Ono no Komachi, una poeta japonesa

En la literatura japonesa, especialmente en sus orígenes, hay muchas escritoras. No es extraño, porque la lengua japonesa común, escrita en caracteres hiragana, se considera una invención femenina. Sucedió porque las mujeres no tenían permitido usar los caracteres kanji, importados de China, y utilizaban una lengua simplificada, el hiragana, mientras que los hombres empleaban ese lenguaje, pero solo en su correspondencia amorosa con las mujeres. Con el tiempo, esa lengua casi secreta se convirtió en el japonés actual, en el más importante de sus cuatro silabarios, el hiragana. Los otros son el kanji, el katakana (creado por los bonzos o monjes) y el roomaji (caracteres occidentales).

historia_de_genji_1Las obras maestras de la época clásica están escritas por mujeres, como El libro de la almohada, de Sei Shonagon (del que ya he hablado en esta página) y El romance de Genji, de Murasaki Shikibu, que al parecer se está traduciendo íntegro por primera vez al español y que espero con impaciencia.

[Tras la publicación de esta entrada, en 2004, se han publicado  (escribo este comentario en 2015) al menos dos traducciones íntegras de El romance de Genji o Genji Monogatari, una en Atalanta y otra en Destino].

En un bellísimo libro que me regalaron recientemente, Cien poetas, cien poemas (Hyakunin Isshu), de la editorial Hiperión, descubrí a otra escritora japonesa muy interesante.

Se llama Ono no Komachi:

“Una mujer bellísima que vivió a mediados del siglo IX y que encarna todo el refinamiento y toda la melancolía de la época Heian. El poeta Ki no Tsurayuki la incluyó entre los seis mejores poetas de waka, es decir, como uno de los “seis genios” (rokkasen) de la antología Kokinshü, que contiene 18 poemas suyos”.

La historia de esta poeta extraordinaria es al mismo tiempo alegre y triste, o al menos así lo cuentan los cronistas, algo que también parece admitir la propia Ono no Komachi en algunos de sus poemas:

“Según la leyenda, Ono no Komachi, hija de un oficial, había nacido en la región de Akita y fue enviada a Kioto a la edad de 13 años. Allí destacó por su belleza y por su inteligencia, llegando a ser gran dama de la Corte, quizá sirviendo al emperador Nimmei, y fue requerida por numerosos pretendientes, a los que rechazó. Se cree que al final de su vida regresó a su tierra natal, donde murió, sola, pobre e ignorada, aferrada al orgullo de su belleza juvenil, “viendo caer las largas lluvias”, como dice en el maravilloso poema que la representa en esta antología… “

ono no komachi anciana

El poema de Ono no Komachi recogido en la antología precisamente trata de esa parte solitaria y triste de su vida:

“El color de las flores
se va desvaneciendo:
Así pasa mi vida, vanamente,
envuelta en tristes pensamientos
viendo caer las largas lluvias”.

En otra entrada tuve ocasión de hablar de los haikus (o haikai) con motivo de El haiku de Cuervo. El poema de Ono no Komachi no es haiku, sino tanka, que comparte con los haikus los tres primeros versos de cinco, siete y cinco sílabas, pero añade otros dos.

José María Bermejo y Teresa Herrero, los autores de la antología, explican que Ono no Komachi es un personaje especialmente reverenciado en la cultura japonesa:

“Ono no Komachi inspiró también algunas obras del teatro Nô, cinco de las cuales son atribuidas a Kan’ami o a Zeami. La más conocida, Sotoba Komachi, de Kan’ami, narra una historia estremecedora que tiene como fondo la supuesta crueldad de Ono con sus enamorados y amantes: a uno de ellos, el capitán Shii no Shoso, conocido también como Fukakusa, le impuso como condición, para acceder a sus deseos, que pasara cien noches ante su puerta; pero el capitán, que había acudido fielmente a cada cita, murió la última noche…”

OnonoKomashi y su amante

Ono no Komashi y su amante Shi no Shosho bajo las nieves de  Fukakusa

Existe quizá, dicen los antólogos una cierta relación, algo parecido a la ironía dramática, entre la actitud de Ono no Komachi y el desenlace de su historia:

“El triste final de Ono no Komachi, como una anciana pordiosera y vagabunda, parece marcado por ese amor frustrado, por esa historia absolutamente “romántica”. Su poesía, intensa y emotiva, rica en metáforas e impregnada de un fuerte erotismo, es, tal vez, el mejor retrato de esa misteriosa mujer que, según la tradición, adoptó al final de su vida, en el templo de Onosan Myoshoji, en Hazako, el nombre budista de “Myosho”.

 

1

Se conservan muchos retratos de Ono no Komachi:

“Varios siglos después, Eishi, el artista más aristocrático de ukiyo-e (tipo de grabado o ilustración japonesa), ilustró ese poema que aún nos sigue conmoviendo. Otro genio del grabado, Harunobu (1725-1770) recreó, en una bellísima “estampa de brocado” (nishikie) la figura legendaria de Ono no Komachi”.

En esta maravilla que es Internet, he encontrado unos cuantos poemas más de Ono no Komachi, aunque sólo están traducidos al inglés. Me gusta mucho este:

“Those gifts you left
have become my enemies:
without them
there might have been
a moment’s forgetting”.
         (Tr. Hirshfield & Aratani)

Intento ahora, en 2015, una apresurada traducción de este poema:

“Esos regalos que dejaste
son ahora mis enemigos
Sin ellos
podría tal vez tener 
un instante de olvido”.


Aquí puedes consultar dos páginas para leer más poemas de Ono no Komachi: Other Women Voices, Gotterdamerung, y una página muy interesante en la que se estudia la belleza fatal de Ono no Komachi como estándar de la belleza femenina en Japón.

 

[Publicado el 14 de diciembre de 2004. Revisado en 2015]

CUADERNO DE JAPÓN

Originally posted 2012-06-21 01:00:15.

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El origen de la idea de Dios

Anselmo de Canterbury propuso el llamado argumento ontológico para demostrar la existencia de Dios:

“Y, ciertamente, algo tan grande que nada mayor pueda ser pensado no puede estar únicamente en el entendimiento, ya que si sólo estuviera en el entendimiento, también podría pensarsele como parte de la realidad, y en ese caso sería aún mayor. Esto es, que si algo tal que nada mayor pueda ser pensado estuviera únicamente en el entendimiento, entonces esa misma cosa tal que nada mayor pueda ser pensado sería algo tal que algo mayor sí pudiera pensarse, algo que no puede ser.”

Es decir, Dios debe existir porque el concepto de Dios significa “aquello más grande que pueda ser pensado” y, en consecuencia, si ese algo más grande fuera pensado pero no existiera, entonces podríamos pensar en algo más grande, en un ser que además de ser la cosa más grande pensada, además existiera. Ese ser más grande en todos los sentidos es Dios.

Gaunilo de Marmoutiers, conocido en las historias de la filosofía como “el monje Gaunilo” respondió al argumento de Anselmo diciendo que él podía imaginar la isla mayor y más perfecta, pero que lo más probable es que una isla quien invitó a sus lectores a concebir la mayor y más perfecta isla. Pero esa isla debería  contemner todos los atributos de la perfección, a pesar de ello, es muy probable que tal isla no exista. Y así, podríamos seguir aplicando el argumento a todo tipo de cosas.

Anticipandose a la objeción que el monje Gaunilo hizo al argumento ontológico de San Anselmo, Descartes dice:

“En los conceptos de las otras cosas no se contiene del mismo modo la existencia necesaria, sino solo la contingente”  (Principios de la filosofía,  Punto 15).

 Es decir, como ya dijera Anselmo en su respuesta a Gaunilo, el argumento ontologico solo es aplicable a Dios, porque, de no ser así, ya podemos imaginar la farsa que se armaría si aplicaramos tan efectivo argumento para demostrar la existencia de todas las cosas que nos apetece que existan.

Más adelante, Descartes explica por qué la idea innata de Dios no es accesible a todos los hombres, por qué, en definitiva, no les es innata: a causa de sus prejuicios. Pero si, como dice el abate  Bergier en su Diccionario teológico, los primeros hombres creían de manera unánime en Dios único, ¿por qué dejaron de creer en Él?  ¿Por la intervención de Satán? Aquí, me temo, podemos caer  en profundas disputas teológicas. Pero no es este momento ni lugar.

 

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 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[domingo 14 de enero de 1990]

 

Originally posted 2012-09-15 22:01:31.

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La materia intelectual

MUsil en su despacho
Para mostrar que Musil, además de ser capaz de encontrar lo bueno en lo malo (Los escritos póstumos), también podía ser caustico, cínico e irónico, en definitiva, esos rasgos que algunos identifican con la verdadera inteligencia (idea que yo no comparto), aquí está una descripción de algunos de sus congéneres en las tareas intelectuales.

intelectuals 250px-Age_du_papierAl parecer, estas observaciones eran muy atinadas en los tiempos de Musil, pero todavía se pueden aplicar en nuestros días: basta con visitar lugares donde se reúnan literatos, poetas, comiqueros, cinéfilos y, ¿por qué no decirlo?, en la mismísima Biblioteca Nacional:



“Cualquier observador capaz de prestar un poco de atención a sus semejantes, y que esté dotado de un sentido del olfato comparable a ese interés, habrá podido notar más de una vez que entre aquellos que son aficionados a los asuntos intelectuales se da una llamativa carencia de atención hacia su otro yo, hacia ese cuerpo físico que sostiene su espíritu. Sin duda es el esfuerzo empleado en alimentar su espíritu, o tal vez el ardor con el que se entregan a las musas, lo que provoca en muchos de ellos una sudoración desmesurada e incontrolable contra cuyos efectos no parecen considerar necesario luchar. O tal vez sucede que pertenecen a una extraña secta cuyo lema es
Mens sana in corpore putrido.”
   (Musil en Escritos póstumos publicados en vida)

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[Publicado en 2004]


CUADERNO AUSTROHÚNGARO

Originally posted 2012-06-21 01:00:15.

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¿Dónde suceden las cosas en Shakespeare?


Jan Kott hace un interesante análisis de la escena de El rey Lear en la que Edgar guía al ciego Gloucester (su padre) hacia un precipicio. No existe tal precipicio, pero Edgar cree que puede curar de su locura al anciano si lo conduce hacia una falsa muerte. Los dos se van arrastrando hasta el precipicio y finalmente el anciano se lanza al abismo. Cae y muere.

O eso parece, porque, en realidad no hay tal caída.

Kott advierte acerca del sentido de esta escena, que puede ser echada a perder por una representación naturalista. Puesto que no existe ese precipicio, es absurdo pintarlo en el escenario o representarlo de cualquier manera. Ni siquiera, dice Kott, se puede llevar esta escena al cine sin destruirla. Ya se trate de un precipicio real o fingido, la fuerza de la situación se pierde:

“El escenario tiene que estar vacío. El suicidio, o más bien el símbolo del suicidio, debe representarse en un escenario vacío… El ciego Gloucester cae en el escenario vacío… El ciego Gloucester, que ha ascendido por una montaña inexistente para arrojarse sobre unas tablas lisas, es un payaso. Lo que se ha representado es una especie de payasada filosófica; la misma que encontramos en el teatro contemporáneo”.

Por un momento, el espectador del teatro cree que el abismo existe, como lo cree Gloucester, pero acaba descubriendo que no hay tal abismo, como descubre finalmente Gloucester.

Una de las mejores soluciones es cubrir de humo o nubes el escenario, lo que permite mantener el engaño tanto para Gloucester como para el espectador, sin que la trampa sea vulgar

 

¿Dónde suceden las cosas en un escenario?

A veces el espectador de un teatro completa la escena con la fuerza de su imaginación: ve puertas, castillos, mares, ejércitos, como el propio Shakespeare le solicita en alguna ocasión:

“Suplid mi insuficiencia con vuestros pensamientos. Multiplicad un hombre por mil y cread un ejército imaginario. Cuando os hablemos de caballos, pensad que los veis hollando con sus soberbios cascos la blandura del suelo, porque es vuestra imaginación la que debe hoy vestir a los reyes, transportarlos de aquí para allá.” (Enrique V)

Ahora bien, si pensamos en La tempestad, el barco que naufraga existe para los náufragos, pero los espectadores tenemos que imaginarlo, mientras que Ariel es un espíritu al que sí ve el espectador, pero que no ven ni Trínculo ni Esteban, dos de los personajes de la obra. Tampoco Bottom ve a Helena, ni sus pretendientes a Puck en El sueño de una noche de verano.

Como espectadores se nos pide a veces que imaginemos, que veamos cosas que no están ahí, pero que se supone que sí ven los personajes, mientras que otras veces se nos muestra algo que vemos nosotros pero que no ven ellos, a pesar de tenerlas allí delante en el escenario.

¿Y el puñal de Macbeth? Macbeth ve el puñal, pero el puñal no existe.

Los espectadores, ¿vemos el puñal que ve Macbeth o vemos, como los demás personajes que están allí, que no hay ningún puñal? Difícil decisión para un director de escena.

¿Y el espectro del padre de Hamlet? Se supone que debemos verlo en sus primeras apariciones, como lo ve Hamlet y los guardias. Pero, ¿debemos verlo cuando Hamlet lo ve y su madre no lo ve? ¿Vemos entonces como Hamlet o vemos como la madre? Otro verdadero dilema para la puesta en escena.

Hamlet ve el espectro de su padre tras matar a Polonio. Pero su madre no lo ve. ¿vemos nosotros al espectro? ¿Vio Hamlet al espectro antes pero ahora lo está imaginando?

Se trata de diferentes tipos de no existencia, que no siempre son coincidentes, a menudo mezclados unos con otros. Podemos preguntarnos, si  cuando Shakespeare dirigía la obra en el teatro el espectador veía un puñal, o si sólo lo veía Macbeth, y también podemos preguntarnos si incluso aunque veamos al fantasma de Hamlet, el fantasma existe sólo para Hamlet. ¿Qué estamos viendo, lo que vería cualquiera o lo que ve Hamlet dentro de su cabeza? Podríamos comparar la escena del fantasma con aquella típica escena de muchas películas en la que vemos los pensamientos del personaje, sus imaginaciones, lo que está soñando, pero eso ya sería decantarse por una hipótesis acerca de la mente de Hamlet, que no se finge loco y que está realmente loco.


Escena de la daga de Macbeth por Ian McKellen

[Publicado el 26 de diciembre de 2008]

WILLIAM SHAKESPEARE


prefacioashakespeare

Shakespeare según Johnson

Ver también: Escribir sobre Shakespeare

Todas las entradas de literatura en: El resto es literatura

Originally posted 2012-06-21 01:00:15.

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Ser vencido al vencer al enemigo

Dice Descartes que un defecto que se puede observar en la mayor parte de las disputas es que:

      “Siendo la verdad intermedia entre las dos opiniones que se sostienen, cuanto mayor es la inclinación a refutar la opinión contraria, tanto mas se aleja uno de la verdad”.

 Esta también me parece una opinión acertada acerca de los filósofos y de las disputas filosóficas.

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De esto he hablado en otro de estos comentarios a Los principios de la filosofía, al referirme a la distorsionada y desfigurada disputa entre empiristas y racionalistas: cuando se adopta una etiqueta para definir el propio pensamiento, a menudo uno acaba defendiendo o lo indefendible o lo absurdo, tan sólo para mantener la coherencia.

Puse a este breve comentario el título “Ser vencido por los enemigos” [que ahora he cambiado por “Ser vencido al vencer al enemigo”]  porque siempre me ha interesado mucho algo que les sucede a casi todos los polemistas y disputadores. Llega un momento en que ya no defienden lo que creen, sino que tan solo se ocupan de atacar lo que creen sus rivales o enemigos. A eso lo llamo “ser vencido por los enemigos al vencerlos”, ese momento en el que uno se preocupa más por no coincidir con sus rivales que por pensar con serenidad.


 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[lunes 8 de enero de 1990]

Originally posted 2012-06-21 01:00:15.

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La inmortalidad y los libros

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Durante la presentación de Recuerdos de la era analógica, Juanjo de la Iglesia y yo nos referimos a un cuento que se incluye en el libro, “El último siglo mortal”. Eso nos llevó a recordar una conversación que Juanjo y yo mantuvimos hace muchos años y que está en el origen tanto del cuento como del libro. En ese sentido, se podría considerar que Juanjo es coautor del libro o al menos incitador en la distancia.

Puedes ver y escuchar ese fragmento de la presentación en este vídeo o leer la transcripción. También he añadido un texto nuevo acerca de la inmortalidad, que puedes leer tras la transcripción.

TRANSCRIPCIÓN DEL VÍDEO

(Daniel busca algo en el libro sin lograr encontrarlo)

JUANJO: Bueno, esto es lo malo de que te escriba el libro otro… que luego no encuentras nada. Tenemos aquí a Ana Rosa Quintana [celebre en esas fechas por haber contratado a un escritor fantasma]. Bueno, todo esto viene a cuento de que Daniel y yo que siempre estamos discutiendo como el perro y el gato, bueno, como el perro y el gato no…

DANIEL: …como el gato y el perro…

JUANJO: .Eso, como el gato y el perro…. Pero hay una cosa en la que siempre estamos de acuerdo. Vamos, una intuición, porque tampoco es una seguridad. Y es que por los pelos (no es una broma) nos vamos a perder el que la gente no se va a morir. Daniel y yo estamos seguros…

DANIEL: …de que la inmortalidad nos la vamos a perder. Bueno, Juanjo seguro, pero yo pienso vivir 139 años, que es lo que me planteé… ¡y todavía puedo llegar! Así vivo tres siglos: siglo XX, siglo XXI y siglo XXII…

JUANJO: Claro, entonces ahí venía… En una de las narraciones está citada una conversación que tuvimos Daniel y yo una vez, que hablábamos de que si la gente no se muere, de qué se van a ocupar las religiones entonces, que van, entre comillas, a vender…

DANIEL: ….que van a prometer

JUANJO: Teniendo en cuenta que Daniel es una especie de, no sé en qué porcentaje homeopático de agnóstico con ateo con escritor en revistas católicas… Todo esto se agita… ¡es verdad! No he dicho nada que no sea verdad. Y yo que soy un teísta descreído y con una pizca también de agnosticismo…

DANIEL: Tú eres un fideísta…

JUANJO: …sí, un fideísta, poco más o menos… sin embargo, siempre llegamos a esa conclusión. Y yo estaba pensando, que no es que sea el objeto del libro, pero, como resulta que es el motivo por el que aparezco en este libro…¡y me parece que es un  motivo importantísimo!

DANIEL: ¡Importantísimo! No existiría este libro sin ti.

JUANJO: Eso me dijo él, no me lo creí, pero… es verdad (que me lo dijo). Entonces yo he pensado muchas veces que a lo que nos referíamos los dos no era la inmortalidad, sino a la longevidad, a una vida muy larga, muy larga. Porque a lo mejor hay personas que viven 20.000 años y después se suicidan. Entonces, la desaparición del mundo físico seguramente siga existiendo. Bueno, pues esta es una de las cosas sobre las que se puede reflexionar leyendo este libro, pero hay muchas más.

 

La inmortalidad

La lucidez de un siglo

La lucidez de un siglo, publicado por Páginas de Espuma

Como expliqué en Antólogos, prólogos y errores, el relato al que se refiere Juanjo es “El último siglo mortal”, que se publicó en el año 2000 en La lucidez de un siglo, precisamente con el título “Recuerdos de la era analógica”. Al final de ese cuento se hace una mención a la conversación que mantuve con Juanjo,  hace muchos años, en la que hablamos acerca de la inmortalidad:

“Se conserva un texto, supuestamente escrito en 1999, pero que se encuentra en soporte digital, en el que tres personas discuten en un café el siguiente problema: «¿Para qué serviría la religión si los hombres fueran inmortales?» Uno de ellos dice: «Bueno, si los hombres no pudieran morir, entonces la religión, en vez de la inmortalidad, prometería la mortalidad».”

Las religiones, en efecto, suelen prometer alguna forma de inmortalidad, aunque algunas, como el budismo, ya prometen la mortalidad: eso es algo que desconcierta a los antólogos del siglo 25, como se puede ver en el comentario que hacen a “El último siglo mortal”:

“En el siglo 20 hubo guerras, revoluciones y grandes cambios en el mundo del arte, los comienzos del cine, la televisión, la realidad virtual, los primeros ordenadores y la energía nuclear. Pero cada vez son más los historiadores que opinan que el siglo 20 es importante por otra razón: fue el último siglo en el que los hombres fueron mortales.

Ahora eso nos parece algo inconcebible, y la opinión dominante es que Sócrates, Aristóteles, Newton, Napoleón, Hitler, Lenin y todos los personajes históricos anteriores al siglo 21 nunca existieron, sino que son criaturas imaginarias que fueron inventadas para hacer más interesante nuestro pasado…”

Más adelante se dice, a propósito de la promesa de inmortalidad de las religiones:

“Los cristianos, una secta minoritaria pero influyente, adoran a un Dios que descendió del cielo para salvar a los hombres. Este Dios, llamado Jeshua, es venerado bajo la forma de un hombre clavado en una cruz. Sus seguidores afirman que esa imagen es precisamente la prueba de que los seres humanos pueden morir, al menos los del género masculino. Su Dios murió para mostrarles que ellos también podían conseguirlo.

La idea resulta chocante en extremo. Morir significa dejar de ser, extinguirse, no estar, no ocupar un lugar ni espacial ni temporalmente. Es un término muy difícil de definir y mucho más de imaginar…”

Por otra parte, en otro momento de la presentación, Juanjo y yo volvimos a hablar de la inmortalidad, así que volveré a hablar de ello en otra entrada.

 

Ateo, agnóstico… ¿católico?

Juanjo dice que soy ateo, agnóstico y escritor en revistas católicas. Su opinión sin duda se basa en muchas conversaciones que hemos mantenido acerca de este tema, como aquella ya mencionada en la que hablamos acerca de la inmortalidad y las religiones; conversaciones en las que me he definido como ateo o como agnóstico.

¿Ateo o agnóstico?

Este es un asunto que preocupa a mucha gente: buscar la distinción exacta entre ateísmo y agnosticismo. Para algunos creyentes, ser agnóstico no es malo, pero ser ateo sí que lo es. Los agnósticos parecen neutrales, puesto que no afirman ni niegan que exista Dios o los dioses, mientras que los ateos son peligrosos radicales a los que les puede la soberbia, pues niegan que exista Dios. Para esos creyentes, eso es una muestra de dogmatismo por parte de los ateos. Lo curioso es que la proposición inversa, es decir, afirmar que Dios existe, no les parece tan radical y dogmático.

Quizá habría que acuñar un nuevo término para los creyentes que no afirman que existe Dios, sino que, como los agnósticos, dicen que les parece que existe pero no están seguros. Voy a intentar explicar por qué yo soy al mismo tiempo ateo y agnóstico.

Soy ateo si de lo que estamos discutiendo es de las diversas religiones que presumen de conocer la voluntad o los mensajes revelados por Dios o los dioses: creo que mienten todas. Creo que mienten todos los libros revelados y todos sus profetas. No conozco ninguno que me merezca confianza y estoy seguro, hasta donde uno puede estar seguro de algo, de que todos eran o bien alucinados o bien farsantes. En ocasiones farsantes bienintencionados, que se inventaron un amigo invisible para ayudar a los demás y contar con su colaboración; en otras ocasiones, farsantes muy malintencionados, como podemos ver si leemos un poco de historia acerca de los fundadores y propagadores de las diversas religiones.

Pero soy agnóstico si se discute, de manera general y sin relación con ninguna religión concreta, acerca de la existencia o no de Dios o los dioses. Aunque considero muy improbable la existencia de algún ente divino, no  puedo negarlo de forma categórica, como no puedo negar de forma categórica ninguna otra cosa, como que yo soy un caballo en vez de un hombre o que la luna esconde en su interior un gran queso parmesano.

Alguien dirá que soy dogmático en mi ateísmo y que también podría ser agnóstico en lo que se refiere a los dioses y religiones concretas, porque no hay nada que se pueda demostrar de forma indiscutible. Cierto, pero no creo que nadie de los que me reprochen eso pueda demostrar que no existan los dragones voladores que echan fuego por la boca, o Frankenstein o el oso Yogui. A pesar de que no pueden demostrar la no existencia de esas criaturas, eso no impide que afirmen con una gran seguridad (que no les reprocho) que esos seres no existen (excepto en los libros o los dibujos animados). Lo mismo pienso yo de esas otras creaciones de ficción que son los dioses. Así que se podría decir que respecto a las religiones existentes soy “poliateísta“.

En cuanto a lo de que escribo en revistas católicas, Juanjo se refiere a El Ciervo, una revista de católicos progresistas en la que he publicado algún texto, como aquel en el que contaba cómo veía mi muerte:

Cómo veo mi muerte

En la adolescencia decidí que iba a vivir 139 años. No se trataba de una cifra casual: quería conocer tres siglos, el XX, el XXI y el XXII. Si voy  a vivir 139 años, todavía me queda mucho tiempo antes de que la muerte empiece a preocuparme. Descartes también quería vivir mucho tiempo, aunque se conformaba con cien años. Pero la reina Cristina de Suecia le convenció para que le diera clases de filosofía, y Descartes murió de frío en aquel lejano reino a los cincuenta años. Sin embargo, antes del viaje a Suecia, Descartes le confesó a un amigo que ya había encontrado el remedio contra el temor a la muerte: “Ahora me da igual morirme”.

Lo mismo me sucede a mí: ya no me preocupa la muerte. Sigo deseando  alcanzar los 139 años, e incluso la vida eterna, pero ya no me inquieta morir en cualquier momento. Lo que me preocupa no es la muerte, sino disfrutar de la vida: no discutir, no deprimirme por nimiedades, amar y respetar a los demás, descubrir cosas nuevas, recibir también un poco de amor y, en definitiva, ser feliz, cosa que consigo muy fácilmente. Algo me hace sospechar que vivir así me hará más fácil morir. Por otra parte, deseo morir lentamente, porque soy una persona muy curiosa y me gustaría experimentar también esa situación, y no que me sobrevenga sin enterarme.

En mi página Mortal, dedicada, precisamente, a la mortalidad, puedes encontrar más información.

 


Este es un fragmento de la charla en la que Juanjo de la Iglesia presentó Recuerdos de la era analógica en El Caldito. La primera versión de esta entrada fue publicada el 22 de mayo de 2010. La revisé en 2011 y en 2014.


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

LIBROS PUBLICADOS

 

Originally posted 2012-06-21 01:00:15.

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Los tres mundos de Popper

|| Memes, ideas y mundos /5

Dawkins admite en El gen egoísta que Popper desarrolló interesantes analogías entre la evolución cultural y la biológica y que también señaló las semejanzas entre el progreso científico y la selección natural.

Lo hizo ya en su Lógica de la investigación científica (1934), donde proponía:

“Una teoría acerca del aumento de conocimiento por ensayo y eliminación del error, es decir, por selección darwiniana más bien que por instrucción lamarckiana”[1]Popper, Busqueda sin término.

Estas ideas le llevaron a desarrollar la teoría de los tres mundos:

Mundo 1: el mundo de la física: las rocas, los árboles y los campos físicos de fuerzas; la química y la biología.

Mundo 2: El mundo psicológico. Los sentimientos de temor, esperanza, las disposiciones a actuar y todo tipo de experiencias, incluidas las subjetivas e inconscientes.

Mundo 3: El mundo de los productos de la mente humana. Las obras de arte, las instituciones, los valores éticos, las sociedades. Y especialmente los libros, las bibliotecas científicas, los problemas científicos y las teorías, incluidas las científicas.” [2]Popper, Busqueda sin término

 

La doctrina de los Tres Mundos de Karl Popper

Ahora bien, dice Popper, los libros, los periódicos y las bibliotecas pertenecen al Mundo 1, pero también al Mundo 3.

Dos ejemplares de un libro idéntico en el mundo 3 son dos objetos diferentes en el mundo 1, puesto que por muy iguales que sean, ocupan un lugar diferente. Esos dos libros diferentes en el Mundo 1 son el mismo objeto en el Mundo 3, porque su contenido intelectual es el mismo.

Se podría decir, añade Popper, que los dos ejemplares del libro del Mundo 1, los libros del mundo físico, son dos copias del ejemplar del Mundo 3. Popper va incluso más lejos y sostiene (al igual que lo hace, como se verá más adelante, la teoría “fuerte” de los memes) que el Mundo 2 y el Mundo 3 son reales, entendiendo por real todo aquello capaz de interactuar con el mundo 1, el mundo de las cosas físicas.

En el Mundo 1, el de las cosas que son materiales de manera evidente, no puede haber dos cosas iguales. La única excepción conocida al principio de los indiscernibles (que afirma que no puede haber dos objetos iguales en el Mundo 1) se encuentra en el El Museo de los Mundos Posibles y es el cuadro Las señoritas de Avignon. El lector puede comprobarlo viendo el cuadro pintado por Picasso y su copia perfecta e indiscernible en Picasso y los indiscernibles.

De este modo, Popper parece deslizarse hacia algún tipo de idealismo, muy semejante al idealismo platónico o teoría de los arquetipos o las formas, del que tal vez escapa al asegurar que esa interacción entre el mundo 1 y el 3 se hace a través del Mundo 2.

Algo parecido a Popper sostiene Dawkins:

“Al igual que los genes se propagan en un acervo génico al saltar de un cuerpo a otro mediante los espermatozoides o los óvulos, así los memes se propagan en el acervo de memes al saltar de un cerebro a otro mediante un proceso que, considerado en su sentido más amplio, puede llamarse de imitación. Si un científico escucha o lee una buena idea, la transmite a sus colegas y estudiantes. La menciona en sus artículos y ponencias. Si la idea se hace popular, puede decirse que se ha propagado, esparciéndose de cerebro en cerebro.”

La teoría de los memes, en consecuencia, puede considerarse una adaptación bastante fiel de la teoría de los tres mundos popperiana, con el añadido de un nombre para la unidad básica de transmisión cultural: meme.

Otros autores, de manera casi paralela a Dawkins han propuesto otros términos para definir esa unidad de transmisión cultural. E.O. Wilson y C.J. Lumsden proponen el término culturgen, y desarrollan en sus obras el aspecto cuantitativo relacionado con la transmisión de los culturgenes más detalladamente que Dawkins. Pero en la lucha mediática entre memes y culturgenes, parece que han sido mejores replicadores los memes.

Continuará


[Publicado por primera vez el 29 de febrero de 2004
Revisado en 2016 y 2017 (el texto en otro color es de la revisión)]


Dawkins---el-gen-egoista-Daniel-Tubau

Memes, ideas y mundos