Anime classics 1 (1924-1928)

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El Baff 2004 (Festival de Cine Asiático de Barcelona) dedicó varias sesiones a los clásicos del anime.

Anime es la palabra japonesa para referirse a los dibujos animados.

Curiosamente, el origen de la palabra anime no es japonés, ni siquiera anglosajón como cree casi todo el mundo (animation/anime) sino francés: dessin animé (dibujo animado).

En el ciclo Anime Classics, dividido en seis sesiones, se proyectaron algunos de los primeros dibujos animados japoneses que se conservan. Se trataba de una ocasión única, porque muchos de estos animes ni siquiera se han podido ver en Japón en las últimas décadas.

Historia del anime

Aunque los primeros animes que se conservan son de 1924, se sabe que ya existían en 1917. Se considera que el primer anime fue creado por Oten Shimokawa, quien dibujó la aventura Mukuzo Imokawa el portero, pintando directamente con tinta negra sobre el celuloide. No se conserva ninguna de sus obras. En los siguientes meses de 1917, Imokawa hizo más cortometrajes, todos de cinco minutos de duración.

Al mismo tiempo, Seitaro Kitayama hizo las primeras adaptaciones animadas de cuentos tradicionales japoneses, como el protagonizado por Momotaro, del que hablaré más adelante.

Cuando se proyectaban estas películas, eran comentadas por un narrador o benshi.

En 1924 varios animadores crearon estudios de animación caseros y Sanae Yamamoto creó el célebre anime Obasuteyama (La montaña en la que las ancianas son abandonadas) que es el más viejo anime conservado.

No se proyectó esa obra en el Baff. pero sí varias de ese mismo año, como La liebre y la tortuga que es el célebre cuento de la carrera entre la liebre y la tortuga.

En estas piezas cortas (la más larga dura 16 minutos) se puede ver cómo evoluciona la técnica y cómo las primeras obras, de movimientos un poco torpes, se van refinando y  se logra poco a poco una animación más continua.

Se puede observar fácilmente que muchas de estas obras consistían en un fondo o paisaje fijo sobre el que se desplazaban muñecos hechos de piezas sueltas (cabeza, pies, brazos y piernas). Lo que se hacía era mover las piezas y grabar las distintas posiciones. Naturalmente se hacían varias caras y cuerpos diferentes para cada personaje: mirando a un lado, al otro, escorzos diversos, de frente y de espaldas, que luego se podían combinar.

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Bunbukuchagama

Creo que de todas las piezas, la que más me gustó fue Bunbukuchagama, (La tetera Bunbuku), que trata de un campesino que salva a una especie de ardilla de una trampa, pero luego la ardilla se mete dentro de una tetera y hace todo tipo de diabluras.

En La aventura de Shou (Souchan no boken) se ven camellos y parece claro que este animal era o es tan exótico en Europa o Estados Unidos como en Japón.

Songoku y Momotaro

En estos primeros animes aparecen dos personajes que se repetirán una y otra vez en la historia del anime y del manga: Songoku y  Momotaro.

Songoku, hoy muy conocido por ser el protagonista de Bola de dragón, es un personaje cuyo origen se remonta hasta una de las más famosas aventuras chinas: El viaje al Oeste del Rey Mono, escrita probablemente por el sacerdote budista Wu Cheng en el siglo XVI y que ha publicado la editorial Siruela en versión íntegra (miles de páginas).

Momotaro, el protagonista de Nihonichi no momotaroo (Momotaro es el mejor) y de otras historias, que volvió a aparecer en otras sesiones de anime classics, es un héroe japonés equivalente a Juan Sinmiedo o Juan Matagigantes.

En el cuento tradicional japonés se cuenta que una pareja de ancianos no podía tener hijos y que un día encontraron un melocotón muy grande. Dentro del melocotón había un niño, al que llamaron Momotaro, porque momo significa melocotón y taro “niño”. Pero Momotaro es, al parecer, casi una denominación para el tipo de héroe ideal y por eso muchos animes lo tienen como protagonista, aunque ya no tengan nada que ver con el cuento original.

ANIME CLASSICS 1

Rabbit and Tortoise (Usagi to kame) 1924. Tosanae Yamamoto, 16mm, 7 min., mudo.

Shou’s Adventure (Shouchan no boken) 1924/25 o 1926. Director desconocido. 16mm, 8 min., mudo.

Easygoing Guy Yamazaki Kaido (Nonki na tosan yamazaki kaido) 1924/25 o 27. Hakuzan Kimura , 35mm, 3 min., mudo

The Story of Songoku (Songoku monogatari) 1926. Noburou Oofuji, 35mm, 8 min., mudo

Ship of Oranges (Mikanbune). 1927.Noburou Oofuji, 16mm, 8 min., mudo

Momotaro is the Greatest (Nihonichi no momotaro).1928. Tosanae Yamamoto, 35mm, 14 min., mudo

The Bunbuku Teapot (Bunbukuchagama). 1928 o 1931. Yasuji Murata, 16mm, 16 min., mudo

The Story of Shiobara Tasuke (Shiobaratasuke) 1925. Hakuzan Kimura, 35mm, 10 min. Sonorizado en 1941.

Dreamy Urashima – Easygoing Guy Goes to Paradise (Yume no urashima – nonki na tosan ryugumairi). 1925.

Hakuzan Kimura, 35mm, 8 Min., sonorizado en 1942.

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Originally posted 2004-05-10 12:01:45.

Ventanas que hablan

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De mis clases escolares de literatura recuerdo algo que se comentaba una y otra vez, no sé si por la afición de mis profesores al asunto o debido a que repetí el mismo curso varias veces: me refiero al motivo de cómo la naturaleza se conmueve con el poeta y se solidariza con sus penas y alegrías. Si la memoria no me engaña, casi siempre se aludía a poetas y escritores medievales o renacentistas, tal vez Gonzalo de Berceo, Garcilaso de la Vega y, por supuesto, los que llegaron con la época romántica. Creo que más de una vez he escuchado o leído que este conmoverse de la naturaleza era un motivo literario que no se encontraba en Grecia o Roma, donde la naturaleza, como mucho, lo que hacía era conmover al poeta pero no conmoverse con el poeta, limitándose a ser un escenario, un locus amoenus o “lugar agradable”, pero no una extensión del alma sufriente o alegre del poeta. Sin embargo, me parece que en las Tristes de Ovidio se podrían encontrar ejemplos de ese contagio de la emoción a la naturaleza misma. Y creo, casi sin ninguna duda, que también existen ejemplos semejantes en la antigua China.

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Lo que ignoro es hasta dónde (o hasta cuándo) debemos retroceder para encontrar no ya árboles que inclinan sus ramas para llorar con el paseante desdichado, o arroyos que se llevan sus lágrimas, sino ventanas que también se deciden a participar de esas emociones.

Es cierto que, a primera vista, las ventanas son algo bastante pasivo, pero en manos de un buen escritor pueden llegar a ser bastante expresivas, como demostró Shakespeare en la célebre escena del balcón de Romeo y Julieta, con aquella ventana  “que habla y no dice nada”. O, en Proust, aquella ventana de Odette que le dice a Swan:  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».

Las ventanas no sólo nos hablan en ciertas ocasiones, al permanecer cerradas o entreabiertas, o al filtrarse una luz por una rendija, que nos revela que hay alguien despierto en la habitación, sino que también pueden mostrar lo que debería permanecer oculto, como exclama Dickens en Casa desolada:

«¡Ven, noche!,¡ven, oscuridad!; pues no podréis llegar demasiado pronto, ni permanecer demasiado tiempo en semejante lugar. ¡Acudid, luces rezagadas, a las ventanas de estas horribles casas; y vosotros que cometéis iniquidades en su interior, cometedlas al menos con la cortina echada ante esta escena espantosa! ¡Ven, luz de gas, a arder lúgubremente sobre la verja de hierro en la que el aire emponzoñado deposita ungüentos brujeriles de viscoso tacto!».

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es Dickens-Our-Mutual-Friend-e1411751022874-300x234-1.jpg

Ilustración de Nuestro común amigo, de Charles Dickens

Las ventanas, además de las puertas, son la manera en la que una casa se comunica con el exterior, pero las puertas casi siempre permanecen cerradas a los extraños. Las ventanas pueden estar abiertas, entreabiertas, cubiertas por cortinas o persianas que sin embargo revelan sombras o dejan escapar la luz, y que pueden revelar más de la cuenta.

El cardenal Mazarino, que fue sin duda uno de los hombres más prudentes que han existido, tenía cada día  preparado sobre su mesa un papel en el que había escritas unas frases sin importancia, para ponerlo a la vista de quien entrara en su despacho, ocultando rápidamente aquellos documentos en los que estaba realmente trabajando. Pero, como sabía que también las ventanas podían hablar recomendaba en su Breviario:

«Es importante que las ventanas se abran hacia dentro y que el marco de las mismas esté pintado de negro, para que no se distinga si están abiertas o cerradas».

La razón de que estuvieran completamente pintadas de negro es fácil de entender, pero ¿por qué convenía que se abrieran hacia dentro? No estoy seguro, pero es probable que fuera porque es más difícil descubrir a un espía que se oculta tras unas ventanas que se abren hacia la calle.

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Cob Prefacio a Goethe

El Breviario de los políticos, atribuido al Cardenal Mazarino, ha sido publicado en español por la Editorial Acantilado

Las ventanas de Shakespeare: “McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona
Las ventanas de Proust: “Otras ventanas indiscretas“.

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Otras ventanas

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Originally posted 2014-09-26 19:12:26.

Toni Takitani

Tony TanitakiDirector: Jun Ichiwara
Intérpretes:
Issey Ogata, Rie Miyazawa,
Takahuni Shinohara,Hidetoshi Nishijima

 

Tony Takitani es un dibujante. Él mismo cuenta su vida, dominada por la soledad hasta que conoce a Eiko.

 

Contar más cosas del argumento daría una idea muy equivocada acerca de esta película, que ha sido calificada como minimalista. Como tampoco creo mucho en este tipo de definiciones, no me atrevería a decir si es o no es minimalista, porque casi siempre el minimalismo lo es por contraste con eso otro que se puede llamar barroquismo, abundancia,  redundancia o adorno. A mí, como me suele suceder, me gustan las dos cosas y también las intermedias, y creo que a menudo sus fronteras son difusas.

Últimamente algunas de mis ideas acerca del cine están cambiando. Espero que para bien. Casi siempre he pensado que una película ha de ser entretenida. Pero entretenido para mí no implica superficial, comercial, vulgar ni ninguna de esas cosas que a veces se asocian a lo entretenido. Por otra parte, comercial no implica tampoco necesariamente que algo sea malo: Shakespeare era muy comercial, Sófocles y Eurípides también, o al menos llenaban los teatros y se llevaban muchos de los premios . Chesterton decía que divertido no es lo contrario de serio, sino de aburrido. Estoy de acuerdo. No veo ninguna razón por la que uno tenga el deber de aburrirse al ver una película o al leer un libro.Ahora bien, eso del aburrimiento es muy subjetivo. Truffaut alababa a un crítico epatante que decía que una película ya era interesante por el mero hecho de ser mejicana. Yo pienso lo mismo del cine asiático, y probablemente también del africano (si es que he visto más de cinco películas africanas, más allá de las del norte de África).

Es casi imposible que una película asiática me aburra, a pesar de que son célebres por tener un ritmo más lento, cosa que quizá también habría que examinar, puesto que casi todas ellas las vemos subtituladas, y una película subtitulada siempre será más lenta que una doblada, debido al esfuerzo de atención que requiere al espectador, que tiene que atender a imagen y a sonido, y al mismo tiempo leer, y al mismo tiempo no distraerse o abandonarse a la experiencia narrativa, para que no se le escapen los subtítulos o las imágenes. En las películas subtituladas pero habladas en inglés, francés o italiano, la familiaridad del idioma seguramente favorece que nos parezcan menos indescifrables, menos distantes. Lo que se ignora a menudo parece aburrido.

Ahora bien, es posible que sea cierto que las películas asiáticas tengan un ritmo más lento, y también es posible que algunas duren más de lo que debieran. Esa es una sensación que tengo en casi todas las películas, sean de donde sean: les sobran al menos 20 minutos. Es casi imposible encontrar una película que no parezca alargada.

Un defecto típico de las obras de autores que están fuera de los circuitos más comerciales, por ejemplo las piezas cortas de teatro, es precisamente que todas las cosas se alargan. Ser breve a veces parece bastante difícil, como demuestro yo ahora mismo con toda esta digresión antes de volver a Tony Takitani.

Creo que la aversión a lo breve se debe a que lo breve se considera, como lo divertido o lo entretenido, poco serio. Si vamos al cine y la película dura una hora, o cincuenta minutos, parece como si no pudiese ser gran cosa.

Eso es un error, pues muchas de las mejores cosas son breves, como muchos de los ensayos de Montaigne, bastantes de los diálogos de Platón, casi todos los cuentos de Poe o de Bierce, algunos haikus japoneses brevísimos, o tantas canciones de tres minutos. Sin embargo, algunas personas adoran lo breve y sienten aversión a lo largo. Creo que también es un error. A mi me gustan muchas cosas breves y muchas cosas largas.

¿Y qué tiene que ver esto con Tony Takitani? Espero conseguir explicarlo y unir los hilos de esta disquisición.

Toni Takitani está basada en un relato de uno de los autores japoneses más famosos de la actualidad: Haruki Morakami. Tengo uno de sus libros La caza del carnero salvaje, pero todavía no lo he leído.

En la película, un narrador va contando el relato como quien lee un libro y apenas de vez en cuando hay diálogos. Tal vez esos diálogos coinciden con los del relato de Haruki Morakami. No lo sé. En la película las secuencias o escenas se suceden con un fundido a tonos grises desde el lado izquierdo de la pantalla, pero la sensación es como la de una tira que corre en horizontal.

Creo que la intención del director es imitar el paso de las páginas por un lector, aunque no es el típico paso de página de los vídeos convencionales, sino algo mucho más sutil. Es posible, pero no lo sé, que cada vez que el lado izquierdo de la pantalla funde a gris y se desplaza hacia la siguiente escena, eso coincida con un cambio de página o de capítulo en el libro de Murakami. Lo ignoro.

En principio la abundancia de voz en off no es recomendada por los expertos (“¡Resulta blando!”, brama el gurú Robert McKee en Adaptation), pero Tony Takitani resulta hermosísima y muy intensa, a pesar de que tiene muchísima voz en off.

Tal vez, es cierto, al final se hace un poco larga. Pero ya he dicho que eso es muy subjetivo, pues quienes vemos la película subtitulada no podemos hacer lo que nos propone el director: leer la película como si fuera una cinta horizontal que contiene las escenas y que se desplaza ante nuestros ojos. Nosotros, quienes no sabemos japonés, estamos obligados constantemente a romper ese hermoso deslizamiento y bajar a leer los subtítulos.

Pero, sea larga o no, para mí ha sido un placer ver Toni Takitani. Y sea larga o no cualquier otra película, sucede que el cine tiene un problema que no tiene la literatura. A eso quería llegar.

Las películas se ven de principio a fin, ya duren una hora o tres. Las novelas y los ensayos, no. Si un escritor tuviese la obligación de conseguir que su lector leyera la obra entera de principio a fin, entonces Proust nunca habría escrito En busca del tiempo perdido, ni Cervantes Don Quijote de la Mancha, ni tantas grandes obras de la literatura o el ensayo.

Eso limita mucho al cine, porque nadie en su sano juicio puede querer ver nueve horas seguidas de cine, como se podía hacer en la última jornada del Baff con una película filipina (aunque yo he estado en maratones de 24 horas y quizá he permanecido allí al menos 22 horas seguidas).

Naturalmente, existe la televisión, que permite fraccionar una historia y hacer series tan buenas como Retorno a Brideshead o Arriba y abajo, compuestas de horas y horas. Pero una película se tiene que ver de principio a fin. Eso parece razonable.

Pero quizá no lo sea.

En eso es en lo que estoy cambiando de opinión.

Ahora pienso que, del mismo modo que uno deja una novela al final de un capítulo, e incluso a veces en medio de un párrafo, para luego retomarla, quizá lo mismo se pueda hacer con el cine. Se me dirá: “Eso ya se hace ahora: basta con ver las películas en la tele y parar cuando uno quiere”.

Es cierto, pero también sucede que casi todas las películas vistas en la tele pierden muchísimo respecto al cine. He llegado a decir que ver una película por primera vez en televisión es como no haberla visto. Quizá también acabaré cambiando de opinión en esto.

Así que, si se pudiese hacer en el cine lo mismo que se hace con la televisión, la cosa resultaría interesante y quizá se abrirían nuevas posibilidades. Pero, claro, ¿cómo vamos a parar la proyección en un cine y reanudarla cuando nos apetezca? Porque la gracia del asunto está en hacerlo cuando nos da la gana.

Ahora bien, cada vez es más posible ver el cine en casa en pantallas más y más grandes, así que con el tiempo podremos ver las películas como en un cine, pero interrumpirlas cuando queramos. Espero que eso no haga que se pierda esa otra experiencia hermosa que es estar metido en una sala de cine con un montón de desconocidos.

Cuando eso sea posible (ya lo es, aunque todavía un poco caro), se podrán ver las películas como quien lee un libro. Algunas nos mantendrán en vilo y en vela de principio a fin. Otras las interrumpiremos para reanudarlas más tarde.

Todo esto tiene también relación con otro asunto que me interesa del previsible futuro del cine, pero lo contaré otro día y así no haré esto tan largo que tenga que ser interrumpido a la mitad.

Para volver a Tony Takitani, diré que me gustó mucho, no sólo por esta idea de ver una película como quien lee un cuento, sino por los extraordinarios actores, por la hermosa contención de sus gestos y por la manera sobria en que transcurre, a pesar de la tristeza que lo inunda todo.

 

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Las paradojas del guionista

Alba Editorial
Casa del Libro
Ama­zon

 

[mayo 07, 2005]

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Para ver todas las entradas dedicadas al guión y al cine: Cine y guión. Todas las entradas

ENTRADAS DE CINE 

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CUADERNO DE JAPÓN

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Originally posted 2012-05-29 10:25:53.

Tachinaba Akemi revisitado

En Placeres sencillos de Tachibana Akemi mencioné un poema que me gustó mucho al leerlo en Silencioso Tao, de Raymond Smullyan:

PLACERES SENCILLOS

Es un placer
Cuando desplegando una hoja de papel
Cojo el pincel
Y escribo con más habilidad
De la que esperaba

Es un placer
Cuando tras cien días
Retorciendo mis palabras
Sin éxito, de repente
Surge un bello poema

Es un placer
Cuando, sin ayudas,
Puedo comprender
El significado de un volumen
Que se considera muy denso

Es un placer
Cuando, algo muy infrecuente,
Tenemos pescado para la cena
Y mis hijos gritan gozosos
“¡Yum-yum!” mientras lo engullen

Es un placer
Cuando, en un libro que examino al azar,
Encuentro un personaje que es como yo.

En estos días, mientras juntaba cosas para el Cuaderno de Japón, me he encontrado otra vez con el poema de Akemi Tachibana. Eso me ha dado la idea de buscar información acerca de él y más poemas suyos.

En la biblioteca virtual Questia he encontrado el poema de los placeres sencillos en japonés y en la traducción inglesa de Donal Keene. Y me he llevado una gran sorpresa:

Solitary pleasures

Tanoshimi wa                            It is a pleasure
Komi wo hirogete                     When, spreading out some paper,
Toru fude no                             I take brush in hand
Omoi no hoka ni                        And write far more skilfully
Yoku kakeshi toki                     Than I could have expected.

Tanoshimi wa                             It is a pleasure
Momohi hineredo                      When, after a hundred days
Naranu uta no                            Of twisting my words
Futo omoshiroku                       Without success, suddenly
Idekinuru toki                            A poem turns out nicely.

Tanoshimi wa                             It is a pleasure
Asa okiidete                                When, rising in the morning
Kinō made                                  I go outside and
Nakarishi hana no                     Find that a flower has bloomed
Sakeru miru toki                        That was not there yesterday.

Tanoshimi wa                             It is a pleasure
Mare ni uo nite                           When, a most infrequent treat,
Kora mina ga                              We’ve fish for dinner
Umashi umashi to                     And my children cry with joy
Iite kuu toki                               “Yum-yum!” and gobble it down.

Tanoshimi wa                             It is a pleasure
Sozoro yomiyuku                       When, in a book which by chance
Kaki no naka ni                          I am perusing,
Ware to hitoshiki                       I come on a character
Hito wo mishi toki                     Who is exactly like me.

Tanoshimi wa                             It is a pleasure
Yo ni tokigataku                         When, without receiving help,
Suru kaki no                               I can understand
Kokoro wo hitori                        The meaning of a volume
Satorieshi toki                            Reputed most difficult

Tanoshimi wa                            It is a pleasure
Ebisu yorokobu                         When, in these days of delight
Yo no naka ni                             In all things foreign,
Kōkoku wasurenu                     I come across a man who
Hito wo miru toki                      Does not forget our Empire.

Además de alguna estrofa que está en distinto orden, en la versión de Smullyan faltan dos estrofas enteras. La primera dice más o menos:

Es un placer
cuando al amanecer
salgo fuera y veo
una nueva flor
que ayer no estaba.

Pero la sorpresa está otra estrofa, que es la que cierra el poema, y que dice:

Es un placer
cuando en estos días de deleite
en todo lo extranjero
encuentro a un hombre
que no olvida nuestro Imperio.

Para quienes no conocen la historia de Japón, quizá conviene aclarar que Akemi (1812-1868) vivió en la época del shogunato. Desde hacía varios siglos, en Japón existía un sistema dual en el que había un emperador, que carecía de poder efectivo, y un shogun, que era quien realmente mandaba. Akemi deseaba la restauración del Imperio.

En parte estimulados por la agresiva llegada a Asia de las potencias occidentales, muchos políticos y pensadores de Japón propusieron el restablecimiento del Imperio y al mismo tiempo la modernización del país, acabando con el shogunato feudal.

Al final, este cambio se hizo  durante la restauración Meiji del Imperio (1868-10912), y eso permitió a Japón convertirse en una potencia mundial, al contrario de China, que no supo emprender las reformas. En la modernización de Japón se imitaron muchas de las ideas occidentales, tras una cuidadosa investigación de las diferentes constituciones y sistemas de organización de las naciones europeas y de Estados Unidos. El propio emperador viajó a Europa para informarse por sí mismo. Lo curioso del asunto es que en Japón, tras algunas resistencias iniciales, prácticamente todos estaban de acuerdo en que había que imitar a Occidente, tanto los pro occidentales como los anti occidentales.

Pero Tachibana Akemi no llegó a ver la restauración imperial, pues murió en el preciso año en el que se inició la época Meiji, aunque fue uno de los precursores de este movimiento. Su animadversión hacia el shogunato también le hizo romper con las formas tradicionales de los poetas del período Tokugawa (shogunato). En cualquier caso, parece que Akemi se alineaba junto a los contrarios a las ideas extranjeras.

Una vez aclarado esto, sólo diré que es obvio que Smullyan cercenó el poema de Akemi y que, en mi opinión, eso fue un gran acierto. Porque la última estrofa de Akemi echa a perder todo el poema, toda esa deliciosa enumeración de placeres sencillos, que con esos versos finales se convierte en una proclama política, que, al margen de su acierto o error, es todo lo contrario de lo que dice el resto del poema. La sencillez de esos placeres es incompatible con un sentimiento tan artificioso y prefabricado como es el patriotismo, cualquier patriotismo.

Por otra parte, es curioso, pero no infrecuente, que un poema (eso si, cercenado) pueda ser mejor que las intenciones de su autor al escribirlo.

Ilustración tomada de la página Simply Building Net

Sospecho que el libro de los placeres sencillos de Tachibana Akemi contiene muchas más estrofas en la que describe otros placeres, a la manera de las encantadoras enumeraciones de lo que le gusta y lo que no le gusta de Sei Shonagon en El Libro de la almohada.
La ilustración de Yoshitoshi Tsukioka aparece junto a otra estrofa de Tachibana Akemi:

Pleasure is this:
to lie cool under the bower
of moonflowers
the man in his undershirt,
the woman in her slip.

(El placer es esto:
descansar bajo la enramada
de flores lunares,
el hombre en camiseta,
la mujer en combinación.)

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[Publicado en junio de 2006]

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Originally posted 2013-11-04 17:08:09.

La herencia inesperada

Si yo tuviera un millón

El cine de Lubitsch

La herencia inesperada es una de esas historias de café que siempre nos entretienen en las tardes con los amigos, un tema muy de actualidad en las fechas navideñas, cuando en la ciudad en la que vivo se forman larguísimas colas para entrar en la tienda de Doña Manolita y todo el mundo se pregunta: “¿Qué harías si te tocara la lotería?”.

Hay que admitir que es un dilema de menos calado que otros también habituales en charlas de café, como el del mandarín: “Si pulsaras un botón y un mandarín muriera en China y tú heredaras toda su fortuna y nunca nadie lo supiera… ¿lo harías?”. Eça de Queirós escribió una estupenda novelita a partir de este dilema.

O aquel del museo: “Si el Museo de El Prado se estuviera incendiando y tuvieras que elegir entre salvar los cuadros de Goya o al portero del museo, ¿qué harías?”.

Son buenos temas para hacer películas o escribir cuentos y novelas. Woody Allen hizo Balas sobre Broadway a partir del dilema del museo, auqnue los bohemios qwue charlaban en una terrazade Grenwich Village tenían que elegir entre salvar el único ejemplar de las obras de Shakespeare en vez de las obras de Goya. Sé que hay una película basada en el dilema del mandarín, pero que no he visto, tal vez lejanamente basada en la novela El mandarín, de Eça de Queirós.

En la película Si yo tuviera un millón se plantea esta pregunta de la riqueza súbita e inesperada y la respuesta son ocho historias , cada una rodada por un director diferente. La película se estrenó en la época del Hollywood pre código. Es decir, entre el comienzo del cine sonoro y la implantación de un Código de Producción Cinematográfica, llamado popularmente código Hays, que censuraba los contenidos de las películas. El código vigilaba y prohibía las referencias sexuales, el mestizaje, el consumo de drogas, el aborto, la violencia intensa, la homosexualidad y la infidelidad. Muchas de las normas del Código se saltaron enseguida, en especial las relacionadas con la violencia, porque siempre ha sido más fácil para los censores mostrarse muy tolerantes con la violencia y poco con el sexo, es decir, lo contrario de lo sensato y razonable.

En el prólogo y el epílogo, un millonario moribundo decide donar su fortuna antes de morir, de millón en millón, para que no lo obtengan sus familiares o socios, de los que está muy decepcionado. En cada episodio vemos cómo un desconocido, elegido con la guía telefónica, recibe un cheque por valor de un millón de dólares.

La película inspiró el famoso programa de televisión El millonario, en el que un donante anónimo donaba un millón de dólares a un desconocido. Es probable que también esté en el origen de la excelente película El hombre del millón de dólares, protagonizada por Gregory Peck, donde unos simpáticos viejecillos entregan un cheque de un millón de libras a un marinero para ver quien gana la apuesta: ¿podrá cambiar el cheque, y consecuentemente gastarlo, o no? Recientemente, el economista Paul Krugman propuso acuñar una moneda de un billón de dólares para respaldar la deuda de Estados Unidos y seguir aumentando la burbuja de esa deuda estatal (que él considera beneficiosa)

Como antes de comenzar a ver la película sabía que cada historia estaba dirigida por un director diferente, y que uno de ellos era Lubitsch, intenté adivinar cuál era su historia observando el estilo. No fue difícil, porque sólo tuve que fijarme en las puertas. Una primera historia en la que una puerta tiene un cierto protagonismo me hizo dudar, pero cuando vi la historia o sketch protagonizado por Charles Laughton no me quedaron dudas: está protagonizada por un actor… y cuatro puertas.

Lubitsch era célebre por cómo usaba las puertas en sus películas, casi como si fueran un personaje más, hasta el punto que Mary Pickford hizo que lo despidieran en una de sus películas. porque el director no parecía interesado en ella, se lamentó, puesto que “no era un director de actores, sino un director de puertas”.

Aquí se puede ver el episodio de Lubitsch, protagonizado por el gran Charles Laughton.

De los otros episodios, los más interesantes son el protagonizado por el cómico W.C.Fields, Road Hogs, dirigido por Norman Z. McLeod, en el que un artista de circo y su esposa aprovechan el cheque del millón de dólares para comprarse una flotilla de coches último modelo, con la intención de hacer frente a los “locos del volante” que pueblan las carreteras, y van destrozando uno a uno los coches que han comprado y los de sus víctimas. También me pareció muy simpático el cortometraje dirigido por William A. Seiter de tres marineros sin dinero, uno de ellos un joven y guapísimo Gary Cooper, The Three Marines. El último, que tiene lugar en un asilo de ancianas, Grandma, me pareció encantador; también es divertido el primero, China Shop, también dirigido por Norman Z.McLeod.

Todos los episodios son interesantes, aunque no puedo ocultar que percibí la película con un cierto ritmo lento, lo que sin duda no es culpa de la película, sino de que los espectadores nos hemos acostumbrado a un masaje audiovisual tan intenso, un cambio de planos tan acelerado y una profusión de efectos y un sonido tan hinchado que cuando no obtenemos esa ración de estímulos sentimos que falta algo. El medio es el masaje, como decía McLuhan.

El cine clásico, del mismo modo que los clásicos grecolatinos o incluso que los clásicos de la novela del siglo XVIII y XIX nos obligan a  reedecuarnos, a desaprender y limpiar un poco nuestros canales perceptivos de tanto ruido y furia y de tanto estímulo gratuito.


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Otras ventanas indiscretas

marcel_proust

En McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona recordé aquel pasaje de Romeo y Julieta en en el que la ventana de Julieta parece decirle algo a Romeo, aquella ventana o aquella luz “que habla sin decir nada”. No es la única ventana parlanchina de la literatura. Nabokov recuerda en su Curso de literatura europea la ventana de Odette en Proust.

Sucede cuando Swan, tras ver a Odette una noche, es asaltado por los celos y empieza a sospechar que ella se ha desembarazado de él porque espera a otro amante. Toma entonces Swann un coche de alquiler y se detiene casi enfrente de la casa de ella:

«En medio de la oscuridad de todas las ventanas de la calle, con las luces apagadas hacía tiempo, vio una solamente, de la que brotaba por entre las contraventanas cerradas como una prensa de uvas que comprime la pulpa misteriosa y dorada, la luz que llenaba la habitación, y que durante tantas noches, en cuanto la veía de lejos al llegar a la calle, le llenaba de gozo con su mensaje: «Aquí está ella, esperándote», y que ahora le torturaba diciéndole: «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».»

Aquí tenemos una luz, que se escapa como el jugo de una fruta aplastada entre los quicios de las contraventanas (Proust utiliza “la metáfora de la fruta dorada”, nos dice Nabokov), una luz que habla con Swan pero que, siendo la misma, le dice cosas diferentes: «Aquí está ella, esperándote», decía antes,  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba», dice ahora. Swan continúa su diálogo con la ventana, acercándose a ella:

“Tenía que saber quién era; se deslizó a lo largo de la pared hasta la ventana, pero no consiguió ver nada entre las tablas oblicuas de las contraventanas; sólo oyó, en el silencio de la noche, el rumor de una conversación”.

Proust, en una interpretación del caracter de su personaje que nos ofrece tanta o más luz que esa ventana que deja filtrar la luz, nos presenta los sentimientos de Swan y el placer que encuentra a pesar del dolor que siente en ese instante, el placer de la verdad:

«La misma sed de saber con que en otro tiempo había estudiado historia. Y acciones que hasta ahora le habrían avergonzado, tales como espiar por una ventana, y quién sabe si sonsacar mañana, con hábiles preguntas, a algún testigo casual, sobornar a los criados, escuchar detrás de las puertas, no le parecían ahora sino métodos de investigación científica de auténtico valor intelectual, tan apropiados para la búsqueda de la verdad como descifrar manuscritos, cotejar testimonios, interpretar monumentos».

Nabokov compara este ansia de saber con “la misma verdad interior que Tolstoi buscaba por encima de la emoción”. Y ahora, Swann, obsesionado por todo lo que dice esa ventana, llega a interpretarla como quien descifra un texto antiguo:

“Sabía que se podía leer la verdad de las circunstancias, por cuya exacta reconstrucción habría dado la vida, detrás de aquella ventana iluminada, como bajo la dorada y luminosa encuadernación de uno de esos preciosos manuscritos, ante cuya riqueza artística el erudito que los consulta no puede permanecer insensible. Experimentaba una voluptuosidad en conocer la verdad que tanto le apasionaba en ese ejemplo único, efímero y precioso, en aquella página traslúcida, tan cálida y hermosa”.

Pero Swan no sólo ha encontrado ese placer de la verdad que la ventana le ha revelado, sino que, además, quiere que ellos, Odette y su amante, sepan que él lo sabe:

“La superioridad que sentía —y que con tanta desesperación deseaba sentir— con respecto a ellos, residía quizá menos en el saber que en demostrarles que sabía». 

Así que, decide revelarles su presencia y llama con los nudillos en la contraventana. La ventana se abre, pero no se asoma Odette, sino dos señoras:

«Como había adquirido la costumbre, cuando iba muy tarde a visitar a Odette, de identificar su ventana con la única iluminada entre tantas ventanas semejantes, se había equivocado y había llamado a la ventana contigua, que pertenecía a la casa de al lado.»

Magnífico desenlace, sin duda, que muestra con humor cuántas veces nuestras suposiciones acerca del mundo se alimentan de nuestras propias obsesiones y cómo, a partir de un pequeño atisbo, como la luz de una ventana, nos lanzamos a una fabulación cuya única piedra de toque es esa misma obsesión, ese detalle al que nosotros hemos dado sentido y significado. Si Swann, aquella noche, hubiese contemplado la ventana y después hubiera regresado sin querer revelarse a la infiel Odette, nunca habría descubierto la magnitud de su error y habría conservado aquel momento como una prueba, ya inevitablemente irrefutable, de la traición de Odette.

ventana de Odette

La ventana de Odette (Méry Laurent)

De momentos semejantes está llena nuestra vida emocional, de tantas y tantas conversaciones con ventanas silenciosas que nos hablan con su luz o su oscuridad, teléfonos que nos gritan con su silencio, frases que nos atormentan, a pesar de que ya no recordamos que nunca fueron pronunciadas por nadie, escenas que de tanto imaginarlas se han incorporado a nuestros recuerdos o que, al menos, han modificado nuestros sentimientos, alejándonos de manera casi siempre irrecuperable de aquellos que las protagonizaron, casi siempre sin saberlo ellos mismos, pues muchas de sus acciones sólo han tenido lugar en el interior de nuestra propia cabeza.

Descifrar el mundo y sus signos, en definitiva, es fácil pero también necesariamente fatal cuando el mundo, las ventanas, las puertas, los teléfonos y las calles se convierten en una extensión de nuestra propia interioridad: siempre dicen lo que queremos o tememos escuchar.

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Otras ventanas

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Todas las entradas de literatura en: El resto es literatura

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Hirokazu Kore Eda

Kore Eda se caracterizó en sus inicios por hacer girar su cine, ya se tratase de documentales o de películas de ficción, alrededor de su pensamiento ético, social y político, sin caer en el panfleto o la manipulación.

Muchas de las películas de Kore Eda tienen algo de documental y alguna relación con acontecimientos concretos, incluso, como admite Kore Eda, Maborosi, en la que la protagonista es una mujer que no consigue entender por qué su marido se suicidó, algo también hasta cierto punto frecuente en Japón.

kore eda August without him

La vida del primer enfermo de SIDA que lo declaró públicamente en Japón

Without memory, la vida de una persona que ha perdido la memoria episódica a causa de una medida sanitaria injusta.

 

I just want to be Japanese, en la que Park es un coreano que fue alistado a la fuerza en el ejército japonés y que, terminada la guerra, pierde la nacionalidad adquirida y se convierte en un ciudadano invisible.

Sin embargo… en la que un funcionario tiene que elegir entre sus convicciones y los intereses del gobierno para el que trabaja.

Maboroshi no hikari (1995)

Yukimo (Mariko Esumi), una mujer  viuda tras el suicidio inexplicable de su marido, viaja a un pueblo de pescadores, donde conoce a Ikuo (Tadanobu Asano), un pescador viudo.

 

 

distance kore eda Distancia

Varios familiares de adeptos de la secta El arca de la verdad, que asesinaron a más de cien personas, se reúnen en el lugar donde vivieron sus hijos.

After Life (1998)

En una extraña y solitaria residencia los muertos tienen que elegir el momento de su vida que quieren recordar para toda la eternidad.

He dedicado una entrada a la película en After Life

 

kore eda nadie sabe Nadie sabe

Los protagonistas son cuatro niños abandonados por su madre; algo todavía frecuente en Japón cuando una mujer encuentra un nuevo marido que le exige abandonar a sus hijos.

 

HANA (2006)

Cuenta la legendaria historia de los 47 ronin, que se sacrificaron para vengar a su señor, pero lo hace desde un punto de vista heterodoxo, mostrando la historia sin ningún heroísmo.

Habló de Hana, y en especial en relación con el complejo asunto de la verosimilitud en el cine en: Hana y la verdad verosímil.

 

Still Walking (2008)

La familia Yokoyama se reune para recordar a su hijo, que murió al salvar a otro muchacho, quien también asiste a la reunión.

 

 

 

Air Doll (Muñeca de aire)

Una muñeca de aire cobra vida y empieza a llevar una existencia paralela más allá de su convivencia con su propietario.

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hana kore eda

Kore Eda con uno de los actores de Hana

En contra del tópico que dice que nunca hay que trabajar con niños ni con animales, a Kore Eda le gusta mucho trabajar con niños

La página de Kore Eda (en japonés)

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[Publicado el 14 de enero de 2008. Revisión en septiembre de 2012]

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Para ver todas las entradas dedicadas al guión y al cine: Cine y guión. Todas las entradas

ENTRADAS DE CINE 

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CUADERNO DE JAPÓN

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Viaje al Oeste

Viaje al Oeste es una novela china muy célebre (en China) y larguísima. Más de 2000 páginas en la edición de letra un poco pequeña de Siruela.

Aunque a veces me he oído decir que no me gustan las novelas largas, si me observo con atención enseguida me doy cuenta de que esa es una de mis mentiras más llamativas acerca de mí mismo.

Mis libros de cabecera han sido durante años…

Memorias de Casanova, que ocupan entre 3000 y 5000 páginas (ahora lo estoy leyendo en su idioma original, francés)

…las Mil y Una Noches, que seguramente sobrepasan las 2000

…los Ensayos de Montaigne, que son una especie de novela mitad ensayística mitad autobiográfica que debe tener al menos 1500 páginas

…los Diálogos de Platón, que sin duda pasan de las 1000, y más si les añadimos las interminables e interesantísimas notas

…el Genji Monogatari, de Murasaki Sikibu, unas 2000 páginas

En busca del tiempo perdido, de Proust, digamos que 3000 páginas como poco

La Rama Dorada de Frazer (unas 850)

La Diosa Blanca, de Robert Graves (¿700?)

…las Historias de Herodoto, entre 1000 y 1500

…la Biblia (1500)

…el Heike Monogatari (850)

…la Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano, de Edward Gibbon (¿3000?)

El hombre sin atributos (¿2000?), de Robert Musil

Las variedades de la experiencia religiosa, de William James (700)

La estructura de la teoría de la evolución, de Stephen Jay Gould (1400)

…la Historia General de la Piratería, de Ángeles Masiá de Ros (700)

Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown (600)

La educación sentimental, de Flaubert (¿600?)

…y otras que ahora no recuerdo, entre ellas largas historias o enciclopedias filosóficas, históricas y mitológicas.

El Viaje al Oeste es una más de estas lecturas que parecen interminables, y que a veces se prolongan durante años (como las Memorias de Casanova, con las que llevo más de diez años en sus dos versiones), proporcionando un placer continuo, tal vez semejante al de ver cómo crecen tus hijos o cómo tus amigos se hacen viejos. El libro probablemente no cambia a lo largo de esos añós, excepto porque el papel empieza a amarillear, pero el lector, es decir tú o yo, sí va cambiando. De esto se puede hablar mucho, pero lo dejo para otra ocasión.

Viaje al Oeste, conocido popularmente como “Las aventuras del rey mono”, es un libro de aventuras y no hace falta que te diga quién es su protagonista.

Wu Kung el rey mono

Es un mono, en efecto, pero también aparecen un cerdo y un caballo, y un monje budista, y muchos demonios, y el taoísta Lao Dan, autor de Dao De Qing [Tao Te King o Lao Zi], y Buda y un montón de dioses.

No sé si te has dado cuenta de que en algunas de mis páginas hay una pequeña mascota que se llama Wu kung.

 

Wu Kung es uno de los nombres del rey mono.

 

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[Publicado en Anacrónico en ]

Poseído por Dostoievsky (Kim Chun-Su)

Kim Chun-su es un poeta coreano que murió hace algunos años. Sus compatriotas consideran que es el poeta más importante del último siglo.

chun su kim

A Chun-su le interesaban mucho la literatura y la filosofía europea, en especial la fenomenología de Husserl, pero también se sentía dividido entre Marx y Freud, entre el ser social y el ser individual. Este conflicto me resulta cercano, porque yo también me siento a menudo dividido entre esos dos impulsos, que yo asocio con el confucianismo (ser social) y con el taoísmo (ser individual), o con el gran camino (mahayana) y el pequeño camino (hinayana) budistas.

Muchas veces es más fácil identificarnos con lo distante que con lo cercano, posiblemente porque lo cercano está lleno de ruido mediático y es difícil llegar a escucharlo con atención: lo vemos a diario y nos llama la atención todo lo negativo y mediocre. Quizá por eso Chun-su buscaba en Europa y yo busco en Asia o en la antigüedad grecorromana. Goethe encontró en el persa Hafiz esa voz cercana que no encontraba en Alemania, excepto durante su breve pero intensa amistad con Schiller.

Chun-su también estaba poseído por Dostoievsky. En esto coincido con él, porque no puedo negar que la lectura de Dostoievsky ha supuesto varias veces para mí un verdadero golpe emocional. Al recordar las sensaciones que la lectura de Dostoievsky ha llegado a producirme, soy caoaz de elevarme sobre el ruido mediático que hoy en día rebaja cuanto puede a Dostoievsky, empezando por su compatriota Nabokov, quien le debe más de lo que quiere reconocer.

A Dostoievsky se le juzga por lo que representa en el canon cultural, por su figura literaria, más que por sus textos. Se le exige un realismo y una coherencia narrativa que olvida que el arte no está obligado a seguir la teoría aristotélica de la imitación o mímesis y que también puede crear sus propias reglas. Aceptar por un momento esas reglas, mientras leemos una novela, no tiene por qué implicar que también aceptamos los propósitos o teorías del autor. Aunque es un placer encontrar a personas que piensan como uno mismo, a veces los autores más estimulantes son los que menos se parecen a nosotros. A mí me gusta decir que albergo suficientes sensibilidades para apreciar todo tipo de cosas, al margen de lo que mi juicio crítico desencadenado pueda después dictaminar sobre ellas. Algo semejante a lo que decía Samuel Johnson acerca de su cerebro isabelino:

“Presumo yo más bien de poseer en una sola cabeza dos mentes: una mente isabelina, que se entrega a Shakespeare sin hacerse preguntas que no sean las qué él mismo me arroja, y otra que vive en el presente, en este siglo de plomo y academias, y que observa escondida, pero que no interviene hasta que ha llegado su momento.”

Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys, precuela de Jane Eyre

Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys, precuela de Jane Eyre

Poseído por Dostoievsky es un libro que podría parecer absurdo o banal a primera vista, pues se trata de poemas escritos por los personajes de Dostoievsky . Literatura sobre la literatura, mitomanía, poesía intelectualista, un camino muy arriesgado que suele acabar en el pastiche. Pero hay excepciones muy hermosas, como algunos poemas de Kavafis con personajes griegos o romanos, algunos cuentos de Karel Kapek en los que dialogan, en alguna especie de cielo literario, dioses o personajes clásicos; muchos de los deliciosos diálogos de los muertos de Luciano en los que aparecen dioses, gobernantes y filósofos; o la novela Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys, donde se cuenta la historia del misterioso personaje de Jane Eyre, la novela de Charlotte Bronte, aquella Antoinette Cosway, la primera esposa de Rochester, que vive sumida en la locura, encerrada en la buhardilla de Thornfield Hall.

También me recuerda esta obra de Chun-su a la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, en la que todos los poemas son epitafios de los muertos de un cementerio. Tanto en la obra de Lee Masters como en esta de Chun-su el placer aumenta a medida que lees más poemas y tu mente, de manera casi inconsciente, va descubriendo nexos entre unos y otros. Junto a ello, una sensación de recorrer diversos lugares, como las estancias de una casa, semejante a la que se experimenta con la lectura de una novela, y que no es tan frecuente con la lectura de poemas.

 

Ofrezco aquí dos de los poemas del libro de Chun-su.

CON TODO MI RESPETO A MI MAESTRO STAVROGIN

Con una planchuela enrojecida al fuego
puebo achicharrarme el costado.
Con un cuchillo me levanto las uñas de la mano
y también las uñas de los pies.
¿Cuánto podré aguantar?,
mido la altura de mi imaginación.
Demasiadas palabras y demasiados problemas,
es la metafísica de la torre de babel
que yo sacudo.
Digo derrúmbate, derrúmbate
hasta que se derrumbe.
Sin embargo, como le sucedió a un poeta,
una espina verde de la primavera tardía
se me clava. Finalmente me mata.

Esta es la realidad.
Un corpezuelo físico compuesto de siete partes de agua,
¿qué haré con esta vergüenza,
maestro?

A punto de suicidarse,
su estúpido discípulo Kirilov.

 

A NATASHA

Natasha,
el crimen
es un escabeche
que se hace poniendo carne y sangre en sal.
El setenta por ciento es sal.

Petersburgo, como un poema de Baudelaire,
huele a sodio por todas partes.
Después de lanzarme a las ruedas de un coche de caballos,
yo también pude saberlo:
aún en el dolor de muelas hay placer.
¿Por qué Sonia, pese a que vendió su cuerpo,
se convirtió en un ángel?
Añorando la luz,
esperamos ahora la noche.

El príncipe Valkovski,
un holgazán que no hizo nada en esta vida.


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[Publicado por primera vez el 21 de junio de 2004]

NOTA EN 2013: Me ha sorprendido encontrar aquí la metáfora de un libro de poemas o una novela como una estancia que se recorre, porque no recordaba haber pensado en ello antes de leer el Prefacio a Platón de Eric Havlock (algo de lo que hablo muy extensamente en La cicatriz de Ulises)

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Kungzi según Gore Vidal

Kungzi (Confucio) por Ana Aranda vasserot

Antonio Penadés comparó en la presentación de Recuerdos de la era analógica algo que digo en el relato “Que nada se crea” con la novela histórica de Gore Vidal Creación.

Se trata de aquello de la coincidencia en un mismo momento histórico de figuras fundamentales de la cultura mundial: los presocráticos y Sócrates, Kung zi (Confucio), Lao zi, Buda, Zaratustra y Mahavira. No es un descubrimiento del que podamos presumir ni Gore Vidal ni yo, puesto que es una idea muy repetida, aunque quizá incorrecta, porque tal vez no fueron tan coetáneos muchos de estos personajes, aunque sí parecen moverse en un arco temporal de unos 300 años.

Yo no había leído el libro de Gore Vidal, que he escuchado hace unas semanas, y me ha gustado bastante. Está protagonizado por un embajador persa, nieto de Zaratustra, que viaja a la India y a China (que llama Cathay, para dejar claro que China como tal entonces no existía) y conoce a todos estos personajes. El que más le impresiona es Confucio (Kungzi), a quien considera el más inteligente de todos ellos. Es muy probable que sea un juicio acertado. Creo que Confucio, a pesar de mi tremenda admiración por Zhuangzi, era verdaderamente listo e inteligente, sensato y sabio, y sólo  se me ocurre una comparación posible con Demócrito (de quien quedan tan pocos fragmentos que resulta difícil saberlo).

Por cierto, Demócrito es casi coautor de Creación, pues es él quien toma al dictado las palabras del embajador persa. Es probable que Gore Vidal no lo eligiera por casualidad.

 

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[Puedes ver y escuchar el comentario acerca de Gore Vidal de Antonio Penadés aquí: Los griegos y Gore Vidal]

[Publicado por primera vez el 11 de mayo de 2010]