Retorno al pasado

 

  Hay debates que son tan insustanciales que da mucha pereza entrar en ellos: la astrología, las seudoterapias, el diseño inteligente, los nacionalismos.

Después de dos guerras mundiales provocadas por la lucha feroz entre nacionalistas, especialmente en Europa, pensar que alguien en su sano juicio todavía sea presa de ansias nacionalistas de manera obsesiva parece difícil de creer.

Ahora que empezábamos a pensar en lo bueno que sería poder viajar por toda Europa como quien viaja por su barrio, resulta que se proponen fronteras donde nunca las ha habido.  Ahora que ya nos estábamos preparando para despojarnos de nuestra identidad española para convertirnos en europeos y comenzar a pensar en algo mayor, algo así como “terrestres”, resulta que nos tenemos que volver a preguntar si somos padanos, corsos, escoceses, vascos, castellanomanchegos o catalanes. Ahora que habíamos asumido que somos ciudadanos, y no súbditos ni hooligans de la patria, se propagan aquí y allá identidades basadas en naciones reales o imaginarias, en lenguas que se hablan o no se hablan, se emplea de nuevo el “nosotros” frente al “ellos” y legiones de entusiastas corren a la calle agitando banderas de colores y cifran el sentido de su vida en la pertenencia a un territorio dibujado en el mapa.

Es obvio que quienes alientan los procesos nacionalistas, como el incesante procés catalán, lo único que quieren es seguir explotando para su uso particular un territorio, y al mismo tiempo librarse de ser procesados, no por sus ansias independentistas (que tan súbitamente se han apoderado de ellos, por cierto) sino por la corrupción mafiosa de las últimas décadas. También resulta obvio que muchos de los entusiastas se dejan llevar por un maniqueísmo trabajosamente  construido en las escuelas y en los medios de comunicación dóciles durante años al nacionalismo, que coinciden con el franquismo en dibujar una España de pandereta y que alientan el más estúpido de los complejos de superioridad y el egocentrismo más vulgar: el que se basa en haber nacido aquí o allá.

Pero lo que de verdad asombra es que personas progresistas, que creen en la justicia y la solidaridad, se unan a los corruptos y a todos esos entusiastas que por carecer de personalidad propia prefieren fabricarse una identidad grupal. Porque creer que se puede conseguir un mundo más justo a través de las identidades nacionales no solo es un espejismo, sino un retorno al pasado, al peor de los pasados.


POLÍTICA

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La lógica demente de la nueva izquierda

 

Hoy domingo se celebra la segunda vuelta de las elecciones francesas. Los sondeos indican que Macron va a superar a Le Pen quizá por un 60 frente a un 40 por ciento. Parece una tremenda ventaja en una contienda política, pero no lo es. No lo es porque quien va a obtener un 40 por ciento (o aunque solo sea más de un 30 por ciento) va a ser la dirigente de un partido fascista. Y en este caso no se trata de una metáfora o de esa afición de muchos a emplear la palabra fascista para referirse a cualquiera, como se hacía en mis tiempos de instituto y se sigue haciendo, con la intención de descalificarlo, convirtiendo cualquier debate en pura demagogia. No, en este caso se trata de un partido realmente fascista, creado por un fascista defensor del nazismo y dirigido ahora por su hija, que en la lucha por el poder intenta disimular su verdadero pensamiento.

Hay muchas razones para explicar que el Frente Nacional de los Le Pen amenace con superar la barrera del 20 por ciento que es lo que obtuvo Jean-Marie cuando se enfrentó a Jacques Chirac. No sé si la más importante de esas razones (sospecho que sí) pero sin ninguna duda la más vergonzosa es la complicidad de la nueva izquierda representada por Francia Insumisa.

Jean-Luc Melenchon, “La fuerza del pueblo”

Melenchon, líder de Francia Insumisa y esa nueva izquierda cómplice le han dado a Le Pen la mayor legitimidad que nunca antes se había dado al fascismo en la Francia democrática tras la Segunda Guerra Mundial, la que consiste en ponerlo en pie de igualdad con las propuestas de un político democrático, como Macron. Han propagado con éxito la idea de que una cosa y otra son la misma, han activado una lógica demente que les hace cómplices del ascenso del fascismo en Francia. Es perfectamente posible entender que un joven se deje llevar por el maximalismo de “quiero que gane lo mío y si no rompo la baraja”, y que no sepa lo que realmente significa la Unión Europea en el mundo, como la mejor garantía de las libertades, del estado de derecho, de la abolición de la pena de muerte, de la igualdad de los homosexuales, de las políticas activas en favor de la igualdad de hombres y mujeres, de la defensa de la protección del medio ambiente y sobre todo de la democracia y de la convivencia pacífica entre los más de quinientos millones de europeos, incluidos los que no pertenecen a la Unión Europea. También puedo entender que no sepa qué significa el fascismo. Puedo comprenderlo porque todos nos hemos equivocado alguna o muchas veces y todos hemos sido cómplices en algún momento de nuestra vida de algo infame, en especial en los años de adolescencia o juventud. Quienes no nos hemos negado a reconocer nuestros errores, con el tiempo y mejor información, nos hemos arrepentido y hemos corregido nuestras complicidades políticas más o menos criminales, unos antes y otros después, unos más claramente y otros con tibieza.

Marine Le Pen: “En nombre del pueblo”

Pero lo que no resulta comprensible es que esas complicidades con el fascismo procedan de políticos experimentados como Melenchon y los dirigentes de casi todos los partidos de la nueva izquierda, que antes prefieren derribar a socialdemócratas, liberales o conservadores que poner freno al fascismo; que antes prefieren destruir la Europa unida que corregir sus errores. Puedo aceptar que alguien sin experiencia o sin cultura política (pues se puede tener cultura política a los dieciséis años si uno se preocupa de aprender, de investigar y de poner a prueba sus dogmas) crea que será más fácil que sus ideas triunfen luchando contra un fascista que contra un demócrata, pero es difícil concebir que alguien con la experiencia y la cultura de Melenchon lo piense. Incluso Yannis Varufakis, que no siempre se ha caracterizado por su sentido de la responsabilidad política, ha dado su apoyo a Macron, no solo porque, según él, fue el único ministro de economía que intentó ayudarle durante la crisis griega, sino porque se niega a “formar parte  de una generación de progresistas europeos que habrían podido impedir a Le Pen ganar la presidencia y no lo hicieron”. O como también ha dicho: “Soy antiglobalización y anti neoliberal, pero por encima de todo soy antifascista”.

La estrategia de casi todos los partidos de la nueva izquierda y de la nueva o no tan nueva derecha consiste en volver a la situación en la que no existen ciudadanos, sino súbditos, a los que llaman constantemente el pueblo o la gente. Como preparación para esa sociedad sumisa, van creando una primera élite de súbditos, valga la contradicción, a los que llaman afiliados, círculos, seguidores, activistas, cuya función fundamental consiste en permitir que el líder de turno haga lo que quiera hacer sin que ningún contrapoder efectivo pueda ponerle freno. Los nuevos líderes parecen delegar su decisión en los afiliados, como ha hecho Melenchon, renunciando a toda moralidad personal: soy llevado por una marea que me dice lo que tengo que hacer y lo que no y renuncio a actuar; renuncio a actuar contra el fascismo, renuncio a mi propia conciencia, eso es lo que Melenchon nos dice, a veces como subtexto, a veces de manera explícita. Pero, sucede que hay ocasiones en las que uno quizá puede delegar y apartar su propia conciencia, pero hay otras en las que eso no es posible. Esta es una de esas ocasiones en las que un político no se puede abstener, ni de palabra ni en las urnas. Melenchon y sus afiliados, que según él gobiernan sus decisiones, han renunciado a plantar cara a un partido fascista.

Ahora bien, tal vez la tozuda realidad me obligue a admitir que lo que dice Melenchon y lo que no dice coincide con su verdadero pensamiento, tras escuchar su reiterada negativa a declarar sin ambigüedades que va a votar a Macron y su negativa a decir a sus seguidores que cualquier elector demócrata debe hacerlo también, sin dudarlo. Es decir, que Melenchon no es un hipócrita, sino un cómplice del fascismo, del mismo modo que también lo son todos esos que se hacen llamar en Francia izquierdistas insumisos: son no solo cómplices, sino sumisos al fascismo. Son, desde un punto de vista político, algunos por ignorancia e inconsciencia, otros por aplicar un cálculo demente, casi indistinguibles de un fascista.

Enmanuel Macron


POLÍTICA

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La sociedad abierta de Bertrand Russell

 

He querido combinar en el título de este artículo el concepto de sociedad abierta de Karl Popper, con la figura de otro filósofo, Bertrand Russell. De este modo aparecen juntos, por un lado, uno de los filósofos más importantes del llamado pensamiento conservador o de derechas (Popper), y por el otro, el filósofo quizá más importante del siglo xx en el terreno progresista o de izquierdas (Russell). No discutiré aquí lo acertado o erróneo de estas etiquetas, porque mi intención es otra. Quiero mostrar que la distinción entre izquierda y derecha, sea o no válida, es, al menos en un sentido fundamental, mucho menos importante que otro par de opuestos: el que enfrenta la sociedad abierta y la sociedad cerrada.

Henri Bergson: las sociedades abiertas tienen Gobiernos que son tolerantes y responden a los deseos e inquietudes de la ciudadanía con sistemas políticos transparentes y flexibles. Ni el Gobierno ni la sociedad son autoritarios y el conocimiento común o social pertenece a todos. La libertad y los derechos humanos son el fundamento de la sociedad abierta (Wikipedia).

Karl Popper popularizó y dio nueva vida al concepto  de sociedad abierta propuesto por Henri Bergson, al publicar en 1945 La sociedad abierta y sus enemigos. El concepto puede ser a primera vista difícil de precisar, pero la lectura del libro lo aclara poco a poco, cuando Popper analiza a tres de los pensadores que él considera enemigos de la sociedad abierta: Platón, Hegel y Marx. El libro muestra, y creo que demuestra, la pulsión totalitaria de la República platónica y de la sociedad Comunista o revolucionaria de Marx. Pocos libros se podrán encontrar más elocuentes que el de Popper en la defensa de una sociedad abierta, de la democracia, del estado de derecho, del respeto a los derechos humanos, la libertad de prensa y la libertad en general.

La sociedad abierta y sus enemigos es una lectura estimulante para cualquier lector, de derechas o de izquierdas y es una pena que el maniqueísmo que fomenta esa distinción en dos bandos irreconciliables (izquierda/derecha) haya hecho que muchas personas no presten atención al libro, debido a que su autor declaró en alguna ocasión su preferencia por los conservadores.

Algo semejante le sucede a los lectores de derechas al encontrarse frente a un libro de Bertrand Russell: lo dejan a un lado porque se trata de un autor considerado de izquierdas, defensor (ya en el siglo XIX) del feminismo, del divorcio, del amor libre, de la ayuda del estado a los sectores discriminados en la sociedad y cercano, y en ocasiones votante e incluso candidato, del socialismo o el laborismo británico.

La influencia de Russell fue enorme en el siglo XX y no cabe duda de que sus libros y su actividad política contribuyeron a que la sociedad fuese más justa y más libre. Esta influencia fue especialmente importante entre el sector izquierdista, ya que ofreció una alternativa al marxismo dominante y al apoyo explícito a los crímenes del estalinismo y el maoísmo que mostraron pensadores de izquierdas como Jean Paul Sartre y muchos otros. El contrapeso que pensadores como Bertrand Russell supusieron para que la izquierda no quedara por completo sumida en el dogmático marxismo-leninismo-maoísmo, fue fundamental, porque desde esa izquierda se prestaba poca atención a quienes denunciaban los crímenes pero eran conservadores, como el propio Popper, Raymond Aron, Jean François Revel, Isaiah Berlin, Joseph Schumpeter y tantos otros pensadores extraordinarios que eran ninguneados y acusados de fascistas o peligrosos derechistas, cuando no eran ni una ni otra cosa. Como mucho, eran de derechas, sin más, pero para cierta izquierda estaba, y aún está prohibido, ser de derechas. Uno se pregunta en qué consiste entonces la democracia: ¿en elegir entre diversas variantes de la izquierda?

Karl Popper, por Fernando Vicente

Por su parte, Karl Popper, desde el otro lado, además de sus excelentes contribuciones a la filosofía de la historia y a la filosofía de la ciencia, hizo también una contribución semejante a la de Russell en el terreno político: convenció a muchos conservadores de que no todo vale en la confrontación ideológica, señaló la falibilidad de nuestras ideas y el deber que tenemos de someterlas a prueba y aceptar los resultados, insistió en la inmensa importancia de la tolerancia intelectual, en el respeto a las reglas del juego de la democracia y del estado de derecho. Es una gran contribución porque también había, y sigue habiendo, personas de derechas que consideran que ser de izquierdas es pecado.

Karl Popper dijo en varias ocasiones que Bertrand Russell era probablemente el filósofo del que más había aprendido, con la excepción de Hayek y quizá Tarsky.

Bertrand Russell y Karl Popper, cada uno desde un lugar diferente del espectro político, coincidían en que, aunque nos cueste ponernos de acuerdo en cómo organizar la sociedad, en el papel que debe jugar el estado en el terreno económico y otras cuestiones fundamentales, al menos si podemos ponernos de acuerdo en que debemos aceptar el desacuerdo, en que el mejor sistema que se ha inventado para mantener ese desacuerdo en límites tolerables es la imperfecta democracia, y en que una de las mayores virtudes de ese sistema democrático consiste en permitir el libre juego de la disensión y hacer posible el reemplazo de quienes ocupan el poder sin necesidad de violencia y muerte. Debemos aceptar que gobiernen los que no piensan como nosotros, del mismo modo que ellos deben aceptar que gobiernen los que sí piensan como nosotros, no solo por respeto a las reglas democráticas, sino porque debemos tener la humildad de pensar que también podemos equivocarnos: ¿y si son ellos los que tienen razón? Cualquiera que examine las ideas que ha sostenido la izquierda y la derecha en los últimos cien años, descubrirá que la derecha de ahora acepta ideas que a sus abuelos de derechas les habrían parecido puro pensamiento revolucionario, mientras que la izquierda por su parte acepta ideas que a sus abuelos izquierdistas les habrían parecido puro pensamiento reaccionario. La pureza ideológica casi nunca tiene que ver con un examen racional de la situación, sino más bien con pensar “lo que toca pensar”, sin más reflexión. Por eso, Popper también añadía como característica de la sociedad abierta la racionalidad y la búsqueda de una verdad no sometida a los intereses de la ideología.

Bertrand Russell consideró que La sociedad abierta y sus enemigos era una crítica acertada y devastadora de Platón, Hegel y Marx.

Cualquiera de ellos, Russell o Popper, habría podido combatir con ardor las ideas del otro, y en alguna ocasión lo hicieron, como cuento al final de este artículo en “Dialogar a golpes de atizador”, pero también habría aceptado la victoria de sus ideas en unas elecciones libres, algo que cierta izquierda no aceptó durante décadas, del mismo modo que tampoco lo hizo una parte de la derecha. Los dos, en definitiva, defendían una sociedad libre y abierta, lo que no es una garantía para una sociedad justa, por supuesto, pero es sin duda el mejor sistema para enfrentar las diferentes ideas acerca de esa sociedad justa. Porque lo que es seguro es que una sociedad cerrada que prohíbe la libertad de prensa y de opinión, que coacciona a los otros poderes del estado, como los jueces o la prensa, o que promueve la división social creando bandos irreconciliables, es siempre sinónimo de una sociedad injusta.

Me parece que en momentos como este, en el que nuevos partidos y movimientos cuestionan, desde la derecha y desde la izquierda, los elementos que caracterizan una sociedad abierta, y recuperan un discurso intolerante, propio de tiempos infames que parecían olvidados, y que señalan amenazadoramente a quienes piensan de manera diferente, o que insinúan que su llegada al poder les permitirá cambiar las reglas básicas de la convivencia democrática, es más necesario que nunca garantizar que esos elementos serán respetados, sean cuales sean los resultados de la confrontación de ideas políticas. Es un buen momento, en definitiva, para recordar a pensadores como Russell o Popper, que no coincidían en muchas cosas pero sí en las reglas imprescindibles del combate político e intelectual, esas reglas que evitan que la emoción sustituya a la razón y que la confrontación política se transforme en abuso y represión y conduzca de nuevo a la sociedad cerrada.

DIALOGAR A GOLPES DE ATIZADOR

Sucedió el viernes 25 de octubre de 1946 en el Club de las Ciencias Morales de Cambridge durante una charla de Karl Popper titulada “¿Existen realmente problemas filosóficos?”. A la reunión asistieron el filósofo Ludwig Wittgenstein, entonces en su momento de mayor celebridad, Bertrand Russell y el propio Popper, como es obvio. Aunque existen diferentes versiones del acontecimiento y se han escrito ensayos y novelas enteros acerca de aquella noche filosófica, parece que mientras Popper defendía la idea de que sí existen problemas filosóficos, Wittgenstein jugaba con el  atizador de la chimenea, que al parecer estaba al rojo vivo, como el propio filósofo, que lo agitaba “como la batuta de un director de orquesta para subrayar enfáticamente sus afirmaciones”. En un momento dado, Wittgenstein desafió a Popper a que propusiera un verdadero ejemplo de principio moral, al mismo tiempo que agitaba el atizador frente al rostro de su rival. Popper respondió: “No amenazar con un atizador a los profesores visitantes”. Según algunas versiones, Wittgenstein se encolerizó, arrojó el atizador al suelo y se marchó. Según otra versión, antes de que eso sucediera, fue Bertrand Russell quien se interpuso y exclamó: “¡Wittgenstein, suelte de una vez ese atizador!”. En cualquier caso, Wittgenstein se marchó dando un portazo. En días posteriores, Popper escribió a Russell agradeciéndole que interviniera en su defensa, y Russell respondió: “Me quedé muy sorprendido por la falta de buenos modales que parecía impregnar la discusión en un lugar como Cambridge. En Wittgenstein eso era previsible, pero lamenté que algunos de los asistentes siguieran su ejemplo”. La causa, sin duda, era el estilo wittgenstiano, más cercano a las maneras de un gurú que a las de un pensador dispuesto a cambiar de idea si le ofrecen buenas razones.


Un ensayo dedicado íntegramente a la discusión Poper-Wittgenstein: Wittgenstein’s Poker: The history of a Ten-Minute Argument Between Two Great Philosophers, de David J.Edmonds y John A.Eidinow


POLÍTICA

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La revolución tradicional

Cuando estuve en Pekín en 2005 pude comprobar de manera directa el carácter fuertemente reaccionario de las revoluciones. Es asombroso cómo, durante el siglo XX, los que pretendían cambiar la sociedad fueron una y otra vez los que consiguieron que cambiara menos. Por todas partes se veían signos, por fortuna ya atenuados, que revelaban que la revolución china fue un retroceso hacia las peores épocas imperiales, quizá hasta igualar a la que se considera la peor de todas, la del unificador de China: Shi Huang Di.

No es en absoluto asombroso, cuando se conoce el conservadurismo de los movimientos revolucionarios, que los países ex comunistas, como Rusia o Polonia, sean mucho más conservadores que los que se quedaron en el llamado bloque capitalista. Por paradójico que resulte, el dominio de la Unión Soviética comunista sobre Polonia ha conseguido  que los polacos sean ahora (2006) los más católicos de Europa. Más católicos que el papa Ratzinger, o al menos más integristas. Incluso más católicos que los españoles que sufrieron la ultracatólica dictadura franquista.

Shi Huang Di, unificador de China bajo la dinastía Qin (-221/-206) y recordado como uno de los más sanguinarios emperadores. Se duda si ha sido por fin superado en el el siglo XX por Mao Zedong (Museo de cera de Pekín)

Es cierto que desde bastante pronto se supo en el mundo que el movimiento comunista, a pesar de sus pretensiones de cientifismo y ateísmo, era lo más parecido a una religión que se podía encontrar en todo el espectro político, por lo menos hasta que surgieron el fascismo y el nazismo.

Ya en los inicios del siglo XX se bromeaba con que los comunistas tenían un profeta (Karl Marx), una Biblia (las obras de Marx), en la que se contenía un Evangelio o Buena Nueva anunciando el mundo que vendría (el Manifiesto Comunista), unos fieles que estaban dispuestos a alcanzar el martirio si era necesario y que hablaban del marxismo como de una verdad revelada. El fuerte aroma religioso del comunismo superaba al de cualquier otra ideología, incluído el anarquismo.

Los dos primeros profetas, Marx y Engels (Parque de las estatuas, Budapest)

Pero lo que pocos esperaban era que el comunismo literalmente reinventara todo lo que la sensatez política y la lucha contra la injusticia de los últimos siglos empezaba a arrojar al desván de la historia y al museo de los horrores.

Algunos ejemplos del carácter reaccionario de la Revolución

1. Los dirigentes convertidos en héroes fundadores y después en dioses vivos, a la manera del Imperio egipcio o de la Roma de Augusto, Tiberio y sus sucesores.

El extremo increíble fue la recuperación de la tradición de los faraones del antiguo Egipto de momificar a sus soberanos (Lenin, Stalin).

Héroes revolucionarios chinos en la plaza de Tiananmen de Pekín. Los comunistas (y después los fascistas y los nazis) recuperaron la tradición de héroes legendarios, planos y sin doblez, mártires y sacrificados, siempre mirando al horizonte, propios de los peores cuentos de hadas.

Grandilocuencia heroíco-revolucionaria también en Hungría A los españoles, este tipo de imágenes nos recuerdan inevitablemente a las de los héroes franquistas (Parque de las estatuas, Budapest)

2. Un poder ocupado en exclusiva por una casta dirigente, cuyo único criterio era el que su líder supremo marcaba llevado por su propio capricho.

Lenin en una placa húngara (Parque de las estatuas, Budapest)

Los dirigentes del comunismo no sólo son grandes héroes revolucionarios, fabulosos caudillos militares y preclaros gobernantes con derecho al trono de por vida. También son los más sabios intelectuales, autores de la doctrina, que condensan en grandes obras, como Lenin o Stalin o en ediciones más asequibles, como Mao y su Pequeño Libro Rojo. Son también el Primer Científico del país, como Stalin, Ceaucescu y su esposa.

En una única persona unifican los tres poderes tradicionales y además todos los cargos posibles (Jefe Supremo del Ejército, Ministro de Cultura, Secretario General del Partido). Naturalmente, tienen tiempo para ocuparse de todo, excepto por enfermedad, como ahora Castro, que ha tenido que delegar en quince o dieciséis personas todos sus cargos.

Lenin, en esta ocasión en el Museo de cera de Pekín

 

3. El sometimiento durante décadas a un mismo gobernante, entronizado mediante la violencia y mantenido con el apoyo de las fuerzas armadas.

La herencia del poder entre los miembros de la casta dirigente, sin ninguna intervención exterior ni participación de los ciudadanos. Con extremos como el de la herencia familiar a la manera de las monarquías e imperios que, se suponía, el comunismo estaba llamado a derribar, como sucedió en Corea del Norte con Kim Il Sung y Kim Jong Il, o ahora en Cuba con Fidel Castro y su hermano Raúl.

Una Joven Guardia Roja se dispone a destrozar un violín (imagén de El violín rojo)

4. La condena de cualquier obra de arte, libro, manifestación o idea que no coincida con la ideología del poder, incluyendo la prohibición y la quema de libros.

O, como sucedió en China durante la Revolución Cultural, la destrucción de cualquier signo cultural no revolucionario, como un violín.

 

5. El gusto desmedido y enfermizo por todo lo militar: rifles, ametralladoras, machetes; títulos como Comandante, Subcomandante, Gran Timonel, Amado Líder, Jefe Supremo.

Dirigentes vestidos casi siempre con trajes militares, mostrando bien a las claras de dónde emana su poder: “El poder está en el cañón de la pistola”, decía Mao, en frase que envidiaría un fascista o un nazi.

6. La eliminación violenta del adversario. El exterminio sistemático de millones de personas y el traslado de poblaciones enteras, a la manera de los antiguos asirios.

Una indiferencia absoluta no sólo hacia la muerte del supuesto enemigo, sino hacia la de sus propios súbditos. El cálculo frío y pragmático de la utilidad que puede tener un ser humano, como trabajador esclavizado o como soldado a sacrificar.

Asombra este sangriento retorno al pasado a lomos de la Revolución, pero a mí siempre me ha asombrado mucho más cómo los seguidores de la Revolución que no vivían en países comunistas eran capaces de perder cualquier rasgo de pensamiento inteligente. Su manera de excusar desde la demagogia más tosca hasta el crimen más repugnante, la coexistencia de un pensamiento crítico poderoso (cuando se trataba de atacar al enemigo anti-revolucionario) junto a otro digno de un parvulario o jardín de infantes

El pequeño libro rojo de Mao, inspirador de intelectuales de medio mundo, como Sartre o Godard, que dejó de hacer sus complejas, sutiles, traviesas y exigentes películas para rodar propaganda maoísta en plena época de la Revolución Cultural.

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[Publicado por primera vez en julio/agosto de 2006]

Tiempo después de escribir esta entrada, inicié una página dedicada al carácter religioso del comunismo, llamada El santoral revolucionario

En el Santoral Revolucionario se exploran los aspectos más religiosos del comunismo revolucionario: los profetas, los fundadores, las promesas de redención y la iconografía de la que para muchos ha sido la religión del siglo XX.

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POLÍTICA

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La evolución de las piedras

Hace unos cuantos años empecé un proyecto con un extraño nombre “El pensamiento noALT”.

__¿Qué quiere decir noALT?

__Quiere decir no alternante.

__¿Y qué quiere decir no alternante?

__Se refiere a una manera de pensar que no intenta explicar el mundo a partir de alternativas excluyentes, que rechaza las dicotomías dogmáticas y el maniqueísmo que divide todo en blanco o negro.

La manera en la que el pensamiento alternante o dogmático contempla la realidad se muestra en este gráfico:

Daniel Tubau - Pensamiento alternante
La realidad vista por el pensamiento alternante

A partir de la distinción entre Nosotros/Ellos, lo Uno/lo Otro, los amigos/los enemigos, resulta fácil moverse por el universo alternante. Ahora bien, también existen algunas reglas básicas que pueden ser de mucha utilidad en caso de duda:

Daniel Tubau - Reglas del pensamiento alternante

Puedes ver estos y otros gráficos del pensamiento alternante en: Cómo funciona el pensamiento alternante 

Hay varias razones que explican por qué elegí la denominación ” pensamiento alternante”  en vez de no “pensamiento alternativo”, puesto que, al fin y al cabo, se trata de dividir la realidad en alternativas. Una de ellas es no caer en una confusión con el llamado “pensamiento alternativo”, que se define en unas coordenadas ideológicas bastante explícitas (en el terreno político de la izquierda), por lo que defender el pensamiento “no alternativo” podría ser considerado como una declaración de preferencias derechistas. Es decir, emplear “pensamiento alternativo” podría activar el pensamiento alternante “Izquierda/Derecha”. No cabe duda, por otra parte, de que gran parte de eso que se llama pensamiento alternativo es un pensamiento muy alternante, que divide el mundo entre Nosotros (la alternativa)/Los Otros (todo lo demás, lo viejo y caduco), pero de eso hablaré en otra ocasión.

Alfred Korzybski

Alfred Korzybski

La expresión “NoALT” o “No Alternante” contiene también una pequeña broma, un homenaje si se prefiere, a la “Teoría no A”, creada por un pensador que suele aparecer en las enciclopedias de la extravagancia más que en las de la filosofía, Alfred Korzybski.

Korzybski creó en el siglo XX una nueva ciencia, arte o disciplina filosófica llamada Semántica General, que pretendía mostrar que los seres humanos somos víctimas del lenguaje. También afirmaba queel principio de identidad aristotélico, que dice que una cosa es esa cosa, puede causarnos ciertos problemas. “No A” significaba para Korzybski “no aristotélico”. Frente al “A es A” de Aristóteles, se dice: “A no es A”.

Los libros de Korzybski influyeron en autores de ciencia ficción como Philip K.Dick o A.E.Van Vogt, que escribió El mundo de los No A y Los jugadores de No A, donde expuso en forma de novela las teorías de Korzybski. Vuelvo al pensamiento no alternante.

El pensamiento no alternante, en definitiva, rechaza que toda nuestra vida intelectual, moral, ideológica y política deba construirse mediante alternativas excluyentes. El pensamiento no alternante afirma que a veces, quizá muchas veces, tal vez casi siempre, existe un término medio o una tercera opción que nos permite escapar del enfrentamiento dogmático y maniqueo.

Dediqué uno de los capítulos de La página noALT  a la evolución de las piedras. Ahora, en 2012, la actualidad me ha proporcionado una conclusión inesperada, que he añadido como última imagen:


La última imagen, la de un estudiante lanzando un libro a la policía como quien lanza una piedra, se ha popularizado en los últimos meses (2012) en redes sociales como Facebook y en manifestaciones y publicaciones de todo tipo. Hay que reconocer que es ingeniosa, y desde aquí felicito al autor, pero, aunque me parece estupendo que los estudiantes se manifiesten con libros en la mano como una reivindicación de la cultura y contra los recortes a la educación pública, no me gusta que se empleen los libros como armas arrojadizas. Entiendo el chiste, pero, incluso a pesar de que sé que los libros no siempre sirven para mejorar la sociedad (Literatura mortal y otros libros que matan) se me ocurren pocas cosas peores que usarlos como si fueran piedras. Más que una muestra de las virtudes de los libros es un ejemplo de que los libros pueden no servir para nada cuando su usuario no sabe cómo se usan.

Se me ocurren varias posibilidades (no diré alternativas, que es lo que me gusta decir, porque una novia me enseñó que  alternativa sólo se puede usar en singular, confirmando de nuevo el carácter alternante de la paalabra), para que la viñeta conserve su intención reivindicativa pero no su aspecto violento. Una es que los policías digan lo mismo pero el muchacho esté leyendo el libro sentado en una silla en medio de la calle o apoyado en una farola; otra es que el muchacho entregue el libro a los policías y ellos retrocedan asustados; también podría verse el libro en la calle y a los policías retrocediendo como si se tratara de una bomba a punto de estallar (aquí tendríamos un libro que es confundido con un arma, pero que no es usado como un arma, lo que es un importante diferencia).

En fin, todo lo que sea no asociar un libro a la violencia, no convertirlo en una respuesta violenta, en un arma arrojadiza… contra la violencia. Ya sé que, por fortuna, los partidarios de emplear la violencia son una minoría, pero si el signo de los tiempos se expresa en símbolos (espero que no sea así y que no todo sea tan simple), prefiero aquellos manifestantes que entregaban flores o besaban a los policías que a quienes proponen arrojarles libros, insultarlos, llamarles asesinos o, de una manera que esconde un clasismo evidente, calificarlos de analfabetos.

Preferiría que en vez de lanzar libros o flores como piedras o burlarse de la incultura real o supuesta de los policías, les regalasen un libro o una flor y que en vez de incitar sus peores instintos intentaran más bien mitigarlos.

Allen Ginsberg

 

Quizá sea interesante aquí recordar como nació el movimiento de las flores en Estados Unidos, el Flower Power de los años 60. Sucedió en noviembre de 1965, cuando el Movimiento por la Libertad de Expresión, que protestaba contra la guerra de Vietnam, preguntó al poeta Allen Ginsberg cómo podían enfrentarse a los militaristas, y en especial a los motoristas llamados los Ángeles del Infierno, partidarios de la guerra, que amenazaban e intimidaban siempre a los manifestantes contrarios a la guerra. Ginsberg respondió:

“Toneladas de flores, un espectáculo visual, en especial en primera línea. Pueden usarse para construir barricadas, para entregarlas a los Ángeles del Infierno, a los policías, a la prensa y a los espectadores en cualquier momento”.

El movimiento pacifista adoptó las recomendaciones de Ginsberg, que, aunque parezca asombroso, funcionaron. Años después, en efecto, la guerra de Vietnam terminó, en gran parte gracias al movimiento que se inició con las flores de Ginsberg, al que no se pudo desactivar acusándolo de violento.

Prefiero, en definitiva, estas flores de 1967…

George Harris pone una flor en el cañón de un fusil (1967)

Jane Rose Kasmir ofrece flores a los soldados (1967)

 

…a estas otras de 2012:

Ilustración de Bansky

 

 


[Publicado el 4 de abril de 2012 en Divertinajes]

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POLÍTICA

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Armas de destrucción masiva

Cuando en el artículo Entre el corazón y el cerebro visitaron esta página algunos de los mayores asesinos de masas del siglo 20 (Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot), me pregunté si esos cuatro personajes actuaron movidos por el cerebro y la razón o por el corazón o la pasión.

Sin embargo, no es necesario reflexionar mucho para darse cuenta de qué existe algo que tenían en común los cuatro: una poderosa y elaborada ideología. No eran vulgares asesinos que se limitaran a matar porque sí, por capricho, sino que lo hacían desde las alturas de un edificio teórico con firmes cimientos. Todos ellos, además, escribieron libros: Hitler, Mi lucha (Mein Kampf); Mao, unos cuantos, aunque el más conocido es el llamado Libro Rojo; Stalin, varias decenas y Pol Pot, que yo sepa, al menos el llamado Pequeño Libro Rojo o Los dichos de Angkor.

El tomo 6 de las obras de Stalin

Detrás de las acciones de estos hombres había una ideología y una teoría claramente estructurada. Todos ellos son cercanos o lejanos descendientes del creador del fascismo moderno, Benito Mussolini, otro poderoso teórico ya desde sus tiempos de periodista. Casi todos ellos, quizá con la excepción de Hitler, siguieron los consejos aprendidos en los libros de  Lenin. Un ejemplo de Pol Pot: “Si la vieja sociedad está enferma, hazle tomar una dosis de medicina Lenin” (Los dichos de Angkor)

Ya sabemos qué tipo de medicina es esa: el terror de masas, que Pol Pot llevó al extremo, exterminando a una cuarta parte de la población camboyana.


Los dichos de Angkor

En definitiva, los crímenes de estos hombres nunca fueron injustificados, sino plena y conscientemente justificados. Justificados por su ideología.

La ideología, como se ve, puede llegar a ser un arma de destrucción masiva, que permite multiplicar el asesinato hasta extremos insospechados. Sin ideología es mucho más difícil matar, al menos en cantidades industriales. Si un desquiciado cualquiera dice que quiere matar a los del pueblo de al lado simplemente porque le apetece, no es probable que logre convencer a muchas personas para que arriesguen su vida. Si les promete que matar a sus vecinos les hará ricos, ya tiene más posibilidades, o si les dice que sus vecinos quieren matarlos a ellos. El hambre, la codicia y el miedo han sido el origen de muchas guerras y explican los movimientos de pueblos como los turcos, los tártaros, los mongoles, los germanos o los eslavos, que cayeron sobre China, Persia, Roma o Bizancio, llevados por el deseo de arrebatar a los pueblos más sedentarios y desarrollados sus riquezas, o de conseguir alimento en épocas de hambruna.

La juventud estalinista

Pero cuando el miedo, el hambre o la codicia no son  asfixiantes, no resulta tan fácil convencer a la gente para hacer la guerra y justificar el asesinato de los enemigos. ¿Cómo se puede seguir matando cuando un país vive en una cierta prosperidad, como la Alemania hitleriana, o cuando ya se carece de enemigo exterior y de lo que se trata es de asentarse en el poder, como sucedía en la China o la Unión Soviética de los años 50? En tales situaciones, todavía puede sobrevivir un resto de odio, pero el odio es más efectivo cuando es galvanizado por una ideología que nos permite distinguir fácilmente entre “nosotros” y los “otros”, entre los nuestros y los enemigos.

Detrás de las acciones de estos hombres había una ideología y una teoría estructurada Clic para tuitearEmpleo aquí la palabra ideología en un sentido amplio, porque no todas las épocas han sido tan ideológicas desde el punto de vista político como el siglo XX. Ideología es también la religión, ya sea la que justifica las conquistas musulmanas de medio mundo por Mahoma o la de una religión en su origen tan pacífica como el cristianismo, en cuyo nombre no sólo se creó  la Inquisición, sino que se persiguió y asesinó durante siglos a todo el que no compartiera esas ideas, ya fueran cátaros, albigenses, judíos, musulmanes, indígenas de América, Asia o África (y también de Europa en época romana y medieval) o incluso indiferentes.

En el siglo XX esas ideas de identidad se combinaron con el nacionalismo pasional, es decir, con el rechazo más o menos espontáneo hacia el otro que sienten casi todos los pueblos. En algunos casos, el nacionalismo por sí solo fue suficiente para incendiar países, como en Japón o Hungría; en otros casos, nacionalismo e ideología se aliaron, como en la China maoísta o la Alemania hitleriana; en otros lugares, la ideología tuvo un papel dominante, como en la Unión Soviética de Lenin y Stalin. Lo más frecuente, sin embargo, fue una mezcla de ambas cosas, porque es difícil ser nacionalista sin adoptar algún rasgo ideológico (por ejemplo, el lograr ser inmune al razonamiento de que todos los seres humanos somos iguales) y es también bastante difícil que una ideología no se contamine de alguna manera de cierto nacionalismo, algo que incluso se puede detectar en el carácter eminentemente ruso de la antigua Unión Soviética. El nacionalismo, podemos suponer, es básicamente una emoción (aunque una emoción aprendida), mientras que la ideología está más cerca de nuestra parte racional. La combinación de ambos elementos resulta explosiva.

También contribuyó a la barbarie, desde el punto de vista racional y científico, la ciencia, cuando las ideas darwinianas se deformaron y se convirtió la supervivencia del más apto en la del más fuerte, e incluso en la del más cruel. Se apeló, de nuevo en una mezcla de cerebro y corazón,  a la idea de que existen razas superiores e inferiores, a pesar de que la biología más bien demostraba que sólo existe una raza humana, , al menos desde que se extinguieron los neandertales y otras especies de homínidos. Por último, para completar el edificio teórico de la ideología que justifica el asesinato de los otros, se retorció la teoría económica y política hasta que se logró justificar absurdos como que para acabar con la dictadura o con la explotación captalista había que implantar otra dictadura, la “del proletariado”. Millones de personas repitieron este nuevo mantra, que legitimaba regímenes tiránicos que no se habían visto en nuestro planeta quizá desde la época de los asirios o de las épocas más oscuras de la persecución religiosa llevada a cabo por la Iglesia cristiana. El marxismo, que había nacido para acabar con los regímenes despóticos, se convirtió en el más efectivo justificante para el despotismo. Por causa de las ideas y de las ideologías, se mató a millones de personas en el siglo XX. Gracias también a las ideologías millones de personas miraron hacia otro lado para no ver los crímenes cometidos por los “suyos”.

El libro rojo de Mao

Si el lector duda del poder de la ideología como atenuante para el crimen, puede intentar recordar si él mismo no ha considerado alguna vez que un crimen era menos crimen porque se cometió en nombre de un ideal que él comparte.

El artista chino Ai Weiwei es muy consciente del poder que tiene la ideología como adormecedor de la conciencia y por eso, cuando le preguntaron sí su protesta contra la censura y la represión del gobierno chino tenía un trasfondo ideológico, respondió:

“Yo intento hablar sobre temas claros. Nunca, sobre ideología abstracta, porque la ideología es algo muy simple, sobre la cual no hay nada que hablar. Pero cuando se tratan asuntos concretos, se ve mejor lo que es correcto o erróneo”.

La única modesta lección que podemos extraer de todo esto, de todo el horror que nos ha legado el siglo XX, es que, cuando nos encontremos ante la vida y la muerte, cuando nos enfrentemos a la disyuntiva de justificar o no la muerte, la tortura, el asesinato y el abuso, es imprescindible que nos olvidemos por un momento de nuestra ideología y que nunca la usemos para justificar el crimen.


[Publicado el 1 de marzo de 2012 en Divertinajes]

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Entre el corazón y el cerebro

Actuar siguiendo los dictados del cerebro o los del corazón es una dicotomía a la que recurren muchas personas.

Por “corazón” hay que entender “emoción”, “sentimientos”, “sensibilidad”. Es una metáfora clásica esta del corazón, aunque no está claro que sea la más adecuada, porque el corazón se caracteriza por acelerarse o detenerse en ciertas situaciones, pero tiene menos matices emocionales y mucha menos sensibilidad que el estómago o el esfínter. Sin embargo, tanto la imaginación popular como la más selecta han elegido siempre el corazón como sede de la emoción.

Las personas que defienden el uso del corazón en nuestro actuar dicen que los partidarios de la “fría razón” (ya sabemos que el corazón es “caliente”) pueden cometer todo tipo de crueldades y crímenes, que son capaces de matar sin temblar y sin sentir. Para demostrarlo recuerdan que los psicópatas carecen de empatía y sentimientos.

Desde el otro lado, los partidarios de la razón replican que quienes apelan continuamente al corazón se dejan llevar por impulsos incontrolados, por pasiones irreflexivas que les conducen, en el ardor de su emoción, a justificar o cometer cualquier crimen, sin detenerse ni por un momento a pensar si es correcto o justo lo que están haciendo. Los sentimientos de amor de los partidarios del corazón son poderosos, pero los de odio también son poderosos y a menudo, demasiado a menudo, el amor acaba por convertirse en odio con la misma pasión y la misma ceguera.

Mi opinión es que tienen razón los dos bandos y que se pueden encontrar infinidad de ejemplos que prueban las acusaciones mutuas de unos y de otros. Cuando examinamos la generosa galería de criminales que nos ofrece la historia, hay muchos  personajes que no está claro si pertenecen al mundo del caliente corazón o al mundo del frío cerebro. Detengámonos un instante en los que con muchas probabilidades fueron los cuatro mayores asesinos de masas del siglo XX: Mao Zedong, Stalin, Hitler y Pol Pot. Si el lector cree que he olvidado alguno, puede añadirlo a la lista: no sería difícil porque en el siglo XX casi cada país del mundo ofrece uno o varios candidatos a este título. Por eso, no es extraño que un asesino modesto como Monsieur Verdoux dijera en 1947 que era un verdadero despiste considerar el peor asesino del mundo a alguien que, como él, había matado a cinco o diez personas.

Imagen de previsualización de YouTube

Pues bien, pensemos en los cuatro asesinos de masas antes mencionados (dos de ellos ya habían actuado o todavía estaban en activo cuando Chaplin hizo la película).

¿A qué categoría de la dicotomía corazón/cerebro pertenecía cada una de estas personas, responsables no de seis, siete o sesenta muertes, sino de millones de asesinatos? ¿Actuaban siguiendo los dictados de la razón o los del corazón?

Podríamos, ciertamente, pensar, que les movía un frío cálculo, una simple suma de beneficios y perjuicios. Si pensamos en Mao Zedong o en su primer inspirador, Lenin (que no tuvo tiempo para igualar a los otros cuatro), todo nos hace sospechar que así era. Cuando Lenin exigía de manera enérgica que se empleará el terror de masas, cuesta imaginar que de verdad estuviera furioso, que se dejara llevar por el corazón:

“Camarada Zinoviev, acabamos de saber que los obreros de Petrogrado deseaban responder mediante el terror de masas al asesinato del camarada Volodarsky y que usted los ha frenado. ¡Protesto enérgicamente! Estamos comprometidos: impulsamos el terror de masas en las resoluciones del sóviet. ¡Es i-nad-mi-si-ble! Los terroristas van a considerar que somos unos locos blandengues. Resulta indispensable estimular la energía y el carácter de masas del terror dirigido contra los contrarrevolucionarios, especialmente en Petrogrado, cuyo ejemplo es decisivo. Saludos, Lenin”.

Detrás de una apariencia pasional, de ese “i-nad-mi-si-ble” que tanto debió asustar a Zonoviev, se detecta con claridad un cálculo frío acerca de los beneficios de emplear el terror como instrumento político.

Lo mismo parece suceder con afirmaciones de Mao Zedong como: “Un poco de terror siempre es necesario” o «La mitad de China puede morirse si a cambio conseguimos la bomba atómica».

Pol Pot, según parece, tampoco se dejaba llevar por el corazón, o al menos por un ardor pasional, cuando preparaba el exterminio de su pueblo o la indicación de que cada camboyano debía matar a 30 vietnamitas. Según cuenta Norodom Sihanuk:

“Su carisma no se manifestaba de manera violenta o en un estilo dramático, sino más bien a través de una suave y gentil manera de hablar que llevaba a una intensa seducción”.

Sihanouk añadía que “Pol Pot trajo a su mente el recuerdo de un ruiseñor, que seducía a sus víctimas con sus maneras y suave voz.”

En el caso de Hitler y de Stalin, por el contrario, es fácil imaginarlos dominados por el corazón, por pasiones irrefrenables, con estallidos de ira como la célebre escena de Hitler con su alto estado mayor tantas veces parodiada en vídeos de Internet. Da la impresión de que su ambición política esconde cuestiones más emocionales, frustraciones,  odios difíciles de reprimir, traumas no resueltos. Para ser sincero, no estoy muy seguro de que esta descripción sea aplicable a Stalin, quien suele aparecer siempre tranquilo y sereno en todas sus fotografías. Ahora bien, lo más probable es que no sólo el de Stalin, sino todos los retratos anteriores sean sólo caricaturas. La personalidad de esos cuatro asesinos de masas tal vez no puede reducirse a la dicotomía entre razón y emoción, cerebro y corazón, porque esa distinción quizá sea falsa en esencia, como intentaré mostrar en otro momento.

De todos modos, más allá de los cuatro nombres mencionados, de esos cuatro personajes a los que nos gusta considerar locos para así sentirlos como una anomalía y no identificarnos con ellos, hay que recordar que había cientos de funcionarios, miles de cómplices y millones de personas que, a veces con la razón y a veces con la emoción, no sólo soportaban sus crímenes, sino que los justificaron durante años o décadas. La verdadera tragedia no es que personas como esas alcancen el poder, sino que personas como nosotros lleguemos a apoyarlos y justificarlos. Quizá lo que sucede, en definitiva, es que no somos tan diferentes de ellos.


NOTA EN 2016: la razonable e ingeniosa defensa de Monsiur Verdoux ha tenido en ocasiones un efecto sin duda no deseado por Chaplin: muchas personas justifican cualquier crimen y a cualquier criminal por comparación con otros peores: “Como Fulano cometió crímenes peores, los crímenes de Zutano no son un crimen”. Pero conviene no olvidar que Verdoux es un asesino y que las mujeres a las que asesinó no están menos muertas… aunque haya criminales peores que Verdoux. El que existan mayores criminales que Verdoux no significa que él no lo sea. Podemos lamentarnos de la injusticia de no juzgar a esos otros criminales, pero eso no implica que no debamos juzgar a Verdoux. Es un argumento que se usa a menudo para no reconocer los crímenes del propio bando recordando los que cometió el bando contrario.


[Publicado el 23 de febrero de 2012 en Divertinajes]