El origen de los indoeuropeos

Los celtas, los germanos, los latinos, los eslavos, los griegos, los hititas, los kurdos, los armenios, los persas o los indios de los Vedas, son pueblos indoeuropeos. Entre los diversos pueblos indoeuropeos existen algunas semejanzas que asombraron a los estudiosos cuando en el siglo XIX se descubrió que el antiguo sanscrito, en el que están escritos los Vedas y los Upanisads de la India, estaba emparentado con el latín, con el griego, con las lenguas eslavas y con las germanas.

Eso no significa que entre todos esos pueblos exista un parentesco racial, porque lo único seguro es que estos pueblos hablan lenguas que tienen un origen común. Se les ha llamado “indoeuropeos” porque uno de sus extremos está en India y el otro en Europa, aunque se trata de un neologismo un poco extraño que mezcla una nación con un continente. Otras denominaciones son indogermanos o indoislandeses, que une la India con la nación más alejada de ella, Islandia. También se ha empleado indoceltas o indoirlandeses. Otras propuestas son quizá más razonables, pero tienen el inconveniente de cierta desagradable reverberación política: arios o indoarios. Arios son todos los pueblos iranios (Iran significa “país de los arios”), como los kurdos, los persas, los medos, los armenios e incluso muchos pueblos escitas, como los osetas y los alanos, pero actualmente la palabra ario se asocia inevitablemente, al menos en Europa, con las teorías racistas del nazismo.

La denominación “indoeuropeo” tiene el inconveniente de olvidar a los arios, que son uno de los tres grupos principales de estos pueblos, pero indoario parece dejar de lado a todos los pueblos que se agrupan bajo la denominación euro (eslavos, germanos, latinos, griegos, celtas…). Una posibilidad sería euroarios, que incluye a todos los pueblos europeos y a los persas e indios, puesto que los autores de los Vedas indios eran también arios.

Distribución actual de las principales lenguas de origen indoeuropeo.
A lo que aquí se ve hay que añadir toda América, Australia y Nueva Zelanda,
por lo que, sin ninguna duda, las lenguas indoeuropeas son las más habladas del mundo

 

En cuanto al origen de los indoeuropeos y la explicación de por qué su lengua procede de una lengua anterior, las teorías se multiplican.

Se supone que los diversos pueblos indoeuropeos fueron en su origen una población nómada que se dispersó de manera asombrosa por el mundo, llegando desde las islas británicas hasta los confines de la India. Una posibilidad  más asombrosa sería que su origen fuera un gran imperio ahora olvidado, similar al romano, de cuya crisis y decadencia surgieron decenas de pueblos que hasta entonces habían vivido unificados bajo una lengua común.

Podemos imaginar que la gran batalla de Kurukshetra que se cuenta en la epopeya india del Mahabarata y que enfrentó a los Kauravas y los Pandavas pudiera ser el origen de algunas migraciones indoeuropeas. Algunos fechan esta terrible batalla, en la que se dice que participaron millones de hombres, hacia el -800, lo que establecería quizá una interesante relación con los movimientos de los pueblos del mar en el mediterráneo y el cercano oriente (si es que a la cronología tradicional se le pueden restar doscientos o trescientos año, como sugieren algunos autores y situar la guerra de Troya no hacia el -1200, sino hacia el -900). No hay que olvidar que los textos homéricos se sitúan hacia el -800.

Sin embargo, otros sitúan la célebre batalla hacia el -1400 o hacia el -2000 (¡incluso en el -3000 o el -5000!) Todas estas fechas son interesantes para el aficionado a la historia, la mitología y las religiones por diversos motivos y todas ellas dan pie a interesantes hipótesis, pero lo más problable es que también todas ellas sean incorrectas, porque todas estas cronologías pertenecen, más que a la historia a la literatura fantástica, y es difícil confirmarlas o refutarlas, a no ser que se produzcan increíbles descubrimientos.

Existen muchas semejanzas asombrosas en las mitologías indoeuropeas. Algunas de las que llaman más la atención son que en Grecia haya un dios cósmico llamado Urano (el cielo) y en la India un dios de similares características llamado Varuna. Que el Zeus griego se corresponda con el Deus Pater (dios padre) o el Iu-Piter/Júpiter latino, pero también con el indio Dyaus Pitar. Que los dioses de la guerra indios se llamen Maruts y que el Ares griego o Marte (Mars) romano sea acompañado por dos gemelos, Fobos y Deimos, que recuerdan a esa pareja belicosa india. Mediante esta y otras coincidencias, se podría llegar a reconstruir, y se ha intentado varias veces, una primitiva mitología indoeuropea.

Posiblemente el que más ha avanzado por ese camino haya sido Georges Dumezil, que elaboró la teoría de las tres funciones comunes a los diversos pueblos indoeuropeos, mostrando semejanzas asombrosas, por ejemplo, entre Roma y la India. Una de las más curiosas es que los sacerdotes romanos llamados  flamines, mantenedores de la llama sagrada, podrían tener relación con la casta de los brahmines o brahmanes  de la India. A ello hay que añadir que el dios de Zaratustra o Zoroastro y otros persas era una llama. Es muy probable, por cierto, que ese dios del fuego (Agni en la India) fuera adoptado por un pueblo semita: el de los judíos, cuando Moisés lo encontró en el monte en forma de zarza ardiente.

Flámines romanos en el Ara Pacis (Altar de la paz)

Un brahman indio

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La influencia de los planetas

||Lo dudo \1

El postulado básico de quienes creen en la astrología es que los planetas influyen sobre los seres humanos. Según cómo se encuentren los planetas en el momento de tu nacimiento, influirán de una manera u otra en tu carácter, nos aseguran.

En otro momento ya hablaré de algunas ideas curiosas que se deducen del postulado que acabo de reproducir, pero por ahora sólo me referiré al intento constante de los astrólogos de despreciar la ciencia y, al mismo tiempo, asegurar que sus ideas son científicas.

Cuando Newton formuló sus leyes y quedó claro que existía una fuerza que atraía a todos los objetos unos a otros, que llamamos “gravedad”, los astrólogos creyeron encontrar ahí la confirmación de sus ideas. Y así podría parecer a primera vista, puesto que la fuerza gravitatoria se produce, en efecto, entre todas las cosas y además tiene alcance infinito. Eso quiere decir que hasta la última partícula del universo ejerce un efecto gravitacional sobre nosotros.

Por lo tanto, no resultaría del todo extravagante que un planeta tan grande como Júpiter ejerciera una cierta influencia sobre alguien que nace en el momento en el que Júpiter ocupa un lugar concreto en su cielo astrológico.

Sin embargo, como suele suceder, la victoria de los astrólogos se convirtió enseguida en su derrota.

Existe, es cierto, una fuerza gravitatoria entre un recién nacido y el planeta Júpiter, pero el problema es que aunque Júpiter nos parezca muy grande, la fuerza gravitatoria que ejerce sobre una persona nacida en una clínica terrestre es más pequeña que la que ejerce el médico que se ocupa del parto. Júpiter es grande, pero la distancia a la que se encuentra también muy grande y la fuerza de la gravedad tiene la mala costumbre de disminuir con la distancia. De una manera proporcional a la distancia, por lo que la fuerza gravitatoria de Júpiter sobre la clínica en la que tiene lugar el parto es ínfima, bordeando lo ridículo.

Esa fuerza gravitatoria ni siquiera es comparable a la fuerza gravitatoria que nosotros mismos ejercemos sobre el planeta Tierra cuando damos un salto: la Tierra, si lo hiciéramos, se movería hacia nosotros, pero ese movimiento sería irrisorio. En la confrontación gravitatoria Nosotros/La Tierra, siempre ganará la atracción terrestre que nos hace caer de nuevo al suelo.

Esa es la triste verdad, la triste verdad con la que tienen que cargar los astrólogos: la gravedad tiene alcance infinito, sí, pero disminuye con la distancia también.
Ya sé que este primer argumento no hará que los que creen en la astrología dejen de creer en ella, puesto que este tipo de creyentes, como Tertuliano, creen porque es absurdo.


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