La doble función de las máscaras
ESCRITO EN EL CIELO ~3

Avión volando de Madrid a París.

[Jueves 5 de diciembre de 1997]

 

En la Enciclopedia Británica se añaden algunas cosas interesantes acerca de las máscaras. Por ejemplo, se señala la doble función de toda máscara. Por un lado oculta, esconde el rostro de su propietario; por otro, muestra, enseña a los demás el rostro que su propietario quiere tener.

Se me ocurre que hay situaciones en las que se hallan presentes ambas funciones, mientras que en otras circunstancias sólo aparece la primera función o la segunda.

En ciertas ceremonias parece buscarse más el ocultamiento que la manifestación. La ocultación permite la impunidad y en algunos ritos que desencadenan la violencia, la máscara, es cierto, sirve para ocultar, pero, al mismo tiempo, convierte a su propietario de algún modo en aquello que representa: tigre, águila, demonio… Y, por tanto, le permite comportarse como tales seres. Eso parece suceder en los ritos de la formación de los guerreros (conocidos en antropología como manneburde) y también en las locuras orgiásticas e incluso sangrientas de las ménades, los sátiros y los silenos de Dionisio, que es, no hay que olvidarlo, “el dios enmascarado”.

También, por supuesto, hay que pensar en los niños de la célebre novela de William Golding, El Señor de las Moscas: las máscaras que se pintan sobre la cara o fabrican con materiales toscos ocultan sus rostros aunque no sus identidades, puesto que todos se conocen, lo que parece demostrar que en estos casos es más importante que la ocultación la función de manifestación que les otorga la máscara: les convierte y trasforma en eso que la máscara representa.

La función de ocultamiento de las máscaras parece predominar, sin embargo, en los carnavales.

Es cierto que llevar máscara en las fechas de los carnavales es lo mismo que anunciar a los cuatro vientos las intenciones de transgresión de su portador (que no necesariamente se cumplen), y también lo es que a menudo la elección de una máscara en el carnaval indica todavía con más precisión esas intenciones, a veces por inversión: vestirse de monja puede ser más perverso que hacerlo de diablesa. Sin embargo, insisto en que, a pesar de todo lo anterior, resulta más importante el ocultamiento que la manifestación en los carnavales.

Es algo que se ve con bastante claridad en las Memorias de Casanova, cuando las diversas máscaras se escudan en el anonimato para hacer lo que no harían si supieran quienes son aquellas personas. Y, claro, la máscara del carnaval no es sólo la máscara, sino el disfraz completo, que oculta mucho mejor.


2011

Sin duda se podría establecer una relación entre lo comentado aquí y la célebre opinión de Kierkegaard: “La estética exige el ocultamiento y lo recompensa, mientras que la ética exige la manifestación”, o algo parecido.

Originally posted 1997-12-05 12:00:35.

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El enigmático William Smullyan

Willyan Smullyan es un arquitecto al que se menciona en Recuerdos de la era analógica. En una reseña del libro, Agatha hablaba de la torre de Smullyan como metáfora de mi libro:

“Recuerdos de la era analógica es un libro muy ambicioso que ofrece continuas vueltas de tuerca sobre temas tan controvertidos o candentes como la identidad, la realidad virtual o las diversas dicotomías que han hecho correr ríos de tinta a la filosofía, la ciencia, el arte, la literatura o el universo controvertido de las lexías y sus significados: mortalidad-inmortalidad; la realidad y su autoflagelación; el concepto de belleza, implícito en el estudio de las disciplinas artísticas y sus mutaciones; la distinción entre conceptos y cosas, similar a la polivalencia que sentimos al observar el edificio construido por William Smullyan formado por miles de cristales microscópicos, etc.”
(Agatha en una recensión acerca de Recuerdos de la era analógica)

 

William Smullyan

La cita al edificio de William Smullyan demuestra una lectura realmente atenta del libro y es especialmente significativa para mí porque esconde un pequeño secreto, un error relacionado con el cuento del que la cita ha sido extraída: La identidad.

Según confiesan los antólogos del siglo 25, a los que se debe la recopilación Recuerdos de la era analógica, ellos no lograron encontrar La identidad al rastrear la Arqueo_red, sino que solo obtuvieron algunas capturas de pantalla de la vieja librería Amazon. Hay que suponer que esas capturas de pantalla fueron tomadas por algún pirata informático que quería descargarse el libro, capturando las páginas que Amazon ofrece gratis, para luego escanearlas con un programa de reconocimiento de texto.

La captura de pantalla en la que se ve el libro La identidad, tal como estuvo o estará alguna vez en Amazon. Esta y otras capturas semejantes es lo que encontraron los antólogos del siglo 25.

Nada es lo que es, el problema de la identidad publicado en 2012 por la editorial Devenir

Pues bien, ahora puedo decir, en tanto que autor de la edición del siglo XXI, que La identidad era uno de los textos fundamentales de Recuerdos de la era analógica, pero que se hizo tan largo (unas 60 páginas), que decidí quitarlo y sustituirlo por esas capturas de Amazon.

Con aquellas 60 páginas del cuento “La identidad”, escribí un libro de más de 200, (que es el que los antólogos no logran encontrar), que se publicó en septiembre de 2011 con el título Nada es lo que es, el problema de la identidad, en la editorial Devenir (el libro también ganó el premio de ensayo Ciudad de Valencia). En 2019 o 2020 aparecerá una edición revisada y aumentada de Nada es lo que es, que tal vez tenga como nuevo título Los problemas de la identidad.

El índice de La Identidad, en la captura de Amazon encontrada en el futuro.

Como es obvio, La identidad, tal como aparecerá en Amazon en el futuro, y Nada es lo que es, tal como es en el presente, no son exactamente el mismo libro. Por otra parte, tampoco los antólogos son capaces de descifrar correctamente la información que obtienen con las capturas de Amazon.

Al leer el índice de capítulos, por ejemplo, hacen algunas deducciones erróneas, pero a veces más interesantes que las verdaderas, que no revelaré aquí. Tan sólo diré que se equivocan al creer que el capítulo que se titula “La torre de Smullyan” tiene relación con el arquitecto William Smullyan. Quienes hayan leído Nada es lo que es saben por qué.

(2019: ahora puedo decir que el Smullyan al que se refiere el índice encontrado en esa captura de Amazon, no es William, sino Raymond. Raymond Smullyan, el célebre lógico estadounidense muerto recientemente. Y la torre de Smullyan no es un edificio, sino una pieza de ajedrez).

En definitiva, la relación entre La identidad y Nada es lo que es puede considerarse un ejemplo de eso que tan bien señala Agatha:

“Todos estos textos anclados en el pasado se mueven en el terreno incierto de las elucubraciones resbaladizas, de ahí el continuo vaivén de comentarios que pretenden ahondar en su procedencia o datación, las erratas encontradas en sus suposiciones, el antiguo lenguaje empleado  (findelmilenio) y las lagunas que plantean los propios documentos reelaborados a partir de otros.”

No deja de ser una paradoja, por otra parte, que el texto que más ha cambiado de todos los que se incluyen en Recuerdos de la era analógica sea precisamente La identidad.


Recuerdos de la era analógica,
una antología del futuro
Editorial Evohé

Libro electrónico (ebook) en Editorial Evohé
Libro en papel en Editorial Evohé

 

*******

[Publicado el 6 de septiembre de 2011. Revisado en diciembre de 2012, y en 2019]


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

LIBROS PUBLICADOS

 

Originally posted 2012-12-01 12:09:45.

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La pistola

Óscar estaba en la cola del supermercado cuando vio en la cámara del circuito cerrado de televisión que una pistola apuntaba a la cabeza de uno de los clientes. No pudo reprimir un movimiento involuntario de sus cejas, que se elevaron por el asombro. Quiso avisar a aquél hombre del peligro, pero entonces vio en el monitor que el cliente amenazado también alzaba las cejas, y se dio cuenta de que la cabeza hacia la que apuntaba la pistola era su propia cabeza. Un segundo antes de que la bala saliera disparada contra su cráneo, supo que la mano que apretaba el gatillo también era la suya.


 [Escrito en 2007]



NOTA EN 2009

Una noticia me sorprende por dos motivos, porque es sorprendente en sí misma y por su semejanza con este microcuento que escribí hace dos años. Esta fue la noticia:

Enlace donde lo cuentan: El policía que se confundió a sí mismo con un ladrón

 


RELATOS


 

Originally posted 2012-12-01 12:09:45.

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“Luz”, de Bronislav Deresz, y los cuadrados negros de Malevich

Luz
Bronislav Deresz
(1903, óleo sobre madera)

 Aunque algunos confundirán la obra de Deresz con aventuras vanguardistas como las de Malevich y sus cuadros negros, y aunque hay que reconocer que el resultado es semejante a primera vista, la elaboración de ambas obras y sus presupuestos de partida son completamente diferentes.

Malevich-Black-Square

“Cuadrado negro”, de Vladimir Malevich

En primer lugar, hay que recordar que el polaco Deresz se anticipó en más de diez años al ruso Malevich. Su carácter de pionero es indudable, porque no es lo mismo descubrir un territorio que recorrerlo cuando ya ha sido descubierto.

Lo que en Deresz fue un descubrimiento, en otros, como Malevich o Rothko, es un regreso, cuando no un homenaje. Al menos a primera vista, porque enseguida veremos que Deresz y Malevich nunca pintaron lo mismo.

Por otra parte, Deresz no pretendió con “Luz”, como han sostenido algunos críticos, hacer una propuesta vanguardista al estilo de Malevich, lo que sería extraño en alguien no solo ajeno sino hostil a las vanguardias:

“La verdadera diferencia entre la vanguardia y la tradición consiste en que los vanguardistas han encontrado en sus teorías una excusa para huir del trabajo real y escapar al deber de perfeccionamiento que debe ser la guía de todo verdadero artista.”
                              (Deresz, Diario de un artista anacrónico)

El origen de “Luz”, por tanto, se halla, más que en consideraciones como las anteriores, en el interés que este pintor, y luego fotógrafo y cineasta, siempre sintió hacia las propiedades del color.

 

La génesis de “Luz”

Deresz comenzó por preguntarse qué sucedería si colocase su lienzo en un lugar cualquiera (la ventana de su estudio), si eligiese un encuadre (la calle de enfrente vista desde un determinado punto de vista) y si se dedicase a traspasar al lienzo todo lo que pasara por ese encuadre imaginario durante 72 horas seguidas. Ello le obligaría a superponer uno tras otro decenas de colores: el gris del traje de un funcionario de correos que atraviesa la calle, el vestido rojo de una prostituta apoyada contra la pared por la noche, el blanco de la bata de una enfermera, el marrón y el cobrizo de los caballos, los primeros coches de motor… Los mil colores de todas las personas y cosas que atravesaran ese encuadre en tres días con sus noches, las sombras nocturnas, la luz de las farolas. Como es sabido, la suma de todos esos colores, o simplemente la de los tres colores primarios, da como resultado el negro, así que el resultado final era en cierto modo previsible.

La anterior es  la explicación intuitiva que muchos expertos han repetido durante décadas para explicar la obra y las intenciones de Deresz, aunque ya veremos que las cosas no resultan ni mucho menos tan sencillas y que aún quedan muchas preguntas sin responder.

 

¿Por qué Deresz llamó “Luz” a su obra?

¿Por qué no llamar al cuadro “Oscuridad” o “Negrura”, un título que parece mucho más apropiado a lo que el lienzo muestra?.

Deresz nunca respondió a esta pregunta, pero los críticos se han apresurado a dictaminar que se llama “Luz” porque sin la luz Deresz no habría podido pintar su obra. La luz le resultó indispensable para ver todos esos colores que, superpuestos e inevitablemente mezclados en la húmeda pintura al óleo, se transformaron primero en una masa parduzca y luego en una superficie completamente negra. Si Deresz hubiese pintado en la oscuridad absoluta, el resultado habría sido el mismo, un lienzo negro, pero Deresz no habría pintado lo que veía, sino lo que no veía. Tampoco habría usado los mismos colores, sino quizá tan sólo el negro y algunos leves matices de gris, ocre o azul. De ahí, concluyen, que el lienzo se llame “Luz”.

La explicación es ingeniosa y al mismo tiempo completamente inútil, no porque no logre solucionar el dilema, sino porque lo soluciona demasiado bien. Si Deresz hubiese llamado a su cuadro “Oscuridad”, la explicación de los expertos apenas tendría que modificarse: bastaría con pontificar que aunque Deresz pintó a la luz del día, lo que le interesaba era lo que no veía, es decir, la oscuridad, aludiendo a cualquier motivo real o imaginario. Pero el tiempo de las explicaciones que retuercen la interpretación de cualquier cosa, jugando con los opuestos y las contradicciones, ya ha pasado. Hoy el arte y sus degustadores exigen más rigor, más investigación y más sensatez.

 

Malevich y Deresz

Cuando en 1915 se propuso a Deresz que su cuadro se exhibiera en “0.10: Última Exposición Futurista”, junto al “Cuadrado Negro” de Malevich, el polaco se negó. Fue la segunda afrenta que recibió en aquella exposición Malevich, pues ya anteriormente Tatlin se había negado a que sus contrarrelieves compartieran las mismas paredes que las de esos “trabajos de aficionados”. En el caso de Deresz, se creyó entonces que su negativa se debía a un sentimiento nacionalista, para evitar colaborar con la Rusia zarista.

0.10 la última exposición futurista, que dio origen al suprematismo. Esquina con las obras de Malevich y, presidiendo a todas ("como un icono ruso") su Cuadrado Negro.

“0.10 La última exposición futurista”, que dio origen al suprematismo. En esta esquina están las obras de Malevich y, presidiendo a todas ellas (“como un icono ruso”), su Cuadrado Negro.

Así que, como se ve, no hay más semejanza entre Luz y los cuadrados negros de Malevich que el hecho de que en ambos caso se muestra una superficie negra.  Tras esa semejanza trivial se ocultan muchos prejuicios. El primero consiste en considerar que, por ser negros, los dos cuadros son iguales. Si trasponemos ese tipo de ideas al terreno humano, bastaría con recordar que en la mal llamada “raza” negra o melanoderma, mayoritaria en el África subsahariana, hay más variedad genética que la que existe entre blancos (leucodermos), amarillos (xantodermos) y los propios negros. En definitiva, existen más diferencias entre los negros de África que en todo el planeta.

"Rojo", de Malevich

“Rojo”, de Malevich

No está de más recordar que también Deresz coincidió aparentemente con Malevich al pintar en 1919 su cuadro “Rojos”, que ha sido comparado con el “Cuadrado rojo” de Malevich (que en este caso sí se anticipó a Deresz).  La obra del polaco se ha interpretado como una muestra de simpatía hacia la revolución Soviética, pero también como una crítica, ya que en “Rojos” Deresz ofrece una sutilísima graduación que se mueve entre los 630 y los 640 nanómetros. La pluralidad que expresa el título es indistinguible para el ojo humano, pero está ahí aunque no la veamos, lo que podría expresar la idea de que incluso en lo que parece idéntico, en la unanimidad impuesta por un régimen totalitario, existen diferencias. Sería, en uno u otro caso, una postura muy diferente a la de Malevich, quien siempre negó que su cuadrado rojo tuviera connotaciones políticas.

La gran paradoja que queremos señalar aquí es que, en lo que se refiere a cuadros y pinturas negras como las de Malevich, Rothko o  Deresz, es posible hablar de un mismo efecto que es resultado de distintas causas, pues las obras de estos artistas no comparten ninguna de las cuatro causas aristotélicas.

"Tríptico", de Mark Rothko

“Tríptico”, de Mark Rothko

 

Un mismo efecto y distintas causas

Recordemos las cuatro causas aristotélicas, que sirven para definir qué es una cosa, cuál es su identidad, aquello que la hace diferente y única. Aristóteles proponía, precisamente, el ejemplo de una obra de arte, una estatua.

Las cuatro causas aristotélicas

Las cuatro causas aristotélicas

La causa eficiente o motriz: la razón o el creador que ha hecho posible la estatua, por ejemplo, el escultor.

La causa final: la razón por la que ha sido hecha la estatua: por ejemplo, para adornar un templo.

causa material: aquello de que está hecho la estatua, por ejemplo, de bronce o de mármol.

causa formal: la forma misma de la estatua.

 1. La causa eficiente en Deresz y Malevich

Como es obvio, Malevich no pintó “Luz” y Deresz no pintó el “Cuadrado negro” de Malevich, así que la causa eficiente, en este caso el pintor, es diferente. Más adelante se verá que en cierto modo Malevich ni siquiera pintó lo que la historia le ha atribuido, pero esa, en este momento, es una cuestión subsidiaria, lo importante es que las dos obras no fueron creadas por un mismo artista.

 

2. La causa final en Deresz y Malevich

Edición rusa de Del cubismo y el futurismo al suprematismo, de Malevich

Edición rusa de Del cubismo y el futurismo al suprematismo, de Malevich

Las razones y objetivos que llevaron a Malevich a pintar sus cuadrados, y posteriormente su círculo negro, son completamente diferentes. Como es sabido, Malevich pretendía no sólo superar el cubismo y el futurismo, sino alcanzar un nuevo realismo, como él mismo dejó bien claro en su manifiesto suprematista Del cubismo al suprematismo en arte, el nuevo realismo de la pintura en tanto que creación absoluta (después llamado: Del cubismo y el futurismo al suprematismo. El nuevo realismo pictórico).

Siguiendo algunas tendencias del cubismo, y a Fernad Leger cuando declaró que el valor de una obra de arte es completamente independiente de la imitación, Malevich persigue un realismo pictórico que surge de la combinación de líneas, formas y colores. El artista, al contrario que lo que propone la mímesis aristotélica o la imitación platónica de lo ideal, crea sus propias leyes. El arte se justifica a sí mismo y por sí mismo. Deresz quiere imitar la realidad exterior, y además someterse a la realidad de una pintura fresca que se empasta y mezcla. Por el contrario, Malevich no mira hacia afuera, sino hacia el interior, porque para él el suprematismo es la supremacía del sentimiento puro:

“Ahora que el arte, gracias al suprematismo, ha llegado a su propio ser (esto es, ha logrado su forma pura, sin utilidad) y ha reconocido la inefabilidad del sentimiento no-objetivo, está intentando construir un auténtico orden mundial, una nueva filosofía de la vida. Reconoce la no objetividad del universo, y ya no se preocupa por ilustrar la historia de las costumbres”.

Por tanto, al examinar esta segunda causa, a primera vista parece existir cierta cercanía entre los dos artistas en su búsqueda del realismo, pero hay que tener en cuenta que Malevich encuentra el realismo pictórico en las formas puras, mientras que Deresz pinta la naturaleza que ve ahí afuera. El cuadrado de Deresz es la suma de la observación continuada de una realidad cambiante.

 

3. La causa formal en Comparación entre Deresz y Malevich

A pesar de las diferencias hasta ahora mencionadas, Serge Fauchereau, ha señalado algunos aspectos curiosísimos del “Cuadrado negro” de Malevich que lo acercan a Deresz.

En primer lugar, que no se trata de un cuadrado, sino de un cuadrángulo, como con toda propiedad lo llamaba el propio Malevich. Durante décadas se ha mantenido este equívoco imperdonable en las historias del arte, que ha dado lugar a todo tipo de teorías acerca de las formas básicas de la naturaleza y del arte, pero debemos insistir en que Malevich no pintó un cuadrado, sino una figura de cuatro lados no paralelos y de diferente longitud en vertical y horizontal:

 «Se podría invocar una justificación científica de la distorsión del cuadrado y es el hecho de que nuestra percepción deforma la realidad. Es justamente el ejemplo de una forma la que utilizó Severini en su Du cubisme au classicisme (1921): “Para que el cuadrado nos llegue perfectamente cuadrado hace falta, según Helmhotz, que su altura sea más pequeña que su anchura en 1/40, y así ocurre con todas las figuras que trazamos sobre la tela, pues no hay que olvidar que no sólo la realidad exterior llega deformada a nuestros ojos, sino también las realidades que representamos sobre la tela (Écrits sur l’art)”
                   [en Malevich, por Serge  Fauchereau]»

En efecto, como sugieren Severini y Fauchereau, para que un cuadrado nos parezca cuadrado no debe ser cuadrado. Es un descubrimiento que ya hizo Francis Penrose cuando intentó descubrir el secreto de la perfección griega mediante el examen del templo considerado la síntesis del equilibrio, el Partenón de Atenas, diseñado por los arquitectos Ictino y Calícrates y supervisado por Fidias. Tras más de cincuenta años de estudio, Penrose obtuvo un resultado sorprendente:

“Causó el más grande estupor en la época romántica al declarar el arquitecto inglés Penrose sus resultados al medir el Partenón con instrumentos modernos. Todas las líneas del templo tenían inflexiones y desviaciones… las columnas no estaban a plomo sino ligeramente inclinadas, los frisos de las fachadas tenían líneas que no eran horizontales, sino curvas.”
(J.F. Rafols,
Historia del arte griego)

El templo que siempre había sido admirado y elogiado por el equilibrio de sus líneas y lo elegante de sus proporciones resultó estar lleno de desviaciones y desigualdades, ¿cómo era posible? La respuesta era más asombrosa que el hecho mismo, porque esas extrañas medidas no eran fruto del error o el descuido, sino que eran premeditadas y servían para contrarrestar efectos de óptica y de perspectiva,  para que lo inclinado apareciera vertical y lo curvo como recto para el espectador:

“Esta es sin duda una hermosa paradoja y una muestra indudable del genio griego: si las columnas del Partenón hubiesen sido rectas, no habrían parecido rectas, sino cóncavas.”
(Daniel Tubau, 
Defensa perfecta de la imperfección)

Malevich, que tal vez conocía las conclusiones de Penrose, también convirtió su cuadrado en un cuadrángulo de lados no paralelos para ofrecer una verdad perceptiva frente a una verdad formal.

partenon
No acaba aquí el asunto. Además de no ser un cuadrado sino un cuadrángulo, tampoco se trata de un cuadrángulo pintado sobre un fondo blanco, sino que es un fondo negro delimitado por un borde  blanco. Malevich, en efecto, pintó primero la superficie negra y después la rodeó por ese borde blanco, casi como si construyera para su obra uno de esos marcos que tanto detestaba.

Los expertos todavía no se han puesto de acuerdo en la forma exacta de esa figura negra original que quedó delimitada como cuadrángulo tras añadir Malevich ese reborde blanco, pero Fauchereau nos anuncia otro descubrimiento: debido a la extrema degradación del “Cuadrado negro” de Malevich, se puede apreciar que bajo la pintura negra hay varios colores, entre ellos “rojo, azul, verde claro y otros que no podemos definir”. Por otra parte:

“Si uno se coloca justamente debajo del cuadro, con la mirada a ras de su superficie, distingue, gracias a pequeñísimos desniveles o variaciones en la intensidad del negro, formas geométricas: un gran trapecio y dos rectángulos alargados y secantes. Al menos eso es lo que yo he podido ver”

En consecuencia, el cuadrado negro parece ser una síntesis de un proyecto más complejo, que quizá se emparentaba más con el cubismo, y que fue resuelto, en un golpe de “razón intuitiva”, por Malevich, porque, como él mismo dice en su manifiesto suprematista: “El cuadrado es una forma subconsciente. Es la creación de la razón intuitiva”.

Entre las similitudes formales entre las obras que estamos comparando, hay que destacar que el observador atento del cuadro de Deresz también podrá descubrir ciertas formas bajo el irregular relieve de la pintura negra, en las que es posible reconocer a personajes que vio en la calle y trasladó al lienzo, como la prostituta o el funcionario de correos.

 

4. La causa material en Deresz y Malevich

"Cuadrángulo negro", de 1915, en la Galería Tetriakov de Moscú. El original.

“Cuadrángulo negro”, de 1915, en la Galería Tetriakov de Moscú. El original.

No cabe duda de que la obra de Deresz ha resistido mejor el paso del tiempo que la de Malevich, tal vez por que las pinturas del ruso eran de peor calidad que las del polaco. De todos modos, hay que señalar un asunto fundamental: cuando se habla del cuadrado o cuadrángulo negro de Malevich se mezclan dos objetos tan diferentes que ni siquiera se pueden contemplar en el mismo museo. Por un lado, el “Cuadrángulo negro” original, concebido en 1913 y expuesto en 1915, que se puede ver en la Galería Tretiakov de Moscú, y que es el que peor ha resistido el paso del tiempo: su superficie está llena de grietas que permiten apreciar esos colores de los que hablaba Fachereau, ocultos bajo un negro que ya ni siquiera es negro.

Malevich-Black-Square

“Cuadrángulo negro”, de 1923, conservado en el Museo de San Petersburgo

Por otro lado, tenemos el “Cuadrángulo Negro”, conservado en el Museo de San Petersburgo y pintado por Malevich en 1923, que no es la única copia de su obra, puesto que, tras la pérdida de parte de sus trabajos después de su estancia en Berlín, Malevich se dedicó a pintar copias de sus cuadros para conservar toda su evolución pictórica, fechando los “Cuadrángulos negros” en 1913, pero pintándolos entre 1923 y 1929. Los expertos, por otra parte, creen que algunos de esos cuadrados negros ni siquiera los pintó Malevich con sus propias manos, sino que lo hicieron sus ayudantes y discípulos.

 

Mark Rothko: Nº7 (1964) Mark Rothko, nos ofrece aquí otra semejanza muy diferente

Mark Rothko: Nº7 (1964)
Mark Rothko, nos ofrece aquí otro cuadrado o figura negra, muy diferente también a las de Deresz y Malevich

 

El encuentro que nunca tuvo lugar

En 1927, un Kazimir Malevich triunfante, convertido en gran pope de las vanguardias, visita Polonia. El encuentro con Bronislav Deresz se prepara con entusiasmo por algunos amigos del artista, pero nunca llega a tener lugar, a causa de una sucesión de equívocos y desplantes.

Nada más recibir a Malevich en Zwrotnica, el poeta Tadeusz Peiper se había lamentado de que Polonia no tuviera artistas a la altura de Malevich, olvidando a Deresz, quien, además, sufrió la ofensa de no ser invitado al acto, pues se sabe que lo solicitó a dos de los antiguos alumnos polacos de Malevich, Strzeminski y Kobro. Quizá también llegó a saber que había sido vetado por el propio Malevich, incómodo ante la perspectiva de encontrarse con Deresz y ver rebajada la originalidad de su propuesta artística. Hay que recordar, además, que Malevich era de familia polaca y hablaba perfectamente el idioma. Fue la última ocasión para un encuentro entre dos genios  que nunca llegaron a comprenderse el uno al otro.

Con su Círculo Negro, obtenido por rotación a a partir del Cuadrado Negro, se podría decir que Malevich no logró la cuadratura del círculo, pero sí la circulatura del cuadrado, a no ser que recordemos que su cuadrado negro no era tal, sino en realidad un cuadrángulo, cuya rotación no produciría un círculo.

Con su Círculo Negro, obtenido por rotación  a partir del Cuadrado Negro, se podría decir que Malevich no logró la cuadratura del círculo, pero sí la circulatura del cuadrado.  A no ser que recordemos que su cuadrado negro no era tal, sino que en realidad era un cuadrángulo, cuya rotación nunca produciría un verdadero círculo.

Mundos opuestos

Como hemos visto, junto a las aparentes semejanzas entre ambos artistas, no hay que olvidar las grandes diferencias que hemos señalado. En definitiva, lo importante del “Cuadrángulo negro” de Malevich no es que sea negro, sino que es un cuadrado, la figura básica, origen de todo, de la cruz, por traslación vertical y horizontal; del círculo, por rotación. Por el contrario, en el caso de Deresz no debemos buscar una figura, ni un cuadrado, ni un cuadrángulo ni un rectángulo, porque él nunca pretendió alcanzar una forma geométrica, sino que esta es un accidente sobrevenido por la ocultación del lienzo tras capas y capas de pintura fresca.

Como ironía final, se puede recordar que Malevich consideraba el suprematismo como la victoria de la pintura sobre el Sol, mientras que para Deresz la luz del Sol y el crisol de colores creado por esa luz reflejada en los objetos también fueron vencidos, aunque de un modo muy diferente.

La Cruz y el Círculo Negro con el Cuadrángulo Negro, que es génesis de ambos en su centro. La disposición es aceptable, pero a Malevich le habría espantado ver sus cuadros enmarcados.

La “Cruz negra” y el “Círculo Negro” con el “Cuadrángulo Negro”, que es génesis de ambos, en su centro. La disposición es aceptable, pero a Malevich le habría espantado ver sus cuadros enmarcados.

*************

 

La experiencia de “Luz” tuvo su continuidad veinte años después con una nueva propuesta de Deresz, en este caso basada en el arte del cinematógrafo “Tiempo”, que próximamente se podrá admirar en las salas del Museo de los Mundos Posibles.

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Libros de Daniel Tubau

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espectadoreselprotagonista

Desde hace décadas, los guionistas han examinado la estructura de sus guiones pensando en las cosas que pueden sucederle al protagonista, olvidando que lo que realmente debe preocupar a un narrador es lo que le sucede al espectador.

La obsesión por destripar estructuras y actos, rastrear motivos y significados o mirar solo en el mundo audiovisual, ha logrado que la escritura de guión se haya convertido en un proceso aburrido, fatigoso y previsible, más propio de analistas y críticos que de creadores.

El espectador es el protagonista es a la vez un manual y un antimanual. Su autor no se limita a examinar los errores difundidos por los gurús del guión, sino que también ofrece herramientas, como el método empático o el guión tachado, para hacer frente a los desafíos narrativos.

Un libro perspicaz en el diagnóstico, innovador en el aspecto teórico y muy estimulante en lo práctico que hará recuperar el placer de escribir no solo al guionista profesional sino a cualquier narrador inteligente.

Comprar el libro impreso o el ebook

Página web de El espectador es el protagonista


Notanelemental-portadaNo tan elemental Cómo ser Sherlock Holmes.

«Mi intención en este libro es investigar algunos de los secretos que esconde la personalidad de Sherlock Holmes y que explican su permanente atractivo, no solo para los aficionados a la novela policiaca, sino para los practicantes de todo tipo de ciencias y disciplinas, que lo consideran uno de sus precursores. A lo largo de la lectura, tendremos ocasión de descubrir cuál era su método o sus métodos, qué era lo que le permitía superar a los policías de Scotland Yard en sus investigaciones y por qué era capaz de ver lo que para cualquier otro permanecía oculto. Se han escrito decenas de libros y cientos de artículos intentando desvelar las particularidades de este investigador del mundo criminal que era capaz de entenderlo todo o casi todo, pero los expertos no acaban de ponerse de acuerdo en cómo definir su método y, lo que es más importante, cómo parecerse al célebre detective. Yo mismo me puse a reunir las pistas que llevan a la solución de este misterio hace ya muchos años y en este libro ofrezco algunas respuestas que quizá nos permitan entender mejor la singularidad de Sherlock Holmes. Espero, por tanto, que No tan elemental resulte revelador y estimulante para cualquier lector, experto o no en Sherlock Holmes, pues es fruto de una intensa investigación que va más allá de los lugares comunes habituales. Confío, también, en que resulte tan entretenido y sorprendente como las aventuras que Watson tuvo el privilegio de vivir junto a Holmes».

Página web de No tan elemental
A la venta en todo el mundo y en Amazon, La FugitivaRafael Alberti, Laie

 


 

El guión del siglo 21

El futuro de la narrativa en el mundo digital

“Si en Las paradojas del guionista Daniel Tubau nos ponía en guardia contra las teorías dogmáticas, en El guión del siglo 21 nos anuncia que el guión previsible de Hollywood y de la televisión convencional está en crisis. Los guionistas ya no quieren seguir esquemas simples o fórmulas mágicas. Frente al miedo instintivo hacia las nuevas narrativas, cada día surgen alternativas interesantes, gracias a este asombroso futuro que nos ofrecen las nuevas tecnologías, desde la narrativa hipertextual y la realidad aumentada a los videojuegos o Internet; desde las series de canales como HBO al crossmedia o el transmedia. Otras propuestas e ideas se encuentran en el pasado, en la historia audiovisual. Tubau demuestra que la profesión de guionista se está trasformando y que no se limita a la televisión o el cine, sino que puede y debe invadir todos los medios, o incluso la realidad misma.” (Contratapa del libro)

(Comprar en En Casa del Libro)||Página web: El guión del siglo 21


 

Las paradojas del guionista

“Con esta obra Daniel Tubau desmonta muchos de los tópicos que rodean el mundo del guión. Y lo hace rehuyendo las fórmulas magistrales y buscando más las excepciones que las normas.Y qué mejor manera de enfrentarse a ello que mediante paradojas propias de la creación. Todas se relacionan con la naturaleza de la redacción de guiones y el trabajo del guionista.”

 Casa del Libro/Amazon ||web: Las paradojas del guionista


 

Nada es lo que es, el problema de la identidad

“Daniel Tubau estudió filosofía pero no es filósofo; tampoco es guionista ni director, aunque haya ejercido esas profesiones durante más de veinte años. Su nombre en la portada de este libro parece indicar que es su autor, aunque el título, Nada es lo que es, también nos hace dudar. Esa es precisamente la intención de Daniel Tubau al examinar el complejo problema de la identidad: hacernos dudar, invitarnos a reflexionar sobre lo que creemos. Es una invitación sugerente, irresistible, cautivadora, en el estilo de los escépticos antiguos, para quienes skepsis, escepticismo, no significaba una negación caprichosa o displicente, sino una invitación a “seguir investigando” y a moderar las afirmaciones dogmáticas. En Nada es lo que es, Daniel Tubau nos propone una investigación acerca de la identidad de las cosas, de los conceptos, de las ideas, de las naciones y de nosotros mismos; una investigación que nos llevará, a lo largo de un viaje fascinante, desde la Grecia mítica de Teseo a la India arcaica, desde la China de los Reinos Combatientes a la Inglaterra victoriana de Sherlock Holmes, desde el Japón de la época Tokugawa a un inquietante pero cercano futuro.”

Comprar en Amazon||Web Nada es lo que es


Recuerdos de la era analógica es un libro de ciencia ficción,  o de ficción especulativa, pero también un ensayo sobre la identidad, el conflicto entre el mundo digital y analógico, la mortalidad y la inmortalidad y muchos otros asuntos.

Se trata de una antología de textos que en gran parte todavía no se han escrito, porque los antólogos los han encontrados en lo que ellos llaman la  Arqueo Red, la actual Internet. Para ellos, se trata de textos que proceden del pasado, pero para nosotros son parte de nuestro presente y de nuestro futuro. A pesar de sus diferencias, todos los escritos parecen tener alguna característica común, quizá porque en cierta manera predicen el futuro en el que viven los antólogos.

 ebook/libro||Web: Recuerdos de la era analógica


La ver­dadera his­to­ria de las sociedades sec­re­tas
Alba Edi­to­r­ial, 424 pági­nas

“La ver­dadera his­to­ria de las sociedades sec­re­tas desvela el saber oculto de los influyentes masones y franc­ma­sones, los mis­te­riosos rosacruces, los ese­nios y sicar­ios con­tem­porá­neos de Jesu­cristo, los magos per­sas y los sac­er­dotes egip­cios, los asesinos del Viejo de la Mon­taña, el pri­o­rato de Sión y los tem­plar­ios.
El libro nos guía a través de un sin­fín de cer­e­mo­nias ini­ciáti­cas, cul­tos mis­téri­cos, lengua­jes secre­tos, sím­bo­los y con­traseñas o la asom­brosa Cábala.”

ebook/papel Casa del Libro||Web: La verdadera historia de las sociedades secretas


Elogio de la infidelidad
Evohé editorial

“Elogio de la infidelidad se podría haber llamado En contra de la fidelidad, pero Daniel Tubau (premio Ciudad de Valencia de ensayo, 2009) ha preferido un elogio a una diatriba. Aunque es una crítica de la fidelidad desde la razón, este libro no pretende destruir ningún valor, sino construirlos desde un análisis sensible y preciso. Además de un ensayo, la obra es un canto a la libertad bien entendida y a la honestidad, a la inteligencia y a la razón. A buen seguro provocará en el lector diferentes reacciones y le hará pensar de otra manera sobre un asunto en el que abundan los prejuicios.”

ebook y papel en EVOHÉ||Web: Elogio de la infidelidad


LIBROS PUBLICADOS


 

 

Originally posted 2012-12-01 12:09:45.

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El origen de todas las cosas
Lectura del Zhuangzi /8

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“Alegría, ira, tristeza, deleite, preocupación, arrepentimiento, inconstancia, rigidez, modestia, obstinación, candor, insolencia- música de agujeros vacíos, hongos que brotan en la humedad, así el día y la noche se reemplazan uno al otro ante nosotros, y nadie sabe de dónde surgen. ¡Basta! ¡Basta! Suficiente que los tengamos de la mañana a la noche y que sean nuestra forma de vida.

Sin ellos no existiríamos; sin nosotros, no tendrían de dónde aferrarse. Esto nos acerca a la cuestión. Pero no sé qué los hace como son. Parecieran tener un Maestro Verdadero, y sin embargo, no hallo rastros de él. Puede actuar, no hay duda. Sin embargo, no puedo ver su forma. Tiene identidad pero no tiene forma.

[Zhuangzi, Libro 2, Qí wù lùn (齊物論). Capítulo 1. Identidad de las cosas y discursos (o  Identidad de los seres) Apartado 2. Sección III.El origen de todas las cosas. Traducción de Álex Ferrara a partir de Burton Watson]

 

De nuevo lo grande y lo pequeño

En la primera parte de este apartado (La gran sabiduría y la pequeña), se hablaba de la gran sabiduría y de la pequeña sabiduría, de las grandes palabras y de las pequeñas.

En principio, las grandes palabras y la gran sabiduría se presentaban de manera positiva, lo que no parece muy taoísta a primera vista, pues en libros como el Laozi se elogia lo contrario de lo que el sentir común considera positivo, por ejemplo, lo pequeño y lo débil:

“Lo más débil del mundo,
cabalga sobre lo más fuerte que en el mundo hay.”
(Laozi, 6 [43])

El hombre al nacer es blando y débil;
cuando muere, rígido, firme y duro.
(…)
“Lo firme y lo grande ocupan el lugar inferior;
lo blando y lo débil, el superior”
(Laozi, 41 [76])

Probablemente, en este contexto, hay que entender “gran sabiduría” no como aquella que es grande por tamaño o alcance, ni siquiera por la fama o el prestigio, sino la que es elogiable, la que un sabio debería seguir, a pesar de que otras personas no puedan entenderla y crean que esa sabiduría no es grande, sino pequeña. En los textos taoístas se produce constantemente un baile entre los conceptos de bueno/malo, grande/pequeño, débil/fuerte, inevitable cuando se quiere mostrar paradojas como las de los citados pasajes del Laozi, donde se afirma que lo que vulgarmente se considera positivo en realidad es negativo, mientras que lo negativo es positivo. Quien dice que lo negativo es positivo, claro, al mismo tiempo está diciendo algo sobre lo que él considera positivo (es decir, lo negativo). Por eso, los textos taoístas requieren una lectura muy atenta y necesitan ser aclarados por el contexto, cosa que no siempre resulta fácil.

maestro taoistaEn otros pasajes del Zhuangzi, veremos que el personaje que aquí aparece, ese sabio llamado Ziqi (Tzu Ch’i) siempre va a contracorriente en lo que a lo positivo y lo negativo se refiere. En el capítulo 4 defiende la virtud de lo inútil; en el 24 se lamenta porque le pronostican que su hijo más querido va a alcanzar los más grandes honores y éxitos.

Sin embargo, el sentido del pasaje resulta muy claro, al mostrar que las personas nos vamos enredando en las cosas, en los deseos y en las dependencias y que, sin casi darnos cuenta, vamos envejeciendo, perdiendo toda energía y finalmente muriendo. El narrador, que en este caso parece seguir siendo Ziqi de Nanguo (y no el propio Zhuangzi) acaba exclamando “Basta!”, y se pregunta: “¿Acaso podemos conocer el origen de todo lo que cabe entre un día y una noche?”.

Aunque esa parte ya se citaba en el apartado anterior, he preferido repetirla aquí, porque tienen una clara relación con los siguientes pasajes. De este modo, el lector también podrá comparar la traducción de Pilar González España y la elegida al inicio de esta entrada, de Alex Ferrara, a través de la versión inglesa de Burton Watson:

“Alegría, cólera,
tristeza, placer,
lamento, inquietud,
inconstancia, perseverancia,
descuido, ligereza,
insolencia, afectación.
Música que brota del silencio.
Hongos que nacen de la humedad.
Los días se alternan con las noches;
nadie sabe el cómo ni el porqué.
¡Basta, basta!
¿Acaso podemos conocer
el origen de todo lo que cabe
entre un día y una noche?”

(Los capítulos interiores del Zhuangzi, traducción de Pilar Gómez España en Trotta)

 

 Algunas respuestas y más preguntas

En las líneas que siguen al pasaje recién citado, comienzan las respuestas y asistimos a un intento de explicación, aunque, como veremos, no dejan de plantearse más preguntas. A las preguntas acerca de lo que causa las emociones humanas (alegría, tristeza, placer…) parecen unirse otras acerca de lo que causa la música de la naturaleza (de la que se habló en La música del cielo) o el crecimiento de los hongos, aunque también se puede considerar que tanto la música como los hongos son metáforas con las que se compara ese surgir de las emociones de no se sabe dónde, porque ya vimos en capítulos anteriores que la música de la naturaleza nacía de oquedades, de vacíos, y la intención parece ser afirmar que lo mismo sucede con nuestros sentimientos y con nuestra propia existencia como seres humanos. Esta lectura metafórica queda más clara en la traducción de Preciado Ydoeta:

“Alegría y cólera, pesadumbre y contento, cuitas y lamentos, caprichos y temores, arrebatos y abandono, insolencia y afectación: todo esto surge cual música de instrumento hueco, como hongos de los terrestres vapores”.

A todo ello quizá se une la incógnita de qué es lo que hace que existan días y noches y que unos y otras se alternen. Todo es un misterio, no conocemos la causa de nada. Ante la desesperación de no conocer el origen de las cosas, se plantea la posibilidad de que exista un responsable de todo esto, y es aquí donde los traductores proponen todo tipo de posibilidades, pues en este pasaje la cuestión es si se alude a algún tipo de dios personal como el cristiano o a una especie de Naturaleza impersonal:

        “Verdadero amo” (Preciado Ydoeta)

“patrón verdadero” (Carmelo Elorduy)

“Dueño verdadero” (Pilar González España y Jean Claude Pastor-Ferrer)

“Maestro Verdadero” (Ferrara/Watson)

Pasajes como este han hecho que muchos, como el padre Carmelo Elorduy, hayan llegado a la conclusión de que en el Zhuangzi se menciona a un ser o un ente muy parecido al Dios cristiano. Y probablemente no le falta razón, porque hay pasajes que parecen aludir con bastante claridad a ese ente, que a veces se identifica con el Dao [Tao]. Sin embargo, en este pasaje ese verdadero amo, patrón, dueño o maestro no se denomina con la palabra dao, sino como zhen zai.

Y aquí surge una nueva dificultad interpretativa, pues tampoco está del todo claro si ese verdadero amo se está refiriendo a lo que gobierna al ser humano, a su mente, su conciencia individual o algo semejante, o a lo que gobierna la naturaleza.

Como se ve, cada pequeño fragmento del Zhuangzi está lleno de dificultades, por lo que, aunque es instructivo, divertido y entretenido detenerse en ellas, también debemos tomarnos cualquier conclusión con mucha prudencia.

En esas pocas líneas se contienen varias tesis metafísicas, que quizá no son compatibles. Intentaré interpretarlas por mi cuenta, antes de consultar lo que dicen los estudiosos de los textos del Zhuangzi.

Por ejemplo, el pasaje en el que se dice “Sin lo uno, no hay lo otro” o “si no hay otro, no hay yo” puede interpretarse de muy diversas maneras:

1. Sin otros seres humanos, no podríamos hablar de nuestra propia identidad, de nuestras opiniones o de nuestro propio punto de vista. James Legge traduce: “If there were not (the views of) another, I should not have mine”.

2. Sin otra cosa no hay una cosa. Por ejemplo sin el vacío no hay lleno, o no se puede hablar de que exista algo si no existe también otra cosa distinta de ese algo.

3. Si no existe un Dios, un dios, una Naturaleza o una naturaleza, no podríamos existir.

4. Si no existen ciertas emociones no pueden existir otras.

 En definitiva, cuando se dice “Sin lo otro no hay yo. Sin el yo nada se manifiesta”, ¿qué significa en este contexto “lo otro”? Puede interpretarse como una teoría dualista que distingue entre el yo y el mundo, al estilo del Brahman (lo Absoluto) frente al Atman (el yo personal), o bien simplemente como una distinción más sencilla, pero en mi opinión más interesante, entre el yo y lo que no es el yo. Otro punto de vista, el tercero de los enumerados antes, sería una distinción entre el yo y un Creador o Dios de carácter más personal, es decir, más parecido a Dios/Alah/Yavhé que al Absoluto del vedanta o de Hegel.

paisajechino

 

¿Creía en un Ser Supremo Zhuangzi?

“Sin lo otro, no hay yo.
Sin el yo, nada se manifiesta.
Sí, cerca estamos del origen,
pero desconocemos Aquello
que todo lo hace y lo comienza.

Quizás haya un Dueño verdadero:
ninguna traza hay de su existencia.
Real, pero invisible.
Creemos en sus actos
aunque no vemos su figura.”

Es innegable que en este pasaje hay una pregunta acerca de un Dios cuya existencia explicaría el origen de todas las cosas (o al menos de muchas de ellas). Eso no quiere decir que Zhuangzi o los taoístas crean en la existencia de tal ser. Una cosa es que aparezca en el Zhuangzi y otra que lo diga Zhuangzi. El lector ya habrá observado que cuando me refiero al libro empleo la cursiva, mientras que cuando me refiero a la persona lo hago sin cursiva. Tal vez sería más correcto llamarlo por su nombre (Zhuang Zhou) en vez de Maestro Zhuang (eso es lo que significa Zhuangzi, como expliqué en el primer capítulo de esta lectura), pero no lo hago para no complicar más las cosas.

Hay pues una pregunta acerca de la existencia de un Ser Supremo, pero es, en primer lugar una pregunta que se hace Ziqi y no Zhuangzi. Este segundo libro del Zhuangzi quizá está protagonizado en gran parte por la filosofía de un maestro en particular, Ziqi de Nanguo, de quien, lamentablemente, apenas sabemos nada más que lo que se cuenta en este mismo libro. Digo que quizá está protagonizado por él, porque resulta a menudo muy difícil saber en el Zhuangzi cuándo un personaje deja de hablar y empieza a hacerlo otro o el propio Zhuangzi, que tal vez habla mucho menos de lo que uno podría pensar al ver el título del libro.

En efecto, el libro da muchas veces la sensación de ser una recopilación de historias tomadas de muy diversas fuentes, tal vez por Zhuangzi en persona, tal vez ni siquiera eso.  A pesar de la imagen que tenemos de los taoístas como ermitaños alejados del mundo, en el caso de Laozi y Zhuangzi parece que la realidad es justo la contraria. Se cree que Laozi era bibliotecario y que Zhuangzi trabajó “en los jardines de laca  del rey de Hui”, según cuenta el gran historiador Sima Qian. No se trataba, en consecuencia, de personas iletradas, sino todo lo contrario, probablemente de eruditos.

En cuanto a la pregunta por esa entidad misteriosa, queda también sin responder: a partir de lo que vemos quizá se pueda deducir su existencia, pero no hay ninguna prueba concluyente, ni siquiera se perciben rastros o trazas de ese ser:

“Quizás haya un Dueño verdadero:
ninguna traza hay de su existencia.
Real, pero invisible.
Creemos en sus actos
aunque no vemos su figura.”

La conclusión parece ser que si alguien quiere creer en esa entidad deberá hacerlo guiándose tan sólo por la fe. En cuanto a lo que cree el propio Ziqi, parece mantener un cierto agnosticismo. Pero en próximos capítulos quizá se pueda afirmar con más certeza.

En cualquier caso, resulta evidente que ante el espectáculo de la naturaleza y la complejidad de la vida, cualquier persona que haya vivido antes de los dos últimos siglos pocas explicaciones podría hallar que no postularan la existencia de uno o muchos seres que organizaran todo eso: “el Jefe de todo eso”.

Lo sorprendente es que en épocas ya remotas hubiera quienes confiaran en explicaciones de tipo racional y buscaran las leyes de la naturaleza, sin necesidad de recurrir a entes imaginarios o imaginados, como Demócrito, Lucrecio, al parecer Confucio, probablemente Buda, sin duda Chárvaka también en la India y con cierta probabilidad Laozi y el propio Zhuangzi. En esos momentos era realmente difícil no caer en las explicaciones fáciles antes los tremendos misterios, del mismo modo que en la actualidad la fe en seres no ya sólo imaginados o imaginarios, sino que supuestamente se revelaron a algún ser humano  hace siglos, resulta asombrosa porque ahora sí hemos entendido muchos de esos misterios sin recurrir a entidades imaginarias.

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ENTRADAS PUBLICADAS EN “LECTURA DEL ZHUANGZI”

¿Qué es el Zhuangzi?

UNA LECTURA DEL ZHUANGZI /1


Leer Más
El pájaro Peng
Lectura del Zhuangzi /2

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Otros mundos
Lectura del Zhuangzi /2b

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Zhuang visita la caverna de Platón
Lectura del Zhuangzi /2c

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Xu You y el gobierno del mundo
Lectura del Zhuang Zi /3

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La calabaza de Huizi
Lectura del Zhuangzi /5

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La música del cielo

Lectura del Zhuangzi /6


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La gran sabiduría y la pequeña
[Lectura del Zhuangzi /7]

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Nos cortamos con el filo de las cosas
Lectura del Zhuangzi /9

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El maestro de todos
Lectura del Zhuangzi /10

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Palabras en el viento

Lectura del Zhuangzi /11


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Viajes al Otro Mundo

Lectura del Zhuangzi /13


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Los disparates de Jieyu
Lectura del Zhuangzi /4

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El origen de todas las cosas
Lectura del Zhuangzi /8

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Los soplos de la voz

Lectura del Zhuangzi /12


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TEXTOS COMPLEMENTARIOS

Otros mundos: Uexkhull y el Zhuang Zi

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Platón: el mito de la caverna

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Bibliografía

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Voltaire: Primera carta sobre los cuáqueros

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Enciclopedia del Zhuangzi
Lectura del Zhuangzi

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Originally posted 2013-01-22 19:07:48.

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El instante inevitable

 

Escribí este cuento y otros seis más durante un verano de calor insoportable. El piso en el que vivíamos Catherine y yo, en la calle Covarrubias 29 de Madrid, era el último y el calor no disminuía ni siquiera durante la noche, por lo que me pasaba las horas caminando desnudo por la casa o tumbándome en el suelo para contagiarme del frío de las baldosas. No teníamos ningún aparato capaz de refrigerar la casa, o tal vez tan solo un pequeño ventilador de aspas.

Cathy viajaba por el mundo y yo me quedaba de tanto en tanto solo en la casa varios días, durante los que escribía estos cuentos, uno o incluso dos cada noche, en el intervalo de un mes y dos días. En el momento de comenzar a escribir, abandonaba mi desnudez, aunque pasara más calor, ya que nunca he podido escribir sin vestirme para la ocasión.

De este cuento, lo que recuerdo con más agrado es que era el favorito de mi padrino, José Luis Velasco (junto a otro que escribí mucho antes llamado Tocuentracon). Años después hice una edición personal de los siete cuentos, que llamé Estación término y otros cuentos solitarios. Imprimí un ejemplar en 1998 y otro en 1999, que todavía conservo.

La fotografía fue tomada en la calle Covarrubias, creo que un tiempo después de escribir los cuentos. La camisa blanca y la corbata en este caso no se deben a que me dispusiera a escribir un cuento, sino a que estaba ensayando para interpretar a Frank Sinatra en un espectáculo musical que tuvo lugar en la sala Rockola de Madrid. Yo cantaba “My Way”, pero a mitad de la canción me echaban del escenario los Sex Pistols.

 



EL INSTANTE INEVITABLE

Existen sucesos que escapan a toda comprensión. Sus interpretes actúan sólo una vez y no dejan tras de sí más que incógnitas. Son seres sacados de la nada, nacidos para una única representación, aquella que jamás se repetirá.

Esta es, quizá, la breve historia, el retrato lejano (y por ello tal vez verdadero) de una de esos hombres, de uno de aquellos sucesos.

Viejos acordes se repetían en su cabeza, sin duda recordándole algo que nosotros sólo podemos intuir. Movió un pie y luego otro, siguiendo el ritmo. Era un acto premeditado, intento continuo de contagiarse, convertirse, quedar asimilado a aquella música. Ser sólo una parte dentro del espectáculo. Es, evidente que presentía que en aquel juego le iba la vida.

“Todo es para todos, pero no para mí”, decía la vieja canción, que aún se repetía en su cerebro, por encima de otras músicas sucesivas. “No para mí”, y el piano, tras la voz, creaba una melodía torpe, y al mismo tiempo extrañamente diáfana.

Sus pies eran ligeros, parecían moverse a un palmo de la pista encerada, al menos eso dicen muchos, pero quizá son sólo detalles añadidos a la mitología de aquel hombre. Sabemos realmente tan poco de él, que cualquier detalle, aunque falso, nos sirve.

Muchas mujeres aseguran haber bailado con él aquella noche. Los hombres, satisfechos de contrariarlas, dicen que odiaba a todos los habitantes del sexo femenino. Que bebió mucho, podemos asegurarlo, pues el barman llevaba escrupulosamente la cuenta de todo la consumido por sus clientes. Vestía un traje cruzado y zapatos de charol negro.

También dicen que vino del este, de algún lugar muy lejano más allá del mar, pero para muchas personas cualquier lugar es muy lejano. Ellos se defienden: lo descubrieron en sus ojos, en aquella mirada húmeda que recordaba la sal del agua marina.

¿Con qué intención llegó a aquel lugar?, ¿guardaba su mente secretos que no nos es dado conocer? Parecía vivir sólo para el alcohol y la música: durante toda la velada no prestó atención a otra cosa, quizá sabiendo que en ello le iba la vida.

Tal vez fue todo un acto premeditado, escogido entre mil más, decidido de antemano, sin margen para lo casual. Aquella noche, aquel lugar y aquel hombre, todo dispuesto para un único final, un último instante robado al tiempo, de música, palabras y borrachera.

Las mujeres más bellas creen que siempre fue un desgraciado, un frustrado por un qué-sé-yo, las demás aún conservan su recuerdo, ennoblecido por el transcurso inevitable de los años. Ellas lo tienen por hombre de mundo, viajero y habitante de palacios y tugurios. Los hombres lo envidian o lo desprecian, unos por su sonrisa de caracortada, otros por la mágica manera de mover sus pies, pero casi todos tan sólo desearían encajar una copa tras otra como lo hizo él aquella noche, El barman no le guarda reproche alguno: pagó todos sus vicios y no provocó alboroto mientras estuvo dentro del local.

¿Quién era?

Un día bajó al puerto, sus pasos sonaron en la noche, entró en un bar, bebió todo cuanto quiso, bailó a un palmo del suelo y sonrió a las mujeres. Después se fue.

Y al salir de la taberna, nada más cruzar la puerta, tres balas certeras lo mataron.


CUENTOS DEL SIGLO XX

El hombre que no fue

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Horas lentas en la ciudad del miedo

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El instante inevitable

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Fuxi

||Orígenes mitológicos de China

Fuxi (伏羲) es el hermano o amante, o ambas cosas, de Nüwa, la creadora de los seres humanos. Se le atribuyen algunas invenciones importantes, como la escritura, la adivinación, el calendario, la red para pescar, la institución de la realeza, las matemáticas o los ocho trigramas del Yi jing (I Ching), aunque tiene dura competencia mitológica con otros personajes, como Canjie, al que también se le atribuye la escritura. En cuanto a los trigramas del Yijing, es necesario aclarar algunos asuntos.

El Yijing es un libro muy popular hoy en día en todo el mundo, así que no hace falta explicar que se trata de un oráculo compuesto de líneas continuas y líneas cortadas:

Los 64 hexagramas del Yijing (o Zhouyi, para ser más exactos)

Como se ve en la ilustración anterior, los 64 hexagramas se pueden considerar como el resultado de combinar 8 trigramas (combinación de tres líneas) en la parte superior o inferior de cada figura. Los 8 trigramas son:

Los ocho trigramas. Los cuatro de la izquierda se consideran yang y los cuatro de la derecha yin, a pesar de la paradoja de que hay más trigramas con mayoría de líneas yang (continuas) entre los trigramas considerados yin, y a la inversa.

Ahora bien, el Yi jing o I Ching es un libro que se compone del oráculo llamado Zhouyi (Cambios de los Zhou) junto a otros textos muy posteriores que constituyen lo que se llama las Diez Alas. Se trata de comentarios al Zhouyi, muy influyentes y consultados, puesto que el oráculo original resulta difícil de interpretar y de entender. Casi todas las ideas populares acerca del oráculo proceden de esos comentarios tardíos al Zhouyi, e incluso es en el Gran Tratado, el más importante de esos comentarios, donde se atribuye a Fuxi la invención de los trigramas:

“En la antigüedad el honorable Bao Xi (Fuxi), soberano del mundo entero, miró hacia arriba para contemplar las imágenes [guan xian] que había en el Cielo, y luego miró hacia abajo para observar los modelos [fa] surgidos de la Tierra, observó los dibujos [wen] de cada ave y de cada bestia, y qué cosas eran adecuadas para la Tierra. Para lo cercano eligió [compararlos con] su propio cuerpo; para lo lejano, escogió [compararlos con] otras cosas, y a partir de ahí creó los ocho trigramas, para poder establecer una comunicación con la virtud inherente a la iluminación espiritual”.

M.E. Lewis traduce el final de este pasaje de manera bastante diferente:

“Para comunicarse con los poderes de las inteligencias espirituales y así clasificar [o categorizar] las naturalezas de la miriada de objetos”.

Por su parte, Richard Rutt traduce este importante pasaje de la siguiente manera:

“Entonces creó los ocho trigramas con los que es posible comunicarse [o que tienen el poder para comunicar] con los espíritus y clasificar la miriada de los seres”.

Es decir, los trigramas servían de alguna manera para que los seres espirituales se comunicasen con los seres humanos y les trasmitiesen sus conocimientos, por ejemplo ayudándoles a predecir el futuro, o al menos a saber si era un buen momento para llevar a cabo una determinada acción. Sin embargo, lo curioso es que Fuxi después fue creando diversos usos, costumbres e instituciones humanas inspirándose no en los trigramas (tres líneas) sino en los hexagramas(seis líneas), que se supone no existían entonces, pues serían creados dos milenios más tarde por el rey Wen de los Zhou a partir de los trigramas:

“Fuxi clasificó los diez mil seres de acuerdo a sus tendencias innatas, anudó cuerdas para poder hacer redes con las que cazar y pescar, y probablemente esto se le ocurrió gracias al hexagrama Li“.

Diagrama que Fuxi vio en el caparazón de una tortuga, en un dragón o en un caballo que surgió de las aguas del Río Amarillo. Sin embargo, estos diagramas también son muy posteriores, de la dinastía Song, hacia el año 1000 de nuestra era, y no se conserva ninguna de las representaciones antiguas, si es que existieron.

La confusión crece cuando seguimos leyendo el Gran Tratado, es decir uno de los comentarios o “alas” del Zhouyi y se nos cuenta que en realidad Fuxi creó los trigramas al contemplar el lomo de un dragón o de una tortuga que salía del Río Amarillo. Por si esto fuera poco, en otro de los comentarios, la Octava Ala, se dice que los trigramas fueron surgiendo simplemente cuando Fuxi se dedicó a examinar los hexagramas en detalle. El compilador más influyente durante siglos del Yijing, el precoz y prodigioso Wang Bi, creía que no solo los trigramas, sino también los hexagramas habían sido creados por Fuxi.

En cualquier caso, como he dicho antes, estas interpretaciones no pertenecen al oráculo original, al Zhouyi, sino a los añadidos posteriores o Diez Alas.

Como su nombre indica, el Zhouyi o Cambios de los Zhou es el libro oracular de la dinastía Zhou, que empezó a gobernar en lo que con el tiempo sería China, tras derrotar a los Shang. Los Shang, a su vez, tenían su propio libro oracular a partir también de los mismos hexagramas, pero ordenados de otro modo, llamado Guicang que desapareció, pero del que se han encontrado fragmentos en excavaciones realizadas en 1993 en una tumba de Wangjiatai, datada antes de la unificación de China, en la época final de los Zhou. Una de las curiosidades de este descubrimiento es que las líneas cortadas se representan de diferente manera:

 

 

 

   Ming Yi 明夷

Por otra parte, se supone que la dinastía Xia, todavía situada en el resbaladizo terreno que separa mito de historia pero de la que cada vez se encuentran más indicios, interpretaba los hexagramas de una tercera manera en su libro Lianshan. De todo esto hablo en mi próximo libro, dedicado al arte de la estrategia en China, que incluye la tradución de El arte de la guerra de Sunzi (o Sun Tzu) llevada a cabo por Ana Aranda Vasserot, y que se publicará en mayo de 2018, así que no me extenderé más aquí en este asunto. Pero sí es importante señalar que la idea tan extendida, no solo entre los neófitos sino también entre los expertos ya desde la época Han o incluso antes, de que se deben crear o agrupar los signos del Yijing (los 64 hexagramas), a partir de los trigramas, no parece pertenecer al oráculo original (al Zhouyi). Por lo tanto, el atribuirle a un personaje mítico como Fuxi la creación de los ocho trigramas es probablmente un recurso de quienes decidieron que ordenar las líneas en tríos era importante, para así dotar a su invención de una mayor respetabilidad. En realidad, resulta bastante habitual el hecho de que en todas las culturas y religiones que cuanto más se retrocede en la atribución de una invención, más cercana a nosotros es esa invención.

Volvamos a Fuxi.

En la entrada dedicada a Nüwa he hablado de la gran inundación que cubrió la tierra y de cómo la diosa de cuerpo de serpiente reparó los daños, pero lo que al parecer no pudo evitar fue la desaparición de todos los seres humanos, por lo que fue inevitable que ella y su hermano Fuxi repoblaran de manera incestuosa el planeta. Todos nosotros descendemos de aquellos dos hermanos, como se supone que descendemos de los hijos de Adán y Eva, también unidos de manera incestuosa (al menos si hemos de creer que no había más seres humanos que los que fueron expulsados del Paraíso). Lo que no he contado allí es que según una versión del mito, Nüwa y Fuxi fueron en cierto modo los culpables del Diluvio, cuando liberaron al dios del Trueno o la Tormenta, que el padre de ellos, todavía niños, había encerrado en una caja (para este interesante mito, ver Lei Gong). Los dos niños sobrevivieron gracias a un barco que construyó su padre, al que podemos considerar el Noé chino, o el Utanapishti, Atrahasis o Ziusudra, si retrocedemos hasta el mitos sumerio-babilonio-acadio que inspiró el relato bíblico del Diluvio Universal. Cuando el Señor del Cielo detuvo el diluvio, el barco se estrelló contra el suelo y el padre de Fuxi y Nüwa murió.

Dos nagas o dioses serpientes de la India, extraordinariamente semejantes a Fuxi y Nüwa.

En cuanto al origen de la nueva humanidad, también existen diferentes versiones. En Nüwa me he referido a la que asegura que la diosa creó a los seres humanos con arcilla amarilla, pero otras variantes dicen que tras el diluvio los dos hermanos pidieron permiso a los dioses para aparearse, que subieron a un monte y encendieron dos fuegos. Al ver que el humo de las dos hogueras se entrecruzaba al elevarse hasta el cielo, interpretaron que los dioses permitían la unión sexual entre ellos.

Nüwa quedó embarazada, pero la criatura que nació era tan solo una bola de carne, algo parecido a lo que los científicos de hoy en día intentan hacer para que podamos comer carne sin causar sufrimiento y matar a los animales. Fuxi cortó en tiras esa bola de carne y clavó las piezas en una larguísima lanza que elevó hacia el cielo, hasta que el viento fue dispersando los pedazos por toda la tierra. De cada uno de esos pedazos nació una persona y así se repobló la tierra entera.

Una versión nos ofrece una explicación más sencilla. Fuxi quería tener hijos con Nüwa, pero ella no estaba segura de que debiera hacerlo, así que retó a Fuxi a una carrera: si él la alcanzaba, tendrían hijos. Según parece, Nüwa era muy veloz, pero todos nosotros somos la prueba de que Fuxi logró correr más que ella.

En El mito de la creación en la tumba de Chu contaré en detalle la versión más antigua del mito de la creación y el papel que jugaron Fuxi y Nüwa.

 

 


Bibliografía: Mark Edward Lewis, Flood Myths in ChinaChinese Mithology A to Z, Jim DeFelice; Zhouyi, por Richard Rutt; Unearthing the Changes, por Edward Shaughnessy; Yijing, El Libro de los Cambios, por Jordi Vila y Albert Galvany.

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Originally posted 2012-12-01 12:09:45.

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Que nada se crea

|| Recuerdos de la era analógica

Que nada se crea es uno de los textos incluidos en Recuerdos de la era analógica, una antología realizada en el siglo 21 pero publicada a comienzos del siglo XXI por Daniel Tubau en la editorial Evohé.

Era el día 28 de diciembre y yo viajaba en un tren. Fue entonces cuando advertí que en mi cabeza estaban revoloteando ciertas ideas muy importantes. Para que no se escapasen, apunté todo lo que se me iba ocurriendo en el billete que me había dado el revisor (pues las taquillas estaban cerradas y tuve que abonar el viaje una vez en el tren). Gracias a ese billete conservo la fecha de este descubrimiento, que puede ser comparado con el que tuvo lugar el 12 de octubre de 1492. En mi caso se trataba, y de eso me di cuenta enseguida, del descubrimiento de un nuevo continente mental.
Tener una idea única y, al mismo tiempo, la certeza de que lo es, no ocurre muchas veces en la vida: en cuanto el billete quedó lleno de palabras, busqué más papeles y continué escribiendo. Supongo que tardé quince minutos en anotar las ideas básicas que luego me permitieron reconstruir la teoría que me había salido del cerebro casi completa, como Atenea nació   adulta y armada de la cabeza de Zeus cuando Hefesto se la abrió en dos para acabar con el terrible dolor de cabeza del padre de los dioses.

Tenía ante mí una teoría que iba a conmover el mundo del pensamiento, pero me inquietaba una duda: que alguien concibiese o hubiese concebido ya esta teoría, que yo pudiera pasar, al publicar mi descubrimiento, por un plagiario. En fin, que yo llegase después que otro y pretendiese haberlo hecho antes.

Tardé muy poco tiempo en advertir que esa posibilidad, lejos de resultar terrible, no era otra cosa que la confirmación de la propia teoría. El lector, si continúa leyendo (y no sé por qué iba a dejar de hacerlo), también se dará cuenta de que no le miento y acabará dándome la razón.

Puesto que lo que ahora escribo es una comunicación científica (y no una pieza literaria), dejo ya los preámbulos y me dispongo a revelar lo que supe aquel 28 de diciembre, día de los Inocentes (lo que, sin duda, no es casual), en aquel tren que me llevaba de regreso a mi casa, después de haber pasado el fin de semana con mi madre.

Lo que supe, era esto: «Que nada se crea, que nada se inventa, que todo se descubre».

Tal vez el lector se sienta ahora decepcionado y exclame: «¡Ah, claro, pero eso ya lo sabe todo el mundo!». Por supuesto, respondo yo, todo el mundo lo sabe, pero, como le sucedía al esclavo de Platón, casi nadie sabe que lo sabe.

Afirmar que nada se crea no es una idea al estilo de «Nada nuevo bajo el Sol», «Lo que no es tradición es plagio» o «Quien se cree el primero en descubrir algo es porque no conoce el tamaño de su ignorancia». Esas frases son sólo la expresión de una idea sencilla: que nadie es el primero en nada, que todo tiene un antecedente, que siempre existe un precursor. Por ejemplo: que cualquier cosa imaginable ya la pensaron los griegos.

Pero si aplicamos esta teoría a los propios griegos, ¿con qué nos encontramos? Nos encontramos, por simple lógica, con la certeza de que ellos tampoco pueden ser precursores, sino que debieron tomar sus ideas de algo que existió antes, y así podemos llegar a los austrolopitecus, los dinosaurios y las amebas, a los protozoos y a los primeros organismos de la sopa originaria. Pero tampoco tenemos que detenernos ahí en nuestra búsqueda del origen: todavía podemos retroceder hasta las moléculas, los átomos o los electrones. Finalmente, sin duda acabaremos atribuyendo el «To be or not to be» de Hamlet a un fotón en el Big Bang que dio origen al Universo. ¿Y cuál será el precedente de este shakesperiano fotón? Como habrá entendido ya el lector, la idea de que todo tiene un antecedente se refuta a sí misma. Es una idea sencilla, sí, pero también absurda.

Yo, por supuesto, no me refiero a esa simpleza de buscar el origen de cualquier cosa, porque yo considero que, en cierto sentido (pero sólo en cierto sentido), todo es nuevo bajo el sol. Yo no propongo una ley seudocientífica ni hablo en sentido metafórico. Cuando digo: «Nada se crea, nada se inventa, todo se descubre», quiero decir exactamente eso. No estoy jugando a la metáfora ingeniosa ni a la frase de doble sentido. Quien consiga entender la verdad de mi teoría sabrá que la pólvora no fue inventada, sino descubierta, y que la Capilla Sixtina no fue pintada, sino, también, descubierta.

Tal vez ahora el lector comienza a preguntarse si está tratando con un loco o con un imbécil. Como no quiero que siga dudando de mi seriedad, y mucho menos de mi seriedad científica, me propongo ofrecer aquí mismo una primera aproximación a la teoría, una teoría que no he inventado yo, pero que sí he descubierto, y que a partir de ahora denominaré la Teoría. Se la mostraré poco a poco al lector, para que pueda digerirla sin atragantarse.

 

Introducción a la Teoría

Un día le preguntaron a Miguel Ángel cuál era el secreto de su arte, cómo había sido capaz de crear una obra tan extraordinaria como su David. Miguel Ángel respondió: «Fue muy fácil. El David estaba ya en el pedazo de mármol que me entregaron: sólo tuve que quitar el mármol sobrante». Esta es sin duda una de las más claras formulaciones de la Teoría que se han hecho nunca, pero la más rigurosa, desde el punto de vista filosófico, se encuentra en Platón. Es su célebre «Teoría de las Ideas».

Platón afirma que todo lo que existe en el mundo es una réplica de las Ideas o Formas que habitan en un mundo más perfecto. Nuestras almas habitaron en una vida más feliz en el mundo de las Ideas o Arquetipos y allí contemplaron todas las perfecciones. En ese mundo de las Ideas se encuentra, por ejemplo, el Caballo ideal, del que son copias imperfectas los caballos que conocemos.

Selección de réplicas del caballo ideal por el Demiurgo (Heinrich Kley)

La «Teoría de las Ideas» de Platón ha tenido que hacer frente a constantes burlas desde que fue hecha pública. De él se rieron los cínicos y también creyó refutarlo su discípulo Aristóteles. Este desprecio de los ignorantes será un precio que también deberá afrontar la Teoría que yo ahora presento a la comunidad pensante, y que no es otra cosa que la cristalización científica de las intuiciones de Platón. Ahora bien, a quienes se reían y se ríen de Platón y su teoría de las ideas, preguntándole si existía también un asno ideal y un fango ideal, yo les pido que respondan a una sencilla pregunta: ¿Qué es el número 2?

 

Refutación de los refutadores

Si yo escribo en esta hoja el número 2, tú, lector, sabes al instante, mirando ese número 2, que es mayor que el número 1 y menor que el número 3, y que multiplicado por sí mismo da por resultado 4.

Tú sabes todo eso y muchas más cosas relacionadas con el número 2. Yo también sé esas cosas. Los dos estamos de acuerdo. Sin embargo, esas cosas que sabemos, esas propiedades indiscutibles del número 2, ¿se refieren al número 2 que escribo ahora en un cuaderno, al que tú lees impreso en esta página mucho tiempo después, alq ue aparece en la pantalla de un dispositivo electrónico…? ¿Podrían también referirse a un número 2 que escribieses tú?

Sin duda piensas que todas esas propiedades matemáticas se pueden aplicar a mi número 2 y a tu número 2 y a cualquier otro número 2. Eso es lo que nos han enseñado en la escuela, ¿no es cierto? También estarás de acuerdo en que ni mi número 2 en un cuaderno, ni el número 2 impreso en la hoja que ahora lees, ni tu número 2 imaginado son «el número 2».

El número 2 es algo de lo que el tuyo y el mío son simples réplicas, porque, si no sucediera así, tú y yo, que quizá ni siquiera nos conocemos, no podríamos ponernos nunca de acuerdo en que tu número 2 y el mío tienen las mismas propiedades. Ahora bien, ¿dónde está ese número 2 del que el tuyo y el mío son réplicas?

Tras reflexionar un instante, quizás me respondas:

«El número 2 es un concepto, una convención matemática. Usted y yo conocemos esa convención y por eso cada vez que vemos el signo ‘2’ sabemos que ese signo tiene unas determinadas propiedades».

De acuerdo, te respondo: el número 2 es una convención creada por el ser humano. Ahora bien, si es una convención, ¿por qué siempre que juntamos una manzana con otra manzana tenemos dos manzanas? ¿Es que las manzanas también aceptan nuestras convenciones?

Para ser una convención, el número 2 parece depender muy poco de nosotros, los humanos. Ojalá yo pudiera tener dos manzanas y establecer otra convención para garantizarles a seis personas hambrientas que no tengo dos manzanas, sino seis. O doce, o venticuatro. Es posible que sus seis cerebros se pusieran de acuerdo, pero dudo que sus seis estómagos hambrientos aceptasen tan fácilmente la nueva convención y que se comiesen las dos manzanas con el mismo placer con el que se comerían seis manzanas.

Espero que estas reflexiones hayan abierto un poco la mente de mis lectores y que poco a poco entiendan que el mundo de las Ideas de Platón no es tan extravagante como puede parecer a primera vista. Confiando en que así haya sucedido, ha llegado el momento de ofrecer una primera y apresurada formulación de la Teoría.

Selección de réplicas de la sirena ideal (Heinrich Kley)

 

La Teoría

Lo formularé de manera rápida y sin ambigüedades:

«Existe un mundo en el que se encuentran todas las ideas y conceptos que habitualmente llamamos creaciones o invenciones. Ese mundo tiene unas coordenadas físicas y puede ser recorrido y explorado como se recorre un territorio. Toda invención o creación no es sino una visita inadvertida a ese mundo».

Conviene, en primer lugar, distinguir la Teoría de la «Teoría de las Ideas de Platón» que he examinado antes, porque quizá muchos lectores han pensado que se trata de lo mismo pero dicho con otras palabras. Insisto en que Platón fue uno de los primeros en atisbar la Teoría, y quizá quien más cerca ha estado de alcanzarla. Pero se quedó a medio camino, envuelto en vaguedades que no supo resolver.

Para Platón, en efecto, el mundo de las Ideas es una especie de «otro mundo», un lugar en el que habitan las almas antes de reencarnarse en cuerpos. En ese lugar, contemplando frente a frente las Ideas, las almas lo aprenden todo. Sin embargo, cuando las almas eligen un cuerpo y habitan en la Tierra, olvidan todo lo que han
aprendido. Por eso, nacer es en cierto modo morir y el conocimiento consiste en recordar lo que se ha olvidado:

«Y ocurre así que, siendo el alma inmortal, y habiendo nacido muchas veces y habiendo visto tanto lo de aquí como lo del Hades y todas las cosas, no hay nada que no tenga aprendido; con lo que no es de extrañar que también sobre la virtud y sobre las demás cosas sea capaz ella de recordar lo que desde luego ya antes sabía. Pues siendo, en efecto, la naturaleza entera homogénea, y habiéndolo aprendido todo el alma, nada impide que quien recuerda una sola cosa (y a esto llaman aprendizaje los hombres), descubra él mismo todas las demás, si es hombre valeroso y no se cansa de investigar. Porque el investigar y el aprender, por consiguiente, no son en absoluto otra cosa que reminiscencia».

Bien, esta es una concepción que bordea el terreno de la Teoría, pero que, en vez de penetrar en él, se queda dando vueltas y vueltas de un modo infantil y precientífico. En primer lugar, Platón niega no solo la invención sino también el descubrimiento: la única fuente de conocimiento verdadero consiste en recordar.

En segundo lugar, Platón no indica nada acerca de la localización espacial de ese mundo ideal, porque ni siquiera le interesa: usa un mito para ilustrar su genial intuición, pero acaba creyéndoselo, como quien cree en una fábula repetida por sus padres y no indaga nunca su verdadero origen y naturaleza.

No hay que culpar a Platón por esta torpeza, pues no fue el primero, ni sería el último, en extraviarse. En Babilonia ya existían mitos que aseguraban que las grandes ciudades eran réplicas de otras ciudades ideales, pero, en este caso, sí se intentó facilitar las coordenadas de ese mundo ideal. El error fue situarlo muy lejos y atendiendo a una tosca geometría tridimensional: las ciudades terrestres eran réplicas de modelos divinos que se hallaban en las diferentes constelaciones: Nínive, en la Osa Mayor; Assur, en Arturo; Sippar, en Cáncer.

Las Ideas de Platón y las Ciudades Celestiales de Babilonia son dos de los más tempranos precedentes de la Teoría. Ahorraré al lector la fatigosa enumeración de ejemplos anteriores a los mencionados, pues ya le he demostrado la inutilidad de buscar el origen último de cualquier cosa. La indagación genética, la pregunta por el origen, no sirve para demostrar una teoría científica: da igual si Galileo tiró o no dos piedras de peso desigual desde la torre de Pisa, porque la validez de sus descubrimientos no depende de esa anécdota chusca.

En cualquier caso, no hace falta aclarar que el hecho de que ya en épocas precientíficas los pensadores más audaces hayan imaginado versiones sencillas de la Teoría es un argumento intuitivo muy fuerte en favor de la misma. Pero, insisto, soy perfectamente consciente de que una razón intuitiva no es una razón demostrativa. A pesar de que en el momento actual de mis investigaciones me veo obligado a ofrecer argumentos casi intuitivos, estoy trabajando en el diseño de un experimento que me permitirá poner a prueba la Teoría desde un punto de vista empírico. Porque yo creo, como ese otro gran descubridor, amigo y rival de Galileo que fue Kepler, que el vuelo de la imaginación no debe ser detenido por las exigencias del método científico, pero que sus hallazgos y resultados sí que deben ser contrastados por la observación y el experimento.

Mientras llega el momento de presentar al mundo mi propuesta experimental, ofreceré algunas razones a favor de la Teoría. En primer lugar, me gustaría argumentar contra un materialismo mal entendido que, creyendo ajustarse al método científico, en realidad se aleja de él sin remedio.

 

Nada nace de la nada

Quizá el lector conoce un antiquísimo principio que ya mencionaba el poeta latino Lucrecio: «Nada nace de la nada», principio que sólo por torpeza puede confundirse con aquella frase simplona que dice «Nada nuevo bajo el sol».

Es innecesario que me detenga a demostrar que el de Lucrecio es un principio que no admite discusión; como él mismo explica, si algo pudiera nacer de la nada, entonces todo podría nacer de todo:

«Cualquiera podría salir de cualquiera, nada necesitaría semilla; del mar podrían surgir de repente los hombres, de la tierra la familia escamosa, y las aves brotarían del cielo».

Porque, en efecto, la diferencia que hay entre «nada» y «algo» es inmensa: que de la nada surja un átomo es infinitamente más difícil y extravagante que el hecho de que del vientre de una ballena nazca la luna. No es una cuestión de complejidad, de cantidad o de número, sino de esencia y ontología. También de sentido común.

Aplicando este principio a la Teoría, afirmar que algo pueda ser inventado o creado sería lo mismo que afirmar que algo que no existía ha surgido de la nada. En consecuencia, como se sigue de la formulación de la Teoría que he ofrecido antes («Nada se crea, nada se inventa, todo se descubre»), debemos concluir que todo lo que conocemos, todo lo que consideramos fruto de nuestra invención, es en realidad producto de un descubrimiento: no inventamos ni creamos nada, sino que todo lo descubrimos. Para ser más precisos, no hacemos otra cosa que -literalmente- inventar. Cualquier lector educado en los clásicos ya habrá advertido que los antiguos intuían, aunque fuera de una manera confusa, la Teoría, pues la etimología nos revela que la palabra «inventar» procede de in-venio, «hacer venir», «llegar hacia», «descubrir». En efecto, pese a los disparatados cantos a la “originalidad” propios de la presunción moderna, un invento no es otra cosa que un descubrimiento. Originalidad, por cierto, también procede de “origen”.

Queda por aclarar, sin embargo, «dónde» descubrimos todas esas cosas. La tentación evidente es responder: «Las descubrimos dentro de nuestra cabeza», con lo que volveríamos a alejarnos de la Teoría y a caer en los mitos del genio y la invención. Por el contrario, yo afirmo que descubrimos todas esas cosas en un lugar tan material como nuestro mundo conocido, un mundo al que accedemos, eso sí, tal vez mediante sentidos cuya existencia ignoramos, pero que son el equivalente para el mundo de las ideas de lo que son los sentidos conocidos para el mundo inmediatamente sensible y perceptible. Sospecho también que, aunque ese mundo es material, sus leyes y las del nuestro quizá no sean en todo coincidentes.

Estoy seguro de que pronto podré aclarar cuál es la exacta relación entre ambos territorios. Por ahora sólo diré que, en cierto modo, el mundo que conocemos es la parte inmediatamente perceptible para nuestros sentidos tradicionales de ese otro mundo que todavía es necesario cartografiar mediante el uso consciente de esos otros sentidos o receptores que utilizamos constantemente, aunque no seamos conscientes de que lo hacemos y cómo lo hacemos. Eso que llamamos invenciones o creaciones no son sino la prueba tangible de lo que estoy diciendo, pero también son tan sólo el resultado visible que nos ofrece nuestra mente  de un proceso que, por el momento, permanece oculto. Por fortuna, nosotros mismos estamos descubriendo sin saberlo el camino que nos llevará a detectar ese mecanismo secreto, que es lo que yo entendí por fin en aquel tren en el que vislumbre por vez primera la Teoría.

Además, en esa misma dirección avanza la física actual, por ejemplo con su teoría de las supercuerdas, que pretende explicar los enigmas cuánticos y propone que nuestro universo puede tener diez o más dimensiones. Sin duda no es casual que mi descubrimiento y los de los universos multidimensionales, como el de las supercuerdas, y de los no-euclidianos hayan casi coincidido en el tiempo, porque la Teoría, de eso estoy seguro, necesita de unas matemáticas capaces de operar en más dimensiones que las tres tradicionales. Antes de continuar en esa dirección y tomar de nuevo el tren que nos lleva a la Teoría, debemos detenernos un instante en la estación del materialismo espiritualista.

 

Los materialistas espiritualistas

¿Qué son los materialistas espiritualistas? Yo llamo así a los materialistas que niegan (y que negarán) mi Teoría y que, en consecuencia, se ven (y se verán) obligados a aceptar el mundo de los espíritus. Queriendo huir de la mistificación caerán sin remedio en los brazos del misticismo. Voy a demostrarlo que es inevitable que tal cosa suceda por reducción al absurdo. Es decir, mostraré que sus argumentos solo pueden conducir al sinsentido.

Los salvajes arquetípicos que aparecen en las crónicas de los antropólogos retroceden asustados al ver sobre su cabeza un helicóptero (que es un ejemplo de objeto poco natural, pero en ningún caso sobrenatural) y después inventan leyendas y cultos para intentar explicar la existencia de ese pájaro de metal sin por ello quebrar su primitiva, pero a veces muy compleja, concepción del mundo. De una u otra manera consiguen que algo tan material como un helicóptero se convierta en una especie de espíritu del aire, semejante a otros que inventaron quizá tras verlos en un sueño.

Del mismo modo, los materialistas estrictos serán los primeros que retrocederán, asustados como esos salvajes, ante mi propuesta de extender el reino de la materia más allá de los estrechos límites que una ciencia incompleta le ha marcado, de tal modo que invada y conquiste el imperio del espíritu. Porque mi intención es extender el reino de la materia hasta ese mundo de las Ideas inmateriales del que tanto se burlan, hacia el mundo inteligible platónico. No quiero postular, como un nuevo Descartes, una separación entre materia y espíritu, sino diluir de una vez para siempre sus fronteras.

En primer lugar, los materialistas estrictos, si son consecuentes, deberán admitir, como Lucrecio, que no es posible que algo surja de la nada. Si la nada existe, entonces la nada no es materia y si algo puede surgir de lo que no es materia, entonces: ¿para qué diablos se necesita la materia? Sustituyamos la materia lucreciana por la energía einsteniana y obtendremos la misma conclusión. La materia o la energía sólo puede surgir de la materia o la energía, sólo puede transformarse, nunca crearse.

Ahora bien, si se admite, como hacen ellos (y hago yo), que no es posible que algo surja de la nada, entonces es absurdo que después se retroceda aterrorizado cuando nos proponemos explorar y fijar las coordenadas del territorio en el que descubrimos las cosas.

Porque, o bien las cosas inteligibles o no materiales se «crean», y por o tanto no existen antes de que la imaginación les dé su ser, tras hacerlas surgir de la nada, o bien se «descubren» y, por lo tanto, tienen que existir en alguna parte y de alguna manera. No hay más posibilidades. Afirmar, por ejemplo, que lo que sucede es que no hay tal descubrimiento, sino que todo se explica por la naturaleza misma de las cosas, es lo mismo que no decir nada, pues ¿de qué manera se halla en la naturaleza misma de las cosas una idea?

Sólo un pensamiento de corto alcance, acostumbrado a los tópicos al uso, puede ser incapaz de darse cuenta de que si una idea está en la naturaleza de las cosas y al mismo tiempo no está en ninguna parte físicamente localizable del universo, entonces es que esa idea es un espíritu. ¿Será necesario seguir argumentando que esta consecuencia es inevitable?

Supongo que no, pero todavía me asombra escuchar a personas que se tienen por materialistas sostener esta opinión absurda: que las ideas están en la naturaleza de las cosas sin estar, al mismo tiempo, en algún lugar. Yo les pregunto: ¿se hallan en la naturaleza de las cosas en forma material o espiritual? ¿O son, simplemente, un algo que surge de la nada?

Esas personas, esos materialistas inconsecuentes, se ríen del teleologismo de Aristóteles, de su causa final, preguntándose dónde se halla esa causa que parece actuar desde un futuro que aún no existe. Y, ciertamente, el teleologismo es una idea ridícula, pero yo les digo a ellos que más asombroso es lo que ellos proponen: que existen causas que operan, no desde el futuro, sino desde la nada. Porque si algo puede ser creado desde la nada entonces su causa está contenida de algún modo en la nada.

La conclusión final de mi argumento es que si los materialistas no aceptan el territorio de la Teoría, tendrán que aceptar el territorio de los espíritus.

Para terminar con este asunto, quiero señalar lo ambigüa que es la frontera que separa el materialismo del espiritualismo: ¿Acaso podemos encontrar a alguien más materialista que el idealista Platón, quien consideraba la idea de Caballo tan sólida como un caballo de carne y hueso y la imaginaba galopando por los mundos ideales? No es casual que materialismo y espiritualismo se alimenten uno de otro, como espero demostrar gracias a mi Teoría.

Pero quizá ha llegado el momento de examinar otro indicio de la verdad de la Teoría, y revelar también en qué se equivocó Platón.

Seis réplicas del cangrejo ideal, sometidas a las limitaciones del crecimiento y la forma, según D’Arcy Thompson, el biólogo que más se ha acercado a la Teoría (Sobre el crecimiento y la forma, 1945).         Se trata de las siguientes variaciones: 1. Geryon  2. Corystes 3. Syramathia 4. Paralomis 5. Lupa 6. Chorinus.

 

El error de Platón

La lectura atenta de sus obras, muestra con claridad que Platón recorrió más de una vez los territorios de la Teoría, sin duda alertado por su maestro Sócrates.

Si Platón hubiese tenido las ambiciones metódicas y el amor a las clasificaciones de su discípulo Aristóteles, sin duda habría logrado trazar alguno de los contornos de ese territorio que sólo yo he descubierto de manera definitiva.

En su diálogo Ión, Platón se acerca mucho a la Teoría. Todo se inicia con una conversación casual entre Ión y Sócrates. Ión es uno de los rápsodas más admirados de Atenas y conoce tan bien las obras de Homero que es capaz de disertar sin pausa acerca de ellas ante un auditorio fascinado:

«Cuando se trata de cualquier otro poeta, ni tan siquiera presto atención; impotente soy para decir algo sobre él, algo que valga la pena; es más, hasta me duermo escuchando. Pero que se mencione tan siquiera a Homero y ya me tienes despierto, atento y tan dispuesto que las ideas me asaltan en tropel».

Sócrates le dice a Ión que lo que le sucede parece absurdo, pues ¿cómo es posible que alguien que es capaz de disertar sin pausa acerca de la obra de Homero, sobre el acierto de sus metáforas y la belleza de sus versos, no pueda siquiera opinar acerca de los versos de otros poetas? Al menos, dice Sócrates, Ión debería poder decir que esos poetas carecen de éste o aquel rasgo que sí posee Homero.

Desde el punto de vista del sentido común, lo que dice Ión parece absurdo y eso le sirve a Platón para desprestigiar a los poetas, pero desde el punto de vista de la Teoría, la respuesta al problema que plantea Sócrates es muy sencilla: Ión sólo puede hablar de Homero porque el territorio homérico es el único que ha descubierto, el único al que tiene acceso. Por ello, Ión puede ser un genio hablando de Homero y un zote si se trata de Arquíloco.

Porque sucede que Ión no inventa, no crea, ni siquiera piensa, lo único que hace es observar: mira en el mundo de la Teoría, como quien contempla un paisaje desde una ventana. No hace falta inteligencia para recorrer el mundo de la Teoría. Se puede ser perfectamente estúpido y, sin embargo, ser capaz de disertar con acierto durante horas acerca de algo que ni siquiera se entiende. Pero que sí se ve.

¿Es necesario señalar al lector, a quien me atrevo a considerar inteligente, que el caso de Ión no es otra cosa que un ejemplo de esos idiots savants («idiotas sabios») que tanto han asombrado a los científicos? Los niños autistas que son capaces de componer sinfonías y dirigir orquestas; los gemelos de los que nos habla el neurólogo Oliver Sacks, que eran incapaces de hablar con nadie y que, sin embargo, se comunicaban entre ellos diciéndose el uno al otro números primos cuyo cálculo sólo estaba al alcance de grandes computadores.

Esos misterios, que parecían irresolubles, se explican sin dificultad cuando se acepta que existe un territorio en el que los números primos pueden ser contemplados como si fueran montañas, vacas, árboles o caballos.

Por cierto, un apunte para investigadores inquietos: la fascinante relación que parece existir entre la sabia idiotez y la percepción del mundo de la Teoría merece sin duda una investigación a fondo; quienes hayan leído algo sobre el tema quizá hayan observado que muchos de estos idiotas sabios, bastantes de ellos sinestésicos, describen sus experiencias matemáticas como un paseo entre formas, colores e incluso sabores.

Volviendo al diálogo entre Ión y Sócrates, tenemos que lamentar que Platón se aleje de nuevo del que podría haber sido su mayor descubrimiento y atribuya las capacidades de Ión a algo semejante a la posesión divina:

«Porque así como los que son presa del delirio de los Coribantes no están en su razón cuando danzan, así tampoco los poetas líricos disfrutan del pleno dominio de sí mismos cuando componen sus hermosísimos versos».

Platón, más bien que acusar a Ión de delirante intoxicado o drogado, debería decir que este rápsoda es incluso más ciego que Homero, puesto que sólo ve ciertos colores en el mapa de la poesía épica: los que trazó la mano de Homero. O también podría comparar a Ión con un perro guardián, que es capaz de oír sonidos que no existen para nosotros y que, sin embargo, es nuestra mascota y está a nuestro servicio, y no nosotros al suyo, aunque tengamos peor oído.

No ha sido Platón (o Sócrates) el único que ha confundido una percepción afinada, pero limitada, del mundo de las Ideas con la inteligencia, o con eso que llaman creatividad.

En cualqueir caso, la Teoría no sólo explica el caso de Ión o el de los idiotas sabios, sino que tiene respuesta para otros enigmas quizá más interesantes.

 

La Teoría y los descubrimientos simultáneos

La humanidad, y los científicos en particular, siempre se han preguntado por qué son tan frecuentes los descubrimientos simultáneos. Es cierto que resulta asombroso que en un mismo momento dos o más personas sin ninguna relación propongan una teoría que ha esperado siglos para ser descubierta.

Los descubrimientos simultáneos, como el de la evolución de los seres vivos por Darwin y Alfred Russell Wallace, también confirman la Teoría y parecen indicar cambios de posición en ese territorio del descubrimiento cuya topología, por el momento, nos resulta tan difícil concebir. Aunque Darwin se hallaba en Inglaterra y Russell Wallace en Australia, es posible que la intrincada cartografía multidimensional del mundo de las Ideas atravesase en aquel momento todo el planeta y conectase dos lugares tan alejados.

No resultará tan extraño, cuando se recorra el mundo de las Ideas, que también hayan surgido más o menos en la misma época (hacia el año 400 antes de nuestra era) los grandes reformadores de la humanidad: Buda y Majavira en la India, Confucio y Lao Zi en China, los presocráticos, Sócrates y Platón en Grecia. Karl Jaspers llamó a esa explosión de pensamiento Era Axial y la situó en el tiempo, pero debió haberla situado también en el espacio, en el territorio de las Ideas.

Podría poner muchos más ejemplos de coincidencias significativas, algunas en el terreno artístico, otras en el literario, varias en el religioso, muchas en lo social y político, pero no lo haré, porque quiero evitar que el lector se sumerja en la anécdota y pierda de vista la importancia teórica de lo que aquí le estoy proponiendo.

Dos manifestaciones del mismo Pez Arquetípico, el Diodon y el Orthagoriscos (Sobre el crecimiento y la forma, de D’Arcy Thompson)

Ya he admitido que no sé cómo está entretejida la tela de las Ideas; si tiene una estructura determinada, si la inmensidad de sus elementos y relaciones puede ser traducida a algún tipo de orden comprensible y utilizable, si puede trazarse un mapa, en dos o en tres dimensiones, de ese mundo que no sabemos cuántas posee. Pero estoy seguro de que, como sucede con la moderna física cuántica, será posible encontrar sus leyes, aunque no podamos nunca llegar a representárnoslo a la manera de una pintura, o imaginarlo como quien imagina un paisaje. Desde el punto de vista visual, me temo que sólo podemos acceder a ese territorio de una manera intuitiva y abstracta, tan sólo metafórica, como metafórico es el átomo de Bohr. Eso sí, podemos plantearnos si es posible tener un olfato especialmente adaptado o un sentido de la orientación privilegiado para recorrer el mundo de la Teoría, un oído como el de los perros guardianes, capaz de captar vibraciones sonoras que a otros les resultan inaudibles.

¿Es sólo casualidad que ya el abuelo de Darwin, Erasmus, tantease territorios cercanos a los que luego exploraría con éxito su nieto? ¿No podría ser que la percepción de ese mundo de las Ideas fuese una especie de herencia genética, quizá producto de una mutación, en la familia Darwin? ¿Puede pensarse que la estructura concreta del cerebro de cada individuo está preparada para sintonizar con una parte o una zona de ese fluido, de esas ondas, de ese territorio cuya naturaleza física todavía no podemos describir? Si así fuera, la coincidencia entre las ideas de Darwin y las de su abuelo dejaría de ser una casualidad, pues podría haberse transmitido de padres a hijos. Quizá incluso exista una relación entre el genotipo familiar y el mapa de las Ideas. A los miembros de una misma familia les podrían resultar más accesibles, por alguna razón que confieso ser incapaz siquiera de intuir, algunos lugares concretos del Mundo de las Ideas.

La Musa ayuda a un hombre a crear, es decir, a recordar, a recuperar lo que ya conoció en el mundo de las Ideas (por Heinrich Kley). Es una visión interesante pero ingenua de la Teoría.

 

Fenómenos paranormales

A cualquier científico le inquieta el avance de las seudociencias, una preocupación comprensible, puesto que todas ellas se basan en apelaciones al espíritu y a influencias no materiales. Pero también es inquietante que la ciencia nunca haya podido acallar de una vez por todas a la superstición. La Teoría viene en ayuda de la ciencia, no porque refute los fenómenos paranormales, sino porque los disuelve, al incorporarlos de manera definitiva al mundo material.

Sólo la falta de tiempo para mis investigaciones me impide ofrecer los resultados de ciertos experimentos que serán definitivos para esclarecer viejos enigmas que han preocupado a la humanidad. Aquí sólo daré unas indicaciones.

En primer lugar, el misterioso e inaprensible mundo de los sueños, en el que nos parece recorrer territorios que no se ajustan a las leyes espaciotemporales del mundo de la vigilia, y que parece ser la manera más aproximada que tenemos de contemplar ese mundo de las Ideas en forma de imágenes o sonidos asimilables por nuestros sentidos tradicionales y al margen de nuestros prejucios perceptivos.

En segundo lugar, la adivinación, de la que hay que decir que no es una visión temporal, sino espacial: el adivino no ve un futuro que está más allá del momento presente, sino que contempla un territorio al que no se puede acceder por los medios habituales. Dentro de ese territorio está eso que torpemente llamamos futuro y que no existe tal como lo solemos concebir, puesto que todo es presente absoluto en el mundo de las Ideas, ya sea en este universo o en cualquiera de los universos paralelos que postula la física cuántica, y entre los que la única comunicación posible quizá sea precisamente el mundo de las Ideas, que parece inmune a cualquier distancia espaciotemporal.

En tercer lugar, las visiones de los santos, de los místicos o de los locos, que no serían otra cosa que una percepción refinada de ese mundo, inaccesible a la mayoría de nosotros, al menos en forma de imágenes vívidas. Así eran las visiones de aquella mística medieval llamada Hildegard de Bingen, en cuyos extraños dibujos parece querer plasmarse la topología multidimensional del mundo de las Ideas.

En cuarto lugar, la telepatía, encuentro feliz entre dos mentes que perciben y se perciben una a otra recorriendo una misma zona del territorio de la Teoría.

Finalmente, tampoco escapan a la claridad resolutiva que ofrece el mundo de la Teoría algunas hipótesis recientes, como los memes, o genes culturales, de Richard Dawkins, una actualización de la teoría platónica, que pretende comprimir toda la vastedad del mundo ideal en el reducido espacio de nuestro cerebro; o los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake, que pretenden explicar la comunicación entre especies, y que, aunque formulan por una vez la posibilidad de localizar ese mundo ideal, caen en el lamentable error de hacerlo depender exclusivamente de factores como el parentesco.

Coros de ángeles, réplicas del ángel arquetípico, localizadas sin duda en el territorio de las Ideas (Hildegard von Bingen: Symphonia armonie celestium revelationum)

 

A modo de conclusión

Podría sugerir otros muchos terrenos a los que la Teoría aporta luz, terrenos que hasta ahora habían permanecido en la oscuridad, como los Arquetipos de Carl Gustav Jung, que no son patrones comunes de un inconsciente colectivo, sino puntos privilegiados en el territorio de las Ideas; o las mónadas de Leibniz, que él llamaba átomos espirituales, ventanas desde las que se ve un mismo mundo desde diferentes perspectivas, que ha sido sin duda el mayor acercamiento a la verdad de la Teoría desde los tiempos de Platón y una de las pocas veces en que un pensador ha comprendido que las Ideas no las vemos dentro de nuestra cabeza, ni las recordamos, sino que las contemplamos, aunque sin llegar a explicar de qué manera lo hacemos. Pero no quiero abrumar al lector con más ejemplos.

Quede aquí, pues, este primer anuncio de la Teoría, de una teoría que es mía y no es mía, porque ella también forma parte de ese territorio en el que se hallan todas las cosas que creemos inventar y que en realidad descubrimos. Porque allí se halla, en definitiva, todo, incluidos los Caballos de Platón y los asnos y el fango de los cínicos, las almas que contemplan la perfección y los cuerpos en que se encarnan, materia en ambos casos, pero también origen de nuestra confusión conceptual. Allí está la teoría de la evolución que cada descubridor ve de distinta manera a causa de las deficiencias de su percepción y a su punto de vista leibniciano irrepetible.

Como en una de esas imágenes especulares que se contienen a sí mismas, la propia Teoría se halla en algún lugar del mundo de la Teoría. Otros antes que yo han paseado cerca del paraje en el que se encuentra la Teoría misma, pero yo he sido el primero que ha tenido la fortuna de poder hacerlo en el momento en el que el desarrollo de la ciencia moderna permite entender un lenguaje tan complejo, que para mis predecesores se asemejaba más a una fábula o a una intuición divina.

Naturalmente, como en el caso de los descubridores de un continente o de un nuevo elemento químico, la gloria de ser el primero, o uno de los primeros cazadores que han logrado atrapar una idea, es un orgullo y un placer incomparable, que apenas podrá verse aumentado por el reconocimiento que la sociedad culta y común le dedique y me dedique. Espero, una vez publicado este primer esbozo, poder contribuir, aunque sea modestamente, al desarrollo de la Teoría y participar en la tarea de cartografiar este nuevo mundo.

Finalmente, he de decir que he aprendido la mayor lección de mi teoría: que no es mi teoría. Que no pertenece a nadie o, si se quiere expresar de un modo más positivo, que nos pertenece a todos.


Comentario de los Antólogos

Cuando descubrimos este texto nos quedamos asombrados. Deseamos que el visitante comparta nuestro asombro: Que nada se crea fue escrito antes del año 2025, pero hay razones para pensar que podría datarse incluso en el siglo 20[1] La fecha ante quem es 1993; la fecha post quem, como ya hemos dicho, 2025. Algunas teorías científicas que el autor menciona como contemporáneas (supercuerdas o Big Bang) revelan la antigüedad del texto. (Nota de los Antólogos)..

Que nada se crea está firmado por alguien llamado Francisco Sánchez. Sin duda, se trata de un seudónimo, elegido en homenaje a otro Francisco Sánchez, que escribió, durante la Edad Media Occidental, un libro casi con el mismo título que el texto que estamos comentando: Que nada se sabe. ¿Por qué el autor no quiso firmar con su propio nombre y se escondió bajo un alias? Creemos que la razón es que no se hallaba muy seguro de que la comunidad científica recibiese su teoría de manera favorable, como repite él mismo varias veces.

Posiblemente sus temores se vieron confirmados, pues no hemos descubierto nada relacionado con este texto o con su autor en el territorio franciscosanchez de la Arqueo-Red. No descartamos, sin embargo, que tal vez pueda hallarse más información en territorios afines difíciles de explorar[2] Hay que tener en cuenta que en el siglo 20 y 21 el soporte digital apenas empezaba a ser empleado, todavía en dura competencia con los libros, las revistas, los periódicos, las cintas de vídeo y otros soportes hoy inaccesibles. Tan sólo la apertura completa de la Arqueo-Red podría resolver muchas de nuestras dudas. (Nota de los Antólogos).. No obstante, hemos encontrado una mención bajo el rastreador nadasecrea que quizá tenga relación con nuestro texto. Se trata de un correo electrónico de principios del siglo 21 en el que se puede leer:  «Harto de que no le tomen en serio, ha decidido enviar lo de Que nada se crea a un concurso de cuentos».

A favor de una datación temprana de este texto, hay que señalar que ya en las primeras décadas del siglo 21 se empezaron a crear algoritmos que permitieron cartografiar el Mundo de las Ideas (a pesar de que entonces se ignoraba su existencia). Los ordenadores digitales empezaron a descubrir en apenas unos minutos los leyes físicas que a los seres humanos les habían costado siglos de investigación, como la del péndulo; con el tiempo los algoritmistas y los algoritmísticos intentaron explorar también territorios creativos, descubriendo el lugar en el que se encontraba un ensayo de Frontón (el que fuera discípulo del emperador Marco Aurelio) y otro de Demócrito, ambos acerca de las imágenes. Estos descubrimientos casi fortuitos les guiaron en sus exploraciones posteriores.

¿Podemos entonces concluir que este ensayo excepcional y visionario, escrito al menos 100 años antes que el Nuevo Erewhon de Lin Bao, se adelantó tanto a su propio tiempo que acabó convirtiéndose en una obra de ficción?

La respuesta es sin duda afirmativa, pues, de no ser así, Lin Bao nunca habría pasado a la historia como descubridor y primer cartógrafo del Mundo de las Ideas, pero también podemos preguntarnos: ¿conoció Lin Bao Que nada se crea antes de iniciar su búsqueda?

Para esta pregunta no tenemos respuesta, aunque sin duda se hallará en algún lugar de este vasto Arqueo Mundo que sólo recientemente hemos comenzado a recorrer, y todavía con muchas restricciones.


Comentario de Daniel Tubau en 2017

En el momento de la publicación de Recuerdos de la era analógica por la editorial Evohé en 2009, en el Epílogo “Textos encontrados”, se dice lo siguiente:

Que nada se crea
Hay registros en Google del ensayo
Que nada se crea, como publicado en 1999, pero no se ha encontrado en búsquedas recientes.

No he encontrado esos registros en Google, pero sigo buscándolos.

Can Jie

También se puede ver en Youtube un vídeo bilingüe (en chino y en español) llamado Que nada se crea, publicado el 24 de enero de 2012 en el que se habla de un explorador del Territorio de las Ideas, el legendario Can Jie, al que se atribuye la invención del idioma chino.

 

 


¿Quieres leer Recuerdos de la era analógica ahora mismo?: ebook

Si prefieres la edición en  papel: libro


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

LIBROS PUBLICADOS

Originally posted 2012-12-01 12:09:45.

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Sherlock Holmes, el inconformista

Alexandra von Schelling en la reseña y entrevista que publicó en El mundo el 30 de enero de 2014 (“Para que Watson sea como Sherlock”), proponía un destacado que me parece muy acertado y que expresa muy bien uno de los aspectos que más me interesaron al estudiar al detective en No tan elemental: “El detective de Conan Doyle tiene un valor científico/moral: el inconformismo, la fe en la observación, el naturalismo…”

Benedict Cumberbatch y Martin Freeman como Holmes y Watson en la serie de la BBC.

Dice Alexandra von Schelling:

“Daniel Tubau acaba de publicar ‘No tan elemental’ (Ariel), una profunda investigación del icono de la cultura londinense Sherlock Holmes. Tan icónico que el personaje creado por Arthur Conan Doyle, mil veces confundido con una persona real, ha empapado disciplinas como como la ciencia forense y la psicología y, aún más importante, ha propiciado suficiente literatura derivada como para convertirse en un subgénero. Ahí es donde encontramos ahora a Daniel Tubau, que no sólo descifra el genio de Holmes y sus métodos: también proporciona las herramientas necesarias para que sus lectores puedan imitarlo e incluso refinar su percepción del universo.

 El libro empieza por demostrar la genialidad del detective comparándolo con algunos de las grandes mentes pensantes de la Historia. Por ejemplo, el autor hace una comparación entre el crítico de arte Giovanni Morelli y su habilidad para distinguir entre cuadros sólo por la forma de una oreja y la habilidad de Holmes para encontrar pistas en detalles minúsculos como el orificio de un pendiente. Lo compara con Francis Bacon y con otros filósofos naturalistas como Robert Hooke porque Holmes  desmenuza el misterio igual que los filósofos desmenuzan el universo. Y mejor aún, da un consuelo ‘sherlockiano’ a las personas que piensan que el mundo es rutinario: contra la depresión, un poco de ‘pensamiento Holmes’.”



No tan elemental
Cómo ser Sherlock Holmes.
Daniel Tubau
A la venta en todo el mundo
(y en: Amazon, La FugitivaRafael Alberti, Laie…)


carlos-garcc3ada-gualCarlos García Gual ha dicho de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes:
Es una mis mejores lecturas  de ensayos literarios en mucho tiempo, tanto por su originalidad como por su estilo. Y sobre un tema  para mí fascinante ya que me trae recuerdos de lecturas juveniles… Me tiene admirado su manejo de todos esos registros tan bien usados en esta trama tan erudita y esa disección tan inteligente, de fina “filología” (en el buen sentido de la palabra)… Creo que el resultado final es espléndido y muy divertido”.


Wyoming-No-tan-elemental


Entradas holmesianas no tan elementales


Sobre el libro


SÓLO PARA TUS OJOS 
(Lectores de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes)