El Registro de las auras militares (Ji junqi 記軍氣)

Tratados de estrategia de la antigua China

El Registro de las auras militares es el segundo tratado de estrategia militar, junto a Los nueve métodos, que se incluye en la recopilación La gloria de Yue, que reúne textos del antiguo reino de Yue, contra el que luchó el legendario estratega Sun Wu, al que suele identificarse con Sunzi, el autor de El arte de la guerra. Ahora bien, mientras que Los nueve métodos contiene estratagemas que el consejero Zhong recomienda al rey Goujian de Yue para debilitar a su rival Fuchai de Wu, en el Registro de las auras militares el tema central es ciertos fenómenos atmosféricos que permiten al general detectar las debilidades y fortalezas del enemigo.

La palabra “aura” parece remitirnos a algún tipo de conocimiento que se mueve entre el mundo de los vivos y el de los espíritus o algún tipo de percepción mística, pero no está del todo claro que sea así.

Mo Di (-470 a -391), el estratega pacifista y autor del Mozi. Nació poco después de la desaparición del reino de Wu, que fue anexionado por el rey Goujian de Yue.

El filósofo y estratega Mo Di, célebre entre otras cosas por sus ideas pacifistas, que le llevaron a convertirse en un experto militar especializado en la defensa pero no en el ataque, alude con cierta inquietud a los chamanes y adivinadores que inspeccionan las auras, diciendo que sus revelaciones solo deben ser conocidas por los generales y que de ningún modo deben ser divulgadas entre la tropa. Esta es una recomendación que coincide con lo que dice Sunzi en El arte de  guerra acerca de los oráculos:

“Prohíbe los augurios, haz que los soldados no duden, y marcharán a cualquier lugar, incluso hacia la muerte”.[1]El arte de la guerra, traducción de Ana Aranda Vasserot en El arte del engaño

En La gloria de Yue, Olivia Milburn ha traducido textos de todo tipo relacionados con el antiguo reino de Yue, entre ellos algunos de carácter militar.

Aunque a Sunzi no le gustan los oráculos y no confía en ellos para ganar la guerra, es consciente de que pueden ejercer un efecto muy negativo sobre la tropa (sean verdaderos o falsos), por ejemplo cuando predicen la derrota o el desastre, porque ¿quién va a querer participar en una batalla si sabe de antemano que va a morir?

El Registro de las auras militares examina estas misteriosas auras teniendo en cuenta sus colores más que sus formas, al contrario que en otros textos, por ejemplo, en un libro encontrado en un reciente descubrimiento arqueológico en Mawangdui. También alude a las maneras en las que un general puede determinar cuál es la mejor dirección para lanzar el ataque, aunque no se dan detalles exactos de cómo lo consigue. Como curiosidad para los aficionados a las guerras entre Wu, Yue y Chu, l autor se refiere de manera específica al estadista Wu Zixu, consejero del rey Helü y de su sucesor Fuchai de Wu en su lucha contra Goujian de Yue

Olivi Milburn señala que la tercera parte, dedicada a las casas lunares y su relación con lugares terrestres, parece ser muy posterior a las que tratan de las auras o de la dirección del ataque militar, que parecen haber sido escritas en la época de los Estados Combatientes. Milburn se lamenta porque los textos de carácter esotérico de la China antigua son muy difíciles de datar y señala que solían ser muy mal vistos por los gobernantes, que consideraban farsantes a quienes proponían tales métodos:

“Los practicantes de esta adivinación por nubes, auras y otros fenómenos celestes parecen haber estado sujetos a considerables prejuicios, y los textos de este tipo fueron vistos con mucha desconfianza por los gobiernos”.[2]Olivia Milburn, The glory of Yue

En El arte del engaño se explica la relación de Sunzi o Sun Tzu con los métodos adivinatorios, así como su capacidad para leer los signos del lenguaje de la guerra. También se cuenta la guerra entre los reinos de Wu, Yue y Chu, que fue decisiva en la historia del mundo. (COMPRAR)

Resulta curioso que el recurso a lo esotérico se encuentre más desarrollado en los primeros tiempos de los Zhou y en su declive, poco antes de la conquista de todo el territorio por el rey de Qin y que, como dice Milburn, fuera poco apreciado en la época central de los Estados Combatientes. En esta época, en efecto, asistimos a un fuerte impulso hacia lo racional y razonable y a un escepticismo muy intenso y burlón hacia el mundo de los espíritus, o al menos hacia su utilidad para manejar los asuntos humanos. Es algo que se detecta de manera especial en El arte de la guerra de Sunzi y que he comentado en relación a otro texto militar de datación dudosa, el Gai lu (también llamado Helü o Wu Zixu). Por eso, a menudo los historiadores dudan acerca de si un texto de tono esotérico de la época Zhou debe datarse más allá del año -700 o, por el contrario, más cerca del año -221, que son los momentos en los que la adivinación y el recurso a los espiritual tuvieron más seguidores.

Un ejemplo de la desconfianza ante chamanes y adivinadores lo da el filósofo Han Fei, precisamente refiriéndose a la época en la que muchos creen que vivió el autor de El arte de la guerra:

“Goujian, rey de Yue, creyó en los oráculos de la Tortuga y emprendió una guerra contra Wu, pero no venció y tuvo que rendirse y convertirse en vasallo y esclavo personal del rey de Wu. Cuando regresó, arrojó a un lado la Tortuga, reformó las leyes y renovó al pueblo, con el objetivo de tomar venganza contra Wu. Al final, Fuchai de Wu fue tomado prisionero. Quienes creen en demonios y dioses descuidan las leyes”[3]Han feizi, citado en El arte del engaño.

Es decir, en la época que va desde más o mneos el año -500 al -220 se asiste a un cierto declive del pensamiento irracional, que después de recupera, aunque nunca llegara a dominar en China, al contrario que en otras civilizaciones, como la de la India, la occidental o la musulmana durante la larga Edad Media, donde se sucedieron siglos de supersticiones que dominaron la política, la sociedad e incluso el pensamiento educado.

Vayamos al contenido del libro.

 

Las auras y El arte de la guerra

Según se cuenta en este tratado, el examen de las auras es la tarea del general sabio. Las auras pueden tener cinco colores: azul, amarillo, rojo, blanco y negro. Pero, ¿qué son exactamente?
Algo así como una emanación que se produce en los seres humanos y que puede detectarse en un ejército, pues va cambiando de un color a otro y puede ser más o menos brillante. Podríamos llamarlo la energía visible del ejército, que nos permite saber si es el momento adecuado para atacar o no:
__Cuando el aura que desprende un ejército se eleva roja hacia el cielo, no debemos atacar.
__Si el aura es azul y cónica indica que los soldados se han amotinado o están deseando hacerlo, pero que todavía no debemos atacar, al menos hasta que el aura disminuya.
__Si el aura es azul y está detrás, el general es competente pero el ejército está falto de suministros.
__Si está detrás pero es roja, entonces el general es débil y aunque su ejército es fuerte están también faltos de suministros y se rendirán si matamos al general.
Interpretaciones en el mismo estilo se aplican a los otros colores, amarillo, blanco y negro, o según sea el brillo de las auras, o su posición o su forma cónica.
¿Tienen algún sentido razonable las auras?
Dejando aparte el sentido místico, que queda fuera de nuestras posibilidades, podríamos intentar algunas interpretaciones más o menos plausibles o razonables de las auras militares. Propondré cuatro, sin confiar demasiado en que cualquiera de ellas sea correcta:
1. Tendrían relación con la observación de señales procedentes del campamento enemigo relacionadas con el polvo o el humo que se observa. Eso es algo que sí encontramos en El arte de la guerra:
“Si el polvo se eleva a gran altura, son carros que se acercan. Si el polvo se extiende a baja altura, se acerca la infantería. Si el polvo forma
pequeños montículos, se está recogiendo leña. Si el polvo es escaso y
disperso, el enemigo está acampando”.
2. Podría tratarse de un sistema de señales mediante el que los espías que tenemos en el campamento enemigo nos indican la situación, empleando algún tipo de enseña coloreada o un sistema de códigos similar, como una linterna coloreada. Si vemos ese código rojo en la parte de atrás, sabemos que debemos atacar, si es amarillo y está a la derecha que debemos esperar.
3. Quizá relacionado con lo anterior, podrían ser códigos y señales que el general no ve en el campamento enemigo, sino en un dibujo que le transmiten los espías. En este caso sería algo así como un lenguaje icónico de colores, que permitiría al estratega saber cuáles son los puntos fuertes y débiles.

Por otra parte, al describir cómo el general examina las auras, se menciona al consejero Wu Zixu y se dice que si el ejército enemigo no tiene todavía un aura, se debe hacer una consulta en el templo. Se emplea aquí la palabra suan , que se encuentra en diversos textos militares, entre ellos en El arte de la guerra, pero que cuya traducción causa “tremendos problemas”, dice Milburn. Podría significar algo así como cálculo o cómputo. En el caso de El arte de la guerra, parece claro que se refiere a un cálculo de las debilidades y fortalezas de uno y otro bando, examinando cinco factores: el dao, el cielo, la tierra, el mando y el método.

Pues bien, el autor de Las auras militares dice que si en esos cálculos o consultas, que en este caso podrían ser éfectuados con tallos de milenrama, como en el Yijing (I Ching), se obtiene un 1, un 5 o un 9, entonces es mejor atacar desde el oeste, pero que si es un 3, un 7 o un 11, entonces es mejor atacar desde el este.

Es decir:

1-5-9            oeste
2-6-10         sur
3-7-11          este
4-8-12         norte

Resulta difícil saber a qué se refieren estos números y no se explica cómo se obtienen, tal vez tengan que ver con el examen del cielo, lo que explicaría que la última parte del libro se refiera a las mansiones lunares. Sin embargo, no parece que exista una relación clara ambas cosas, porque el capítulo de las mansiones lunare es una larga enumeración de los antiguos estados, de su situación en los tiempos de la recopilación del libro (en época Han) y de su mansiones lunares correspondientes, como en este ejemplo:

“En el pasado, el reino de Yue tenía su capital en lo que ahora es Shayin en El Gran Yue, que corresponde a la mansión lunar de Nandou 南 斗 (Cucharón del sur)”.

Milburn dice que también se ha supuesto que los números podrían tener relación con la teorías de las Cinco Fases:

“Es posible que estuvieran de alguna manera conectado con los valores numéricos de sistema descrito a continuación, ya que los colores de las cinco fases eventualmente se asocian con los números: 0 blanco (bai 白), 1 negro (hei 黑), ¿6? azul (qing 青), 4 verde (lü 綠), ¿7? amarillo (huang 黃), 5 blanco (bai), 2 rojo (chi 赤), ¿8? blanco (bai) y 3 morado (zi 紫)

También podría tratarse de un dado de doce caras, nos dice Milburn, puesto que se han encontrado dados de 18 caras en época Han y quizá se usaban de doce en época de Yue. También se ha intentado, sin demasiado éxito poner en corespondencia los números con cuadrados mágicos chinos como el luoshu (Diagrama del río Luo). De estas y otras interpretaciones de las tres partes del libro, consultar Olivia MIlburn (The Glory of Yue)o.

Todas las dudas que surgen al leer acerca de las auras, de las direcciones del ataque y de las mansiones lunares han hecho que la mayoría de los estudiosos consideren que se trata de tres textos sin relación escritos en diferentes épocas, los dos primeros en época Zhou (antes del -221) y el último (sin ninguna duda en este caso) en época Han.

El Registro de las auras militares y la lectura de las auras todavía esconden muchos secretos que quizá nos revelen nuevos descubrimientos arqueológicos.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas

Una cuidada edición que ofrece la más completa panorámica del arte de la estrategia china antigua publicada hasta la fecha.
Contiene la traducción comentada de El arte de la guerra de Sunzi y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, así como Las 100 reglas del engaño y la estrategia.
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Helü (Gai lu) o Wu Zixu 蓋廬

Tratados de estrategia de la antigua China

En 1983 se produjo un descubrimiento arqueológico asombroso en China. Se encontraron varias tumbas en Zhangjiashan, en la provincia de Hubei, apenas a tres kilómetros de la antigua capital del antiquísimo reino de Chu. Una de las tumbas recibió el poco evocador nombre M247, pero lo que contenía era un verdadero tesoro literario, casi una biblioteca de ultratumba. En la tumba M247, los arqueólogos desenterraron más de mil tiras de bambú con textos del reinado de Han Jingdi (-156 a -141), es decir ya durante la gloriosa época Han, la segunda dinastía de la China unificada.

Uno de los textos encontrados en la tumba M247 se llamaba sin ninguna duda Gai lu (蓋廬), pues el título está escrito en el reverso de la última de las 55 tiras que componen el libro.

Sabemos que Gai lu es ni más ni menos que el rey Helü de Wu, de quien se dice que contrató a un estratega llamado Sun Wu, con el que comentó los “trece capítulos” de su tratado militar. Se cree que ese libro es lo que hoy conocemos como El arte de la guerra y que ese estratega era Sunzi o Sun Tzu. Así que el libro encontrado en la tumba M247 tenía el nombre del rey que quizá contrató al más famoso estratega de todos los tiempos. Pero lo más interesante es que ese libro, el Gai Lu o Helü, era de estrategia militar.

Vasija de la dote de la hija del rey Helü de Wu, en su boda con un noble del reino, vecino y enemigo, de Chu.

La paráfrasis del diálogo entre el rey Helü y el estratega Sun Wu de “Una audiencia con el rey de Wu” se puede encontrar en la traducción comentada de El arte de la guerra, incluida en El arte del engaño).

Es cierto que el nombre de Gai lu no se encuentra en las fuentes tradicionales para referirse a Helü, pero sí aparece en el Jian Wuwang, es decir, Una audiencia con el rey de Wu, un texto encontrado en otra tumba, la de Yinqueshan.

En el Jian Wuwang, el estratega Sun Wu (¿Sunzi?) conversa con el rey de Wu, un relato que coincide con otras crónicas, como la del gran historiador Sima Qian.

Lo sorprendente es que en el Gai lu no es Sun Wu quien conversa con el rey Helü acerca de asuntos militares, sino su consejero Wu Zixu. ¿Y quién es Wu Zixu?

Wu Zixu, ¿autor de El arte de la guerra?

Wu Zixu (-559 a -484), según una famosa pero controvertida historia, es el hombre que presentó al estratega Sun Wu al rey Helü. Por lo tanto, en el Gai lu encontramos al consejero ocupando el lugar del estratega, lo que podría ser un indicio a favor de la hipótesis que sostiene que no fue Sun Wu el autor de El arte de la guerra, sino que lo escribió el propio Wu Zixu. Es decir, que Wu Zixu es el verdadero Sunzi.

Junto a una estatua de Wu Zixu en Suzhou (2017)

Por otra parte, hay que recordar que los historiadores chinos antiguos, por ejemplo en la Crónica de los Han, mencionan un libro acerca de temas militares atribuido a Wu Zixu. Algunos de esos historiadores sostenían que ese libro perdido llamado Wu Zixu era en realidad El arte de la guerra que conocemos hoy en día y que, en definitiva, el verdadero Sunzi no era aquel estratega de existencia dudosa llamada Sun Wu, sino el célebre consejero Wu Zixu, de cuya existencia nadie duda.

Con el descubrimiento del Gai lu, las cosas han cambiado de manera radical, pues ahora tenemos un libro en el que Wu Zixu habla de asuntos militares con su rey… pero está claro que este libro no es El arte de la guerra de Sunzi.

Descartada la identificación entre el Gai lu y El arte de la guerra, ¿podría ser el Gai lu ese otro libro que en la antigüedad era conocido como el Wu Zixu?

El nombre de Shen Xu para referirse a Wu Zixu sí que se conocía, pues se había encontrado en otros textos, como alguno de los de la antología La gloria de Yue, traducidos por Olivia Milburn. En La gloria de Yue se incluye una traducción del Gai Lu.

Autores como Cao Jinyan no lo dudan y creen que el Gai lu es el Wu Zixu, o al menos un capítulo de ese libro. Olivia Milburn, que ha traducido el Gai lu, cree que esa hipótesis no resulta verosímil, ya que en el Gai lu no se menciona al consejero Wu Zixu con este nombre, sino por el de Shen Xu. No parece tener mucho sentido que en un libro que se llamara Wu Zixu, se mencione al personaje que le da título con otro nombre.

Más allá de las hipótesis acerca del libro y su autor, ¿qué nos revela el Gai lu, en especial en asuntos militares?

 

El Gai Lu y El arte de la guerra

Autores como Chen Yu y Yann Couderc sostienen que existen grandes similitudes entre el Gai lu y tratados militares antiguos, entre ellos El arte de la guerra de Sunzi [4] Chen Yu 陳宇, Wu Zixu bingfa pojie 伍子胥兵法破解 (Beijing: Junshi kexue, 2003).. Más allá de las similitudes que señalan Chen Yu (que no hemos podido consultar) y Yann Couderc, es cierto que se pueden observar bastantes coincidencias llamativas entre el Gai lu y El arte de la guerra:

  • Los dos textos comienzan enumerando los factores para emprender la guerra o para conservar el dominio conseguido.
  • Los dos mencionan, y además en el mismo orden, el dao del gobernante, el Cielo, la Tierra y el mando o manejo de las tropas como factores que debe conocer y dominar el estratega.
  • También se discute de manera similar en los dos libros acerca de las posiciones ventajosas y perjudiciales en las montañas y en los ríos.

Un ejemplo de estas coincidencias:

«Conquistar mediante las armas es el método que solo se debe emplear como último recurso [5] (Wu Zixu, traducido por Yann Couderc)

«En la guerra lo mejor es destruir los planes del enemigo; lo siguiente, destruir sus alianzas; lo siguiente, destruir sus ejércitos; lo peor, asediar ciudades»[6]El arte de la guerra, traducción de Ana Aranda vasserot

Las mayores diferencias entre El arte de la guerra y el Gai lu están en que mientras que en el libro de Sunzi no encontramos incursiones en terrenos místicos y tan solo se descubren menciones retóricas a las cinco fases (agua, madera, fuego, tierra y metal) o al paso de las estaciones, en el Gai lu, parece confiarse en correlaciones astrales que podrían llevar a la victoria, más allá de los calculos militares. Del mismo modo, mientras que en en El arte de la guerra se ofrecen consejos muy concretos acerca de observar el humo o el polvo en el campamento enemigo, porque eso puede indicarnos que hay movimientos de tropas o que el campamento está siendo establecido o abandonado, en el Gai Lu se recomienda observar las auras y el polvo.

Yann Couderc, que sigue la traducción francesa del Gai lu de Jian Zhu, comandante militar chino, considera sin dudarlo que el Gai lu es el Wu Zixu y que el consejero Wu Zixu fue también el inspirador de El arte de la guerra y propone la siguiente hipótesis:

1. Wu Zixu da su tratado militar al rey Helü. 
2. Helü lee el tratado y nombra Primer Ministro a Wu Zixu en -512.

3. Wu Zixu recomienda a Helü que contrate al estratega Sun Wu.

4. Sun Wu (que es Sunzi) muestra una primera versión de su tratado al rey Helü.
5. Helü nombra general a Sun Wu. 
6. Tras retirarse de la vida social, Sun Wu elabora la versión definitiva de El arte de la guerra, a la que incorpora su experiencia militar.

Couderc añade que existe una versión de la historia según la cual Sun Wu y Wu Zixu estudiaron juntos la estrategia militar cuando eran ermitaños en el lago Taihu, antes de trabajar para el rey Helü de Wu. Es una versión que no he podido consultar.

 

El Gai Lu, el Yin y el Yang y la escuela de Huan Lao

La cercanía con ciertas ideas que podríamos llamar místicas han hecho pensar a los historiadores que el Gai lu podría pertenecer a los textos militares del Yin y Yang, que podrían estar relacionados con la escuela de Huang Lao, una corriente filosófica, política y militar que combinaba las enseñanzas del mítico emperador Huangdi y las del sabio taoísta Laozi.

Se conocen varios libros de la escuela militarista del Yin y el Yang, o al menos fragmentos encontrados en tumbas como la de Yinqueshan, como el Xingde o el Yanshi wusheng (El ciclo de Cinco Fases del Señor Yan) o el Di Dian, en el que se recoge una conversación entre el emperador Huangdi y su consejero Di Dian.

En el Gai lu, en definitiva, las observaciones prácticas se mezclan con consejos ambiguos y abstractos de difícil interpretación. En eso coincide con otro de los libros incluidos en La gloria de Yue, el conocido como Las nueve auras.

Ahora bien, cuando desciende al detalle concreto, el Gai lu se ocupa de un aspecto que hasta cierto punto ha sido descuidado en El arte de la guerra: el factor Cielo, es decir la climatología, pues mientras que Sunzi no presta demasiada atención a la climatología en el Gai lu sí se indican momentos propicios para atacar según la condición del sol, del cielo, o si llueve.

Yann Couderc considera, como hemos visto antes, que el Wu Zixu (que es en su opinión el Gai lu) es anterior a El arte de la guerra de Sunzi. Couderc considera que el tratado de Wu Zixu es claramente más antiguo, “menos moderno” que el de Sunzi, y que podría ser un proto-Arte de la guerra.

Sin embargo, también podría suceder al contrario: el Helü/Wu Zixu o Gai lu podría ser posterior a El arte de la guerra, porque se da la paradoja de que el primitivismo, la mística o la superstición se pueden encontrar tanto antes como después de las épocas en las que se supone que vivió Sunzi. A menudo, el pensamiento avanza y retrocede y lo más reciente no siempre es lo más racional. Tras la unificación de China, es decir, décadas después de la época en la que quizá se escribió El arte de la guerra, el pensamiento mágico volvió a extenderse por China y muchas de las ideas racionales y razonables que se expresan en El arte de la guerra fueron sustituidas por todo tipo de apelaciones místicas.


Bibliografía:

Yann Couderc: Wu Zixu, inspirateur de Sun Tzu
Olivia Milburn: “Gai Lu: A Translation and Commentary on a Yin -Yang Military Text Excavated from Tomb M247, Zhangjiashan”.
Olivia Milburn: The glory of Yue (incluye una traducción del Gai lu)
Ana Aranda Vasserot: El arte de la guerra de Sunzi (traducción incluida en El arte del engaño)


El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas

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Las fintas de Bruce Lee

Bruce Lee asegura que su arte de combate se basa por entero en estratagemas y engaños:

«Se puede decir que el Jeet Kune Do está construido sobre las fintas y las acciones conectadas con ellas».

El valor de las fintas no consiste solo en engañar al adversario y hacerle reaccionar de manera instintiva, por ejemplo, obligando a que se proteja, sino que tiene un valor añadido. Mediante la finta, que siempre debe parecer un ataque real, hacemos que el contrario se vea obligado a reaccionar y que, al detener nuestro ataque, descuide otro flanco, o bien que nos revele información acerca de las características de su fuerza o su manera de luchar:

«Una finta es una acometida engañosa que invita y tienta al contrario a que haga una parada apropiada.

 

Tanto Bruce Lee como el japonés Miyamoto Musashi explican que la finta puede emplearse como un disfraz que antecede a un empuje posterior. Al lanzar el golpe, reservamos parte de la energía de que disponemos, para emplearla una vez que el enemigo se ha visto obligado a detener nuestra finta, creyendo que ahí acaba nuestro ataque.

También el maestro Sun (Sunzi o Sun Tzu) recomienda en El arte de la guerra lanzar falsos ataques y fintas para conocer mejor al rival:

«Provoco al enemigo para descubrir su manera de actuar; hago que muestre su forma para descubrir dónde es más vulnerable. Lo pongo a prueba para descubrir la fortaleza y debilidad de su situación». (El arte de la guerra, traducción de Ana Aranda Vasserot)

En El arte del engaño se cuentan algunas tácticas relacionadas con fintas, despistes y demostraciones, como los que empleó Sun Bin, al que algunos consideran el verdadero autor de El arte de la guerra o un descendiente del maestro Sun. En una ocasión, para lograr que su rival Pang Juan se confiara, Sun Bin sacrificó varias ciudades, dejando que fueran conquistadas fácilmente.

El experto en estrategia Barton Whaley dice que las fintas son un elemento básico en la estrategia, pero que se pueden distinguir tres tipos diferentes. El primero son las fintas propiamente dichas, que fingen un golpe para descubrir cómo reacciona el enemigo o cual es su situación real. 

El segundo tipo es el despiste o distracción, que puede consistir en desplazar unidades de nuestro ejército para que distraigan la atención del enemigo, como se recomienda en una de Las 36 estratagemas chinas:

«Repara la carretera y preséntate en Chencang».
(Estratagema nº8)

La explicación de esta estratagema tiene que ver con Liu Bang, que acabaría fundando la dinastía quizá más prestigiosa de China. Liu Bang,
fingió reconstruir unas carreteras, dañadas por la reciente guerra contra la dinastía Qin, lo que hizo que su rival por el poder absoluto se confiara, pensando que aquellas obras tan importantes retrasarían cualquier aventura militar. Sin embargo,  Liu Bang desplazó en secreto tropas a la ciudad de Chencang y desde allí y por sorpresa comenzó su campaña para reunificar todo el territorio, lo que consiguió en -202, dando comienzo al Imperio Han bajo el nombre de Emperador Gaozu

La tercera clase de finta a la que se refiere Whaley es la demostración, que lleva al extremo la maniobra de engaño o distracción, porque se trata de dar un verdadero golpe, para así distraer la atención del objetivo que en realidad nos interesa. Por ejemplo, si atacamos con una de nuestras unidades para atraer la atención del enemigo hacia un punto que nos resulta indiferente desde el punto de vista estratégico. Ahora bien, para ser  realmente efectiva, la demostración consiste casi siempre en un choque real y, por lo tanto, implica un sacrificio de tropas. Esta es una de las razones por las que Sunzi recomienda al general ser impenetrable para sus soldados e incluso para sus oficiales, pues, como es obvio, a nadie le gusta ser enviado como a un animal al matadero. Este es uno más de los aspectos siniestros de algunas estrategias: el desprecio por la vida humana, la de los soldados.


Las traducciones íntegras de El arte de la guerra y de Las 36 estratagemas chinas, ambas realizadas por Ana Aranda Vasserot, se incluyen en El arte del engaño.

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Tucídides y la defensa de Pericles

|| Tucídides y la democracia /27

Das Zeitalter des Perikles / Foltz Perikles, athen. Politiker, um 500 v. Chr. - 429 v.Chr. - "Das Zeitalter des Perikles". - (Versammlung der bedeutendsten Kuenstler, Dichter und Philosophen der Zeit). Druck, spaetere Kolorierung, nach dem Gemaelde, 1852 ff., von Philipp vonDas Zeitalter des Perikles / Foltz Perikles, athen. Politiker, um 500 v. Chr. - 429 v.Chr. - "Das Zeitalter des Perikles". - (Versammlung der bedeutendsten Kuenstler, Dichter und Philosophen der Zeit). Druck, spaetere Kolorierung, nach dem Gemaelde, 1852 ff., von Philipp von Foltz (1805-1877). -------------------- F: -------------------- L'epoque de Pericles / Foltz Pericles, homme politique athenien, vers 500 av. J.-C. - 429 av. J.-C. - "Das Zeitalter des Perikles" (L'epoque de Pericles). - (Rassemblement des artistes, poetes et philosophes les plus connus de l'epoque). Impr., coloriee post., d'ap. le tableau, 1852, de Philipp von Foltz (1805-1877). (1805-1877). -------------------- F: -------------------- L'epoque de Pericles / Foltz Pericles, homme politique athenien, vers 500 av. J.-C. - 429 av. J.-C. - "Das Zeitalter des Perikles" (L'epoque de Pericles). - (Rassemblement des artistes, poetes et philosophes les plus connus de l'epoque). Impr., coloriee post., d'ap. le tableau, 1852, de Philipp von Foltz (1805-1877).

La época de Pericles, de Phillipp von Foltz

Acerca de la verosimilitud de los discursos que recoge Tucídides en La guerra del Peloponeso, hemos visto que existen tres hipótesis fundamentales: en primer lugar, que son reproducciones fieles de discursos que tuvieron lugar; en segundo lugar, que no tienen ninguna fiabilidad histórica y que fueron inventados por Tucídiodes (o fuertemente deformados) con la intención de trasmitirnos susus ideas acerca de la guerra o acerca de los pesonajes protagonistas; en tercer lugar, una posición intermedia entre las dos primeras: ni son completamente fieles ni son completamente falsos.

Ya aceptemos la primera, segunda o tercera opción, los discursos por sí solos no pueden revelarnos las simpatías o antipatías de Tucídides: si son fieles a lo que se dijo, él ejerció como cronista; si no son fieles, eso indica una intención manipuladora, pero no siempre está claro el propósito exacto. Probablemente, donde hay que buscar la opinión personal de Tucídides es en los pequeños comentarios con los que salpica su obra, en los que define a éste o a aquél personaje, manifestando, en tales casos, su opinión personal con bastante claridad. Parece de importancia especial en este sentido el capítulo X del Libro I, que consiste por entero en una defensa de Pericles.

Podemos también preguntarnos por qué Tucídides consideró necesario en este caso, que es único en toda la obra (la defensa de Nicias ocupa sólo unas líneas), defender la figura de Pericles, anticipando también acontecimientos muy lejanos y anunciando ni más ni menos que la derrota final de Atenas.

Una vez que tenemos en cuenta estos pasajes, en los que parecen revelarse las antipatías y las simpatías de Tucídides resultará posible examinar los discursos teniendo en cuenta lo que el historiador opina de quien habla. Naturalmente, todo ello con las debidas precauciones.

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA


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Las simpatías de Tucídides

|| Tucídides y la democracia /26

Seguimos con la objetividad discutida de Tucídes y repito una cita de Alsina:

“Es por ese camino, a través de las simpatías o antipatías que Tucídides haya podido reflejar en su obra que, desde hace algún tiempo, ha empezado a surgir una corriente interpretativa que rebaja en gran manera la tan cacareada imparcialidad del historiador Tucídides” .

La pregunta que nos podemos hacer es: ¿Cómo detectar estas simpatías y antipatías? Hablaré de eso más adelante (en “Lectura de Tucídides”), pero vale la pena insistir en que la verdadera opinión de Tucídides no podemos obtenerla a través de la lectura de los discursos que él mismo recoge de sus coetáneos. No podemos leer los discursos y considerar que cuando alguien razona mal eso revela que Tucídides quiere rebajarlo a nuestros ojos. Serí demasiado sencillo. Yo creo que podemos plantearnos tres posibles calificaciones de los discursos tucidídeos:

1. Son reproducciones exactas, en sus detalles esenciales, de lo que dijeron los diversos personajes. En tal caso, si alguien razona mal o razona bien no es culpa de Tucídides sino del que habla.

 

2. Los discursos son un instrumento mediante el que Tucídides nos trasmite sus ideas, para bien o para mal, a favor o en contra, acerca de quien habla.

Este segundo supuesto, que, como se ha visto, resulta más plausible que el primero, plantea varios problemas, aunque no carece de interés: hay que interpretar, desentrañar, descifrar, la cuarta parte de la obra tucidídea. Y hay que hacerlo, además, no partiendo de nuestro punto de vista, sino del punto de vista de Tucídides, que es precisamente lo que se está buscando. Si yo transcribo un discurso de Hitler, lo haré con la intención más o menos explícita de que mis lectores constaten por sí mismos lo irracional del discurso, pero si ese discurso se transcribe en un panfleto nazi, la intención será justamente la contraria. Del mismo modo, nos puede parecer que los discursos del espartano Brásidas son débiles porque son antidemocráticos, pero ello es fundamentalmente porque nosotros somos demócratas. Para un oligarca, sus argumentos podrían ser muy convincentes y los de Pericles, o los de Cleón, meros tópicos. Basta leer a Platón para ver qué fácil es que ideas que a nosotros nos parecen muy convincentes en realidad son expuestas para luego refutarlas.

Con todo esto no quiero defender un relativismo que impide la discusión racional, supeditando todo a la ideología personal. Sólo pretendo decir que hay que ser muy cauto al sostener que las razones de este o de aquel político griego le parecían tan buenas y convincentes a Tucídides como nos lo parecen a nosotros.

3. La tercera posibilidad es una solución intermedia entre (1) y (2): los discursos no son reproducciones literales, pero tampoco son meras invenciones de Tucídides. Algunos serán más fieles, por ejemplo los de Pericles, que serían recordados por muchos atenienses cuando Tucídides publicó su obra. Otros serán reconstrucciones a través de testimonios diversos y otros, tal vez, serán puramente inventados: Tucídides como él mismo confiesa, a veces no dice lo que tal personaje dijo, sino lo que debió decir (se non e vero, e ben trovato). El músico Berliotz, por cierto, opinaba de manera semejante a Tucídides. Decía en sus memorias que a lo mejor en alguna ocasión contaba las cosas no como habían sucedido, sino como deberían haber sucedido.

 

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018]

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La objetividad imposible

|| Tucídides y la democracia /25

Mi conclusión, tras examinar los peligros a los que se expone un historiador, incluso cuando intenta ser por completo objetivo, es que creo que es cierto que se debe intentar ser objetivo, o imparcial, o ecuánime, al emprender una investigación histórica, pero que también conviene animar al lector a buscar y conocer otras interpretaciones divergentes, complementarias o contrarias. Naturalmente, esta es una recomendación que no tiene por qué hacer un historiador en cada una de sus obras, pero que sí debe tener siempre presente quien consulte o emplee materiales históricos: la visión de una época determinada puede resultar muy convincente tras la lectura de un libro de historia, pero no debe olvidarse que si esa visión resulta convincente es en gran parte a causa de los datos seleccionados por el autor. Como dice H.I.Marrou: “La historia es inseparable del historiador”.

Las dificultades, como es obvio, aumentan, cuando solo hay un historiador para una época determinada, como en gran parte sucede con Tucídides:

“Aunque el historiador de la actualidad experimente cierta irritación, para ese período no hay otra historia posible más que la suya [7] Denis Roussel, Los historiadores griegos.

Para terminar con el tema de la objetividad, dice Karl Popper:

“Quisiera aprovechar una vez más para decir que, por mi parte, no pretendo ser imparcial en mis juicios históricos. Claro está que hago lo posible para verificar los hechos de mayor peso, pero soy consciente de que mis apreciaciones (como las de todo el mundo) deben depender enteramente de mi punto de vista. Y si bien reconozco lo anterior, creo firmemente en dicho punto de vista, es decir, en la corrección de dichas apreciaciones [8] Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018]

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Datos, datos… y datos

|| Tucídides y la democracia /24

Me preguntaba en ¿Existen los datos? acerca de en qué debe consistir la objetividad para un historiador.

La respuesta es, creo, que, esa objetividad no consiste en que el historiador no opine sobre lo que está contando, pero sí, en primer lugar, en que el historiador distinga claramente sus opiniones de lo que pretende ser una exposición neutra de acciones, que no intente disfrazar sus ideas e intereses bajo supuestos relatos desideologizados. Es obvio que no podrá lograrlo por completo, pero que al menos eso suceda de un modo más o menos inconsciente o involuntaria. También se le debe exigir que los datos que utilice sean rigurosos, ciertos y comprobables dentro de lo posible, los ordene como los ordene. Aquí podríamos distinguir también entre varios tipos de ‘datos’, que plantean problemas diferentes:

__“Murieron 5373 argivos”

__“Los egipcios ganaron la batalla de Kadesh”.

__“La guerra era inevitable”.

Cada una de las afirmaciones anteriores plantea problemas diferentes en relación con la objetividad del historiador. El primer dato es el de un contable, el de alguien que ha contado los cadáveres o las tumbas. Es un dato que en algunas guerras puede ser completamente fiable: basta con mirar cuántos soldados partieron y cuantos regresaron. Pero no hay que pensar que los números son siempre comprobables: a día de hoy resulta difícil saber la cantidad real de muertos durante los regímenes comunistas de la Unión Soviética o China y las dudas afectan no a decenas o miles de personas, sino a millones. Recientemente se ha llegado a pensar que las cifras de la población china actual están infladas y que la India tiene más habitantes que China. La razón sería que, al hinchar las cifras, se disminuyó al mismo tiempo el de los muertos durante el Gran Salto Adelante y la Revolución cultural maoísta, que por arte de magia pudo reducirse en millones. Hasta hace pocos años, e incluso ahora en gran medida, la manera de saber cuántos millones de personas habían muerto consistía en comparar las cifras de población antes y después de aquellos años espantosos.

En cuanto a la segunda afirmación: “Los egipcios ganaron la batalla de Kadesh”, esa afirmación está sometida a dudas de otro tipo. Según los egipcios, ellos ganaron. Según los hititas, la victoria fue suya, Pero incluso aunque el ejército egipcio hubiera sido derrotado en la batalla, se sospecha que los hititas quedaron los suficientemente debilitados como para no proseguir su avance contra Egipto o sus aliados, aunque también se puede sugerir que los egipciós, vencieran o perdieran, fueron los que quedaron detenidos en su expansión por Asia Menor y el mundo micénico, por ejemplo.

Finalmente, la tercera afirmación (“La guerra era inevitable”) es ya una cuestión sometida a tremendas incertidumbres y subjetividades. Así, por ejemplo, la manera en la que se presenta como inevitable la propia guerra del Peloponeso que nos trasmite Tucídides esta sometida a fuerte discusión.

En consecuencia, no todos los datos históricos son iguales ni es siempre fácil distinguir entre datos y opiniones.

Pues bien, a pesar de todas las precauciones anteriores, a pesar del esfuerzo del historiador por ser objetivo y desinteresado, creo que la subjetividad, en mayor o menor grado, siempre será inevitable.

 

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018]

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¿Existen los datos?

|| Tucídides y la democracia /23

Se ha dicho  a menudo que en la historia no existen datos puros. Raymond Aron ha llegado a decir que “la teoría precede a la historia”. Ahora bien, si no existen datos, ¿qué son esas cosas con las que trabaja el historiador? ¿Se trata tan solo de criaturas nacidas de su imaginación?

¿Cómo es posible comparar teorías rivales en cualquier ciencia, entre ellas la historia, si no existen datos exteriores que puedan hacernos decidir cuál de ellas es la correcta? Algunos opinan que, efectivamente, las teorías científicas rivales son inconmensurables: no se puede elegir entre dos teorías basándose en motivos empíricos, ni siquiera racionales, nos dicen. La experiencia no puede decidir ndaa, debido a que la misma experiencia, la misma noción de dato se define de distinta manera por una y otra teoría. Thomas Khun, o al menos muchos de sus seguidores, asegura que la física de Aristóteles y la que nace con Galileo, Descartes o Newton son inconmensurables.

Las anteriores son algunas de las conclusiones a las que ha llegado la crítica antipositivista que, en mi opinión, a pesar de sus aciertos, ha llegado demasiado lejos, precipitándose en lo que yo llamo ‘apriorismo teórico’, es decir, llevar a su extremo la afirmación de que la teoría precede a los hechos. Pero no voy a discutir aquí este tema, ya que me parece  muy complejo, y porque también creo que antes de poder establecer un diálogo serio acerca de esos asuntos tú deberías, Marcos, leer unas cuantas cosas de filosofía de la ciencia. Sí que recuerdo que en alguna ocasión te he comentado que considero el apriorismo teórico como una concepción que es o bien trivialmente cierta, o bien falsa.

Se podría intentar una explicación apresurada de lo que acabo de decir. Es obvio que nuestro sistema perceptivo y nuestro procesador de información (nuestro cerebro) están adaptados para percibir un tipo de hechos, por lo que, por ejemplo, no podemos captar la luz ultavioleta, que sí perciben las abejas. ¿Quiere eso decir que las abejas perciben subjetivamente el mundo? En cierto sentido sí. ¿Quiere eso decir que lo que provoca esa percepción en las abejas no existe? En este caso, no sucede así. Hay algo que provoca esa percepción en las abejas y que a nosotros se nos escapa, pero ese algo existe y es convenientemente traducido por el sistema perceptual de las abejas. Como es obvio, lo que ve la abeja no es la cosa en sí que provoca esa visión, por supuesto, pero eso no hace inexistente ni la cosa en sí (que Kant y otros llamarían noúmeno) ni hace imposible que nosotros, a pesar de ser incapaces de percibir como las abejas, sí podamos saber más o menos, gracias a diferents herramientas qué está viendo la abeja e incluso provocarle ciertas sensaciones manipulando la luz ultravioleta. Lo cierto es que nosotros no vemos directamente esa luz ultravioleta, pero que sí podemos traducir a nuestra propia percepción y llamarla, por ejemplo, longitud de onda que se mueve entre 380 y 10 nanómetros.

Incluso, como se ha comprobado en laboratorio, podemos instruir a una abeja (en este caso mediante un robot-abeja que baila) para que se dirija  aun lugar determinado, y sería absurdo afirmar que nuestras subjetividades basadas sobre hechos y datos inexistentes coinciden de manera tan perfecta con subjetividades de la abeja también basadas en hechos inexistentes. Como diría William James: el hecho de que podamos predecir cómo cambiar el comportamiento de la abeja y llevarlo a cabo es una prueba de que, se llame como se llame, ahí fuera existe algo a lo que podemos acceder tanto la abeja como nosotros. Como este es un tema complejo, lo dejo aquí, aunque es muy posible que pronto veamos que todo esto tiene relación con el arte del historiador y con los llamados hechos históricos.

En cuanto a la objetividad, yo creo que, en efecto, y aunque puede parecer contradictorio con algunos argumentos que he dado en otros capítulos, sí hay que intentar alcanzarla. Pero también creo que casi siempre se trata de una cuestión de grados, es decir, de un asunto comparativo: se puede hablar, por ejemplo, de un libro determinado como más objetivo que otro.

Pero, ¿en qué consiste entonces la objetividad del historiador?

 

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

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Continuará…


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El arte del historiador

|| Tucídides y la democracia /22

Si descartamos la idea positivista que considera la historia como una mera acumulación de ‘hechos’, podemos preguntarnos en qué consiste entonces la tarea del historiador, puesto que ya no basta con acumular hechos históricos

Mommsen dice que el historiador pertenece más a la categoría de los artistas que a la de los eruditos y Alsina comparte esta opinión, aunque con algunos matices, e incluso recurre a ella para justificar la ‘recreación’ de los discursos tucidídeos, “hoy casi unánimemente aceptada”, que mnostraría su arte como historiador.

¿Es, entonces, el historiador un artista?

Mi opinión, como ya te he comentado, Marcos, es que el historiador ha de ser un científico y un erudito en su investigación y un artista en la exposición de sus resultados. Iván, al que no le gusta en este caso la expresión ‘artista’, prefiere sustituirla, con un sentido casi equivalente, por ‘literato’. Podríamos decir entonces: la exposición histórica ha de ser literatura.

En último término, sin embargo, considero que esta es una discusión semántica y que un historiador podría cumplir diversas funciones, unas más o menos literarias, amenas o artísticas que las otras.

Así, recopilar las Constituciones de más de cien ciudades griegas es una tarea digna de un buen historiador (a pesar de que Aristóteles despreciaba, según creo, la historia) y utilísima, lo mismo que lo es desenterrar, ordenar y conservar los restos materiales de una cultura. Haciendo todas estas cosas, se participa en labores históricas de una manera u otra.

Una vez dicho lo anterior, se puede dar la circunstancia de que un gran arqueólogo sea también un gran historiador, en el sentido literario del término, o puede no darse tal circunstancia: ello no hará menos valioso su trabajo como arqueólogo.

De todos modos, ya sabes, querido Marcos, que después de haber escrito la Defensa de la historia contra la común opinión, pienso escribir un ataque a algunas ideas de la Nueva Arqueología, pero sin retractarme de lo que digo en la Defensa de la historia.


2017: no estoy seguro de si he llegado a escribir o no Defensa de la historia contra la común opinión, título que está sin duda inspirado en Defensa de Epicuro conra la común opinión de Francisco de Quevedo. Tampoco recuerdo exactamente ahora cuáles fueron o iban a ser las líneas maestras de mi defensa, aunque supongo que iría por algo relacionado con una defensa de la subjetividad como algo inevitable. En cuanto al ataque a la nueva arqueología, tampoco lo tengo del todo claro ahora, pero tal vez me refería a la atención excesiva a las minucias, que sin duda son interesantes, pero que alejan a los arqueólogos de conocimientos, búsquedas e indagaciones fascinantes.

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

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