Escuchar libros: ¿un regreso a la cultura oral?

Agustín leyendo (parece que para un auditorio)

En la época actual tenemos la posibilidad no sólo de leer los libros, sino de escucharlos como lo hacían, aunque de otra manera, nuestros antepasados.

Algunas personas a las que he comentado mi afición a escuchar libros me han dicho que un libro escuchado no puede compararse a uno leído. Supongo que es parte del fetichismo del libro impreso, algo de lo que a mucha gente le resulta difícil desligarse. Se confunde de este modo el continente con el contenido, como se decía antiguamente (no sé si continente es correcto en este contexto, pero yo recuerdo así la frase).

En realidad, escuchar un libro supone una vuelta a la cultura oral, que ya se reinició con la radio y con la televisión (que es, como es obvio, audiovisual).

En tiempos de Agustín de Hipona la costumbre era leer los libros en voz alta: todo el auditorio los escuchaba. Había tan sólo un lector, es decir, la persona que leía en voz alta, aunque supongo que esa persona también escucharía su propia voz al leer los libros para los demás. Alberto Manguel cuenta en Una historia de la lectura que Agustín se quedó bastante sorprendido al ver que Ambrosio de Milán leía sin pronunciar las palabras:

“Sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban.”.

Este testimonio muestra que la costumbre, incluso cuando uno estaba solo, era leer en voz alta, es decir, escuchar el libro.

Manguel también cuenta que los soldados de Alejandro Magno se quedaron asombrados cuando en una ocasión le vieron leer una carta de su madre “en silencio”. Me parece recordar que también Aristóteles llamaba la atención de sus coetáneos por su costumbre de leer en silencio. Quizá esa es una de las cosas que Alejandro aprendió de su maestro. Así que antiguamente el fetichismo era hacia la palabra hablada, en vez de, como sucede hoy, con la escrita, al menos en lo que se refiere a los libros.

 

En casi todas sus representaciones, Agustín lee : “En el Arca marmórea de san Agustín, construida en el siglo XIV sobre el altar que conserva las reliquias del santo, Basílica de San Pedro in Ciel d’oro, Pavía; el diálogo de Agustín con san Simpliciano; a la derecha, la conversión: siguiendo la sugerencia de un ángel, Agustín lee las Cartas de san Pablo.” (Tomado de 30 días)

No sólo eso, como también aclara Manguel, la célebre frase scripta manent, verba volant (“lo escrito permanece, las palabras se las lleva el aire”) en la antigüedad se interpretaba al contrario de como suele hacerse ahora. No era un elogio de la palabra escrita, sino de la palabra dicha en voz alta, que tiene alas y puede volar, comparándola con esa otra palabra silenciosa sobre la página, que permanece inmóvil y muerta.

En esta ocasión parece que Agustín está leyendo en voz alta. “San Agustín” por Benozzo Gozzoli, 1468; en la Iglesia de San Agustín, San Gimignano, Italia

Y añade Manguel la siguiente e  observación muy interesante:

“Enfrentado con un texto escrito, el lector tenía el deber de prestar su voz a las letras silenciosas, a las scripta, para permitirles convertirse en verba, palabras habladas, espíritu.”

Yo, sin embargo, tengo una interpretación diferente del Scripta manent, verba volant, pero no es éste lugar para desarrollarla. Sólo diré que he inventado una variación relacionada con el mundo digital:

“Bytia volant et manent” (“Los bits vuelan y permanecen”)

Usé la idea en mi libro El guión del siglo 21, donde explico a qué me refiero. La idea también se muestra en la ilustración de la portada, realizada por Samuel Velasco.

En mi opinión, los ordenadores han hecho que la distinción que proponía Marshall McLuhan entre la galaxia Gutemberg y la Galaxia Tesla (él la llamaba erróneamente Galaxia Marconi) haya quedado en parte sin sentido. Resulta que ahora lo auditivo y lo audiovisual es también, y más que nunca, un texto modificable, revisable, que cambia pero que, al mismo tiempo permanece. La mayor virtud del alfabeto y la imprenta es el desarrollo del pensamiento lógico y de la reflexión profunda, que ahora también está al alcance de lo audiovisual:, pues podemos conservar lo sonoro, modificarlo o transmitirlo de manera masiva.

El extraño signo de la portada, formado por un ojo, una oreja y la arroba de internet, sintetiza la fusión de la cultura oral y la visual en un nuevo medio que las supera a ambas.

En cualquier caso, en el futuro, al menos en el futuro que aparece en mi libro Recuerdos de la era analógica, es previsible que no nos preocupe ni lo escrito ni lo oral, porque ni leeremos ni escucharemos los libros, sino que los degustaremos de otra manera, como se puede adivinar en el relato “La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana”. Ese relato es una revisión futura del célebre artículo de Walter Benjamin “La obra de arte en la época de la reproducción mecánica”, y también a la luz de las ideas del padre Nicolás de Malebranche. Por eso quizá no es casual que aquí, en esta entrada, me haya referido varias veces a Agustín de Hipona, ya que Malebranche era agustiniano.

 


A continuación, incluyo un fragmento de la charla en la que Juanjo de la Iglesia presentó Recuerdos de la era analógica en El Caldito.

En esta breve pasaje de la conversación con Juanjo,  hablamos de la literatura oral y de leer o de escuchar los libros.

TRANSCRIPCIÓN DE LA CONVERSACIÓN

 

JUANJO: Estaba contando Daniel que le gusta más escuchar, bueno, más..

DANIEL: Sí, últimamente me gusta más escuchar los libros que leerlos. tengo un lector de textos y, entonces, en vez de leer, escucho. Voy por la casa, arreglando la casa, limpiando los platos… y voy escuchando un libro… y me gusta más, incluso tengo más concentración. En realidad es una vuelta a la cultura oral, es como se hacía en Grecia. Si el libro no me interesa, si es sólo por información, digamos… Tengo un lector de libros con un señor que tiene una voz muy buena, no suena nada mecánico, ni robótico… si es sólo por información… lo pongo a alta velocidad, lo pongo a cinco de velocidad….

JUANJO: ¡Y además limpia más deprisa!

DANIEL: Es como, lo que se dice leer en diagonal, es la equivalencia a la lectura en diagonal famosa… escuchándolo a velocidad cinco.

JUANJO: Y además no suena como los discos, suena…

DANIEL: No, no, suena bien…

JUANJO: …quiero decir, que no suena…

DANIEL: Es la voz que suena en los autobuses. Quien haya viajado en autobús… Asier no ha viajado en autobús, pero hay gente que sí…

JUANJO: Yo vengo en autobús todos los días… Y lo único que, el de mi línea se lía con las esdrújulas… Siempre dice “Ribera de…maannnnnaa…

DANIEL: Es una máquina

JUANJO: Es una máquina, el señor virtual que está ahí escondido, el enanito que dice las cosas y que lleva ahí el chófer…

********

Para quien quiera probar el placer de escuchar los libros con un lector electrónico, las buenas voces son las de la empresa Loquendo. La mejor en español es sin duda la de Jorge (castellano de España), pero hay otras bastante buenas como Diego (español de Argentina) o Francisca (español de Chile). También hay buenas voces en inglés, francés, italiano, chino… Para usar las voces se necesita un programa lector, como Textaloud, aunque las últimas versiones de los sistemas operativos, como Windows 7, creo que ya incorporan un lector automático. No hace falta decir lo útil que resultan estos programas para los ciegos, que pueden leer todo lo que aparece en la web al instante.


La primera versión de esta entrada fue publicada el 22 de mayo de 2010.
La revisé en 2011, 2014 y 2016.



Recuerdos de la era analógica,
Una antología del futuro

Amazon

A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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Originally posted 2012-06-15 18:15:22.

Trivial Language

Un ejemplo de las prácticas abusivas de la Corporación Trivial Language en su afán por legislar el lenguaje cotidiano

La historia de la Corporación Trivial Language se incluye en “El registro universal”, uno de los relatos de Recuerdos de la era analógica. Puedes leer el relato aquí.


Este vídeo y todos sus derechos de reproducción, uso, disfrute, intercambio y visionado pertenece a la Corporación Trivial Language, por lo que su reproducción en cualquier soporte analógico o digital, incluidos las charlas informales, los sueños y el flujo incontrolado de pensamiento para uso interno o externo está prohibido, penado, perseguido, castigado. O lo estaría, si no fuera porque en este caso, Trivial Language autoriza su uso siempre y cuando sea con fines publicitarios de nuestra empresa, lo que sucederá en cualquier caso, sean cuales sean las intenciones de quienes lo difundan. Como ya dijo alguien incluido en nuestros registros: “Ladrán, luego cabalgamos”.


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

Originally posted 2012-01-23 15:34:54.

¿Dónde está la serpiente?

|| La lengua de la serpiente /1

La serpiente ha sido el símbolo del mal en la cultura judeo-cristiana. La tentación que en el paraíso propuso a los seres humanos comer del árbol del bien y del mal.

Quizá esa capacidad de distinguir el bien del mal es lo que más me interesa de la serpiente.

No dispongo de demostraciones científicas de mis ideas éticas, porque no las hay. Como decía Bertrand Ruseell (hoy tan injustamente olvidado), en las cuestiones más importantes tenemos casi siempre que recurrir a la fe para justificar nuestras ideas.

Tenemos que recurrir a la fe, pero no a la fe del fanático, sino a la fe o confianza en que no nos engañan nuestros sentidos, al menos más allá de lo razonable. A la confianza en que hemos hecho un buen cálculo matemático y no hemos escrito mal un número a lo largo de la operación aritmética. A la confianza en que si una medicina muestra efectos adversos los científicos acabarán dándose cuenta de ello. A la confianza en las buenas razones, que quizá no son demostrables de manera dogmática, pero que al menos sí  se pueden examinar. A esa confianza o a esa fe me refiero, no a la fe supersticiosa de las religiones o de la credulidad.

El problema es, como muchos se preguntarán, es la dificultad en determinar cuándo una razón es buena o mala cuando un argumento es verdaderamente confiable.

Una buena pista para distinguir buenas razones de malas razones podría ser la siguiente:

“Las buenas razones son aquellas que se niegan a escuchar las personas que tienen la costumbre de no atender a razones, sino a dogmas”.

Otra indicio posible:

“Una buena razón es aquel argumento que cuando no puede ser refutado con argumentos relacionados, hace que el aludido desvíe la conversación hacia un tema en el que todos están de acuerdo, pero que no aclara en nada la cuestión que se está discutiendo.”

En política, que es de lo que me interesa hablar ahora, un ejemplo de esta técnica para desviar la atención de las buenas razones es el argumento del mal mayor: siempre hay un mal mayor que aquél al que no se quiere prestar atención.

¿Bush mata iraquíes?
Más mataba Sadam…

¿Hay pena de muerte en Cuba?
Más pena de muerte hay en Estados Unidos…

¿Hay pena de muerte en Estados Unidos?
Más pena de muerte hay en China…

¿Se paga poco por diez horas de trabajo de lunes a viernes?
Hay lugares en los que no se paga nada, porque no hay trabajo…

Etcétera.

Muchas de estas réplicas aluden a hechos indiscutibles, y que pueden un gran interés en su momento,  pero pierden su valor cuando se utilizan para justificar algo que quizá no sea tan extremo como el segundo término de la comparación (“…peor es en…”), pero que también es malo.

Ya dije en Un hermoso símbolo que, como la serpiente, siempre intento esquivar la muerte y cualquier justificación del asesinato. Por eso, aunque creo que a menudo es necesario recordar lo que se hace en el otro bando, nunca se debe hacer para justificar lo que hace nuestro propio bando.

Aunque soy por lo general moderado, hay un asunto que, como dice mi hijo Bruno, hace que “se me hinche la vena”: Literalmente: esas venas que están a ambos lados de la frente. Me gustaría que no sucediera eso, porque siempre me ha gustado ser apasionado pero nunca he querido pasar por exaltado. Pero en ciertas ocasiones no puedo evitarlo.

Ese asunto que me hincha la vena es la justificación ideológica del asesinato y la injusticia. La vena se hincha, sin duda debido al aumento de la tensión y la presión arterial, en proporción directa con lo que yo aprecie o quiera a la persona que justifica esas cosas. Si se trata de un desconocido, me suele dejar indiferente, o al menos puedo mantener mi sosiego habitual.

Pondré un ejemplo.

En la adolescencia, e incluso en la niñez, me enseñaron que la izquierda luchaba por la justicia y que su objetivo era una humanidad libre. En mi ingenuidad, llevé el razonamiento hasta sus últimas consecuencias y concluí que si uno era de izquierdas no podía justificar la pena de muerte, ni la tortura, ni el asesinato, ni el abuso, ni la explotación.

Mi ingenuidad pronto fue castigada por la realidad, cuando descubrí que la mayoría de la gente de izquierdas no llevaba el razonamiento hasta sus conclusiones lógicas e inevitables y que muchos de ellos justificaban la pena de muerte, la tortura, el asesinato e incluso la masacre, siempre y cuando los autores de esas cosas fueran los de “su bando”.

Desde entonces,  me he seguido considerando de izquierdas tozudamente, a pesar de tener que avergonzarme decenas de veces al oír a mis supuestos compañeros de ideología justificar todo tipo de crímenes, al escuchar a personas esencialmente buenas desarrollar  razones sutiles e incluso brillantes para aceptar el asesinato. Tengo que admitir que también he conocido a gente de derechas, a fascistas e incluso a nazis, pero debo confesar, de nuevo bastante avergonzado, que pocas veces les he visto justificar el crimen con la ligereza y el desparpajo con el que lo hacen tantísimos que se declaran de izquierdas.

Lo peor tal vez sea que cuando uno se opone a tales justificaciones, le miran como si fuera un lunático o un derechista peligroso, a pesar de que yo siempre identifiqué (quizá también de un modo demasiado simplista) a la derecha con la injusticia, con el uso de la fuerza, la coacción o incluso el crimen.

Godard, Sartre y Beauvoir colaborando en la distribución del peródico maoísta “La causa del pueblo”, en el mismo momento en el que en China la Revolución Cultural encarcelaba, perseguía y asesinaba a los que no seguían las consignas de Mao Zedong, quien alentaba a los hijos a denunciar a sus padres, a los estudiantes a golpear y torturar a sus maestros y a todos a destruir cualquier rasgo cultural que no fuera considerado revolucionario. La Revolución Cultural, además de los crímenes contra las personas, era en esencia una revolución anti-cultural.

Una conclusión temprana que extraje, tras mis primeras decepciones, fue que yo era de izquierdas pero que ellos, los que se llamaban de izquierdas, en realidad eran de derechas. Los que adoraban y adoran a los caudillos vestidos de militares, los que justifican a Stalin como una reacción contra la presión occidental, los que piensan que los millones de muertos de Camboya son culpa de los Estados Unidos, los que justificaban a un terrorista palestino que se convertía en bomba humana en un restaurante, los que consideraban al IRA una especie de organización romántica que luchaba por la libertad de Irlanda, los que excusaban a ETA. La lista, por desgracia, era interminable.

Alguno ya estará pensando: pero te olvidas de los del otro lado.

Ese es el argumento del mal mayor al que me referí al principio, que también puede ser resumido de esta manera: “No te metas con mi equipo, porque eso favorece al contrario”. Eso es más o menos lo que le dijo Sartre a Camus para no criticar a Stalin. Para mantenerse callado acerca de los millones de asesinados.

A ese argumento respondo que no, que también esquivo, como la serpiente, a los asesinos y justificadores del otro lado. Simplemente, y esto es lo más triste de esta triste historia, sucede que escucho una y otra vez a los que justifican algunas de las cosas que he mencionado y sólo muy raramente o nunca a quienes defienden a Sharon, Bush, Aznar y compañía. Apenas escucho justificaciones explícitas, públicas y populares del nazismo y del fascismo (que por suerte están perseguidas por la ley) mientras que continuamente he oído justificaciones del comunismo soviético y del maoísta, justificaciones que no son perseguidas por ninguna ley, ni siquiera miradas con la reprobación que merecen por cualquier persona que no justifique el crimen. Es muy triste e incluso doloroso escuchar una y otra vez de qué manera se justifica alegremente el asesinato. Esos asesinatos.

Me gustaría pensar, como hace mi amigo Juanjo, que la humanidad, a pesar de sus tropiezos, avanzará hacia la justicia y el fin de la violencia. Ojalá sea así y en el futuro se asombren de que alguien tuviera alguna vez que discutir cosas tan evidentes como las que he mencionado, y piensen: “¿Pero realmente alguien opinaba eso?”, del mismo modo que nosotros nos asombramos de que alguien justificara alguna vez la esclavitud.

Si discuto cuando se mencionan esos asuntos, esos crímenes para los que muchos encuentran insólitas justificaciones a pesar de lo desagradable que me resulta todo el asunto, es por algo así como un sentido de la responsabilidad que me hace imaginar que alguien alguna vez podría preguntarme: “¿Y tú que decías cuando justificaban todo eso?”. No me gustaría responder: “Nada. Me quedaba callado.” Tampoco quiero que nadie piense que, porque yo sea de izquierdas, acepto todas esas cosas que aceptan tantísimas personas de izquierdas.

Ahora bien, quizá aquella primera conclusión que me hizo dictaminar que yo era de izquierdas y los justificadores no lo eran, fue un error, porque ¿quién soy yo comparado con miles, cientos de miles de izquierdistas que no opinan como yo? Así que lo único que sé es que no soy de derechas, pero, al mismo tiempo soy consciente de que no está muy claro que tenga razones suficientes para considerarme de izquierdas. Si las definiciones ideológicas tienen algo que ver con lo que hace la mayoría de las personas que se definen como pertenecientes de una ideología determinada, me temo que el resultado de observar a la izquierda en los últimos cien años no va a ser agradable para quienes pensamos como yo. Así que, como la serpiente de la metáfora, lo único que puedo hacer es seguir moviéndome, para esquivar los crímenes de unos y otros.


[Publicado en 2003. Revisado en 2019 para mejorar la comprensión pero sin modificar el contenido]

POLÍTICA

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Originally posted 2003-12-25 12:00:02.

Secretos de Nada es lo que es y huevos de Pascua

Poco antes de la presentación en la librería Rafael Alberti, le conté a Juanjo un pequeño secreto o broma que contiene Nada es lo que es. Es cierto que, como digo en la charla con Juanjo, me gusta hacer ciertas bromas, referencias internas más o menos paradójicas y establecer vínculos curiosos entre mis libros. En Nada es lo que es hay varios ejemplos, aunque hay muchos más en Recuerdos de la era analógica. A veces son algo semejante a eso que en informática se llama “huevos de Pascua”, pequeñas bromas o sorpresas que se esconden en programas informáticos o páginas web. Por ejemplo, prueba a escribir en la página de búsqueda de Google lo siguiente:

z or r twice

Sorprendente,  ¿verdad? Se trata de un homenaje al viodeojuego de Nintendo Star Fox.

Otro huevo de Pascua de Google más sutil tiene que ver con la recursividad, los procesos que se contienen a sí mismos, como las célebres imágenes en las que una muchacha sostiene la propia caja en la que está dibujada esa muchacha que sostiene la caja en la que está dibujada esa muchacha que… Etcétera.

Pues bien, como homenaje a la recursividad, si en el buscador de Google escribes la palabra recursión, obtienes la siguiente pantalla:

 

Como puedes observar, Google te sugiere buscar otra palabra relacionada con recursión y esa palabra es… recursión. Si haces clic en el enlace, aparecerás de nuevo en una búsqueda de recursión que sugiere la alternativa recursión. Y así ad infinitum.

Contaré aquí uno de esas bromas o huevos de Pascua entre mis libros, aunque en este caso se trata de un proceso recursivo entre mi libro La verdadera historia de las sociedades secretas y el de Marcos Méndez El laberinto, historia y mito. En la página 157 de mi libro se puede leer:

“A pesar de ello, en ocasiones los canteros se atrevían a burlarse de quienes les contrataban, como puede verse en los  Juicios Finales de muchas catedrales europeas, o en las gárgolas, en las que a menudo se puede reconocer a personas o instituciones. También se representaban a sí mismos junto a los grandes de la tierra, como muestra Marcos Méndez en su fascinante análisis del laberinto de la catedral de Nuestra Señora de Amiens, en el que tres maestros masones aparecen en el centro de un laberinto, junto  a un obispo y rodeados de ángeles.”
(La verdadera historia de las sociedades secretas)

Por su parte, Marcos Méndez Filesi en la página 160 de su libro, precisamente en el pasaje al que yo me he referido en mi libro, acerca de la catedral de Amiens dice:

“Como nos explica Daniel Tubau en un ensayo muy ameno y documentado, La verdadera historia de las sociedades secretas, los masones surgieron durante la Edad Media de los gremios de constructores y una de sus principales finalidades, como las de otros gremios, era mantener en secreto las técnicas del oficio”

 Méndez Filesi, para aclarar una cuestión, cita en un libro suyo un libro mío en el que yo le cito a él para aclarar la misma cuestión…

Otro vínculo, en realidad un supervínculo, es el que existe entre el propio libro Nada es lo que es y Recuerdos de la era analógica.

Recuerdos de la era analógica Daniel Tubau

En Recuerdos de la era analógica, uno de los cuentos o ensayos de libro se llama “La identidad” y consiste en varias páginas de una captura de pantalla de la librería digital Amazon. Entre esas páginas se puede ver incluso un índice del libro, libro que, según dicen los antólogos del futuro, no han logrado encontrar en la Arqueo Red:

“La identidad es un ensayo escrito a comienzos del siglo 21. No hemos podido encontrar el texto completo, sino tan sólo varias capturas de pantalla obtenidas de la página oficial de la librería virtual Amazon (que en el 2012 se convertiría en Googlezon).”

En el epílogo al libro (“Textos encontrados”) los antólogos del presente (los del año 2009, no los del siglo 25) añaden la siguiente información a “La Identidad”:

“Se encontró una versión de este ensayo en la página web de Daniel Tubau (www.danieltubau.com), titulada El problema de la identidad, pero en recientes visitas a la página (agosto de 2009) el texto ha desaparecido. El diseñador Aitor Méndez asegura haber utilizado una versión primitiva del texto en sus clases de creación de diseño e identidad, pero tampoco ha podido localizar ninguna copia del escrito. Podría tratarse de un ensayo de próxima publicación.”

Ese ensayo de próxima publicación es, sin duda Nada es lo que es, el problema de la identidad, que se publicó dos años después.

Ahora bien, la pequeña broma o secreto al que se refiere Juanjo en este vídeo no es ninguno de los mencionados anteriormente.

 

En cuanto a las paradojas que plantea el célebre problema del barco de Teseo, además de dedicarle un capítulo y otros pasajes más en Nada es lo que es, me he ocupado de ellas en varias entradas, en especial en El barco de Teseo y en Viena reconstruida.

Dos barcos que quizá han dejado de ser los barcos que eran. Fotografía de Jon Wozencroft

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La identidades asesinas

En Nada es lo que es, el capítulo Las identidades asesinas de Maalouf está dedicado a la identidad de las naciones. Allí examino cómo se forma la identidad de grupo, recordando el fascinante experimento del matrimonio Sherif con varios grupos de muchachos, lo que me recordó una experiencia personal:

“Yo estudiaba en el colegio Siglo XXI y mis compañeros de curso y yo teníamos la costumbre de hacer carreras de caracoles. En una ocasión, un muchacho gitano, al que se conocía en el barrio por “El piojo” aplastó uno de los caracoles. Eso provocó una tremenda pelea a puñetazo limpio a la salida del colegio entre nosotros y la banda del piojo. Días después, mientras jugábamos un partido de fútbol en un descampado, vimos al Piojo mirándonos a lo lejos. En otras ocasiones, al vernos jugar, él y sus amigos nos habían tirado piedras. Sin embargo, en esta ocasión, uno de nuestros profesores, Alejandro Tiana, llamó al Piojo y, ante nuestra sorpresa y desagrado, le invitó a jugar con nosotros. Supongo que no hace falta decir que el resultado final fue el mismo que el de los experimentos de Sherif: el Piojo acabó convirtiéndose en amigo nuestro”
(Nada es lo que es, el problema de la identidad)

Alejandro Tiana

Por desgracia, cuando no hay alguien capaz de observar y modificar las reacciones de identificación instintivas y las identidades de grupo, como un Sherif o un Tiana, el resultado puede llevar, y a menudo lleva, a la tragedia, como sucede en la novela El señor de las moscas, de William Golding, que también analizo en el libro.

En la charla con Juanjo de la Iglesia durante la presentación de Nada es lo que es, nos referimos a algunos de los peligros de la búsqueda obsesiva de la identidad por grupos, pueblos y naciones. Una identidad que es, como creo que queda demostrado en el libro, casi siempre una invención, pues el origen de casi todas las identidades se encuentra en fábulas o distorsiones históricas a veces tan grotescas, injustas, ridículas o divertidas como algunos de los ejemplos que comento en el libro.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL VÍDEO

JUANJO: Hay una parte de la identidad… que a veces.. aparecen monstruos. Sobre todo cuando… bueno, el problema… la palabra lo dice, la palabra ya tiene su peso. Pero fíjate que tú estás en tu libro diciendo que crees poco en las identidades muy marcadas. Por decirlo, lo estoy diciendo así sencillamente… Y sin embargo en nombre de la identidad se han cometido tremendos crímenes, pero crímenes de sangre, de muerte, de barbaridades

DANIEL: Sí, sí, bueno, ahí entro en un momento… El libro empieza un poco con la identidad de las cosas, de los objetos, incluso de los conceptos, de las palabras, y luego entro en esas identidades, de las naciones, de los grupos, de los pueblos que se creen diferentes a los demás, que creen que tienen una identidad propia, diferente…

JUANJO: Diferente siempre es mejor, claro…

DANIEL: Diferente es mejor, sí… No es que sea: “Es que somos diferentes porque somos mucho peores que ellos…no, no, somos mejores siempre”. Y entonces entro en esa identidad que, en efecto está en el origen de muchas cosas bastante terribles que le han pasado a la humanidad. Ya puedo anticipar que mi tesis es un poco contraria a la búsqueda obsesiva que hay, que todavía hay por la identidad, intentar definirse: “Soy esto, soy lo otro, soy lo de más allá, soy distinto a este de allí…” Y, claro, en esa parte es donde más se ve esa oposición que tengo… Lo de las cosas y los objetos, pues evidentemente no tengo una oposición tan frontal, si un objeto es o no es… Pero en lo de la identidad de las naciones, la creación de identidades que se pueden enfrentar unos con otros, pues sí, ahí la cosa cambia.

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Comprender sin definir, Wittgenstein y Huizinga

Wittgenstein y Huizinga me sirven en este fragmento de la presentación de Nada es lo que es para explicar por qué recurro a las definiciones a pesar de no creer mucho en ellas…

 Menos mal que en la presentación estaba mi amigo Marcos Méndez Filesi para recordarme los nombres que yo iba olvidando uno tras otro: Huizinga, Homo Ludens, Orígenes…

Ludwig Wittgenstein

LOS JUEGOS DE LENGUAJE

Aunque preferí no recurrir a Wittgenstein, sino a Huizinga y a su definición de juego, a lo que me refería en el caso de Wittgenstein era tanto a sus “juegos de lenguaje” como a su teoría del lenguaje como uso: conocemos el significado de una palabra por los contextos o situaciones en las que es empleada, por la manera en que es usada o utilizada: “El significado de una palabra es su uso en el lenguaje”.

En cuanto a las definiciones de juego de Huizinga, aquí tenemos una que, como se puede ver, consiste en una enumeración de muchas características:

“Resumiendo, podemos decir, por tanto, que el juego, en su aspecto formal, es una acción libre ejecutada “como si” y sentida como situada fuera de la vida corriente, pero que, a pesar de todo, puede absorber por completo al jugador, sin que haya en ella ningún interés material ni se obtenga en ella provecho alguno, que se ejecuta dentro de un determinado tiempo y un determinado espacio, que se desarrolla en un orden sometido a reglas y que da origen a asociaciones que propenden a rodearse de misterio o a disfrazase para destacarse del mundo habitual.(Homo Ludens, 26)”.

Como es obvio, basta pensar en todos los juegos de casino, para encontrar ejemplos que incumplen rasgos como “sin que haya en ella ningún interés material ni se obtenga provecho alguno”. La definición de Huizinga es en este caso, a pesar de que enumera unas diez características, es más prescriptiva que descriptiva, pues dice: “A lo  que reúne las características enumeradas deberíamos llamarlo juego propiamente dicho”.

Pero, como dije en la presentación, el propio Huizinga era consciente de los puntos débiles de una definición prescriptiva, que, al fin y al cabo, podemos aceptar o no como válida. Por ejemplo, podemos aceptar que la definición de álgido es aquello que está en su punto más frío, tal como lo definía o define la Academia de la Lengua, pero también podemos rechazar la autoridad de la Academia y decir que puesto que el uso común de álgido es el punto más caliente o cumbre, debemos aceptar también dicha acepción.

Johan Huizinga

Witgenstein recogió probablemente muchas de las ideas de Huizinga, aunque supongo que nunca se podrá saber hasta qué punto, porque Wittgenstein tenía la costumbre de no mencionar casi nunca a sus precursores (por ejemplo a Fritz Mauthner, al que sólo cita para negar su evidente influencia) y, que yo sepa, tampoco en las Investigaciones lógicas cita a Huizinga.

En este interesante pasaje, Wittgenstein establece una interesante comparación entre la dificultad de definir los juegos y lo que él llama juegos de lenguaje:

“Considera, por ejemplo, los procesos que llamamos«juegos». Me refiero a juegos de tablero, juegos de cartas, juegos de pelota, juegos de lucha, etc. ¿Qué hay común a todos ellos?— No digas: ‘Tiene que haber algo común a ellos o no los llamaríamos ‘juegos’» — sino mira si hay algo común a todos ellos.— Pues si los miras no verás por cierto algo que sea común a todos, sino que verás semejanzas, parentescos y por cierto toda una serie de ellos. Como se ha dicho: ¡no pienses, sino mira! Mira, por ejemplo, los juegos de tablero con sus variados parentescos. Pasa ahora a los juegos de cartas: aquí encuentras muchas correspondencias con la primera clase, pero desaparecen muchos rasgos comunes y se presentan otros. Si ahora pasamos a los juegos de pelota, continúan manteniéndose varias cosas comunes pero muchas se pierden.— ¿Son todos ellos ‘entretenidos”? Compara el ajedrez con el tres en raya. ¿O hay siempre un ganar y perder, o una competición entre los jugadores? Piensa en los solitarios. En los juegos de pelota hay ganar y perder; pero cuando un niño lanza la pelota a la pared y la recoge de nuevo, ese rasgo ha desaparecido. Mira qué papel juegan la habilidad y la suerte. Y cuan distinta es la habilidad en el ajedrez y la habilidad en el tenis. Piensa ahora en los juegos de corro: aquí hay el elemento del entretenimiento, ¡pero cuántos de los otros rasgos característicos han desaparecido! Y podemos recorrer así los muchos otros grupos de juegos. Podemos ver cómo los parecidos surgen y desaparecen”.

Esa dificultad de encontrar una definición de los juegos es lo que lleva a Wittgenstein a proponer que las características que los juegos comparten son como los “parecidos de familia”:

“No puedo caracterizar mejor esos parecidos que con la expresión «parecidos de familia»; pues es así como se superponen y entrecruzan los diversos parecidos que se dan entre los miembros de una familia: estatura, facciones, color de los ojos, andares, temperamento, etc., etc. — Y diré: los ‘juegos’ componen una familia”.

*************

La grabación de la presentación corrió a cargo de Bruno Tubau.

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Juanjo de la Iglesia dice que el libro termina en la página 107, pero termina en la 207.

En otro momento de la presentación, también se habló de las definiciones y de mi buscada indefinición: Acerca de las definiciones.

No te pierdas la historieta dedicada a Wittgenstein en la Enciclopedia de Filosofía de Bolsillo Mosca y Caja: Ludwig Wittgenstein.

Actualmente, la Academia de la Lengua recoge la acepción más popular de álgido en su tercera acepción (aunque no explícitamente el sentido de “caliente”):

álgido, da.

(Del lat. algĭdus).

1. adj. Muy frío.

2. adj. Med. Acompañado de frío glacial. Fiebre álgida. Período álgido del cólera morbo.

3. adj. Se dice del momento o período crítico o culminante de algunos procesos orgánicos, físicos, políticos, sociales, etc.

 

SIGNOS

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“En Nada es lo que es, Daniel Tubau nos pro­pone una inves­ti­gación acerca de la iden­ti­dad de las cosas, de los concep­tos, de las ideas, de las naciones y de nosotros mismos; una inves­ti­gación que nos lle­vará, a lo largo de un viaje fasci­nante, desde la Gre­cia mítica de Teseo a la India arcaica, desde la China de los Reinos Com­bat­ientes a la Inglaterra vic­to­ri­ana de Sher­lock Holmes, desde el Japón de la época Toku­gawa a un inqui­etante pero cer­cano futuro.”

(en Rafael Alberti (Madrid))
(en Laie Barcelona)
(en Amazon) (en Más librerías)

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cibernia

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El índice onomástico

El día 28 de marzo de 2010 se presentó en El Caldito Recuerdos de la era analógica.

Fue una charla muy entretenida, con preguntas muy interesantes y con la maestría habitual de Juanjo de la Iglesia en este tipo de actos. Ana Aranda grabó el acto con pulso firme, sin trípode, y gracias a ella se conservan algunos momentos divertidos o interesantes.

Én el vídeo Juanjo y yo buscamos infructuosamente la cita que supuestamente hago de él. Después de revisar cuidadosamente el índice, he visto que no aparece mencionado Juanjo. Pero sí se le menciona, aunque sin nombrarlo explícitamente, en el relato El último siglo mortal, cuando se dice:

Se conserva un texto, supuestamente escrito en 1999, pero que se halla en soporte digital, en el que tres personas discuten en un café el siguiente problema: “¿Para qué serviría la religión si los hombres fueran inmortales?”. Uno de ellos dice: “Bueno, si los hombres no pudieran morir, entonces la religión, en vez de la inmortalidad, prometería la mortalidad”.

Juanjo era una de esas tres personas que discutían en el café, probablemente la que dijo la frase final. La conversación tuvo lugar en un café cercano a la Plaza de Castilla de Madrid. No estoy seguro de quién era la tercera persona.

En cuanto a la anécdota del escritor que citaba a sus amigos en sus libros, no la he encontrado hojeando la maravillosa biografía que Ramón escribió de Valle Inclán. También he buscado esa anécdota en otro estupendo libro de Ramón, el Prólogo a la obra de Silverio Lanza, que cualquiera tomaría por un libro de ficción, a pesar de ocuparse de un escritor real, aunque tan raro como Silverio Lanza, ilustre exiliado getafeño antes de que Getafe fuera “la capital del sur”.  Sospecho que la mención de ese escritor que citaba a sus amigos puede estar en una obra del propio Valle Inclán. Tal vez se trate de Alejandro Sawa, o quizá otro escritor menos conocido. Si alguien lo recuerda, puede ponerlo en los comentarios.

Por cierto, Ramón, es decir Ramón Gómez de la Serna, es uno de los pocos escritores posteriores a la Edad Media que consiguió ser citado por su nombre en vez de por su apellido. Así que debería ser conocido como Ramón de Madrid.

Silverio Lanza con Getafe al fondo

 

Puedes leer un interesante artículo acerca de Silverio Lanza escrito por Pío baroja.

(Entrada publicada por primera vez el 29 de marzo de 2010)


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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Greguerías analógicas y digitales

Aunque puede haber parecido lo contrario durante la presentación, yo he admirado y admiro mucho a Ramón Gómez de la Serna, pero hay que admitir que sus libros son de difícil lectura a causa de su mucho ingenio. Ramón destaca, sin embargo, en sus biografías, como las que se mencionan durante la charla con Juanjo de la Iglesia, como la de Ramón del Valle Inclán y la de Silverio Lanza, o la de Goya.

 

 

 

Entre los libros de Ramón que no son biografías, uno de mis favoritos es Los muertos y las muertas.

En las novelas, sin embargo, la mezcla de su ingenio explosivo con el largo aliento y el avance medido que precisa el género resulta más difícil de digerir y se hace pesado. En eses aspecto coincide Ramón con otro escritor al que admiro mucho, Baltasar Gracián: la lectura de El criticón resulta casi imposible porque en cada frase hay un juego de palabras o conceptos.

Otro tanto podríamos decir del perfecto y preciso Quevedo. Borges decía que a Quevedo le podemos admirar mucho, pero como se admira un objeto admirable, pero no le podemos querer como queremos a Cervantes, con todas sus imperfecciones, excepto, me parece, en El buscón.

Alguien pensará que Borges se retrataba a sí mismo al definir a Quevedo, pero yo pienso lo contrario y veo casi siempre al hombre tras los textos de Borges, aunque hable de espadas sajonas o de gnósticos extravagantes. También veo al hombre tras los de Cervantes, como bien dice Borges y, por supuesto, tras los de Montaigne: “Quien toca este libro toca a un hombre”, dice al inicio de sus ensayos.

Algunos ejemplos del tremendo ingenio de Ramón:

Pensamiento consolador: el gusano también morirá.

La pistola es el grifo de la muerte.

El ciprés es un pozo que se ha hecho árbol.

En las grandes solemnidades llenas de personajes parece que hay algunos repetidos.

Nos desconocemos a nosotros mismos porque nosotros mismos estamos detrás de nosotros mismos.

El escritor quiere escribir su mentira y escribe su verdad.

 

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[Entrada publicada por primera vez el 8 de abril de 2010]

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Recuerdos de la era analógica,
una antología del futuro Amazon

 


**********
Este es un fragmento de la charla en la que Juanjo de la Iglesia presentó Recuerdos de la era analógica en El Caldito. La primera versión de esta entrada fue publicada el 22 de mayo de 2010. La revisé en 2011 y en 2014.

A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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Antólogos, prólogos y errores

En este fragmento de la presentación, Juanjo de la Iglesia y yo hablamos acerca de los diversos prólogos que tiene Recuerdos de la era analógica, del legendario documento llamado la Donación de Constantino, por el que el Papa  de Roma obtuvo el poder temporal (y parte del terrenal); hablamos también de la reinvención del pasado, tanto en el presente como en ese futuro en el quen viven los antólogos del siglo 25, y también acerca de Isaac Newton y sus aficiones cabalísticas.

Prólogos

Como comento con Juanjo en el vídeo, Recuerdos de la era analógica tiene tres prólogos:

Un prólogo escrito por Daniel Tubau en 2009

Una nota de advertencia del editor de Evohé, Javier Baonza

Un prólogo escrito en el 2412 por los propios antólogos

Reproduzco aquí el prólogo de Javier Baonza en el que se habla de los errores del libro:

“Nota del Editor

Este es un conjunto de textos que generan más dudas que certezas. El lector tal vez encontrará que en este libro hay algunos errores, equivocaciones y erratas. Sin embargo, hemos decidido no corregir ni tan siquiera los más evidentes ante el temor de ser nosotros quienes nos equivoquemos y no el autor, los antólogos o los propios autores de los textos seleccionados. Además, el hecho de que sean un conjunto de textos de un futuro presentados en un pasado nos obliga a un acto de responsabilidad editorial, evitando cualquier tentación de corrupción textual y anteponiendo la literalidad a cualquier otra consideración: scriptum manet“.

Javier Baonza

 

Donación de Constantino

Es un documento en el que el emperador Constantino donó al Papa Silvestre I la ciudad de Roma y le concedió ser el primer obispo de la cristiandad.

No fue Erasmo quien demostró que era una falsificación, como dije en la presentación, sino Lorenzo Valla. Sin embargo, ya antes de Valla algunos autores dijeron que la Donación era falsa, entre ellos el gran Nicolás de Cusa.

Donación de Constantino

Donación de Constantino

La Donación de Constantino se reproduce íntegra en el Archivo secreto vaticano

 

Stalin y la reinvención del pasado

Algunos ejemplos de cómo se reinventaba el pasado en la Unión Soviética de Lenin y Stalin.

Stalin Foto a manipular

Stalin m anipulación

Un colaborador de Stalin caído en desgracia desaparece

 Lenin en un mitin Lenin en un mitin Un Ejemplo impresionante de cómo lograr que los asistentes a un mitin de Lenin se multipliquen (más ejemplos en englishrussia)

 

Acerca de esta reinvención del pasado, en el prólogo de Recuerdos de la era analógica escrito por los antólogos en el año 2412 se dice:

“Hoy en día, la verdadera dificultad no consiste en predecir el futuro, sino el pasado”.

La idea tiene que ver, precisamente, con las manipulaciones históricas llevadas a cabo en la Unión Soviética, y en realidad es una variación de la opinión de un historiador soviético:

“It is not for nothing that  a soviet historian once remarked that the most dificulty of a historian’s task is to predict the past.”
(No en vano un historiador soviético dijo en una  ocasión que la tarea más difícil para un historiador es predecir el pasado)

Quizá en este sentido podemos entender como una especie de venganza histórica o justicia poética que en el futuro de los antólogos de Recuerdos de la era analógica se diga que fue Trotsky el que gobernó en Rusia y mató a Stalin.

Por cierto, Juanjo dijo en broma durante la presentación aquello de que iban desapareciendo todos de las fotos y al final quedaban sólo Stalin y un bedel, pero la realidad va más allá que la ficción: ¡incluso el bedel era borrado! Como en este ejemplo:

La reinvención del pasado por Stalin

El muchacho desapareció de la foto, no se sabe por qué.
Al parecer porque parece señalar al Gran Líder a dónde debe dirigir, algo que él, por supuesto, sabe perfectamente.

 

Isaac Newton

Como dice Juanjo, Isaac Newton estaba muy interesado en cuestiones religiosas. No sólo era sociniano, es decir partidario de un Dios poderoso pero no omnipotente, sino que dedicó gran parte de sus estudios a interpretaciones semi cabalísticas de los textos bíblicos.

De eso hablaba en una primera versión de mi libro La verdadera historia de las sociedades secretas, que luego no incluí en la edición definitiva. Copio aquí un fragmento de esa parte eliminada:

“Newton, aunque es el padre de la ciencia moderna, estaba muy interesado en la teología y el esoterismo y es posible que si hubiese dedicado menos tiempo a esos temas hubiera tenido tiempo no sólo para crear la Física moderna, sino el resto de las ciencias, pues de sus 470 libros casi todos están dedicados a temas teológicos y esotéricos.”

Newton

El cuento de Recuerdos de la era analógica del que hablo en la presentación en el que alguien emplea métodos semejantes a los de Newton en la interpretación de los textos sagrados es La nueva teología, que en realidad no está incluido en el libro, sino en otro libro publicado por Evohé: El camino de los mitos.


[Entrada publicada por primera vez el 29 de marzo de 2010]


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