La pausa valorativa en Babilonia

babilonia

“A la orilla del Leman me senté y lloré…”
(La tierra baldía, T.S.Eliot)

“Sôbolos rios que vão
por Babilónia, me achei,
Onde sentado chorei
as lembranças de Sião
e quanto nela passei.”

“Sobre los ríos que van
por Babilonia me hallé
Donde sentado lloré
los recuerdos de Sión
y cuanto en ella pasé”.
 (Luís Vaz de Camões)

“Junto a los ríos de Babilonia, 
nos sentábamos a llorar, 
acordándonos de Sión.”
 (Salmo 137)

“Gilgamesh, entonces se sentó
y lloró.
Y las lágrimas resbalaban por sus mejillas.”
  (La epopeya de Gilgamesh)

En el poema mesopotámico la Epopeya de Gilgamesh se pueden encontrar muchos motivos literarios y mitológicos que reaparecerán en diversas culturas. El más comentado es sin duda el de la búsqueda de la inmortalidad.

Tras ver morir a su amigo EnkiduGilgamesh intenta alcanzar la inmortalidad y casi la consigue, pero en el último instante cae vencido por el sueño y la pierde, del mismo modo que la perderá Tideo en la guerra de los Siete contra Tebas, cuando Atenea va a entregársela pero se retira asqueada en el último momento, al ver cómo el héroe moribundo devora el cerebro de un enemigo. Es un motivo o mitema mitológico, el de la búsqueda de la inmortalidad que también aparece en los pactos con el diablo. 

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Aurora y Titono, ya anciano

Los dioses suelen ofrecer la inmortalidad a los humanos desdichados, pero siempre con alguna trampa inesperada, como en el mito de Titonos y Eos, la Aurora, en el que el amante mortal logra la inmortalidad, pero olvida pedir también la eterna juventud y acaba convertido en un bulto arrugado. Da la impresión de que este mito nació a partir de un chiste que quizá se contaba en las tabernas.

En el mito de Gilgamesh también aparece, como en el de Adán y Eva, una serpiente, que es la que le arrebata la flor que devuelve la juventud. El  héroe pierde así, después de la inmortalidad, un premio menor pero no despreciable, a causa de un descuido un poco tonto, al no vigilar la flor milagrosa, por lo que no puede hacer otra cosa que lamentarse:

“Gilgamesh entonces se sentó
y lloró.”

Ya he dicho en alguna ocasión que resulta bastante asombroso que el héroe se detenga por un instante para sentarse y que sólo entonces llore, pero quizá sea más asombroso que se detenga el narrador del relato, y también, de manera inevitable, el lector. Es quizá uno de esos momentos que nos dejan percibir el instante real a través de los artificios de la ficción, porque da la impresión de que el narrador no se limita a escribir las escenas que imagina, sino que parece como si en realidad estuviera describiendo algo que tiene delante, un momento sencillo pero real.

Podemos imaginar que antes de que la serpiente se lleve la planta de la juventud, Gilgamesh estaba refrescándose en el pozo, o quizá descansaba tumbado sobre la hierba. Suponemos también que, al darse cuenta del robo, intenta atrapar a la serpiente, corre tras ella y no logra darle alcance. Comprende entonces que lo ha perdido todo, se detiene, embargado por una emoción incontenible, tal vez se tambalea, se sienta en el suelo y, sólo entonces, se pone a llorar. La imagen que aparece ante nosotros es, gracias a este detalle innecesario, más conmovedora que la de Gilgamesh llorando sin más. Hay aquí una pausa valorativa: Gilgamesh ya no corre, no da vueltas furioso, ha comprendido que todo es inútil, así que se sienta y, al hacerlo, acepta que ha perdido la última oportunidad de burlar a la muerte, y llora, quizá durante un  tiempo interminable.

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Ya me referí en un artículo de La biblioteca imposible (El primer libro contiene todos los libros) a la influencia de ese verso de La epopeya de Gilgamesh en la Biblia judía, en concreto en el Salmo 137.

Allí mencioné también los títulos de dos libros, de Elizabeth Smart y de Paulo Coelho, que imitan ese mismo motivo. Otros ejemplos que repiten esa bella pausa valorativa son el verso de Eliot en La tierra baldía y la asombrosa redondilla del portugués Camões, a quien Saramago describió como “poeta absoluto” que puedes leer y escuchar íntegra en la voz de Leni Ribeiro aquí.

En cuanto al Salmo 137, hermoso y terrible, es sin duda uno de los textos bíblicos más conocidos, porque ha sido cantado desde hace siglos y fue popularizado hace no muchos años por el grupo Boney M en Rivers of Babylon. Aquí puedes disfrutar de la simpática coreografía greco-jamaicana-mongola de Boney M y leer el salmo íntegro: Junto a los ríos de Babilonia.

 

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[Publicado el 24 de febrero de 2011 en Divertinajes ]

Sobre el Salmo 137

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La mejor manera de mostrar algo es no mostrarlo nunca del todo
Paradoja nº6

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“El espectador tiene tendencia a completar lo incompleto, como se explica en el capítulo «Vemos lo que creemos»[57]. Así que en una narración no es necesario mostrarlo todo. La elipsis (que no sólo es temporal) es una de las herramientas básicas del guionista, no sólo por su utilidad práctica, sino también por su poder de sugerencia.

  • Se habla de la parte no vista de una historia en «La historia oculta» [113]. 
  • De cómo manejar la información y ocultar partes de ella al espectador o a los personajes, en «El manejo de la información» [123].
  • En «La teoría de la iluminación» [217] se examina la célebre teoría de Henry James: no sólo conviene no mostrar nunca del todo a un personaje, sino que también es bueno mostrar fragmentos de él a través de los diferentes puntos de vista de los otros personajes. 
  • En el capítulo dedicado a los personajes («Los personajes» [189]) se ofrecen muchos ejemplos de la complejidad que un personaje puede tener si no se le muestra del todo o si se explota el contraste entre lo que piensa, lo que hace y lo que dice.
  • En «La personalidad es una máscara» [200] se examina el carácter de ocultamiento y distorsión que tiene nuestra manera de actuar y la de un buen personaje. En «La ambigüedad» se sintetizan las ideas anteriores. 
  • El mismo tema se desarrolla en «Decir sin decir (el subtexto)» [128], en relación con texto y subtexto, y se insiste en que lo que no se dice puede ser más importante que lo que se dice.
  • Finalmente, también es bueno ver nuestro guión desde otro punto de vista o como si fuera ajeno a nosotros, como se explica en «Ver el guión desde otro punto de vista»[308].

(Las paradojas del guionista, los números entre corchetes remiten a las páginas del libro)

Es evidente que esta es una de mis paradojas preferidas, dada la cantidad de lugares del libro a los que remito y los temas relacionados con ella, desde la elipsis a la historia oculta, desde el punto de vista al subtexto o a la teoría de la iluminación de Henry James.

Como es un tema que me interesa mucho, voy a dedicarle varias entradas, para intentar analizar todos los asuntos que he enumerado anteriormente. Muchos de ellos se tratan en Las paradojas del guionista, por lo que no los repetiré aquí, sino que intentaré aportar un nuevo punto de vista, completar aspectos que mencioné por encima o desarrollar otros más o menos inesperados.

La primera entrada dedicada a esta paradoja de mostrar sin mostrar trata de la historia oculta.

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La historia oculta en Con la muerte en los talones (North by Northwest)

Los teóricos de la narrativa siempre han distinguido entre historia y narración o relato y discurso, para señalar la diferencia que existe entre lo que cuenta un narrador y la historia que no se cuenta pero que se supone que existe y da pie a ese relato.

Cuando se trata de una novela histórica, por ejemplo, o de una película como Julio César de Mankiewickz, resulta bastante fácil distinguir entre historia y relato: la historia es todo lo que sabemos de Julio César, lo que nos han transmitido los historiadores, mientras que el relato son los sucesos concretos que se cuentan en la película. Se supone que esos sucesos que forman el relato han sido seleccionados de la historia, la conozcamos o no nosotros los espectadores.

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Como es obvio, la película de Mankiewickz se basa, más que en la historia, en un relato, el que hizo William Shakespeare en su obra Julio César. Los guionistas probablemente leyeron pocos libros de historia, porque su intención no era contar con verosimilitud lo que pasó en Roma cuando César fue asesinado, sino tan sólo trasladar a la pantalla la obra de teatro de Shakespeare.

Shakespeare, a su vez, tampoco hizo una tesis doctoral o una investigación a fondo, sino que se limitó a seleccionar las líneas principales de la historia para construir su relato, casi con toda seguridad consultando la vida de Julio César contada por Plutarco en sus Vidas Paralelas.

Con todo esto quiero decir que, incluso cuando se trata de un hecho real como el asesinato de Julio César, la relación entre el relato (la película, la novela, la obra de teatro) y la historia (lo que sucedió) no es ni mucho menos trasparente y fácil de trazar. También hay razones, por supuesto, para dudar de lo que nos contó Plutarco, que al fin y al cabo también es un relato, con más razón si tenemos en cuenta que Plutarco no fue testigo de esos hechos, porque vivió más de 50 años después de la muerte de César. De estos asuntos, he tratado en otros lugares de Las paradojas del guionista y también hablaré en otras entradas, pero ahora prefiero regresar al otro caso en el que podemos hablar de la historia oculta.

La relación entre historia y relato se complica cuando se trata de un relato que no procede de la historia (como Julio César) ni de la observación de la realidad (como un reportaje o un documental), sino de la pura imaginación, como Caperucita Roja, El gato con botasCon la muerte en los talones.

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En tales casos, no podemos investigar qué le sucedió realmente al gato con botas o al protagonista de la película de Hitchcock, porque se trata de entes ficticios. El señor Thornill interpretado por Cary Grant nunca existió, así que no podemos decir que el relato del guionista Ernest Lehman selecciona unos cuantos hechos pertenecientes a una vida real: los hechos que cuenta son literalmente todos los hechos que existen relacionados con ese tal Roger Thornill.

Ahora bien, a pesar de ello, también podemos hablar de la historia oculta de Con la muerte en los talones, porque para que lo que vemos en la película nos resulte verosímil y podamos hacer ese ejercicio de “suspensión de la incredulidad” que nos reclama el cine, debemos suponer que Thornill no existe tan sólo cuando baja en el ascensor con su secretaria, o cuando entra en la sala de subastas y monta un buen lío, o cuando huye por el monte Rushmore. También tenemos que creer, de una manera más o menos inconsciente pero real, que Thornill ha estado en su despacho con su secretaria momentos antes de salir y tomar el ascensor, o que antes de entrar en la sala de subastas ha caminado por la calle, o que en el monte Rushmore ha pasado bastante más tiempo de los diez minutos que nos ofrece Hitchcock, porque todos sabemos que escalar y descender por rocas como esas lleva bastante más tiempo.

Así que existe toda una vida oculta de Roger Thornill que damos por supuesta. Thompson y Bordwell han calculado esa historia oculta:

Con la muerte en los talones tiene una duración total de la historia de siete años… una duración del argumento de cuatro días y cuatro noches y una duración en pantalla de unos 136 minutos.
(El arte cinematógráfico)

¡Siete años! ¿Quién iba a pensar que permanecimos siete años en la sala de cine cuando vimos la película? O al menos cuatro días y cuatro noches.

Naturalmente, Bordwell y Thompson incluyen en esos siete años la historia desde el comienzo de la infiltración del agente secreto en la organización criminal. También distinguen entre la duración del argumento (cuatro días y cuatro noches) y la duración en la pantalla. Quizá habría que aclarar que esos cuatro días y cuatro noches no son continuos y que en algún momento se ha producido una elipsis y han pasado algunos días. Pero de eso habló en otro lugar (El mejor desenlace del cine). En cualquier caso, las acciones que vemos en la pantalla tienen lugar en cuatro días y en cuatro noches diferentes.

Lo interesante, sin embargo, es darse cuenta de que el espectador sólo presencia 126 minutos de la vida de Thornill (ni siquiera aparece él en todos esos minutos). Eso nos da una idea rápida del poder de la elipsis y del ocultamiento en la construcción de un relato. Con lo poco que ve, el espectador es capaz de deducir todo un mundo: “Ver un universo en un grano de arena” que diría William Blake. Deducir todo un complejo mundo en apenas unos segundos.

Vamos a observar uno de esos momentos de casi infinita e instantánea deducción por parte del espectador.

Imagen de previsualización de YouTube

Aunque hemos visto pocas cosas, hemos deducido muchas. Thompson y Bordwell, que nos han acompañado hasta ahora en este análisis del clásico de Hitchcock, nos cuentan algunas.

[En texto normal está lo que hemos visto y entre paréntesis lo que hemos deducido]

(Roger Thornill tiene un día ocupado en su oficina).
La hora punta se cierne sobre Manhattan.
(Todavía dictando a su secretaria Maggie, Roger abandona la
oficina y ambos cogen el ascensor).
Roger y Maggie salen del ascensor y atraviesan deprisa el vestíbulo.

Como es obvio, Thompson y Bordwell han sido piadosos con el lector y han obviado muchos otros hechos para no hacer interminable el relato, pero esos hechos han tenido sin duda lugar en la historia oculta: en el ascensor el ascensorista ha apretado el botón de la planta baja, Thornill le ha sonreído  a la secretaria, a ella quizá se le ha caído la libreta a causa de las prisas, Tornill ha evitado que la libreta cayera al suelo y la ha cogido en el aire, el ascensor ha descendido piso tras piso, Thornill ha seguido diciendo cosas, la secretaria ha seguido apuntándolas, otro pasajero del ascensor les ha mirado con disimulo pero con curiosidad, etcétera, etcétera.

El mundo real está lleno de cosas, de acciones  de gestos, de segundos que pasan, siempre llenos de actividad. Al tiempo, al tiempo en el que nos movemos o que se mueve con nosotros, le aterra el horror vacui y no transcurre un segundo vacío: todo está lleno. Por eso, los narradores nunca pueden contar toda la historia, sino que deben ocultarla casi por completo para seleccionar esos 126 minutos que nos darán un espléndido relato.

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DOS NOTAS FINALES

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Ernest Lehman (con camisa vistosa)

A pesar de que el relato y la historia de Con la muerte en los talones es ficticio, al parecer el guionista Ernest Lehman intentó vivir personalmente todo lo que le sucede a Cary Grant, incluso caminar por las caras del monte Rushmore.

Aquí puedes ver algunas de las fotografías que Lehman tomó en su investigación. Algunas coinciden casi exactamente con planos de la futura película de Hitchcock: Lehman en el Monte Rushmore

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Folleto del Monte Rushmore con notas tomadas por Lehman durante su investigación

 

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El guionista de Mad Men, Mathew Weiner, en cierto modo nos cuenta en su serie la historia oculta del publicista Roger Thornill, interpretado por Cary Grant en Con la muerte en los talones, que en Mad Men se llama Don Draper y es interpretado por Jon Hamm. También es fácil notar la similitud de tono y tema entre los títulos de crédito creados por Saul Bass para la película de Hitchcock y los de la serie Mad Men.

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Las paradojas del guionista
Casa del Libro//Amazon (papel y ebook)
Página de Las paradojas del guionista

“Con esta obra Daniel Tubau desmonta muchos de los tópicos que rodean el mundo del guión. Y lo hace rehuyendo las fórmulas magistrales y buscando más las excepciones que las normas.Y qué mejor manera de enfrentarse a ello que mediante paradojas propias de la creación. Todas se relacionan con la naturaleza de la redacción de guiones y el trabajo del guionista.”

 

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Las 38 paradojas del libro y algunas más

Se enumeran y explican las paradojas de Las paradojas del guionista, pero se añaden nuevas ideas y consideraciones, a veces mostrando que incluso existen interesantes excepciones no ya respecto a las normas y reglas, sino también respecto a las propias excepciones.

Todos los métodos son buenos, incluso los malos

Paradoja nº27


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Promete pero no cumplas
Paradoja nº10

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La mejor manera de mostrar algo es no mostrarlo nunca del todo
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Se debe proporcionar información sin que parezca información
Paradoja nº5

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El guionista debe trabajar para que su trabajo no se note
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El medio es y no es el mensaje

Paradoja nº2


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Decir que no se deben dar normas es dar una norma
Paradoja nº1

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Las 38 paradojas del guionista (y algunas más)

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TODAS LAS ENTRADAS DE GUIÓN Y CINE AQUÍ

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Curso sobre la estructura narrativa en Murcia

Aquí puedes ver el estupendo cartel que anuncia mi próximo curso intensivo en Murcia., dedicado a la estructura, más bien habría que decir a las estructuras del cine.

A continuación también puedes ver los contenidos del curso y todos los datos relacionados con el curso.

cartel

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PRÓXIMOS CURSOS DE GUIÓN

Encuentro de guión en Valparaíso
Julio de 2017
Curso de Daniel Tubau en Lima
Julio de 2017 ¡Últimas plazas!
Seminario “El espectador es el protagonista” ¡En Chile!
Próximos cursos de guión
Asesorías y cursos de guión

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Para ver todas las entradas dedicadas al guión y al cine: Cine y guión. Todas las entradas

ENTRADAS DE CINE 

La herencia inesperada

Si yo tuviera un millón

El cine de Lubitsch


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Metalenguaje y otros libros que no has escrito

Lector, no debe sorprenderte que yo sepa, sin saber quién eres, que no has escrito Metalenguaje. No es difícil adivinarlo, ya que muy pocas personas han escrito ese libro. Una de las personas que sí lo ha hecho es Sineb Sahine y no creo que, casualmente, tú seas Sahine.

Metalenguaje es un libro que me interesó en cuanto lo vi en La fugitiva, la librería en la que suelo desayunar y escribir, porque descubrí que en él aparecían muchos libros de esta biblioteca ideal. En el prólogo la autora dice que pensó titular su libro Metaficción o incluso Metatextos, pero que prefirió Metalenguaje porque abarca recursos narrativos que escapan a los otros títulos. Sin embargo, admite que puede inducir a cierta confusión con el llamado metalenguaje lógico, que sirve para referirse con precisión al lenguaje objeto.

 

Un ejemplo de la diferencia entre lenguaje objeto y metalenguaje es la diferencia entre dos frases como:

Eva tiene tres hermanos.

Eva tiene tres letras.

En la segunda frase, el nombre Eva no está siendo usado como en la primera frase, sino que está siendo mencionado. La distinción entre uso y mención queda clara si usamos una herramienta de metalenguaje tan sencilla como las comillas y escribimos:

“Eva” tiene tres letras.

Una vez aclarada la posible confusión, Sahine se sumerge en el mundo del metalenguaje en la literatura a lo largo de más de cuatrocientas densas y amenas páginas. El primer capítulo comienza con la que muchos consideran como la primera novela moderna, Don Quijote de la Mancha, algo que podemos poner en duda recordando el Genji monogatari japonés.

Romance de Genji, de Murasaki Shikibu, extraordinaria obra que puede disputar al Quijote el título de primera novela moderna, puesto que fue escrita hacia el año 1100.

 

Tampoco es el Quijote el primer ejemplo de metaficción, como nos recuerda Sahine, no sólo por precedentes como los poemas de Cátulo, sino también porque ya en la Divina Comedia de Dante el propio autor es el protagonista del viaje al Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Sahine dedica uno de los más hermosos capítulos a la Divina Comedia y recurre a muy atinadas citas de los Nueve ensayos dantescos o de Siete noches, ambos de ese gran lector del Dante que fue Borges.

Dos autores en el Infierno: Dante y Virgilio

Una de esas citas deja claro algo que el narratólogo Gérard Genette parece olvidar cuando asegura que la intromisión del autor en su propia obra es un artificio más bien moderno:

“La idea de un texto capaz de múltiples lecturas es característica de la Edad Media, esa Edad Media tan calumniada y compleja que nos ha dado la arquitectura gótica, las sagas de Islandia y la filosofía escolástica en la que todo está discutido.”

Tiene razón Borges, y para darse cuenta de ello, basta con  recordar el Libro del buen amor de Juan Ruíz Arcipreste de Hita, La celestina de Fernando de Rojas, el Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, donde el propio Diego de San Pedro es el confidente del despechado Arnalte; o a Boccaccio, que es sin duda el personaje que más se repite en sus obras, o los Cuentos de Canterbury de Chaucer.

Un excelente ejemplo de metalenguaje y construcción en abismo (myse-en-abyme) medieval. En una de las vidriedras de la catedral de Chartres se puede ver al creador de la vidriedra entregando la vidriera en la que él mismo aparece. (Tomado de Medieval ‘mise-en-abyme’: the object depicted within itself, por
Stuart Whatling)

La Celestina

La enumeración de recursos de metaficción en la literatura medieval y en el Renacimiento ocupa varias páginas de los índices analíticos del libro de Sahine, que son muy útiles, no sólo porque los libros aparecen ordenados por fechas, sino también por autores y por títulos.

Me detendré aquí en uno de los libros en los que el mecanismo de la metaficción resulta más asombroso, El retrato de la lozana andaluza, de Francisco Delicado, del que se habla mucho pero que se lee poco, quizá porque la mayoría de la gente piensa que es sólo una película de Vicente Escrivá de la época del destape.

 La lozana andaluza fue escrita en 1524. Aldonza, la protagonista, es una cordobesa “compatriota de Séneca, y no menos en su inteligencia y resaber”, que ha llegado a Roma y se dedica a la prostitución “para ser siempre libre y no sujeta a ninguno”. Allí conoce a Rampín, un muchacho listo y gran amante que se convierte en su chulo, y con el que acabará retirándose a Lipari, adoptando el nuevo nombre de Vellida.

El libro no se divide en capítulos, sino en mamotretos “porque en semejante obra mejor conviene”, dice Delicado, seguramente porque en la rica etimología de esa palabra se encuentra una clave o contraclave que hay que descifrar, otra de las aficiones heredadas de la Edad Media. Después de seguir las divertidas, ingeniosas y casi pornográficas andanzas de Aldonza y Rampín, en el mamotreto XVII leemos:

“Información que interpone el Autor para que se entienda lo que adelante ha de seguir… AUCTOR: «El que siembra alguna virtud coge fama; quien dize la verdad cobra odio.» Por eso notad: estando escribiendo el pasado capítulo, del dolor del pie dexé este cuaderno sobre la tabla, y entró Rampín y dixo: «¿Qué testamento es éste?»

El testamento es el mismo libro de La lozana andaluza, en el que aparece Rampín, quien llega a la casa del autor y empieza a hacerle preguntas acerca del libro del que ambos son personajes. En otro mamotreto, el autor llegará a conocer a la Lozana, que le propone tener un hijo suyo.

Ahora bien, no está claro que los ejemplos de La lozana andaluza pertenezcan al mismo tipo de metalenguaje en el que la historia se mete dentro de la historia, como cuando el guionista Charlie Kauffman escribió el guión de una película llamada Adaptation (El ladrón de orquídeas), en la que el guionista Charlie Kaufman tiene que escribir el guión de una película llamada Adaptation, pero se bloquea y se mete a sí mismo en la película que…

No está claro que sea el mismo tipo de metaficción, porque podríamos pensar al leer La lozana andaluza que lo que sucede es que Francisco Delicado conoció de verdad a la Lozana y a Rampín (aunque tuvieran otros nombres) y que decidió escribir la historia de su vida, historia en la que él es parte de la misma. Si así fuera, la Lozana andaluza, como dice Louis Imperiale, sería también innovadora, pues se trataría de la primera novela española que emplearía el desorden cronológico del texto:

“El autor-narrador salta, de un polo a otro de la historia, sin previo aviso, exactamente como ocurre en muchas ficciones recientes (Joyce, Faulkner, Robbe-Grillet, Cortázar…).

La Lozana y otros personajes

En cualquier caso, la novela de Delicado esconde otros placeres metatextuales, que se añaden a la lectura del propio texto, como un pequeño juego de ingenio que he descubierto y que tiene que ver con la distinción de la que hablé al principio de este artículo entre uso y mención de las palabras:

“AUCTOR: Quisiera saber escribir un par de ronquidos, a los cuales despertó él y, queriéndola besar, despertó ella, y dixo: LOÇANA: ¡Ay, señor! ¿Es de día?”

Tal vez en una próxima ocasión vuelvan a aparecer entre los apretados estantes de esta biblioteca imposible el libro de Francisco Delicado y el de Sineb Sahine.

 

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[Publiqué la primera versión de este artículo por primera vez en 2010 en Divertinajes]

 

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Tritogenia , de Demócrito, y otros libros recuperados

Un día, al salir de la facultad de Filosofía, mi amigo Manuel Abellá y yo discutíamos acerca de si la lista de las grandes obras clásicas es fiable. Ambos sabíamos que la opinión acerca de qué libros componen el llamado “Canon” ha ido cambiando con el tiempo y que cuando leemos un viejo libro de crítica literaria nos sorprende, más que ciertas ausencias, la presencia de autores que ni siquiera conocíamos. En El gusto literario, Schüking se pregunta cómo fue posible que Schiller contara “a un hombre como Fielding entre los más grandes clásicos” y por qué “los poemas narrativos de Byron se vendían por millares el día mismo de su publicación, cuando hoy ya no hay quien los lea”.

Cuando Voltaire viajó a Inglaterra visitó al mayor dramaturgo de la época, Congreve (¿has leído algo suyo, lector?), y consideró a Shakespeare un mediocre chapucero.

El propio Voltaire consideraba que su Henriada era lo mejor que había escrito, pero los críticos actuales piensan que es mejor olvidar ese desliz de un autor tan justamente admirado.

Mi amigo Manuel opinaba que la selección del tiempo había sido en general correcta y que, si existe algún gran poeta o escritor ignorado, tarde o temprano se le hará justicia. Esa hipótesis hizo entrar el futuro en la discusión, con lo que se convirtió en insoluble.

Yo recordé que hasta el siglo XIX no se conocía una de las obras más hermosas de la literatura universal, la Epopeya de Gilgamesh. Si hoy podemos leerla es porque las culturas de Mesopotamia escribían en materiales que resisten el paso del tiempo, en piedra y no en corteza o papiro.

Tablilla de Gilgamesh

No sé si el descubrimiento tardío del Gilgamesh me da la razón a mí o a Manuel, pero los miles de libros de las bibliotecas de Alejandría, quemados por los romanos y los musulmanes, los de los persas, quemados por los árabes, los de los mayas, quemados por los españoles, los de los chinos, quemados por los chinos, ¿acaso no albergarían alguna obra maestra? Negar esa posibilidad nos obligaría a creer en un genio protector del arte, en un destino que se ocupa de que arda en las llamas lo indigno, pero que se las ingenia para que lo que vale la pena sea escrito en materiales que resistan el paso del tiempo.

De muchos de los libros perdidos sólo sabemos que existieron; de otros conservamos los títulos o citas en libros de otros autores, quizá breves pasajes en papiros casi ilegibles. Del filósofo griego Demócrito sólo han sobrevivido pequeños fragmentos, lo que quizá sea una forma de justicia poética para quién imaginó los átomos imperceptibles.

Diógenes Laercio dice en su Vida de los filósofos más ilustres que Trasilo ordenó los libros de Demócrito como los de Platón, en tetralogías. El plural nos indica que Demócrito escribió al menos ocho libros, aunque el propio Laercio enumera más de setenta. Uno de ellos se llamaba Tritogenia, que aquí voy a intentar reconstruir a partir de los fragmentos dispersos de Demócrito, que citaré indicando su número en la edición publicada por Gredos.

Tritogenia reconstruido

Tritogenia trataba, sin duda, de la sabiduría, pues Demócrito “consideró sabiduría a Atenea Tritogenia”, epíteto que significa “nacida tres veces”, “pues de ella surgen las tres cosas que abarcan todo lo humano”. Era un libro, en consecuencia, dedicado al asunto de la sabiduría. ¿Qué son esas tres cosas que abarcan todo lo humano? Creo que lo descubriremos un poco más adelante.

Me gusta imaginar que el libro se iniciaba con esta observación: “A menudo la palabra tiene mayor poder de persuasión que el oro (698)”, puesto que son “muchos son los que, actuando de la manera más despreciable, hacen gala de los más bellos discursos (700).”

Existe, en efecto, una gran diferencia entre lo que se dice y lo que se hace, pues “falsos e hipócritas son quienes todo lo hacen con palabras, pero nada de hecho” (701). ¿A qué se refería Demócrito con esta observación acerca de la mentira en los discusos?

Parece que su intención era mostrar la disonancia entre lenguaje y acción: “un excelente discurso no disimula una mala acción, ni una buena acción es perjudicada por la blasfemia de un discurso (702). Siglos después, Jesucristo diría lo mismo: “Por sus obras los conoceréis”, anticipándose en casi dos mil años a la filosofía pragmática americana.


Demócrito y Heráclito, por H. ter Brugghen

Demócrito recalcaría a continuación que “es preciso abocarse a las obras y a las acciones virtuosas, no a los discursos (887)”. Sin embargo, tampoco las buenas obras bastan para que podamos considerar a una persona virtuosa: “Es posible distinguir un hombre digno de confianza de otro despreciable no sólo por sus acciones, sino también por sus intenciones (900)”. La conclusión será:”bueno es, no tanto el no cometer injusticia, sino el no tener intención de cometerla (894)”, puesto que “detestable no es quien comete injusticia, sino quien lo hace deliberadamente (921)”. Esta es una distinción importante, que creo que Aristóteles vuelve a tratar en uan de sus dos éticas, según la cual podemos decir que alguien comete una mala acción si tiene intención de cometerla. Es decir, puede haber malas acciones accidentales, que no han sido deseadas, pero lo peor es haber tenido la intención de cometer una injusticia. Los fragmentos no nos permiten saber hasta dónde llevaba Demócrito este análisis.

Lo que sí sabemos es que Demócrito pensaba que “acerca de las malas acciones deben evitarse incluso los discursos (703)”. Tal vez se refería a que no debe darse publicidad a una mala acción, porque puede incitar a otros a imitarla. Es por eso que la policía y los periodistas pactan a menudo no hablar de los suicidios: mucha gente se suicida porque es la manera más rápida de salir en las noticias. En Grecia, el famoso Alcibíades cortó a su perro su hermosa cola para que hablaran de él, y un desconocido quemó el templo de Diana en Éfeso para pasar a la historia. Lo consiguió, aunque yo ahora no quiero escribir su nombre aquí.

En cualquier caso, ya hemos encontrado los tres elementos a los que alude el título Tritogenia: pensamiento, palabra y acción, que, como hemos descubierto, a menudo no coinciden. La tarea del sabio, por ello, consiste en lograr la correspondencia entre las tres cosas, entre palabra, pensamiento y acción: “deliberar bien, hablar sin error y obrar como se debe (830).”

¿Cómo concluía Tritogenia?

Tal vez con esta frase: “No hagas ni digas nada feo aunque estés solo, aprende a avergonzarte más ante ti mismo que frente a los demás (784)”, lo que, supongo, inspiró a Marco Aurelio cuando dijo que uno nunca está sólo, aunque no haya nadie a su alrededor.

Quizá, querido lector, te preguntes ahora lo mismo que yo: ¿me he refutado a mí mismo y he contribuido a que ese destino libresco que imaginaba Manuel, capaz de traer a la luz los libros perdidos, rescate aquí a un clásico olvidado?

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[Publiqué este artículo por primera vez en 14 de mayo de 2010 en Divertinajes]

 

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