Hágase la ley y muera yo

Hace unos días volví a leer el Critón, ese diálogo triste y delicioso en el que Sócrates discute con su amigo Critón, cuando este le ofrece una manera de escapar de la prisión y salvar su vida. A pesar de que sabe que va a morir, condenado injustamente por los tribunales de Atenas, Sócrates se niega a escapar, porque cree que ante todo hay que cumplir la ley.

Critón cierra los ojos de Sócrates

Critón cierra los ojos de Sócrates

Es cierto que Sócrates dice que hay que obedecer a las leyes por encima de todo, aunque no opina que deba hacerse así porque las dicte el más fuerte (como dice Trasímaco en La República); ni siquiera porque siempre sean justas, sino más bien porque lo justo es obedecer las leyes, sean o no justas.

El señor de Shang

El señor de Shang

Es una concepción de la ley que me recuerda a los planteamientos del Señor de Shang (-390 a -338), que fue canciller del estado de Qin antes de que China se unificara; y también a las ideas del  posterior canciller de Qin, Li Si, y las de su condiscípulo Han Fei, que también fue sentenciado a muerte. Todos ellos defendían un absolutismo de la ley y de la llamada Razón de Estado, que condujo al señor de Shang a una muerte similar a la de Sócrates.

El señor de Shang aceptó huir cuando fue condenado, al contrario de lo que hizo Sócrates, quizá porque su condena no había sido dictada legalmente. Sin embargo, cuando quiso refugiarse en una posada de incógnito, el hospedero le dijo que la ley impedía acoger a personas que no se identificaran: era la ley que había establecido el propio señor de Shang. Poco tiempo después, el señor de Shang fue capturado, condenado a muerte y descuartizado. Su ley, aquella ley que él tanto amaba y que siempre aplicó con rigor, incluso a los poderosos, significó su propia muerte. Se dice que, a pesar del terrible desenlace y de ser condenado a ser descuartizado por cuatro caballos, que le arrancaron brazos y piernas, el Señor de Shang se sintió satisfecho porque, al fin y al cabo, su objetivo se había cumplido y por fin la Ley imperaba.

Este absolutismo de la ley lleva al exceso, a aquello de “Hágase la ley y muera el mundo” (Fiat iustitia, et pereat mundus), que es todavía peor en la infame formulación de Kant: “Reine la justicia, incluso si todos los sinvergüenzas deben perecer por ello”. Como es obvio, el filósofo alemán no consideraba que él mismo (como sí parece que hicieron el señor de Shang y Sócrates) estuviera incluido en la categoría de los ajusticiables, que quedaba reservada a los sinvergüenzas, sea eso lo que sea. Aunque quizá solo debemos tomar de forma metafórica ese “perecer”, y en tal caso, la formulación de Kant es perefectamente asumible.

En cualquier caso, hay que recordar que tras ese absurdo de una Ley por encima de todo y sorda a cualquier reclamo, el señor de Shang, Sócrates e incluso el propio Maquiavelo, también se oponían a algo casi siempre peor: el capricho ciego de los soberanos absolutos, de los tiranos y de los “fuertes” de Trasímaco.


Acerca de Trasímaco y la ley de los fuertes, escribí en 1987: Sócrates y la ley.

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Metalenguaje y otros libros que no has escrito

Lector, no debe sorprenderte que yo sepa, sin saber quién eres, que no has escrito Metalenguaje. No es difícil adivinarlo, ya que muy pocas personas han escrito ese libro. Una de las personas que sí lo ha hecho es Sineb Sahine y no creo que, casualmente, tú seas Sahine.

Metalenguaje es un libro que me interesó en cuanto lo vi en La fugitiva, la librería en la que suelo desayunar y escribir, porque descubrí que en él aparecían muchos libros de esta biblioteca ideal. En el prólogo la autora dice que pensó titular su libro Metaficción o incluso Metatextos, pero que prefirió Metalenguaje porque abarca recursos narrativos que escapan a los otros títulos. Sin embargo, admite que puede inducir a cierta confusión con el llamado metalenguaje lógico, que sirve para referirse con precisión al lenguaje objeto.

 

Un ejemplo de la diferencia entre lenguaje objeto y metalenguaje es la diferencia entre dos frases como:

Eva tiene tres hermanos.

Eva tiene tres letras.

En la segunda frase, el nombre Eva no está siendo usado como en la primera frase, sino que está siendo mencionado. La distinción entre uso y mención queda clara si usamos una herramienta de metalenguaje tan sencilla como las comillas y escribimos:

“Eva” tiene tres letras.

Una vez aclarada la posible confusión, Sahine se sumerge en el mundo del metalenguaje en la literatura a lo largo de más de cuatrocientas densas y amenas páginas. El primer capítulo comienza con la que muchos consideran como la primera novela moderna, Don Quijote de la Mancha, algo que podemos poner en duda recordando el Genji monogatari japonés.

Romance de Genji, de Murasaki Shikibu, extraordinaria obra que puede disputar al Quijote el título de primera novela moderna, puesto que fue escrita hacia el año 1100.

 

Tampoco es el Quijote el primer ejemplo de metaficción, como nos recuerda Sahine, no sólo por precedentes como los poemas de Cátulo, sino también porque ya en la Divina Comedia de Dante el propio autor es el protagonista del viaje al Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Sahine dedica uno de los más hermosos capítulos a la Divina Comedia y recurre a muy atinadas citas de los Nueve ensayos dantescos o de Siete noches, ambos de ese gran lector del Dante que fue Borges.

Dos autores en el Infierno: Dante y Virgilio

Una de esas citas deja claro algo que el narratólogo Gérard Genette parece olvidar cuando asegura que la intromisión del autor en su propia obra es un artificio más bien moderno:

“La idea de un texto capaz de múltiples lecturas es característica de la Edad Media, esa Edad Media tan calumniada y compleja que nos ha dado la arquitectura gótica, las sagas de Islandia y la filosofía escolástica en la que todo está discutido.”

Tiene razón Borges, y para darse cuenta de ello, basta con  recordar el Libro del buen amor de Juan Ruíz Arcipreste de Hita, La celestina de Fernando de Rojas, el Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, donde el propio Diego de San Pedro es el confidente del despechado Arnalte; o a Boccaccio, que es sin duda el personaje que más se repite en sus obras, o los Cuentos de Canterbury de Chaucer.

Un excelente ejemplo de metalenguaje y construcción en abismo (myse-en-abyme) medieval. En una de las vidriedras de la catedral de Chartres se puede ver al creador de la vidriedra entregando la vidriera en la que él mismo aparece. (Tomado de Medieval ‘mise-en-abyme’: the object depicted within itself, por
Stuart Whatling)

La Celestina

La enumeración de recursos de metaficción en la literatura medieval y en el Renacimiento ocupa varias páginas de los índices analíticos del libro de Sahine, que son muy útiles, no sólo porque los libros aparecen ordenados por fechas, sino también por autores y por títulos.

Me detendré aquí en uno de los libros en los que el mecanismo de la metaficción resulta más asombroso, El retrato de la lozana andaluza, de Francisco Delicado, del que se habla mucho pero que se lee poco, quizá porque la mayoría de la gente piensa que es sólo una película de Vicente Escrivá de la época del destape.

 La lozana andaluza fue escrita en 1524. Aldonza, la protagonista, es una cordobesa “compatriota de Séneca, y no menos en su inteligencia y resaber”, que ha llegado a Roma y se dedica a la prostitución “para ser siempre libre y no sujeta a ninguno”. Allí conoce a Rampín, un muchacho listo y gran amante que se convierte en su chulo, y con el que acabará retirándose a Lipari, adoptando el nuevo nombre de Vellida.

El libro no se divide en capítulos, sino en mamotretos “porque en semejante obra mejor conviene”, dice Delicado, seguramente porque en la rica etimología de esa palabra se encuentra una clave o contraclave que hay que descifrar, otra de las aficiones heredadas de la Edad Media. Después de seguir las divertidas, ingeniosas y casi pornográficas andanzas de Aldonza y Rampín, en el mamotreto XVII leemos:

“Información que interpone el Autor para que se entienda lo que adelante ha de seguir… AUCTOR: «El que siembra alguna virtud coge fama; quien dize la verdad cobra odio.» Por eso notad: estando escribiendo el pasado capítulo, del dolor del pie dexé este cuaderno sobre la tabla, y entró Rampín y dixo: «¿Qué testamento es éste?»

El testamento es el mismo libro de La lozana andaluza, en el que aparece Rampín, quien llega a la casa del autor y empieza a hacerle preguntas acerca del libro del que ambos son personajes. En otro mamotreto, el autor llegará a conocer a la Lozana, que le propone tener un hijo suyo.

Ahora bien, no está claro que los ejemplos de La lozana andaluza pertenezcan al mismo tipo de metalenguaje en el que la historia se mete dentro de la historia, como cuando el guionista Charlie Kauffman escribió el guión de una película llamada Adaptation (El ladrón de orquídeas), en la que el guionista Charlie Kaufman tiene que escribir el guión de una película llamada Adaptation, pero se bloquea y se mete a sí mismo en la película que…

No está claro que sea el mismo tipo de metaficción, porque podríamos pensar al leer La lozana andaluza que lo que sucede es que Francisco Delicado conoció de verdad a la Lozana y a Rampín (aunque tuvieran otros nombres) y que decidió escribir la historia de su vida, historia en la que él es parte de la misma. Si así fuera, la Lozana andaluza, como dice Louis Imperiale, sería también innovadora, pues se trataría de la primera novela española que emplearía el desorden cronológico del texto:

“El autor-narrador salta, de un polo a otro de la historia, sin previo aviso, exactamente como ocurre en muchas ficciones recientes (Joyce, Faulkner, Robbe-Grillet, Cortázar…).

La Lozana y otros personajes

En cualquier caso, la novela de Delicado esconde otros placeres metatextuales, que se añaden a la lectura del propio texto, como un pequeño juego de ingenio que he descubierto y que tiene que ver con la distinción de la que hablé al principio de este artículo entre uso y mención de las palabras:

“AUCTOR: Quisiera saber escribir un par de ronquidos, a los cuales despertó él y, queriéndola besar, despertó ella, y dixo: LOÇANA: ¡Ay, señor! ¿Es de día?”

Tal vez en una próxima ocasión vuelvan a aparecer entre los apretados estantes de esta biblioteca imposible el libro de Francisco Delicado y el de Sineb Sahine.

 

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[Publiqué la primera versión de este artículo por primera vez en 2010 en Divertinajes]

 

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Tritogenia , de Demócrito, y otros libros recuperados

Un día, al salir de la facultad de Filosofía, mi amigo Manuel Abellá y yo discutíamos acerca de si la lista de las grandes obras clásicas es fiable. Ambos sabíamos que la opinión acerca de qué libros componen el llamado “Canon” ha ido cambiando con el tiempo y que cuando leemos un viejo libro de crítica literaria nos sorprende, más que ciertas ausencias, la presencia de autores que ni siquiera conocíamos. En El gusto literario, Schüking se pregunta cómo fue posible que Schiller contara “a un hombre como Fielding entre los más grandes clásicos” y por qué “los poemas narrativos de Byron se vendían por millares el día mismo de su publicación, cuando hoy ya no hay quien los lea”.

Cuando Voltaire viajó a Inglaterra visitó al mayor dramaturgo de la época, Congreve (¿has leído algo suyo, lector?), y consideró a Shakespeare un mediocre chapucero.

El propio Voltaire consideraba que su Henriada era lo mejor que había escrito, pero los críticos actuales piensan que es mejor olvidar ese desliz de un autor tan justamente admirado.

Mi amigo Manuel opinaba que la selección del tiempo había sido en general correcta y que, si existe algún gran poeta o escritor ignorado, tarde o temprano se le hará justicia. Esa hipótesis hizo entrar el futuro en la discusión, con lo que se convirtió en insoluble.

Yo recordé que hasta el siglo XIX no se conocía una de las obras más hermosas de la literatura universal, la Epopeya de Gilgamesh. Si hoy podemos leerla es porque las culturas de Mesopotamia escribían en materiales que resisten el paso del tiempo, en piedra y no en corteza o papiro.

Tablilla de Gilgamesh

No sé si el descubrimiento tardío del Gilgamesh me da la razón a mí o a Manuel, pero los miles de libros de las bibliotecas de Alejandría, quemados por los romanos y los musulmanes, los de los persas, quemados por los árabes, los de los mayas, quemados por los españoles, los de los chinos, quemados por los chinos, ¿acaso no albergarían alguna obra maestra? Negar esa posibilidad nos obligaría a creer en un genio protector del arte, en un destino que se ocupa de que arda en las llamas lo indigno, pero que se las ingenia para que lo que vale la pena sea escrito en materiales que resistan el paso del tiempo.

De muchos de los libros perdidos sólo sabemos que existieron; de otros conservamos los títulos o citas en libros de otros autores, quizá breves pasajes en papiros casi ilegibles. Del filósofo griego Demócrito sólo han sobrevivido pequeños fragmentos, lo que quizá sea una forma de justicia poética para quién imaginó los átomos imperceptibles.

Diógenes Laercio dice en su Vida de los filósofos más ilustres que Trasilo ordenó los libros de Demócrito como los de Platón, en tetralogías. El plural nos indica que Demócrito escribió al menos ocho libros, aunque el propio Laercio enumera más de setenta. Uno de ellos se llamaba Tritogenia, que aquí voy a intentar reconstruir a partir de los fragmentos dispersos de Demócrito, que citaré indicando su número en la edición publicada por Gredos.

Tritogenia reconstruido

Tritogenia trataba, sin duda, de la sabiduría, pues Demócrito “consideró sabiduría a Atenea Tritogenia”, epíteto que significa “nacida tres veces”, “pues de ella surgen las tres cosas que abarcan todo lo humano”. Era un libro, en consecuencia, dedicado al asunto de la sabiduría. ¿Qué son esas tres cosas que abarcan todo lo humano? Creo que lo descubriremos un poco más adelante.

Me gusta imaginar que el libro se iniciaba con esta observación: “A menudo la palabra tiene mayor poder de persuasión que el oro (698)”, puesto que son “muchos son los que, actuando de la manera más despreciable, hacen gala de los más bellos discursos (700).”

Existe, en efecto, una gran diferencia entre lo que se dice y lo que se hace, pues “falsos e hipócritas son quienes todo lo hacen con palabras, pero nada de hecho” (701). ¿A qué se refería Demócrito con esta observación acerca de la mentira en los discusos?

Parece que su intención era mostrar la disonancia entre lenguaje y acción: “un excelente discurso no disimula una mala acción, ni una buena acción es perjudicada por la blasfemia de un discurso (702). Siglos después, Jesucristo diría lo mismo: “Por sus obras los conoceréis”, anticipándose en casi dos mil años a la filosofía pragmática americana.


Demócrito y Heráclito, por H. ter Brugghen

Demócrito recalcaría a continuación que “es preciso abocarse a las obras y a las acciones virtuosas, no a los discursos (887)”. Sin embargo, tampoco las buenas obras bastan para que podamos considerar a una persona virtuosa: “Es posible distinguir un hombre digno de confianza de otro despreciable no sólo por sus acciones, sino también por sus intenciones (900)”. La conclusión será:”bueno es, no tanto el no cometer injusticia, sino el no tener intención de cometerla (894)”, puesto que “detestable no es quien comete injusticia, sino quien lo hace deliberadamente (921)”. Esta es una distinción importante, que creo que Aristóteles vuelve a tratar en uan de sus dos éticas, según la cual podemos decir que alguien comete una mala acción si tiene intención de cometerla. Es decir, puede haber malas acciones accidentales, que no han sido deseadas, pero lo peor es haber tenido la intención de cometer una injusticia. Los fragmentos no nos permiten saber hasta dónde llevaba Demócrito este análisis.

Lo que sí sabemos es que Demócrito pensaba que “acerca de las malas acciones deben evitarse incluso los discursos (703)”. Tal vez se refería a que no debe darse publicidad a una mala acción, porque puede incitar a otros a imitarla. Es por eso que la policía y los periodistas pactan a menudo no hablar de los suicidios: mucha gente se suicida porque es la manera más rápida de salir en las noticias. En Grecia, el famoso Alcibíades cortó a su perro su hermosa cola para que hablaran de él, y un desconocido quemó el templo de Diana en Éfeso para pasar a la historia. Lo consiguió, aunque yo ahora no quiero escribir su nombre aquí.

En cualquier caso, ya hemos encontrado los tres elementos a los que alude el título Tritogenia: pensamiento, palabra y acción, que, como hemos descubierto, a menudo no coinciden. La tarea del sabio, por ello, consiste en lograr la correspondencia entre las tres cosas, entre palabra, pensamiento y acción: “deliberar bien, hablar sin error y obrar como se debe (830).”

¿Cómo concluía Tritogenia?

Tal vez con esta frase: “No hagas ni digas nada feo aunque estés solo, aprende a avergonzarte más ante ti mismo que frente a los demás (784)”, lo que, supongo, inspiró a Marco Aurelio cuando dijo que uno nunca está sólo, aunque no haya nadie a su alrededor.

Quizá, querido lector, te preguntes ahora lo mismo que yo: ¿me he refutado a mí mismo y he contribuido a que ese destino libresco que imaginaba Manuel, capaz de traer a la luz los libros perdidos, rescate aquí a un clásico olvidado?

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[Publiqué este artículo por primera vez en 14 de mayo de 2010 en Divertinajes]

 

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¿Dónde está la serpiente?

|| La lengua de la serpiente /1

La serpiente ha sido el símbolo del mal en la cultura judeo-cristiana. La tentación que en el paraíso propuso a los hombres comer del árbol del bien y del mal.

Quizá esa capacidad de distinguir el bien del mal es lo que más me interesa de la serpiente.

Se puede opinar acerca de todo, por supuesto, pero ello no significa, como parecen creer muchos, que no se pueda tener una opinión acerca de nada.

No tengo demostraciones científicas de mis ideas, porque no las hay. Como decía Bertrand Ruseell (hoy tan injustamente olvidado), al final tenemos casi siempre que recurrir a la fe para justificar nuestras ideas.

Es cierto, tenemos que recurrir a la fe, a la fe en que no nos engañan nuestros sentidos, a que hemos hecho un buen cálculo matemático y no hemos escrito mal un número en el camino, a la fe en que si una medicina muestra efectos adversos los científicos acabarán advirtiéndolo. A la fe en las buenas razones, como hacía el propio Bertrand Russell.

El problema es que los que dicen que todo es opinable (yo también lo digo) también se preguntarán quién dictamina cuándo una razón es buena o mala. Pues yo les voy a dar una pista para distinguir buenas razones:

“Buenas razones son aquellas que se niegan a escuchar aquellos que no siguen razones sino dogmas”.

Otra pista:

“Una buena razón es aquel argumento que, al no poder ser refutado con argumentos relacionados con él, obliga a que el aludido desvíe la conversación hacia un tema en el que en general todos están de acuerdo, pero que no aclara en nada la cuestión debatida.”

Un ejemplo de esto es el argumento del mal mayor: siempre hay un mal mayor que aquél al que no se quiere prestar atención;

¿Bush mata iraquíes?
Más mataba Sadam…

¿Hay pena de muerte en Cuba?
Más pena de muerte hay en Estados Unidos…

¿Hay pena de muerte en Estados Unidos?
Más pena de muerte hay en China…

¿Se paga poco por diez horas de trabajo de lunes a viernes?
Hay lugares dónde no se paga nada, porque no hay trabajo…

Etcétera.

  Ya dije en Un hermoso símbolo que yo, como la serpiente, esquivo la muerte y la justificación del asesinato. Creo que a menudo esnecesario recordar lo que se hace en el otro bando, pero nunca para justificar lo que hace nuestro propio bando.

Aunque soy una persona por lo general moderada, hay un asunto que, como dice mi hijo Bruno, me hincha literalmente la vena, la vena de la frente. Me gustaría que no sucediera así porque siempre me ha gustado ser apasionado, pero nunca he querido pasar por exaltado.

Pero no puedo evitarlo.

Ese asunto es la justificación ideológica del asesinato y la injusticia. La vena se me hincha en proporción directa a lo que yo aprecie o quiera a la persona justificadora. Si se trata de un desconocido, me suele dejar indiferente.

En la adolescencia aprendí que la izquierda luchaba por la justicia y que su fin era una humanidad libre. Llevé el razonamiento ingenuamente hasta sus últimas consecuencias y concluí que si uno era de izquierdas no podía justificar la pena de muerte, ni la tortura, ni el asesinato, ni el abuso ni la explotación.

Mi ingenuidad pronto fue castigada al constatar que la mayoría de la gente de izquierdas no llevaba el razonamiento hasta sus conclusiones lógicas e inevitables y que justificaban la pena de muerte, la tortura, el asesinato el incluso la masacre, siemopre y cuando los autores de esas cosas fueran los de su bando.

Desde entonces, tozudamente, me he seguido considerando de izquierdas, a pesar de tener que avergonzarme decenas de veces al oír a mis supuestos aliados justificar todo tipo de crímenes, al escuchar a personas esencialmente buenas desarrollar sutiles razones para aceptar el asesinato. Tengo que ser sincero y confesar que también he conocido a gente de derechas, a fascistas e incluso a nazis y que pocas veces les he visto justificar el crimen con la ligereza y el desparpajo con el que lo hacen tantísimos izquierdistas.

Cuando te opones a tales justificaciones, te miran como si fueras un lunático o un derechista, a pesar de que yo siempre identifiqué, quizá de un modo en exceso simplista, a la derecha con la injusticia, el uso de la fuerza, la coacción e incluso el crimen.

Godard, Sartre y Beauvoir colaborando en la distribución del peródico maoísta “La causa del pueblo”, en el mismo momento en el que en China la Revolución Cultural encarcelaba, perseguía y asesinaba a los que no seguían las consignas de Mao Zedong, alentando a los hijos a denunciar a sus padres, a los estudiantes a golpear y torturar a sus maestros y a destruir cualquier hecho cultural que no fuera considerado revolucionario.

Una conclusión temprana que saqué tras mis primeras decepciones fue que yo era verdaderamente de izquierdas y que ellos, los que se llamaban de izquierdas, eran de derechas: los que adoran a los caudillos vestidos de militares, los que entienden a Stalin como una reacción contra la presión occidental, los que piensan que los millones de muertos de Camboya son culpa de los Estados Unidos, los que se alegran de que mueran cada día ciudadanos iraquíes y soldados americanos (en la guerra contra Irán), los que justifican a un terrorista palestino que se convierte en bomba humana en un restaurante, los que consideran al IRA una especie de organización romántica que lucha (o luchaba) por la libertad de Irlanda, los que excusan a ETA y a quienes excusan a ETA. La lista es interminable.

Alguno ya estará pensando: pero te olvidas de los del otro lado.

Ese es el argumento del mal mayor, que también puede ser llamado: “No te metas con mi equipo, porque eso favorece al contrario. eso es más o menos lo que le dijo Sartre a Camus para no criticar a Stalin.

A eso respondo que no: también esquivo, como la serpiente, a los asesinos y justificadores del otro lado. Simplemente sucede, y esto es lo más triste de esta triste historia, que escucho una y otra vez a los que justifican algunas de las cosas que he mencionado y sólo muy raramente o nunca a quienes defienden a Sharon, Bush, Aznar y compañía. Apenas escucho justificaciones del nazismo y del fascismo (que además están perseguidas por la ley) mientras que continuamente he oído y todavía oigo justificaciones del comunismo soviético y del maoísta, justificaciones que no son perseguidas por ninguna ley, como sí lo es, el fascismo y el nazismo.

Es muy duro escuchar cómo se justifica alegremente el asesinato.

Me gustaría pensar, como hace mi amigo Juanjo, que la humanidad, a pesar de sus tropiezos, avanzará hacia la justicia y el fin de la violencia: “¿Realmente alguien pensaba que la esclavitud era razonable?”.

Ojalá sea así y en el futuro también se asombren de que alguien tuviera alguna vez que discutir cosas tan evidentes como las que he mencionado y piensen: “¿Pero realmente alguien no opinaba eso?”.

Si yo discuto cuando se mencionan esos asuntos es por una especie de sentido de la responsabilidad, que me hace imaginar que alguien me pregunte: “¿Y tú que decías cuando justificaban todo eso?”. No me gustaría responder: “Nada. Me quedaba callado.” Tampoco quiero que nadie piense que, porque yo sea de izquierdas, acepto todas esas cosas que aceptan tantas personas de izquierdas.

Ahora bien, quizá aquella primera conclusión que me hizo dictaminar que yo era de izquierdas y ellos no lo eran fue un error, porque ¿quién soy yo comparado con miles, cientos de miles de izquierdistas que no opinan como yo? Así que sé que no soy de derechas, pero es cierto que no está claro que tenga derecho a llamarme de izquierdas. Como la serpiente, de nuevo como la serpiente, lo único que puedo hacer es moverme de un lado a otro, esquivando los crímenes de unos y otros.


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Trasímaco

Trasímaco

Cuando leí las palabras que Trasímaco dice en La República acerca de que  “en todas partes lo justo es lo que aprovecha al más fuerte”, confieso que las entendí como una denuncia y, por tanto, estuve más o menos de acuerdo con esa crítica. Pero resulta, según parece, que no son una denuncia, sino la definición de la justicia ideal. En eso, por supuesto, no puedo estar de acuerdo.

En efecto, Sócrates en el Critón, como era común en su época, parece no distinguir legalidad de justicia, apoyando aquella idea expuesta por Trasímaco: hay que obedecer las leyes de un Estado sea cual sea nuestra opinión sobre ellas, puesto que las leyes de un Estado siempre son justas.

Me niego a opinar tal cosa, y distingo legalidad de justicia, y pienso que las leyes se hacen para los ciudadanos, y no al contrario. Como ya he escrito sobre esto anteriormente, no me extenderé. Sólo señalaré que en cierto modo las ideas platónico-socráticas sobre este tema parecen coincidir con las del relativismo cultural extremo.

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[Escrito en 1987]

He comentado este texto en 2014: Hágase la ley y muera yo

Por cierto, a veces cuesta creer que Trasímaco no hablase de manera irónica, si recordamos frases suyas como: «La traición nunca prospera. ¿Por qué? Porque si prospera ya nadie la llamará traición».

En cuanto a la comparación entre el absolutismo de la ley y el relativismo, simplemente hay que sustituir ley por tradición: basta con que exista una tradición, sea la que sea, para que algo deba permitirse o aprobarse.

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