La columna de fuego

En casualidades significativas y narrativa  cité de memoria un pasaje de la novela El mago, de John Fowles:

“Un coleccionista de arte francés vive en su castillo rodeado de cuadros valiosísimos que ha reunido a lo largo de toda su vida. En un pequeño pueblo del cinturón del maíz de Estados Unidos, conocido por su religiosidad puritana, un granjero ruega todas las noches a Jesucristo que llegue el día del Juicio Final. Una noche el castillo del millonario francés arde. Esa misma noche el granjero se despierta y siente que el Juicio Final ha llegado… Tal vez estás pensando en la relación que existe entre las dos historias, la del granjero y la del millonario francés. Sin embargo, la única relación soy yo, el narrador”.

Ahora, casi diez años después. he buscado en la novela la cita. No la he encontrado, porque no existe. El pasaje que yo cité es un invento mío, fabricado a partir de varios pasajes del libro de Fowles. La historia no transcurre en el cinturon del maíz de Estados Unidos, sino en los bosques de Noruega y se desarrolla a lo largo de varios capítulos. En primer lugar, Conchis recuerda un viaje que hizo a un lugar llamado Seidevarre, para conocer a un campesino “bastante culto” que sabía mucho de pájaros. Allí conoce al campesino, Gustav, y a su cuñada, la esposa de Heinrik, un hombre que vive solo en un promontorio y al que su propio hermano define como “loco”. Un día van a visitar la cabaña de Henrik, aprovechando su ausencia. Conchis descubre que en las vigas de madera de la casa hay varias frases grabadas, como en la célebre torre de Montaigne. La primera cita está en noruego: “Henrik Nygaard, maldito de Dios, nos escribió con su propia sangre en el año 1912”. Las otras dos citas son bíblicas:

“Acamparon al borde del desierto. Y el Señor avanzaba delante de ellos durante el día montado en una columna de humo, y de noche en una columna de fuego”. (Éxodo)

 

“Os di la luz desde una columna de fuego, pero me habéis olvidado, dijo el Señor”. (Esdras)

Días después, Conchis visita la cabaña del loco Henrik con la excusa de proponerle un remdio para su casi ceguera y está a punto de ser asesinado por el hombre, que lo persigue con un hacha. Trascurridos varios días más, una noche asisten a una revelación de Henrik, que parece recibir un mensaje de Dios, pues la locura del hombre está asociada a un extremo fanatismo religioso. Esa noche, dice Cochis, al escuchar los gritos de Henrik agradeciendo a Dios su revelación, siente tambalearse todas sus certezas:

»Habréis comprobado que toda mi vida, hasta ese momento, se centraba en la actitud científica, médica, clasificatoria. Me condicionaba una visión casi ornitológica del ser humano. Buscaba especies, comportamientos, me dedicaba a observar tranquilamente, pero allí, por primera vez en mi vida, dejé de estar seguro de mis criterios, mis creencias y mis prejuicios. Sabía que aquel hombre vivía una experiencia que estaba fuera del alcance de toda mi ciencia y toda mi razón, y sabía que mi ciencia y mi razón serían imperfectas hasta que no fueran capaces de comprender y abarcar lo que estaba ocurriendo en la mente de Henrik. Sabía que Henrik estaba viendo una columna de fuego que flotaba sobre el agua; y sabía que no había allí ninguna columna de fuego, que podía demostrarse que la única columna de fuego estaba en la mente del propio Henrik.  Pero repentinamente vi, como un destello, como iluminado por un relámpago, que todas nuestras explicaciones, clasificaciones y derivaciones, que todas nuestras etiologías, eran una red muy delgada. Y que la realidad, ese gran monstruo pasivo, ya no estaba muerta y había dejado de ser fácilmente manejable; sino que, por el contrario poseía un misterioso vigor, y nuevas formas y posibilidades. La red no era nada. La realidad la atravesaba violentamente. Es posible que se produjera una corriente telepática entre Henrik y yo. No lo sé».

Pues bien, Conchis está contando este relato a Julie y al narrador de El mago, y entonces les revela una conexión entre un incendio en el castillo del coleccionista de arte De Deukans, amigo de Conchis y del que hablaron antes, y el momento de la revelación de Henrik:

        »    —Henrik vio en mi presencia su columna de fuego la medianoche del diecisiete de agosto de 1922. El incendio en Givray-le -Duc empezó aproximadamente a la misma hora del mismo día.

            Julie se mostró más abiertamente incrédula que yo. Conchis miraba hacia otro lado, y los ojos de ella se encontraron con los míos. Julie bajó la vista haciendo una mueca de decepción.

            —¿No estará sugiriendo…? —dije.

            —No estoy sugiriendo nada. No hubo relación alguna entre ambos acontecimientos. No es posible que exista ninguna relación. O, mejor dicho, la única relación soy yo. Yo soy el significado de la coincidencia, si es que tiene alguno».

El narrador añade que Conchis dijo esto último: “en un tono desacostumbradamente vanidoso, como si verdaderamente creyese que en cierto sentido él había precipitado ambos acontecimientos y su coincidencia temporal”, casi como si fuera un discípulo de Jung y la sincronicidad, lo que no sería extraño, dado el interés que Conchis confiesa por la ciencia y por el psicoanálisis, pero enseguida el narrador añade una observación muy inteligente, que nos aleja de la fantasía jungiana:

»Yo sentí que esa coincidencia no era una verdad literal, sino una circunstancia inventada por él y que tenía un significado metafórico; que ambos episodios tenían una vinculación significativa, que teníamos que utilizarlos para interpretar su personalidad»


EL AZAR Y LA NECESIDAD

Lo causal y lo casual

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Casualidades significativas y narrativa

“Un coleccionista de arte francés vive en su castillo rodeado de cuadros valiosísimos que ha reunido a lo largo de toda su vida. En un pequeño pueblo del cinturón del maíz de Estados Unidos, conocido por su religiosidad puritana, un granjero ruega todas las noches a Jesucristo que llegue el día del Juicio Final. Una noche el castillo del millonario francés arde. Esa misma noche el granjero se despierta y siente que el Juicio Final ha llegado… Tal vez estás pensando en la relación que existe entre las dos historias, la del granjero y la del millonario francés. Sin embargo, la única relación soy yo, el narrador”.

Algo así (lo he citado de memoria) cuenta John Fowles en El mago.

Tenemos la tendencia irreprimible de trazar nexos y establecer relaciones, de justificar nuestros comportamientos y los de los demás. De dar razón de todas las cosas que observamos, de explicarlo todo. Pero casi todas nuestras brillantes explicaciones son tan arbitrarias como las que establecemos entre dos hechos cualesquiera cuya única relación es, por ejemplo, una coincidencia temporal.

Del mismo modo, esperamos también la conclusión de un argumento para que de pronto todo lo que se ha dicho cobre sentido, así que, cuando descubrimos que no existe tal conclusión, nos quedamos muy sorprendidos.

Quizá sería más razonable acostumbrarnos a aceptar que muchos sucesos no tienen otra conexión que su coincidencia temporal, o tal vez tan solo su coincidencia en nuestro propio cerebro. Y que muchos argumentos o muchas explicaciones deberían detenerse antes de traspasar el límite de lo que realmente podemos explicar o justificar. O al menos distinguir entre los trucos de la narrativa convencional y la complejidad del mundo real. 


COMENTARIO EN 2017

He buscado la cita en El mago de John Fowles, que no coincide en nada con la que yo me había inventado, excepto en el argumento precisamente, en la intención argumentativa, que sí es la misma.

Lo explico en La columna de fuego.

 


[Escrito en 2008]

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Preguntas cuánticas estúpidas

Si la mecánica cuántica no te conmociona profundamente, es que no la has entendido todavía.

[2017: estas son algunas preguntas que me hice en 1995, en un momento en el que estaba muy interesado por la física cuántica. Son preguntas de un ignorante que apenas sabía del tema. Hoy soy un poco menos ignorante, pero sigo sin conocer las respuestas a muchas de las preguntas y haciéndome preguntas incluso más estúpidas]

 

Quizá parezca una tontería, pero, ¿no sería posible que esos electrones cuya trayectoria no se puede predecir fuesen afectados por sucesos exteriores? Me explico, supongo que esos electrones se desplazan en el vacío, pero ¿está realmente vacío ese vacío?, ¿Puede asegurarse?

Por otro lado, el electrón habrá de entrar por una u otra ranura, pero, ¿se pretende que ambas ranuras son exactamente iguales? Con que hubiese una diferencia infinitesimal, el electrón ya no se vería ante posibilidades iguales.

Además, ¿cómo se dispara el electrón?

¿Se pretende que un electrón puede ser lanzado en una línea que sea exactamente equidistante de ambas ranuras?

Otra cosa, ¿los electrones particulares son exactamente iguales que el electrón tipo? Supongo que nadie pretenderá que un cubo de 4×4 centímetros es exactamente igual que otro cubo particular de 4×4 cm, y mucho menos exactamente igual que un cubo ideal de 4x4cm.

No sé cómo se dispararán los electrones, pero ¿se puede asegurar que aquello que los lanza lo hace siempre con la misma intensidad? ¿Es posible decidir de antemano tal intensidad? ¿Es posible decidir de antemano tal intensidad a la escala de un electrón?

Más: el electrón, ¿se mueve libremente?, ¿se impulsa a sí mismo? Lo pregunto porque, de no ser así, no habría que interrogar al electrón, sino a su propulsor.

Estoy casi seguro de que mis objeciones son estúpidas y que se deben a que no he comprendido realmente el asunto, pero seguiré con ello (respecto al momento y posición del electrón) más adelante.

Richard Feynman, el hombre que más sabía de mecánica cuántica en la segunda mitad del siglo XX.


[Escrito en 1995]

 FILOSOFÍA DE LA FÍSICA CUÁNTICA

diletante-cuantica-aviso3

[Escrito por primera vez  después de 1994 y antes de 1996, como un trabajo universitario. La edición actual procede de la edición personal de 1998. No he introducido ningún cambio, más allá de correcciones de estilo para hacer más claro el texto y más agradable la lectura]

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Círculos en el agua

Una de esas hermosas casualidades o carambolas que a veces se producen me ha hecho moverme estos días alrededor de las ondas en el agua y el recuerdo de mi padre.

El detonante fue un vídeo de Benjamin Biolay que no había visto y en el que aparece fugazmente Françoise Hardy y dice “Todos hemos pasado por eso”.

Al mismo tiempo, tenía programada para publicar hoy una entrada relacionada con mi Filosofía de la física cuántica, pero al releerla vi que era demasiado confusa y empecé a corregirla. Al revisar mis otras entradas acerca del experimento cuántico de la doble rendija encontré al final de una de ellas algo que puse en su momento, más como una broma que como otra cosa, puesto que estaba hablando del experimento de Young de las ondas que forma el agua al lanzar una piedra. Me refiero a un vídeo de la hermosa canción de Françoise Hardy Des ronds dans l’eau (l”los círculos en el agua”):

Siempre me llamó la atención en esta canción la estrofa final, en la que habla de aquel tonto del pueblo que se quedó allí, lanzando piedras al agua y mirando los círculos que se formaban, como una metáfora de la futilidad de tantos de los esfuerzos que hacemos en la vida, un sentimiento que a veces me asalta, en especial cuando sufro un dolor tan grande como un cólico en el riñón, que padecí hace dos días, y durante el que, en un sueño febril, vi por un instante a mi padre como si estuviera a mi lado, con tanta claridad que me desperté asustado:

“S’il y a tous ces témoins
Que tu veux dans ton dos
Dis-toi qu’ils pourraient bien
Devant tes ronds dans l’eau
Te prendre pour l’idiot
L’idiot de ton village
Qui lui est resté là
Pour faire des ronds dans l’eau
Pour faire des ronds dans l’eau”.

Pero, como  estos días estoy en Barcelona, en la vieja casa del barrio gótico en la que pasé tantos días de mi juventud junto a mi padre, escribiendo varios de mis cuentos en una de aquellas máquinas de escribir, tal vez una Olivetti Lettera 32, y puesto que tengo alrededor muchas de sus fotografías, la conexión con Françoise Hardy se hizo obvia, ya que en su libro de memorias Matar a Víctor Hugo, mi padre eligió para la portada una fotografía en la que aparece con ella en el Festival de San Remo de 1964.

Así que busqué en Matar a Víctor Hugo el pasaje en el que habla de su encuentro con Hardy:

“Conozco a la cantante Françoise Hardy, Tous les garçons et les filles de mon âge, me enamoro de ella, me invita a cenar: “Soy yo la que paga, si no, no vamos”. Hablamos mucho -en 2000 los dos tendremos gris el pelo, no nos lo teñiremos-, pero…”

Y para terminar con la carambola de conexiones más o menos previsibles, al escribir esto no puedo evitar recordar el epitafio de Keats que él mismo decidió en un viaje a Roma: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”, lo que me lleva a mi antigua página Escrito en el agua.

En fin, una suma de recuerdos que se extiende como las ondas alrededor de una piedra lanzada al agua.

 


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Las Ideas de Platón

|| Ideas platónicas, mundos popperianos y memética /12

 Cada cierto tiempo, la teoría de las Ideas de Platón se recupera y se adapta a las circunstancias presentes. No es extraño, ya que es una teoría muy sugerente y es muy difícil escapar a su encanto. Yo mismo he desarrollado una interpretación sui generis con la que no voy a fatigar aquí al lector (me refiero a Que nada se crea).

Pero, ¿qué dice la teoría de las ideas de Platón?

Lo explicaré de manera muy simplificada: Platón opina que existe un mundo superior a este terrenal en el que vivimos y que en ese mundo se encuentran las Ideas o Arquetipos de todo lo que existe. Ese mundo de las Ideas es el de la realidad inteligible, en el que las cosas son inmateriales, eternas, permanentes e indestructibles, mientras que el mundo en el que habitamos es la realidad sensible, en el que las cosas son materiales, impermanentes, corruptibles y por supuesto perecederas o morales. El mundo sensible es una copia del mundo inteligible.

Y sigue diciendo la teoría platónica de las Ideas:

“La primera forma de realidad, constituida por las Ideas, representaría el verdadero ser, mientras que de la segunda forma de realidad, las realidades materiales o “cosas”, hallándose en un constante devenir, nunca podrá decirse de ellas que verdaderamente son. Además, sólo la Idea es susceptible de un verdadero conocimiento o “episteme”, mientras que la realidad sensible, las cosas, sólo son susceptibles de opinión o “doxa”.” (webdianoia)

Con una definición como esta, podríamos pensar que lo que Platón quiere decir es que las Ideas o Arquetipos o Formas ideales son los conceptos mentales, aquello que también llamamos vulgarmente ideas. Este es un sentido en el que puede interpretarse y es un sentido muy fructífero, pero Platón lo niega, como se explica en Webdianoia:

“En cuanto a las Ideas, en la medida en que son el término de la definición universal representan las “esencias” de los objetos de conocimiento, es decir, aquello que está comprendido en el concepto; pero con la particularidad de que no se puede confundir con el concepto, por lo que las Ideas platónicas no son contenidos mentales, sino objetos a los que se refieren los contenidos mentales designados por el concepto, y que expresamos a través del lenguaje. Esos objetos o “esencias” subsisten independientemente de que sean o no pensados, son algo distinto del pensamiento. Las Ideas son únicas, eternas e inmutables y, al igual que el ser de Parménides, no pueden ser objeto de conocimiento sensible, sino solamente cognoscibles por la razón. No siendo objeto de la sensibilidad, no pueden ser materiales.” (webdianoia)

Para quienes no estén familiarizados con la terminología filosófica: las Ideas no son los conceptos mentales, sino que son el modelo de esos conceptos mentales y existen más allá del pensamiento. Existirían aunque nadie pensara en ellas. Y como no son materiales, no pueden ser vistas o percibidas por los sentidos, sino tan solo por la razón.

El problema que se plantea entonces es: puesto que esas Ideas son inmateriales y no tienen ninguna conexión con el mundo material, ¿cómo es posible la comunicación entre ambos mundos?

La respuesta de Platón es que las cosas participan o imitan a las Ideas:

“Por lo que respecta a la relación entre las Ideas y las cosas expone Platón dos formas de relación: la imitación y la participación. La semejanza mutua que existe entre los objetos es el resultado de la imitación de un modelo que permanece él mismo inmutable” (webdianoia).

Es decir, las Ideas siempre permanecen iguales a sí mismas y son las cosas las que cambian e imitan o participan de esas ideas. ¿Y qué relación tiene todo esto con los memes de Dawkins?

La primera relación es obvia: las cosas imitan a las Ideas. La imitación, la mímesis, es, según nos dice Dawkins, el origen de la palabra meme. Pero la similitud entre las Ideas platónicas y los memes dawkinianos (y sus diferencias también) serán examinados en el próximo capítulo.

Continuará…

 


[Publicado por primera vez el 29 de febrero de 2004
Revisado en 2016 y 2017 (el texto en otro color es de la revisión)]


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