Cómo ganar a los dados a un tonto

¿Por qué los griegos de la época clásica no descubrieron las leyes del azar y no contribuyeron significativamente al descubrimiento del pensamiento estadístico y el análisis de datos?

Me he hecho esta pregunta a menudo, por ejemplo en Tersites y Palamedes y las leyes del azar. En otras ocasiones, he mostrado que los griegos conocían los juegos de azar y que los héroes de Troya, al menos según la tradición posterior, jugaban a los dados: Aquiles y Áyax se la juegan en Troya.  Los griegos, en definitiva, conocían muy bien la existencia del azar en el juego, del mismo modo que también lo conocían los indios que escribieron el Mahabarata: El rey indio que se apostó a sí mismo.

¿Ahora bien, sabían los griegos, al menos algunos griegos, calcular las probabilidades del juego de dados y sacar ventaja de ese conocimiento privilegiado? No tenemos constancia de que así fuera. Es posible que el hecho de que en algunas de esas vasijas se representase a Palamedes, el más listo de los héroes de Troya (con permiso de Ulises) jugando con el más tonto (Tersites) nos esté indicando algo. Quizá Palamedes conocía algunas de las leyes del azar y siempre ganaba en las apuestas. Tal vez sabía si existían más posibilidades de que saliera un 10 o un 9 al tirar los dados. ¿Qué piensa, por cierto, el lector? ¿Hay más posibilidades de obtener un 9 o un 10?

Antes de continuar leyendo, intente responder: al tirar dos dados, ¿hay más posibilidades de obtener un 9 o un 10?

Si examinamos las combinaciones de números con las que se puede obtener un 10, veremos que hay dos posibles combinaciones:

6+4 = 10
5+5= 10

Si ahora examinamos que números combinados pueden sumar 9, descubriremos que también existen dos posibilidades:

6+3=9
5+4=9

Así que hay tantas posibilidades de obtener un 10 como de obtener un 9, o al menos eso es lo que nos hace concluir la intuición. El lector puede detenerse de nuevo antes de contestar ¿tengo más posibilidades de obtener un 9 o un 10?

Quien conozca algo de cálculo de probabilidades ya se habrá dado cuenta de que hay más probabilidades de obtener un 9 que un 10. Para ser más precisos, de las 36 posibles combinaciones de dos dados, hay 3 posibilidades de obtener un 10 y cuatro posibilidades de obtener un 9. ¿Cómo es eso posible?

La razón es que, las posibilidades de obtener un 9 no son consisten en sacar un 6+3 o un 5+4, sino que, al tratarse de dos dados diferentes, también debemos tener en cuenta las posibilidades inversas, es decir:

Sin embargo, si examinamos las combinaciones con el 10 (6+4 y 5+5), no obtenemos cuatro combinaciones posibles, sino tan sólo 3:

Como es obvio, no hay manera de ordenar los dados de diferente manera en la jugada 5+5, mientras que sí es posible hacerlo en la combinación 5+4, 6+3 o 6+4.

La anterior es una sencilla muestra de que el pensamiento que estadístico y probabilístico puede revelarnos sorpresas que escapan al pensamiento intuitivo. Es fácil imaginar la ventaja con la que contaría cualquier persona que en tiempos pasados conociera las leyes del azar y la probabilidad y las mantuviera en secreto. Tal vez las conociera Palamedes, que era considerado un inventor ingenioso y creativo. Y tal vez esa sea la razón por la que se le representaba jugando con el tonto Tersites.


Combinaciones posibles del 2 al 12 en una tirada de dados (sobre los 36 posibles).

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LA BIBLIOTECA IMPOSIBLE y sus libros improbables

labibliotecaimposible

En varios artículos de esta Biblioteca Imposible, nueva versión de la Biblioteca ideal que alojé en el sitio web Divertinajes, me referí a las múltiples lecturas que puede tener un libro. Es un asunto bastante obvio, en el que no sería necesario insistir, si no fuera porque casi siempre lo olvidan quienes se dedican a descifrar los libros, las películas y cualquier manifestación artística y aseguran, satisfechos, que han encontrado “su significado”.

Frente a la obsesión por el significado, que tiñe o contamina casi toda la crítica moderna, intenté en aquellos artículos llamar la atención no hacia el significado, sino hacia los significados, los múltiples significados que pueden encontrarse en cualquier obra que merezca la pena.

Macpherson, por G. Romney

En Los libros que escriben los lectores me detuve en la constatación sin duda trivial de que un mismo libro es diferente cada vez que lo leemos, no porque el libro cambie, sino porque cambiamos nosotros: cambia el río de Heráclito y cambiamos nosotros cuando nos bañamos de nuevo en ese río.

En Instantes de Jorge Luis Borges y en Ossian de James MacPherson hablé de cómo nuestra opinión acerca de un libro se modifica si creemos que lo ha escrito o no un autor determinado.

El poema Instantes, atribuido a Borges, en efecto, parece perder todo su valor cuando nos dicen que no lo escribió Borges. Lo que antes alguien interpretó como sutileza escondida en frases aparentemente sencillas, se convierte ahora en ejemplo de simplismo poético. En cuanto a los poemas de Ossian, si creemos que los escribió un bardo escoces de la época medieval nos parecen comparables o superiores a Homero, como llegó afirmar el propio Goethe, pero si se descubre que esos versos fueron escritos por James McPherson, erudito del siglo XVIII, pasan a ser considerados como la obra prescindible de un imitador.

En otro artículo, El Mahabharata y otras obras del tiempo, dije que las maneras de leer, entender y disfrutar de un libro son completamente diferentes según la fecha en que fue escrito. No encontramos tan interesante el larguísimo Mahabharata si creemos que fue escrito en el año -1400 en vez de en el -280. La diferencia es que en un caso es un asombros precursor de la Ilíada, mientras que en el otro es una copia. En un caso lo ha inventado todo, en el otro casi nada.

Volví a tratar el tema de los cambios en la percepción de un libro que suelen estar ligados no solo la reinterpretación sino también a los prejuicios, en otros artículos, como Los libros que queremos leer y el Cardenio de Shakespeare, o en El Shakespeare cervantino, donde lo que está en juego es la atribución de un libro a Shakespeare, con todo el efecto transformador que eso puede tener en la lectura del modesto Cardenio, esa obra de teatro que protagoniza un personaje secundario de El Quijote.

Como quizá revela la enumeración anterior, me interesa mucho el tema de cómo una misma cosa, un mismo libro, puede ser al mismo tiempo muchos libros. El ejemplo máximo nos lo dio probablemente Borges, cuando en Pierre Menard, autor del Quijote, nos muestra cómo un mismo párrafo cambia completamente de sentido si lo ha escrito Cervantes en el siglo XVI o Pierre Menard en el XIX. También dediqué un artículo a esa estimulante ocurrencia de Borges: Pierre Menard, autor de Ficciones.


LA BIBLIOTECA IMPOSIBLE

 

 

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Aquiles y Áyax se la juegan en Troya
Homéricas /008

Aquiles-y-Ayax-juegan

 

En Tersites y Palamedes y las leyes del azar hablé de la sorprendente ausencia del estudio de las leyes del azar en la Grecia clásica. Mencioné allí una pintura de Polignoto, que menciona Pausanias en su Descripción de Grecia, en la que se veía jugar a los dados a dos personajes de la guerra de Troya, Palamedes y Tersites. Aunque esa pintura se ha perdido, sí se conservan otros dibujos en ánforas y jarras griegas, en los que quienes juegan a los dados son los guerreros más poderosos de Troya, Aquiles y Áyax, como se puede ver en el ánfora que  encabeza este artículo y en las que se reproducen a continuación.

Aquiles y Ayax juegan a lso dados-Exekias

Aquiles y Áyax juegan a los dados y quizá a un juego de tablero

 

La más célebre de estas escenas se conserva en un ánfora pintada por Exekias, en la que se ve a Aquiles vestido con su armadura, mientras que Áyax tiene sus armas cerca. Los dos están enfrentándose en un juego que algunos expertos han comparado con el backgamon y otros con las damas o el ajedrez. En cualquier caso, se trata de un juego en el que se empleaban dados, como veremos más adelante.

Esta curiosa escena no ha podido ser explicada por los mitógrafos, porque Homero no la describe ni en la Ilíada ni en la Odisea. Se considera, por tanto, un motivo creado posteriormente, que pretendería mostrar tan solo una escena cotidiana de los guerreros en sus momentos de descanso. También se ha buscado un simbolismo en el hecho de que los dos luchadores encontrasen un destino fatal en las llanuras de Troya: el azar de los dados y el determinismo de su destino.

ANDOKIDES PAINTER, AJAX AND ACHILLES PLAYING A GAME (ATTIC BILINGUAL AMPHORA), FROM ORVIETO, C. 525 - 520 B.C. BLACK-FIGURE SIDE (LEFT) AND RED-FIGURE SIDE (RIGHT). APPROX. 1'9" HIGH. COURTESY, MUSEUM OF FINE ARTS, BOSTON.

Aquiles y Áyax juegan o se la juega (pintor de Andodikes)

Mi opinión es que la escena esconde otra interpretación. Creo que Aquiles y Áyax no están jugando por simple placer, sino que están apostando algo importante. Esta posibilidad parece reforzarse si observamos otra de las representaciones, la que se atribuye al pintor de Efiletos, en la que entre los dos contendientes aparece la diosa Atenea, lo que parece significar que la diosa está ejerciendo de árbitro en una cuestión importante. ¿De qué asunto podría tratarse?

Me aventuro a pensar, pero no descarto otras interpretaciones, que lo que Áyax y Aquiles están decidiendo es quién se enfrentará al héroe troyano Héctor. Como es sabido, muchos guerreros griegos se disputaron el honor de luchar en combate mortal contra el mejor de los troyanos. Áyax pudo enfrentarse en dos ocasiones a Héctor, como se describe en la Ilíada, pero el combate quedó nulo. Tiempo después, Aquiles, furioso por la muerte de su amado Patroclo, regresó al combate y mató a Héctor. Ese es el tema principal de la Ilíada, la cólera de Aquiles.

Atenea entre Aquiles y Áyax, por el pintor de Efiletos

ANDOKIDES PAINTER, AJAX AND ACHILLES PLAYING A GAME (ATTIC BILINGUAL AMPHORA), FROM ORVIETO, C. 525 - 520 B.C. BLACK-FIGURE SIDE (LEFT) AND RED-FIGURE SIDE (RIGHT). APPROX. 1'9" HIGH. COURTESY, MUSEUM OF FINE ARTS, BOSTON.

Aquiles y Ayax por el pintor de Andodikes

 

La escena representada en el vaso podría referirse al sorteo por el primer combate contra Héctor, aunque un detalle de la pintura de Exekias parece contradecirlo, pues es Aquiles el que parece ganar la partida, ya que si miramos con atención el dibujo veremos que, como en los cómics modernos, los dos personajes dicen la tirada de sus dados: Aquiles dice: “Tessara” (cuatro), mientras que Áyax responde: “Tria” (“tres”). Eso parece indicar que es Aquiles quien ha ganado el juego de dados.

A no ser, claro, que se tratara de un juego de tablero en el que no se gana sacando la cifra más alta en una tirada, sino que un número u otro pueda servir para llegar a alguna casilla; o bien, pudiera ser que la suma de los dos números haga ganador a uno o otro jugador.

Ahora bien, al examinar los motivos, símbolos y representaciones relacionados con los poemas homéricos, tenemos que tener en cuenta una casi insuperable dificultad. Las pinturas que aquí estoy examinando, suelen estar fechadas hacia el año -550 o -400, mientras que los poemas homéricos se supone que fueron compuestos hacia el -800 o el -700. Lo que hace las cosas todavía más difíciles es que los acontecimientos que se narran en los poemas homéricos pudieron tener lugar en el año -1200 o incluso en el -1400. En consecuencia, estamos hablando de distancias temporales enormes entre los acontecimientos, los textos homéricos y las representaciones en jarras y ánforas, por lo que ante cualquier dificultad nos podemos preguntar: ¿qué griegos jugaban a los dados?, ¿los que participaron en la guerra de Troya?, ¿los que aparecen en los poemas trasmitidos por Homero y otros cantores (por ejemplo los del ciclo de poemas conocidos como las Ciprias y hoy perdidos)? ¿los de la época clásica que pintaron esas imágenes? Quizá los griegos que participaron en la guerra de Troya no conocían el juego de los dados y ese es un motivo creado por los griegos de -550. Además, quizá los griegos que participaron en la guerra de Troya… no eran griegos (o al menos no eran los griegos que cantaron los poemas de Homero o pintaron las jarras que se conservan). Tal vez los griegos llegaron a Grecia después de la guerra de Troya, tal vez los dados llegaron a Grecia en época clásica y no fueron conocidos durante la época de la guerra de Troya, quizá Homero tampoco conocía el juego de los dados. ¿Quién sabe? Hay muchas preguntas que responder.

Aquiles y Ayax juegan a los dados-Exekias-detalle

Aquí se puede apreciar que de la boca de Aquiles (Akyleos) sale la palabra “Tessada” (cuatro) y de la de Áyax (Ayantos) “Tri” o “Tria” (tres)

En cualquier caso, sí parece obvio que si se el hecho de que se representara a los dos grandes héroes jugando a los dados es porque había algún relato que hablaba de esa partida de dados, tal vez en alguna de las versiones de la Ilíada (cada ciudad griega tenía su propia versión de la Ilíada), o tal vez se contara en algún otro texto. Pero debió existir alguna anécdota relacionada con esa partida entre Áyax y Aquiles.
Aquiles y Ayax juegan a los dadosAhora bien, mi hipótesis es que el juego de dados tuvo un papel más importante en la guerra de Troya del que hoy conocemos, a pesar de que Homero no consideró necesario hablar de ello. Su presencia constante en ánforas y vasijas parece indicar un acontecimiento significativo, como ya he dicho, pero, además, existe un interesante indicio que podría ser muy revelador y que no ha sido mencionado por ningún estudioso (al menos que yo sepa). Ese indicio no se encuentra en Grecia ni en las llanuras de Troya, sino en la lejana India.

Por ahora sólo me gustaría señalar que en otras representaciones de esta escena parece adivinarse que, aunque se emplean dados, también parece haber piezas sobre un tablero, casi como si los héroes estuvieran jugando al juego de la conquista de Troya, del mismo modo que los japoneses usaron el juego del go para planear sus estrategias en la Segunda Guerra Mundial. Ese sería un bonito ejemplo de metalenguaje, de juego dentro del juego.

atenea entre jugadores

Sería casi una broma irónica ver cómo los héroes jugaban con sus piezas sobre el tablero, del mismo modo que los dioses juegan con los guerreros griegos y troyanos en las llanuras de Troya, incitándolos a un combate mortal para divertirse en sus mansiones del Olimpo.


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes el 19 de septiembre de 2013.
Revisado en 2015]

Las 900 tesis homéricas es una investigación en la red. Todos los textos son provisionales y están en permanente revisión, por lo que no conviene tomárselos muy en serio. Como su nombre indica, la investigación está dedicada a Homero y a las obras que se le atribuyen, y en especial la Ilíada y la Odisea.

 

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AJEDREZ

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Tersites y Palamedes, las leyes del azar
|| Homéricas /007

Los griegos se han ganado con toda justicia la fama de haber inventado artes, ciencias y conceptos que hoy en día todavía empleamos. Aunque muchos de sus conocimientos los tomaron de civilizaciones más antiguas o coetáneas, como la egipcia, las mesopotámicas y la persa, es cierto que, al menos hasta donde nos indican nuestros conocimientos actuales, fueron capaces de generalizar leyes y deducciones a partir de la acumulación de conocimientos, de una manera que pocas civilizaciones han logrado.

Los otros ‘milagros griegos’ de la historia humana, es decir una explosión de creatividad comparable, debemos buscarlos en China e India, o en el Islam y el cristianismo medieval, aunque los dos últimos construyeron en gran parte su saber a partir del de los griegos y latinos (en el caso del Islam, también copiando a persas e indios). Hay que esperar a la civilización moderna europea, hacia 1600, para encontrar una explosión de creatividad e inventiva comparable a la que se produjo en Grecia varios siglos antes de nuestra era.

Ahora bien, los griegos dejaron algunos terrenos sin explorar, o quizá suceda que no se han conservado sus investigaciones en ciertos asuntos, porque hay que tener en cuenta que, siendo optimistas en el cálculo, tan sólo conservamos un 10% de la cultura griega.

Dados romanos

Uno de los asuntos fundamentales que se les escapó a los griegos es el de la probabilidad y el estudio de las leyes del azar. Parece asombroso que no se conserve nada relevante relacionado con el cálculo probabilístico o la estadística en los filósofos y científicos griegos. Pero hay que tener en cuenta que no fueron los únicos que apenas prestaron atención a tales aspectos, porque hay que esperar hasta el siglo IX para encontrar los primeros estudios serios acerca de la estadística y las leyes del azar, empleadas en este caso para el desciframiento de mensajes, por parte de Al Kindi. No es hasta 1560 que se publica el primer estudio sobre la probabilidad relacionado con el juego de dados, por ese personaje fascinante que fue Gerolamo Cardano.

Sin embargo, los griegos eran muy aficionados al que es por definición el gran juego de azar, los dados. Se conservan muchas pinturas en las que los guerreros de Troya compiten a los dados, en especial Aquiles y Ájax el grande, es decir Áyax de Telamón, a pesar de que, al menos que yo recuerde, no hay ningún episodio de la Ilíada que hable de esta afición (espero referirme en próximos artículos de esta curiosa ausencia). Sin embargo, en su Viaje a Grecia, Pausanias describe una pintura de Polignoto, aquel pintor que se decía que era capaz de hacer copias perfectas de la realidad, en la que quienes juegan a los dados son Tersites y Palamedes. No es sin duda casual que se asocie a estos dos personajes con los dados. Las razones exactas quizá se nos escapan, pero podemos intuir algunas si estudiamos un poco mejor a los dos personajes.

Palamedes, según Canova

Por un lado, Tersites representa en la Ilíada al hombre común y vulgar, al plebeyo, al que no pertenece a la aristocracia, a los mejores o aristos.

Homero lo presenta como patizambo, cojo y con los hombros hundidos hacia el pecho. Es, además, el más feo de los griegos, vulgar, insolente y maleducado. Sin embargo, interviene en las reuniones de los generales aqueos, no se sabe muy bien en calidad de qué, pero es seguro que en ello se esconde un dato que podría ser interesantísimo si lo averiguáramos. ¿Tal vez era algo así como un representante de la tropa o de la plebe?, ¿quizá un bufón o un consejero sin rango?

Robert Graves considera que la exageración de los rasgos negativos de Tersites por parte de Homero es una argucia para poder deslizar sus críticas. En la Ilíada, en efecto, Tersites acusa al gran general Agamenón de codicioso y Ulises, para castigarlo, lo golpea sin piedad con su bastón. Shakespeare también lo hace aparecer en su Troilo y Crésida, y allí le hace calificar la mítica guerra de Troya como el absurdo conflicto provocado por “una puta y un cornudo”, refiriéndose a Helena y su marido Menelao. A menudo, cuando escuchamos a Tersites en la obra de Shakespeare, no podemos evitar pensar que es el más sensato de los que están allí.

tersites.aquiles

Aquiles a punto de matar a Tersites

El otro personaje que juega a los dados con Tersites en el cuadro de Polignoto también es muy interesante. Se trata de Palamedes. No es sorprendente su presencia, puesto que se le atribuye la invención misma de los dados, además de muchas otras cosas, algunas de ellas cercanas a la probabilidad y el pensamiento estadístico: la contabilidad, los pesos y medidas, los rangos militares, la moneda, bromas de todo tipo e incluso ciertos secretos relacionados con la fabricación de vino, y hasta once o dieciséis de las letras del alfabeto. Este hombre prodigioso fue el encargado de llevar a Ulises a la guerra de Troya, descubriendo que el ingenioso itacense se fingía loco para escapar al alistamiento, sembraba sus campos con sal y conducía salvajemente un carro, sin detenerse ante nada. Palamedes puso delante del carro a Telémaco, el hijo de Ulises, lo que hizo que el héroe se detuviera. En venganza por haber sido obligado a participar en la guerra, Ulises acabó acusando a Palamedes de traición, pues este gran inventor, al igual que Tersites, estaba en contra de la guerra, lo que hizo verosímil la farsa que se inventó Ulises: que el rey Príamo de Troya le había sobornado. El propio Ulises, con ayuda de Diómedes, mató a Palamedes a pedradas o ahogándolo.

Tersites, Ulises y Agamenón.

Palamedes obtuvo una venganza póstuma a través de su padre Nauplio, quien, furioso al no lograr la condena de los asesinos, viajó por toda Grecia convenciendo a las esposas de los héroes a tomar amantes, además de ocuparse él mismo de hundir parte de la flota aquea a su regreso de Troya, precipitándolos contra las rocas con falsas señales de faros en la costa.

Como suele suceder en la mitología griega, tras algunos mitos menores, como los de Tersites y Palamedes, es seguro que se esconden complejas historias.

Tal vez no sea casual que un inventor asesinado, hijo de un héroe o dios marino, esté relacionado con el desastroso regreso de los héroes griegos a su tierra. Yo creo ver en ello un eco de un hecho histórico, las invasiones de los misteriosos pueblos del mar, que acabaron con la cultura micénica, tal vez hacia el año -1200 o -1400. Pero también es probable que a esa destrucción contribuyera no ya la traición de esposas infieles, sino de ciudades enteras en las que se produjeron revoluciones aprovechando la ausencia de sus caudillos. Quizá debemos entender que la esposa de un general es una metáfora o un símbolo de la ciudad misma. Un detalle curioso parece avalar esta hipótesis y la causalidad de encontrar a Palamedes jugando a los dados con Tersites: el comentador homérico bizantino Eustacio, dice que los generales griegos se llevaron a Tersites a Troya precisamente para que en su ausencia no incitara a una revolución.

Si pensamos en la guerra de Troya como un acontecimiento histórico y en los personajes como un lejano eco de pueblos que participaron en esa guerra, podríamos pensar que Palamedes (y tal vez Tersites) pertenecían a un pueblo aliado con los griegos pero que entro en conflicto con ellos, quizá dudando de participar en la alianza o no suministrando grano o alimento. Podría ser un pueblo que tuviera como dios a Posidón, que será el dios que después castigará a los griegos, y en especial a Ulises, al regresar de Troya. El interés puede estar en Nauplio, el padre de Palamedes, hijo de Posidón y al que muchos tomaban en la antiguedad por egipcio. Pero esa es una investigación que todavía espera su momento.


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes el 12 de septiembre de 2013]

Las 900 tesis homéricas es una investigación en la red. Todos los textos son provisionales y están en permanente revisión, por lo que no conviene tomárselos muy en serio. Como su nombre indica, la investigación está dedicada a Homero y a las obras que se le atribuyen, y en especial la Ilíada y la Odisea.

 

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 El azar y la necesidad

De las fascinantes paradojas y contradicciones alrededor del azar, la necesidad y el destino quise hablar en 2014 en la página Divertinajes, o quizá no lo quise, sino que me fue impuesto por una necesidad metafísica o por el golpear causal o casual en el interior de mi cerebro. Aquí he añadido otros textos relacionados con el azar y la necesidad, es decir, el determinismo y el indeterminismo.

Pi y la Biblioteca

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Dawkins: genes, memes y determinismo

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Casualidades causales

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El azar y la necesidad

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Tersites y Palamedes, las leyes del azar
|| Homéricas /007

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Aquiles y Áyax se la juegan en Troya
Homéricas /008

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El rey indio que se apostó a sí mismo

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Cómo ganar a los dados a un tonto

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Lo que sí está en los genes

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El azar y la necesidad

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Casualidades

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Casualidades significativas y narrativa

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La columna de fuego

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Análisis retrospectivo y física cuántica en el problema del determinismo y el indeterminismo

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Cicerón, el estadístico

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El multiforme Ulises
Homéricas 006

ulises

En El tema de Ulises, un libro que sería injusto no considerar delicioso, W.B. Stanford  escribe:

“De los héroes homéricos, y, de hecho, de todos los héroes de la mitología griega y romana, Ulises fue de lejos el más complejo tanto por el carácter como por las hazañas… Su carácter era más variado y más ambiguo que el carácter de cualquier figura de la mitología griega o de la historia, al menos hasta Arquíloco”.

Ulises, en efecto, no es un héroe al que se pueda entender tan fácilmente como al iracundo y caprichoso Aquiles, al soberbio y maleducado Agamenón, al depresivo y fatuo Áyax, al vano y simplón Menelao o al valiente Diomedes. Aunque esos personajes no se deberían reducir a los epítetos que yo les he regalado de manera apresurada, no pueden tampoco compararse con la riqueza de matices que ofrece Odiseo, al que nos hemos acostumbrado a llamar Ulises, lo que es una muestra de su ya temprana universalidad, puesto que Ulises, en la mitología grecorromana no juega casi ningún papel, excepto cuando es mencionado en algunos episodios de la Eneída de Virgilio. Precisamente esas menciones latinas son las responsables de la mala fama de Odiseo en la posteridad, algo que Stanford analiza con verdadera precisión de cirujano en uno de los capítulos de su libro. Para los romanos, que presumían con cierta tosquedad de su rigor y seriedad, de su confiabilidad y sentido del deber, Ulises representaba a los griegos, mentirosos y astutos, en los que nunca se podía confiar.

“Ulises, desde su aparición en la Ilíada y la Odisea hasta su actualización en el Ulises de James Joyce y en Odisea de Kazantzakis ha hecho honor al homérico calificativo de varón de multiforme ingenio, polytropos, y ha sido considerado: un oportunista en el siglo –VI, un sofista o demagogo en el –V, un estoico en el siglo –IV; en la Edad Media se convertirá en un audaz varón, un empleado sagaz o un explorador precolombino; en el siglo XVI será un modelo para los ingleses protestantes, en los inicios del XVII un ejemplo de mala fe calvinista y luego un modelo para la Contrarreforma española; también en el siglo XVII fue visto como un príncipe o un político, en el siglo XVIII un filósofo o un Primer Hombre, en el siglo XIX un viajero byroniano o un esteta desilusionado, en el siglo XX un protofascista o un ciudadano humilde de una megalópolis moderna”.

Ulises y Polifemo, por Flaxman

Todos esos personajes, todos esos Ulises tan diversos, han convivido a través de los siglos en los versos de las dos obras homéricas, lo que no resulta extraño, pues el propio Homero parece dudar o no conocer del todo el verdadero carácter de su héroe, no sólo porque nos ofrece un retrato no del todo coincidente en la Ilíada y la Odisea, sino porque nos reserva también sorpresas inesperadas, como la matanza final de la Odisea o el momento en el que descubrimos, poco antes de aquella escena brutal, cuando su criada Euriclea le lava los pies y reconoce la cicatriz de su muslo, que el gran héroe es nieto de Autólicos. Ese dato, que quizá es clave para comprender la verdadera naturaleza de Ulises, lo esconde Homero cuidadosamente verso tras verso. De hecho, cuando Homero menciona en la Ilíada a Autólicos, en una escena protagonizada por Ulises, no llega a decir que ambos fueran parientes, lo que resulta bastante inexplicable. Es de suponer que a los primeros oyentes o lectores de la Odisea debía producirles un curioso efecto enterarse de repente de que Ulises era nieto de Autólicos. El lector se preguntará por qué es tan importante ese dato que Homero nos hurta hasta llegar al desenlace, pero esa es otra historia que quizá haya ocasión de contar en una futura homérica.

***********

 [El tema de Ulises, se publicó en 1954]


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta, pero ahora he preferido clasificarlo en Homéricas]

Las 900 tesis homéricas es una investigación en la red. Todos los textos son provisionales y están en permanente revisión, por lo que no conviene tomárselos muy en serio. Como su nombre indica, la investigación está dedicada a Homero y a las obras que se le atribuyen, y en especial La Ilíada y La Odisea.

 

NUMEN - Mitología Comparada


 

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¿Se inspiró Homero en el Mahabharata indio?
Homéricas /005

A lo largo de las últimas semanas he dedicado El secreto de la invención a la presencia del azar, y en concreto del juego de los dados en la India y en Grecia. Ahora voy a intentar explicar la relación que puede existir entre el rey Yudhistira jugándose todas sus posesiones a los dados y las representaciones de héroes de la guerra de Troya jugando también a los dados.

Antes hay que explicar a los lectores que no sean expertos en mitología algunas cuestiones relacionadas con las grandes épicas griegas e indias

 


Homero

 

Las dos obras fundamentales de la épica arcaica griega son la Ilíada y la Odisea, atribuidas a Homero o a una organización de cantores que se escondía bajo ese nombre. Las dos épicas indias son el Mahabharata y elRamayana.

La Ilíada cuenta el enfrentamiento entre aqueos y troyanos en las llanuras de Troya en sus carros de caballos; el Mahabharata cuenta la batalla entre pandavas y kauravas en la gran llanura de Kurukshetra, también a bordo de carros de caballos. Esta es la primera de las grandes similitudes que desde hace siglos han llamado la atención de los expertos en mitología.

Se cree que la Ilíada fue compuesta entre el siglo -VIII y el -VI, pero algunos piensan que algunas partes son anteriores. En cualquier caso, se considera que el autor de ese largo poema épico no fue contemporáneo de los hechos que narra y que la guerra de Troya debió tener lugar entre el -1400 y el -1200.

 

Algunos autores indios situaban la composición delMahabharata en fechas tan lejanas como 5000 años antes de nuestra era, o en la época en la que los arios llegaron a la India, tal vez hacia el -1500, pero otros creen que las fechas deben situarse en los primeros siglos antes de nuestra era, quizá entre el -IV y el -I.

Cuando se pensaba que el Mahabharata era anterior a la Ilíada, parecía obvio que las similitudes entre ambas épicas se explicaban por la influencia de la antigua India en la Grecia arcaica. Sin embargo, en los últimos decenios empieza a imponerse la tesis de que la influencia se dio en el sentido contrario: a su llegada a la India, Alejandro Magno trajo consigo las obras griegas, y entre ellas la Ilíada, que el conquistador macedonio leía una y otra vez, según parece. En consecuencia, serían los indios quienes copiaron a los griegos. Fernando Wulff Alonsopublicó hace pocos años un extenso y muy erudito libro en defensa de esta opinión, Grecia en la India, donde asegura que son incontables los préstamos que el autor o los autores del Mahabharata tomaron de la Ilíada y otras obras grecolatinas.

 

Las dos hipótesis resultan muy interesantes. Por un lado, es fascinante imaginar a los escritores indios consultando las obras griegas y especular, como hace Wulff, acerca de si una de sus intenciones era restituir el poder de los brahmanes y atacar al budismo dominante en la India en los siglos posteriores a Alejandro Magno.

Por otro lado, la idea de que en los poemas indios se encuentren influencias o paralelismos entre la épica arcaica griega y los indoeuropeos o arios de la India (autores de losVedas) está llena de consecuencias extraordinarias.

No sé qué hipótesis prefiero, aunque sí sé que prefiero intentar descubrir cuál es la correcta, porque en una investigación la verdad siempre es más interesante que la ficción. De hecho, una investigación en la que no se busca honestamente la verdad, o la correspondencia entre las hipótesis y los datos, carece de cualquier sentido.

Como he dicho antes, Wulff establece a lo largo de más de quinientas páginas decenas de similitudes que sólo se podrían explicar por influencia griega o grecorromana, desde la actitud de los dioses ante la guerra hasta el comportamiento de Aquiles, comparable al del héroeBhima, o el robo de la esclava Criseida y el intento de hacerse con Draupadi (mediante el juego de dados), tal como conté en el artículo anterior.
Una de las similitudes más notables, que creo que Wulff menciona (no puedo comprobarlo porque el libro carece de índice analítico, pecado imperdonable en un estudio de estas características) es la intervención de dioses como Apolo y Atenea en la forma de los aurigas de héroes comoDiómedes o Eneas, y la casi idéntica intervención de Krishna junto a Arjuna, cuando le anima al combate en ese episodio del Mahabharata conocido como la Baghavad Guita.

 

 

Sin embargo, existe una similitud que Wulff no menciona: la importantísima escena en la que el rey Yudhistira se juega todo lo que posee a los dados, como conté, insisto, en El rey que se apostó a sí mismo. La razón por la que Wulff no menciona esa coincidencia es que esa escena, o cualquiera similar, no existe en la Ilíada. En la Ilíada, en efecto, no se describe ninguna escena en la que los héroes jueguen a los dados (aunque sí hay menciones homéricas a los dados, creo que en la Odisea).

Sin embargo, y aquí está lo interesante del asunto, ya vimos en los dos primeros artículos de esta serie que existen representaciones de héroes de la guerra de Troya jugando a los dados:Palamedes y Tersites y Aquiles y Áyax. El hecho de que los griegos representaran a los héroes jugando a los dados parece mostrar que, a pesar de su ausencia en el poema homérico, existía un episodio en la trama troyana relacionado con el juego de dados, del mismo modo que existe en elMahabharata ese importantísimo episodio en el que el rey Yudhistira se lo juega todo contra el tramposo Sakuni.

Podemos imaginar una relación entre esa partida india y la partida de dados entre Palamedes(hombre ingenioso y rival de Ulises en sabiduría) y Tersites, personaje también calificado de manera muy negativa en la Ilíada. Podemos pensar que es un enfrentamiento larvado entrePalamedes y Ulises, quien emplea en su lugar a Tersites, del mismo modo que el rival deYudhistira emplea a Sakuni.

También podemos pensar que Áyax y Aquiles se juegan algo muy importante en su partida de dados y que puede haber una relación, quizá escurridiza y enrevesada como sucede en muchos mitos, entre el robo de Criseida por el gran general aqueo Agamenón y el de Draupadi en la partida de dados.

Por otra parte, el hecho de que en el Mahabharata se hable de la partida de dados y en la Ilíada no, parece indicar que la influencia viajó de la India a Grecia, puesto que el poema indio contendría un episodio que Homero no incluyó en su poema (pero que sí fue representado en vasijas y muros de Grecia). O tal vez sucedió que los autores indios tenían a su disposición otros textos griegos hoy perdidos, como las Ciprias o la Tebaida (Wulff aventura esa posibilidad en los capítulos finales de su libro), y que de allí tomaran el episodio de los dados.

Son muchas las posibilidades y quizá algún mitólogo se anime a intentar desentrañar este enigma. Yo me limito aquí a señalar esa ausencia de los dados en la Ilíada y esa presencia en el Mahabharata y en las vasijas griegas.

 

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¿Son los dioses la voz de la conciencia?
Homéricas /004

La Odisea comienza con un debate entre los dioses olímpicos acerca de qué deben hacer respecto al asunto “Odiseo”. ¿Deben dejar que el héroe Odiseo (Ulises) logre alcanzar por fin la tierra de Ítaca o todavía deben condenarle a vagar errante? Deciden enviar a la diosa Atenea a la isla de Ítaca.

Atenea, bajo la apariencia del tafio Mentes se presenta ante el hijo de Odiseo, Telémaco, le reprocha su actitud ante lo que pasa en el palacio de su padre ausente y le da algunos consejos acerca de lo que debe hacer. Termina recomendándole varias cosas y le insiste en que las lleve a cabo a pesar de las dudas que pueda tener:

«Luego que esto hayas concluido, medita en tu mente y en tu corazón la manera de matar a los pretendientes en tu casa con engaño o a las claras. Y es preciso que no juegues a cosas de niños, pues no eres de edad para hacerlo. ¿No has oído qué fama ha cobrado el divino Orestes entre todos los hombres por haber matado al asesino de su padre, a Egisto fecundo en ardides, porque había quitado la vidaa su ilustre padre? También tú, amigo —pues te veo vigoroso y bello—, sé valiente para que alguno de tus descendientes hable bien de ti.»

Luego, cuando Mentes se va, Telémaco demuestra el efecto que las palabras de la oculta diosa han hecho en él. Primero manda a su madre Penélope a sus habitaciones, demostrando que ahora es el hombre de la casa (y quizá también protegiéndola con un ardid) y después se enfrenta a los pretendientes y les amenaza. Todos se quedan asombrados ante la trasformación del muchacho en adulto:

Así habló, y todos clavaron los dientes en sus labios. Estaban admirados de Telémaco porque había hablado audazmente. Y Antínoo , hijo de Eupites, se dirigió a él: «Telémaco, seguramente los dioses mismos te enseñan a ser ya arrogante en la palabra y a hablar audazmente».

Telémaco y Penélope

Cuando asistimos en los textos homéricos a encuentros entre humanos y dioses como el anterior, a veces es inevitable pensar que los dioses, en este caso Atenea, son en cierto modo la voz de la conciencia de los héroes. Aparecen para decirles lo que tienen que hacer, para plantearles dudas, pero también para resolverlas, para ayudarles a elegir el camino correcto entre los varios que se les ofrecen, del mismo modo que todos en ocasiones hablamos con nosotros mismos, barajando las diferentes líneas de acción que se nos ofrecen.

Se supone que una hipótesis como la anterior, la que sostiene que los dioses de las obras homéricas son en realidad la voz de la conciencia, es una manera de pensar demasiado moderna, que resulta anacrónica y absurda cuando se aplica a una sociedad como la Grecia micénica, que no compartía nuestras dudas acerca de los dioses, sino que creía firmemente en ellos.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas, porque hay detalles en los relatos homéricos que nos pueden hacer dudar. En primer lugar, que los dioses casi siempre se mantengan ocultos, disfrazados, escondidos, como en esta ocasión Atenea al adoptar la figura de Mentes.

A pesar de que los textos homéricos son una constante celebración del poder divino y una exhortación a los humanos a someterse a ese poder superior, sin embargo los dioses apenas se manifiestan ante los seres humanos, al menos de manera pública. ¿No sería razonable, desde una concepción de la realidad divinizada, que los dioses se manifestasen en todo su esplendor, por ejemplo sobre las murallas de Troya? Pero no lo hacen, o apenas lo hacen, según consideremos que tras la furia de Posidón hay una metáfora de la furia del mar o si realmente vemos alzarse la figura colosal del dios marino sobre las olas, como suele representarse popularmente. Habrá tiempo y homéricas para examinar esa cuestión.

Los dioses, o al menos algunos dioses, es cierto que se presentan en las llanuras de Troya y que incluso combaten contra los héroes. Lo hacen Afrodita y Atenea, Ares y el propio Apolo. Y por cierto que no siempre les va bien, pues el héroe Diómedes hiere a Afrodita y pone en fuga al propio dios de la guerra. Pero esas intervenciones divinas son también casi siempre privadas: se muestran bajo la apariencia de un guerrero o de un auriga, como hace en el Mahabarata indio, tan semejante a la Ilíada, el dios Krishna ante Arjuna. Pero  el momento en el que Krishna le muestra a Arjuna toda su gloria inmensa y su poder cósmico es también un momento privado, pues, aunque en la escena a veces se representa al fondo a los ejércitos que se enfrentan, sólo Arjuna ve esa apariencia suprema de Krishna, pues para ello el dios disfrazado le ha dado una visión que no poseen los demás:

“Pero no puedes verme con tus ojos actuales. Por lo tanto, Yo te doy ojos divinos, con los cuales puedes ver Mi opulencia mística”

Krishna le muestra su forma Universal a Arjuna, revelándole que en él se contiene todo lo que existe.

 

Es cierto que los dioses homéricos parecen en alguna ocasión ser percibidos por otras personas, pero casi siempre es como una manifestación supranatural del poder mismo del héroe.

Naturalmente, podemos pensar que este comportamiento escurridizo, privado y oculto de los dioses tiene una explicación bastante sencilla: a pesar de las miles de apariciones de los dioses, hasta el momento no hay ninguna de la que podamos afirmar con un mínimo de certeza que haya tenido lugar alguna vez. Los dioses son, en efecto, muy escurridizos, y sólo se manifiestan a toro pasado, cuando ya nadie puede comprobar si sucedió o no. Eso, como es obvio, nos hace sospechar que los dioses no existen, y esta es una sospecha muy difícil de apartar de una mente razonable. O por decirlo con más precisión: lo que resulta difícil es dar algún indicio creíble de su existencia.

Así, que dado que los dioses probablemente no se aparecían a grupos numerosos tampoco en la antigüedad, o cuando lo hacían era en circunstancias tan poco fiables como las apariciones de vírgenes en Lourdes, Fátima y similar, es decir siempre a personas de mucha fe y bastante entusiastas (por no decir enajenadas), es comprensible que los poetas hicieran aparecer de manera muy discreta a los dioses. Si la guerra de Troya tuvo lugar, quienes participaron en ella seguramente no recordarían a ningún dios, excepto por deducción simpática o empática: “Es cierto que cuando Diomedes se abalanzó contra el ejército troyano parecía rodeado por un halo divino y que su furia parecía la de un dios olímpico”.

La explicación anterior es la más razonable, sin duda, pero quizá no la más interesante o sugerente, y quizá sea compatible con la otra hipótesis, la de la voz de la conciencia. Los poetas pudieron ser movidos por ambas intenciones: no comprometerse hablando de presencias divinas que nadie vio, y por tanto haciéndolas privadas, y en ciertos casos convertir la voz de la conciencia del héroe en la voz de un dios.

Otra hipótesis relacionada con la voz de la conciencia va todavía más lejos. La propuso Jaynes en 1976 y propone que no es que los dioses sean la voz de la conciencia, sino que los dioses proceden de la voz de la conciencia. Es decir que la creación del pensamiento religioso tiene una relación directa con la percepción de la conciencia, de que somos conscientes.  Que los dioses, en definitiva son una expresión externalizada de lo que Jaynes llamó la mente bicameral. Pero ese fascinante asunto será motivo de otras homéricas.

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¿Quién ganó la guerra de Troya?
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Si existen preguntas estúpidas, esta parece la más estúpida de todas. Todo el mundo sabe que la guerra de Troya la ganaron los griegos y la perdieron los troyanos. Todo el mundo conoce la historia del célebre caballo inventado por Ulises y de la conquista a sangre y fuego de la ciudad. Todos saben que ese es el final de los épicos combates que se cuentan en la Ilíada. Todos lo saben, excepto el autor de la Ilíada.

En la Ilíada, en efecto, no se cuenta el final de la guerra de Troya. La historia termina en los funerales de Héctor. Es cierto que de vez en cuando escuchamos profecías que anuncian la caída de Troya, como cuando, durante los sacrificios propiciatorios de los griegos en Aúlide, tuvo lugar un prodigio:

“Un horrible dragón de roja espalda, que el mismo Olímpico sacara a la luz, saltó de debajo del altar al plátano. En la rama cimera de éste se hallaban los hijuelos recién nacidos de un ave, que medrosos se acurrucaban debajo de las hojas; eran ocho, y, con la madre que los parió, nueve. El dragón devoró a los pajarillos, que piaban lastimeramente; la madre revoleaba en torno de sus hijos quejándose, y aquél se volvió y la cogió por el ala, mientras ella chillaba. Después que el dragón se hubo comido al ave y a los polluelos, el dios que lo había mostrado obró en él un prodigio: el hijo del artero Crono lo transformó en piedra, y nosotros, inmóviles, admirábamos lo que ocurría.” (Ilíada, Canto II)

Dragon eating nest of young birds

Alciato, Les Emblemes (1542, Paris)

El adivino Calcante interpreta que esa es una señal de los dioses que indica que Troya será conquistada:

“El próvido Zeus es quien nos muestra ese prodigio grande, tardío, de lejano cumplimiento, pero cuya gloria jamás perecerá. Como el dragón devoró a los polluelos del ave y al ave misma, los cuales eran ocho, y, con la madre que los dio a luz, nueve, así nosotros combatiremos allí igual número de años, y al décimo tomaremos la ciudad de anchas calles.”

¿Y por qué no interpretar lo contrario?  Que el ave y los polluelos son los griegos (Agamenon y sus aliados) y que el dragón es la prodigiosa fortaleza de Troya con sus muros rojos y sus almenas afiladas?

La de Calcas, en cualquier caso, es sólo una profecía más,  y el autor de la Ilíada nunca nos llega a confirmar que se cumpla, y hay que tener en cuenta, como veremos en otras homéricas, que a los dioses les gusta engañar a los humanos y anunciarles cosas que no sucederán o que sucederá de una manera insospechada.

No es el autor de la Ilíada sino el de la Odisea quien nos cuenta el saqueo de Troya con la artimaña del caballo, por boca del cantor Demódoco, pero, como también veremos en otras homéricas, los expertos no sólo se preguntan si hay un autor individual detrás de la Ilíada y la Odisea, sino acerca de si, en caso de haberlo, se trata de la misma persona. Si concluyéramos que el autor o autora de la Odisea no es el mismo que el de la Ilíada, tendremos que admitir que el de la Ilíada no nos llega a contar quién gano la guerra. ¿Lo sabía? ¿tenía una versión diferente que la que se cuenta en la Odisea?

 

Cómo dudar de lo indiscutible

Pero, ¿qué argumentos existen para dudar de algo tan admitido como que los griegos conquistaron Troya?

El primero es que cuando los caudillos griegos regresan a sus hogares, casi todos pierden su reinos: Agamenón es asesinado por su esposa y el amante Egisto; Menelao pasa por Egipto y según algunos se queda allí, sin regresar a Esparta; Diomedes emigra a Italia tras ser también mal recibido en su reino; el hijo de Aquiles, Neoptolemo, también es expulsado de su tierra. El propio Odiseo (Ulises) llega, tras largos años de navegación, a su Ítaca natal y, aunque recupera el reino, debe enfrentarse a los usurpadores.

Egisto asesina a Agamenón

Está claro que no es lo que se llama un regreso triunfal para unos conquistadores. Más bien parece todo lo contrario: es como la huida dando tumbos de un lado a otro de unos derrotados. A esto se une el extrañísimo hecho de que la historia y la arqueología parecen confirmar que las ciudades griegas fueron destruidas coincidiendo con la guerra de Troya o poco después y que allí pudo iniciarse la llamada época oscura, que duró tal vez cuatrocientos año. Esa época oscura separa la época contada por Homero de la época en la que vivió el propio Homero (o quien escribiera la Ilíada y la Odisea).

Pero hay otros detalles interesantes que nos hacen dudar de la versión oficial. Tras conquistar Troya, los griegos se embarcan  a toda prisa, discuten y pelean entre ellos, incluso Menelao con su hermano Agamenón, y se echan al mar precipitadamente, enfrentándose a tormentas, en vez de esperar, en una tierra ya conquistada, el momento propicio. Parece de nuevo más una huida que una triunfante expedición de regreso.

Por otra parte, los troyanos, supuestamente vencidos, fundan reinos: el dardanio Eneas llega a Italia y su hijo Ascanio funda Alba Longa, origen de la futura Roma; Antenor también llega a  Italia, funda Padua y con sus hombres, los eneti, da nombre a la región del Véneto. Finalmente, Heleno, el hijo del rey Príamo de Troya, se convierte en rey de los molosos y del Epiro, es decir de una importante región griega. ¿Cómo es posible que un descendiente de la ciudad arrasada hasta sus cimientos se convierta en rey en Grecia? No parece tener mucho sentido.

Tampoco tiene mucho sentido que, como cuentan las leyendas oficiales, cuando muere el raptor de Helena, el príncipe Paris de Troya, ella no es devuelta a los aqueos, sino que se casa con otro de los hijos de Príamo, Deífobo. Parece más una alianza entre el pueblo de Helena (Esparta) y el de Troya que un rapto. De este asunto se hablará en ¿Fue raptada Helena de Troya?

 

¿Sólo un ejercicio dialéctico?

Dion Crisóstomo (Dión de Prusa)

Algunos de los argumentos que he ofrecido a favor de la victoria de Troya en la guerra pertenecen al Troico o Discurso sobre Troya de Dión Crisóstomo. Se trata probablemente de un ejercicio retórico para ejercitarse en el estilo y en la argumentación, uno de los llamados progymnásmata (“ejercicios previos”). En el que emplea Dión, que es una refutación o aneskeué, la dificultad consiste en demostrar lo contrario a lo más creído y aceptado, a lo más evidente incluso. En otras ocasiones, la aneskeué es una refutación sin segunda intención, como la que hace Orígenes en Contra Celso, donde, para refutarlo, casi nos trasmite entero el texto del anticristiano Celso.

La verdad es que Dión Crisóstomo demuestra una gran habilidad y puede llegar a hacernos dudar si creía sinceramente o no que Homero era un embustero, porque da buenos argumentos para dudar de lo que nos cuenta Homero. Algunos incluso coinciden con lo que hoy en día piensan los historiadores, lingüistas y arqueólogos:

“Él compuso sus poemas muchas generaciones después de los sucesos reales, cuando los que habían conocido los hechos había fallecido junto con sus descendientes, y sólo sobrevivió una tradición oscura e incierta, como es de esperarse en el caso de eventos que han ocurrido en el pasado distante.”

Por otra parte, nos dice, Homero quería complacer a sus lectores u oyentes griegos, así que cambió la historia:

“Además, Homero tenía la intención de recitar sus poemas a las masas y la gente común, por lo que exageró los logros de los griegos, de modo que incluso las personas más sabias no lo refutaran.”

Y concluye: “Así sucedió que se fue tan lejos como para representar lo opuesto a lo que realmente ocurrió.”

Pero, ¿puede haber algo de verdad en este juego retórico de Dión Crisóstomo? ¿Puede haber sucedido que en el largo trascurso desde los acontecimientos hasta su trasmisión en época griega se hubiera olvidado el verdadero desenlace de la guerra y se hubiera llegado a creer que ganaron quienes habían perdido? Parece difícil creer algo así, pero hay ejemplos similares, como la célebre batalla de Kadesh entre egipcios e hititas. Durante dos mil años se ha creído que vencieron los egipcios, porque así lo contaron ellos, por ejemplo en el Poema de Pantaur, pero ahora algunos creen que la victoria fue para los hititas y otros que se produjo una especie de empate técnico. En otras homéricas veremos si pudo suceder algo parecido en Troya.

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NOTAS DISPERSAS

El de los regresos o nostoi es uno de los temas más interesantes relacionados con los textos homéricos y la tradición legendaria griega. Son los regresos de los héroes griegos tras conquistar Troya. El más célebre es, por supuesto, el de Ulises a Ítaca. He dedicado una página de poesía a los regresos: Nostoi.

*****

Hablé de cómo Orígenes salvó el texto de Celso al intentar refutarlo en Elogio de la infidelidad:

“Se me perdonará, por quienes perdonan y castigan estas cosas, el uso de la cursiva y el abuso de Chesterton. En realidad, incluyo citas de Chesterton en todo lo que escribo con la secreta esperanza de que si sus libros no sobreviven por sí mismos puedan hacerlo en el interior de los míos. Así es como ha llegado hasta nosotros el Discurso verdadero contra los cristianos, de Celso: el cristiano Orígenes quiso refutarlo por hereje y lo copió casi entero en Contra Celso, mandándolo directamente a la posteridad.”

 *****

De las incertidumbres acerca de la batalla de Kadesh hablé en Las paradojas del guionista:

“Aunque muchos historiadores pretenden contar los hechos tal como sucedieron, no es una tarea tan sencilla como parece. La batalla de Kadesh, que enfrentó al faraón Ramsés II con el rey hitita Muwatali hacia el año 1290 a.C. se puede considerar un hecho histórico, pues es el primer conflicto bélico bien documentado. Sin embargo, los historiadores no acaban de ponerse de acuerdo acerca de quién ganó la batalla. Tanto Muwatali como Ramsés afirmaron que el triunfo era suyo, y el faraón egipcio incluso hizo grabar espectaculares murales en Abu Simbel, en los que se le podía admirar destrozando al ejército hitita. Aunque se ha considerado que el resultado fue un empate, los historiadores discuten si las consecuencias a medio y largo plazo fueron beneficiosas para los hititas o para los egipcios. Éste es un buen ejemplo de lo difícil que es interpretar un «hecho» histórico.”

La batalla de Kadesh y los hititas, por supuesto, aparecerán en otras homéricas.

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El héroe en el estiercol

“Ya iban a coger el premio, cuando Áyax, corriendo, dio un resbalón -pues Atenea quiso perjudicarle- en el lugar que habían llenado de estiércol los bueyes mugidores sacrificados por Aquiles, el de los pies ligeros, en honor de Patroclo; y el héroe llenóse de boñiga la boca y las narices. El divino y paciente Ulises le pasó delante y se llevó la cratera; y el preclaro Áyax se detuvo, tomó el buey silvestre, y, asiéndolo por el asta, mientras escupía el estiércol, habló así a los argivos:

-¡Oh dioses! Una diosa me dañó los pies; aquélla que desde antiguo socorre y favorece a Ulises cual una madre.

Así dijo, y todos rieron con gusto.”
(Homero, La Ilíada, canto XXIII, 770-785)

 

Nada transmite tanta sensación de vida a la narrativa como eso que James Wood llama la hecceidad, el recurso a lo concreto, a lo palpable, esos detalles que parecen innecesarios y que, precisamente por ello, nos llaman la atención como si fueran reales, como si no formaran parte del mecanismo previsible puesto en marcha por el narrador:

“Por hecceidad entiendo el estiércol de vaca en el que resbala Áyax cuando corre en los juegos funerales en el libro XXIII de la Ilíada”.

Allí, en las llanuras de Troya, corriendo en los funerales de Patroclo, el gran héroe Áyax de Telamón, compite con el odiado Ulises en una carrera que dará al ganador una hermosa crátera de plata. Cuando parece que va a obtener la victoria y ya se lanza sobre el ansiado premio, resbala en el estiércol de vaca y cae de bruces sobre él. ¡Qué gran detalle de Homero! Es un primer atisbo de la manera en la que Shakespeare mezclará lo sublime con lo grotesco, logrando así conmovernos en el momento trágico sin que al mismo tiempo sintamos que todo es una farsa acartonada.


Áyax se lamenta

Para quienes no conozcan la historia de Áyax, hay que decir que fue uno de los principales héroes de la guerra de Troya, junto a Aquiles, Héctor, Ulises y Diomedes. Guerrero salvaje y violento, vencedor en decenas en combates, temido por los troyanos, altivo y orgulloso, siempre preocupado por su fama y por el elogio ajeno. Tras la humillación en los funerales de Patroclo, sufrirá otra afrenta semejante cuando, tras la muerte de Aquiles, las armas del héroe vayan a parar a manos de su odiado Ulises. Será entonces cuando lo grotesco vuelva a aparecer en la vida de Áyax, pues dominado ya por la locura, ataca a las vacas y ovejas que los griegos han robado a los troyanos, creyendo que se enfrenta a Ulises y sus hombres. Es un motivo que anuncia, como el lector habrá advertido, uno de los episodios de ese otro célebre loco llamado Don Quijote. Después, cuando recupera la cordura, avergonzado y desesperado decide matarse. Pero incluso en ese último instante lo grotesco aparece de nuevo y evita una muerte sublime, o cuando menos digna. Pues Áyax es invulnerable y cuando se lanza sobre su espada, el arma se dobla como un arco. Tras varios intentos, decide hundir la espada en el único lugar vulnerable, su axila.


El suicidio de Áyax

La acumulación burlesca que cae sobre el héroe Áyax, que se aleja del tono grandilocuente de la Ilíada nos hace sospechar que existe alguna animadversión del narrador hacia el héroe. Es algo que a veces podemos descubrir al leer una novela o leer un guión: que allí se encuentran también las antipatías personales del autor, como cuando un guionista de un programa infantil que dirigí hace tiempo le hizo decir a uno de los payasos: “Si es que sois de la piel del diablo, parecéis antenistas”. Una alusión tan  inesperada a una profesión tan concreta nos hace pensar que el guionista tuvo algún problema personal con un antenista y nos parece por un momento escuchar al autor que se esconde detrás de la narración. Robert Graves, de hecho, pensaba que el episodio de la muerte de Patroclo escondía una crítica de Homero a los griegos, encubriendo sus intenciones con un “lenguaje épico burlesco, seguro de que sus señores no se darán cuenta de lo agudo de la sátira”. Graves establece una comparación muy interesante:

“Puede decirse que, en cierto modo, Homero se anticipó a Goya, cuyos retratos caricaturescos de la familia real española estaban pintados tan magníficamente que podían ser aceptados por las víctimas como parecidos sinceros”.


La familia real española vista por Goya

Detalles del cuadro de Goya

Resulta en efecto bastante evidente que, aunque la familia real fuese efectivamente tan fea, un pintor cortesano no fuera capaz de esconder un poco sus defectos. Del mismo modo, la gran paradoja de esa epopeya griega que es la Ilíada es que en ella todos los héroes griegos son infames, con la excepción de Diomedes, el anciano Néstor y, tal vez, Ulises: Aquiles es un histérico egocéntrico que envía a la muerte a su amante Patroclo y rehúye el combate con torpes excusas acerca de una esclava que le han robado; Agamenón es un general soberbio e incapaz de mandar a sus tropas, Menelao un fatuo despistado y trivial que merece haber perdido a Helena; Áyax un loco ridículo, iracundo y envidioso, al que Homero, como hemos visto, hace revolcarse en estiércol de vaca.

 


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta. La versión presente, en la que he añadido algunas cosas,  pertenece tanto a la página de mitología Numen, como a La ilusión imperfecta, inventario de efectos narrativos, que es, a su vez, un complemento en Internet de mis libros Las paradojas del guionista y El guión del siglo 21]


 

LA ILUSIÓN PERFECTA

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