otras cuestiones con el objetivo de buscar con honestidad la verdad económica, que, como ya he dicho, es una verdad muy frágil. Lo que interesa, al acudir a Stiglitz, Varufakis, Krugman, José Carlos Díaz o cualquier otro es, simplemente, emplear lo que en la Edad Media se llamaba Argumento de Autoridad: recurrir a alguien, de preferencia un premio Nobel, que diga en un momento dado algo que coincide con lo que dicen los nuestros o con lo que pensamos nosotros.

Kahneman - pensarPara terminar, insisto, como hice en el capítulo anterior, en que aquí también hace falta un poco más de reflexión, de pensar despacio. No viene mal recordar que el psicólogo Daniel Kahneman ganó el premio Nobel de economía porque analizó las malas decisiones económicas que llevamos a cabo llevados por nuestros sesgos cognitivos, que nos hacen ver tan solo lo que coincide con nuestros intereses, gustos, preferencias, prejuicios, manías o ideologías. Tiempo después de recibir el Nobel, Kahneman escribió un magnífico libro llamado Pensar rápido, pensar despacio, donde recomienda, como hago yo aquí, siguiéndole a él, pensar despacio. Desactivar, en definitiva, la metralleta de la opinión instantánea.

Taleb - El cisne negroTermino con una observación que hace Nassim Nicholas Taleb en El cisne negro: quienes creen estar mejor informados porque consultan a diario las cotizaciones de bolsa, en realidad están menos informados, porque viven sometidos a un vaivén de opiniones cambiante y frenético, de subidas y bajadas, de angustias y alegrías repentinas, que les convierte en incapaces de contemplar con distancia el fenómeno económico. No se aprende nada viendo el cambio diario de la bolsa, como no se ve nada si situamos el objeto de nuestra atención pegado a nuestro ojo: hay que mantener cierta distancia para enfocar.

Tampoco se aprende nada, ni se piensa mejor, si cada día manifestamos nuestra opinión instantánea acerca de cada nuevo acontecimiento político o económico. Deberíamos concedernos un poco de distancia y perspectiva y no sentirnos obligados a manifestar continuamente juicios de valor que, además de ser equivocados casi siempre, condicionan nuestra manera de pensar y acaban por obligarnos a defender cosas que ni siquiera nos gustan, o a combatir otras que hasta hace unos días nos gustaban. Pensar que en economía las soluciones son evidentes es una verdadera insensatez, por lo que deberíamos ser más prudentes, ya que casi todos los análisis económicos que se escuchan en las tertulias o se leen en internet y las redes sociales no son otra cosa que explicaciones a partir de lo que ya ha sucedido. Una vez que ha pasado algo, la demostración de que tenía que pasar siempre parece evidente: post hoc, ergo propter hoc (Una vez que algo ha sucedido se explica con facilidad por qué ha sucedido).

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 [Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños (Cuba), en febrero-marzo de 2015]

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