“Will it blend?” o cómo triturar el marketing
Storytelling y marketing

WillItBlend

Una de las más exitosas campañas de marketing que se conocen es la de la firma Blendtec, que fabrica batidoras y licuadoras.

Su estrategia consiste en demostrar la potencia de sus máquinas triturando cualquier cosa imaginable, desde pelotas de golf a iphones, imanes, iPad o incluso un Ford Fiesta.

El encargado de triturar todos esos objetos es el propio fundador de la empresa, Tom Dickson, quien también concibió la campaña junto a George Wright. En poco tiempo, la campaña Will it Blend? se convirtió en un viral en internet, alcanzando más de 300 millones de visitantes. No hace falta añadir que las ventas de la compañía aumentaron de manera prodigiosa.

El tipo de narración se puede considerar argumentativo o retórico: “Te demuestro lo que es capaz de hacer mi licuadora y queda claro que no tiene rival”. Es como un directo al estómago de sus rivales, o de cualquier escéptico: ver cómo se convierten en polvo unos esquíes, una botella de cerveza o unas ostras (¡enteras!).

Aunque se adapten a la forma argumentativa (quizá habría que decir “demostrativa”), los vídeos de Will it blended? también siguen la forma narrativa clásica y cuentan una historia, que a veces se limita a plantear el desafió al que se enfrenta esa especie de científico loco que es Tom Dickson, pero en otras ocasiones construyen una historia en al línea del storytelling tradicional, como en esta ocasión, con parodia incluida de ese otro mago de contar y vender historias que fue Steve Jobs.


MARKETING Y PUBLICIDAD

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El guión del siglo 21, el futuro de la narrativa en el mundo audiovisual

Alba editorial

407 páginas.

Amazon/Casa del Libro

Las parado­jas del guion­ista
Reglas y excep­ciones en la prác­tica del guión
390 pági­nas
Casa del Libro

 

Originally posted 2013-05-18 20:16:29.

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“La conciencia culpable de Adriana” (en LOS SOPRANO)

Aunque se dice que el cine clásico y las series de televisión ofrecen una narración lineal (frente a la hipertextualidad, multilinealidad e interactividad de los medios digitales), en realidad, contienen siempre una superposición de capas, niveles o planos narrativos.

En esta escena de la serie de televisión Los Soprano vemos a Adriana, novia de Christopher, uno de los mafiosos de la banda de Tony Soprano, en su bar-discoteca. En el momento de la acción, Adriana está muy preocupada porque lleva un tiempo colaborando con la policía en secreto. Naturalmente, teme que que Tony Soprano o su novio la descubran, porque sabe que eso significaría la muerte segura. En ese momento entran en el bar Tony Soprano y su socio Syd. Los guionistas nos muestran entonces la conciencia culpable de Adriana y su miedo mediante una mezcla de los niveles de la realidad y la imaginación en un uso hábil del sonido y la realización.

A pesar de que la estratagema narrativa supone una cierta sofisticación, el espectador no tiene dudas y separa perfectamente los planos de realidad e imaginación, viendo a través de los ojos o la conciencia culpable de Adriana y al mismo tiempo desde el punto de vista neutro de un espectador omnisciente. Para que estos dos niveles queden claros, se facilitan dos ayudas al espectador:

  1. En la imaginación de Adriana, cuando cree que Tony habla de ella, el plano está inclinado, dando una sensación de irrealidad

 

La segunda vez que vemos y escuchamos a Tony a través de la conciencia de Adriana, el plano sigue inclinado pero también es más cercano, lo que aumenta la sensación de amenaza

2. Para que quede más claro de manera inmediata e intuitiva la diferencia entre la realidad y lo que Adriana imagina, también se nos muestra al interlocutor de Tony, su esposa Carmela, lo que nos deja entender claramente que la conversación que realmente está teniendo lugar es entre Tony y Carmela a propósito de asuntos que no tienen nada que ver con Adriana.

Si no viésemos a Carmela y/o no estuviese el plano inclinado, podríamos llegar a dudar de si realmente han tenido lugar la conversación de Tony que ve y escucha Adriana.

 

 

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elguiondelsiglo21-90h

El guión del siglo 21
El futuro de la narrativa en el mundo audiovisual

Alba editorial, 407 páginas.
Amazon/Casa del Libro

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Originally posted 2012-05-22 16:04:25.

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Un paradójico libro de guión (para guionistas de verdad)

por Alberto Zúñiga Rodríguez

las paradojas del guionista

Por lo regular cuando uno busca libros sobre guión cinematográfico, se encuentra con volúmenes que proponen fórmulas establecidas o incansablemente vistas en pantalla, como si escribir una película se tratara precisamente de una justa culinaria o peor aún, de una serie de pasos para redactar una historia “sin complicaciones”. Algunos más aberrantes te ofrecen, retan o invitan a ser un guionista profesional en X cantidad de meses o semanas. Lo que nos queda claro es que, hasta cierto punto, estos textos lo que proponen es involucrarnos en el proceso creativo que incluye el listado de los cuatro elementos básicos de cualquier estructura narrativa o dramática: personajes y sus acciones que ocurren en espacio y tiempo determinados. No obstante, estas guías (porque gran parte se constituye como tal) rayan en la vehemente necesidad de citar ejemplos que coartan la creatividad y enmarcan los proyectos cinematográficos a meras imitaciones malogradas.

El problema de estos libros, tipo manual de instrucciones, no recae necesariamente en que objetiven sus esfuerzos en enseñarte a ser guionista fast-track o proporcionarte trucos y tips que le han funcionado a innumerables cintas o guionistas, sino en adentrar insuficientemente en la naturaleza del relato y sus personajes, o peor aún, sin proporcionar las tablas indispensables para comprender la naturaleza del medio cinematográfico y la vinculación estrecha entre una historia que pueda ser atractiva y libre de procedimientos gastados. Está claro que no hay nada nuevo bajo el sol y que no existe ningún libro que suministre al lector o guionista, técnicas innovadoras o fórmulas secretas que garanticen el éxito de un buen relato cinematográfico (como hacen algunos best-sellers de superación personal en otro ámbito), sin embargo, lo que sí es notorio es que los problemas que se derivan del quehacer de quienes escriben historias son muy poco abordados con seriedad o puestos en una mesa de reflexión. Esto último es el objetivo que Daniel Tubau se ha propuesto dilucidar en Las Paradojas del Guionista -Reglas y Excepciones en la Práctica del Guión- (Alba Editorial, Barcelona 2006, 390 pp), que sin intenciones dogmáticas instruye sí sobre la importancia de las técnicas y el conocimiento de corrientes teóricas pero focaliza su atención sobre la importancia de la práctica y los retos que esta implica al sentarse una persona frente a su narración.

Acercarse al libro de Tubau es un verdadero placer que nos invita a descubrir que la responsabilidad de la escritura de guiones depende del rigor con el cual trabajemos día con día para ella, librando infinidad de obstáculos y sin dar concesiones o recurrir a referentes exitosos que limiten su impacto. Desde el primer apartado, El medio audiovisual, esta obra se aleja del dogmatismo que encierra este oficio y con ejemplos curiosos y muy divertidos, reflexionamos sobre las artes audiovisuales y su hábitat natural en lo referente a la ciencia del guión. En la siguiente parte, La estructura del guión, el autor cita a teóricos relevantes que cualquier guionista o aspirante a él debe conocer (Syd Field, Linda Seger, Elliot Grove, Irvin Blaker o Robert McKee) pero enfatizando que su obra busca alejarse de esas teorías magistrales y prefiere ahondar en la excepción de las normas. En el tercer apartado, como todo buen relato de tres tiempos (inicio, desarrollo y fin) Las Paradojas del Guionista profundiza en la práctica del guión y sus tropiezos habituales, como el cómo empezar a escribir, bloqueos y métodos de trabajo, la corrección del guión y una curiosa sección donde, con agudeza e inteligencia, explica el por qué el guionista es su propio enemigo. Para cerrar con broche de oro, el autor incluye un epílogo paradójico que explica la naturaleza del título y sin menoscabar su postura antidogmática, propone una serie de 38 consejos que se sirven como plato fuerte para probar la exquisita labor de escribir para cine y televisión. Devoren pues este vademécum que dicta que Decir que no se deben seguir normas es dar una y que en el cine hay que prometer pero no cumplir.

las paradojas del guionista

El autor del libro Daniel Tubau

Texto publicado el domingo 11 de Noviembre de 2007, en la columna semanal de cine Butaca Sinestésica RKO 281, del suplemento de cultura Letras de Cambio, del periódico Cambio de Michoacán.

Obtenido a través de la página La guarida de Betursus


 


Las paradojas del guionista
reglas y excepciones en la práctica del guión

Alba editorial, 2006,2010,2014

Casa del Libro
Amazon

Con esta obra, Daniel Tubau desmonta muchos de los tópicos que rodean el mundo del guión. Y lo hace rehuyendo las fórmulas magistrales y buscando más las excepciones que las normas.Y qué mejor manera de enfrentarse a ello que mediante paradojas propias de la creación.

Todas las entradas de la página web del libro:

Las paradojas del guionista

Contacto: danieltubau@gmail.com


Críticas, comentarios y Fe de erratas


Las 38 paradojas del libro y algunas más

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Reglas y excepciones (Las paradojas del guionista)

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Originally posted 2008-01-14 12:15:37.

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La herencia inesperada

Si yo tuviera un millón

El cine de Lubitsch

La herencia inesperada es una de esas historias de café que siempre nos entretienen en las tardes con los amigos, un tema muy de actualidad en las fechas navideñas, cuando en la ciudad en la que vivo se forman larguísimas colas para entrar en la tienda de Doña Manolita y todo el mundo se pregunta: “¿Qué harías si te tocara la lotería?”.

Hay que admitir que es un dilema de menos calado que otros también habituales en charlas de café, como el del mandarín: “Si pulsaras un botón y un mandarín muriera en China y tú heredaras toda su fortuna y nunca nadie lo supiera… ¿lo harías?”. Eça de Queirós escribió una estupenda novelita a partir de este dilema.

O aquel del museo: “Si el Museo de El Prado se estuviera incendiando y tuvieras que elegir entre salvar los cuadros de Goya o al portero del museo, ¿qué harías?”.

Son buenos temas para hacer películas o escribir cuentos y novelas. Woody Allen hizo Balas sobre Broadway a partir del dilema del museo, auqnue los bohemios qwue charlaban en una terrazade Grenwich Village tenían que elegir entre salvar el único ejemplar de las obras de Shakespeare en vez de las obras de Goya. Sé que hay una película basada en el dilema del mandarín, pero que no he visto, tal vez lejanamente basada en la novela El mandarín, de Eça de Queirós.

En la película Si yo tuviera un millón se plantea esta pregunta de la riqueza súbita e inesperada y la respuesta son ocho historias , cada una rodada por un director diferente. La película se estrenó en la época del Hollywood pre código. Es decir, entre el comienzo del cine sonoro y la implantación de un Código de Producción Cinematográfica, llamado popularmente código Hays, que censuraba los contenidos de las películas. El código vigilaba y prohibía las referencias sexuales, el mestizaje, el consumo de drogas, el aborto, la violencia intensa, la homosexualidad y la infidelidad. Muchas de las normas del Código se saltaron enseguida, en especial las relacionadas con la violencia, porque siempre ha sido más fácil para los censores mostrarse muy tolerantes con la violencia y poco con el sexo, es decir, lo contrario de lo sensato y razonable.

En el prólogo y el epílogo, un millonario moribundo decide donar su fortuna antes de morir, de millón en millón, para que no lo obtengan sus familiares o socios, de los que está muy decepcionado. En cada episodio vemos cómo un desconocido, elegido con la guía telefónica, recibe un cheque por valor de un millón de dólares.

La película inspiró el famoso programa de televisión El millonario, en el que un donante anónimo donaba un millón de dólares a un desconocido. Es probable que también esté en el origen de la excelente película El hombre del millón de dólares, protagonizada por Gregory Peck, donde unos simpáticos viejecillos entregan un cheque de un millón de libras a un marinero para ver quien gana la apuesta: ¿podrá cambiar el cheque, y consecuentemente gastarlo, o no? Recientemente, el economista Paul Krugman propuso acuñar una moneda de un billón de dólares para respaldar la deuda de Estados Unidos y seguir aumentando la burbuja de esa deuda estatal (que él considera beneficiosa)

Como antes de comenzar a ver la película sabía que cada historia estaba dirigida por un director diferente, y que uno de ellos era Lubitsch, intenté adivinar cuál era su historia observando el estilo. No fue difícil, porque sólo tuve que fijarme en las puertas. Una primera historia en la que una puerta tiene un cierto protagonismo me hizo dudar, pero cuando vi la historia o sketch protagonizado por Charles Laughton no me quedaron dudas: está protagonizada por un actor… y cuatro puertas.

Lubitsch era célebre por cómo usaba las puertas en sus películas, casi como si fueran un personaje más, hasta el punto que Mary Pickford hizo que lo despidieran en una de sus películas. porque el director no parecía interesado en ella, se lamentó, puesto que “no era un director de actores, sino un director de puertas”.

Aquí se puede ver el episodio de Lubitsch, protagonizado por el gran Charles Laughton.

De los otros episodios, los más interesantes son el protagonizado por el cómico W.C.Fields, Road Hogs, dirigido por Norman Z. McLeod, en el que un artista de circo y su esposa aprovechan el cheque del millón de dólares para comprarse una flotilla de coches último modelo, con la intención de hacer frente a los “locos del volante” que pueblan las carreteras, y van destrozando uno a uno los coches que han comprado y los de sus víctimas. También me pareció muy simpático el cortometraje dirigido por William A. Seiter de tres marineros sin dinero, uno de ellos un joven y guapísimo Gary Cooper, The Three Marines. El último, que tiene lugar en un asilo de ancianas, Grandma, me pareció encantador; también es divertido el primero, China Shop, también dirigido por Norman Z.McLeod.

Todos los episodios son interesantes, aunque no puedo ocultar que percibí la película con un cierto ritmo lento, lo que sin duda no es culpa de la película, sino de que los espectadores nos hemos acostumbrado a un masaje audiovisual tan intenso, un cambio de planos tan acelerado y una profusión de efectos y un sonido tan hinchado que cuando no obtenemos esa ración de estímulos sentimos que falta algo. El medio es el masaje, como decía McLuhan.

El cine clásico, del mismo modo que los clásicos grecolatinos o incluso que los clásicos de la novela del siglo XVIII y XIX nos obligan a  reedecuarnos, a desaprender y limpiar un poco nuestros canales perceptivos de tanto ruido y furia y de tanto estímulo gratuito.


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Opinar no es lo mismo que entender

Beginners de Mike Mills

A algunos espectadores, Beginners les habrá gustado mucho, a otros les habrá gustado poco y a algunos no les habrá gustado nada. Cada uno tendrá sus razones, pero creo que muchas de esas razones serán consecuencia de esa opnión  (“Me gusta”/”No me gusta”), y no que ese juicio sea consecuencia de las razones que intentan explicarlo. ¿Qué es lo que estoy queriendo decir con este planteamiento enrevesado?

Me refiero a que existen sensaciones y emociones que están más allá del análisis y la razón argumentativa, que dependen de gustos que hemos adquirido a lo largo de los años, de manías y preferencias de las que ni siquiera somos conscientes, de detalles tan subjetivos como que un actor nos caiga bien o mal; de una opinión acerca de la película que hemos escuchado antes de verla y que, aunque no lo queramos, nos influye. Este tipo de cuestiones, imprevisibles, casi inmanejables, a menudo imperceptibles o mejor dicho impercibibles (es decir, difíciles de percibir) se interponen entre nuestra percepción de la película y el análisis que hacemos de ella, contaminan cualquier examen y nos impiden ver las cosas de manera inocente o ingenua. No diré que nos impiden ver las cosas tal como son, porque lo más probable es que las cosas no sean de ninguna manera, o si realmente fueran de alguna manera, esa manera ni siquiera nos interesaría en tanto que seres humanos, porque las cosas que nos interesan son precisamente aquellas que quedan al alcance de nuestra percepción, de nuestra sensación o de nuestra emoción. La realidad real, aunque tenga sus reglas, es probablemente un caos en el que nos sentiríamos perdidos.

Pero no es mi intención hacer aquí metafísica o lo que los filósofos llaman ontología, no quiero averiguar de qué está hecha la realidad, sino más bien lo que también los filósofos llaman epistemología, gnoseología o teoría del conocimiento, es decir, la pregunta acerca de cómo conocemos las cosas. Los hechos culturales, como una película, dependen en gran medida no sólo de lo que percibimos, de lo que se ofrece a nuestros sentidos, de la hora y cuarenta minutos que pasamos en el cine o ante la pantalla de un televisor o un ordenador viendo Beginners, sino de cómo lo percibimos. Y la manera en la que lo percibimos depende, a su vez, de cada uno de nosotros, de nuestras características personales, de nuestros conocimientos y de nuestras manías. Todas esas cualidades, que son lo que nos hace únicos como individuos, nos llevan a percibir cualquier cosa, como una película,  de una manera quizá intrasferible a cualquier otro individuo. Es cierto que podemos compartir algunas ideas, sensaciones o emociones con los demás, pero se trata de una destilación, de una selección de ciertas ideas que han pasado por el alambique de nuestras neuronas y que, cuando llegan al exterior, cuando se manifiestan en forma de palabras, por ejemplo en una conversación al salir del cine, logran coincidir en algunas notas concretas con las opiniones que nos ofrece nuestro interlocutor. Esas opiniones coincidentes son el mínimo o el máximo común compartible entre dos individuos.

Todo lo anterior puede parecer una manera demasiado enrevesada de iniciar el comentario de una película, pero espero que el lector acabe por aceptar que Beginners en cierto modo invita a ello.

Lo que aquí me interesa señalar es que el juicio valorativo, la expresión de opiniones de gusto (“Me gusta”/”No me gusta), se interpone demasiado a menudo con la capacidad analítica, que es lo que nos permite examinar lo que hemos visto, en este caso Beginners. Examinemos un ejemplo concreto para librarnos de todo este planteamiento en exceso abstracto e indeterminado.

 

La lentitud

Es muy posible, es casi seguro, que a la mayoría de los espectadores la película les haya parecido lenta.  Eso es inevitable al menos por dos razones. En primer lugar, en la película se rompe el engaño al que nos somete habitualmente el cine (y también la novela de aventuras), porque en Beginners el director nos recuerda varias veces que estamos viendo una película e interrumpe a propósito el flujo natural de la narración, lo que en el Hollywood clásico se llamaba montaje trasparente, y que en el Hollywood actual se conoce como el sacrificio de la forma al argumento.

La segunda razón de esa sensación de lentitud es que la película está contada desde un único punto de vista. Cuando una película se cuenta desde un único punto de vista, en este caso el del personaje interpretado por Ewan McGregor, se corre el riesgo de que al espectador la película le parezca lenta, pues le falta el cambio de ritmo que proporciona la mera sucesión de diferentes puntos de vista, el de este personaje, el de aquel otro, el de su antagonista, un punto de vista neutro, otro omnisciente.

Estos dos elementos, ruptura de la hipnosis narrativa y usar un único punto de vista, puede provocar esa sensación de lentitud y puede llevar a muchos espectadores a percibir una cierta falta de ritmo, aunque no lleguen a saber con claridad las causas de esa sensación que les ha dominado a partir de un cierto momento. También se trata, por otra parte, de una película de emociones pausadas y contenidas.

Ahora bien, todas esas características, lentitud,  punto de vista único y emociones contenidas, pueden crear otro tipo de hipnosis en aquel espectador que por una u otra razón las reciba de manera favorable, para el espectador que aprecia esas cualidades casi más que las opuestas, para el espectador al que le gusta escapar de la convención narrativa habitual. No estoy diciendo que sea bueno o malo en sí, o que demuestre más sensibilidad o inteligencia lo uno que lo otro, pero creo que esa predisposición o disposición de ánimo puede existir en muchos espectadores, que se sienten agradablemente sorprendidos cuando la película les propone que no se entreguen sin más al flujo narrativo sino que, en cierto modo, participen de él, al verse obligados a mantener una atención más activa de lo habitual, a unir percepción y reflexión durante el visionado de la película.

Beginners es una película exigente con el espectador, más que nada porque se decanta por lo menos habitual, las tres características antes mencionadas (un punto de vista único, la ruptura del encantamiento narrativo y la mesura emocional), pero a todo ello hay que añadir la ruptura de las convenciones estéticas dominantes. La película está rodada con una cámara digital, la Red One, que Sodenberg hizo célebre al rodar con ella Che. Aunque es una cámara de calidad suficiente como para fingir o imitar la estética del celuloide, Mike Mills parece haber seguido a propósito los consejos de Mike Figgis, director de Leaving Las Vegas y defensor de la nueva estética digital:

 “Existe ese mito de que el vídeo necesita más luz. Hay dos escuelas: la mía, que dice que se necesita menos luz, y la otra, según la cual se necesita más luz para vídeo que para 35mm. Eso es cierto si quieres un estilo determinado, pero es un estilo espantoso”.

Mills usa menos luz de la que un director de iluminación exigiría, menos luz de aquella a la que nos ha acostumbrado el cine de Hollywood más convencional. En muchos momentos parece faltar luz, al menos para el estándar al que estamos acostumbrados.  Eso también nos obliga a esforzarnos y es seguro que también influye en esa sensación de lentitud: no se produce la saturación sensorial de la que hablaba Marshall McLuhan. Cuando empecé a ver la película, sólo sabía que actuaba Christopher Plummer y tarde un buen rato en darme cuenta de que el muchacho joven era el actor Ewan McGregor.

No voy a continuar examinando esta cuestión, porque podría parecer que mi intención es justificar que la película nos parezca lenta, cuando la verdad es que a mí en ningún momento me lo pareció, quizá porque tengo cierta afición a las películas que se alejan del estándar del cine comercial de las últimas décadas y que ofrecen algo distinto. Ya el simple hecho de esa diferencia me resulta agradable y me predispone a su favor.

 

Los peores prejuicios son los invisibles

Vuelvo ahora a aquello que dije al principio acerca del juicio valorativo y el analítico, pero ahora para intentar mostrar que en nuestros análisis interfieren factores de los que apenas somos conscientes, tan imperceptibles como esa habituación a los estándares del cine comercial.

Si Beginners se hubiera estrenado en los años 50 del siglo pasado, a la inmensa mayoría del público no es que les hubiera parecido lenta o falta de luz, es que la habrían considerado repugnante. Se lo habría parecido sencillamente por tratar de manera tan natural la homosexualidad. Como es obvio, ni siquiera hubiera podido estrenarse, pero, si por algún descuido de la censura, una película como esta hubiese llegado a los cines, los espectadores habrían opinado con toda naturalidad y sin creer que estaban siendo víctimas de sus prejuicios, que la película era inmoral. Esto muestra que no somos inmunes a nuestro medio social ni a nuestra circunstancia histórica, como tan certeramente señaló Ortega y Gasset precisamente en los años 50: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Ahora nadie abandona el cine al ver a dos hombres besándose en la pantalla e incluso Christopher Plummer recibió el Óscar por su interpretación de Hal. Esta certeza nos debería poner en duda nuestros espontáneos juicios valorativos y pensárnoslo dos veces antes de pontificar acerca de que lo que nos gusta o disgusta a nosotros en este momento concreto, o creer que realmente nos guste o disguste algo porque hemos entendido y percibido lo bueno o lo malo que tiene. No hace falta decir que no se ha producido un cambio genético en la especie humana desde los años 50 o incluso 70 u 80 del siglo pasado y que si hoy en día cualquier persona civilizada ha tirado a la basura los prejuicios contra la homosexualidad eso se ha producido gracias a la evolución cultural y social. A todos nos gusta pensar que en los años 50 habríamos pensado como pensamos ahora, pero eso es una fantasía insostenible.

Hay que tener en cuenta, por otra parte, que las expresiones valorativas y las analíticas funcionan de manera diferente, unas juzgan, otras intentan entender, pero ambas emplean los mismos recursos cerebrales, el mismo hardware, digamos. Por ejemplo, la memoria inmediata o de trabajo. La memoria de trabajo, que es la que nos permite manejar cosas e ideas que tenemos en primer plano, es muy limitada y puede quedar saturada muy rápidamente. Si esa memoria inmediata la llenamos además con valoraciones ideológicas y morales, con intenciones y con emociones, desde imponernos en una discusión, hasta rechazar algo que nos molesta o superar una situación que nos pone nerviosos, entonces quedará muy poco espacio para los datos que necesita un buen análisis. Probablemente no se trata sólo de espacio, sino también de procesos químicos e incluso físicos (eléctricos) que afectan a nuestro cerebro. Los juicios valorativos, en definitiva, están demasiado unidos a nuestras emociones e impiden poner serenidad y distancia en el análisis. Pondré un ejemplo de uno de mis prejuicios o postjuicios (prejuicios nacidos de la experiencia).

A mí me resulta muy difícil ver una película en la que aparezca Tom Cruise, porque esa película tiene por delante una tarea casi imposible: sobrevivir a su actuación. Así que tengo que llevar a cabo un verdadero esfuerzo para abstraerme, ya que por desgracia son muchas las películas con excelentes guiones y excelentes directores que han contado con Tom Cruise. Tengo que hacer un ejercicio imaginativo paralelo y casi ver a otro actor diciendo esas excelentes líneas de diálogo. No resulta fácil, pero suelo conseguirlo, aunque, como es obvio, nunca podré disfrutar de la película tanto y de manera tan inmediatamente intuitiva como lo haría si en ella no estuviera Tom Cruise.

En cualquier caso, lo importante es insistir en que una cosa es el juicio de gusto (como mi rechazo a Tom Cruise) y otra el análisis, algo que muchas personas no logran separar. Como decía Aaron Sorkin, cuando vas al médico porque te duele un hombro, tú debes limitarte a decirle qué te pasa, dónde te duele y qué síntomas experimentas, pero no eres tú, sino él, quien debe decidir si es mejor cortar o no este nervio, seguir o no este tratamiento, etcétera. Aunque uno tenga una sensación clara de que algo no le gusta, eso no quiere decir que sea también capaz de explicarlo. A eso me refería al principio, al decir que casi siempre nuestras explicaciones dependen de nuestras sensaciones, de ese me gusta o no me gusta, y no a la inversa. Es porque algo no nos gusta por lo que intentamos encontrar las razones, y no porque después de examinar ciertas razones estupendas concluyamos que algo no nos gusta. Es cierto que es difícil luchar contra un juicio de gusto espontáneo y forzarnos a que algo nos guste, aunque no es ni mucho menos imposible y el gusto también debe ser educado. De hecho, el gusto es siempre educado, siempre aprendido, aunque puede serlo de dos maneras: siendo nosotros conscientes de ello, o no siéndolo. No hace falta decir que en el segundo caso nuestro gusto será el fruto más acabado de nuestra incultura y de nuestros prejuicios más torpes, aunque presumamos de lo espontáneo y natural que es y lo llamemos intuición.

“Mi personalidad fue creada por otra persona y todo lo que tengo es esta estúpida camiseta”

Esta imagen y otros muchos momentos de la película muestran por qué dije al principio que Beginners invita al tipo de reflexiones que he hecho aquí, pero lo más siggnificativo es sin duda este fragmento del cuento  Margery Williams Bianco (The Velveteen Rabbit or How Toys Become Real was):”

¿Qué es ser REAL?- preguntó el Conejo un día en que estaban los dos tumbados al lado de la chimenea del cuarto de jugar, antes de que Nana empezara a recoger la habitación. ¿Significa que tienes dentro algo que suena y que por fuera tienes un mango?

– Ser real no tiene que ver con la manera como uno está hecho- dijo el Caballo de Piel-. Es algo que te sucede. Cuando un niño te quiere durante mucho, mucho tiempo, y te quiere de verdad, no solo para jugar, entonces te convierte en REAL.

– ¿Y eso duele?- preguntó el Conejo.

– Algunas veces- contestó el Caballo de Piel, que siempre decía la verdad-. Pero cuando uno se hace REAL, no importa el dolor.

– ¿Y eso te sucede de repente, como cuando te dan cuerda, o poco a poco?- preguntó.

– No sucede de repente- dijo el Caballo de Piel-. Te vas convirtiendo lentamente. Por eso no les suele pasar a los que se rompen con facilidad, a quienes tienen el borde muy afilado, o a los que hay que tratar con mucho cuidado. Generalmente, cuando te has hecho REAL, ya casi no tienes pelo, has perdido los ojos, tienes las articulaciones flojas y estás muy usado. Pero nada de eso tiene ya importancia, porque cuando eres real no puedes ser feo, excepto para la gente que no comprende.

– Entonces, ¿tú debes de ser real, no?- dijo el Conejo, aunque enseguida se arrepintió de sus palabras, porque el Caballo de Piel podía sentirse molesto.

Pero el Caballo de Piel se limitó a sonreír.

– El tío del niño me hizo REAL- dijo-. Sucedió hace muchos años pero, una vez te has convertido en algo REAL, ya no puedes cambiar. Es para siempre.”

En este texto, que aprece en la película, se expresa con más claridad la esencia del personaje interpretado por Christopher Plummer, que a los 70, decide ser real y vivir sus últimos años de vida como homosexual. La historia se basa en la vida del propio guionista y director, Mike Mills, y su padre, que a los 75 años decidió vivir como gay.


[Escrito en 2012. Revisado en 2016]

 

 

Para ver todas las entradas dedicadas al guión y al cine: Cine y guión. Todas las entradas

ENTRADAS DE CINE 

Originally posted 2012-05-22 16:04:25.

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La precisión de la multitrama

INT.   LAVABOS -  TAQUILLAS -  DÍA
SIPOWICZ entra desde la calle vistiendo su chaqueta y
con una pequeña bolsa de farmacia. Se dirige a su taquilla,
la abre, cuelga su chaqueta en la puerta. Se dirige al lavabo,
se mira en el espejo, saca unas gafas y se las pone. 
Una etiqueta cuelga de las gafas mientras se examina con 
disgusto en el espejo.Rápidamente se quita las gafas y las
guarda al oír que entra alguien.
Se gira y ve a BOBBY SIMONE que se acerca a las taquillas.
                          
                        SIMONE
            Buenos días.
                        SIPOWICZ
            ¿Qué tal?

Sipowicz se detiene junto a él.

                       SIPOWICZ
            (CONT) Andy Sipowicz.

Simone le mira, sonríe y extiende la mano.

                       SIMONE
           Bobby Simone, encantado de 
           conocerte, Andy.

                       SIPOWICZ
            Sí.

Sipowicz se aclara la garganta y sale. 
Simone tacha el nombre de Kelly de la taquilla 
y escribe su propio nombre.


La escena anterior pertenece a “Simone says” el capítulo 5 de la segunda temporada de Policías de Nueva York (NYPD Blue). En ella se encuentran los ingredientes esenciales de la narración televisiva característica de las últimas décadas del siglo XX, lo que no es extraño teniendo en cuenta que la serie fue creada por David Milch y Steven Bochco, el inventor de la multitrama.

Steven Bochco

Bochco, en efecto, creó la multitrama, o al menos la llevó a su máxima expresión, en la serie Canción triste de Hill Street (Hill Street Blues), estrenada en 1981.

Como su nombre indica, la multitrama consiste en el desarrollo de un buen número de tramas a lo largo de uno o varios capítulos e incluso de toda la temporada. Lo habitual es que se desarrollen dos o tres tramas en cada capítulo que llegan hasta su desenlace, pero que, al mismo tiempo, se planteen otras que continuarán en futuros episodios. En Policías de Nueva York las diversas tramas son presentadas en los primeros minutos del programa, en lo que se llama teaser, una especie de anticipo de lo que vamos a ver. He seleccionado al inicio de este artículo, en la transcripción del guión, sólo la primera parte del teaser, pero puedes verlo entero aquí.

La precisión de la multitrama from daniel tubau on Vimeo.

En el teaser anterior se plantean cuatro tramas que se desarrollarán a lo largo del episodio:

  • la de la mujer policía a la que acosa su exmarido, que también es policía;
  • la del caso del día, que en este episodio es un homicidio;
  • la llegada del nuevo policía, Simone, y su relación con Sipowicz
  • que Sipowicz se hace viejo

A lo largo del episodio también se irán desarrollando otras tramas secundarias, algunas se extenderán durante dos o tres episodios más, otras continuarán hasta el final de la temporada o incluso más allá, hasta el final definitivo de la serie.

La multiplicación de tramas, como es obvio, obliga a los guionistas a un gran esfuerzo de síntesis: hay que contarlo todo muy rápidamente porque en los 45 minutos de cada episodio es necesario desarrollar tres o cuatro tramas autoconclusivas… y todas las demás. Es por eso que en ese breve teaser de apenas cuatro minutos, que aquí cunple la función de disparador de las tramas del episodio, se cuentan un montón de cosas: llega un nuevo a la oficina, el nuevo y el veterano se conocen, al veterano no le gusta el nuevo, hay un nuevo caso de homicidio, el ex de una mujer policía la acosa, el jefe se entera de que al veterano no le gusta el nuevo, pero le dice que le ayude a adaptarse y que se encargue con él del caso de homicidio, y además se produce una terrible pelea con tiros incluidos en la comisaría.

Son los cuatro minutos más densos que se puedan imaginar. Todo es significativo y nada sucede por casualidad, cada frase es importante, a cada causa le sigue un efecto, como en un preciso mecanismo de relojería narrativa. Es una manera de escribir muy diferente de la que se emplea en series como Mad Men o The Wire, que aunque también presentan personajes con sus propias evolución, no se sienten obligados a trazar de manera precisa sus diferentes tramas en cada capítulo.

David Milch

Regresemos a la multitrama de Steven Bochco (y David Milch) en Policías de Nueva York, y a la trama más importante del capítulo, que es precisamente la que se desarrolla en el breve fragmento del guión que he trascrito como encabezamiento de este artículo. Esa trama nos dice que Sipowicz se está haciendo viejo. Bochco y Mill nos lo muestran con ingenio, haciendo que el veterano policía vaya al baño con una bolsa típica de drugstore o farmacia americana de la que saca unas gafas para vista cansada.

110203Sipowicz-con-gafas

Eso nos indica que no ha aceptado todavía su decadencia física. No ha ido a un oculista, sino que se ha comprado unas gafas en una tienda. Es evidente también que acaba de comprárselas, porque de ellas cuelga todavía la etiqueta. Y no es menos evidente que está avergonzado por tener que usarlas, porque, en cuanto escucha que alguien entra, las esconde rápidamente en su bolsillo. Por si esto fuera poco, el nuevo policía es joven, alto, fuerte y parece muy seguro de sí mismo, lo que, por contraste, destaca el envejecimiento y la decadencia de Sipowicz. Para que todavía quede más claro, enseguida va a tener lugar un suceso en la comisaria que remarcará esa decadencia: en la pelea con el acosador Sipowicz es lanzado a un lado sin miramientos, mientras que el nuevo, Simone, se lleva el papel de héroe. La antipatía de Sipowicz hacia Simone, que se mezcla con su depresión,  se muestra no sólo por su gesto al colgar el abrigo, sino porque se lo dice de manera explícita al comisario jefe. En la multitrama siempre hay que decir todo con claridad, sin dejar espacio a la duda y así se hace aquí: “Este tipo me cae mal”. ¿Y por qué le cae mal? Por su manera de saludar, simplemente. Es una opinión que nos dice más acerca de Sipowicz y de sus frustraciones que de Simone.

En cuanto a los espectadores, también se nos sugestiona con acciones que son casi simbólicas, como cuando Simone tacha de la taquilla el nombre del policía al que viene a sustituir. Eso parece revelarnos que es un poco chulo, insensible, porque nosotros, como espectadores, le tenemos cariño a John Kelly, que ya no volverá a aparecer en la serie (el actor pidió demasiado dinero). El nuevo viene a sustituir a nuestro favorito y se enfrente al gruñon pero entrañable Sipowicz. Mala cosa. O eso quieren los guionistas que pensemos.

Sin embargo, el conflicto o malentendido entre Sipowicz y Simone, que en una serie como The Wire podría durar toda una temporada, aquí se resolverá en este mismo episodio, aunque no revelaré cómo al lector.

Se trata, en cualquier caso, de un tipo de narrativa muy diferente al que podemos ver en mucahs escenas de Los Soprano (David Chase contra la televisión convencional) o escenas como la del ascensor de la oficina de Mad Men (Actuación y sobreactuación). Aunque Bochco y Milch demuestran su talento narrativo al colocar las piezas de su preciso mecanismo, es una pena que se vean obligados a sabotear el ingenio de la escena de las gafas cuando poco después Sipowicz insiste en el tema y lo dice de manera explícita, después de que su jefe le encargue cuidar de Simone: “Primero las gafas y luego esto”. El espectador de televisión convencional debe entenderlo todo fácilmente, porque suele distraerse con mil y una actividades, y eso obliga a menudo a los guionistas a repetir lo obvio.

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El guión del siglo 21, el futuro de la narrativa en el mundo audiovisual

Alba editorial.407 páginas.
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Página de El guión del siglo 21

 

Las parado­jas del guion­ista
Reglas y excep­ciones en la prác­tica del guión

390 pági­nas
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