Reyes mutilados

La costumbre de matar a los reyes de manera ritual nos parece insólita hoy en día, pero está atestiguada en culturas de todo el mundo. Es uno de los mitemas o temas mitológicos favoritos de estudiosos como Rober Graves o James Frazer, quien nos recuerda que en Esparta los oráculos advertían contra un “reino cojo”, es decir un rey que fuera cojo. “Aun hoy”, cuenta Frazer al final del siglo XIX e inicios del XX:

“El sultán de Wadai no debe tener ningún defecto corporal visible y el rey de Angoy no puede ser coronado si tiene solamente un defectillo tal como un diente roto, desenfilado o la cicatriz de una herida antigua. Según el Libro de Acaill y muchas otras autoridades, ningún rey que estuviera maculado por un sencillo defecto podía reinar en Irlanda, en Tara, y por esta causa el gran rey Cormac Mac Art, que perdió un ojo en un accidente, abdicó en seguida”.

Veamos un pasaje en el que Frazer habla de los cafres del reino de Sofala:

“Fue antiguamente costumbre de los reyes de este país suicidarse tomando un veneno cuando caía sobre ellos algún desastre o defecto físico natural, tales como impotencia, enfermedad infecciosa, pérdida de un diente frontal, por lo que quedarían desfigurados o sujetos a cualquiera otra deformidad o aflicción. Para poner término a tales defectos se mataban a sí mismos, diciendo que el rey debe estar libre de cualquier tacha o, si no, era mejor para su honor morir y buscar otra vida donde estuviera entero, pues allí todas las cosas son perfectas”.

La causa de este asesinato ritual es fácil de intuir: si el rey o chamán es un dios, entonces no puede tener ninguna imperfección. Si tiene una imperfección, eso significa que ya no es un dios, o que no lo fue nunca.

Se puede ver un ejemplo de esta costumbre en la película El hombre que pudo reinar (1975), de John Huston. La acción transcurre en un mítico reino greco-indio del Kafiristán, fundado por Alejandro Magno,. Allí llegan dos aventureros británicos, interpretados por Michael Caine y Sean Connery, y logran hacerse con el poder, pues los nativos creen que Danny (Connery) es un dios encarnado: el legendario Sikander II. “Sikander” deriva de la forma persa  de Alexander Megas, es decir, Alejandro Magno).

En esta escena, los sacerdotes del reino descubren que su rey es imperfecto, y por tanto debe ser sacrificado.

También puede suceder en otras ocasiones que no se considere que el rey o chamán es un dios, sino simplemente que cuenta con la protección de los dioses. Si el rey envejece, se debilita o enferma, entonces, del mismo modo que en el caso de los dioses encarnados, se deduce que los dioses ya no le protegen, que ha perdido el favor divino y que su lugar en el trono ha de ser ocupado por el actual elegido de los dioses, que suele ser el heredero legítimo al trono real, aunque no siempre.

En estas costumbres, a pesar de estar muy influidas por la cultura y reguladas por mitos y ritos, no es difícil reconocer un comportamiento puramente animal, como el de las manadas de lobos, leones o gorilas, en las que el jefe de la manada, viejo, enfermo o debilitado, es desafiado por un rival más joven, que le sustituye, no siempre de manera tan cruenta como en el caso de los dioses sacrificados.

El cambio de una costumbre bárbara
Aunque son muchísimos los mitos que justifican el sacrificio del viejo rey, también existen algunos mitos o tradiciones que explican el fin de esta costumbre. Frazer recuerda el relato de un viajero portugués que tuvo la rara suerte de presenciar el fin de esa tradición entre los cafres de Sofala:

 “El Quiteve [rey] que reinó cuando yo andaba por aquellos lugares no imitó a sus predecesores en esto, siendo discreto y respetable como era, pues habiendo perdido un diente incisivo,ordenó que se proclamara por todo el reino para que todos fuesen sabedores de haber perdido un diente y que así pudieran reconocer al rey cuando le vieran sin él, y si sus antecesores se mataron ellos mismos por tales cosas, fueron muy necios y él no quería hacerlo; al contrario, estaría muy triste cuando, pasado el tiempo, llegara para él la muerte natural, pues su vida era muy necesaria a la conservación del reino para defenderlo de sus enemigos. Y recomendaba a sus sucesores que imitasen su ejemplo.”

Ante este ejemplo estupendo, comenta Frazer:

“El rey de Sofala que se atrevió a sobrevivir a la pérdida de su diente delantero fue así un reformador intrépido semejante a Ergamenes, rey de Etiopía”.

 Este rey Ergamenes de los kushitas de Etiopía parece que en el siglo III a.n.e. decidió dejar de cumplir una costumbre que consistía en que los sacerdotes de Napata, de influencia egipcia, enviaban al rey un mensaje, que ellos habían recibido a su vez de algún dios, en el que se decía que ya había terminado el tiempo del rey actual y que por tanto debía morir, suicidándose, y dejar paso a su sucesor.

Ergamenes, contemporáneo del rey greco-egipcio Ptolomeo II de Egipto (285-246 a.C.), había recibido, según cuenta Diodoro Sículo, educación griega, por lo que se negó a seguir la costumbre tradicional:

“Con la digna determinación de un rey, llegó con una fuerza armada al lugar prohibido en donde fue situado el templo de los etíopes y masacró a todos los sacerdotes, aboliendo esta tradición e instituyendo prácticas según su propia discreción”.

 Una manera un poco bárbara de acabar con una costumbre bárbara, sin duda.


La imagen del comienzo procede de 12 Months and 40 paces

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Religión, mitos y teología en Toda la mitología

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Originally posted 2012-04-09 01:41:52.

Armas de destrucción masiva

En el artículo Entre el corazón y el cerebro visitaron esta página algunos de los mayores asesinos de masas del siglo XX (Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot). Me pregunté entonces si esos cuatro personajes actuaron movidos por el cerebro y la razón o más bien por el corazón y la pasión.

Como intenté explicar, es difícil entender que alguien pueda convertirse en asesino de masas por un cálculo frío sin que en ello no exista una pasión más o menos oculta. Otro asunto es que esa pasión por la muerte pueda o no disimularse bajo uan apariencia de frialdad o expresarse con entusiasmo.

Sin embargo, no es necesario reflexionar mucho para darse cuenta de qué existe algo que tenían en común los cuatro asesinos de masas del siglo XX: una poderosa y elaborada ideología. No eran vulgares asesinos que se limitaran a matar porque sí, por capricho, sino que lo hacían desde las alturas de un edificio teórico construido con firmes cimientos. Todos ellos, además, escribieron libros: Hitler, Mi lucha (Mein Kampf); Mao, unos cuantos, aunque el más conocido es el llamado Libro Rojo; Stalin, varias decenas de libros que, si no los escribió él, al menos se le atribuyen; y Pol Pot, que yo sepa, al menos el llamado Pequeño Libro Rojo o Los dichos de Angkor.

El tomo 6 de las obras de Stalin

Detrás de las acciones de estos hombres había una ideología y una teoría claramente estructurada. Todos ellos son cercanos o lejanos descendientes del creador del fascismo moderno, Benito Mussolini, otro poderoso teórico ya desde sus tiempos de periodista. Casi todos ellos, quizá con la excepción de Hitler, siguieron los consejos aprendidos en los libros de  Lenin (incluido en este caso Mussolini). Un ejemplo de Pol Pot: “Si la vieja sociedad está enferma, hazle tomar una dosis de medicina Lenin” (Los dichos de Angkor)

Ya sabemos qué tipo de medicina leninista es esa: el terror de masas, que Pol Pot llevó al extremo, exterminando a una cuarta parte de la población camboyana.

Los dichos de Angkor

En definitiva, los crímenes de estos hombres nunca fueron injustificados, sino plena y conscientemente justificados. Justificados por su ideología. Una ideología, en definitiva, que les permitió justificar su acciones.

La ideología, como se ve, puede llegar a ser un arma de destrucción masiva, que permite multiplicar el asesinato hasta extremos insospechados sin sentir remordimientos. Sin ideología es mucho más difícil matar, al menos en cantidades industriales.

Si un desquiciado cualquiera dice que quiere matar a los del pueblo de al lado, simplemente porque le apetece, no es probable que logre convencer a muchas personas para que arriesguen su vida. Si les promete que matar a sus vecinos les hará ricos, ya tiene más posibilidades: si añade que sus vecinos quieren matarlos a ellos, entonces podrá conseguir cómplices entusiastas para sus crímenes. El hambre, la codicia y el miedo han sido el origen de muchas guerras y explican los movimientos de pueblos como los turcos, los tártaros, los mongoles, los germanos o los eslavos, que cayeron sobre China, Persia, Roma o Bizancio, llevados por el deseo de arrebatar a los pueblos más sedentarios y desarrollados sus riquezas, o de conseguir alimento en épocas de hambruna.

La juventud estalinista

Ahora bien, cuando el miedo, el hambre o la codicia no son asfixiantes, no resulta tan fácil convencer a la gente para hacer la guerra o para justificar el asesinato de los enemigos. ¿Cómo se puede seguir matando cuando un país vive en una cierta prosperidad, como la Alemania hitleriana, o cuando ya se carece de enemigo exterior y de lo que se trata es de asentarse en el poder, como sucedía en la China o la Unión Soviética de los años 50? En tales situaciones, todavía puede sobrevivir un resto de odio, pero el odio es más efectivo cuando es galvanizado por una ideología que nos permite distinguir fácilmente entre “nosotros” y los “otros”, entre los nuestros y los enemigos.

Empleo aquí la palabra ideología en un sentido amplio, porque no todas las épocas han sido tan ideológicas desde el punto de vista político como el siglo XX. Ideología, en este sentido, es también la religión, ya sea la que justifica las conquistas musulmanas de medio mundo por Mahoma o la de una religión en su origen tan pacífica como el cristianismo, en cuyo nombre no sólo se creó  la Inquisición, sino que se persiguió y asesinó durante siglos a todo el que no compartiera esas ideas, ya fueran cátaros, albigenses, judíos, musulmanes, indígenas de América, Asia o África (y también de Europa en época romana y medieval) o incluso personas que ni siquiera negaban los dogmas cristianos, sino que simplemente se mantenían indiferentes.

En el siglo XX esas ideas de identidad religiosa o étnica se combinaron con el nacionalismo pasional, es decir, con el rechazo más o menos espontáneo hacia el otro que sienten casi todos los pueblos. En algunos casos, el nacionalismo por sí solo fue suficiente para hacer arder países enteros en el fanatismo, como en Japón o en Hungría; en otros casos, nacionalismo e ideología se aliaron, como en la China maoísta o la Alemania hitleriana; en otros lugares, la ideología tuvo un papel dominante, como en la Unión Soviética de Lenin y Stalin. Lo más frecuente, sin embargo, fue una mezcla de ambas cosas, porque es difícil ser nacionalista sin adoptar algún rasgo ideológico (por ejemplo, hay que lograr ser inmune al razonamiento de que todos los seres humanos somos iguales) y es también bastante difícil que una ideología no se contamine de alguna manera de cierto nacionalismo, algo que incluso se puede detectar en el carácter eminentemente ruso de la antigua Unión Soviética. El nacionalismo, podemos suponer, es básicamente una emoción (aunque una emoción aprendida), mientras que la ideología está más cerca de nuestra parte racional. La combinación de ambos elementos resulta explosiva.

También contribuyó a la barbarie, desde el punto de vista racional y científico, la ciencia, cuando las ideas darwinianas se deformaron y se convirtió la supervivencia del más apto en la del más fuerte, e incluso en la del más cruel. Se apeló, de nuevo en una mezcla de cerebro y corazón,  a la idea de que existen razas superiores e inferiores, a pesar de que la biología más bien demostraba que sólo existe una raza humana, al menos desde que se extinguieron los neandertales y otras especies de homínidos. Por último, para completar el edificio teórico de la ideología que justifica el asesinato de los otros, se retorció la teoría económica y política hasta que se logró justificar absurdos como que para acabar con la dictadura o con la explotación capitalista había que implantar otra dictadura, la “dictadura del proletariado”. Millones de personas repitieron este nuevo mantra, que legitimaba regímenes tiránicos que no se habían visto en nuestro planeta quizá desde la época de los asirios o de las épocas más oscuras de la persecución religiosa llevada a cabo por la Iglesia cristiana. El marxismo, que había nacido para acabar con los regímenes despóticos, se convirtió en el más efectivo justificante para el despotismo.

En definitiva, por causa de las ideas y de las ideologías se mató a millones de personas en el siglo XX. Escudándose también en las ideologías millones de personas miraron hacia otro lado para no ver los crímenes cometidos por los “suyos”.

El libro rojo de Mao

Si el lector duda del poder de la ideología como atenuante para el crimen, puede intentar recordar si él mismo no ha considerado alguna vez que un crimen era menos crimen porque se cometió en nombre de un ideal que él comparte. Si es sincero, se dará cuenta de que lo ha hecho más de una vez.

El artista chino Ai Weiwei es muy consciente del poder que tiene la ideología como adormecedor de la conciencia y por eso, cuando le preguntaron si su protesta contra la censura y la represión del gobierno chino tenía un trasfondo ideológico, respondió:

“Yo intento hablar sobre temas claros. Nunca, sobre ideología abstracta, porque la ideología es algo muy simple, sobre la cual no hay nada que hablar. Pero cuando se tratan asuntos concretos, se ve mejor lo que es correcto o erróneo”.

La única modesta lección que podemos extraer de todo esto, de todo el horror que nos ha legado el siglo XX, es que, cuando nos encontremos ante la vida y la muerte, cuando nos enfrentemos a la disyuntiva de justificar o no la muerte, la tortura, el asesinato y el abuso, es imprescindible que nos olvidemos por un momento de nuestra ideología y que nunca recurramos a ella para justificar el crimen.


[Publicado el 1 de marzo de 2012 en Divertinajes]

[Revisado en 2019]


POLÍTICA

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Originally posted 2016-07-24 00:00:50.

La sociedad abierta de Bertrand Russell

 

He querido combinar en el título de este artículo el concepto de sociedad abierta popularizado por Karl Popper, con la figura de otro filósofo, Bertrand Russell. De este modo aparecen juntos por uan vez uno de los filósofos más importantes del llamado pensamiento conservador o de derechas (Popper), y por el otro lado el filósofo quizá más importante del siglo xx en el terreno progresista o de izquierdas (Russell).

No discutiré aquí lo acertado o erróneo de estas etiquetas, porque mi intención es otra. Quiero mostrar que la distinción entre izquierda y derecha, sea o no válida, es, al menos en un sentido fundamental, mucho menos importante que otro par de opuestos: el que enfrenta a la sociedad abierta con la sociedad cerrada.

Henri Bergson: las sociedades abiertas tienen Gobiernos que son tolerantes y responden a los deseos e inquietudes de la ciudadanía con sistemas políticos transparentes y flexibles. Ni el Gobierno ni la sociedad son autoritarios y el conocimiento común o social pertenece a todos. La libertad y los derechos humanos son el fundamento de la sociedad abierta (Wikipedia).

Karl Popper popularizó y dio nueva vida al concepto  de sociedad abierta propuesto por Henri Bergson, al publicar en 1945 La sociedad abierta y sus enemigos. El concepto puede ser a primera vista difícil de precisar, pero la lectura del libro lo aclara poco a poco, cuando Popper analiza a tres de los pensadores que él considera enemigos de la sociedad abierta: Platón, Hegel y Marx. El libro muestra, y creo que demuestra, la pulsión totalitaria de la República platónica, del Estado de Hegel y de la sociedad Comunista o revolucionaria de Marx.

La sociedad abierta y sus enemigos es una lectura estimulante para cualquier lector, de derechas o de izquierdas, y es una pena que el maniqueísmo que fomenta la popular distinción entre dos bandos irreconciliables (izquierda/derecha) haya hecho que muchas personas no presten atención al libro, debido a que su autor declaró en alguna ocasión su preferencia por los conservadores.Pocos libros se podrán encontrar más elocuentes que el de Popper en la defensa de una sociedad abierta, de la democracia, del estado de derecho, del respeto a los derechos humanos, de la libertad de prensa y de la libertad en general.

Algo semejante le sucede a los lectores de derechas al encontrarse frente a un libro de Bertrand Russell: lo dejan a un lado porque se trata de un autor considerado de izquierdas, defensor (ya en el siglo XIX) del feminismo, el divorcio, el amor libre, la ayuda del estado a los sectores discriminados en la sociedad, y cercano, y en ocasiones votante e incluso candidato, del socialismo o el laborismo británico.

La influencia de Russell fue enorme en el siglo XX y no cabe duda de que sus libros y su actividad política contribuyeron a que la sociedad fuese más justa y más libre. Esta influencia fue especialmente importante entre el sector izquierdista, ya que ofreció una alternativa al marxismo dominante y al apoyo explícito a los crímenes del estalinismo y el maoísmo que mostraron pensadores de izquierdas como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y muchos otros. El contrapeso que pensadores como Bertrand Russell supusieron para que la izquierda no quedara por completo sumida en el dogmático marxismo-leninismo-maoísmo, fue fundamental. Desde esa izquierda se prestaba poca o ninguna atención a quienes denunciaban los crímenes pero eran conservadores, como el propio Popper, Raymond Aron, Jean François Revel, Isaiah Berlin, Joseph Schumpeter y tantos otros pensadores extraordinarios que eran ninguneados y acusados de fascistas o peligrosos derechistas, cuando no eran ni una ni otra cosa. Como mucho, eran de derechas, sin más, pero para cierta izquierda estaba, y aún parece estar prohibido, ser de derechas. Uno se pregunta en qué consiste entonces la democracia: ¿en elegir entre diversas variantes de la izquierda?

Karl Popper, por Fernando Vicente

Por su parte, Karl Popper, desde el otro lado, además de sus excelentes contribuciones a la filosofía de la historia y a la filosofía de la ciencia, hizo también una contribución semejante a la de Russell en el terreno político. Convenció a muchos conservadores de que no todo es válido en la confrontación ideológica, señaló la falibilidad de nuestras ideas y el deber que tenemos de someterlas a prueba y aceptar los resultados, insistió en la inmensa importancia de la tolerancia intelectual, en el respeto a las reglas del juego de la democracia y del estado de derecho. Es una gran contribución porque también había, y sigue habiendo, personas de derechas que consideran que ser de izquierdas es pecado.

Karl Popper dijo en varias ocasiones que Bertrand Russell era probablemente el filósofo del que más había aprendido, con la excepción de Hayek y quizá Tarsky.

Bertrand Russell y Karl Popper, cada uno desde un lugar diferente del espectro político, coincidían en que, aunque nos cueste ponernos de acuerdo en cómo organizar la sociedad o en el papel que debe jugar el estado en el terreno económico y otras cuestiones fundamentales, al menos sí podemos ponernos de acuerdo en que debemos aceptar el desacuerdo, en que el mejor sistema que se ha inventado para mantener ese desacuerdo en límites tolerables es la imperfecta democracia, y en que una de las mayores virtudes de ese sistema democrático consiste en permitir el libre juego de la disensión y hacer posible el reemplazo de quienes ocupan el poder sin necesidad de violencia y muerte. Debemos aceptar que gobiernen los que no piensan como nosotros, del mismo modo que ellos deben aceptar que gobiernen los que sí piensan como nosotros, no solo por respeto a las reglas democráticas, sino porque debemos tener la humildad de pensar que también podemos equivocarnos: ¿y si son ellos los que tienen razón? Cualquiera que examine las ideas que ha sostenido la izquierda y la derecha en los últimos cien años, descubrirá que la derecha de ahora acepta ideas que a sus abuelos de derechas les habrían parecido puro pensamiento revolucionario, mientras que la izquierda por su parte acepta ideas que a sus abuelos izquierdistas les habrían parecido puro pensamiento reaccionario. La pureza ideológica casi nunca tiene que ver con un examen racional de la situación, sino más bien con pensar “lo que toca pensar”, sin más reflexión. Por eso, Popper también añadía como característica de la sociedad abierta la racionalidad y la búsqueda de una verdad no sometida a los intereses de la ideología.

Bertrand Russell consideró que La sociedad abierta y sus enemigos era una crítica acertada y devastadora de Platón, Hegel y Marx.

Cualquiera de ellos, Russell o Popper, habría podido combatir con ardor las ideas del otro, y en alguna ocasión lo hicieron, como cuento al final de este artículo en “Dialogar a golpes de atizador”, pero también habría aceptado la victoria de sus ideas en unas elecciones libres, algo que cierta izquierda no aceptó durante décadas, del mismo modo que tampoco lo hizo cierta derecha. Los dos, en definitiva, defendían una sociedad libre y abierta, lo que no es una garantía para una sociedad justa, por supuesto, pero es sin duda el mejor sistema para enfrentar las diferentes ideas acerca de esa sociedad justa. Lo que es seguro es que una sociedad cerrada que prohíbe la libertad de prensa y de opinión, que coacciona a los otros poderes del estado, como los jueces o la prensa, o que promueve la división social creando bandos irreconciliables, es siempre sinónimo de una sociedad injusta y muchas veces el camino directo a la tiranía.

Me parece que en momentos como este, en el que nuevos partidos y movimientos cuestionan, desde la derecha y desde la izquierda, los elementos que caracterizan una sociedad abierta, y que recuperan un discurso intolerante y propio de tiempos infames que parecían olvidados, que señalan amenazadoramente a quienes piensan de manera diferente, o que insinúan que su llegada al poder les permitirá cambiar las reglas básicas de la convivencia democrática, es más necesario que nunca garantizar que esos elementos serán respetados, sean cuales sean los resultados de la confrontación de ideas políticas. Es un buen momento, en definitiva, para recordar a pensadores como Russell o Popper, que no coincidían en muchas cosas pero sí en las reglas imprescindibles del combate político e intelectual, esas reglas que evitan que la emoción sustituya a la razón y que la confrontación política se transforme en abuso y represión y conduzca de nuevo a la sociedad cerrada.

DIALOGAR A GOLPES DE ATIZADOR

Sucedió el viernes 25 de octubre de 1946 en el Club de las Ciencias Morales de Cambridge durante una charla de Karl Popper titulada “¿Existen realmente problemas filosóficos?”. A la reunión asistieron el filósofo Ludwig Wittgenstein, entonces en su momento de mayor celebridad, Bertrand Russell y el propio Popper, como es obvio. Aunque existen diferentes versiones del acontecimiento y se han escrito ensayos y novelas enteros acerca de aquella noche filosófica, parece que mientras Popper defendía la idea de que sí existen problemas filosóficos, Wittgenstein jugaba con el  atizador de la chimenea, que al parecer estaba al rojo vivo, como el propio filósofo, que lo agitaba “como la batuta de un director de orquesta para subrayar enfáticamente sus afirmaciones”. En un momento dado, Wittgenstein desafió a Popper a que propusiera un verdadero ejemplo de principio moral, al mismo tiempo que agitaba el atizador frente al rostro de su rival. Popper respondió: “No amenazar con un atizador a los profesores visitantes”. Según algunas versiones, Wittgenstein se encolerizó, arrojó el atizador al suelo y se marchó. Según otra versión, antes de que eso sucediera, fue Bertrand Russell quien se interpuso y exclamó: “¡Wittgenstein, suelte de una vez ese atizador!”. En cualquier caso, Wittgenstein se marchó dando un portazo. En días posteriores, Popper escribió a Russell agradeciéndole que interviniera en su defensa, y Russell respondió: “Me quedé muy sorprendido por la falta de buenos modales que parecía impregnar la discusión en un lugar como Cambridge. En Wittgenstein eso era previsible, pero lamenté que algunos de los asistentes siguieran su ejemplo”. La causa, sin duda, era el estilo wittgenstiano, más cercano a las maneras de un gurú que a las de un pensador dispuesto a cambiar de idea si le ofrecen buenas razones.


Un ensayo dedicado íntegramente a la discusión Popper-Wittgenstein: Wittgenstein’s Poker: The history of a Ten-Minute Argument Between Two Great Philosophers, de David J.Edmonds y John A.Eidinow


POLÍTICA

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Originally posted 2017-04-23 14:40:19.

Explicar y justificar: Isaiah Berlin

Isaiah-Berlin_MILIMA20160219_0218_30Isaiah Berlin critica, en términos muy similares a los que empleé en La comprensión no implica justificación moral la equivalencia que algunos establecen entre explicar y justificar.

Lo hace, por ejemplo, E.H.Carr, con su malicia habitual, mediante una frase alambicada en la que da a entender que Berlin se opone a algo tan elemental como que se pida “un mayor esfuerzo de comprensión”:

“Sir Isaiah hace a un lado lo que el llama “la petición moderna de un mayor esfuerzo de comprensión… basándose en que quienes hacen esta petición están envueltos en la falacia de que “explicar es comprender y comprender es justificar”.

ehcarr

E.H.Carr

Tras este ataque tan burdo, incluso con ese recurso nada inocente del “Sir” para referirse a Berlin, Carr añade que entonces no hay que buscar trasfondos sociales ni económicos… para no exponerse a justificar a Hitler.

La respuesta de Berlin es elocuente y elegante:

“Si el señor Carr supone que niego la proposición de que “entenderlo todo es perdonarlo todo” está, una vez más, en lo cierto. Pero si infiere de esto que los historiadores no deberían, según mi forma de ver las cosas, usar todos sus poderes para comprender y explicar los actos humanos, entonces, ciertamente, está equivocado… 

La tarea de los historiadores es comprender y explicar; están equivocados solamente si creen que explicar es ipso facto justificar o exculpar. Esta tautología no necesitaría ser mencionada si no fuera por la tendencia de ciertos historiadores modernos, en su comprensible reacción contra juicios morales superficiales, arrogantes, o filisteos (y contra la ignorancia o el descuido de las causas sociales y económicas) a caer en el extremo opuesto: la exoneración total de todos los actores de la historia por ser producto de fuerzas impersonales que se encuentran más allá del control humano consciente.”

Mi posición, en esta cuestión, coincide con la de Berlin. Precisamente hablaba de esto hace unos días con Ana M…, que se declaraba relativista cultural, mientras que yo intentaba distinguir una tercera vía diferente tanto del etnocentrismo como del relativismo. Se puede añadir, por otra parte, que si mediante la explicación justificamos los actos del pasado, lo mismo harán en el futuro con nuestros propios actos, con lo que toda crítica se hace imposible.


Las citas son del libro de Ved Metha La mosca en el frasco)


Escrito antes de 1994. Publicado en 1994


POLÍTICA

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Originally posted 1994-12-04 12:02:53.

Mitos que salvan

En uno de los poemas del Edda Mayor, el Hávamál (Los dichos de Har o del Altísimo), que tiene un contenido ético bastante notable, se defiende a las personas con discapacidades:

“El cojo cabalga, el manco a pastor,
el sordo en la lucha sirve;
mejor estar ciego que estar quemado.
¡A nadie aprovecha un muerto!”

Es un ejemplo excelente de que la mitología y la religión, que demasiado a menudo fabrican mitos para justificar todo tipo de bárbaras costumbres, a veces también han creado historias, ritos, leyendas o mitos que, quizá a veces de manera accidental o a veces con esa intención explícita, han servido para lo contrario, para ayudar a los débiles, a los mancos, a los cojos, a los tuertos, a los sordos, a los niños que nacen con discapacidades o malformaciones, a los extranjeros, a los ancianos, a las mujeres…

Mi intención al escribir El tuerto es el rey, mitos que salvan fue recuperar algunos de esos mitos. Estas entradas son fragmentos o desviaciones y digresiones a partir de ese libro.

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Todas las entradas de mitología en MITOLOGÍA

Entradas de MITOS QUE SALVAN

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Originally posted 2009-11-13 20:10:15.

La evolución de las piedras

Hace unos cuantos años empecé un proyecto con un extraño nombre “El pensamiento noALT”.

__¿Qué quiere decir noALT?

__Quiere decir no alternante.

__¿Y qué quiere decir no alternante?

__Se refiere a una manera de pensar que no intenta explicar el mundo a partir de alternativas excluyentes, que rechaza las dicotomías dogmáticas y el maniqueísmo que divide todo en blanco o negro.

La manera en la que el pensamiento alternante o dogmático contempla la realidad se muestra en este gráfico:

Daniel Tubau - Pensamiento alternante
La realidad vista por el pensamiento alternante

A partir de la distinción entre Nosotros/Ellos, lo Uno/lo Otro, los amigos/los enemigos, a muchas personas les resulta muy fácil moverse por el mundo, porque en realidad se mueven por un universo alternante, en el que ya han elegido en qué lado están y no necesitan seguir pensando.

Ahora bien, existen algunas reglas básicas que pueden ser de mucha utilidad en caso de duda:

Daniel Tubau - Reglas del pensamiento alternante

Puedes ver estos y otros gráficos del pensamiento alternante en: Cómo funciona el pensamiento alternante 

Hay varias razones que explican por qué elegí la denominación ” pensamiento alternante”  en vez de “pensamiento alternativo”, puesto que, al fin y al cabo, se trata de dividir el mundo en alternativas. Pensé que era mejor usar una expresión tan rara como alternante para evitar que se produjera una confusión  con el llamado “pensamiento alternativo”, que se sitúa en unas coordenadas ideológicas muy definidas (en el terreno político de la izquierda), por lo que defender el pensamiento “no alternativo” podría ser considerado como una declaración de preferencias derechista. Es decir, si yo emplease “pensamiento alternativo”, eso podría activar de manera automática el pensamiento alternante “Izquierda/Derecha”.

No cabe duda, por otra parte, de que gran parte de eso que se llama pensamiento alternativo es un pensamiento muy alternante, puesto que divide el mundo entre Nosotros (lo alternativo) y Los Otros (todo lo demás, lo viejo y lo caduco).

Pero de eso hablaré en otra ocasión.

Alfred Korzybski

Alfred Korzybski

La expresión “NoALT” o “No Alternante” contiene también una pequeña broma, un homenaje a la “Teoría no A”, creada por un pensador que aparece casi siempre en las enciclopedias de la extravagancia y no en las de la filosofía, Alfred Korzybski.

Korzybski creó en el siglo XX una nueva ciencia, arte o disciplina filosófica llamada Semántica General, que pretendía demostrar que los seres humanos somos víctimas del lenguaje. Según él, el lenguaje nos condiciona hasta tal punto que mediante la reforma del lenguaje se podría reformar el pensamiento. No sé por qué los defensores del lenguaje políticamente correcto no lo consideran uno de sus precursores.

Korzybski también afirmaba que el principio de identidad aristotélico, que dice que “una cosa es esa cosa”, puede causarnos ciertos problemas. “No A” significaba para Korzybski “no aristotélico”. Frente al principio de identidad de Aristóteles que dice que “A es A”. Korzysky, en consecuencia, dice que “A no es A”.

Los libros de Korzybski influyeron en autores de ciencia ficción como Philip K.Dick o A.E.Van Vogt, que escribió El mundo de los No A y Los jugadores de No A, donde expuso las teorías de Korzybski en una novela muy entretenida e interesante.

Vuelvo al pensamiento no alternante, que es un homenaje al NO A pero que no es lo mismo.

El pensamiento no alternante rechaza que toda nuestra vida intelectual, moral, ideológica y política deba construirse mediante alternativas excluyentes.

El pensamiento no alternante afirma que a veces, quizá muchas veces, tal vez casi siempre, existe un término medio o una tercera opción que nos permite escapar del enfrentamiento dogmático y maniqueo.

Dediqué uno de los capítulos de La página noALT a la evolución de las piedras.

Ahora, en 2012, la actualidad me ha proporcionado una conclusión inesperada, que he añadido como última imagen:


La última imagen, la de un estudiante lanzando un libro a la policía como quien lanza una piedra, se ha popularizado en los últimos meses (2012) en redes sociales como Facebook y en manifestaciones y publicaciones de todo tipo. Hay que reconocer que es ingeniosa, y desde aquí felicito al autor, pero, aunque me parece estupendo que los estudiantes se manifiesten con libros en la mano como una reivindicación de la cultura y contra los recortes a la educación pública, no me gusta que se empleen los libros como armas arrojadizas.

Entiendo el chiste, pero, incluso a pesar de que sé que los libros no siempre sirven para mejorar la sociedad (Literatura mortal y otros libros que matan) se me ocurren pocas cosas peores que usarlos como si fueran piedras. Más que una muestra de las virtudes de los libros es un ejemplo de que los libros pueden no servir para nada cuando su usuario no sabe cómo se usan.

Se me ocurren varias posibilidades. No diré alternativas, que es lo que me gusta decir, porque una novia me enseñó que alternativa sólo se puede usar en singular, confirmando de nuevo el carácter alternante de la palabra. Pues eso, se me ocurren algunas alternativas posibilidades para que la viñeta conserve su intención reivindicativa pero no su aspecto violento.

La primera es que los policías digan lo mismo pero el muchacho esté leyendo el libro sentado en una silla en medio de la calle, o apoyado en una farola.

Otra es que el muchacho entregue el libro a los policías y ellos retrocedan asustados.

También podría verse el libro en la calle y a los policías retrocediendo como si se tratara de una bomba a punto de estallar: así tendríamos un libro que es confundido con un arma, pero que no es usado como un arma, lo que es un importante diferencia.

En fin, todo lo que sea no asociar un libro a la violencia, no convertirlo en una respuesta violenta o en un arma arrojadiza… contra la violencia.

Ya sé que, por fortuna, los partidarios de emplear la violencia son una minoría, pero si el signo de los tiempos se expresa en símbolos y lemas simplistas, prefiero a aquellos manifestantes que entregaban flores o besaban a los policías y no a quienes proponen arrojarles libros, insultarlos, llamarles asesinos o, de una manera que esconde un clasismo evidente, calificarlos de analfabetos.

Preferiría que en vez de lanzar libros o flores como piedras o burlarse de la incultura real o supuesta de los policías, les regalasen un libro o una flor y que en vez de incitar sus peores instintos intentaran más bien mitigarlos.

Allen Ginsberg

Quizá sea interesante aquí recordar cómo nació el movimiento de las flores en Estados Unidos, el Flower Power de los años 60.

Sucedió en noviembre de 1965, cuando el Movimiento por la Libertad de Expresión, que protestaba contra la guerra de Vietnam, preguntó al poeta Allen Ginsberg cómo podían enfrentarse a los militaristas, y en especial a los motoristas llamados los Ángeles del Infierno, partidarios de la guerra, que amenazaban e intimidaban siempre a los manifestantes contrarios a la guerra. Ginsberg respondió:

“Toneladas de flores, un espectáculo visual, en especial en primera línea. Pueden usarse para construir barricadas, para entregarlas a los Ángeles del Infierno, a los policías, a la prensa y a los espectadores en cualquier momento”.

El movimiento pacifista adoptó las recomendaciones de Ginsberg y, aunque parezca asombroso, funcionaron. Años después, la guerra de Vietnam terminó, en gran parte gracias al movimiento que se inició con las flores de Ginsberg, al que no se pudo desactivar acusándolo de violento.

Prefiero, en definitiva, estas flores a cara descubierta de 1967…

George Harris pone una flor en el cañón de un fusil (1967)

Jane Rose Kasmir ofrece flores a los soldados (1967)

 

…a estas otras de 2012:

Ilustración de Bansky

 


[Publicado el 4 de abril de 2012 en Divertinajes. Revisado en 2019]


POLÍTICA

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Originally posted 2016-07-28 12:01:13.

La comprensión no implica justificación moral

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El historiador Taylor cuenta a Ved Metha en La mosca en el frasco:

“Cuando juzgo -tal vez esta es una forma errónea de proceder para un historiador- cuando juzgo los sucesos del pasado, trato de hacerlo tomando en cuenta la moralidad existente entonces, no la mía”.

Esta es una opinión con la que es tan fácil estar de acuerdo como en desacuerdo.

Es evidente que hay que intentar conocer la moralidad de “entonces” y las razones que impulsaron a cada persona en cada época a actuar de una u otra manera. Pero de ahí se pasa muy fácilmente a la justificación, cosa con la que no estoy de acuerdo.

Es decir, no creo que la explicación de un acto del pasado sea equivalente a justificación. Un acto no pierde o gana moralidad porque sea cometido más allá o más acá de determinadas fronteras temporales o espaciales.

Es cierto, sin embargo, que si en una determinada sociedad es común considerar como normal la esclavitud, resulta muy difícil que un ciudadano de tal comunidad sea capaz de percibir que la esclavitud es deleznable, pues le parecerá algo sencillamente natural. Eso no implica que la esclavitud se convierta en algo estupendo contemplado por el historiador que mira desde los parámetros de esa cultura. Podemos juzgar con menos dureza a un esclavista griego del siglo -VIII que a uno del siglo -V, pero no podemos considerar que el del siglo -VIII era un persona moralmente estupenda, cosa que sí opinaría al menos yo, si se tratase de un antiesclavista del siglo -VIII. Dicho de otra manera, quizá en algunos casos podemos calificar de morales o justos ciertos actos dentro de un contexto histórico, aunque no sea tan fácil a veces calificar de inmorales o injustos otros en ese mismo concepto histórico. Digamos, por ejemplo, que alguien, como Platón en el siglo -IV o Li Zhi hacia el año 1600 dijeran que se debe educar tanto a los hombres como a las mujeres. Esas dos opiniones tienen un gran valor ético, moral y social, un valoir incluso doble por haber sido expresadas en un conntexto en el que estaba extendida la idea de que las mujeres no debían acceder a la educación.

En cualqueir caso, el hecho de que conozcamos por qué la gente actuó de esta o de aquella manera, y que intentemos explicarlo, es muy  distinto del hecho de que al hacerlo justifiquemos desde un punto de vista moral sus actos. Por otra parte, a menudo sucede que se considera como definitorio de una época lo que los poderosos de esa época o lugar preferían y es frecuente que se presente las culturas como todos coherentes, como conjuntos sin partes, ni disidencias. Pero eso está muy lejos de la realidad. No me extenderé más aquí sobre este tema.


NOTA en diciembre de 1994
La ecuación explicación=justificación, lleva a una curiosa paradoja. Este razonamiento se aplica cuando se estudia una cultura ajena, espacial o temporalmente. Pero, de ser cierta tal teoría, tampoco podemos juzgar con equidad a nuestros contemporáneos, puesto que en cuanto hayan pasado cien años, la descripción o explicación de sus actos servirá para justificarlos.
Ahora bien, además de esto: ¿servirá también la explicación de mis actos combatiendo esos actos que se han explicado/justificado para, a su vez, justificar los míos? Dos paradojas por el precio de una.
Si se prosigue este análisis, y ya me imagino las razones que esgrimirán los justificacionistas, se llega a dejar esa teoría vacía de contenido, pero no me ocuparé aquí de ello. Por otra parte, cuando se habla de la moralidad de una época, se habla de los testimonios conservados de esa época acerca de la moralidad, que, salvo raras excepciones y por razones bastante evidentes, suelen coincidir con las ideas de los poderosos.

NOTA en 2016
Con mucha razón, Carr ha sido criticado, incluso por los historiadores rusos después de 1989, por presentar en su historia de la Unión Soviética los hechos desde el punto de vista de Lenin y Stalin. Y lo hizo precisamente recurriendo al argumento de que había que describir y explicar las cosas en su contexto.


[Escrito antes de 1994. Publicado el 4 de junio de 1994. Revisado también en 2019]


POLÍTICA

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Originally posted 2016-04-22 16:40:54.

El viejo Badan y su hijo Badaneqe, o la utilidad de los mitos

Los mitos, los ritos, la tradición, sirven casi siempre para justificar todo tipo de crueldades, de arbitrariedades. Costumbres castradoras y represoras que se justifican porque un héroe fundador, un dios creador o una estirpe arquetípica hicieron algo in illo tempore (en aquel tiempo).

Narraciones etnográficas, documentales y películas nos han contado ese terrible momento en el que los ancianos son abandonados entre los inuit (antes llamados “esquimales”). Hemos aprendido que son los propios viejos los que se entregan gozosos a ese sacrificio, para así ayudar a sus semejantes, para dejar de ser una carga para ellos. Los expertos nos han explicado que esta macabra costumbre es parte del ciclo de la vida, de la lucha por la supervivencia. Con palabras que inevitablemente recuerdan a las teorías eugenistas nazis, nos han explicado que es un sacrificio necesario en una sociedad que tiene recursos limitados y en la que escasea la comida. La tribu debe sobrevivir aunque el individuo muera. Tal vez tengan razón esos expertos, o tal vez costumbres como esas son las responsables de que esas sociedades siguieran viviendo del mismo modo siglo tras siglo. ¿Quién sabe?

Pero la costumbre también existía entre los sardos de Cerdeña, que sacrificaban a aquellos que cumplían 60 años. Al parecer, todavía en el siglo XIX existían en Cerdeña personas que ayudaban a estos viejos a sacrificarse, los “Acabadores” (la palabra “accabadura” procedería del español “acabar”).

La costumbre de matar a personas de 60 años ahora nos puede resultar tan incomprensible como el sacrificio de las personas que cumplen 30 años en al novela y película de ciencia ficción La fuga de Logan.

Según el historiador Silio Itálico también tenían esta costumbre los antiguos cántabros y vascos:

“Este pueblo está apegado a una extraña costumbre: cuando la debilidad del cuerpo les llega con las canas, interrumpen, desde lo alto de una roca, el curso de sus años, en adelante impropios para la guerra…”

Dumézil recuerda entonces algunos testimonios latinos acerca de los alanos (emparentados con los actuales osetas), en los que existía esta costumbre:

“Estiman bienaventurado a quien pierde la vida en pleno combate. Los que se dejan envejecer (senescentes) o pierden la vida por una muerte accidental son objeto de crueles burlas, como degenerados y cobardes” (Amiano Macelino)

También Plinio y Pomponio Mela dicen que entre los alanos, antes que envejecer, los hombres se arrojaban al mar ceremonialmente desde lo alto de una roca.

Entre los osetas actuales, escitas de origen iranio como los alanos, existen tradiciones semejantes::

“El Narto Urzymaeg envejecía, su fuerza se iba perdiendo (…) Fue a la gran plaza donde estaban sentados los jóvenes Nartos y les dijo:
— Desde mi infancia hasta mi vejez, no he escatimado mi ánimo a vuestro servicio. Pero soy viejo, ya no os sirvo de nada y mi vieja cabeza no consigue aportaros más que fastidios. Mañana temprano, fabricad un cofre sólido, metedme dentro y tiradlo al mar; me niego a acabar en el cementerio de los Nartos.”

Aunque al principio dudan, los Nartos acaban cumpliendo el deseo de Urzymaeg, quien, sin embargo, sobrevive y realiza otra hazaña, “después de la cual desconocemos su destino”.

Acostumbrados a lo inevitable, a lo necesario, que tales tradiciones nos enseñan, y al uso del mito para justificar prácticas crueles, sorprende encontrar entre los kabardos cherkeses (también osetas) una variante interesante, que se opone a la tradición de la occisión (abandono o asesinato de los viejos), y que inaugura un nuevo motivo mítico, que Dumézil llama el tema mítico de “Por qué los hombres de tal o cual sociedad dejaron un día de matar a los viejos”.:

“Era entre los Nartos una vieja costumbre, cuando un hombre se debilitaba al grado de no poder ya sacar, con tres dedos, la espada de la vaina, ni subirse sólo a la silla de montar ni calzarse las botas, ni sostener el arco en la caza ni sostener el rastrillo o levantar un almiar de heno, ni aguantar el sueño al guardar un rebaño, meterlo en un canasto trenzado y llevarlo fuera del pueblo, hasta lo alto de la Montaña de la Vejez. Allí ataban al canasto grandes ruedas de piedra y lo hacían rodar por la cuesta empinada que conducía al precipicio.”

En esta historia kabarda, el viejo al que le espera ese destino se llama Badan y ya está decrépito. Su hijo Badaneqº’e, sin embargo, ama tanto a su padre que le apena la idea de arrojarlo desde el precipicio. Pero ocultando su pena, prepara el canasto y las piedras:

“– Padre, voy a hacer que mueras. No me aborrezcas: es la costumbre de los Nartos, perdóname.”

El pobre viejo no responde, lo que entristece aún más al hijo.

Badaneqº’e lleva el canasto a la Montaña de la Vejez y lo lanza hacia el precipicio, con su padre dentro. Pero el canasto se queda enganchado en un tocón, colgando sobre el abismo.

“El viento se puso a balancearlo y a agitar la barba blanca de Badan, al punto que el anciano se puso a reír.

–Padre, ¿de qué te ríes -preguntó Badaneqº’e. Sin dejar de reír, Badan contestó:
— Me decía que cuando estés decrépito y tu hijo te eche a rodar desde lo alto de la Montaña de la Vejez, a lo mejor tu canasto se engancha en el mismo tocón. ¿No es como para reírse?

La risa de su padre conmovió a Badaneqº’e, quien exclamó:

— ¡Que los Nartos hagan conmigo lo que quieran, pero no te enviaré por el camino de la muerte!

El padre le responde:

— Si quieres saber la verdad, hijo mío, no hallo gran gusto en arrastrarme sin hacer nada en este mundo: una vida inútil es ciertamente peor que la muerte. Pero ¿en verdad ya no estoy en condiciones de servir a los hombres? Si no puedo ya trabajar, puedo pensar.

El hijo sacó a su padre del canasto, lo llevó a una cueva y allí lo instaló sobre un lecho de hierbas. Y le dijo:

–Padre, vive aquí en secreto, sin que nadie sepa de ti. De otra suerte, los Nartos se irritarían por esta violación de la costumbre. Cada semana te traeré de comer.

Así pasaron tres años. Durante ese tiempo, diversas calamidades sucedieron a los Nartos, pero en cada ocasión Badaneqº’e acudía a pedir consejo a su padre, quien le daba útiles consejos. Admirados por la sabiduría de Badaneqº’e los Nartos le preguntaron cómo había llegado a pensar tan buenas soluciones.

“Badaneqº’e confesó su falta y los Nartos abolieron la regla que les mandaba matar a los viejos”

 

***************

[Publicado el 11 de febrero de 2008]

Notas y comentarios

Al parecer, no está del todo claro que entre los inuit se sacrificara a los viejos o estos se suicidaran voluntariamente. Se cree que tal costumbre se aplicaba sólo en épocas de gran hambruna.

 

Referencias

Georges Dumézil: “La occisión de los viejos” (en Escitas y osetas)

Originally posted 2012-04-08 23:50:13.

Retorno al pasado

 

  Hay debates que son tan insustanciales que da mucha pereza entrar en ellos: la astrología, las seudoterapias, el diseño inteligente, los nacionalismos.

Después de dos guerras mundiales provocadas por la lucha feroz entre nacionalistas, especialmente en Europa, pensar que alguien en su sano juicio todavía sea presa de ansias nacionalistas de manera obsesiva parece difícil de creer.

Ahora que empezábamos a pensar en lo bueno que sería poder viajar por toda Europa como quien viaja por su barrio, resulta que se proponen fronteras donde nunca las ha habido.  Ahora que ya nos estábamos preparando para despojarnos de nuestra identidad española para convertirnos en europeos y comenzar a pensar en algo mayor, algo así como “terrestres”, resulta que nos tenemos que volver a preguntar si somos padanos, corsos, escoceses, vascos, castellanomanchegos o catalanes. Ahora que habíamos asumido que somos ciudadanos, y no súbditos ni hooligans de la patria, se propagan aquí y allá identidades basadas en naciones reales o imaginarias, en lenguas que se hablan o no se hablan, se emplea de nuevo el “nosotros” frente al “ellos” y legiones de entusiastas corren a la calle agitando banderas de colores y cifran el sentido de su vida en la pertenencia a un territorio dibujado en el mapa.

Es obvio que quienes alientan los procesos nacionalistas, como el incesante procés catalán, lo único que quieren es seguir explotando para su uso particular un territorio, y al mismo tiempo librarse de ser procesados, no por sus ansias independentistas (que tan súbitamente se han apoderado de ellos, por cierto) sino por la corrupción mafiosa de las últimas décadas. También resulta obvio que muchos de los entusiastas se dejan llevar por un maniqueísmo trabajosamente  construido en las escuelas y en los medios de comunicación dóciles durante años al nacionalismo, que coinciden con el franquismo en dibujar una España de pandereta y que alientan el más estúpido de los complejos de superioridad y el egocentrismo más vulgar: el que se basa en haber nacido aquí o allá.

Pero lo que de verdad asombra es que personas progresistas, que creen en la justicia y la solidaridad, se unan a los corruptos y a todos esos entusiastas que por carecer de personalidad propia prefieren fabricarse una identidad grupal. Porque creer que se puede conseguir un mundo más justo a través de las identidades nacionales no solo es un espejismo, sino un retorno al pasado, al peor de los pasados.


POLÍTICA

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La lógica demente de la nueva izquierda

 

Hoy domingo se celebra la segunda vuelta de las elecciones francesas. Los sondeos indican que Macron va a superar a Le Pen quizá por un 60 frente a un 40 por ciento. Parece una tremenda ventaja en una contienda política, pero no lo es. No lo es porque quien va a obtener un 40 por ciento (o aunque solo sea más de un 30 por ciento) va a ser la dirigente de un partido fascista. Y en este caso no se trata de una metáfora o de esa afición de muchos a emplear la palabra fascista para referirse a cualquiera, como se hacía en mis tiempos de instituto y se sigue haciendo, con la intención de descalificarlo, convirtiendo cualquier debate en pura demagogia. No, en este caso se trata de un partido realmente fascista, creado por un fascista defensor del nazismo y dirigido ahora por su hija, que en la lucha por el poder intenta disimular su verdadero pensamiento.

Hay muchas razones para explicar que el Frente Nacional de los Le Pen amenace con superar la barrera del 20 por ciento que es lo que obtuvo Jean-Marie cuando se enfrentó a Jacques Chirac. No sé si la más importante de esas razones (sospecho que sí) pero sin ninguna duda la más vergonzosa es la complicidad de la nueva izquierda representada por Francia Insumisa.

Jean-Luc Melenchon, “La fuerza del pueblo”

Melenchon, líder de Francia Insumisa y esa nueva izquierda cómplice le han dado a Le Pen la mayor legitimidad que nunca antes se había dado al fascismo en la Francia democrática tras la Segunda Guerra Mundial, la que consiste en ponerlo en pie de igualdad con las propuestas de un político democrático, como Macron. Han propagado con éxito la idea de que una cosa y otra son la misma, han activado una lógica demente que les hace cómplices del ascenso del fascismo en Francia. Es perfectamente posible entender que un joven se deje llevar por el maximalismo de “quiero que gane lo mío y si no rompo la baraja”, y que no sepa lo que realmente significa la Unión Europea en el mundo, como la mejor garantía de las libertades, del estado de derecho, de la abolición de la pena de muerte, de la igualdad de los homosexuales, de las políticas activas en favor de la igualdad de hombres y mujeres, de la defensa de la protección del medio ambiente y sobre todo de la democracia y de la convivencia pacífica entre los más de quinientos millones de europeos, incluidos los que no pertenecen a la Unión Europea. También puedo entender que no sepa qué significa el fascismo. Puedo comprenderlo porque todos nos hemos equivocado alguna o muchas veces y todos hemos sido cómplices en algún momento de nuestra vida de algo infame, en especial en los años de adolescencia o juventud. Quienes no nos hemos negado a reconocer nuestros errores, con el tiempo y mejor información, nos hemos arrepentido y hemos corregido nuestras complicidades políticas más o menos criminales, unos antes y otros después, unos más claramente y otros con tibieza.

Marine Le Pen: “En nombre del pueblo”

Pero lo que no resulta comprensible es que esas complicidades con el fascismo procedan de políticos experimentados como Melenchon y los dirigentes de casi todos los partidos de la nueva izquierda, que antes prefieren derribar a socialdemócratas, liberales o conservadores que poner freno al fascismo; que antes prefieren destruir la Europa unida que corregir sus errores. Puedo aceptar que alguien sin experiencia o sin cultura política (pues se puede tener cultura política a los dieciséis años si uno se preocupa de aprender, de investigar y de poner a prueba sus dogmas) crea que será más fácil que sus ideas triunfen luchando contra un fascista que contra un demócrata, pero es difícil concebir que alguien con la experiencia y la cultura de Melenchon lo piense. Incluso Yannis Varufakis, que no siempre se ha caracterizado por su sentido de la responsabilidad política, ha dado su apoyo a Macron, no solo porque, según él, fue el único ministro de economía que intentó ayudarle durante la crisis griega, sino porque se niega a “formar parte  de una generación de progresistas europeos que habrían podido impedir a Le Pen ganar la presidencia y no lo hicieron”. O como también ha dicho: “Soy antiglobalización y anti neoliberal, pero por encima de todo soy antifascista”.

La estrategia de casi todos los partidos de la nueva izquierda y de la nueva o no tan nueva derecha consiste en volver a la situación en la que no existen ciudadanos, sino súbditos, a los que llaman constantemente el pueblo o la gente. Como preparación para esa sociedad sumisa, van creando una primera élite de súbditos, valga la contradicción, a los que llaman afiliados, círculos, seguidores, activistas, cuya función fundamental consiste en permitir que el líder de turno haga lo que quiera hacer sin que ningún contrapoder efectivo pueda ponerle freno. Los nuevos líderes parecen delegar su decisión en los afiliados, como ha hecho Melenchon, renunciando a toda moralidad personal: soy llevado por una marea que me dice lo que tengo que hacer y lo que no y renuncio a actuar; renuncio a actuar contra el fascismo, renuncio a mi propia conciencia, eso es lo que Melenchon nos dice, a veces como subtexto, a veces de manera explícita. Pero, sucede que hay ocasiones en las que uno quizá puede delegar y apartar su propia conciencia, pero hay otras en las que eso no es posible. Esta es una de esas ocasiones en las que un político no se puede abstener, ni de palabra ni en las urnas. Melenchon y sus afiliados, que según él gobiernan sus decisiones, han renunciado a plantar cara a un partido fascista.

Ahora bien, tal vez la tozuda realidad me obligue a admitir que lo que dice Melenchon y lo que no dice coincide con su verdadero pensamiento, tras escuchar su reiterada negativa a declarar sin ambigüedades que va a votar a Macron y su negativa a decir a sus seguidores que cualquier elector demócrata debe hacerlo también, sin dudarlo. Es decir, que Melenchon no es un hipócrita, sino un cómplice del fascismo, del mismo modo que también lo son todos esos que se hacen llamar en Francia izquierdistas insumisos: son no solo cómplices, sino sumisos al fascismo. Son, desde un punto de vista político, algunos por ignorancia e inconsciencia, otros por aplicar un cálculo demente, casi indistinguibles de un fascista.

Enmanuel Macron


POLÍTICA

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