Héroes trágicos o victoriosos

Tal vez sea una comparación superficial, pero al leer en Beijing un libro sobre la ascensión del confucianismo a ideología del estado chino, se me ocurrió comparar a algunos héroes culturales/religiosos occidentales y occidentales y encontré que en Occidente son trágicos, mientras que en Oriente no parece ser así:

 

 

Algunos héroes occidentales:

Jesucristo

Sócrates

César

Séneca

Los cuatro mueren de manera trágica, dos asesinados, otros dos obligados al suicidio.

Algunos héroes orientales

Buda

Confucio

Lao Zi

Zhuang zi

Todos mueren en la ancianidad, por causas naturales.

Se me dirá que Jesucristo es oriental.

Sí, es cierto, si consideramos oriente Israel y Palestina, pero su éxito lo ha tenido en Occidente.

De hecho, quizá habría que incluir gran parte de la actual Turquía en Occidente, al menos hasta la caída del Imperio Romano de Occidente, y a una parte sustancial todavía hasta un siglo antes de la caída de Bizancio en 1453. No olvidemos, de todos modos, que Bizancio en rigor no era el Imperio Romano de Oriente, sino la parte oriental del Imperio Romano.

La cuestión, en cualquier caso, no es que en Occidente o en Oriente haya más o menos héroes trágicos o mártires, sino el que esos héroes sean tomados en cuenta o no, y que pervivan en la memoria como ejemplos que se mencionan en libros y discursos.

Naturalmente, enseguida se nos vienen a la cabeza excepciones en uno u otro lado, como Mahoma, que no es trágico (y sin embargo si lo es el chísmo persa de Alí, más oriental).

Probablemente ambas tendencias (héroes trágicos y héroes triunfadores) se dan en cualquier cultura, pero algunas, como la judía, promocionan especialmente a los trágicos : no sólo héroes, sino acontecimientos como la destrucción del templo o la resistencia de Masada.

En España podemos encontrar esa dualidad en personajes como los Reyes Católicos y hasta cierto punto Colón, frente a tragedias como las de Numancia, Viriato y quizá El Cid.

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[Publicado el 25 de marzo de 2010]

NOTA EN 2012

Se trata sólo de un apunte apresurado y sin duda muy discutible (o no): habría que examinar a fondo el asunto. Quizá sea interesante también comparar los desenlaces del cine comercial de Hollywood (generalmente alegres o positivos) con los del cine europeo (más frecuentemente trágicos o tristes).

En cualquier caso, se trata más de una cuestión relacionada con la mitología o la sociología que con la historia propiamente dicha.

Originally posted 2010-03-25 12:30:45.

El punto ciego

Daniel Goleman se refiere en El punto ciego a una zona de sombra que nos afecta a todos. Un punto ciego, un vacío que carece de existencia.

Tú también puedes descubrir ese punto ciego en tu sistema perceptivo con un sencillo experimento. Basta con que tapes tu ojo izquierdo y después fijes la mirada en el rombo negro. A continuación, debes alejar o acercar la cabeza, sin dejar de mirar fijamente el rombo.

Descubrirás que a una cierta distancia, tal vez unos 40 o 50 centímetros, el círculo negro desaparece. Es asombroso, pero nos sucede a todos los seres humanos.

La explicación de esta ceguera parcial es que la retina está conectada al cerebro por medio del nervio óptico y que el punto en el que se unen retina y nervio óptico carece de células fotosensibles. Es un punto ciego.

Esta curiosidad fisiológica la aplica Goleman a la psicología: el punto ciego no sólo afecta a nuestra percepción de los objetos, sino también a nuestra percepción de los demás y de nosotros mismos. Un ejemplo es cuando una familia deja de percibir y de reaccionar en su vida cotidiana ante un hecho devastador que les afecta a todos. El dramaturgo noruego Heinrik Ibsen trató en varias de sus obras lo que él llamaba “mentiras vitales”, que permiten a una pareja o a una familia negar la existencia de algo que podría destruir su relación. Uno de las situaciones de ceguera parcial más asombrosa es la violación de los hijos en el hogar familiar, algo que a veces es conocido por todos los miembros de la familia, pero que jamás se menciona, fingiendo todos, día tras día, que son una familia como cualquier otra.

Ese punto ciego no sólo es perceptivo y emocional, sino también moral, ético e incluso político. Existen ciertos asuntos en los que nuestros juicios acerca del bien y el mal, de lo moral y lo inmoral, de la justicia y el crimen, dejan de funcionar de manera coherente, puntos ciegos en nuestra percepción moral y política.

Bertrand Russell nos enseñó una manera de prevenir esos puntos ciegos mediante el razonamiento lógico. Es cierto, como el propio Russell señaló más de una vez, que la lógica no puede solucionarlo todo, pero sí puede ayudarnos a percibir muchos de nuestros errores y de nuestros prejuicios.

Un buen método consiste en sustituir a los protagonistas de nuestros dilemas morales por simples elementos lógicos, entes abstractos como “A”, “B”  y “C”.

De este modo, podemos formular la siguiente afirmación:

1.”La pena de muerte es un crimen”

y a continuación, concluir con toda lógica:

2. “Si A ordena que se aplique la pena de muerte a B, entonces A es un criminal”.

 

Una vez que ya sabemos que de la frase 1 se sigue la conclusión de la frase 2 (A es un criminal”), ya podemos sustituir el ente indefinido “A” por cualquier persona que haya ordenado aplicar la pena de muerte a alguien.

Es decir, podemos sustituir la letra “A” por: “Francisco Franco”, que reinstauró con carácter pleno la pena de muerte en España en 1938

O podemos sustituir “A” por “Ernesto Che Guevara”, que aplicó la pena de muerte en Cuba cuando ya había triunfado la revolución y el nuevo régimen había sido instaurado.

O podemos sustituir la “A” por “Bill Clinton”, que negó el indulto a varios condenados a muerte cuando era gobernador de Arkansas.

O podemos sustituir la “A” por “Maximilien Robespierre”, quien, a pesar de defender públicamente la abolición de la pena de muerte, ordenó todas cuantas pudo, desde la del rey Luis XIV hasta la del Marqués de Sade, que se libró porque el propio Robespierre fue guillotinado poco antes de la fecha que esperaba al divino marqués.

Cuando empleamos el método de Russell para analizar dilemas morales nos damos cuenta de que muchas de nuestras actitudes y reacciones morales o políticas no sólo no son razonables, sino que ni siquiera son coherentes. Con un poco de suerte, si además de aplicar la lógica somos capaces de ser honestos, lo más probable es que derribemos a ciertos ídolos de sus pedestales.

Russell demostró a lo largo de su vida que era capaz de aplicar esta lógica moral, y que podía mantener y defender sus convicciones morales en circunstancias y situaciones donde la mayoría se extraviaba. Lo hizo, todavía muy joven, cuando defendió el sufragio femenino, en contra de la opinión mayoritaria de sus contemporáneos; o cuando defendió el pacifismo durante la Primera Guerra Mundial y acabó en la cárcel; o cuando visitó la Unión Soviética y, tras observar lo que estaba sucediendo y entrevistarse con Lenin, mostró de manera pública su repulsa a lo que había visto allí, aunque ese le costara enfrentarse a muchos de sus antiguos amigos comunista. Volvió a demostrar esa coherencia lógico-moral cuando, en los años 60, creó el Tribunal Russell contra los crímenes de guerra de Estados Unidos en Vietnam,pero  al mismo tiempo condenó el encierro en un gulag de Alexander Solzhenitsyn en la Unión Soviética; o cuando fue encarcelado de nuevo, a los 90 años, por su apoyo a la desobediencia civil y el desarme nuclear.

Sospecho que quizá algunos lectores, ante ciertos ejemplos de este artículo, han dado un respingo y rápidamente han encontrado un argumento que les ha permitido negarse a admitir la existencia del punto ciego en sus juicios políticos. En realidad, no resulta demasiado difícil encontrar excusas, vías de escape que nos impidan admitir lo inadmisible, y justificar a Franco, al Che Guevara, a Clinton o a Robespierre. La explicación de este mecanismo psicológico es muy sencilla.

En efecto, lo más curioso del punto ciego perceptivo es que, cuando se deja de ver el punto negro de la derecha no lo sustituimos  por la nada o el vacío, sino por una superficie coherente imaginaria.

Es fácil comprobarlo si repetimos el experimento, pero ahora no sobre fondo blanco, sino sobre fondo negro.

Cierra o tapa tu ojo izquierdo. Mira fijamente el rombo y aléjate o acércate a la pantalla o el papel hasta que desaparezca el punto blanco.

¿Verdad que cuando desaparece el punto blanco su espacio es sustituido por una superficie negra? No vemos la nada u otro color cualquiera, sino que rellenamos el hueco perceptual con color negro, como si todo el rectángulo fuera ahora negro. Como es obvio, ese color negro que ocupa el lugar del punto blanco desaparecido, tampoco existe: es una construcción de nuestro cerebro.

Del mismo modo que sucede con nuestra percepción visual, en el terreno de la moral y de la política también rellenamos los puntos ciegos, porque no podemos admitir que existan. Para lograrlo, nos servimos de la ideología, como vimos en Armas de destrucción masiva, de la deshumanización del enemigo (Bichos) o de algo todavía más eficaz: la contextualización. Pero de eso hablaré en otro lugar.


ACLARACIÓN

Quizá deba explicar por qué creo que la pena de muerte es el peor de los crímenes. Lo creo no por que se le aplique o pueda aplicar a un inocente, sino porque se ejerce sobre alguien a quien ya tenemos a nuestra merced y al que matamos a sangre fría. No hay atenuantes para un crimen semejante, como, afortunadamente, se acepta en cada vez más países del mundo, pero que se rechaza todavía en otros, como Estados Unidos, China, Arabia Saudí o Irán (e incluso en España en caso de guerra).

Tal vez el lector no comparte mi opinión. Si ese fuera el caso, puede sustituir la pena de muerte por otro asunto hacia el que sienta repulsión y aplicar la fómula de Russell: sustituir las palabras y los nombres concretos por las letras A, B, C… y entonces opinar con una férrea lógica moral.


[Publicado el 8 de marzo de 2012 en Divertinajes]

Las baldosas del infierno

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Bichos

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Entre el corazón y el cerebro

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Incendio en el museo

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La evolución de las piedras

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Armas de destrucción masiva

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El asco como categoría moral

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La línea de sombra

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El punto ciego

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POLÍTICA

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Originally posted 2016-07-22 16:17:56.

Shakespeare y su época

En 1599. Un año en la vida de Shakespeare, James Shapiro intenta mostrar a Shakespeare en relación con su época, rechazando la frecuente opinión que lo presenta como una especie de milagro, un fenómeno único e inexplicable:

“Sólo recientemente ha empezado a darse un cambio de opinión en contra de la visión de Shakespeare como un poeta que trasciende su época, un poeta que escribió, como dijo Samuel Coleridge, “lo mismo que si fuese de otro planeta”.

Y es verdad que cuando uno se detiene a observar a otros personajes de la época isabelina, se queda asombrado, desde John Donne a la reina Isabel, desde Cornwallis, que escribió unos ensayos montaignescos, al propio Montaigne como influencia (y claro, a Plutarco, hoy injustamente menospreciado, antes que Montaigne); desde la Escuela de la Noche de Walter Raleigh y compañía a John Milton y John Selden (de quien ahora leo sus Charlas de sobremesa con asombro); desde Christopher Marlowe y Ben Jonson a la influencia italiana, francesa y española (incluido el Quijote), etcétera. Shakespeare, tras ver lo que tenía alrededor, puede seguir asombrándonos, pero no resulta inexplicable.

 

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[Publicado el 17 de diciemnre de 2007]

WILLIAM SHAKESPEARE

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Todas las entradas relacionadas con la literatura en…

EL RESTO ES LITERATURA

Originally posted 2012-04-10 05:50:37.

Armas de destrucción masiva

En el artículo Entre el corazón y el cerebro visitaron esta página algunos de los mayores asesinos de masas del siglo XX (Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot). Me pregunté entonces si esos cuatro personajes actuaron movidos por el cerebro y la razón o más bien por el corazón y la pasión.

Como intenté explicar, es difícil entender que alguien pueda convertirse en asesino de masas por un cálculo frío sin que en ello no exista una pasión más o menos oculta. Otro asunto es que esa pasión por la muerte pueda o no disimularse bajo uan apariencia de frialdad o expresarse con entusiasmo.

Sin embargo, no es necesario reflexionar mucho para darse cuenta de qué existe algo que tenían en común los cuatro asesinos de masas del siglo XX: una poderosa y elaborada ideología. No eran vulgares asesinos que se limitaran a matar porque sí, por capricho, sino que lo hacían desde las alturas de un edificio teórico construido con firmes cimientos. Todos ellos, además, escribieron libros: Hitler, Mi lucha (Mein Kampf); Mao, unos cuantos, aunque el más conocido es el llamado Libro Rojo; Stalin, varias decenas de libros que, si no los escribió él, al menos se le atribuyen; y Pol Pot, que yo sepa, al menos el llamado Pequeño Libro Rojo o Los dichos de Angkor.

El tomo 6 de las obras de Stalin

Detrás de las acciones de estos hombres había una ideología y una teoría claramente estructurada. Todos ellos son cercanos o lejanos descendientes del creador del fascismo moderno, Benito Mussolini, otro poderoso teórico ya desde sus tiempos de periodista. Casi todos ellos, quizá con la excepción de Hitler, siguieron los consejos aprendidos en los libros de  Lenin (incluido en este caso Mussolini). Un ejemplo de Pol Pot: “Si la vieja sociedad está enferma, hazle tomar una dosis de medicina Lenin” (Los dichos de Angkor)

Ya sabemos qué tipo de medicina leninista es esa: el terror de masas, que Pol Pot llevó al extremo, exterminando a una cuarta parte de la población camboyana.

Los dichos de Angkor

En definitiva, los crímenes de estos hombres nunca fueron injustificados, sino plena y conscientemente justificados. Justificados por su ideología. Una ideología, en definitiva, que les permitió justificar su acciones.

La ideología, como se ve, puede llegar a ser un arma de destrucción masiva, que permite multiplicar el asesinato hasta extremos insospechados sin sentir remordimientos. Sin ideología es mucho más difícil matar, al menos en cantidades industriales.

Si un desquiciado cualquiera dice que quiere matar a los del pueblo de al lado, simplemente porque le apetece, no es probable que logre convencer a muchas personas para que arriesguen su vida. Si les promete que matar a sus vecinos les hará ricos, ya tiene más posibilidades: si añade que sus vecinos quieren matarlos a ellos, entonces podrá conseguir cómplices entusiastas para sus crímenes. El hambre, la codicia y el miedo han sido el origen de muchas guerras y explican los movimientos de pueblos como los turcos, los tártaros, los mongoles, los germanos o los eslavos, que cayeron sobre China, Persia, Roma o Bizancio, llevados por el deseo de arrebatar a los pueblos más sedentarios y desarrollados sus riquezas, o de conseguir alimento en épocas de hambruna.

La juventud estalinista

Ahora bien, cuando el miedo, el hambre o la codicia no son asfixiantes, no resulta tan fácil convencer a la gente para hacer la guerra o para justificar el asesinato de los enemigos. ¿Cómo se puede seguir matando cuando un país vive en una cierta prosperidad, como la Alemania hitleriana, o cuando ya se carece de enemigo exterior y de lo que se trata es de asentarse en el poder, como sucedía en la China o la Unión Soviética de los años 50? En tales situaciones, todavía puede sobrevivir un resto de odio, pero el odio es más efectivo cuando es galvanizado por una ideología que nos permite distinguir fácilmente entre “nosotros” y los “otros”, entre los nuestros y los enemigos.

Empleo aquí la palabra ideología en un sentido amplio, porque no todas las épocas han sido tan ideológicas desde el punto de vista político como el siglo XX. Ideología, en este sentido, es también la religión, ya sea la que justifica las conquistas musulmanas de medio mundo por Mahoma o la de una religión en su origen tan pacífica como el cristianismo, en cuyo nombre no sólo se creó  la Inquisición, sino que se persiguió y asesinó durante siglos a todo el que no compartiera esas ideas, ya fueran cátaros, albigenses, judíos, musulmanes, indígenas de América, Asia o África (y también de Europa en época romana y medieval) o incluso personas que ni siquiera negaban los dogmas cristianos, sino que simplemente se mantenían indiferentes.

En el siglo XX esas ideas de identidad religiosa o étnica se combinaron con el nacionalismo pasional, es decir, con el rechazo más o menos espontáneo hacia el otro que sienten casi todos los pueblos. En algunos casos, el nacionalismo por sí solo fue suficiente para hacer arder países enteros en el fanatismo, como en Japón o en Hungría; en otros casos, nacionalismo e ideología se aliaron, como en la China maoísta o la Alemania hitleriana; en otros lugares, la ideología tuvo un papel dominante, como en la Unión Soviética de Lenin y Stalin. Lo más frecuente, sin embargo, fue una mezcla de ambas cosas, porque es difícil ser nacionalista sin adoptar algún rasgo ideológico (por ejemplo, hay que lograr ser inmune al razonamiento de que todos los seres humanos somos iguales) y es también bastante difícil que una ideología no se contamine de alguna manera de cierto nacionalismo, algo que incluso se puede detectar en el carácter eminentemente ruso de la antigua Unión Soviética. El nacionalismo, podemos suponer, es básicamente una emoción (aunque una emoción aprendida), mientras que la ideología está más cerca de nuestra parte racional. La combinación de ambos elementos resulta explosiva.

También contribuyó a la barbarie, desde el punto de vista racional y científico, la ciencia, cuando las ideas darwinianas se deformaron y se convirtió la supervivencia del más apto en la del más fuerte, e incluso en la del más cruel. Se apeló, de nuevo en una mezcla de cerebro y corazón,  a la idea de que existen razas superiores e inferiores, a pesar de que la biología más bien demostraba que sólo existe una raza humana, al menos desde que se extinguieron los neandertales y otras especies de homínidos. Por último, para completar el edificio teórico de la ideología que justifica el asesinato de los otros, se retorció la teoría económica y política hasta que se logró justificar absurdos como que para acabar con la dictadura o con la explotación capitalista había que implantar otra dictadura, la “dictadura del proletariado”. Millones de personas repitieron este nuevo mantra, que legitimaba regímenes tiránicos que no se habían visto en nuestro planeta quizá desde la época de los asirios o de las épocas más oscuras de la persecución religiosa llevada a cabo por la Iglesia cristiana. El marxismo, que había nacido para acabar con los regímenes despóticos, se convirtió en el más efectivo justificante para el despotismo.

En definitiva, por causa de las ideas y de las ideologías se mató a millones de personas en el siglo XX. Escudándose también en las ideologías millones de personas miraron hacia otro lado para no ver los crímenes cometidos por los “suyos”.

El libro rojo de Mao

Si el lector duda del poder de la ideología como atenuante para el crimen, puede intentar recordar si él mismo no ha considerado alguna vez que un crimen era menos crimen porque se cometió en nombre de un ideal que él comparte. Si es sincero, se dará cuenta de que lo ha hecho más de una vez.

El artista chino Ai Weiwei es muy consciente del poder que tiene la ideología como adormecedor de la conciencia y por eso, cuando le preguntaron si su protesta contra la censura y la represión del gobierno chino tenía un trasfondo ideológico, respondió:

“Yo intento hablar sobre temas claros. Nunca, sobre ideología abstracta, porque la ideología es algo muy simple, sobre la cual no hay nada que hablar. Pero cuando se tratan asuntos concretos, se ve mejor lo que es correcto o erróneo”.

La única modesta lección que podemos extraer de todo esto, de todo el horror que nos ha legado el siglo XX, es que, cuando nos encontremos ante la vida y la muerte, cuando nos enfrentemos a la disyuntiva de justificar o no la muerte, la tortura, el asesinato y el abuso, es imprescindible que nos olvidemos por un momento de nuestra ideología y que nunca recurramos a ella para justificar el crimen.


[Publicado el 1 de marzo de 2012 en Divertinajes]

[Revisado en 2019]


POLÍTICA

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Originally posted 2016-07-24 00:00:50.

La sociedad abierta de Bertrand Russell

 

He querido combinar en el título de este artículo el concepto de sociedad abierta popularizado por Karl Popper, con la figura de otro filósofo, Bertrand Russell. De este modo aparecen juntos por uan vez uno de los filósofos más importantes del llamado pensamiento conservador o de derechas (Popper), y por el otro lado el filósofo quizá más importante del siglo xx en el terreno progresista o de izquierdas (Russell).

No discutiré aquí lo acertado o erróneo de estas etiquetas, porque mi intención es otra. Quiero mostrar que la distinción entre izquierda y derecha, sea o no válida, es, al menos en un sentido fundamental, mucho menos importante que otro par de opuestos: el que enfrenta a la sociedad abierta con la sociedad cerrada.

Henri Bergson: las sociedades abiertas tienen Gobiernos que son tolerantes y responden a los deseos e inquietudes de la ciudadanía con sistemas políticos transparentes y flexibles. Ni el Gobierno ni la sociedad son autoritarios y el conocimiento común o social pertenece a todos. La libertad y los derechos humanos son el fundamento de la sociedad abierta (Wikipedia).

Karl Popper popularizó y dio nueva vida al concepto  de sociedad abierta propuesto por Henri Bergson, al publicar en 1945 La sociedad abierta y sus enemigos. El concepto puede ser a primera vista difícil de precisar, pero la lectura del libro lo aclara poco a poco, cuando Popper analiza a tres de los pensadores que él considera enemigos de la sociedad abierta: Platón, Hegel y Marx. El libro muestra, y creo que demuestra, la pulsión totalitaria de la República platónica, del Estado de Hegel y de la sociedad Comunista o revolucionaria de Marx.

La sociedad abierta y sus enemigos es una lectura estimulante para cualquier lector, de derechas o de izquierdas, y es una pena que el maniqueísmo que fomenta la popular distinción entre dos bandos irreconciliables (izquierda/derecha) haya hecho que muchas personas no presten atención al libro, debido a que su autor declaró en alguna ocasión su preferencia por los conservadores.Pocos libros se podrán encontrar más elocuentes que el de Popper en la defensa de una sociedad abierta, de la democracia, del estado de derecho, del respeto a los derechos humanos, de la libertad de prensa y de la libertad en general.

Algo semejante le sucede a los lectores de derechas al encontrarse frente a un libro de Bertrand Russell: lo dejan a un lado porque se trata de un autor considerado de izquierdas, defensor (ya en el siglo XIX) del feminismo, el divorcio, el amor libre, la ayuda del estado a los sectores discriminados en la sociedad, y cercano, y en ocasiones votante e incluso candidato, del socialismo o el laborismo británico.

La influencia de Russell fue enorme en el siglo XX y no cabe duda de que sus libros y su actividad política contribuyeron a que la sociedad fuese más justa y más libre. Esta influencia fue especialmente importante entre el sector izquierdista, ya que ofreció una alternativa al marxismo dominante y al apoyo explícito a los crímenes del estalinismo y el maoísmo que mostraron pensadores de izquierdas como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y muchos otros. El contrapeso que pensadores como Bertrand Russell supusieron para que la izquierda no quedara por completo sumida en el dogmático marxismo-leninismo-maoísmo, fue fundamental. Desde esa izquierda se prestaba poca o ninguna atención a quienes denunciaban los crímenes pero eran conservadores, como el propio Popper, Raymond Aron, Jean François Revel, Isaiah Berlin, Joseph Schumpeter y tantos otros pensadores extraordinarios que eran ninguneados y acusados de fascistas o peligrosos derechistas, cuando no eran ni una ni otra cosa. Como mucho, eran de derechas, sin más, pero para cierta izquierda estaba, y aún parece estar prohibido, ser de derechas. Uno se pregunta en qué consiste entonces la democracia: ¿en elegir entre diversas variantes de la izquierda?

Karl Popper, por Fernando Vicente

Por su parte, Karl Popper, desde el otro lado, además de sus excelentes contribuciones a la filosofía de la historia y a la filosofía de la ciencia, hizo también una contribución semejante a la de Russell en el terreno político. Convenció a muchos conservadores de que no todo es válido en la confrontación ideológica, señaló la falibilidad de nuestras ideas y el deber que tenemos de someterlas a prueba y aceptar los resultados, insistió en la inmensa importancia de la tolerancia intelectual, en el respeto a las reglas del juego de la democracia y del estado de derecho. Es una gran contribución porque también había, y sigue habiendo, personas de derechas que consideran que ser de izquierdas es pecado.

Karl Popper dijo en varias ocasiones que Bertrand Russell era probablemente el filósofo del que más había aprendido, con la excepción de Hayek y quizá Tarsky.

Bertrand Russell y Karl Popper, cada uno desde un lugar diferente del espectro político, coincidían en que, aunque nos cueste ponernos de acuerdo en cómo organizar la sociedad o en el papel que debe jugar el estado en el terreno económico y otras cuestiones fundamentales, al menos sí podemos ponernos de acuerdo en que debemos aceptar el desacuerdo, en que el mejor sistema que se ha inventado para mantener ese desacuerdo en límites tolerables es la imperfecta democracia, y en que una de las mayores virtudes de ese sistema democrático consiste en permitir el libre juego de la disensión y hacer posible el reemplazo de quienes ocupan el poder sin necesidad de violencia y muerte. Debemos aceptar que gobiernen los que no piensan como nosotros, del mismo modo que ellos deben aceptar que gobiernen los que sí piensan como nosotros, no solo por respeto a las reglas democráticas, sino porque debemos tener la humildad de pensar que también podemos equivocarnos: ¿y si son ellos los que tienen razón? Cualquiera que examine las ideas que ha sostenido la izquierda y la derecha en los últimos cien años, descubrirá que la derecha de ahora acepta ideas que a sus abuelos de derechas les habrían parecido puro pensamiento revolucionario, mientras que la izquierda por su parte acepta ideas que a sus abuelos izquierdistas les habrían parecido puro pensamiento reaccionario. La pureza ideológica casi nunca tiene que ver con un examen racional de la situación, sino más bien con pensar “lo que toca pensar”, sin más reflexión. Por eso, Popper también añadía como característica de la sociedad abierta la racionalidad y la búsqueda de una verdad no sometida a los intereses de la ideología.

Bertrand Russell consideró que La sociedad abierta y sus enemigos era una crítica acertada y devastadora de Platón, Hegel y Marx.

Cualquiera de ellos, Russell o Popper, habría podido combatir con ardor las ideas del otro, y en alguna ocasión lo hicieron, como cuento al final de este artículo en “Dialogar a golpes de atizador”, pero también habría aceptado la victoria de sus ideas en unas elecciones libres, algo que cierta izquierda no aceptó durante décadas, del mismo modo que tampoco lo hizo cierta derecha. Los dos, en definitiva, defendían una sociedad libre y abierta, lo que no es una garantía para una sociedad justa, por supuesto, pero es sin duda el mejor sistema para enfrentar las diferentes ideas acerca de esa sociedad justa. Lo que es seguro es que una sociedad cerrada que prohíbe la libertad de prensa y de opinión, que coacciona a los otros poderes del estado, como los jueces o la prensa, o que promueve la división social creando bandos irreconciliables, es siempre sinónimo de una sociedad injusta y muchas veces el camino directo a la tiranía.

Me parece que en momentos como este, en el que nuevos partidos y movimientos cuestionan, desde la derecha y desde la izquierda, los elementos que caracterizan una sociedad abierta, y que recuperan un discurso intolerante y propio de tiempos infames que parecían olvidados, que señalan amenazadoramente a quienes piensan de manera diferente, o que insinúan que su llegada al poder les permitirá cambiar las reglas básicas de la convivencia democrática, es más necesario que nunca garantizar que esos elementos serán respetados, sean cuales sean los resultados de la confrontación de ideas políticas. Es un buen momento, en definitiva, para recordar a pensadores como Russell o Popper, que no coincidían en muchas cosas pero sí en las reglas imprescindibles del combate político e intelectual, esas reglas que evitan que la emoción sustituya a la razón y que la confrontación política se transforme en abuso y represión y conduzca de nuevo a la sociedad cerrada.

DIALOGAR A GOLPES DE ATIZADOR

Sucedió el viernes 25 de octubre de 1946 en el Club de las Ciencias Morales de Cambridge durante una charla de Karl Popper titulada “¿Existen realmente problemas filosóficos?”. A la reunión asistieron el filósofo Ludwig Wittgenstein, entonces en su momento de mayor celebridad, Bertrand Russell y el propio Popper, como es obvio. Aunque existen diferentes versiones del acontecimiento y se han escrito ensayos y novelas enteros acerca de aquella noche filosófica, parece que mientras Popper defendía la idea de que sí existen problemas filosóficos, Wittgenstein jugaba con el  atizador de la chimenea, que al parecer estaba al rojo vivo, como el propio filósofo, que lo agitaba “como la batuta de un director de orquesta para subrayar enfáticamente sus afirmaciones”. En un momento dado, Wittgenstein desafió a Popper a que propusiera un verdadero ejemplo de principio moral, al mismo tiempo que agitaba el atizador frente al rostro de su rival. Popper respondió: “No amenazar con un atizador a los profesores visitantes”. Según algunas versiones, Wittgenstein se encolerizó, arrojó el atizador al suelo y se marchó. Según otra versión, antes de que eso sucediera, fue Bertrand Russell quien se interpuso y exclamó: “¡Wittgenstein, suelte de una vez ese atizador!”. En cualquier caso, Wittgenstein se marchó dando un portazo. En días posteriores, Popper escribió a Russell agradeciéndole que interviniera en su defensa, y Russell respondió: “Me quedé muy sorprendido por la falta de buenos modales que parecía impregnar la discusión en un lugar como Cambridge. En Wittgenstein eso era previsible, pero lamenté que algunos de los asistentes siguieran su ejemplo”. La causa, sin duda, era el estilo wittgenstiano, más cercano a las maneras de un gurú que a las de un pensador dispuesto a cambiar de idea si le ofrecen buenas razones.


Un ensayo dedicado íntegramente a la discusión Popper-Wittgenstein: Wittgenstein’s Poker: The history of a Ten-Minute Argument Between Two Great Philosophers, de David J.Edmonds y John A.Eidinow


POLÍTICA

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Originally posted 2017-04-23 14:40:19.

Explicar y justificar: Isaiah Berlin

Isaiah-Berlin_MILIMA20160219_0218_30Isaiah Berlin critica, en términos muy similares a los que empleé en La comprensión no implica justificación moral la equivalencia que algunos establecen entre explicar y justificar.

Lo hace, por ejemplo, E.H.Carr, con su malicia habitual, mediante una frase alambicada en la que da a entender que Berlin se opone a algo tan elemental como que se pida “un mayor esfuerzo de comprensión”:

“Sir Isaiah hace a un lado lo que el llama “la petición moderna de un mayor esfuerzo de comprensión… basándose en que quienes hacen esta petición están envueltos en la falacia de que “explicar es comprender y comprender es justificar”.

ehcarr

E.H.Carr

Tras este ataque tan burdo, incluso con ese recurso nada inocente del “Sir” para referirse a Berlin, Carr añade que entonces no hay que buscar trasfondos sociales ni económicos… para no exponerse a justificar a Hitler.

La respuesta de Berlin es elocuente y elegante:

“Si el señor Carr supone que niego la proposición de que “entenderlo todo es perdonarlo todo” está, una vez más, en lo cierto. Pero si infiere de esto que los historiadores no deberían, según mi forma de ver las cosas, usar todos sus poderes para comprender y explicar los actos humanos, entonces, ciertamente, está equivocado… 

La tarea de los historiadores es comprender y explicar; están equivocados solamente si creen que explicar es ipso facto justificar o exculpar. Esta tautología no necesitaría ser mencionada si no fuera por la tendencia de ciertos historiadores modernos, en su comprensible reacción contra juicios morales superficiales, arrogantes, o filisteos (y contra la ignorancia o el descuido de las causas sociales y económicas) a caer en el extremo opuesto: la exoneración total de todos los actores de la historia por ser producto de fuerzas impersonales que se encuentran más allá del control humano consciente.”

Mi posición, en esta cuestión, coincide con la de Berlin. Precisamente hablaba de esto hace unos días con Ana M…, que se declaraba relativista cultural, mientras que yo intentaba distinguir una tercera vía diferente tanto del etnocentrismo como del relativismo. Se puede añadir, por otra parte, que si mediante la explicación justificamos los actos del pasado, lo mismo harán en el futuro con nuestros propios actos, con lo que toda crítica se hace imposible.


Las citas son del libro de Ved Metha La mosca en el frasco)


Escrito antes de 1994. Publicado en 1994


POLÍTICA

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Originally posted 1994-12-04 12:02:53.

La evolución de las piedras

Hace unos cuantos años empecé un proyecto con un extraño nombre “El pensamiento noALT”.

__¿Qué quiere decir noALT?

__Quiere decir no alternante.

__¿Y qué quiere decir no alternante?

__Se refiere a una manera de pensar que no intenta explicar el mundo a partir de alternativas excluyentes, que rechaza las dicotomías dogmáticas y el maniqueísmo que divide todo en blanco o negro.

La manera en la que el pensamiento alternante o dogmático contempla la realidad se muestra en este gráfico:

Daniel Tubau - Pensamiento alternante
La realidad vista por el pensamiento alternante

A partir de la distinción entre Nosotros/Ellos, lo Uno/lo Otro, los amigos/los enemigos, a muchas personas les resulta muy fácil moverse por el mundo, porque en realidad se mueven por un universo alternante, en el que ya han elegido en qué lado están y no necesitan seguir pensando.

Ahora bien, existen algunas reglas básicas que pueden ser de mucha utilidad en caso de duda:

Daniel Tubau - Reglas del pensamiento alternante

Puedes ver estos y otros gráficos del pensamiento alternante en: Cómo funciona el pensamiento alternante 

Hay varias razones que explican por qué elegí la denominación ” pensamiento alternante”  en vez de “pensamiento alternativo”, puesto que, al fin y al cabo, se trata de dividir el mundo en alternativas. Pensé que era mejor usar una expresión tan rara como alternante para evitar que se produjera una confusión  con el llamado “pensamiento alternativo”, que se sitúa en unas coordenadas ideológicas muy definidas (en el terreno político de la izquierda), por lo que defender el pensamiento “no alternativo” podría ser considerado como una declaración de preferencias derechista. Es decir, si yo emplease “pensamiento alternativo”, eso podría activar de manera automática el pensamiento alternante “Izquierda/Derecha”.

No cabe duda, por otra parte, de que gran parte de eso que se llama pensamiento alternativo es un pensamiento muy alternante, puesto que divide el mundo entre Nosotros (lo alternativo) y Los Otros (todo lo demás, lo viejo y lo caduco).

Pero de eso hablaré en otra ocasión.

Alfred Korzybski

Alfred Korzybski

La expresión “NoALT” o “No Alternante” contiene también una pequeña broma, un homenaje a la “Teoría no A”, creada por un pensador que aparece casi siempre en las enciclopedias de la extravagancia y no en las de la filosofía, Alfred Korzybski.

Korzybski creó en el siglo XX una nueva ciencia, arte o disciplina filosófica llamada Semántica General, que pretendía demostrar que los seres humanos somos víctimas del lenguaje. Según él, el lenguaje nos condiciona hasta tal punto que mediante la reforma del lenguaje se podría reformar el pensamiento. No sé por qué los defensores del lenguaje políticamente correcto no lo consideran uno de sus precursores.

Korzybski también afirmaba que el principio de identidad aristotélico, que dice que “una cosa es esa cosa”, puede causarnos ciertos problemas. “No A” significaba para Korzybski “no aristotélico”. Frente al principio de identidad de Aristóteles que dice que “A es A”. Korzysky, en consecuencia, dice que “A no es A”.

Los libros de Korzybski influyeron en autores de ciencia ficción como Philip K.Dick o A.E.Van Vogt, que escribió El mundo de los No A y Los jugadores de No A, donde expuso las teorías de Korzybski en una novela muy entretenida e interesante.

Vuelvo al pensamiento no alternante, que es un homenaje al NO A pero que no es lo mismo.

El pensamiento no alternante rechaza que toda nuestra vida intelectual, moral, ideológica y política deba construirse mediante alternativas excluyentes.

El pensamiento no alternante afirma que a veces, quizá muchas veces, tal vez casi siempre, existe un término medio o una tercera opción que nos permite escapar del enfrentamiento dogmático y maniqueo.

Dediqué uno de los capítulos de La página noALT a la evolución de las piedras.

Ahora, en 2012, la actualidad me ha proporcionado una conclusión inesperada, que he añadido como última imagen:


La última imagen, la de un estudiante lanzando un libro a la policía como quien lanza una piedra, se ha popularizado en los últimos meses (2012) en redes sociales como Facebook y en manifestaciones y publicaciones de todo tipo. Hay que reconocer que es ingeniosa, y desde aquí felicito al autor, pero, aunque me parece estupendo que los estudiantes se manifiesten con libros en la mano como una reivindicación de la cultura y contra los recortes a la educación pública, no me gusta que se empleen los libros como armas arrojadizas.

Entiendo el chiste, pero, incluso a pesar de que sé que los libros no siempre sirven para mejorar la sociedad (Literatura mortal y otros libros que matan) se me ocurren pocas cosas peores que usarlos como si fueran piedras. Más que una muestra de las virtudes de los libros es un ejemplo de que los libros pueden no servir para nada cuando su usuario no sabe cómo se usan.

Se me ocurren varias posibilidades. No diré alternativas, que es lo que me gusta decir, porque una novia me enseñó que alternativa sólo se puede usar en singular, confirmando de nuevo el carácter alternante de la palabra. Pues eso, se me ocurren algunas alternativas posibilidades para que la viñeta conserve su intención reivindicativa pero no su aspecto violento.

La primera es que los policías digan lo mismo pero el muchacho esté leyendo el libro sentado en una silla en medio de la calle, o apoyado en una farola.

Otra es que el muchacho entregue el libro a los policías y ellos retrocedan asustados.

También podría verse el libro en la calle y a los policías retrocediendo como si se tratara de una bomba a punto de estallar: así tendríamos un libro que es confundido con un arma, pero que no es usado como un arma, lo que es un importante diferencia.

En fin, todo lo que sea no asociar un libro a la violencia, no convertirlo en una respuesta violenta o en un arma arrojadiza… contra la violencia.

Ya sé que, por fortuna, los partidarios de emplear la violencia son una minoría, pero si el signo de los tiempos se expresa en símbolos y lemas simplistas, prefiero a aquellos manifestantes que entregaban flores o besaban a los policías y no a quienes proponen arrojarles libros, insultarlos, llamarles asesinos o, de una manera que esconde un clasismo evidente, calificarlos de analfabetos.

Preferiría que en vez de lanzar libros o flores como piedras o burlarse de la incultura real o supuesta de los policías, les regalasen un libro o una flor y que en vez de incitar sus peores instintos intentaran más bien mitigarlos.

Allen Ginsberg

Quizá sea interesante aquí recordar cómo nació el movimiento de las flores en Estados Unidos, el Flower Power de los años 60.

Sucedió en noviembre de 1965, cuando el Movimiento por la Libertad de Expresión, que protestaba contra la guerra de Vietnam, preguntó al poeta Allen Ginsberg cómo podían enfrentarse a los militaristas, y en especial a los motoristas llamados los Ángeles del Infierno, partidarios de la guerra, que amenazaban e intimidaban siempre a los manifestantes contrarios a la guerra. Ginsberg respondió:

“Toneladas de flores, un espectáculo visual, en especial en primera línea. Pueden usarse para construir barricadas, para entregarlas a los Ángeles del Infierno, a los policías, a la prensa y a los espectadores en cualquier momento”.

El movimiento pacifista adoptó las recomendaciones de Ginsberg y, aunque parezca asombroso, funcionaron. Años después, la guerra de Vietnam terminó, en gran parte gracias al movimiento que se inició con las flores de Ginsberg, al que no se pudo desactivar acusándolo de violento.

Prefiero, en definitiva, estas flores a cara descubierta de 1967…

George Harris pone una flor en el cañón de un fusil (1967)

Jane Rose Kasmir ofrece flores a los soldados (1967)

 

…a estas otras de 2012:

Ilustración de Bansky

 


[Publicado el 4 de abril de 2012 en Divertinajes. Revisado en 2019]


POLÍTICA

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Originally posted 2016-07-28 12:01:13.

El análisis premortem de Washington Irving Bishop


Todo el mundo ha oído hablar del análisis postmortem, un trabajo de forenses que aparece una y otra vez en todo tipo de series de televisión y en novelas policíacas. Pero pocos conocen el análisis premortem. No se trata, como puede parecer a primera vista, de una autopsia practicada a alguien que todavía está vivo, aunque según parece eso ha sucedido más de una vez. En otra ocasión hablaré del verdadero análisis premortem, un método que se emplea para evaluar proyectos, pero ahora permitid que os cuente uno de esos casos de autopsia premortem, la de un hombre llamado Washington Irving Bishop, que al parecer era nieto del justamente célebre narrador Washington Irving.


Cartel de promoción de Bishop

Bishop nació en 1856. Sus padres eran espiritistas practicantes, que transmitieron a su hijo la afición de hablar con el más allá. Sin embargo, tras unos años durante los que se dedicó a fingir, como sin duda habían hecho  sus padres, que creía en la comunicación con los muertos, Bishop decidió denunciar públicamente los métodos de sus colegas, como la medium Anna Eva Fay. De crédulo y farsante pasó a ser honrado denunciador de las mentiras espiritistas.

Años después  se produjo un nuevo cambio en la vida de Bishop, tal vez causado por necesidades económicas, que le llevaron a plantearse si valía la pena volver a engañar a los crédulos que pueblan el mundo, pues, como dijo Barnum, a cada minuto nace un tonto. Bishop empezó entonces a hacerse conocido por sus lecturas de las mentes ajenas y como un gran experto en lectura muscular, que consiste en vendarse los ojos y adivinar el pensamiento de otra persona, tan solo tocando su mano.

Pero las actuaciones de Bishop a veces contaban con un espectacular ingrediente adicional, que no era responsabilidad suya, al menos no de manera consciente, porque ese aliciente extra consistía en que el Bishop caía en un trance que le hacía perder la conciencia y quedarse como muerto en el escenario. Al cabo de un tiempo, eso sí, regresaba a la vida. Ese número especial, ese momento único y asombroso, como he dicho, no estaba incluido en el espectáculo, sino que era provocado de manera siempre imprevisible e inesperada por una enfermedad cataléptica que padecía Bishop. Ahora bien, para evitar que alguien creyera que estaba realmente muerto, Bishop había avisado a sus allegados y llevaba siempre en la chaqueta un papel en el que se advertía de sus trances catalépticos. De este modo, cuando era presa de uno de sus trances, simplemente había que esperar a que saliera de él de manera natural.

El lector ya puede imaginar el desenlace de esta historia, aunque le daré algunos detalles. Sucedió un 12 de mayo de 1889 en el Lamb’s Club de Nueva York. Bishop realizó su espectáculo de lectura muscular y de repente cayó al suelo, como derribado por un rayo. Tras unos minutos, se recuperó del trance cataléptico y pudo continuar el espectáculo. Sin embargo, poco después sufrió otro ataque, y en este caso la recuperación no llegó. Aunque los cronistas que he podido consultar no lo cuentan, se supone que el público acabó por abandonar el club y que Bishop fue llevado a otro lugar, hasta que alguien decidió que aquel hombre estaba definitivamente muerto. El asunto no se habría convertido en trágico si los doctores hubieran leído el dichoso papelito, en el que se advertía que en ningún caso debía practicarse una autopsia al medium.

Cuando la mujer de Bishop acudió a la funeraria, descubrió que a su marido le había sido practicada una autopsia y que incluso se le había extraído el cerebro, que por alguna razón nunca explicada, había sido guardado dentro de su cavidad torácica. Según todos los indicios, cuando todo eso sucedió Bishop todavía estaba vivo.


Bishop definitivamente muerto

Así que el de Bishop fue una análisis premortem, aunque no tan terrible como el que leí en un comic de terror durante la adolescencia, en el que el cataléptico se despertaba en el preciso instante en que la sangre de su cuerpo era sustituida por cera o algún líquido fijador. También Hitchcock realizó un capítulo con un argumento similar para su serie de televisión. Como es obvio, la influencia detrás de estos relatos es Edgar Allan Poe y su cuento El entierro prematuro.

Por cierto, cuando leí durante la adolescencia El entierro prematuro decidí dar a mis familiares y amigos la instrucción de que a mi muerte no me enterraran “hasta que oliera”, es decir, hasta que la putrefacción fuera evidente, o bien, que me cortaran el dedo gordo de una mano, lo que, al parecer, puede demostrar que no estás definitivamente muerto. En una ocasión me entrevistaron en un programa de televisión dedicado a últimas voluntades extravagantes (“El programa de Ana”, presentado por Ana García Lozano) y conté este último deseo mío. Fue muy divertido.

Mike Hills: Autopsia de Frankenstein

 Pero, como dije al principio, estos análisis premortem no son lo que verdaderamente se conoce por este nombre, pero ya es demasiado tarde para explicarlo aquí, así que lo dejo para la un próximo artículo. Si la catalepsia o algo peor no me lo impide, claro.

Ver Gary Klein, analista premortem

[Publicado el 8 de mayo de 2012 en Divertinajes]


HISTORIA

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Originally posted 2013-05-08 09:59:12.

La comprensión no implica justificación moral

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El historiador Taylor cuenta a Ved Metha en La mosca en el frasco:

“Cuando juzgo -tal vez esta es una forma errónea de proceder para un historiador- cuando juzgo los sucesos del pasado, trato de hacerlo tomando en cuenta la moralidad existente entonces, no la mía”.

Esta es una opinión con la que es tan fácil estar de acuerdo como en desacuerdo.

Es evidente que hay que intentar conocer la moralidad de “entonces” y las razones que impulsaron a cada persona en cada época a actuar de una u otra manera. Pero de ahí se pasa muy fácilmente a la justificación, cosa con la que no estoy de acuerdo.

Es decir, no creo que la explicación de un acto del pasado sea equivalente a justificación. Un acto no pierde o gana moralidad porque sea cometido más allá o más acá de determinadas fronteras temporales o espaciales.

Es cierto, sin embargo, que si en una determinada sociedad es común considerar como normal la esclavitud, resulta muy difícil que un ciudadano de tal comunidad sea capaz de percibir que la esclavitud es deleznable, pues le parecerá algo sencillamente natural. Eso no implica que la esclavitud se convierta en algo estupendo contemplado por el historiador que mira desde los parámetros de esa cultura. Podemos juzgar con menos dureza a un esclavista griego del siglo -VIII que a uno del siglo -V, pero no podemos considerar que el del siglo -VIII era un persona moralmente estupenda, cosa que sí opinaría al menos yo, si se tratase de un antiesclavista del siglo -VIII. Dicho de otra manera, quizá en algunos casos podemos calificar de morales o justos ciertos actos dentro de un contexto histórico, aunque no sea tan fácil a veces calificar de inmorales o injustos otros en ese mismo concepto histórico. Digamos, por ejemplo, que alguien, como Platón en el siglo -IV o Li Zhi hacia el año 1600 dijeran que se debe educar tanto a los hombres como a las mujeres. Esas dos opiniones tienen un gran valor ético, moral y social, un valoir incluso doble por haber sido expresadas en un conntexto en el que estaba extendida la idea de que las mujeres no debían acceder a la educación.

En cualqueir caso, el hecho de que conozcamos por qué la gente actuó de esta o de aquella manera, y que intentemos explicarlo, es muy  distinto del hecho de que al hacerlo justifiquemos desde un punto de vista moral sus actos. Por otra parte, a menudo sucede que se considera como definitorio de una época lo que los poderosos de esa época o lugar preferían y es frecuente que se presente las culturas como todos coherentes, como conjuntos sin partes, ni disidencias. Pero eso está muy lejos de la realidad. No me extenderé más aquí sobre este tema.


NOTA en diciembre de 1994
La ecuación explicación=justificación, lleva a una curiosa paradoja. Este razonamiento se aplica cuando se estudia una cultura ajena, espacial o temporalmente. Pero, de ser cierta tal teoría, tampoco podemos juzgar con equidad a nuestros contemporáneos, puesto que en cuanto hayan pasado cien años, la descripción o explicación de sus actos servirá para justificarlos.
Ahora bien, además de esto: ¿servirá también la explicación de mis actos combatiendo esos actos que se han explicado/justificado para, a su vez, justificar los míos? Dos paradojas por el precio de una.
Si se prosigue este análisis, y ya me imagino las razones que esgrimirán los justificacionistas, se llega a dejar esa teoría vacía de contenido, pero no me ocuparé aquí de ello. Por otra parte, cuando se habla de la moralidad de una época, se habla de los testimonios conservados de esa época acerca de la moralidad, que, salvo raras excepciones y por razones bastante evidentes, suelen coincidir con las ideas de los poderosos.

NOTA en 2016
Con mucha razón, Carr ha sido criticado, incluso por los historiadores rusos después de 1989, por presentar en su historia de la Unión Soviética los hechos desde el punto de vista de Lenin y Stalin. Y lo hizo precisamente recurriendo al argumento de que había que describir y explicar las cosas en su contexto.


[Escrito antes de 1994. Publicado el 4 de junio de 1994. Revisado también en 2019]


POLÍTICA

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Originally posted 2016-04-22 16:40:54.

Razón y emoción

¿Dónde está la frontera que separa la razón de la emoción? Los escritores africanos reivindican la emoción frente a la razón -dice Caranci-, acusando a los europeos de dar mas importancia a la razón.

Este reproche, por supuesto, notiene sentido más que en algún aspecto muy limitado, ya que los europeos a lo largo de su historia no se caracterizan precisamente por anteponer la razón a la emoción, sino más bien al contrario (como los propios africanos han tenido ocasión de comprobar).

¿Existe, pues, una frontera clara que separe la razón de la emoción?

¿Existe una frontera clara que separe el mytos del logos?  Yo no la veo.

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aq00

Tal vez Caranci usa emoción como sinónimo de “sentimiento mágico de la existencia” y razón en el sentido de “ciencia”.

Originally posted 1983-08-12 00:00:51.