La historia del joven de piedra
LA VIDA PÉTREA

Estaba con mi amiga Ana. en la ducha y el agua caía sobre nosotros. Me pareció una ninfa acuática y también una estatua-fuente que había cobrado vida, una estatua que trasformaba su pétrea materia en carne viva cuando algún paseante besaba cierta parte de su anatomía. Esto me hizo recordar La Venus de Ille, de Merimé y la versión de Henry James: El último de los Valerios.

Pensé entonces en hacer una nueva sección en Esklepsis: estatuas que cobran vida. Pero también seres que, a la inversa, se convierten en estatuas. Cada vez acuden más ejemplos a mi mente de este tópico fantástico que al principio creí poco poblado:

1. La venus de Ille

2. El último de los Valerios

3. Un cuento de las 1001 noches

4. La mujer de Lot

5. La estatua del jardín botánico, de Radio Futura

6. La bella durmiente del bosque

7. Trasgos de Tolkien

Así que he decidido abrir esa sección pétrea. Comienzo con una historia de las Mil y Una Noches que me gustó muchísimo cuando la leí con Cathy hace muchos años (durante varios meses nos leímos el uno al otro cuentos de este libro cada noche).

Por cierto, mi padrino me dijo que existía una maldición relacionada con Las Mil y Una Noches: leer el libro entero causaba la muerte. Yo lo he empezado varias veces. Ahora voy por la noche 120.

La historia del joven de piedra se cuenta entre la noche séptima y novena. En Las Mil y una noches, los relatos se enlazan unos con otros casi sin interrupción: surgen afluentes de los afluentes y al final ya no sabes cuál es el origen de la aventura que estás leyendo: era la historia de dos jóvenes amantes, pero entonces uno de los jóvenes cuenta algo que le pasó hace unos años, cuando conoció a una vieja y a tres comerciantes, y entonces nos enteramos de las historias de los tres comerciantes y la vieja, pero en cada una de esas historias hay alguien que cuenta otra historia, así que pasan las páginas, transcurren las noches, y de pronto descubrimos que por fin continúa la historia de aquellos dos jóvenes amantes.

1001noches-reyylibroenvenenadoLa historia del joven de piedra comienza en realidad en la noche tercera, con la historia de un pescador que encuentra un jarro de cobre dorado. Lo abre y de él sale un genio como el de la lámpara. El genio quiere matarlo, pero el pescador se las ingenia para que el genio vuelva a meterse en el jarro y lo encierra de nuevo. Cuando el genio se da cuenta le promete al pescador darle todo lo que quiera, pero el pescador le responde que no será tan tonto como para liberarle de nuevo, porque lo que les ha pasado es lo mismo que le pasó al ministro del rey Yunán y al sabio Ruyán.

Esto sirve como excusa para contar esa historia, de la que yo creo que Umberto Eco tomóuna idea para su libro El nombre de la rosa: la del libro con las hojas envenenadas. En cualquier caso, en un momento de esta nueva historia, el rey dice que no quiere matar al sabio Ruyán porque entonces le pasaría lo mismo que le pasó al rey Sindabad después de haber matado a su halcón. Así que el rey Ruyán cuenta ahora “La historia del rey Sindabad”.

Pero cuando el rey termina su historia, el visir le dice que debe seguir su consejo, o si no perecerá como pereció el visir que engañó al hijo del rey. Cuenta entonces el visir “La historia del príncipe y la rusalca”. A continuación, asistimos al desenlace de la historia del sabio Yunán y el rey Ruyán y, tras esto, volvemos con el pescador y el genio.

1001noches-pescadosFinalmente, el genio logra convencer al pescador para que le libere. Sorprendentemente, el genio cumple su palabra y a partir de ese momento al pescador las cosas empiezan a irle muy bien. Pesca cuatro peces de colores diferentes (blanco, rojo, azul y amarillo) y se los lleva al sultán. El sultán se los da a su cocinera rum (cristiana) para que se los fría. La cocinera los limpia y los echa en la sartén, pero entonces se abre una pared y entra en la cocina una joven hermosísima, que mete una vara de bambú en la sartén y pregunta a los peces: “¡Peces! ¡Peces! ¿Mantenéis la vieja promesa?” Los peces responden “Sí, sí” y añaden: “Si regresas, regresaremos; si cumples, cumpliremos, y si huyes, obraremos de idéntico modo”. En fin, no voy a contar toda esta historia. El caso es que el sultán decide ir a la alberca donde se hallan los peces. Allí encuentra un castillo de piedras negras con chapas de hierro. El lugar está deshabitado pero lleno de pájaros, que no pueden escapar porque una red cubre todo el palacio. Oye un gemido y llega hasta un salón en el que se halla sentado en un trono un hermoso joven. El sultán le pregunta por qué llora y entonces el joven levanta su túnica y descubre que de cintura para abajo todo su cuerpo es de piedra. Comienza entonces la historia de este joven.

HISTORIA DEL JOVEN DE PIEDRA

1001noches-jovenpiedra

“¡Mi Señor! Mi padre era rey de esta ciudad, y se llamaba Mahmud; era dueño de las Islas Negras, y poseía estos cuatro montes. Gobernó durante setenta años y luego murió. Le sucedí en el poder y me casé con una prima que me amaba mucho, tanto que, cuando estaba lejos de ella, ni comía ni bebía hasta que volvía a verme. Permaneció bajo mi protección durante cinco años, hasta que cierto día fue al baño y mandó al cocinero que nos preparase la cena. Llegué a este salón y me adormecí en el lugar en que ahora estoy. Mandé a dos esclavas que me abanicasen. Una se sentó junto a mí cabeza y la otra, a mis pies. Estaba intranquilo por la ausencia de mi esposa y no acababa de dormirme; antes bien, tenía los ojos entornados, pero mi espíritu estaba despierto. Oí que la esclava que estaba junto a mi cabeza le decía a la que estaba a mis pies: “¡Masuda! ¡Qué desgraciado es nuestro dueño en plena juventud! ¡Qué tristeza la suya al tener por esposa a nuestra señora que es pérfida y pecadora! ¡Maldiga Dios a las mujeres adulteras. Nuestro señor y su buen carácter no convienen a esa prostituta que pasa todas las noches en una casa que no es la suya”. La que estaba junto a mi cabeza, dijo: “Esto no debe preocuparle a nuestro dueño, ya que nunca le ha pedido cuentas”. “¡Ay de ti! ¿Es que nuestro señor sabe lo que ella hace? Le ha privado de su voluntad, pues le pone en la copa una mezcla que le da a beber todas las noches, antes de acostarse, y en ella pone banch. Así duerme profundamente y no se entera de lo que ocurre ni sabe adónde va ni qué hace. Ella, después de haberle escanciado le bebida, se pone sus ropas y dejándole solo en el lecho, se ausenta hasta la llegada de la aurora, en que regresa a su lado; entonces le hace oler algo que le despierta de su sueño.””Cuando oí las palabras de las esclavas, mi semblante pasó de risueño a sombrío; sólo deseaba que llegase la noche. Regresó por fin mi prima del baño, extendió el mantel, cenamos y estuvimos sentados durante un rato, de sobremesa, como era nuestra costumbre. Después, pedí la bebida que tomaba antes de acostarme, y ella me entregó el vaso. Me abstuve de beber, pero, aparentando que lo hacía según era mi costumbre, lo vertí por el escote de mi vestido y, en el acto, fingí caer dormido. Entonces ella exclamó: “¡Duerme! ¡Ojalá no despertaras más! ¡Te odio! ¡Odio tu figura! ¡Estoy harta de tu trato!” Se levantó, se vistió sus mejores trajes, se perfumó, ciñó una espada y, abriendo la puerta del palacio, salió. Me incorporé y la seguí: cruzó la puerta del alcázar y atravesó los zocos.»Así llegó a las puertas de la ciudad, a las que dirigió unas palabras que no entendí: los cerrojos cayeron, las puertas se abrieron y yo salí tras ella, sin que se diese cuenta. Llegó, por fin, a unas colinas y entró en un torreón recubierto por una cúpula de barro: cruzó la puerta, y yo subí a la azotea de la cúpula, desde donde podía ver lo que ocurría. Ella se presentó ante un esclavo negro, ardiente, cuyo labio superior parecía una tapadera y el inferior, un pote, tan colgantes, que podían recoger el polvo del suelo; estaba cubierto de pústulas y se recostaba encima de unas cañas de azúcar. La reina besó la tierra delante dé él y el esclavo levantó la cabeza y, mirándola, dijo: “¡Ay de ti! ¿Qué te ha hecho llegar tan tarde? He invitado a los negros, han bebido y todos se han abrazado a sus respectivas amantes. Sólo yo me he abstenido de beber, pues te esperaba”. “¡Señor! ¡Amado de mi corazón! ¿No sabes que estoy casada con mi primo, al que me repugna ver, cuya compañía odio con toda mi alma? Si no fuese porque temo por ti, hace ya tiempo que habría transformado la ciudad en ruinas; en ella sólo cantarían el búho y el cuervo, y habría transportado sus restos al monte Qaf.” “¡Mientes, desvergonzada! ¡Por la virilidad de los negros aunque nuestra hombría fuese como la hombría de los blancos, juro que si vuelves a llegar a esta hora, a partir de hoy dejaré de ser tu amante y no colocaré más mi cuerpo sobre el tuyo! ¡Ah! ¡Traidora ! Has saltado únicamente a causa de tu voluptuosidad, impúdica, la más vil de las blancas!»Refirió el rey: «Cuando hube oído sus palabras y hube visto con mis propios ojos lo que ocurría entre ambos, perdí el mundo de vista y no supe ni en dónde me encontraba. Mi prima permanecía en pie, llorando, humillándose, y le decía: “Amor mío! ¡Fruto de mi corazón! No tengo a nadie más que a ti. Si me abandonas, ¡ay de mí, amor mío! ¡Luz de mis ojos!”. No dejó de llorar y de humillarse ante él hasta que la perdonó. Entonces se tranquilizó, se quitó el traje y la ropa interior y le dijo: “¡Señor mío! ¿Tienes algo que darle de comer a tu esclava?” “Destapa la olla: encontrarás huesos de ratón cocidos. Cómelos y mastícalos. En ese tazón encontrarás buza: bebe.” Comió, bebió, se lavó las manos y, regresando a su lado, se tendió junto al esclavo, encima del montón de cañas: desnuda, se metió debajo de la colcha y los harapos. Cuando vi lo que hacía mi prima, perdí el conocimiento: descendí de lo alto de la cúpula, entré, cogí su espada y quise matar a los dos. Primero golpeé el cuello del esclavo y le corté la cabeza, el cuello, la piel y la carne; creí que lo había matado, pues exhaló un suspiro muy fuerte. Mi prima se movió e incorporó, pero yo ya me había ido. Cogió la espada, la enfundó en la vaina, volvió a la ciudad, entró en el palacio y se tendió a dormir en mi lecho hasta la mañana. Al día siguiente se cortó el cabello, vistió de luto y me dijo: “¡Primo! No me censures por lo que hago, pero es que me he enterado de que mi madre ha muerto, de que han matado a mi padre en la guerra santa y de que uno de mis hermanos ha perecido víctima de la picadura de un animal venenoso, y el otro sepultado en la caída de un edificio. Es justo que llore y me entristezca”. Cuando oí sus palabras, le dije: “Has lo que bien te parezca, pues no he de contrariarte”.»Permaneció triste y llorosa durante un año entero, desde el principio hasta el fin. Después de transcurrido este año, me dijo: “Quisiera construir en tu palacio un mausoleo que parezca una cúpula. Así me aislaría con mi pena. La llamaría la ‘Casa de los duelos”‘. “Haz lo que te parezca bien.” Se construyó la “Casa de los duelos” y colocó en su centro una cúpula y una tumba parecida a un sepulcro, a la que transportó y en la que depositó al negro. Éste no había muerto, pero estaba muy débil y no podía servir de nada a mi prima: bebía vino continuamente, y desde el momento en que lo herí, no podía hablar, pero aún no le había llegado su hora. Ella lo visitaba todos los días, mañana y tarde, en la cúpula; lloraba a su lado, loaba sus virtudes y le daba a beber vino y caldo.»Así continuaron las cosas, mañana y tarde, hasta el segundo año. Yo tuve paciencia, hasta el día en que entré, de improviso, en su habitación y la encontré llorando, abofeteándose el rostro y recitando estos versos:Después de que os habéis alejado, he perdido la razón de vivir entre les humanos; mi corazón sólo a vosotros ama.Coged mi cuerpo. por favor, y llevadlo doquiera que vayáis; doquiera que os detengáis, enterradme a vuestro lado.Si mencionáis mi nombre al pie de mi tumba, el gemido de mis huesos contestará a vuestra invocación.»Cuando terminó de recitar estos versos, le dije, desenvainando la espada: “¡Éstas son las palabras de las traidoras que reniegan del tálamo y no respetan la amistad !” Quise matarla y levanté mi mano en el aire. Ella se volvió y, dándose cuenta de que había sido yo quien había herido al negro, se puso en pie, pronunció unas palabras que no entendí y dijo: “¡Transfórmete Dios, en virtud de mis conjuros, en mitad piedra y mitad hombre!” Y quedé metamorfoseado en la figura que ahora estás contemplando: vivo sin poder levantarme ni sentarme; ni vivo ni muero. Cuando estuve así, encantó la ciudad y todo lo que ella contenía: zocos y jardines. En nuestra capital había cuatro clases de habitantes: musulmanes, cristianos, judíos y parsis; a todos los transformó en peces: los blancos son los musulmanes; los encarnados, los parsis; los azules, los cristianos, y los amarillos, los judíos. Metamorfoseó las cuatro islas de mi reino y las transformó en montes, a los que dispuso alrededor del estanque. Cada día me visita y me da cien latigazos con un azote de piel, hasta que salta mi sangre, después de lo cual me pone debajo de estas ropas, en la mitad superior de mi cuerpo, una camisa de crin». El muchacho rompió a llorar y recitó:Paciencia, !oh Dios!, con lo que Tú has dispuesto y ordenado. Tengo paciencia, si es que en ella está tu satisfacción.He probado la desgracia que me ha afligido.  Mi único intercesor es la familia del Profeta bendito.Al oír esto, el rey se volvió al joven y le dijo: “Has añadido una pena a mis penas. ¿Dónde está esa mujer?” “En la tumba en que reposa el esclavo, debajo de la cúpula. La visita una vez al día y, cuando va, se me acerca, me desnuda y me da cien latigazos; lloro y grito, pero no puedo hacer ni un movimiento para defenderme. Después de haberme atormentado mañana y tarde, lleva al esclavo bebidas y caldos.” “¡Por Dios, que he de hacerte un favor por el cual se me reconocerá un beneficio que, después de mi muerte, quedará en los anales de la Historia!”El rey se sentó y se quedó hablando con él hasta que llegó la noche. Entonces se levantó y esperó la llegada del alba. Se desnudó, ciñó la espada y se dirigió al lugar en que estaba el esclavo. Vio allí velas y candiles, incienso y pomadas. Se le acercó, le dio un golpe y lo mató. Lo colocó sobre su espalda y lo echó en un pozo que había en el palacio. Volvió a bajar, se vistió con la ropa del negro y se quedó debajo de la cúpula, con la espada desenvainada en toda su longitud.Al cabo de un rato llegó la bruja, la libertina, y en cuanto entró, desnudó a su primo, cogió el látigo y le azotó. Él gritó: “¡Ay! ¡Me basta la inmovilidad en que estoy! ¡Ten piedad!” “¿Tuviste tú piedad de mí? ¿Dejaste en paz a mi amante?” Finalmente le puso la camisa de crin y encima la otra ropa. Bajó junto al negro, llevándole una copa de bebida y una taza de caldo; entró en la cúpula y rompió a llorar y a gemir diciendo: “Señor mío, háblame! Señor mío, dime algo!» Y recitó:¿Hasta cuándo durará este desvío y esta crueldad? Ya basta lo que ha hecho la pasión. ¿Hasta cuándo seguirás huyendo de mí intencionadamente?Si te has propuesto castigar a quien me deseaba, ése ya tiene bastante.
Llorando añadió: «¡Señor mío, habla y dime algo!» Entonces el rey, bajando la voz y desfigurando las palabras, se expresó en la jerga de los negros: «¡Ah, ah! -dijo-. No hay fuerza ni poder sino en Dios!» Cuando ella oyó sus palabras, dio un grito de alegría y cayó desmayada. Cuando se repuso, preguntó: «¿Es que mi señor está curado?» El rey bajó la voz y dijo débilmente: «¡Libertina! No eres digna de que te hable!» «¿Por qué?» «Todo el día estás atormentando a tu esposo y él grita, y eso me enoja hasta tal punto que no puedo dormir desde el atardecer hasta la mañana, ya que tu marido no cesa ni un momento de suplicarte y de implorarte clemencia: esa voz me desvela. Si no hubiese sido por eso, ya me habría curado. Eso es lo que me impide contestarte.» «Con tu permiso, lo libraré del estado en que se encuentra.» «Desencántalo y nos dejará en paz.» «En el acto.»La mujer se levantó, salió de la cúpula y se dirigió al palacio. Tomó un tazón, lo llenó de agua, pronunció sobre ella unas palabras y el agua empezó a hervir como hierve en un recipiente puesto al fuego. Después roció con ella a su esposo y dijo: «Por el poder de lo que salmodio, !abandona esta forma y vuelve a tu primitiva figura¡» El joven se sacudió, se irguió sobre los pies y se regocijo por su liberación. Dijo: «¡Atestiguo que no hay más dios que Dios, y que Mahoma es el enviado de Dios! ¡Dios le bendiga y le salve!» «¡Vete y no vuelvas por aquí, pues de lo contrario te mataré!», le gritó ella a la cara.El joven salió de su presencia y ella volvió a la cúpula, descendió y dijo: «¡Señor mío! ¡Sal para que te vea!» Él contestó con palabras muy tenues: «¿Qué has hecho? ¡Me has quitado las ramas, pero no el tronco!» «¡Amado mío! ¿Cuál es el tronco?» «Las gentes de ciudad y de las cuatro islas. Todas las noches, cuando reinan las tinieblas, los peces sacan la cabeza fuera del agua y nos maldicen a ambos, a ti y a mí. Ésta es la causa que mantiene apartado de mi cuerpo el vigor de antaño. ¡Ponlos en libertad y regresa, coge mi mano y hazme levantar, pues habré recuperado la salud!»

Cuando oyó las palabras del rey, la mujer, que creía que era el esclavo, respondió loca de alegría: «¡Señor mío, lo que tú quieras! ¡Por el nombre de Dios!…» Muy contenta, salió corriendo, se dirigió a la alberca y, tomando un poco de agua pronunció unas palabras ininteligibles. Los peces se agitaron, sacaron la cabeza y se transformaron, en el acto, en hombres, pues el embrujo había cesado. La ciudad recobró su vida, los mercados volvieron a funcionar, cada habitante volvió a sus quehaceres habituales y los montes se convirtieron en islas.La apasionada bruja, en cuanto hubo terminado, regresó junto al rey, al que ella tomaba por el esclavo, y le dijo: «¡Amado mío! ¡Dame tu mano generosa para que la bese!» El rey le dijo en voz baja: «¡Acércate más!» Ella se acercó, él cogió su cimitarra y se la clavó en el pecho, hasta que la punta le salió por la espalda. Después, de un mandoble, la partió en dos mitades.Hecho esto, salió de la cúpula y encontró al joven embrujado esperándole de pie, le felicitó por su liberación y el joven besó la mano de su salvador, dándole las gracias. El rey le preguntó: «¿Permanecerás en tu ciudad o me acompañarás a mis estados?» «¡Oh, rey del tiempo! ¿Sabes cuál es la distancia que te separa de tu ciudad?» «Dos días y medio.» «¡Oh, rey! Si estás durmiendo, despierta: tu ciudad está a un año de marcha, andando rápido. Si llegaste aquí en dos días y medio, fue debido a que mi ciudad estaba embrujada. Pero yo, rey, no apartaré de tu lado la mirada de mis ojos.» El soberano se alegró al oír estas palabras, y respondió: «¡Loado sea Dios, que me ha favorecido al ponerte en mi camino! Serás mi hijo, ya que en toda mi vida jamás me los ha concedido». Se abrazaron y se alegraron en extremo.

 

 

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 [El número 5 de Esklepsis fue publicado en 1999]

PÁGINAS DE ESKLEPSIS 5

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Originally posted 2012-08-23 02:23:16.

¿Ha habido de hecho Renacimiento en España? (FIRMA INVITADA)

NOTA DE LA DIRECCIÓN DE ESKLEPSIS

La Dirección de esta revista se ha visto obligada, bien que siendo consciente de que ello supone un atentado al buen sentido y a la autoría intelectual y moral del autor de este artículo, sin duda brillante y definitivo, a acortarlo y condensarlo, reduciendo su extensión a una tercera parte de la original. El autor por otra parte, no sólo ha comprendido que la extensión de su artículo excedía los límites que esta Revista impone a sus colaboradores, sino que, en un gesto que le honra, ha colaborado en la tarea de reducir el continente de su obra de tal manera que ello no conllevase una pareja merma del contenido. Somos perfectamente conscientes de que esta medida, absolutamente inevitable, ha traído consigo el que queden muchas preguntas sin responder; tampoco sorprenderá al lector, por otra parte, el saber que en las dos terceras partes sacrificadas a la tijera, el autor planteaba otras preguntas no menos fundamentales. Basten, como ilustración y prueba fehaciente de la altura intelectual del autor de este artículo, las siguientes: ¿Podemos siquiera preguntar si ha habido o no Renacimiento en España? ¿Existe un carácter español? En caso de que exista un carácter español, ¿se puede decir que tal carácter es diferente al de otras naciones? ¿Es posible responder en un breve artículo a preguntas como las que aquí se plantean? ¿Es la pregunta en sí un instrumento legítimo para el conocimiento?
La Dirección de esta Revista, por último, quiere agradecer desde aquí al autor de este artículo su comprensión espontánea de las dificultades que se imponían a esta Dirección al hallarse en la obligación de acortar una obra que no admite en sí corte alguno. Al mismo tiempo, aprovecha la ocasión para alentar al autor de a persistir en su lúcido empeño, deseando, por último, poder iluminar de nuevo estas humildes páginas con el brillo de su pluma elocuente en algún futuro lejano.
LA DIRECCIÓN

FIRMA INVITADA

Javier Bernal

¿Ha habido de hecho Renacimiento en España?

Al encarar la cuestión de si ha habido Renacimiento en España, nos damos cuenta de que las respuestas son pocas, pero las preguntas muchas. Porque, podemos empezar por preguntarnos lo que da título a éste artículo: ¿Ha habido Renacimiento en España?

¿Es esta una pregunta adecuada o inútil? ¿No podríamos también preguntarnos simplemente: “¿Ha habido Renacimiento en alguna parte”? ¿Y no sería una pregunta más urgente la que plantea si existe o ha existido alguna vez España? Porque, si llegáramos a determinar que no ha habido renacimiento en parte alguna, o que no ha existido nunca España, ¿qué sentido tendría plantearnos si ha existido Renacimiento en España?

Ahora bien, llegados a este punto (y espero que el lector no haya perdido el hilo de nuestro argumento, que sólo acaba de iniciarse), llegados a este punto, cabe preguntarse también: ¿qué significa la palabra Renacimiento? Esta es, tal vez, la pregunta clave, la columna sobre la que se asienta todo el edificio de nuestras dudas. Si conseguimos responder a esta pregunta, el camino quedará allanado para recorrerlo. ¿Qué significa, qué queremos significar, cuando decimos Renacimiento? ¿Podemos ponernos de acuerdo acerca de cuál es el referente de este término? Y lo que es quizá, más vital: ¿qué tipo de acuerdo buscamos? Es decir, ¿hemos de buscar una definición que sea aceptada por unanimidad? Supongamos que sí. Ahora bien, esta suposición, el aceptar este hecho, nos lleva de nuevo a una disyuntiva. En primer lugar: ¿quiénes se tienen que poner de acuerdo?; en segundo lugar: ¿es la unanimidad un método científico válido? O, lo que es lo mismo: ¿es la ciencia una disciplina democrática?

Quiero aventurar aquí una respuesta tal vez apresurada: si respondemos a la primera pregunta (“¿Quienes se tienen que poner de acuerdo?”), habremos respondido también a la segunda (“¿Es la ciencia una disciplina democrática?”) Intentaremos, pues buscar una primera respuesta.

Nos hallamos enfrentados a una pregunta de considerable amplitud y, al mismo tiempo, intensidad: ¿quiénes se tienen que poner de acuerdo? Recuérdese que esta pregunta es el pórtico que nos permitirá penetrar en los enigmas planteados al comienzo de este artículo (“¿Ha existido Renacimiento en España”, “¿Existe España?”, “¿Ha existido Renacimiento en alguna parte?”).

¿Quiénes, pues, tienen que responder a esos enigmas?

Los historiadores, se pensará de inmediato, pues, ¿no es acaso el Renacimiento un fenómeno histórico, como lo es (si es que existe o ha existido) España? Y, sin embargo, una reflexión más pausada nos llevará a pensar en los filósofos, pues, ¿no es el Renacimiento un fenómeno esencialmente filosófico, o cuando menos digno de ser estudiado por la filosofía? Y después pensaremos que también habrá que contar con la opinión de los sociólogos y de los expertos en ciencia política. ¿Habrá que consultar también a los psicólogos?

!No!

Esa sería la respuesta intuitiva e inmediata, pero ¿no supone el Renacimiento, antes que nada, un cambio de mentalidad? Se nos dirá, con razón, que no podemos asegurar tal cosa, puesto que todavía no hemos decidido si ha existido siquiera el Renacimiento. De acuerdo, pero, ¿no tendrán entonces los psicólogos que ocuparse de aquellos que piensan que ha existido el Renacimiento, cuando, de hecho, no ha existido? He aquí que hemos dado de nuevo con un punto clave, hemos tocado hueso, hemos, en definitiva, puesto el dedo en la llaga. Porque a lo que tenemos que responder no es a la pregunta de si hay razones para afirmar que ha habido o no ha habido Renacimiento en España. A lo que de verdad tenemos que responder es a si ha habido, de hecho, Renacimiento en España. De nada servirá argumentar que no hay razones para afirmar que haya habido Renacimiento en España, de nada servirá tal conclusión si por otro camino queda establecido que, de hecho, sí ha habido Renacimiento en España.

Pero intentemos no fatigar al lector con disquisiciones académicas fuera de tono. Se trataba de decidir qué significa la palabra Renacimiento. Es decir: ¿qué condiciones se tendrían que cumplir para que pudiésemos decir: “Sí, efectivamente, ha habido Renacimiento y, además, lo ha habido en España”.

Renacimiento, ¿implica una pérdida de poder por parte de la iglesia, una secularización de las sociedad? Si es así, parece que no se puede decir que haya habido Renacimiento en España.

Renacimiento, ¿implica una apertura a los nuevos valores del Estado moderno? Si es así, tendríamos que admitir que no ha habido Renacimiento en España.

Renacimiento, ¿implica el surgimiento de una clase comerciante y burguesa perfectamente vertebrada? Si la respuesta es afirmativa, habrá que concluir que no ha habido Renacimiento en España.

Hemos alcanzado, según parece, un veredicto negativo y, sin embargo, persiste cierta insatisfacción, nos damos cuenta de que no hemos logrado responder de un modo definitivo, de que nuestra flecha ha errado el blanco. Porque, en definitiva, podemos convertirnos en fiscales de nuestro propio criterio y preguntar: en el caso de que no hubiera habido una pérdida de poder eclesiástico, ¿sería eso suficiente para decir que no ha habido Renacimiento en España? Y también: en el caso de que no se hubiese dado una apertura a los nuevos valores del estado moderno, ¿sería eso suficiente para decir que no ha habido Renacimiento en España? O, lo que es lo mismo: en el caso de que no se hubiese producido el fin del feudalismo y la pérdida del control intelectual por parte del clero y la nobleza, ¿sería eso suficiente para decir que no ha habido Renacimiento en España? Y por último: ¿en el caso de que no hubiese surgido una clase comerciante y burguesa perfectamente vertebrada, ¿sería eso suficiente para decir que no ha habido renacimiento en España?

Las anteriores preguntas exigen respuesta. Pero no una respuesta apresurada, desconsiderada, sino meditada y nacida de un examen riguroso. Porque, en definitiva, y con ello doy término a este artículo por fuerza inconcluso (como lo es cualquier obra humana), lo que podemos preguntarnos, aquello que legítimamente podemos y debemos inquirir, no es otra cosa que: ¿En el caso de que no hubiera habido Renacimiento en España, es eso suficiente para decir que no ha habido Renacimiento en España?

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[Publicado en 1994]

Originally posted 2012-03-24 16:26:04.

La cuestión lógica y la psicológica (Charles Sanders Peirce)

peirce

“La cuestión psicológica consiste en averiguar cuáles son los procesos por los que atraviesa la mente. Pero la cuestión lógica radica en saber si la conclusión que se alcance, al aplicar ésta o aquella máxima, estará o no estará de acuerdo con los hechos”

                          Charles Sanders Peirce

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[Publicado en 1996]

 

PÁGINAS DE ESKLEPSIS 3

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Originally posted 2012-05-07 19:13:37.

Oliva Sabuco, autora de La nueva filosofía

LA MITAD OCULTA

En 1587 se publicó en Madrid Nueva filosofía de la Naturaleza del hombre. Su autora, Oliva Sabuco de Nantes Barrera, dedica la obra al rey Felipe II y explica que el libro se ocupa:

“Del conocimiento de sí mismo y da doctrina para conocerse y entenderse el hombre a sí mismo y a su naturaleza, y para saber las causas naturales, por qué vive y por qué muere o enferma”.

Oliva Sabuco nació el 2 de diciembre de 1562 en Alcaraz, hija de Miguel Sabuco y Francisca de Cózar. A los 18 años, Oliva se casó con Acacio de Buedo. Cuando se publicó su libro tenía 25 años. Aquí la partida de nacimiento:

“Diciembre. En dos días de diciembre de este baticé a Oliva, hija del bachiller Miguel Sabuco y de Francisca de Cózar su mujer; padrinos el Dr. Alonso de Heredia de pila y Catalina Cebrián de Vizcaya y esta cuia como de pila, mujer del licenciado Juan Velázquez, y Bárbara Barrera, mujer de Rodrigo de Padilla y Bernardina de Nantes, mujer de Juan Rodríguez M. López Licenciado”.

Tanto La Nueva Filosofía como su autora recibieron encendidos elogios de sus lectores, que apreciaron tanto el contenido filosófico y científico del libro como su estilo, que llegó a ser comparado con el de Cervantes. Lope de Vega la llamó “la décima musa”.

“Entre las asperezas de Sierra Morena fertilizó esta Oliva el orbe de las letras… En aquellos felices tiempos en que los Vegas y los Valles ilustraban el mundo con sus obras, Oliva tuvo aliento para decirle a Felipe II, su soberano, que Aristóteles y los demás filósofos no habían entendido la naturaleza del hombre”.  (Martín Martínez)

En siglos posteriores, médicos ilustres señalaron el valor de un libro que anticipaba “doctrinas y descubrimientos que comúnmente se atribuyen a autores extranjeros”:

“Los ingleses, y particularmente Encio, han construido sobre el libro de Oliva el famoso sistema del suco nervioso, aunque no la nombran”. (Martín Martínez).

 

“En el orden médico, tendríamos que decir que la obra se sitúa en lo que hoy constituye la corriente de la medicina psicosomática”. (Rivas Navarro)

 

“Adelanta los experimentos de Miller con las ratas acerca de la tendencia adquirida del miedo… Anticipa las experiencias dialógicas o la estructura de los encuentros de Martin Buber, como única salida del hombre para su autodescubrimiento.”(Domingo Henares)

Por si esto fuera poco, La Nueva Filosofía demostraba, de nuevo en contra de la opinión extranjera, que en España sí había habido Renacimiento, puesto que incluso las mujeres eran capaces de escribir tratados científicos innovadores y de primer orden.

“Esta obra recomendable de Alibert [Fisiología de las pasiones] tiene, sin embargo, un precedente en la de Oliva, impresa en 1587, con lo que 238 años antes que Alibert… una española literata descubrió, con bastante precisión y con el método que proporcionaban los conocimientos de aquella época, la filosofía de los afectos, o fisiología de las pasiones”. (Mosacula)

Es cierto que algunos opinaron que una obra tan erudita y compleja no podía ser obra de una mano femenina, pero los defensores de Oliva, adelantándose a las reivindicaciones feministas, no admitían tales razones. Uno de ellos, José Marco Hidalgo, biógrafo y ardiente defensor de Oliva, añade interés al curioso caso de La nueva filosofía.

Continuará


 [Este artículo fue publicado en el número 5 de Esklepsis en 1999]

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LA MITAD OCULTA – Oliva Sabuco 4


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[ESCEPTICISMO * ECLECTICISMO]

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LA MITAD OCULTA – Oliva Sabuco 2


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La caligrafía forense en favor de Oliva

LA MITAD OCULTA – Oliva Sabuco 5


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Originally posted 2017-11-16 13:57:28.

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Hedvige de Sulzbach, la bella teóloga /2
LA MITAD OCULTA

Christ and the Woman of Samaria 1828 George Richmond 1809-1896 Presented by the artist's family 1897 http://www.tate.org.uk/art/work/N01492

Christ and the Woman of Samaria 1828 George Richmond 1809-1896 Presented by the artist’s family 1897 http://www.tate.org.uk/art/work/N01492

Tras las discusiones teológicas de los útimos días, Casanova aunque atraído por Helena, la hermana de la bella teóloga, cada vez se siente más seducido por Hedvige:

“La asombrosa muchacha conversaba de teología con tanta suavidad y daba a la razón un atractivo tan poderoso, que era imposible no sentirse seducido, cuando no convencido. Nunca he visto a un teólogo capaz de discutir espontáneamente los puntos más abstractos de esa ciencia con tanta facilidad, abundancia y auténtica dignidad como aquella persona joven y bella, que durante la comida acabó de inflamarme”.

Tras la comida, Casanova va a pasear con las dos hermanas. Hedvidge le dice que, tras la conversación acerca de Jesucristo y la samaritana, un teólogo “tonto y fanático” se escandalizó y le dijo que Jesucristo no habría podido fecundar a la samaritana y que, si fuera hombre, le explicaría el motivo. “¿A qué se refería?”, pregunta, y enseguida confiesa que, en cuanto a la conformación del hombre, sólo está informada por la teoría, las lecturas y la contemplación de estatuas, y que no tiene ninguna práctica. Casanova dice que está dispuesto a explicárselo, pero que tendrá que permitirle que le hable claramente.

– Vuestro teólogo quería deciros que Jesús no era susceptible de erección.

– ¿Qué es eso?

– Dadme la mano.

– Lo noto, y ya me lo imaginaba, pues de no ser por este fenómeno de la naturaleza, el hombre no podría fecundar a su compañera. !Y el tonto del teólogo pretendía que eso era una imperfección!

– Sí, pues este fenómeno se deriva del deseo -explica Casanova.

El veneciano inicia entonces una conversación seductora, que va ilustrando con la práctica: el fenómeno se ha operado en él, explica, al imaginar, al ver la belleza de Hedvige, otras belleezas ocultas.

– ¿Al sentir esta dureza -pregunta-, no experimentáis un prurito agradable?

– Sí, dice ella, y precisamente en el lugar que estáis apretando.

Sin perder el tono filosófico, la joven teóloga pregunta a su prima Helena si no siente lo mismo “al escuchar el justísimo discurso que nos hace el caballero”.

– Por supuesto, dice Helena, pero es algo que noto a menudo sin necesidad de discurso alguno.

– ¿Y no sentís la necesidad de aplacarlo de esta manera? -pregunta Casanova aludiendo a aquello que está haciendo su mano quizá ya bajo las faldas de Helena.

Helena dice que no, pero Hedvige confiesa que “incluso dormida, se me va la mano en esa dirección, como por instinto; y he leído que si no tuviéramos ese alivio, sufriríamos las más espantosas enfermedades”.

Siguiendo con su entretenida charla, llegan a una caleta, y Casanova propone a las dos jóvenes meter los pies en el agua. Les quita los zapatos y ellas entran en el agua subiéndose las faldas. Cuando salen, él las seca con sus pañuelos y les pone las medias y los zapatos. De nuevo ellas comprueban el fenómeno de la naturaleza que se produce en Casanova.

Poco después, se refugian en un pabellón donde se produce otro fenómeno: “Una abundante emisión de licor”. “Es el verbo -dice Casanova- el gran creador de los hombres”. A Helena le parece delicioso y Hedvige afirma que también ella tiene el verbo y puede demostrarlo “si esperáis un momento”. Tras diversos juegos, el asunto no va a mayores, pero ellas prometen a Casanova pensar en la posibilidad de un encuentro más íntimo, una vez que Casanova les asegura que no hay riesgo gracias a los saquitos ingleses que siempre lleva consigo.

condom-newsweek

Saquito inglés, primitivo condón

Volvamos a la teología.

Casanova y las dos hermanas regresan junto a los comensales y Hedvige responde a la pregunta de si Eva engañó a su marido haciéndole comer la manzana. No le engañó, dice ella, sino que se limitó a seducirle con la esperanza de darle una perfección más. Además, Eva no había recibido la prohibición del propio Dios, sino de Adán. Se levantan murmullos y el tío de Hedvige se ve obligado a decir que su sobrina no es infalible. “Lo soy tanto como las Sagradas Escrituras cuando a ellas me refiero”, afirma ella. Van a comprobarlo y, efectivamente, constatan que la prohibición precedió a la creación de la mujer.

La siguiente pregunta es si la manzana ha de entenderse como un símbolo (de la seducción sexual, claro). Hedvige responde que no, pues no hubo ayuntamiento entre Adán y Eva en el jardín del Edén. La prueba es una nueva cita bíblica.

La curiosidad me ha llevado a comprobar por mí mismo las afirmaciones de Hedvidge.

En Génesis 2.16, Yahvé, en efecto, prohíbe a Adán comer del árbol de la ciencia del bien y del mal y no es hasta el versículo 18 que decide crear a Eva. Parece, pues, que la prohibición no fue hecha por Dios a Eva aunque, cuando la serpiente pregunta a Eva si Dios les ha prohibido comer del árbol, ella dice que así es, lo que tal vez puede entenderse como que hubo una segunda prohibición de Dios, pero lo cierto es que eso no está escrito. En cuanto al segundo asunto, es cierto que sólo después de la expulsión del Paraíso, Adán conoció a su mujer (Gen. 4.1).

El siguiente en intervenir en esta  interesante reunión es el dueño de la casa, el señor Tronchin, que quiere saber si basta con la lectura del Antiguo Testamento para establecer la inmortalidad del alma. Hedvige responde que el Antiguo Testamento no enseña ese dogma, pero que se puede establecer por la razón:

– Lo que existe ha de ser necesariamente inmortal, ya que la destrucción de una sustancia real es algo que repugna a la Naturaleza y al pensamiento.

– ¿Y se establece en la Biblia la existencia del alma? -pregunta Tronchin.

– La idea salta a la vista: el humo siempre revela un fuego que lo produce.

– ¿Y puede pensar la materia?

Aquí Hedvige sabe que se mueve en terrenos peligrosos, así que responde con cautela:

-Eso no os lo diré, pues no me corresponde a mí; pero sí os diré que, como creo que Dios es todopoderoso, no puedo ver razón suficiente para inferir que no sea capaz de dar a la materia la facultad de pensar.

Una excelente respuesta, me parece.

Cuando se insiste en que Hedvidge dé su opinión, la bella teóloga dice:

– Creo que tengo un alma mediante la cual pienso; pero ignoro si, después de mi muerte, mi alma recordará que hoy he tenido el honor de comer en vuestra casa.

-Pero, si podéis creer en que vuestra memoria no pertenezca a vuestra alma, en tal caso ya no serías teóloga, dice Tronchin.

Ante esto, Hedvige parece hacer profesión de escepticismo al estilo de Montaigne:

– Se puede ser teóloga y filósofa, pues la filosofía no hace daño a nada, y el decir ignoro no quiere decir .

Arrecian los aplausos y el pastor pide a Casanova que haga una pregunta a su hija. “Sí”, dice ella, pero que sea algo nuevo.

Decidme si para comprender una cosa es necesario comenzar por el principio.

– Es indispensable; y por eso, como Dios no tiene principio, es incomprensible.

– Dios sea loado, señorita: esa es la respuesta que yo quería. Decidme, entonces, si Dios puede conocer su existencia.

– ¡Bien! Hasta aquí no llega mi ciencia; no sé que responder. Caballero, eso no es muy cortés.”

En efecto, dice Casanova, pero ella le pidió algo nuevo, y algo nuevo es ponerla en un aprieto.

Este aprieto en el que Casanova pone a Hedvidge tiene que ver de nuevo con lo que se llaman las imposibilidades de Dios: si para conocer uan cosa hay que empezar desde el principio y Dios no tiene principio, entonces Dios no puede conocerse a sí mismo. Ya en la primera parte vimos otra imposibilidad de Dios referida a si Dios podía vountariamente ignorar lo que iba a suceder.

Finalmente, Hedvige aventura que Dios, como es omnisciente, conocerá su propia existencia, pero que no puede decir más. Los comensales se quedan con la sensación de que Casanova es un ateo galante, “pues está demasiado extendida por la buena sociedad la costumbre de verlo todo superficialmente; pero poco me importaba a mí parecerles ateo o creyente”.

El turno pasa ahora al señor de Ximénès, que pregunta si la materia ha sido creada. Hedvige responde (y en esto Hedvidge, en mi opinión, se aparta de las Sagradas Escrituras) y argumenta, de manera semejante a Lucrecio, lo siguiente:

– No conozco la palabra creada. Preguntadme si la materia ha sido formada, y mi respuesta será afirmativa. La palabra creada no puede haber existido, pues la existencia de la cosa ha de preceder a la formación de la palabra que la designa.

Crear, dice la joven, significa sacar de la nada y ya se ve el absurdo, pues entonces “hay que suponer la nada precedente… ¿creéis que la nada es algo creable?”.

Cuando preguntan quien ha sido el preceptor de Hedvige ella dice que su tío, pero él asegura que no. En su opinión, su sobrina “lee, piensa y razona quizá con excesivo atrevimiento, pero me gusta porque siempre acaba por decir que no sabe nada”.

Una dama pregunta cómo se puede concebir que el espíritu actúe sobre la materia y ello da ocasión a Hedvige de mostrar sus conocimientos filosóficos:

– No se puede construir sólidamente sobre una idea abstracta [del espíritu]. Hobbes las llama ideas vacías; se puede tenerlas, pero hay que dejarlas en reposo, pues cuando se quiere profundizar sobre ellas, se cae en la sinrazón… según nuestras percepciones nos vemos obligados a admitir que no se puede hacer nada sin órganos; ahora bien, como Dios no puede tener órganos, ya que le concebimos como espíritu puro filosóficamente hablando, Dios no puede vernos, igual que nosotros no podemos verle. Pero Moisés y otros le vieron, y lo creo sin meterme a examinar la idea.

Hobbes

Thomas Hobbes

Casanova dice que hace bien, pero que, si lee a Hobbes corre el peligro de hacerse atea, a lo que ella responde que no tiene miedo de eso, pues ni siquiera concibe la posibilidad del ateísmo.

En fin, después de esta filosófica comida, Casanova consigue ver a las dos primas, tras permanecer escondido durante cuatro horas en un lugar que ellas le indican. El juego amoroso se inicia sin dejar de lado la filosofía: cuando llega el momento de desnudarse, Hedvige vence su rubor citando a Clemente de Alejandría, que dice que la vergüenza no está sino en la camisa.

En posteriores encuentros con Helena y Hedvige, cada vez más atrevidas, la joven teóloga aprovechará para filosofar sobre el placer. Algún necio pensará que esa no es una buena manera de entregarse al placer, pero yo no comparto esa opinión, y Casanova, está claro, tampoco.

Llega la despedida y ellas se muestran muy tristes. Casanova promete volver a verlas antes de dos años: “y no tuvieron que esperar tanto”. Sin embargo, no he encontrado en las Memorias ese nuevo encuentro, lo que es una verdadera lástima.

 

 

*********

esklepsis-portada4

[Publicado en 1995]

CONTENIDO DE ESKLEPSIS 1

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GIACOMO CASANOVA

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Originally posted 2015-06-19 21:06:11.

Nueva defensa de Oliva

LA MITAD OCULTA – Oliva Sabuco 4

En Oliva Sabuco, autora de La nueva filosofía, presenté a Oliva Sabuco, una filósofa de la época de Felipe II. En Defensa de Oliva Sabuco recordé el encendido elogio que el estudioso José Marco Hidalgo hizo de ella, pero en Ataque a Oliva Sabuco revelé que Marco Hidalgo cambió de opinión y acabó convenciendo al mundo entero de que Oliva no era la autora de La nueva filosofía, sino que el verdadero autor era su padre, Miguel Sabuco. Sin embargo, ciertos detalles me resultaban sospechosos.

Antes de examinar esos detalles sospechosos, propondré la siguiente situación imaginaria:

Situación imaginaria

Oliva Sabuco escribe La Nueva Filosofía. La obra es elogiada en todas partes. Miguel Sabuco siente envidia por la fama de su hija y decide apropiarse de la autoría. Hay que admitir que no debía resultarle difícil a un varón del siglo XVI conseguir que sus reivindicaciones fueran más respetadas que las de una mujer. Sin embargo, Oliva no acepta ceder su autoría y se rebela, todo lo cual desemboca en la maldición del padre.

Esta es una posibilidad, sobre la cual construiré la defensa de Oliva, pero más adelante se mencionarán otras. Veamos ahora los indicios que hacen dudar de que La Nueva Filosofía fuera escrita por Miguel Sabuco.

Primero: Miguel Sabuco dice en su testamento que ha dejado pruebas de su autoría en manos del escribano Villareal.

Estas pruebas no se han encontrado, como admite el propio Jose Marco Hidalgo.

Segundo: la edición original de la obra viene precedida por dos sonetos de elogio a Oliva.

Oliva de virtud y de belleza
Con ingenio y saber hermoseada,
Oliva do la ciencia está cifrada
Con gracia de la suma eterna alteza:

Oliva de los pies a la cabeza
De mil divinos dones adornada,
Oliva para siempre eternizada
Has dexado tu fama y tu grandeza.

La Oliva en la ceniza convertida
y puesta en la cabeza nos predice
Que de ceniza somos y seremos:
Mas otra Oliva bella esclarecida

En su libro nos muestra y significa
Secretos que los hombres no sabemos.

Los antiguos filósofos buscaron
Y con mucho cuidado han inquirido
Los sabios que después dellos han avido
la ciencia y con estudio la hallaron,

Y cuando ya muy doctos se miraron
Conocerse a sí propios han querido,
Mas fue trabajo vano y muy perdido
Que deste enigma el fin nunca alcanzaron.

Pero pues ya esta Oliva generosa
Da luz y claridad y fin perfecto
Con este nuevo fruto y grave historia,
Tan alto que natura está envidiosa

En ver ya descubierto su secreto,
Razón será tener del gran memoria.

Pues bien, los dos sonetos fueron escritos por el licenciado Juan de Sotomayor, que vivía en Alcaraz y, por tanto, era vecino de Oliva y de su padre. Como se ve, Juan de Sotomayor no pone en duda la autoría de Oliva en sus sonetos. Por cierto, he intentado buscar en los dos sonetos alguna clave oculta, como el nombre “Miguel”, pero no he encontrado nada.

Tercero: otro contemporáneo de Oliva, el doctor Martín Martínez elogia a la escritora “por haber tenido el valor para escribir un nuevo sistema de Medicina”

(Sin embargo, por otra documentación, no me queda muy claro si este Martín Martínez era realmente contemporáneo de Oliva).

Cuarto: Dice uno de los defensores de Oliva que ella pudo adquirir sus grandes conocimientos “a través de los estudios que llevó a cabo con el bachiller Gutiérrez, con Simón Abril, mediante el contacto asiduo del doctor Heredia, su padrino de bautizo, y a través de las predicaciones de los religiosos del lugar”. Y, ¿por qué no?, junto a su padre Miguel Sabuco. Si Miguel Sabuco, pudo obtener esos conocimientos, ¿por qué no iba a poder adquirirlos su hija? ¿Dudaríamos de la misma manera si se tratara de un hijo varón?

Quinto:  es posible que la propia Oliva temiese al publicar su libro que su padre intentase arrebatarle la autoría, pues en la primera edición de La nueva Filosofía se añade una significativa carta dirigida a Francisco de Zapata, conde de Barajas, Presidente de Castilla y del Consejo de Estado de su Majestad:

“CARTA EN QUE DOÑA OLIVA Pide favor, y amparo contra los émulos de este Libro (…) Si el Rey nuestro señor, y vuestra señoría ilustrísima en su nombre, fuese servido de concederme su favor y mandar juntar hombres sabios… yo les probaré y daré evidencias….(de que) la verdadera medicina y la verdadera filosofía es la contenida en este libro, que yo indigna ofrezco, y encomiendo a V.S.I (que representa a la Persona Real) y pongo debajo de sus alas, y amparo, y a mí con él…”

La carta termina con la frase: “Omnia vincit veritas”. Es decir: “La verdad vence a todo”, lo que quizá no sólo se refiere a la verdad de sus teorías, sino que anuncia el resultado de la temida batalla por la autoría.

Sexto: el dato que a mí me parece más importante, y que me hizo dudar de cualquier intento de no atribuir la obra a Oliva es tanto la carta anterior como la dedicatoria de La Nueva Filosofía, en la que el autor habla de sí mismo como si se tratara de una mujer: “Una humilde sierva y vasalla, hincadas las rodillas en ausencia, pues no puede en presencia, osa hablar…”

Parece muy extraño que alguien mienta en una dedicatoria al rey y que se exponga a que su mentira sea descubierta, puesto que Oliva incluso solicita que se reúna con ella una comisión real de médicos.

Quienes dicen que Miguel Sabuco es el autor de La Nueva Filosofía, o quienes sostienen que es un libro colectivo, en fin, quienes niegan que la autora sea Oliva, ¿creen que el rey Felipe II se habría tomado con humor el engaño de alguien que se finge mujer? Si el rey hubiese decidido seguir el consejo de esta carta y hubiese convocado a sus doctores, ¿se habría presentado Miguel Sabuco para demostrarles la verdad de su autoría al mismo tiempo que la falsedad de la atribución del libro?

También Martín Martínez opina que “el soberano a quien se dedicó [la Nueva Filosofía] fue demasiado grave y circunspecto para que, en materia tan importante y seria, nadie se atreviese a hablarle disfrazado”

Séptimo: la actitud del padre en su testamento, la maldición con que amenaza a su hija, no coincide en nada con los consejos que el autor o autora de La Nueva Filosofía da continuamente en su obra, aunque, como ya dije en otro número de Esklepsis (Los libros perdidos: Tritogenia) que un autor o un filósofo siga sus propios consejos es una cosa bastante rara. Así que tampoco en este caso es un argumento definitivo.

Pero hay más razones, que descubrí tiempo después y que contaré en la siguiente entrega.

Continuará…


*********

[Publicado en 1998]


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Originally posted 2017-11-17 15:50:55.

Para qué he vivido, por Bertrand Russell
[PÓRTICO]

 Tres pasiones simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Eso era lo que buscaba y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado.

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de aprehender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacia volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.
Ésta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad.

bellasartesbnAL LECTOR DE ESKLEPSIS

Tengo más libros de Bertrand Russell que de cualquier otro filósofo. Este pensador, que durante mucho tiempo ha sido considerado el mayor filósofo del siglo XX, ahora parece que comienza a descender en el escalafón. Es raro encontrar referencias a sus libros en los filósofos actuales.

Soy muy aficionado a todo tipo de juegos: ajedrez, parchís, naipes, billar, y detesto las trampas. Alguien, tal vez mi madre, logró inculcarme desde pequeño que la victoria en el juego sólo es dulce si es consecuencia de seguir las normas aceptadas por todos los participantes. No vale la pena ganar si la victoria no es consecuencia del respeto a las reglas (reglas que se han aceptado libremente). Con pocas personas puedo estar seguro de poder mantener una discusión de manera semejante a lo que he descrito para los juegos, es decir: aceptando previamente ser vencido o vencer sólo por el peso de las razones, no por el de los prejuicios, la oratoria o el dogma. Bertrand Russell es una de esas personas. He aprendido mucho leyendo sus libros y mis opiniones son en muchos casos tan semejantes a las suyas que incluso las diferencias que nos separan, en todo lo que no sean cuestiones de gusto, estoy seguro de que se habrían resuelto a su favor o al mío en caso de que pudiese haberlas discutido con él.

El texto de Russell que he seleccionado para este Pórtico se puede leer al comienzo de sus Memorias, y quizá podría motivar un comentario acerca de la  incompatibilidad entre razón y pasión, pero basta con las palabras de Russell para entender que eso no son sino sandeces.

 

*********

[El número 3 de Esklepsis fue publicado en 1996]

Para saber qué era  Esklepsis y ver el contenido de los cinco números: ¿Qué es Esklepsis?

 

PÁGINAS DE ESKLEPSIS 3

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Originally posted 2012-05-04 15:43:31.

La danza de la muerte

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La primera danza de los muertos o danza macabra o macabea que se conoce tal vez sea el Respit de la Mort escrito por Jean Le Fèvre en 1376 que llama a su poema “danse macabré”. En España hay una Dança general del 1400.

El origen de la palabra “macabro” no está claro. Se ha puesto en relación con los macabeos de la Biblia, y en concreto con Judas Macabeo. Pero el origen más probable es árabe: maqbara significa cementerio (plural maqabir) que dio en español la palabra almacabra (cementerio moro). En Almería hasta el siglo XIX se llama macabas a los cementerios.

 *********

 

 [El número 5 de Esklepsis fue publicado en 1999]

PÁGINAS DE ESKLEPSIS 5

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Originally posted 2012-08-19 01:06:54.