¿Quién inventó la historia?

|| Tucídides y la democracia /9

Parece claro que fue el historiador jonio Herodoto el que acuñó el nombre de «Historia», que significa Investigación. El propósito de Heródoto al escribir sus libros era:

«Que con el tiempo no queden en el olvido los hechos humanos y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros, y en especial el motivo de su mutuo enfrentamiento, no queden sin realce».

Tucídides que cuenta con la indudable ventaja de todos los que nacen más tarde, es decir, que conoce la obra de Herodoto y que incluso «la había estudiado a fondo», según dice Momigliano, se propone narrar:

«La guerra que tuvieron entre sí los peloponesios y atenienses, comenzando desde el principio de ella, por creer que fue la mayor y más digna de ser escrita», lo que que es un buen propósito pero también una muestra de provincianismo, o de ignorancia.

En este primer capítulo, Tucídides no ahorra palabras de desdén hacia los historiadores que le han precedido, aludiendo al parecer, pues no lo menciona por su nombre, a Herodoto. También habla mal de Helánico de Rodas, al que sí menciona por su nombre. Se considera, por ejemplo, que esto va dirigido contra Herodoto:

«Mas aquellos que quisieran saber la verdad de las cosas pasadas y por ellas juzgar y saber otras tales y semejantes que podrán suceder en adelante, hallarán útil y provechosa mi historia; porque mi intención no es componer una farsa o comedia que dé placer por un rato, sino una historia provechosa que dure para siempre».

Habrá que recordar esta cita cuando se hable de la relación entre Maquiavelo y Tucídides  pero volvamos a Herodoto antes, para señalar varios asuntos antes de poder establecer una comparación justa entre el jonio y el ateniense.

Continuará…

 


TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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El libro en blanco

libro en blanco

Los libros que contiene esta biblioteca imposible no son fáciles de encontrar. Muchos hay que buscarlos entre los fragmentos de libros desaparecidos, algunos en el interior de otros libros y otros en librerías y bibliotecas que nadie visita. También se pueden encontrar en un lugar en el que resulta difícil pensar que pueda esconderse un libro: el interior de nuestro cerebro. Muchos investigadores y filósofos están de acuerdo en la existencia de ese libro, pero discuten acerca de si sus páginas están en blanco o si hay algo escrito en ellas.

El cerebro humano es una de las estructuras más extrañas que se conocen; para intentar entender cómo funciona, se ha comparado con las cosas más complejas que han existido en cada época. Charles Sherrington propuso la metáfora del telar:

“El cerebro puede compararse a un telar mágico en el que millones de centelleantes lanzaderas entretejen una  evanescente estructura.”

Otras metáforas han sido la centralita de teléfonos, un hormiguero en constante movimiento, el universo con sus galaxias, estrellas y planetas o el comienzo de La pasión según San Mateo, de Bach, que me parece una de las más acertadas, como se puede comprobar a continuación.

[tube]http://www.youtube.com/watch?v=KU1S32AQ3Uo[/tube]

Coros y Orquesta Bach de Munich dirigidos por Karl Richter

En los últimos años, la comparación habitual para el cerebro son los ordenadores y la red mundial de Internet.

Aristoteles-Acerca del alma

No ha sido muy frecuente comparar el cerebro con un libro, a pesar de que la vida humana sí ha sido equiparada con una obra de teatro (teatrum mundi). Pero lo más semejante a una analogía entre un libro y el cerebro tal vez sea lo que Aristóteles dijo en Acerca del alma: que la mente de un recién nacido es una tabula rasa, una tablilla de madera raspada o de cera tierna, que debe ser escrita mediante el aprendizaje, la percepción y la experiencia del mundo externo.

El filósofo persa Avicena (Ibn Sina) recuperó la metáfora en su cuento El filósofo autodidacto, en el que un niño que vive solo en una isla se educa a sí mismo, pero fue Abentofail (Ibn Tufayl) quien popularizó la idea en Oriente y Occidente con una novela en la que conservó el título de su predecesor: El filósofo autodidacto. También Baltasar Gracián contó la misma historia en El criticón, al parecer inspirándose en una fuente común a todos ellos: Historia del ídolo y del rey y de su hija.

Pero quien estableció definitivamente la metáfora de la mente como un libro en blanco cuyas páginas se escriben con la experiencia fue John Locke:

«Supongamos entonces que la mente sea, como decimos, papel blanco, ausente de todos los símbolos y de todas las ideas; ¿cómo es que se llena de ellos? ¿De dónde le llega esa inmensa colección que la activa e ilimitada inclinación humana ha pintado en ella con una variedad casi infinita? A esto contesto con una sola palabra: de la experiencia, en la que se funda todo nuestro conocimiento y de la que, en última instancia, todo él se deriva.»

  La mente como un libro en blanco era la metáfora favorita del empirismo, que ahora es llamado empirismo ingenuo, ya que la idea de la tabula rasa no goza de muy buena prensa y ha sido contestada a menudo, desde Descartes y sus ideas innatas (que son anteriores a Locke) hasta Noam Chomsky, Gary Marcus o Steven Pinker.

 

Contra la tablilla en blanco

El lingüista Noam Chomsky niega que el cerebro sea una tablilla en blanco y afirma que, ya desde nuestro nacimiento, contiene una gramática innata. Se trataría de una Gramática Universal, común a todos los idiomas conocidos. Muchos lingüistas intentan averiguar cuáles son las reglas escritas en ese volumen de gramática, suponemos que no muy extenso, que contiene nuestra mente.

Steven-Pinker - la tabla rasa

Hace pocos años, Steven Pinker causó mucho revuelo al asegurar que  nuestro cerebro no sólo contiene la Gramática Universal de Chomsky, sino también un completo Manual de Instrucciones. El problema, dice Pinker, es que no todos los cerebros almacenan los mismos manuales de instrucciones. De este modo se ha reavivado la periódica polémica entre los partidarios del determinismo genético (somos esclavos de nuestra biología) y los del determinismo cultural (somos esclavos de la educación).

Gary-Marcus

En una posición intermedia, el neurólogo Gary Marcus ha puesto en cuestión en su libro Kluge (Apaño) que la tablilla mental esté tan vacía como pensaba Aristóteles:

«La organización inicial del cerebro no depende tanto de la experiencia. La naturaleza provee el primer borrador, el cual es revisado luego por la experiencia.”

He dicho que la de Marcus es una posición intermedia porque él no dice que estemos determinados por ese borrador (First Draft) que albergamos en nuestro cerebro: Marcus aclara que innato no significa que no se pueda modificar, sino que existe al nacer.

Jonathan-Haidt

Jonathan Haidt

Por su parte, el psicólogo Jonathan Haidt ha intentado averiguar qué palabras o que conceptos contiene ese borrador de la mente, y ha sugerido que allí están escritos los cinco pilares de la moralidad: “daño y cuidado”, “igualdad y reciprocidad”, “lealtad de grupo”, autoridad y respeto” y “pureza y santidad”.

Esos cinco conceptos explican en gran parte, según Haidt, las semejanzas y las diferencias entre el pensamiento conservador y el progresista: todos los siguen, aunque no los interpretan del mismo modo. Así,  los conservadores aplican la pureza y santidad a la virginidad o a la religión, mientras que los progresistas aplican la santidad al planeta Tierra y la pureza a los alimentos llamados naturales o ecológicos.

El problema es averiguar cómo están escritos esos conceptos en nuestro cerebro. Resulta difícil imaginar un libro con hojas, líneas y palabras alojado entre nuestras neuronas, pero también parece difícil creer que ideas complejas como las que menciona Haidt puedan almacenarse y trasmitirse de generación en generación sin que sean, en cierto modo, un lenguaje.

El-gen-egoista

Algunos buscan la respuesta a este enigma en una teoría propuesta por Richard Dawkins a finales del siglo pasado en El gen egoísta: los memes o unidades de trasmisión cultural.  Los memes son “replicadores” que hacen copias de sí mismos, como los genes. Una molécula de ADN puede replicarse y dar lugar a dos moléculas de ADN idénticas a la original y, del mismo modo, dice Dawkins, los memes perviven saltando de un cerebro a otro:

“Ejemplos de memes son: tonadas o sones, ideas, consignas, modas en cuanto a vestimenta, formas de fabricar vasijas o de construir arcos.”

La memética o ciencia de los memes es por el momento sólo una hipótesis más o menos ingeniosa, y son muchos sus detractores, casi tantos como sus adoradores. Pero, si lograra confirmarse, no estaríamos lejos de poder leer, por fin, alguno de esos libros que tal vez se alojan en nuestro cerebro.

 


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Los discursos

|| Tucídides y la democracia /18

El método de intercalar en su historia discursos que a menudo no han sido escuchados personalmente, como el propio Tucídides confiesa, pues debido a su exilio a partir de -424 no pudo presenciar la política interna ateniense, plantea muchos problemas de veracidad: 

¿Hasta que punto Tucídides expresa sus propias opiniones a través de los diversos oradores?

¿Qué fiabilidad merece la selección misma de los discursos?

Estas son dos cuestiones que han sido muy debatidas. Algunos autores, como Blass, Croiset, Rittelmeyer y Ross consideran anacrónicos, ya en su propia época, los discursos ‘transcritos’ por Tucídides. Estos autores opinan que los atenienses (y sobre todo los no atenienses) de aquella época no pronunciaban discursos a la manera tucididea, que parece más cercana, dicen, a una concepción teatral de la política, a la manera de Sófocles o Esquilo, que a la realidad.

Es curioso que el método de intercalar discursos también sea empleado en una de las primeras crónicas o anales chinos, el Zuozhuan (Comentario de Zuo o Tradición de Zuo), un libro quizá coetáneo de Tucídides. En este caso la verosimilitud es todavía más improbable, porque al autor chino le separan a veces cientos de años de los acontecimientos que relata. Lo curioso es que, quizá porque temía las posibles críticas acerca de su fiabilidad, el cronista aprovecha un hecho histórico para destacar el cuidado que los historiadores ponían en trasmitir con exactitud los acontecimientos. Sucede en la historia del asesinato del Duque Zhuang de Qi a manos de su primer ministro Cui Shi:

«Se nos dice que, en primer lugar un historiador y, más tarde, dos de sus hermanos, escribieron «Cui Shi mató a su señor», lo que les acarreó su propia ejecución, uno detrás de otro. Y entonces llegó otro hermano y escribió la misma frase en la crónica, e incluso se nos dice que había otra persona preparada para asegurarse de que el acontecimiento quedará registrado.»

Como dice Geoffrey Lloyd, no podemos saber si nos están contando un hecho histórico que muestra el rigor de los historiadores o si más bien están aprovechando ese hecho histórico para inventarse una anécdota que probaría el rigor de los historiadores, en general, como el propio autor del Zuozhuan.

[El Zuozhuan se ha considerado tradicionalmente un comentario a los áridos Anales de Primaveras y Otoños (Chunqiu) que Confucio quiso conservar a toda costa, aunque últimamente cobra fuerza la hipótesis de que se trata de un texto independiente. En la última traducción al inglés se ha preferido traducirlo como Tradición de Zuo y no Comentario de Zuo.

Continuará…


[El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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Libros que hablan

Musas

La literatura, dicen los expertos, empezó antes de que existieran los libros, a pesar de que tendemos a identificar ambos fenómenos. Pero primero hubo poesía oral, e incluso drama oral, si es cierta la teoría que sostiene que el teatro tiene su origen en celebraciones como las de los coribantes, las bacantes y las diversas fiestas populares más o menos carnavalescas.

Entonces las historias se contaban de viva voz. Las musas, nos dice Hesíodo en su Teogonía, hablaban para que todos las escucharan:

“En lo más alto del Helicón forman coros
Bellos, encantadores, y con los pies se mueven ligeras.
De allí, apartándose, por una espesa bruma cubiertas,
Avanzan nocturnas, bellísima voz emitiendo.”

En algún momento, las historias orales empezaron a escribirse y las grandes sagas o los poemas que los bardos memorizaban pudieron registrarse en todo tipo de soportes, desde los rollos de seda o de bambú chinos a los papiros egipcios, las piedras sumerias o el pergamino hecho de piel de animal.  Es entonces cuando, como dice Eric Havelock, la Musa aprendió a escribir.

Sin embargo, la llegada del libro no ha impedido que se sigan contando historias: cuentos para niños, leyendas populares, recuerdos de acontecimientos históricos. Sin embargo, esos relatos orales se convirtieron en un arte de segunda mano, que sólo adquirían el nombre de arte mayor cuando eran trasformados en libro, como cuando Elias Lönnrot recogió los cantos finlandeses en el Kalevala, o cuando McPherson reunió las leyendas de los escoceses en los Poemas de Ossian¸ de los que hablé en otro lugar de esta Biblioteca imposible.

También sucede que, de vez en cuando, algún viajero, asombrado por las historias de los cuentistas callejeros, las ha convertido en libro, como hizo Paul Bowles con la hermosa historia de Mohammed Mabret que tituló Amor por un puñado de pelos.

Pero, desde que Nikola Tesla inventó la radio, los relatos se pudieron escuchar a distancia, e incluso grabar y reproducir a voluntad.

En la época actual tenemos la posibilidad de leer los libros, pero también podemos escucharlos. No sólo si nos compramos los sonetos de Shakespeare leídos por John Gielgud, sino también con un lector electrónico de textos podemos convertir en sonido cualquier libro que tengamos en el ordenador. Debo confesar que a mí me gusta mucho escuchar libros, creo que casi más que leerlos, porque ahora los libros hablan, como aquella tablilla que el marido de Fedra encuentra en su cadáver en el Hipólito de Eurípides:

“¡La tablilla grita, grita cosas terribles! ¡Qué canto, qué canto he visto entonar por las líneas escritas!”

Algunas personas a las que he comentado mi afición me han dicho que un libro escuchado no puede compararse con uno leído. Supongo que esa opinión se debe al fetichismo del libro impreso, del que nos resulta muy difícil librarnos, confundiendo el continente con el contenido, como se decía hace tiempo, la forma con el fondo, el soporte con el mensaje si se prefiere.

Escuchar un libro no es una modernidad iletrada, sino que supone un regreso a la cultura oral (que ya se empezó a recuperar con la radio y con la televisión), a aquella poesía antigua de Grecia que Havelock llegó a comparar con una “grabación en directo”.  Lo ierto es que los libros escuchados no solo no son incompatibles con los impresos, sino que fueron durante siglos su verdadera expresión.En la época de Agustín de Hipona la costumbre era leer los libros en voz alta: todo el auditorio escuchaba a un lector que leía el libro para los demás.

Alberto Manguel cuenta, en Una historia de la lectura, que Agustín se quedó sorprendido al ver que Ambrosio de Milán leía sin pronunciar las palabras:

“Sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban.”

Eso muestra que la costumbre era leer en voz alta, escuchar el libro, incluso cuando uno estaba sólo.

Manguel también cuenta que los soldados de Alejandro Magno se quedaron asombrados cuando en una ocasión le vieron leer una carta de su madre «en silencio», y a mí me parece recordar que también Aristóteles llamaba la atención por su costumbre de leer “hacia dentro”.

Así que antes el fetichismo estaba ligado a la palabra hablada, en vez de, como sucede hoy, a la escrita. No sólo eso, como también recuerda Manguel, la célebre frase Scripta manent, verba volant («lo escrito permanece, las palabras vuelan») en la Antigüedad se interpretaba de manera diferente a la actual: no era un elogio de la palabra escrita, sino de la palabra pronunciada en voz alta, que puede volar, cambiar, transformarse, mientras que la palabra escrita permanecía silenciosa sobre la página, inmóvil, muerta:

“Enfrentado con un texto escrito, el lector tenía el deber de prestar su voz a las letras silenciosas, a las scripta, para permitirles convertirse en verba, palabras habladas, espíritu.”

Lorrain, «Apolo y las musas en el Helicón»

En el futuro, al menos en el que yo mismo imaginé en La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana, es previsible que no nos preocupe ni lo escrito ni lo oral, porque ni leeremos ni escucharemos los libros, sino que los degustaremos como más nos apetezca, tan sólo percibiéndolos en nuestra mente.

La musa, en ese momento, ya no habitará en las nevadas cumbres del Helicón, ni entre las apretadas páginas de un libro o en las ondas sonoras de un aparato reproductor, sino que vivirá dentro de nosotros, como aquella inspiración divina de la que hablaba el poeta Ion en el diálogo que Platón le dedicó:

“Me parece que los buenos poetas por una especie de predisposición divina expresan todo aquello que los dioses les comunican.”


 

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El Mahabharata y otras obras del tiempo

Podemos preguntarnos si nuestra opinión acerca de la calidad literaria de la Epopeya de Gilgamesh o incluso de la Ilíada cambiaría si descubriéramos que fueron escritas tres siglos antes, o un milenio después de la fecha que hoy aceptamos. Borges ya nos mostró en «Pierre Menard, autor del Quijote» lo diferente que era el Quijote escrito en el siglo XVII y escrito a principios del siglo XX.

Para mostrar que nuestro juicio puede ser más voluble de lo que creemos, quizá sirva de ayuda mencionar un caso reciente en el que una obra ha visto modificada o discutida su datación. Se trata del poema indio Mahabharata, que se puede traducir como El cantar de los barathas o la Gran India.

Se dice que esta obra colosal pudo llegar a ser escrita porque el sabio Vyasa se la dictó al dios elefante Ganesha, también llamado Ganapati. Se trata de una curiosa inversión del procedimiento habitual, en el que son los dioses los que dictan o inspiran a los humanos los textos sagrados. Ya vimos algunos ejemplos de la inspiración divina en otro estante de esta biblioteca imposible (Los libros de Dios), cuando Alah dictó el Corán a Mahoma. Yavhé también inspiró al menos a los profetas y las musas a Homero y a un simplón rápsoda. llamado Ión con el que dialoga Sócrates en un diálogo de Platón.
La curiosa circunstancia de que en la India sea un dios el que escribe las palabras del cantor Vyasa es una muestra más de la gran paradoja de la mitología india, según la cual los seres humanos son superiores a los dioses, ya están más cerca de la salvación que ellos. La razón es precisa y convincente: los dioses viven cegados por su poder y sumergidos en los placeres, por lo que no tienen demasiadas ganas de progresar espiritualmente ni de disolverse en la nada o en el nirvana.

La leyenda cuenta que Ganesha le puso una condición a Vyasa para tomar nota del inmenso Mahabharata: que no dejase nunca de recitar. Si Vyasa, por cualquier causa, interrumpía el dictado, él dejaría de escribir. Vyasa aceptó, pero puso su propia condición: que Ganesha sólo escribiese una vez que hubiera asimilado el significado de cada verso. De este modo, Vyasa pudo tomarse pequeños respiros al recitar pasajes de difícil interpretación, que se le atragantaban al pobre dios elefante. Aun así, se calcula que la tarea ocupó un mínimo de 56 horas seguidas, pues el Mahabharata es la segunda obra literaria más extensa de la humanidad, con 100 000 versos. La primera es la epopeya tibetana El cantar del rey Gesar, con un millón de versos.

Pues bien, hasta hace poco, se consideraba que el Mahabharata había sido escrito hacia el año -1200, aunque otros lo situaban en el -600. Algunos, llevados por otro de los rasgos más característicos de la India,  la exageración, lo situaban en el -5000.

Sin embargo, desde hace un tiempo, empieza a ganar adeptos una datación que cambia de manera radical nuestra percepción del texto: el Mahabharata pudo ser escrito hacia el año 200 antes de nuestra era.

Si esta fecha fuera correcta, estaríamos obligados a leer de nuevo el Mahabharata o, si se prefiere, a descubrir otro Mahabharata que coincide línea por línea con el anterior, pero que difiere en todo; del mismo modo que son diferentes el Quijote de Miguel de Cervantes y el de Pierre Menard, como ya dije al analizar el célebre artículo “Pierre Menard, autor del Quijote”, que Jorge Luis Borges escribió en recuerdo de su amigo Menard.

En el caso del Mahabharata, la diferencia entre el año -200 y cualquier otra fecha posterior al -330 haría que el poema indio dejase de ser el original y se convirtiera en una copia. ¿Copia u original respecto a qué? Respecto a la Ilíada.

En efecto, resulta que entre el Mahabharata de Vyasa y la Ilíada de Homero existen similitudes asombrosas, que han dado pie a todo tipo de teorías acerca de la influencia de la India en Grecia.

Cualquiera que haya leído las dos obras no tiene más remedio que concluir que es sin duda inverosímil pensar que ambos textos no estén relacionados de alguna manera. El problema es que, si el Mahabharata fue escrito hacia el año -200, entonces Alejandro Magno ya habría estado en la India, dejando tras él diversos reinos griegos, como el de Sagala o el de Bactria, en los que la literatura griega se difundió.

En su delicioso y documentadísimo Grecia en la India, el repertorio griego del Mahabharata, Fernando Wulff Alonso muestra las similitudes entre el largo poema indio y obras clásicas griegas, y sostiene que la influencia va de Grecia a la India, y no al contrario. La conclusión es que Vyasa, el dios elegfante Ganesha o quien fuese el autor del Mahabharata, habría intentado escribir una épica india “a la manera griega”.

La originalidad de Vyasa, ese aroma antiguo y lejano que, según las dataciones anteriores, Homero habría  en cierto modo imitado, se convertiría ahora en una copia imperfecta y quizá en exceso prolija de un poema conocido en todo el ámbito dominado por los griegos que sucedieron a Alejandro. En el peor de los casos, se podría llegar a pensar que Vyasa es sólo un vulgar imitador, recordando aquella célebre sentencia: el primero que comparó los labios de una mujer con una rosa era un genio, pero que quien lo hace hoy en día es un poeta mediocre, o un cursi.

El cambio de fechas también modificaría la interpretación de la leyenda que cuenta cómo fue escrito el Mahabharata. La historia  tradicional de Vyasa dictando el libro al elefante Ganesha ha servido para justificar los errores detectados en el texto, atribuidos al dios elefante, que no podía escribir tan rápido como el sabio hablaba. Entre los que situaban la obra en fechas tan lejanas como el año -5000, algunos pensaban que el mito escondía una verdad histórica: que el Mahabharata fue recopilado en una de las primeras repúblicas indias, cuando uno de sus líderes decidió transcribir las historias de los cantores ambulantes. La razón por la que los escribas (es decir, el dios Ganesha) no lograban apuntarlo todo era que los recitadores no podían interrumpir su discurso, ya que éste se enlazaba sin pausa mediante técnicas de memorización.

Ahora bien, si la obra fue escrita después de la llegada a la India de Alejandro Magno (que siempre llevaba consigo la Ilíada en sus viajes), entonces el hecho de recurrir a un dios elefante e incluso el atribuir la obra al legendario sabio Vyasa, habría servido para esconder un fraude histórico.

Si la nueva datación, la que sitúa el origen del libro después de las conquistas de Alejandro, fuese correcta, la frase que aparece en el primer libro del Mahabharata: “Lo que se encuentra aquí se puede encontrar en otros lugares, pero lo que no se encuentra aquí, no se encontrará en ningún otro lugar”, ahora podría interpretarse como una defensa ante las más que previsibles acusaciones de quienes, al leer el Mahabharata, dijeran que esto o aquello ya lo habían leído antes, y en concreto en la Ilíada de Homero.

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El revés y la trama

Traduttore, traditore

Estamos tan acostumbrados a escuchar aquello de “Traduttore, traditore” cada vez que se habla de la traducción, que se ha convertido en un tópico.

Lo bueno de los tópicos es que muchas veces ayudan a explicar en pocas palabras cosas complejas. Esa es también la manera en la que funcionan los refranes. Es obvio que los refranes esconden algo de sabiduría popular, pero su función básica no es conservar ese viejo saber, sino, más bien, la de facilitar la comunicación rápida de ideas. Si lo que nos interesa es señalar las virtudes de echarle horas a un trabajo, decimos: “Al que madruga, Dios le ayuda”; pero si lo que queremos es destacar el hecho, también cierto, de que no todo se arregla echándole horas, es preferible recurrir a otro refrán: “No por mucho madrugar amanece más temprano”. Es una manera de expresar una idea más o menos compleja de manera rápida y comprensible para cualquiera.

Traductor medieval

En cuanto al tópico de que los traductores son traidores, es seguro que encierra bastante verdad, pero también sirve para ocultar una verdad quizá más interesante: que la traducción casi nunca es una traición.En primer lugar, porque un traidor es alguien que traiciona, que no cumple con la palabra dada, que miente, que no hace lo que se espera que haga. Tal vez sea fácil darse cuenta de cómo se traiciona a una persona, pero ¿cómo se traiciona a un texto literario?  Voy a intentar responder a esta pregunta.


Se traiciona  a un texto cuando no se le hace decir lo que dice.

Goethe

Goethe

Como es obvio, podemos traicionar a un texto sin traducirlo siquiera, tan sólo repitiéndolo en un contexto o con una intención que no se corresponde con la intención o el contexto original.

Si decimos, como se hace a menudo, que Goethe escribió: “Prefiero la injusticia al desorden”, y después nos quedamos callados, estaremos traicionando el sentido de lo que escribió Goethe, incluos si lo decimos en alemán. Porque Goethe dijo, según Javier Marías, algo así como: “Prefiero la injusticia al desorden, porque el desorden provoca mayores injusticias que las que intenta remediar”. Lo cual puede ser discutible, pero es, desde luego, distinto de la frase mutilada y fuera de contexto.

Ahora bien, he dicho hace un momento «según Javier Marías», pero debería decir «según Javier Marías y Daniel Tubau», porque yo también estaba convencido de que Goethe dijo eso. Al parecer, según explicaba un lector indignado, lo que dijo fue: «Prefiero cometer una injusticia a soportar al desorden». Lo dijo en el sitio de Maguncia, para así evitar el linchamiento de un hombre (no se sabe si para salvarle la vida o para evitar que lo lincharan en un lugar que consideraba inadecuado). En cualquier caso, lo que se quiere dar a entender con la frase de Goethe suele ser que es preferible cometer todo tipo de injusticias para salvaguardar el orden establecido, algo que nunca podrá ser, sea cual sea la interpretación correcta, lo que quiso decir Goethe. En cuanto a la frase en sí, que ya ha pasado a formar parte del acervo de frases hechas (al margen de lo que dijera o quisiera decir Goethe) sin duda prefiero la interpretación de «Prefiero la injusticia al desorden» que hace Marías (y yo mismo), porque me parece mucho más interesante y, además, cierta en muchos casos: el desorden, en efecto, suele provocar muchas injusticias; lo que no significa, como sabe cualquier buen lógico, que no se cometan injusticias en nombre del orden o con la excusa de impedir el desorden. Pero esos son otros asuntos. Volvamos a la traducción.

casablancaRecordemos ahora un ejemplo cinematográfico: si leemos un pasaje de la transcripción de la película Casablanca, dirigida por Michael Curtiz, y nos encontramos con un diálogo de Humphrey Bogart en el que dice a Ingrid Bergman: “Ya no te quiero”, es evidente que para entenderlo plenamente nos falta lo más importante: la expresión de Bogart, que en la película revela al espectador que está mintiendo al decir que ya no la quiere. Por eso, una de las cosas que descubrimos al traducir un texto es que las palabras no siempre significan lo que significan, especialmente cuando se usa la ironía o el sarcasmo. O cuando se añade el gesto del actor.


¿Cuándo se traiciona a un texto en una traducción?

Ahora bien, si de lo que se trata no es de leer con fidelidad un texto, sino de traducirlo a otro idioma (que es lo que aquí nos interesa), ¿cuándo traicionamos al original?

Sencillamente cuando no decimos en español, catalán, gallego o vasco lo que se dice, por ejemplo, en inglés. Parece sencillo, pero los traductores saben que puede ser muy complicado.

Si el texto inglés dice: “I love you”, la traducción será “Te quiero” en español. Pero alguien podría decir que hay que traducir: “Te quiero a ti”, y en algunos contextos eso será cierto. Si la persona amada hubiese preguntado: “¿A quién quieres, a ella o a mí?”, responder “Te quiero” sonaría a poco, porque parece más la expresión de un sentimiento espontáneo quizá irreprimible que una respuesta a eso que nos han preguntado.

Volviendo al “I love you”. Alguien podría decir que no hay que traducir “Te quiero”, ni “Te amo”, ni “Te quiero a ti», sino: “Yo te quiero a ti”, por ejemplo, si luego la frase continuase de esta manera: “…y tú no sé a quién quieres”.

Todos estos problemas por un simple “I love you”.

traducción simultánea

 Ya podemos imaginar lo que sucede con frases más ambiguas como aquella del chiste que se contaba durante la Guerra Fría: los americanos enviaron un mensaje con una frase bíblica: “The flesh is weak, but the spirit is strong” (“La carne es débil, pero el espíritu fuerte”). Los rusos tradujeron: “La carne está podrida, pero el vodka estupendo”.

Evidentemente no existe una única manera de traducir un texto y, por tanto, no siempre es posible saber de qué manera no se traicionaría al texto traducido.

 Nos habíamos quedado en que la traducción no puede ser calificada tan fácilmente de traidora, porque toda traducción es, en definitiva, una lectura. Y digo lectura, no relectura. Lectura de un texto, como lo sería una lectura en el idioma original: la traducción es siempre y al mismo tiempo lectura y relectura.

Ahora bien, el sentido común parece pedirnos que nos movamos en un terreno más manejable: si no existe una “única traducción” de un texto, entonces toda traducción, más que traidora, es simplemente una elección entre posibilidades. Tenemos, en consecuencia, que elegir la opción menos mala, o al menos la mejor que podamos encontrar. Si al traductor le dicen que traduzca “I love cats”, puede dudar entre traducir “Me gustan los gatos” o “Amo a los gatos”, pero nunca debería traducir: “Me gustan los perros”.

Babel, el origen de la traducción

La conclusión de todas estas disquisiciones podría ser que, a pesar de todos sus defectos, las traducciones no sólo son necesarias, sino que además son estupendas. El trabajo de los traductores es un esfuerzo encaminado a deshacer la confusión creada por un dios colérico que destruyó la torre de Babel y confundió las lenguas. Un intento de lograr que los seres humanos vuelvan a entenderse (a pesar de que a veces se dediquen a traducir textos como el Mein kampf de Hitler, que no es que abogue precisamente por el entendimiento entre culturas).

Quiero explicar ahora por qué he llamado a este artículo El revés y la trama (pero no “El revés de la trama”, como la novela de Graham Greene).

Lo he hecho porque he recordado una idea de un libro chino de crítica literaria que se llama El arte del cincelado de dragones. Ese arte es, en la metáfora china, la literatura. Pues bien, en un pasaje de ese libro se dice que una buena traducción debería ser como el revés de un bordado: se deben ver todos los hilos aunque, inevitablemente, se pierdan algunos colores y quizá, incluso, la textura.


 Quien quiera conocer las dificultades de la traducción cuando de lo que se trata es de traducir un poema chino, puede visitar el delicioso artículo de Ana Aranda Vasserot Wang Wei, el poeta intraducible. Y también visitar mi página Wang Wei, un experimento chino.


LA BIBLIOTECA IMPOSIBLE

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Los polémicos discursos de Tucídides

|| Tucídides y la democracia /19

No he encontrado ningún parentesco entre Moses Finley y John H. Finley Jr., a pesar de que muchos de sus libros tratan de los mismos o similares temas

J.H Finley Jr. (que tal vez es pariente de Moses Finley) opina que los discursos de Tucídides no son en modo alguno anacrónicos, en contra de la opinión de otros historiadores.

Esta polémica acerca de la veracidad de los discursos se basa fundamentalmente en cuestiones filológicas y de estilo, por lo que no voy a examinarla, ya que carezco de conocimientos mínimos en tales cuestiones. Sólo diré que supongo que Finley Jr. basa su defensa de los discursos en su comparación con los discursos de los sofistas, especialmente de Gorgias, que habían familiarizado a los oradores y a los oyentes con un tipo de discurso similar a muchos de los que recoge Tucídides, que van desde la argumentación llamada sofística (capaz de hallar razones convincentes para cualquier opinión) a la exposición cruda de las razones que mueven a los hombres y a los Estados (el poder, la fuerza, etc.). [ref]Sobre el uso de estos argumentos por los atenienses, ver la Conclusión.[/ref]

También se ha señalado el uso exagerado por parte de Tucídides de los dissoi logoi (que supongo que significa algo así como ‘lugares comunes’) al hacer hablar a personajes muy diversos:

«¿Es imaginable que mientras Nicias, en su discurso del libro IV, intenta disuadir a Atenas de la expedición a Siracusa, un siracusano, en Sicilia, use los mismos argumentos y casi con las mismas palabras?» [ref](Alsina, 45)[/ref].

En cualquier caso, el uso que hace Tucídides de los discursos ha sido una de las razones que ha cuestionado la supuesta objetividad del historiador:

«Grosskinsky dice que cuando habla Pericles, es de hecho Tucídides quien pone en sus labios gran parte de sus propias ideas. La famosa objetividad del historiador empieza a tambalearse» [ref](Alsina, 111)[/ref].

Los dissoi logoi no son «lugares comunes» como aventuré entonces, sino más bien»dobles razonamientos»,  ejercicios dialécticos o retóricos, en los que quien argumenta debe hacer el ejercicio de situarse en el lugar de su oponente. Aunque son de autor anónimo, también se le atribuyen a Protágoras de Abder o a su escuela.

Se ha insistido en muchos aspectos de los discursos que resultan bastante problemáticos: por ejemplo, el uso de interlocutores anónimos, los discursos de un grupo de personas, o las síntesis que en ocasiones hace Tucídides de varios discursos en uno solo.

Por otra parte, M.I.Finley, el más respetado de todos los historiadores griegos, también dice que es fácil demostrar que Tucídides tergiversó a sabiendas la célebre reunión de la asamblea ateniense  en la que se debatió acerca de Mitiline en el libro III. [ref](ver «Tucídides el moralista», en Aspectos de la Antigüedad, 74)[/ref].

En cuanto a Momigliano, compara la similitud entre todos los discursos tucídideos con la riqueza de matices con la que Platón hace hablar a cada interlocutor, y concluye que Tucídides no evita el error de una historia psicologista, como algunos han dicho, sino que «se encuentra bajo este error», y que cae en la deformación histórica al usar a los personajes, muchos de ellos anónimos, para hilar y dar coherencia a su historia.

Mi opinión personal es que es inevitable hasta cierto punto que todos los discursos se parezcan, dado que no son transcripciones directas, sino reconstrucciones a partir de testimonios diversos (como reconoce el propio Tucídides). Creo también que el grado de fiabilidad de los discursos varía según quien los pronuncie. Me parece, por ejemplo, que en los discursos de Pericles se deben de conservar cosas que sin duda dijo Pericles, e incluso rasgos de su estilo. Por contra, pienso que los discursos anónimos, la selección misma de los discursos, la reconstrucción de discursos no escuchados por el propio historiador y el deseo de hacer de los discursos algo coherente más allá de la fragmentación inevitable de los diversos testimonios, hace que los discursos se conviertan en una poderosísima arma ideológica en manos de Tucídides. Creo que habría sido una maravilla leer las transcripciones literales de discursos de la época, pero me parece que los discursos que nos transmite Tucídides nos obligan a ser muy prudentes y que a menudo, más que explicar los hechos, los enmascaran. Considero, finalmente, que los discursos tienen una importancia desmesurada en la obra de Tucídides y que dirigen al lector a dónde Tucídides le quiere llevar. De esto se hablará en el siguiente apartado, pero también en Lectura de Tucídides.

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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¿Son los blogs como los antiguos salones filosóficos?

Los blogs son muchas cosas y no son ninguna. Pero es posible que sean, o que algunos blogs sean, una actualización de los antiguos salones. Esto me parece fantástico, porque yo creo que mucha de la mejor filosofía no se hizo en las universidades ni en los gabinetes de los pensadores sesudos, sino en los salones y en los cafés.

Si una filosofía no se puede explicar en un salón, de manera más o menos entretenida, a un público atento, pero que también se distrae de vez en cuando mientras escucha, quizá sea una gran filosofía, pero seguramente quien la expone no es un gran filósofo.

Eso lo aprendí de Platón (porque también se aprenden cosas de Platón) cuando dice que el mejor médico es aquel que sabe hacerse entender por sus pacientes.

Pero tampoco hay que tomarse esto completamente a la letra, ya que ahora se me ocurren excepciones o matices, para distinguir entre dos tipos de filósofos, que podríamos llamar los «pensadores creadores» y los «pensadores ejecutantes». Es algo parecido a lo que sucede con los músicos: un buen compositor no está obligado a ser un buen intérprete (y  mucho menos de todos los instrumentos para los que compone).

Salondevoltaire

Salón de Voltaire (con gorro rojo) al que asisten varios filósofos de la época, entre ellos Diderot (Comida de los filósofos, de Jean Huber)

En fin, que los blogs son como salones en los que uno tiene visitantes más o menos regulares y otros que aparecen de vez en cuando. Algunos visitantes charlan y cuentan cosas en este o aquel salón. Algunos de esos visitantes tienen su propio salón en el que también reciben visitantes.

En estos salones digitales hay conversaciones que se alargan y otras más breves, quizá porque el tema no da más de sí o porque quien habla no resulta muy estimulante. Y en cada salón hay una sala principal, que es el blog propiamente dicho, y otras dependencias más ocultas, algunas casi privadas, incluso algunas inesperadas. Y hay un anfitrión e invitados que presentan a otros invitados, y desconocidos que entran, con más facilidad sin duda que en los salones de antaño: algunos echan un vistazo y se van, pero otros se quedan.

Es una metáfora interesante que desarrollaré en mi próximo salón o blog y que, como ya habrás intuido, se llamará algo así como Salón digital o Salones Tubau o algo parecido.

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[Publicado en Il Saggiatore, 16 de diciembre de 2005 con el título ¿Son los weblogs como los antiguos salones? He cambiado en todo el artículo la expresión weblog (hoy en desuso) por blog. El Salón digital que anunciaba tardó cuatro años en abrir sus puertas]

 

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REVISTA ENTRE DOS MUNDOS

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CÓMO SE INVENTÓ EL FUTURO

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Xanadú y el algoritmo de Google

Xanadú

Hace unos días (marzo de 2005), Google anunció que iba a modificar su algoritmo de búsqueda. El algoritmo de búsqueda son las instrucciones que permiten a Google rastrear la red mundial y ofrecer a quienes lo consultan unos resultados asombrosamente precisos.

De no ser por los buscadores de red, la navegación por Internet sería una verdadera tortura, algo mucho más complejo que buscar una aguja en un pajar. Sin embargo, esa precisión y capacidad de búsqueda no evita que se produzcan ciertos resultados indeseables. Uno de ellos es que las llamadas ‘granjas de contenido’ aparecen en los primeros lugares de las búsquedas. Las granjas de contenido son páginas que recogen contenidos ajenos y los ofrecen en su propia página, a menudo no con el propósito de difundir ideas interesantes, sino con la sencilla intención de ganar dinero gracias a la publicidad asociada.

Ese tipo de páginas, y otras que emplean diversos trucos para reconducir el tráfico de la red, hacen que la persona que pone contenido original no reciba visitas en su página y que sí lo reciba quien ha copiado ese contenido, algo parecido a lo que me dijeron, cuando trabajé en Argentina, que hacía el creador de Showmatch/Videomatch (Tinnelli): copiar en su programa cualquier cosa que se emitiera en otro lugar y atrajera la atención.

Lo que Google propone ahora, al modificar su algoritmo de búsqueda, es que quienes suban contenidos originales a la red sean beneficiados por los motores de búsqueda y no al contrario, es decir, premiar a quienes añaden algo nuevo y original a la red.

Algoritmo de Google

(…Y así es, en términos sencillos, como puedes mejorar tu ranking en los buscadores de red)

¿Camino de Xanadú?

Es una estupenda iniciativa, tras la que casi se puede detectar el eco o el primer paso hacia uno de aquellos míticos proyectos de Internet, el imaginado por Ted Nelson, el hombre que inventó el hiperenlace. Me refiero a Xanadú.

Como ya he mencionado a Nelson en varios lugares, que puedes encontrar al final de esta entrada, sólo diré aquí que Xanadú consiste en lo que Nelson llama transclusión, un sistema de registro universal en la red, que permitiría detectar el origen de cualquier texto, a través de las diferentes versiones y variaciones del mismo.

Parece una idea imposible de llevar a cabo, si pensamos en las continuas y levísimas variaciones que se pueden hacer en un texto para convertirlo en otro.

En El dilema de Agustín, uno de los textos reunidos por antólogos del siglo 25 en Recuerdos de la era analógica, se ofrece el ejemplo de cómo un texto titulado «Ideas platónicas, mundo popperianos y memética», se convierte en otro llamado «Justificación del marxismo-leninismo digital», a través de continuos pero progresivos cambios casi imperceptibles. Pondré aquí un ejemplo más sencillo que el que aparece allí:

Amor es Roma

Amar es Roma

Amar es Romo

Amar es robo

Amar es bobo

Omar es bobo

Omar es lobo

Omar es loco

Etcétera

Hay un juego parecido que no sé si aprendí en algún libro de Lewis Carroll o de Martin Gardner, o quizá me lo enseñó mi padrino José Luis Velasco, que consistía en ir trasformando una palabra en otra cambiando sólo una letra cada vez. Por ejemplo, cambiando sólo una letra cada vez, podemos convertir un «carro» en «dedos»

Carro

Cerro

Perro

Pedro

Cedro

Cedió

Cedía

Pedía

Pedís

Pedos

Dedos

En cualquier caso, el algoritmo de Google y el sistema de registro universal Xanadú o la transclusión, como lo llama Nelson, parece muy interesante, pero también hay ciertos dilemas, como el de Agustín aquí comentado, que resultan inquietantes.

En otra ocasión hablaré un poco más de El dilema de Agustín y del registro universal y la transclusión de Nelson, un asunto muy interesante que ofrece, creo, soluciones inesperadas en el debate del copyright.

2019: Como es obvio, quince años después de esta entrada, la transclusión de la que hablaba Ted Nelson es casi equivalente al blockchain. Y mucho de lo que dije ahora ya es posible o está a punto de serlo.


Si quieres saber por qué se llama a todo esto «el dilema de Agustín? puedes descubrirlo en Recuerdos de la era analógica (página dedicada al libro), pero para conocerlo mejor tendrás que leerlo en el propio libro: Recuerdos de la era analógica (para comprar el libro online en Amazon)

 Acerca de esa extraordinaria persona llamada Ted Nelson:

Cómo se inventó el futuro/ 3. Ted Nelson

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[Escrito en 2103. Revisado en 2019]

REVISTA ENTRE DOS MUNDOS

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La democracia más allá de Atenas

|| Tucídides y la democracia /7

 Excurso personal (1991). 2ª Parte
(1ª parte aquí: La democracia como valor supremo)


Tal vez debido al carácter literario o escrito de nuestra cultura, al menos hasta hace poco, pues ahora (1991) lo que McLuhan llama Galaxia Gutemberg está siendo sustituido por la cultura audiovisual (perdón por la pedantería de esta observación); decía que, debido a este carácter escrito frente al oral de las culturas más antiguas, entre ellas, la griega, tendemos a pensar que sólo existe o ha existido lo que ha sido escrito, del mismo modo que en la nueva cultura audiovisual se considera que sólo existe lo que aparece en televisión.

Confundimos la historia con la historiografía y hablamos de pueblos sin historia, cuando deberíamos decir «pueblos sin historia escrita». Por determinadas razones, en las que también interviene en diverso grado el azar, nos ha sido transmitida la historia de la democracia ateniense, en gran pare gracias al propio Tucídides. Sin embargo, Tucídides mismo nos cuenta que en Argos también había democracia, pero apenas sabemos nada de ella ni de sus protagonistas. Ningún Tucídides argivo nos ha trasmitido la historia de la democracia en Argos, ni los discursos y disputas de sus ciudadanos, aunque no cabe duda de que tales cosas existieron, y tal vez incluso han sido contadas, pero el testimonio se ha perdido.

Diomedes, rey de Argos en la Ilíada, en uan representación probablemente de la época democrática de Argos. La copia es romana, pero el original sería del -430 Glyptothek. Munich. Alemania. Europa.

Diomedes, rey de Argos en la Ilíada, en una representación hecha probablemente en la época democrática de Argos. La copia es romana, pero el  original sería del -430 (Glyptothek. Munich. Alemania)

Con lo anterior quiero decir que al confundir la historia, con minúsculas, con la Historia o la historiografía, caemos en el error frecuentísimo de aquellos que confunden, en el terreno lingüístico, un sonido con su expresión, dando primacía, como decía Saussure, a la lengua sobre el habla. Afirmamos entonces, deslumbrados por la luz cegadora de Atenas, que no ha habido democracia mejor en la Antigüedad. Pero tal vez nos equivocamos.

Considerando las breves referencias de Tucídides acerca de la democracia en Argos, me atrevo a pensar que podría ser mejor que la ateniense, al no tratarse de un imperio. Pero esta injusticia del silencio es casi el destino inevitable de los pobres, ya sean personas o ciudades. Como decía un griego, no recuerdo quien, «desafortunado quien nace en una ciudad modesta», o algo parecido. Si Atenas se hubiese limitado a desarrollar su democracia puertas adentro, sin extender su imperio sobre los mares, podría haber sido mejor o peor, pero casi sin duda habría sido menos conocida, y tal vez nunca habría servido de ejemplo para que la democracia moderna fuera posible.

[Tweet»[Tweet»La injusticia del silencio es el destino de los pobres, ya sean personas o ciudades» ] Como no tengo suficientes conocimientos de historia, no puedo afirmar nada, pero lo poco que sé de filosofía me permite concluir, por ejemplo, que la idea de un declinar filosófico postaristotélico, que repite, como tantos otros, Finley, está muy lejos de la verdad. Por citar un sólo ejemplo: ha habido que esperar hasta el segundo cuarto del siglo XX para que la lógica estoica, tan despreciada a lo largo de la historia, fuese considerada por Lukasiewicz y sus sucesores como el precedente de nociones que sólo se alcanzaron hacia 1900 por Hilbert y Frege.

A pesar de ejemplos como el anterior, que se podrían multiplicar,  sigue repitiéndose el tópico inservible de que los presocráticos representan la niñez de la filosofía, los sofistas la adolescencia alocada, Sócrates y Platón la primera madurez o plenitud; Aristóteles la segunda madurez y los postaristotelicos (cínicos, estoicos, epicúreos, megáricos, cirenaicos y escépticos) la vejez y la senilidad. Casualmente, resulta que a quienes más se aprecia es aquellos de quienes se conserva un corpus considerable, como ya te comenté en una charla reciente.

En lo que se refiere al Imperio ateniense, se podría mencionar un rayo de esperanza: Karl Popper opina que no era tan malo como ha sido recordado. Más adelante trataré esta cuestión, pero ya advierto desde aquí que la defensa del imperio ateniense por Popper se basa precisamente en considerar que Tucídides es el principal responsable de su mala fama, acentuando, por tanto, sus rasgos reaccionarios [los de Tucídides].

Continuará…


democracyinathensNOTA en 2016

Advertencia en 2016: el anterior es un excurso personal con el que interrumpí mi investigación acerca de Tucídides, para exponer a mi amigo Marcos algunas ideas personales acerca de la democracia. Está redactado en un tono propio de un intercambio entre amigos, que he preferido dejar tal cual, resistiendo al tentación de adaptarlo de manera conveniente a un medio público e impersonal. O de matizar en extenso en qué han cambiado y en qué no mis opiniones desde entonces. Para intentar rellenar mis lagunas de entonces (y de ahora), voy a leer un libro que parece muy interesante acerca del tema: Democracy beyond Athens.


TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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