Exhortación a Ulises (Petronio)

Deja tus moradas y busca costas extranjeras,
oh joven: para ti nace un nuevo orden de cosas
No sucumbas al mal: te ha de renovar el Danubio extremo,
el bóreas helado, los tranquilos reinos del Egipto
que ven al sol levantarse y descender.
Y, más grande, que descienda Ulises en lejanas playas.

Linque tuas sedes alienaque litora quaere,
o iuvenis: maior rerum tibi nascitur ordo.
Ne succumbe malis: te noverit ultimas Hister,
te Boreas gelidus securaque regna Canopi,
quique renascentem Phoebum cernuntque iacentem:
maior in externas Ithacus descendat Harena

Petronio, Exortatio ad Ulixem

 

John William Waterhouse, Ulises y las sirenas (1891)


 NOSTOI

MITOLOGÍA

NUMEN - Mitología Comparada

Este es uno de los poemas que recopilé en una página llamada Utanapishti (2003)

Originally posted 2011-09-24 17:56:07.

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La pantalla indiscreta y el cotilla hipertextual
La cicatriz de Ulises /6

En Homero en el ciberespacio dije que hablaría de dos ejemplos de moderna narrativa hipertextual emparentados de alguna manera con los mecanismos de la ficción que empleaba Homero. Hoy mencionaré sólo uno y dejaré el otro para el próximo capítulo, pues yo mismo, al recorrer las estancias de mi memoria, me doy cuenta de que ciertos muebles y objetos no pueden ser descritos en el espacio breve de esta entrada.

Vale la pena deshacer primero un equívoco: la narrativa hipertextual no es una utopía futura para escritores y lectores aficionados a la extravagancia o la experimentación, sino una realidad cotidiana. Todos los días cualquier persona lee narrativa hipertextual cuando se conecta a Internet y hace clic en un enlace. Por eso resulta absurdo que se insista en que lo hipertextual nunca funcionará narrativamente: ya lo hace.

También disfruta de la narración hipertextual cualquier aficionado a los videojuegos cada vez que elige entre diferentes alternativas: ¿beso a la reina de los elfos o mato al orco?, ¿beso al orco o mato a la reina de los elfos? Los videojuegos son la máxima expresión del hiperenlace, aunque sus usuarios, los jugadores, no perciban esa red de nexos subterráneas que conecta todas sus acciones.

Si somos estrictos, también usamos hipertextos cuando leemos un periódico tradicional y tras ver el titular en la portada viajamos hasta la sexta página, en la que se desarrolla la noticia. A todo esto he dedicado varios apartados en mi libro El guión del siglo 21 y también escribí varios artículos en la Biblioteca Ideal, por ejemplo El libro múltiple y sus hiperlectores, Jorge Luis Borges, santo patrón del hiperenlace o El Talmud y otros libros que contienen todos los libros,  así que no voy a repetirme aquí.

También es necesario deshacer un error que suele repetirse más incluso que el de la narrativa hipertextual, aquel que consiste en considerar que narrativa y ficción son sinónimos, es decir, que toda la narrativa se desenvuelve en el llamado género de la ficción. Pero ese asunto lo dejaré para otro momento.

Empecemos, pues, con ese primer relato hipertextual al que se refiere el título de este artículo. Se trata de un proyecto de la cadena de televisión por cable HBO, llamado Voyeur, la elegante y afrancesada manera de decir “cotilla”. La semana pasada me referí al multiverso narrativo de HBO Imagine, que nos permitía elegir diversos contenidos audiovisuales diseminados en una compleja red de nexos virtuales. En otro proyecto, HBO Voyeur, se ofrece algo que es, al menos a primera vista más, intuitivo que HBO Imagine. Todo comienza por una ventana con la persiana bajada y unos prismáticos, lo que nos recuerda inevitablemente La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock o la versión que hizo Brian De Palma en Doble cuerpo.

Al hacer clic en la ventana, la persiana sube y vemos una ciudad en las horas nocturnas, en la que destacan algunos edificios con ventanas iluminadas. Cada uno de estos edificios nos ofrece una experiencia audiovisual diferente.

Algunas son historias sencillas, como un hombre que levita en su habitación o alguien que en una funeraria disfraza a an cadáver con un traje tirolés y se hace una foto delante de un paisaje de montañas suizas. ¿Por qué lo hace?

Podemos imaginar varias posibilidades para esa historia tan sugerente, pero lo que ahora nos interesa es el edificio principal de HBO Voyeur, en el que hay varios apartamentos, a derecha e izquierda, separados por las escaleras.

Si hacemos clic en cualquiera de los apartamentos o en la escalera central, podemos ver lo que sucede en el interior de cada casa. En una de ellas varios actores parecen estar ensayando una obra y la cosa deriva en orgia; en otro un hombre y una mujer discuten y él llama a escondidas con su móvil a alguien… ¿A quién llama?

Para responder a esta pregunta, explicaré primero cómo estrenó HBO el proyecto Voyeur. No fue en televisión, ni en el ordenador, sino en una calle de Nueva York.

Durante varios días se repartió a los transeúntes unas extrañas invitaciones en las que se les convocaba a un estreno de HBO en el Lower East Side de Manhattan. La invitación consistía en una cartulina con algunas partes recortadas. Cuando llegó la noche de la cita, los invitados se congregaron frente a la fachada de un edificio y allí, bajo la lluvia, comenzaron a ver el interior de ese edificio, es decir, la proyección en esa gigantesca pantalla de los apartamentos del proyecto Voyeur.

La tarjeta de la invitación servía para algo más que recordar la hora y el lugar, porque, al situarla frente al edificio se podían ver las conexiones entre las distintas historias y descubrir, por ejemplo, que el vecino del primero izquierda que habla a escondidas por su móvil lo hace con la vecina del cuarto derecha. En cada apartamento, pues, sucedía algo, pero no se trataba de historias independientes, sino que todas ellas, en uno u otro momento acababan por conectarse, casi siempre a través del eje central que es la escalera. Todas las historias se desarrrollaban en el mismo tiempo cronológico, es decir cada una de las historias avanza en el tiempo aunque el espectador no las esté mirando.

¿Se acuerda el lector de aquel edificio de la mitología que Homero recorría, contando a sus oyentes o lectores lo que encontraba en cada una de las habitaciones? HBO Voyeur propone lo mismo, pero en este caso el espectador puede elegir, al menos en la versión digital del proyecto, en qué historia quiere concentrar su atención. Todas las historias de ese asombroso edificio trascurren en un tiempo continuo, pero el visitante puede retroceder siempre que quiera en el tiempo y elegir otro punto de vista, otro apartamento, otra historia. También puede elegir entre varias bandas sonoras.

Se trata de una primera muestra de narrativa hipertextual explícita, que hace mucho más intuitiva esa experiencia que consiste en no ser un espectador pasivo que ve la narración de manera lineal, desde el principio hasta el final, previamente decididos por el autor. Aquí, al menos puede elegir qué es lo que quiere mirar en cada momento de ese edificio lleno de historias.

En el próximo capítulo descubriremos otro proyecto que permite al espectador no ya ver las diferentes estancias de un edificio narrativo a su antojo, sino recorrerlas, caminar por ellas. Pero no se trata de uno o varios edificios, sino de una ciudad entera.

Mientras tanto, el lector puede conocer, gracias al enlace que ofrezco a continuación, un poco mejor el proyecto Voyeur, visitando una versión archivada en Internet: HBO Voyeur archived. No tiene todas las funcionalidades del proyecto original pero sigue resultando asombroso.

Continuará…

 


Este texto fue publicado el 26 de mayo de 2011 en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta.

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Originally posted 2011-11-22 02:22:27.

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La relatividad del relativismo

nube-palabra-abstracta-para-relativismo-con-etiquetas-y-terminos-relacionadosAlgunos pensadores tienen la curiosa costumbre de defender una idea con ardor hasta lograr que signifique lo contrario de lo que siempre ha significado. Uno de los éxitos más recientes en este sentido el de esa corriente antropológica, luego filosófica, luego política y luego popular y cotidiana que se conoce como “relativismo”. Naturalmente, no me estoy refiriendo a la teoría de la relatividad de Einstein, ni siquiera al relativismo epistemológico sino tan sólo al relativismo cultural.

El relativismo cultural nació de una idea muy sana y razonable, la del respeto a otras personas y a otras culturas, la idea de la tolerancia, la amplitud de miras y el rechazo al dogmatismo y el etnocentrismo. Pero esa idea sana y muy recomendable acabó enfermando hasta convertirse en lo que es hoy: una justificación del abuso, la crueldad, la discriminación y cualquier otra cosa… que haga una cultura ajena.

Todo queda justificado y tolerado siempre que proceda de una cultura que no es la nuestra, porque cualquier barbaridad que alguien pueda cometer ya no puede ser juzgada si pertenece a otra cultura. De este modo, el relativismo cultural se ha convertido en el mejor ejemplo de aquello que decía Chesterton: “El error es una verdad que se ha vuelto loca”. Es una de esas verdades que eran válidas en ciertos contextos, en cierto campo de acción, pero que se vuelven locas al querer aplicarlas de manera absoluta e indiscriminada a todo lo existente.

Es obvio que Freud hizo muy bien al descubrir o redescubrir el gran papel que la sexualidad tiene en la infancia, lo que causó el mayor de los escándalos en su época, pero que hoy aceptamos con bastante naturalidad aunque todavía no con toda la naturalidad deseable. Pero cuando Freud convirtió su descubrimiento en una explicación para todo lo que existe, entonces esa verdad se volvió loca y se convirtió en un error. Lo mismo le sucedió a su discípulo heterodoxo Adler, que descubrió la importancia del ansia de poder y que entonces decidió explicar ahora por el poder todo lo que antes Freud explicaba por el sexo.

El relativismo también tiene entre sus precursores a muchas personas justamente célebres. A todos los que se separaron ya hace varios siglos del etnocentrismo, un vicio habitual en casi cualquier cultura, porque el etnocentrismo no es sólo eurocentrismo, sino también africanocentrismo, cristianocentrismo, incacentrismo, aymaracentrismo o sinocentrismo (no en vano los chinos llaman a su país Zhong Guo o País del Centro). En Europa, hace varios siglos, algunos pensadores se opusieron a esa obsesión por la superioridad de las normas de la propia cultura. Lo hizo Montaigne, lo hicieron muchos de los ilustrados franceses y lo hizo Goethe, que se atrevieron a mirar más allá de sus fronteras nacionales o étnicas. No sólo sintieron una curiosidad enorme hacia otras culturas, sino que también intentaron escuchar lo que decían otras gentes, aplicando lo que entonces se llamaba tolerancia, una palabra que quizá suena demasiado paternalista pero que sigue siendo válida, como intentaré demostrar más adelante.
MontaigneMontaigne, en su ensayo De los caníbales (que inspiró a Shakespeare La tempestad y su personaje Caliban), se preguntó si no tendrían razón algunas de esas personas “primitivas” que los europeos se habían encontrado en América. Se aventuró a sugerir que algunas de sus prácticas serían beneficiosas y aplicables en Europa, incluso el canibalismo, y que muchas de las nuestras eran más bárbaras que las suyas. Sin embargo, eso no le hizo justificar  las prácticas crueles o sanguinarias. Diderot, en su Suplemento al viaje de Bouganville, se hizo preguntas semejantes y se mostró partidario de lo que se suponía que practicaban los habitantes de Tahití: una especie de amor libre en el que el concepto de fidelidad era considerado absurdo.

Emperador Ming-Muchos otros, como Leibniz o Voltaire admiraron algunas formas de organización del Imperio Chino, pero no cayeron en una idealización de lo chino exagerada, como han supuesto algunos historiadores, puesto que la China de la que les llegaban noticias era la de la dinastía Ming, en ese momento probablemente más avanzada en muchos sentidos que Europa. Tras la caída de los Ming a manos de una dinastía extranjera, la de los manchúes, la Qing, China perdió esa ventaja y todavía no la ha recuperado, aunque es posible que lo haga en las próximas décadas. Pero la admiración hacia la dinastía Ming estoy seguro de que no les haría justificar (si lo hubieran conocido, cosa de la que no estoy seguro) prácticas abominables como el vendado de pies de las mujeres.

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Por su parte, Goethe, se interesó por el Lejano Oriente, pero también por la gran cultura del Islam, y con su Diván de Oriente y Occidente buscó lo mejor de los dos mundos e incluso se consideró a sí mismo musulmán, entre otras muchas cosas que Goethe se consideraba, como panteísta, siempre a su manera única, moderada y extravagante al mismo tiempo.

Todos estos escritores y filósofos no es que fueran tolerantes de una manera paternalista, sino que estaban realmente interesados en aprender lo que otras culturas y  gentes educadas de distinta manera pudieran enseñarles. Su investigación y comparación con lo diferente les llevaba a proponer mejoras para su cultura, pero también para la ajena.

Por el contrario, los relativistas culturales, a pesar de proclamar ardientemente su respeto a las otras culturas, adoptan una actitud peor que cualquier paternalismo, porque son quienes más desprecian a las culturas ajenas, al no considerar ni siquiera posible discutir con ellas. Porque, en efecto, sucede que en una conversación franca y equilibrada uno debe estar dispuesto no sólo a cambiar de opinión sino también a intentar que el otro cambie de opinión dándole buenos argumentos, precisamente porque lo respeta y lo considera un interlocutor que es capaz de escuchar y que acepta llegar a ser convencido. El buen relativista cultural, por el contrario, está dispuesto a escuchar y entender el punto de vista ajeno, pero por alguna extraña razón, tan solo de la misma manera que un psicoanalista escucha pacientemente a su paciente o un cura a su pecador. Convierten cualquier diálogo en un monólogo de una única dirección. La diferencia es que el psicoanalista y el cura se reservan el veredicto final. Los antropólogos relativistas, puesto que no quieren juzgar, han concluido que tampoco deben dialogar.

Otro defecto más grave de los relativistas culturales es que cuando dicen respetar a una cultura, en realidad lo que hacen es respetar a los poderosos de esa cultura, a aquellos que, escudándose en tradiciones culturales, abusan de sus ciudadanos, que a la mayoría de las veces ni siquiera son ciudadanos, sino tan sólo súbditos, siervos o esclavos.

Las culturas, sin embargo, no son entes homogéneos, sino una mezcolanza de tradiciones, costumbres, obras literarias y orales, discusiones y debates, que son llevadas a cabo por personas de carne y hueso, cada una con sus propias opiniones acerca de lo que esa cultura es o debe ser. Hay personas que aunque pertenecen a una cultura no se sienten identificadas con ella, y también, por supuesto, hay variedades culturales muy diversas en una misma cultura, con valores a veces opuestos. A todas esas personas, a todas esas posibilidades, los relativistas las olvidan y las subsumen en una construcción teórica llamada “Cultura”, en cuyo nombre todo es justificable.

Hace poco pudimos escuchar a uno de estos relativistas culturales decirlo claramente: “Su ideología fue el desencadenante de sus acciones, que deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura a la que pertenece”. Y no, por tanto, desde la nuestra.

¿Qué quería justificar este relativista cultural con esa apelación a una cultura diferente?

El asesinato de 77 personas en Noruega a manos de un tal Breivik. A continuación, ofrezco las palabras del abogado de Breivik, y espero que el lector esté de acuerdo en que no he manipulado su sentido al parafrasearlas hace un momento:

“La violencia no fue el factor desencadenante de sus acciones, sino su ideología política radical. Sus acciones deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura de la extrema derecha”.

MussoliniLa defensa es coherente con la que hacen los relativistas culturales, aunque ellos suelen aplicar sus argumentos a los sacrificios humanos, la ablación del clítoris, el uso del velo, es decir, a cualquier cultura que no sea “occidental”.

Mucho tiempo antes, otras personas dijeron cosas semejantes a lo que dijo el abogado de Breivik, como Mussolini, cuando dijo que los sabios de Europa pensaban que no se podían discutir o juzgar culturas ajenas. Eso le hizo llegar a la conclusión de que, puesto que no se pue­den com­pa­rar de manera racio­nal ideas pro­ce­den­tes de diver­sas cul­tu­ras para intentar encontrar una verdad más o menos objetiva, lo único que queda es la fuerza:

 “Si el relativismo significa desprecio por las categorías fijas y por los hombres que aseguran poseer una verdad objetiva externa…, entonces no hay nada más relativista que las actitudes y la actividad fascistas” (Mussolini en 1923).

Este discurso de Mussolini, en el que una y otra vez se declara relativista, es una elocuente muestra de que el relativismo cultural es el camino más breve para justificar lo que parece  (pero solo lo parece) su opuesto: el etnocentrismo, es decir, la creencia que afirma que la propia cultura es superior a las demás, que, como dije más arriba, es lo que han sostenido y sostienen casi todas las tradiciones culturales. El relativismo cultural, por lo tanto, no es otra cosa que la generalización universal de la creencia en la superioridad de la propia cultura, que ahora se aplica, de un solo golpe, a todas las culturas posibles: si alguna cultura opina X, entonces X es bueno.

Por mi parte, frente a ese falso respeto de los relativistas culturales por “los otros”, prefiero a los antiguos defensores de la tolerancia y el diálogo, capaces de escuchar y también, por supuesto, de discutir y de cambiar sus propias ideas, algo que no se puede hacer si uno ha renunciado a tener ideas.


[Publicado el 27 de junio de 2012]


RELATIVISMO

Originally posted 2011-09-24 17:56:07.

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La política del Amor Universal

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Modi, comnocido como Mozi (maestro Mo)

Una expresión como “Amor Universal” nos hace pensar inevitablemente en monjes vestidos con túnicas color mostaza o azafrán que avanzan sonrientes entre el tráfico de la gran ciudad haciendo tintinear sus campanillas, mientras predican una religión oriental de amor, paz y compasión. La única coincidencia entre esta imagen y la expresión “política del Amor Universal” es que se trata de una filosofía oriental. De eso que, debido a una particularidad geográfica europea, llamamos Oriente.

La política del amor universal es la manera en la que se ha traducido la expresión china 兼愛 (jiān ài), con la que se define el pensamiento de Mozi, un filósofo que vivió en una época que estaba muy lejos del amor universal, al final de las Primaveras y Otoños, poco antes de que se iniciara la llamada era de los Reinos Combatientes. En los tiempos de Mozi, tras la descomposición del poder de los Zhou, lo que con el tiempo sería China estaba constituido por diferentes estados que vivían en una guerra permanente.

Como dice Angus Graham, “Amor Universal” no es una buena traducción. Sería preferible algo como “preocupación por toda persona” o “preocupación hacia todos”, aunque también se ha propuesto “amor mutuo”, “amor que lo abarca todo”, “amor correlativo” y “amor recíproco”.

Mo Di, el marestro Mo (Mozi) es un personaje muy interesante, un pacifista que se dedicó a la guerra de defensa, protegiendo a los estados pequeños que eran atacados por otros mayores, mediante todo tipo de ingenios que permitieran resistir a las fortalezas asediadas. Aquí no quiero hablar de sus andanzas, sino tan solo  de esa expresión, simplista pero efectiva, de “amor universal” (o “preocupación hacia toda persona”). Es una idea que se entiende mejor si la comparamos con la filosofía rival de Mozi y los moístas, el confucianismo.

Confucio-11Para Confucio, el modelo a seguir en las relaciones sociales es el de la familia, donde existe una jerarquía en la que el lugar más importante lo ocupa el padre. Después del padre están los hermanos mayores, los hermanos menores, las hermanas mayores y las hermanas menores. La madre, hasta que no es madre, pertenece a otra familia, y solo entonces, al tener un hijo, de preferencia varón, adquiere un cierto estatus que le permitirá ser considerada miembro de pleno derecho de la familia en tanto que futura suegra. Si es madre solo de hijas, no será suegra de su familia, sino de una familia ajena, lo que reduce su importancia. Las relaciones de afecto y respeto de la familia, que el Estado debe imitar, están reguladas por esta jerarquía, que permite distinguir entre diferentes amores y diferente respeto, siendo lo más importante la piedad filial 孝 (xiao), después el amor de los padres por los propios hijos 慈 (ci), y a continuación el ti (弟), el amor entre hermanos.

En contra de esta idea confuciana de las gradaciones del amor y el respeto, Mozi sostenía que se debía respetar a todos por igual, fuesen o no familiares. Incluso aseguraba que nadie debía tener privilegios especiales por nacer o vivir en una ciudad determinada, en un reino o una nación, puesto que todos los seres humanos soniguales y deben ser merecedores de los mismos derechos, sin que ninguno de ellos pueda tener privilegios debido al lugar en el que había nacido.

MoziMontaigne3, en consecuencia, fue uno de los pocos pensadores, entre los que se podría mencionar a Epicuro, a Aristipo, a Pablo de Tarso o, ya mucho más tarde, a Montaigne, Bertrand Russell o Albert Einstein, que lograron sobreponerse al sentimiento de pertenencia familiar, grupal, social o nacional y a todos los egoísmos nacidos de la creencia de que se debe favorecer de alguna manera al propio grupo o que deben existir diferencias por pertenecer a una comunidad, nación o estado. Fue, en definitiva, uno de los pocos cosmopolitas de la antigüedad, de aquellos que, como el cínico griego Diógenes, se definieron como “ciudadanos del mundo” o que, como el estoico cordobés y romano Séneca, dijeron:  “No he nacido para un solo rincón, mi patria es el mundo”. Mozi, de manera muy semejante a ellos, dijo: “Todo el universo es mi familia y dentro de los cuatro mares todos somos hermanos”.

Por fortuna, en el siglo 21 estas ideas ya no resultan tan extrañas y hemos tenido la suerte de vivir la construcción de una Europa unida, con todos sus defectos y problemas, y del progresivo desarrollo de organizaciones globales que intentan acabar con los particularismos y caminar hacia una legislación universal que haga realidad las ideas de Mozi y de aquellos pensadores. Pero tampoco faltan, incluso en  una Europa que debería estar muy escarmentada,  llamadas al viejo nacionalismo exclusivista, que creíamos ya parte de un tiempo primitivo y superado, en el que las diferencias nacionales todavía podían ser utilizadas por los demagogos como arma de enfrentamiento y movilización social.


 

CHINA

Originally posted 2011-09-24 17:56:07.

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Shakespare en New Jersey, Sófocles en Baltimore

David Simon, creador de The Wire, decía que su serie no era Shakesperiana, como Los Soprano o Deadwood, sino griega:

“Hemos entrado a saco en los griegos: Sófocles, Esquilo y
Eurípides, no en el chistoso Aristófanes. Básicamente, hemos tomado la historia de la tragedia griega y la hemos aplicado a la ciudad-estado moderna”.

Aunque alguien quizá creerá que Simon recurre a los griegos para dar un barniz cultural a su serie, no sucde así, pues existen muy buenas razones para pensar que, en efecto The Wire se parece a una tragedia de Sófocles o incluso a la Ilíada.

Este es uno de los asuntos que trato en mis cursos acerca de la nueva narrativa televisiva: las otras influencias de las nuevas series de televisión, aquello que han robado (en el buen sentido) a los clásicos, a Sófocles y a Eurípides pero también a Shakespeare o Balzac. Descubriremos en qué se parecen Macbeth y Walter White, el protagonista de Breaking Bad o Francis Underwood (House of Cards) y Ricardo III, o qué guionista era capaz de improvisar en pentámetros yámbicos (el verso favorito de Shakespeare) en el momento del rodaje.

Pero también existen muchas otras características de la narrativa televisiva que afectan no solo a los guionistas, sino también a los directores, actores, productores, montadores  incluso iluminadores, decoradores…


El guión del siglo 21
El futuro de la narrativa en el mundo audiovisual
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Reglas y excepciones en la práctica del guión
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espectadoreselprotagonista

El espectador es el protagonista
Mal y antimanual de guión

 


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Originally posted 2011-09-24 17:56:07.

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Demócrito, filósofo y detective

Cuando Watson conoce a Sherlock Holmes queda sorprendido por la amplitud de los intereses de su amigo y su aparente dispersión. En Estudio en escarlata se encuentra la célebre lista de las “áreas de conocimiento” de Holmes:

«1. Literatura… Cero.
2. Filosofía… Cero.
3. Astronomía… Cero.
4. Política… Ligeros.
5. Botánica… Desiguales. Al corriente sobre la belladona, opio y venenos en general. Ignora todo lo referente al cultivo práctico.
6. Geología… Conocimientos prácticos, pero limitados. Distingue de un golpe de vista la clase de tierras. Después de sus paseos me ha mostrado las salpicaduras que había en sus pantalones, indicándome, por su color y consistencia, en qué parte de Londres le habían saltado.
7. Química… Exactos, pero no sistemáticos.
8. Anatomía… Profundos.
9. Literatura sensacionalista… Inmensos. Parece conocer con todo detalle todos los crímenes perpetrados en un siglo.
10. Toca el violín.
11. Experto boxeador y esgrimidor de palo y espada.
12. Posee conocimientos prácticos de las leyes de Inglaterra».

Antes de que su amigo le revele la profesión que une todos estos intereses (“detective consultor”), Watson se muestra desesperanzado de encontrar la solución:

«Si el coordinar todos estos conocimientos y descubrir una profesión en la que se requieren todos ellos resulta el único modo de dar con la finalidad que este hombre busca, puedo desde ahora renunciar a mi propósito».

Sin embargo, podemos encontrar listas similares a la que ofrece  Watson en la agenda de un científico como Robert Hooke, el gran rival de Isaac Newton, que anotaba de manera incansable todo lo que se proponía investigar:

«El uso de un carruaje.
Los ojos de los cachorros de perro recién nacidos.
Las plumas, picos y uñas de las aves que aún no han roto el cascarón.
La pólvora, entera y molida.
Insectos y otras criaturas que parecen exánimes en invierno.
La serpiente de Moisés y el agua transmutada.
Que la belleza no hace a las partes, sino que resulta de ellas, así como la salud.
La armonía, la simetría.
Que las formas internas acaso no sean sino disposiciones duraderas forjadas por los objetos externos.
El barómetro sellado y las consecuencias de semejante aparato.
Monstruos, y los antojos y temores de las mujeres encinta.
La reparación torpe de muelles a martillazos.
Pinchar una burbuja en el cristal de un barómetro».

El impresionante dibujo de una pulga, que Robert Hooke hizo mientras el animal le chupaba la sangre.

No es difícil imaginar que algunas de estas cosas podrían resultar muy útiles en una investigación detectivesca, pero el aparente caos y dispersión de los intereses de Holmes y Hooke obedece también a un impulso irreprimible: la curiosidad. Los dos personajes coinciden en su afán por descubrir los secretos de la naturaleza, aunque Holmes delimita su campo de estudio un poco más que Hooke y parece conformarse con aquello que se relaciona  con la vida criminal. Los científicos también quieren resolver un misterio: el de la naturaleza.

Mosca dibujada por Robert Hooke

En realidad, tanto la curiosidad como esa caótica pluralidad de intereses es propia de los investigadores y filósofos de la naturaleza ya desde los tiempos de los pensadores presocráticos. Demócrito de Abdera no solo concibió el sistema atómico (o el molecular, según se interpreten sus «átomos»), sino que también estaba interesado por el origen de las palabras, por el movimiento de los planetas, por la causa de los colores y los sabores o por cuestiones relacionadas con la geometría, la física, el arte y la matemática. En su obsesión por descubrir misterios ocultos, abandonó todo lo que poseía, por lo que fue llevado a juicio, pero salió airoso al leer uno de sus tratados ante el tribunal.

Su actitud de ensimismamiento investigador, tal como la describe el poeta latino Horacio, nos recuerda inevitablemente a Sherlock Holmes: «Qué asombroso que el ganado entre en los campos de Demócrito y eche a perder la cosecha, mientras su alma, olvidándose del cuerpo, se va corriendo veloz».

Por otra parte, si Holmes «odiaba cualquier forma de vida social con toda la fuerza de su alma bohemia» y buscaba la soledad para entregarse a sus ensoñaciones o reflexiones, Demócrito, «para poder dejar un mayor espacio a su propia imaginación», solía pasar largos periodos de tiempo «en la soledad del desierto o entre las tumbas de los cementerios».

Además, el filósofo griego era capaz de hacer deducciones asombrosas, como cuando al tomar un vaso de leche dijo: «Esta leche ha sido ordeñada de una cabra negra y primeriza», cosa que se comprobó correcta. En otra ocasión saludó a una amiga del médico Hipócrates con la frase «buenos días, muchacha», y al día siguiente la saludó con un «buenos días, mujer»: la muchacha, nos dice el cronista, que no es otro que el propio Hipócrates, había tenido aquella noche su primera experiencia sexual.

Otro dibujo de Robert Hooke

En el primer caso, podemos imaginar una explicación holmesiana en la que lo asombroso acaba por resultar sencillo, como que en el vaso de leche había algún pelo de cabra negro y que la persona que había ordeñado al animal tenía la ropa manchada o rasguños en los brazos, lo que podía revelar que la cabra todavía no estaba acostumbrada a ser ordeñada. Tampoco resulta difícil imaginar algún detalle en la muchacha, en su actitud o en su atuendo que le revelase al filósofo la experiencia que había tenido aquella noche.

Por otra parte, se atribuían a Demócrito poderes adivinatorios, porque en sus viajes había estudiado con los magos persas y caldeos, pero nunca recurrió a lo sobrenatural en sus explicaciones y, como Holmes y los miembros de la Royal Society, siempre acababa revelando las observaciones que le habían llevado a sus conclusiones. Como el propio Demócrito escribió: «Prefiero descubrir una ley causal que convertirme en rey de los persas».

Demócrito cargando con algunos de sus escritos


Notanelemental-portada

Esta entrada es un fragmento de No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, aunque he modificado algunos detalles.

No tan elemental
Cómo ser Sherlock Holmes.
A la venta en todo el mundo (Amazon, La FugitivaRafael Alberti, Laie…)


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Originally posted 2011-09-24 17:56:07.

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Mujeres fuera de serie

Brett Martin escribió un libro llamado Difficult Men, traducido en España como Hombres fuera de serie, dedicado a los showrunners, esa horrible expresión, según el showrunner David Chase (los Soprano) que parece referirse más a una moto acuática que un creador o guionista de televisión. En su libro, Martin defiende que los hombres difíciles del título se refería no solo a los protagonistas de series como Los Soprano, Mad Men, Breaking Bad o The Wire, sino también a los propios creadores, a los showrunners.

Este es uno de los asuntos que trato en mis cursos dedicados a la nueva narrativa televisiva: por qué es tan importante la relación entre los creadores de la nuevas series y sus personajes. Pero también hablo, no de hombres, sino de mujeres fuera de serie, de showrunners como Michelle Ashford, Aby Morgan, Jenhi Kohan… Showrunners que quizá también son mujeres difíciles en la vida real, pero que, sin ninguna duda, tienen mucho que ver con las mujeres y con los hombres que aparecen en las series que han creado. Porque una de las diferencias entre la vieja y la nueva narrativa audiovisal es la implicación de los guionistas en lo que cuentan, ya sean hombres o mujeres.

Quizá una buena definición de ls nuevas creadoras de series sea la manera en la que se describió a sí misma Aby Morgan: “Soy una mujer rara”. Hombres difíciles y mujeres raras.


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