Defensa perfecta de la imperfeccion

Daniel--Breslau-quizá-10-agosto2004

Agosto de 2004 en Chequia o en Eslovaquia

Me gusta lo imperfecto no porque sea imperfecto, no porque me proponga apreciar lo imperfecto y alejarme de lo perfecto. No es eso lo que me sucede. Lo que sucede es que constato que me gusta lo imperfecto cuando pienso en las cosas que me gustan y descubro que casi todas son imperfectas.

Pero no exijo ni busco la imperfección. Eso sería una busqueda artificiosa.

Hay sensaciones perfectas. Es perfecto caminar por la calle y sentirse feliz. Es perfecta la vida cuando estás en una discoteca y bailas y la gente baila y también parecen felices. Es perfecto leer algo que te gusta y descubrir una coincidencia tan hermosa que parece que el autor ha querido expresar algo que le dijiste ayer, a pesar de que ni siqueuira le conoces. Estas son sensaciones o experiencias perfectas.

Pero las cosas no sé si pueden ser perfectas. ¿Son perfectas las puestas de sol cuando estás cansado de verlas y preferías que fuese de día? Las cosas de la naturaleza, los árboles, las montañas, los ríos, no sé si pueden ser perfectas.

No es a ese tipo de cosas a lo que quiero referirme aquí.

Aquí quiero referirme a las cosas creadas por el ser humano, al arte y a todas esas creaciones que todos llamamos bellas, excepto los profesores de estética que dejan escapar la belleza entre las mallas perfectas de sus definiciones.

Pues bien, los cuadros, los diseños, el baile, el teatro, el cine… cuando son perfectos me producen a menudo rechazo y casi siempre me mantienen lejos, apartado, emocionalmente apartado.

impefectoAlgún dandy decía que la ropa nueva endominga. Hay que ponerse la ropa nueva un día o dos en privado, en casa, antes de salir a la calle. Si un traje es demasiado perfecto hace que todos se fijen más en el traje que en quien lo lleva. No quiero que mi traje importe más que yo. El traje está para ayudarme a mí, no yo al traje, del mismo modo que Jesucristo dijo, con acierto indudable, que el domingo estaba hecho para el hombre y no el hombre para el domingo.

La perfección somete las cosas a la forma en la que son expresadas de una manera tan extrema que las hace insoportables o insulsas. Los bailarines que no se equivocan en un sólo paso, que mueven brazos, piernas, pies, dedos y barbillas con precisión milimétrica, son tan esclavos de su perfeccion que a menudo sufren durante días por un error que sólo puede haber percibido alguien tan obsesionado como ellos.

En el siglo XX el ballet se liberó en parte de la tiranía insoportable de la perfección y nació la danza contemporánea, que recuperó lo que era bailar y que habia sido olvidado a partir de la época reglamentista de Luis XIV. Pero algunas de las nuevas maneras de danzar también empiezan a oxidarse en normas y en una obsesiva y absurda búsqueda de la perfección. De vez en cuando, es cierto, surge un bailarín que parece capaz de alcanzar al mismo tiempo la perfección academica y la expresión vívida, que traspasa los limites. Estos bailarines suelen ser controvertidos en sus inicios, y al final son castigados en cuanto cometen un pequeño error, en cuanto el engranaje ya no no se mueve como una máquina sin fallo. No hay que olvidar que la crítica de danza a menudo la ejercen más bien jueces de gimnasia que a personas capaces de apreciar la belleza.

Lo cierto es que disfruto más con los pequeños espectáculos imperfectos que con esas grandes y virtuosas coreografías en las que no consigo ver a la persona que se ha vestido de artista.

También suelen gustarme las peliculas imperfectas, o que al menos lo parecen.

Shakespeare es imperfecto siempre o casi siempre y durante muchos años sus comentadores se han han asombrado al descubrirlo. No han podido ocultar la imperfeccion de Shakespeare. Y sin embargo, ellos y nosotros, casi todos nosotros, consideramos que Shakespeare es el más grande.

La explicacion de esta aparente paradoja tal vez sea sencilla y algunos la han intuido ya, al menos desde que Samuel Johnson escribiera su célebre Prefacio a Shakespeare: la grandeza y la imperfección no sólo no son términos opuestos, sino que se alimentan el uno al otro.

Cuando construimos un disco, una cinta, un CD, un archivo digital o una lista de  Spotify con nuestras canciones favoritas, nos sorprende descubrir, al escucharlo, que la suma de tanta belleza no iguala a lo que cada canción suponía por separado. Parece como si, por una vez, el todo fuese menor que sus partes. ¿Cómo es posible? La razón es sin duda que las cosas nos aburren cuando son iguales. Si cuentas siempre lo mismo y de la misma manera, el espectador, el oyente o el lector se aburrirá, pero eso sucederá tanto si lo que cuentas es muy lento como si es extraordinariamente movido.

Cuando todo permanece igual acaba cansando, porque el cerebro necesita novedad, al menos un cerebro sano, y si las cosas no cambian, el cerebro acaba acostumbrandose y busca cosas nuevas, a menudo fuera de la narración. Pero si todo cambia constantemente, el cerebro también acaba aburriéndose de la monotonía del cambio continuo. Se puede ser plano, monótono, tedioso y repetitivo por abajo, pero también por arriba. Se puede ser aburrido en lo mediocre y aburrido en lo sublime. ESo es lo que pasa cuando juntas canciones sublimes una detrás de otra.

Breclav-estacion

Escribí este texto en un viaje imperfecto y delicioso con Ana Aranda, precisamente cuando nos equivocamos al tomar un tren y, en vez de ir a Bratislava, en Eslovaquia, fuimos a Břeclav en Chequia.

breclav

Pasamos una noche en Břeclav y al día siguiente quedó este testimonio de que habíamos estado allí.

No parece razonable pensar que tantas imperfecciones en la obra de Shakespeare sean calculadas, pero tampoco se pueden atribuir sólo a la inconsciencia o la torpeza. Creo que, como todo artista, Shakespeare intentaba hacer las cosas bien, pero que no se preocupaba de eso hasta el punto de que sólo pensase en hacer las cosas bien. Probablemente preferia hacerlas, aunque fuera mal, que no hacerlas.

La imperfeccion, sencillamente, no tiene por qué buscarse: sobreviene inevitablemente.

La perfección, por el contrario, sólo puede existir si la buscas, y sólo la puedes conseguir si te ajustas a unas reglas trazadas previamente, si sigues unos cánones diseñados para la visión y la crítica puntillosa e inmisericorde de los expertos. Por eso, cuando los dogmas artísticos caen, suelen morir con ellos las obras que respiraban tan sólo en ellos: su dependencia era tan absoluta que apenas les queda nada propio. Sin embargo, a menudo sobreviven las obras imperfectas, las que no lograron ajustarse a esa perfección canónica.

Del mismo modo caen los sistemas filosóficos que se alzan como edificios perfectos: cuando ya a nadie le gusta ese tipo de arquitectura mental, tampoco interesan los muebles, pues estaban tan adaptados a la forma de las paredes que no pueden usarse en otra casa.

Las ideas, los argumentos y los conceptos que dependen en exceso de una metafísica concreta suelen morir con ella.

Cualquiera puede leer todavía lo que escribió Montaigne, pero sólo los profesores o los filósofos profesionales leen lo que escribieron Hegel o Kant. Afortunadamente, nadie es perfecto aunque lo pretenda, y algunas cosas de Kant, Hegel o Spinoza sobreviven a pesar de sus sistemas dogmáticos y perfectos.

Porque, como dije antes, el mayor defecto de lo perfecto es que resulta tan frío, formal y falto de interés como un traje nuevo. Da igual quien lo lleve porque lo unico que importa es el traje: los artistas perfectos lo unico que hacen es pasear un traje nuevo ante la vista del publico.

Breslau-iglesia

Břeclav

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[Escrito en Břeclav (Chequia), el domingo 9 de agosto de 2004: “Un error nos ha llevado a este pequeño pueblo checo en vez de a Bratislava, la capital de Eslovaquia. Aprovecho para corregir aqui este texto que escribi en Barcelona]

CUADERNO AUSTROHÚNGARO

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Originally posted 2014-11-10 16:01:31.

2.7 Conclusión

democrito

Sólo queda por comentar una cuestión que es tal vez la central en todo estudio de la ética aristotélica: el de su misma definición. La de Aristóteles es el ejemplo más repetido y el modelo más señalado de ética eudemonista, y además teleológicamente eudemonista. Sin embargo, ambos conceptos nos son tan trasparentes, ni su aplicación tan evidente como pueda parecer.

Si no un error, la definición de la ética aristotélica como eudemonista puede ser una gran simplificación, o la descripción de un hecho trivial, pero no carente de consecuencias.

¿Es la ética de Aristóteles, en definitiva, eudemonista?

Parece serlo, desde el momento en que el propio Aristóteles así lo afirma, pero, como se ve claramente en el texto citado en la nota 9, también las demás éticas a las que se enfrenta lo son (a excepción tal vez de la de Platón): Todos los hombres están de acuerdo en que el bien supremo es la felicidad. Esto significa que la ética de Aristóteles es eudemonista, sí, pero de un modo semejante a como la física es materialista, o la matemática “calculista”. es decir, que el hecho de que aquello que estudian, y admiten estudiar, los físicos sea la materia (lo que Aristóteles definiría como el ente móvil), no significa ni mucho menos que todos ellos (los físicos) tengan un mismo concepto de qué sea la materia. La materia, tal como se define, por ejemplo, por las teorías más avanzadas de la Física actual, no se parece en nada a la materia tal como fue entendida hasta finales del siglo XIX. Los físicos actuales, aún reconociendo que se dedican a estudiar los fenómenos puramente físicos, y no los espirituales, no los biológicos, por ejemplo, pueden llegar no sólo a cuestionar la noción clásica de materia, sino a definir ésta como algo muy cercano a eso que se llamaba espíritu. Con ello, se ve que incluso una actividad definida como materialista, puede al final cuestionar su mismo presupuesto central cuando llega el momento de definirlo. Lo mismo sucede con la ética de Aristóteles: el fin de la misma es la felicidad, por supuesto, pero también lo es para la ética de Demócrito, la de los epicúreos, la de los estoicos (sutilezas terminológicas aparte) y muchas otras. Intentar acercarse a la ética aristotélica desde la oposición que enfrenta a las éticas eudemonistas con las no eudemonistas, o materiales frente a formales (que suelen fecharse a partir de Kant) es correr el riesgo de malinterpretar y no llegar a comprender la especificidad misma de la ética aristotélica, e incluso de ni siquiera ver los puntos de contacto que se pueden establecer entre ella y algunos de los desarrollos propuestos por las llamadas éticas no eudemonistas y las de los valores. La causa de esta confusión que lleva frecuentemente a un estéril academicismo terminológico en el que los perfiles de las palabras impide ver el trazo conceptual, tal vez se halle en el propio Aristóteles.

Porque Aristóteles se plantea varias cuestiones que quizá no sean equivalentes. Se pregunta, en efecto cuál es el fin al que deben aspirar los hombres, y cuál es el fin al que quieren aspirar los hombres. Se pregunta, dicho de otro modo, cuál sería el estado ideal que definiría al hombre feliz, pero también cuál es la función propia del hombre, que éste tiene que cumplir para ser verdaderamente hombre. Por ello, la ética de Aristóteles parece exigir, o al menos eso me parece, el cumplimiento de unas condiciones fundadas ante todo en el vivir conforme a la razón. A quien cumple estas condiciones no le está asegurada la felicidad en su pleno sentido, de tal modo que si le preguntáramos si es feliz por cumplir los dictados de la razón, podría respondernos: “No lo sé, pero sé que sería infeliz si no pudiera [o no pudiera intentar] cumplirlos”. No me es posible tratar con el rigor y extensión precisos este asunto, ni tampoco el de la concepción teleologista de Aristóteles, que ha causado no menos confusión en sus comentadores.

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ÉTICA DE DEMÓCRITO Y ARISTÓTELES

2.6 Pensamiento, palabra y acción

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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2.3 Los bienes exteriores

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2.1 La ética de Demócrito

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Introducción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

Ética de Demócrito y Aristóteles 2.2


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2.7 Conclusión

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La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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ÍNDICE

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CUADERNO DE FILOSOFÍA

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Originally posted 1992-12-14 12:01:39.

La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

Ética de Demócrito y Aristóteles 2.2

Según Cicerón, la cuestión ética fundamental de la felicidad fue importantísima para Demócrito:

“Demócrito descuidó sus bienes y su fortuna para buscar la felicidad, que hacía consistir en el conocimiento de las cosas; de esta investigación de la naturaleza quería que se originase el buen ánimo” (fr.740).

La cita de Cicerón nos permite hablar sin más preámbulo de aquello que Demócrito considera el bien supremo. En efecto, Demócrito, del mismo modo que lo hará Aristóteles, se pregunta cuál es el fin de la vida humana y concluye que es “el buen ánimo” (fr.735). Este buen ánimo no es otra cosa que la felicidad (fr.739).

La coincidencia con Aristóteles es en este punto casi absoluta, excepto en el hecho de que Demócrito prefiere emplear como concepto básico el de buen ánimo (euthymia) y no el de felicidad (eudaimonía), aunque, llegado el caso, los declara sinónimos e incluso utiliza otros equivalentes, como bienestar (fr.734):

“A la felicidad llama [Demócrito] buen ánimo, bienestar, armonía, simetría e imperturbabilidad” (fr.742).

Así pues, como señalan los comentadores de los fragmentos de Demócrito (en la edición de los Presocráticos III de Gredos), para Demócrito “el buen ánimo es el fin  (télos) de la vida, y el supremo bien (to krátiston), que coincide con la felicidad.

Este buen ánimo es “el estado en el que el alma está serena y equilibrada, porque no la perturba ningún temor, ni el miedo a los dioses ni ninguna otra afección” (fr.734).

 

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ÉTICA DE DEMÓCRITO Y ARISTÓTELES

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Originally posted 1992-12-17 12:01:53.

Incendio en el museo

En la película de Woody Allen Balas sobre Broadway el dramaturgo David Shayne y sus amigos conversan en una terraza de Grenwich Village. Uno de ellos, Flender, propone un dilema clásico:

—Escuchad, digamos que se quema un edificio, y que sólo puedes salvar una sola cosa, o el último ejemplar de las obras completas de Shakespeare o bien un ser humano anónimo. ¿Qué haríais?

Se produce el habitual momento en el que todos hablan a la vez, como sólo sucede en la vida real y en las películas de Allen, y vemos que Shayne dice:

—No se puede privar al mundo de esas obras.

Flender y Shayne estrechan sus manos por el acuerdo, a pesar de que se escuchan voces, todas ellas de mujeres que expresan la postura contraria,  que no se puede dejar que un ser humano muera en un incendio a cambio de salvar un objeto inanimado. Flender exclama:

—No es un objeto inanimado. Es arte… ¡el arte es vida!

Otras variantes de este dilema nos hacen elegir entre un cuadro de Leonardo Da Vinci o el portero del museo, e incluso entre una obra maestra única en el mundo y un gato. Como es obvio, para que el dilema sea real para una persona concreta, en el lado de la obra de arte debe situarse algo que esa persona admire por encima de todas las cosas. Si la elección es entre La Mona Lisa y al oyente no le gusta ese cuadro no habrá dilema: salvará sin dudarlo al portero o al gato.

Quizá algún lector o lectora se esté preguntando si realmente hay personas que dicen que salvarían el cuadro. La respuesta es que muchas personas, en efecto, dejarían morir al gato en el incendio. La mayoría de quienes se inclinan por salvar la obra de arte son lo que se suele considerar intelectuales, personas con una amplia formación cultural, o bien artistas. En una curiosa encuesta que hicieron en Colombia  hace unos años compararon lo que respondía una reina de la belleza con lo que decían algunos intelectuales. El resultado es que la reina de la belleza dijo que salvaría al perro. Sin embargo, los intelectuales se inclinaron mayoritariamente por salvar el cuadro, aunque a veces con matices.  Una excepción ingeniosa fue la respuesta de Gabriel Ruíz Navarro: “Si el museo es colombiano, yo salvaría el perro, es más, metería todas las obras de Fernando Botero para que también se quemen”.

He hecho algunas prospecciones acerca de este dilema en Internet y parece, en efecto,  existir una diferencia en las respuestas relacionada con la cultura,  o al menos con la implicación en el medio cultural. Parece como si los intelectuales hubiesen descubierto que los seres vivos no son tan importantes como puede parecer de una manera más instintiva y espontánea, o que el arte está por encima del bien y del mal. Tendremos ocasión de profundizar en esta cuestión en otras líneas de sombra, pero ahora vale la pena recordar la respuesta que dan Woody Allen y su colaborador en el guión de Balas sobre Broadway a ese dilema. Porque toda la película es una respuesta a esa pregunta formulada en esa escena aparentemente sin importancia en la terraza de Grenwich Village.

Shayne y Cheech Trabajando en los billares

Shayne y Cheech Trabajando en los billares

Woody Allen, que siempre ha reconocido usar los trucos que aprendió como prestidigitador en sus películas, escribió esa escena para sugestionar a los espectadores, para prepararles para lo que va a suceder, pero lo hace sin que los espectadores lo adviertan. Muchos espectadores, como he podido comprobar en mis clases de guión, no se dan cuenta de que allí, en esa escena interesante pero aparentemente sin importancia narrativa, está la clave, o la premisa o la moraleja si se quiere, de Balas sobre Broadway: ¿Qué es más importante, el arte o la vida?

El dramaturgo David Shayne, como hemos visto, no duda en afirmar que lo más importante es el arte, pero se trata, como descubriremos, de una opinión de bohemio en una charla. Cuando su socio en la obra, el gangster Cheech, se ve enfrentado a ese dilema: elegir entre el arte (la obra que ha coescrito con Shayne) o la vida (una actriz horrible que destroza la obra) no lo duda. Elige el arte y decide matar a la actriz. Él sí es un verdadero artista o al menos él sí cree que el arte está por encima de todas las cosas, mientras que Shayne, enfrentado en la vida real al dilema de aquel café de Greenwich, descubrirá que piensa lo contrario de lo que dijo aunque tal vez ello se deba, como el propio personaje reconoce a que él no es “un verdadero artista”.


Las baldosas del infierno

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Bichos

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El punto ciego

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Entre el corazón y el cerebro

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La línea de sombra

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Incendio en el museo

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La evolución de las piedras

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Armas de destrucción masiva

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El asco como categoría moral

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CUADERNO DE POLÍTICA

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Originally posted 2016-08-18 23:09:52.

2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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Demócrito aborda una cuestión que Aristóteles no examina sino muy indirectamente (especialmente en el Libro I): la distinción misma de lo bueno y lo malo. Para Demócrito, el criterio para saber lo que se debe desear o rechazar es la afección, “pues es deseable lo que nos atrae y es rechazable lo que nos repele” (fr.667)[1]. Y añade que “deleite y sinsabor son la medida de lo perjudicial”. Esta insistencia hace que Plinio llegue a afirmar que Demócrito opinaba que los dioses son sólo dos: perjuicio y beneficio (fr.671). Se puede intuir la proximidad de estas opiniones con una ética de valores y de disvalores, pero estos fragmentos también han hecho concluir a algunos que Demócrito proponía una ética puramente hedonista. Sin embargo, existen textos que niegan radicalmente esta consideración y, al mismo tiempo, aproximan de nuevo la ética democriteana a la aristotélica. Así: “Para Demócrito el bien supremo es el buen ánimo, que no se identifica con el placer…“(fr.734). Ahora bien, es cierto que el placer suele ir asociado en Demócrito al buen ánimo, pero no de otra manera que como síntoma o señal: “El deleite [Demócrito se refiere fundamentalmente al deleite intelectual] muestra que se ha alcanzado el buen ánimo, pero no es en sí el buen ánimo” (nota 293,p.371ss). Se trata, pues, de un placer sobrevenido, como aquel del que habla Aristóteles. Es más, concluye Demócrito, la felicidad “surge de la delimitación y de la elección de los placeres” (fr.742), por lo que no se puede hablar de que aquella esté sometida a estos, sino a la inversa. Porque, en definitiva, para Demócrito, del mismo modo que para Aristóteles, e incluso con más insistencia, “la razón… está acostumbrada a alcanzar los deleites en sí misma” (fr.982), pues “los grandes deleites provienen de la belleza de las acciones (fr.1031).” Se puede hallar aquí, parece, el germen de la idea de valor absoluto aplicada al comportamiento virtuoso en sí mismo, que Reiner no halla expresada por primera vez, y no de un modo completo sino en Cicerón[2].


[1] “Hay tres criterios: para la captación de lo invisible, los fenómenos; para la investigación, el concepto; para lo que se debe desear o rechazar, la afección, pues es deseable lo que nos atrae y es rechazable lo que nos repele”. En en fragmento 671 dirá: “Para todos los hombres, el bien y la verdad son lo mismo; lo placentero, en cambio, es una cosa para uno y otra cosa para otro”.
[2] Vieja y Nueva Ética, 218 y ss.

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2.6 Pensamiento, palabra y acción

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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2.3 Los bienes exteriores

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2.1 La ética de Demócrito

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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Introducción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

Ética de Demócrito y Aristóteles 2.2


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2.7 Conclusión

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La felicidad y los tres modos de vida

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CUADERNO DE FILOSOFÍA

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Originally posted 1992-12-15 11:01:03.

La política del Amor Universal

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Modi, comnocido como Mozi (maestro Mo)

Una expresión como “Amor Universal” nos hace pensar inevitablemente en monjes vestidos con túnicas color mostaza o azafrán que avanzan sonrientes entre el tráfico de la gran ciudad haciendo tintinear sus campanillas, mientras predican una religión oriental de amor, paz y compasión. La única coincidencia entre esta imagen y la expresión “política del Amor Universal” es que se trata de una filosofía oriental. De eso que, debido a una particularidad geográfica europea, llamamos Oriente.

La política del amor universal es la manera en la que se ha traducido la expresión china 兼愛 (jiān ài), con la que se define el pensamiento de Mozi, un filósofo que vivió en una época que estaba muy lejos del amor universal, al final de las Primaveras y Otoños, poco antes de que se iniciara la llamada era de los Reinos Combatientes. En los tiempos de Mozi, tras la descomposición del poder de los Zhou, lo que con el tiempo sería China estaba constituido por diferentes estados que vivían en una guerra permanente.

Como dice Angus Graham, “Amor Universal” no es una buena traducción. Sería preferible algo como “preocupación por toda persona” o “preocupación hacia todos”, aunque también se ha propuesto “amor mutuo”, “amor que lo abarca todo”, “amor correlativo” y “amor recíproco”.

Mo Di, el marestro Mo (Mozi) es un personaje muy interesante, un pacifista que se dedicó a la guerra de defensa, protegiendo a los estados pequeños que eran atacados por otros mayores, mediante todo tipo de ingenios que permitieran resistir a las fortalezas asediadas. Aquí no quiero hablar de sus andanzas, sino tan solo  de esa expresión, simplista pero efectiva, de “amor universal” (o “preocupación hacia toda persona”). Es una idea que se entiende mejor si la comparamos con la filosofía rival de Mozi y los moístas, el confucianismo.

Confucio-11Para Confucio, el modelo a seguir en las relaciones sociales es el de la familia, donde existe una jerarquía en la que el lugar más importante lo ocupa el padre. Después del padre están los hermanos mayores, los hermanos menores, las hermanas mayores y las hermanas menores. La madre, hasta que no es madre, pertenece a otra familia, y solo entonces, al tener un hijo, de preferencia varón, adquiere un cierto estatus que le permitirá ser considerada miembro de pleno derecho de la familia en tanto que futura suegra. Si es madre solo de hijas, no será suegra de su familia, sino de una familia ajena, lo que reduce su importancia. Las relaciones de afecto y respeto de la familia, que el Estado debe imitar, están reguladas por esta jerarquía, que permite distinguir entre diferentes amores y diferente respeto, siendo lo más importante la piedad filial 孝 (xiao), después el amor de los padres por los propios hijos 慈 (ci), y a continuación el ti (弟), el amor entre hermanos.

En contra de esta idea confuciana de las gradaciones del amor y el respeto, Mozi sostenía que se debía respetar a todos por igual, fuesen o no familiares. Incluso aseguraba que nadie debía tener privilegios especiales por nacer o vivir en una ciudad determinada, en un reino o una nación, puesto que todos los seres humanos soniguales y deben ser merecedores de los mismos derechos, sin que ninguno de ellos pueda tener privilegios debido al lugar en el que había nacido.

MoziMontaigne3, en consecuencia, fue uno de los pocos pensadores, entre los que se podría mencionar a Epicuro, a Aristipo, a Pablo de Tarso o, ya mucho más tarde, a Montaigne, Bertrand Russell o Albert Einstein, que lograron sobreponerse al sentimiento de pertenencia familiar, grupal, social o nacional y a todos los egoísmos nacidos de la creencia de que se debe favorecer de alguna manera al propio grupo o que deben existir diferencias por pertenecer a una comunidad, nación o estado. Fue, en definitiva, uno de los pocos cosmopolitas de la antigüedad, de aquellos que, como el cínico griego Diógenes, se definieron como “ciudadanos del mundo” o que, como el estoico cordobés y romano Séneca, dijeron:  “No he nacido para un solo rincón, mi patria es el mundo”. Mozi, de manera muy semejante a ellos, dijo: “Todo el universo es mi familia y dentro de los cuatro mares todos somos hermanos”.

Por fortuna, en el siglo 21 estas ideas ya no resultan tan extrañas y hemos tenido la suerte de vivir la construcción de una Europa unida, con todos sus defectos y problemas, y del progresivo desarrollo de organizaciones globales que intentan acabar con los particularismos y caminar hacia una legislación universal que haga realidad las ideas de Mozi y de aquellos pensadores. Pero tampoco faltan, incluso en  una Europa que debería estar muy escarmentada,  llamadas al viejo nacionalismo exclusivista, que creíamos ya parte de un tiempo primitivo y superado, en el que las diferencias nacionales todavía podían ser utilizadas por los demagogos como arma de enfrentamiento y movilización social.


 

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CHINA

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El pueblo no existe (y la gente tampoco)

Pueblo-60

Estoy seguro de que muchos lectores estarán pensando porque razón he escrito una obviedad como la que da título a este artículo. Todo el mundo sabe que el pueblo no existe.

Eso pensaba yo, que todo el mundo lo sabía, pero de un tiempo a esta parte he observado que cada vez más gente parece creer que el pueblo o la gente sí que existen.

Entiendo que puede parecer  contradictorio escribir que “la gente cree que la gente existe” y después decirle yo a esa gente… que no existe.

Lo entiendo, pero creo que es necesario decir en este momento lo obvio y revelar a algunas personas que no existen, al menos en tanto que “gente” o “pueblo”. Tranquilo, querido lector o lectora, tú sí que existes, y también existe tu novia o tu novio. Una vez aclarado que cada persona individual existe como tal, y tranquilizados en nuestra inquietud ontológica o existencial, conviene insistir en que el pueblo o la gente son los que no existen. Existen como conceptos, eso hay que admitirlo, como palabras que sirven para referirse a un grupo más o menos numeroso de entes individuales como tú o como yo, pero poco más. Intentaré explicar a qué me refiero.

La palabra “pueblo” se puede emplear de diversas maneras, por ejemplo, para referirse a un lugar, como Écija, Badalona o Valdemoro, que son cosas concretas, con sus casas y sus calles, sus hembras y sus hombres, que diría Serrat, sus tabernas, sus iglesias, etcétera, etcétera. También se puede usar “pueblo” para referirse a un conjunto de personas que viven en un lugar, por ejemplo en uno de esos pueblos concretos, o en una ciudad (que también es un ente concreto), o en un país o una nación, que ya no tienen una existencia tan definida, sino que son más bien convenciones. Que sean convenciones no quiere decir que no tengan un tipo de existencia secundaria muy poderosa, que incluye ejércitos (conjuntos de soldados), generales, tenientes, tanques, aviones y bombas, cosas bastante sólidas y efectivas, capaces de acabar con la existencia de entes muy concretos, como tú, querido lector, y como yo. Pero aquí no me quiero referir a esos entes casi metafísicos, pero poderosos y a veces agobiantes, llamados naciones; ni al concepto de “sociedad”, entendido como el ente abstracto, pero también efectivo e influyente, que incluye las relaciones e instituciones que afectan a un grupo más o menos numeroso de individuos. Mi intención es hablar tan solo del concepto “pueblo” entendido como sujeto o protagonista de la acción política.

El uso de la palabra “pueblo” al que me refiero es el que se suele encontrar en frases como “el pueblo quiere…”, “la voluntad popular exige…”, etcétera. Ese pueblo es el que no existe ni ha existido nunca. Ese es un pueblo que para lo único que sirve es para ser utilizado con fines nada recomendables, lo que no es poca utilidad, insisto, para un ente no existente. Ese pueblo soberano que “decide”, que “actúa”, que tiene “voluntad” metafísica y del que algunos se autonombran sus representantes, nunca ha existido. En casi todas las ocasiones ha sido tan solo una excusa empleada por algunos individuos muy concretos que querían alcanzar el poder.  Ahora bien, parece un poco absurdo autonombrarse representante de algo que no existe, el pueblo, la gente, la voluntad popular, la necesidad histórica… Pues sí, parece absurdo y, además, es absurdo. Entonces, ¿por qué se hace? Hay varias razones, una de ellas obvia: como ese pueblo no existe, tampoco puede protestar por el uso que se hace de él. Se puede decir lo que se quiera en su nombre. Pero la verdadera razón es más inquietante.

Se recurre al pueblo, se dice que uno mismo o su grupo representa mejor que los otros al pueblo, a la gente, a la nación, a la voluntad popular, porque, de este modo, se cree contar con una fuente de legitimación que no depende de las establecidas y que es inmune a toda crítica. Si Fulano es la voz del pueblo, ¿cómo podemos atrevernos a contradecirle? Si él es quien sabe lo que el pueblo quiere y lo que el pueblo necesita, ¿quiénes somos los demás para discutirlo? A efectos mucho más prácticos: ¿qué son las instituciones, qué son los diputados, los senadores, los jueces, el sistema legal, las leyes, la libertad de prensa, las garantías de un estado de derecho, ante el empuje imparable de la “voluntad popular”?

El flautista de Hamelin, por John Hassal

Ilustración de John Hassal

El populismo no se define por prometer al pueblo cualquier cosa imposible. Es cierto que esa es una de sus características más notables, pero ese es un rasgo que comparte con partidos que, aunque no sean populistas, sí quieren ser populares, que a menudo también prometen cualquier cosa sabiendo que no podrán cumplirla. La característica verdaderamente distintiva que define a los populistas es considerar que ellos son el pueblo y que ellos saben lo que el pueblo quiere o necesita y, en consecuencia, que ellos, los autonombrados voceros del pueblo, cuentan con una legitimación que les permite saltarse las normas, las leyes y los frenos propios de cualquier estado moderno y democrático. El populismo es una intelectualización moderna del antiguo capricho de los aspirantes a tiranos y de los demagogos, que aseguran que ellos poseen una legitimidad que les permite emplear cualquier medio para alcanzar su objetivo, puesto que hay una instancia metafísica que hace legítimos todos sus actos: en la Edad Media europea se recurría a la Gracia Divina, los chinos lo llamaban la Voluntad del Cielo, ahora se llama la Voluntad Popular.

Eso es lo que se esconde tras la apelación al pueblo, tras la afirmación inmodesta y absurda de que uno representa mejor la voluntad popular que todos los demás, aunque todos los demás sean mayoría según todos los sistemas conocidos de elección y representación. Porque, ¿de qué sirve que los ciudadanos, tomados uno a uno, voten libremente y que, con su ignorante terquedad (“no saben lo que les conviene”), no den la mayoría de escaños a quienes se autonombran la voz del pueblo? No sirve de nada, por supuesto, porque “el pueblo”, como un todo indivisible, sigue ahí firme y compacto, detrás de sus representantes autonombrados, aunque los votos no lo muestren ni lo demuestren. Debemos seguir adelante cumpliendo la voluntad popular, pues estamos legitimados, ya que “nosotros” sabemos lo que el pueblo quiere y necesita, aunque ese mismo pueblo sea incapaz de expresarlo con toda la claridad deseable. El lector sin duda habrá observado, al leer libros de historia o incluso periódicos actuales, que quienes apelan a la voluntad popular, una vez alcanzado el poder suelen conservarlo durante mucho tiempo, puesto que para ellos no existen instancias que les puedan deslegitimar: ni las leyes, ni los resultados electorales, ni siquiera esa voluntad popular de la que tanto hablaban, que ahora ya no hay que tener en cuenta aunque hable, incluso muy alto, en manifestaciones contrarias a ellos.

Gracias a este uso del pueblo, de la gente o de esa misteriosa voluntad popular que algunos tienen el privilegio de escuchar en la intimidad, se puede, en definitiva, neutralizar todos los mecanismos que las sociedades democráticas avanzadas se han otorgado a sí mismas para evitar caer en la arbitrariedad, todos esos mecanismos que intentan evitar, con mayor o menor fortuna, que volvamos a repetir los errores del pasado y seamos víctimas de nuevo de nosotros mismos, de nuestra propia demagogia, del odio de unos hacia otros y de nuestra intolerancia, características que se encuentran multiplicadas en aquellos que se consideran a sí mismos la voz del pueblo. Porque no hay que olvidar que lo más frecuente, tal vez lo inevitable, es que cuando esas personas obtienen lo que desean, el poder, lo primero que hacen es dedicarse a conseguir que el pueblo deje de ser un conjunto de ciudadanos y se convierta en una masa indiferenciada de súbditos.


CUADERNO POLÍTICO

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Anecdotario de una campaña electoral

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Ilustración de Daumier

Ya se ha terminado la campaña electoral. Una campaña que ha durado muchos meses, no varias semanas. Desde hace demasiado tiempo hemos vivido en una campaña electoral permanente y agotadora. Quizá por ello y también a la vista de los resultados previstos por casi todas las encuestas, los principales políticos han cambiado el tono en esta recta final y empleado mejores maneras en al discusión. Antes de continuar, quizá deba aclarar, para los lectores susceptibles, que personalmente no considero malas maneras calificar como “no decente” a un presidente del gobierno que ha apoyado y dado aliento directo (“¡aguanta!”) a un implicado en asuntos de corrupción como Bárcenas. Sin que lo anterior se interprete como una defensa de unos u otros, ni de la decencia o indecencia de Rajoy, me parece algo propio del debate político, muy diferente a disparar a diestro y siniestro sin matiz, como era norma hasta hace poco. Eso sí, entiendo que otros no lo vean así. En fin, sea como sea, ha sido un alivio este cambio de tendencia general en la crispación de los dirigentes, aunque tengamos buenas razones para desconfiar de la sinceridad de quienes hasta hace muy poco tiempo habían hecho del insulto, el desprecio y la agresividad sus características definitorias. Pero bienvenido sea, y que dure. Ojalá sea un cambio verdadero.

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En general, he quedado satisfecho con la campaña electoral. Ha sido un espectáculo más interesante que los de los últimos dos decenios. Tal vez, de las que yo recuerdo, y las recuerdo todas, solo comparable a la primera, la de 1977, al menos para mí: todavía recuerdo el primer mitín del PSP de Tierno Galván en la Plaza de toros de las Ventas y el segundo, de la CNT, en San Sebastián de los Reyes. La política electoral es, por supuesto, un espectáculo y lo menos que se le puede pedir es que sea entretenido. Quizá no podría ser de otra manera, porque creer que en la brevedad de un debate a dos, tres o cuatro, o en un mitin ante masas enfervorizadas se puede ir más allá de lo básico es un sinsentido y quienes han intentado hacerlo de otra manera han fracasado siempre o casi siempre. El panorama se presenta interesante, aunque inquietante también, pero en este tipo de situaciones se tiende a la exageración, y después las cosas vuelven a su curso y seguimos quejándonos como si el mundo se fuera a acabar mañana. Y no, no se acaba.

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Creo que los seis o siete principales candidatos han estado bien en cuanto que candidatos, cada uno en su terreno y con sus limitaciones, que en algunos casos son bastante notables, pero no vamos a pedir que de la noche a la mañana sean capaces de hacer lo que hasta entonces le s resultaba imposible. Ha sido bastante divertido observar las estrategias y las fintas de unos y otros. Los favoritos han fallado en la estrategia y los que partían los últimos parecen haberse recuperado, en especial Pablo Iglesias, que ha logrado que todos aceptasen sus reglas del juego hasta casi el último momento de la carrera. En fin, todo ello desde el punto de vista del anecdotario electoral, al margen de opiniones políticas. Esta quizá haya sido la campaña más determinante (a la espera de los resultados) en lo que se refiere a la decisión de los electores y seguramente ha provocado más cambios en la intención de voto que todas las anteriores, lo que quizá no sea del todo positivo, porque votar llevados por intuiciones de campaña electoral y por simpatías o antipatías o por el mejor o peor desempeño como orador de un político, o como discutidor en un debate, posiblemente no es garantía de nada: el mejor gobernante puede ser el peor orador, y a la inversa. Por eso creo que, para votar, es mejor intentar abstraerse de las impresiones de campaña, de los sesgos ideológicos y de las reacciones intuitivas de gusto o disgusto y situarse no en lo que pasará el día 21, sino en lo que pasará dentro de seis u ocho meses, cuando los entusiasmos y calores de la campaña se hayan disipado y hayamos regresado a la vida cotidiana.  Por otra parte, llevamos meses de encuestas diarias que dan por seguros unos resultados que quizá no se produzcan, porque quizá haya mañana una sorpresa inesperada. Quién sabe.

Precisamente debido a la mejora de los candidatos, lo que más me ha decepcionado no han sido ellos o los partidos, sino más bien los electores, los futuros electores. Mientras que los candidatos han hecho en general un buen discurso electoral, con las limitaciones obvias de este tipo de espectáculos, y han hablado de la necesidad de dialogar tras las elecciones (o al menos han insinuado que no habrá otro remedio), la gente, el pueblo, los ciudadanos, los electores en definitiva, han continuado la inercia de los meses anteriores y la mayoría ha despreciado todo cuanto iba contra sus ideas. Los electores, en definitiva, siguen, seguimos, convirtiendo la política en una sucesión de anécdotas (como yo quizá en este anecdotario de campaña), buscando esos pequeños detalles, gestos y declaraciones, más o menos llamativos, meteduras de pata, deslices, en fin, rehuyendo el análisis sereno y centrándolo todo en discusiones interminables y demagógicas acerca de minucias, discusiones en las que  no hay salida posible para el razonamiento, la confrontación serena de ideas y el respeto a quienes no piensan como tú. A veces parece que votar a uno u otro partido es, más que un error de cálculo, un pecado. También, ya que hablamos de religión, podría añadir que se detecta un cierto pensamiento mágico entre los partidarios de uno u otro partido, que parecen pensar que la vida solo puede continuar si son los suyos los que ganan, los que se alían como ellos quieren o los que pierden con dignidad. Muy pocas personas aceptan de manera decidida la verdadera virtud de la democracia: que quienes pensamos de manera diferente, dirigentes y electores, podamos convivir de manera civilizada, aceptando que a veces ganan unos y a veces ganan los otros, no porque los electores sean descerebrados o los dirigentes manipuladores (que también puede suceder y sucede, claro), sino porque no existe otra manera razonable de convivir en este mundo imperfecto en el que habitamos. Y líbrenos Dios, el destino o quien corresponda de los mundos perfectos. Debido a esa crispación, yo mismo me he mantenido apartado de la discusión política, porque está claro que el debate está dominado por quienes lo único que quieren es vender la propaganda de su partido y atacar la del resto, con una verdadera alergia a la discusión sensata. Ahora que ya ha acabado la cosa, publico estas reflexiones no ideologizadas para respetar, además, aquella tradición, quizá no tan absurda como se dice últimamente, de la jornada de reflexión.

En cualquier caso, no creo que con ciertas descalificaciones absolutas que se oyen y se leen en las redes sociales se pueda construir una buena sociedad. Creo que unos y otros deberíamos evitar convertirnos en un país con una fractura social nacida de la mala leche y el odio, porque ya hemos tenido bastantes ejemplos, algunos de ellos muy recientes, de lo malo que es eso y de lo que cuesta arreglarlo después. Si ahora los políticos parece que se han echado atrás un poco en ese terreno, es hora de que también los ciudadanos trabajemos un poco la convivencia con quienes no piensan como nosotros, porque nos esperan tiempos difíciles en lo que se refiere a los pactos y es necesaria mucha paciencia. Afortunadamente, hay un número tremendo de indecisos que revela que no todo el mundo tiene las cosas tan claras. Entre ellos me cuento yo, que, a pocas horas de que se abran las urnas, no tengo todavía decidido qué votaré.


CUADERNO DE POLÍTICA

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Las baldosas del infierno

baldosasAunque el pensamiento utópico casi siempre ha tenido buena prensa entre quienes desean vivir en una sociedad más justa, los intentos de instaurar la sociedad perfecta han contribuido en casi todos los casos a aumentar la injusticia y el crimen, más que a mitigarlos. Las utopías desean lo mejor y desprecian lo bueno, pero no suelen implantar lo mejor, ni siquiera lo bueno, sino lo peor, a menudo el horror absoluto. La búsqueda del paraíso casi siempre conduce al infierno en la tierra, el único que realmente conocemos, aunque, como dice Koestler, ese camino “esté pavimentado con citas de Rousseau, Marx, Cristo o Mahoma”.

En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper consideró que la república imaginada por Platón fue el primer intento serio de diseñar una sociedad cerrada, siempre igual a sí misma, frente a las sociedades abiertas que aceptan como inevitables el cambio y la reforma constante. Asusta, dice Wolfgang Kraust, que incluso en su formulación meramente teórica, las utopías sean siempre estados policiales y represivos:

“Desde la República y Las leyes de Platón, pasando por el capítulo sobre Licurgo de Plutarco y la Utopía de Tomás Moro y La Ciudad del Sol de Campanella, hasta la Atlántida de Francis Bacon y otras muchas obras, se manifiesta un rasgo aterrador: todos son órdenes establecidos violentamente. Las dictaduras políticas parecen campos de libertad comparadas con estos llamados estados ideales”.

Paul Watzlawick confirma que parece imposible fundar una utopía sin crear al mismo tiempo un poderoso cuerpo policial y represivo, a pesar de que se supone que las utopías son mundos perfectos. Para evitar esa contradicción, los más puntillosos distinguen entre utopías, sociedades nacidas de un sueño, y distopías, producto de una pesadilla. Sin embargo, unas y otras suelen recurrir a la imposición y la violencia, excepto los mitos de la Arcadia feliz, en los que uno es feliz por definición, como en el cielo cristiano, sin entrar en más detalles. En cuanto se entra en detalles y se busca establecer de manera práctica lo perfecto, comienza la pesadilla. Berdaiev, en su biografía de Dostoievsky, ya advertía del peligro de introducir la perfección en la lucha política:

“La libertad no puede identificarse con el bien, con la verdad, con la perfección… Cada confusión e identificación de la libertad con el bien y la perfección es una negación de la libertad, es una declaración a favor de la violencia y la coacción. El bien que se impone por la fuerza ya no es el bien, se convierte en el mal.”

En el siglo XX, se puso en cuestión el concepto de perfección y se acabó abandonando la idea de traer la perfección a este mundo sublunar, pero antes hubo tiempo de dejar millones de muertos al intentar alcanzar sueños utópicos que se convirtieron en pesadillas distópicas. Porque el siglo XX, además de ser quizá el más creativo, ha sido el más cruel y sangriento, el siglo de las utopías, de los nacionalismos, fascismos y comunismos que intentaron definir lo perfecto, o al menos acabar con lo que ellos consideraban imperfecto: los extranjeros, los judíos, los capitalistas, los burgueses, los otros. Porque, aunque el pensamiento utópico puede ser un estímulo para mejorar la realidad, ha sido también y puede seguir siéndolo, la mejor excusa para la violencia y el camino directo al infierno, aunque esté empedrado de las mejores intenciones.

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[Fragmento de Imperfección (2009). Publicado en Divertinajes en 2012]

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CUADERNO DE POLÍTICA

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¿Programas o personas?

Rafael Aguilar publicó en su gran blog Filosofía barata una entrada en la que reflexionaba si al votar debemos guiarnos por la persona (el candidato) o por el programa. La reproduzco a continuación:

Sentido de la democracia

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5 noviembre 2014

El otro día con un amigo, me argumentaba que el no votaría a un partido o a un programa político, sino a las personas. Comentaba que los programas en política son realmente irrealizables y que un partido, que realmente, no esté en el gobierno, nunca conocerá la realidad económica del país y que, de esta forma, es imposible llevar cualquier programa a la práctica.

Al votar a la persona, por lo menos, estarías votando a alguien que tu consideres honrado, alguien que realmente, fuera capaz de llevar a cabo su función.

Bien, la verdad es que no estoy de acuerdo con estas afirmaciones por lo siguiente:

1º Yo no voto a la persona, sino al programa, las personas por una u otra razón pueden cambiar de opinión. Los programas, en cambio, son los que permanecen escritos, son las razones por las que yo voto a un partido político y son sobre esas propuestas, sobre las que voy a pedir cuentas.

Si alguien en su programa, promete el pleno empleo, deberías tener el equipo humano y los mecanismos necesarios para poder llevarlo a cabo y sino lo cumples evidentemente no te volveré a votar.

2 Ante esta primera argumentación, mi amigo la rebatió diciéndome que, realmente, nadie sabía como estaba la situación real de un país hasta que no llegaba al gobierno, y que por tanto era imposible cumplir sus promesas.

Bien estamos en una sociedad, en la que es raro que alguien se dedique a la política sin haber hecho, de ello, su carrera profesional (con lo que también estoy en desacuerdo), realmente son pocos los políticos que vienen de otros sectores que no sean la propia política.

Por lo tanto, cunado yo tengo un trabajo, no puede ser que desconozca los datos más importantes y relevantes de dicho trabajo. Por ejemplo, no puede ser que alguien se presente a presidente del gobierno o quizás de una comunidad autónoma sin saber que es lo que se va a encontrar al llegar.

Es su trabajo, a eso te dedicas, y no puede ser que prepares un programa o un proyecto sin tener los datos de los cuales tienes que partir para llevarlo a cabo.

Es como si yo, presento un presupuesto a un cliente sin saber que trabajo tengo que hacer.

3 Por último, como ya he anticipado antes, creo que la política tiene que ser algo vocacional, que ha de ser un servicio que ofreces a tus vecinos, ciudadanos, etc… Por supuesto que todos los políticos, además, deberían de ser honrados, independientemente del programa o del partido, la honradez debería ser la primera cualidad de cualquier persona que se dedique a política. Si partimos de la base de que me prometes cualquier cosa en el programa, para llevarte mi voto, pero luego no se va a cumplir… ¡poco honrado me parece ya, este principio!

Como conclusión, quiero aclarar que con estas líneas no me interesa crear ningún tipo de polémica, sino simplemente aclarar mi postura por si a alguien le puede servir de algo, a la hora de decidir a quien votar (o no).

[Enlace a Filosofía barata, de Rafael Aguilar]

Tengo cierta sensación de que tal vez yo era ese amigo al que se refiere Rafa, pero no estoy del todo seguro. En cualquier caso, sé que en alguna ocasión he dicho, casi siempre con afán de polemizar y escapar de los lugares comunes, quizá durante una cena o en una charla con amigos con vino de por medio, algo como eso. Así que empecé a contestar a lo que dice Rafa, por alusiones reales o imaginadas, pero me extendí tanto, que me pareció abusar el poner un comentario interminable, así que lo publico aquí:

Muy interesante la entrada. No sé si conozco al amigo que mencionas, yo diría que sí, pero mi opinión, al menos mi opinión en este momento (tengo otras, como Groucho), es que la verdad se encuentra entre los dos extremos. Ni votar exclusivamente a las personas, ni votar exclusivamente a los programas. Intentaré explicarlo.

Un partido político debe tener un programa de gobierno, eso es obvio. Ese programa orienta la acción política de sus miembros y hace que los que pertenecen a ese partido político mantengan más o menos las mismas opiniones. Sin embargo, al margen del programa concreto, que suele elaborarse ya con vistas a unas elecciones, lo que determina el espectro político de un partido son principios mucho más generales.

Esos principios pueden ser: premiar a los más capaces y emprendedores, compensar las desigualdades sociales, garantizar una sanidad pública a todos los ciudadanos, expulsar a los emigrantes, reducir los impuestos, aumentarlos, desarrollar energías alternativas, desarrollar la nuclear, liberalizar el aborto, prohibirlo, legalizar el matrimonio homosexual, oponerse a él, buscar la igualdad, buscar el desarrollo económico, etcétera. Esos principios nos permiten distinguir entre partidos de izquierda y de derechas o progresistas y conservadores, e incluso introducir más matices: socialistas, conservadores, socialdemócratas, liberales, a la izquierda de los socialistas, comunistas, fascistas, etc. Esos principios, por otra parte, también se reflejan de alguna manera en los programas concretos cuando llegan las elecciones.

Ahora bien, pensar en el programa como un contrato con los electores no creo que sea muy sensato, porque es imposible llevarlo a la práctica. Como dice tu amigo, y como digo yo mismo, a pesar de lo que sostienes tú y apoya Tocapelotas, los aspectos reales de la situación política y económica en un momento concreto sólo los conoce el partido y en concreto los dirigentes que gobiernan en un país. Y yo diría más: ni siquiera ellos conocen toda la situación y menos las variables que van surgiendo día a día. Porque esas condiciones van cambiando de hora en hora y de mes en mes: alianzas, intereses cruzados, exigencias de los socios, previsiones reales de la deuda, estado real de la economía, fluctuaciones del mercado, alianzas que se necesitan para aprobar leyes o incluso para gobernar… 

Tampoco estoy de acuerdo con ese conocimiento de la situación que por fuerza debe tener un político. Tú pones el ejemplo de tu trabajo. Pondré yo el del mío. Yo he sido guionista y director de programas y como tal puedo prometer, antes de poner en marcha un proyecto, que voy a intentar hacerlo bien y que además tenga audiencia, pero te aseguro que el resultado es imprevisible: a veces ha funcionado un programa que parecía condenado al fracaso y en otras ha fracasado el programa que lo tenía todo para triunfar. Orson Welles decía que antes de ir al plató hacía mil y un planes de grabación y que al llegar allí hacía algo completamente diferente, porque no es lo mismo imaginar que ver, anticipar un problema que enfrentarse a él. Hacer que funcione un país es infinitamente más complicado que hacer que funcione un programa de televisión. Las variables superan con mucho a las de la previsión meteorológica, insisto. 

Eso no quiere decir que no haya maneras de mejorar una situación y que algunas funcionen, ni que no haya que hacer propuestas y buscar nuevas vías, todo lo contrario. Ahí está el ejemplo de los países nórdicos y Alemania (e incluso Gran Bretaña o Japón, a pesar de las crisis), pero casi todas esas maneras se basan en un trabajo continuado a lo largo de años y décadas, y en un tipo de sociedad determinada, no en una solución mágica que funcionará ya en los próximos cuatro años, que es el horizonte que suelen prometer todos los partidos. El trabajo previo, como el de Welles antes de ir al plató, muchas veces también ayuda a improvisar y a tomar otras decisiones, que no se pudieron prever, pero no es una garantía de éxito.

Pero, incluso aunque se pudieran conocer todos esos condicionantes, me parece que plantear la hipótesis de que un partido prometa el pleno empleo y se le castigue porque no cumple esa promesa, es absurdo. Nadie debería votar o confiar en un partido que promete el pleno empleo, sencillamente porque es imposible saber cómo se consigue el pleno empleo. Si alguien lo supiera, no tendríamos partidos que se turnan en el poder, sino un partido que ganaría elección tras elección. ¿Qué partido no querría conseguir el pleno empleo?

La economía se considera en filosofía de la ciencia como una ciencia blanda, muy lejos de ciencias como la matemática, la física o incluso la estadística (que es muy precisa, otra cosa es cómo se interprete). La economía, para algunos está junto a ciencias tan poco fiables (en tanto que ciencias) como la antropología o la metafísica, mientras que para otros, entre ellos Karl Popper e incluso economistas de prestigio, está bordeando el terreno de la astrología.

Todos los partidos que están en la oposición dicen por sistema que van a solucionar todos los problemas, pero otra cosa es que lo consigan cuando llegan al poder. ¿Les faltaba información?, ¿mintieron a propósito? ¿Mintió Hollande en las últimas elecciones francesas, mintió Renzi en las italianas, mintió Rajoy en las españolas? Ninguno ha cumplido sus estupendas promesas. 

Francois Hollande

Tal vez sí mintieron hasta cierto punto, pero probablemente no a conciencia. Es posible que pensaran: “Voy a decir que todo se puede arreglar sin contrapartidas dolorosas y después ya veremos cómo lo hacemos”. Porque tal vez esa es la única manera de ganar las elecciones y ese político y ese partido consideran, como es natural, que ellos lo harán mejor que sus rivales. Además, un político puede confiar en que tiene ciertas recetas que quizá reactiven la economía y después descubrir que eso no sucede, o bien porque las cosas han cambiado o bien porque las cosas son demasiado complejas, o bien porque, sencillamente, la idea era muy mala. Insisto en que las cosas económicas son extremadamente complejas. En este sentido, creo que es muy recomendable el libro del premio Nobel de economía Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio. Lo curioso es que Kahneman es psicólogo y no economista, pero ganó el Nobel porque mostró lo poco fiables que somos cuando tomamos decisiones en situaciones de incertidumbre. Y en economía todas las situaciones son de incertidumbre.

groucho_marx1_2En cuanto a la política ni siquiera es una ciencia, sino como mucho un arte. Una buena definición quizá sea la de Groucho de la imagen o aquella de que “la política es el arte de lo posible”. O esta de Aristóteles

“Las cosas nobles y justas que son objeto de la política presentan tales diferencias y desviaciones, que parecen existir sólo por convención y no por naturaleza. Por ello, hemos de contentarnos con mostrar la verdad de un modo tosco y esquemático… porque es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada materia en la medida en que lo admite la naturaleza del asunto”

Dados todos los condicionantes anteriores, cualquier elector que ante un programa y unas promesas, no ya irrealizables sino “imprometibles”, vota a un partido que las sostiene, está cometiendo un pecado no ya de ingenuidad, sino de irresponsabilidad.

Y es por eso, precisamente, por lo que las personas son importantes y es por eso que las personas determinan en realidad nuestro voto, al menos el voto de quienes están dispuestos a cambiar de opinión (hay quienes votan al mismo partido pase lo que pase): ciertos candidatos, de una manera inevitablemente subjetiva, nos transmiten más confianza que otras. En ocasiones, el simple atractivo físico o intelectual es ya suficiente, como parece ser el caso reciente de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias. A veces, junto a ese atractivo, se une una sensación, que es la realmente importante, por muy subjetiva que sea, de que ese hombre o esa mujer, cuando las cosas quizá se tuerzan y no sean tan fáciles como estaba previsto serán capaces de reaccionar y enderezar o cambiar el rumbo. O tal vez nos transmiten la sensación de honestidad, de preparación, de trabajo duro, o al menos la de sensatez. Quizá lo que nos asustan son los cambios, y esa es una razón que mueve el voto conservador, excepto en situaciones de crisis, donde una cara nueva puede ofrecer ciertos atractivos emocionales e intelectuales, incluso a votantes que se sitúan en el otro extremo del espectro político. Por poner un ejemplo, yo habría votado casi con entusiasmo a Josep Borrell para presidente del gobierno, pero en ningún caso habría votado a Joaquín Almunia, que fue colocado de manera fraudulenta en lugar de Borrell por el aparato del Partido Socialista.

Sea como sea, una persona al frente de un partido determinado no es sólo una persona, y supongo que a eso quería apuntar tu amigo. Es una persona que en principio se identifica con el programa y sobre todo con esos principios generales de ese partido. Pero los programas cambian, a veces en la misma carrera electoral y a pesar de eso, quienes depositan su confianza en una persona, quizá impulsivamente, claro, quizá intuitivamente y sin la suficiente reflexión, siguen confiando en esa persona, porque les trasmite confianza o seguridad. Un ejemplo reciente lo tenemos en las propuestas de Podemos, que han ido cambiando con el paso de los meses y, sin embargo, sus seguidores por regla general no han dejado de confiar en Pablo Iglesias. Sin embargo, en el lado del PSOE y el PP está claro que la exigencia de los votantes no es tanto acerca del programa, ni siquiera tal vez acerca de una persona en concreto, sino la exigencia de medidas creíbles para perseguir y castigar la corrupción. Hoy en día, al votante del PP lo que más le retrae de votarlo no es que le guste o no el programa o el candidato, sino la indignación por la corrupción, y por eso busca o caras nuevas que le parezcan fiables o medidas anticorrupción convincentes.

Con esto quiero decir que las razones por las que votamos a uno u otro partido son una mezcla de muchos factores, a veces casi inconscientes: en un caso nos importa mucho la persona (por ejemplo, si se trata de elecciones para un alcalde, donde la personalidad puede llegar a ser fundamental), en otros casos nos seduce un programa con nuevas propuestas que nos gustan, en otros casos lo que inclina la balanza son las promesas de hacer una política nueva o de atajar la corrupción. En ciertos casos, nos impide o nos impulsa votar a un partido una propuesta concreta: en un momento dado consideré que no podía votar al PSOE por su implicación con el terrorismo de estado (el GAL), y tampoco podría votar a ningún partido que minimice, justifique o apoye el terrorismo de ETA. Borrel nunca justificó el GAL (a pesar de que le forzaron a hacerse una foto cerca de los acusados) pero Almunia sí. Razón suficiente para mí para votar a uno u otro, a pesar de pertenecer al mismo partido y tener más o menos el mismo programa.

En cualquier caso, la persona, el candidato, no sale de la nada por regla general, sino que pertenece a un partido, o al menos a una corriente política, a un movimiento ciudadano y, en consecuencia, comparte más o menos los principios e ideas de ese partido, así como el programa. No creo que tu amigo quisiera decir que daba igual quien fuera la persona, o tal vez sí  lo quería decir, pero, aunque coincido en parte las ideas de tu amigo, yo personalmente desconfió mucho de las personas surgidas de la nada, necesito referencias, información, saber qué opina, qué ha hecho, quiénes son sus amigos, sus socios, su partido, qué propuestas ha lanzado, etcétera.

Para mí, por otra parte, una piedra de toque importante para juzgar a los políticos y para decidir mi voto son precisamente los programas y las propuestas electorales, pero por vía negativa: si veo que proponen ciertas cosas que son imposibles de prometer, como el pleno empleo que dices, empiezo a desconfiar y me da la impresión de que estoy ante un demagogo. Prefiero a un político que me presente las dificultades y soluciones a las que hay que enfrentarse, quizá no perfectas y definitivas pero sí creíbles, al menos en cuanto a intención. Me gustaba una cosa que dijo Adolfo Suárez en su ocaso político, cuando pasó de 160 a 2 diputados (él y Rodríguez Sahagún): un político no tiene que hacer lo que quiere la gente ni cambiar su programa en función de la opinión estadística; es obvio que debe escuchar a la sociedad y detectar las preocupaciones, pero un político no tiene que decir lo que la gente quiere escuchar, sino que debe proponer ideas en las que cree y que considera que serán buenas para la sociedad, y son los votantes los que deben decidir si les gustan esas ideas y juzgarlo por ellas y por cómo las ha llevado a cabo. A veces, añado yo (pero creo que en la línea de lo que dijo Suárez), no puede llevar a cabo su programa, por lo que los electores deberán juzgar si ha hecho bien al no llevarlo a cabo, y si ha reaccionado bien ante situaciones imprevistas. Por terminar con Suárez, a quien nunca voté (o quizá sí en esos dos diputados casi finales, no lo recuerdo), nunca tuvo un programa claro, pero siempre supo reaccionar con bastante agudeza y entereza a situaciones verdaderamente imprevisibles e inesperadas, incluido un golpe de estado.

 Otra cosa es que existen ciertas propuestas concretas que sí son perfectamente realizables: legalización del matrimonio homosexual, salida del euro, no pagar la deuda, sí pagar la deuda, pagar la deuda pero auditarla y buscar responsabilidades, privatizar empresas públicas, nacionalizar empresas privadas… Bien, esas son propuestas claras, aunque los efectos de unas u otras pueden ser muy diversos y en ciertos casos imprevisibles. Pero prometer el pleno empleo sin más, creo que eso sí sería engañar al votante. Es una estafa, no por cumplirlo o no, sino por prometerlo.

En cuanto a lo de que la política sea vocacional, supongo que es una característica que en ciertos casos se puede dar, más allá del hecho de que resulta difícil definir qué es lo “vocacional” y cómo cada cual cree que se puede mejorar la vida de los vecinos, de los ciudadanos y de la sociedad. Y claro, Los políticos deberían ser honrados, pero eso no está en el genoma de nadie, así que creo que lo más importante es establecer mecanismos que permitan detectar la trampa y el engaño. Leyes que persigan la corrupción, instituciones y poderes que sirvan de contrapeso y denuncia (jueces, prensa, tribunales independientes); pero no entiendo muy bien tú planteamiento; es decir: ¿crees que cualquier político que no sea honrado al ver que “la política es sólo para honrados” diría: “Ah, bueno, yo pensaba que también era para mangantes y ladrones, y como yo soy un mangante y un ladrón, pues me voy a dedicar a otra cosa?”.

Es evidente que todos somos posibles víctimas de la corrupción y de la tentación, de hacer favores a los amigos, de creer que nos merecemos nosotros o los nuestros una recompensa por nuestros esfuerzos. Pensar que sólo con quererlo o declararlo uno no sea corruptible es ir más allá de la ingenuidad. Mi opinión personal es que el mundo de los ordenadores, el Big Data y los datos masivos, la transparencia bancaria, el cierre de los paraísos fiscales y otras medidas son lo que puede poner límites a la corrupción, no el pedir el carné de “incorruptible” a nadie, cosa imposible. Por otra parte, creo que otra cosa que me causa desconfianza es que alguien presuma de que puede acabar para siempre con la corrupción y de que su partido y sus candidatos no son corruptibles, que son de alguna manera “puros”: recordemos que el PP ganó varias elecciones diciendo reiteradamente que el PSOE era el “partido de la corrupción” y que ellos eran muy honrados.

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CUADERNO DE POLÍTICA

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