Tucídides y la defensa de Pericles

|| Tucídides y la democracia /27

Das Zeitalter des Perikles / Foltz Perikles, athen. Politiker, um 500 v. Chr. - 429 v.Chr. - "Das Zeitalter des Perikles". - (Versammlung der bedeutendsten Kuenstler, Dichter und Philosophen der Zeit). Druck, spaetere Kolorierung, nach dem Gemaelde, 1852 ff., von Philipp vonDas Zeitalter des Perikles / Foltz Perikles, athen. Politiker, um 500 v. Chr. - 429 v.Chr. - "Das Zeitalter des Perikles". - (Versammlung der bedeutendsten Kuenstler, Dichter und Philosophen der Zeit). Druck, spaetere Kolorierung, nach dem Gemaelde, 1852 ff., von Philipp von Foltz (1805-1877). -------------------- F: -------------------- L'epoque de Pericles / Foltz Pericles, homme politique athenien, vers 500 av. J.-C. - 429 av. J.-C. - "Das Zeitalter des Perikles" (L'epoque de Pericles). - (Rassemblement des artistes, poetes et philosophes les plus connus de l'epoque). Impr., coloriee post., d'ap. le tableau, 1852, de Philipp von Foltz (1805-1877). (1805-1877). -------------------- F: -------------------- L'epoque de Pericles / Foltz Pericles, homme politique athenien, vers 500 av. J.-C. - 429 av. J.-C. - "Das Zeitalter des Perikles" (L'epoque de Pericles). - (Rassemblement des artistes, poetes et philosophes les plus connus de l'epoque). Impr., coloriee post., d'ap. le tableau, 1852, de Philipp von Foltz (1805-1877).

La época de Pericles, de Phillipp von Foltz

Acerca de la verosimilitud de los discursos que recoge Tucídides en La guerra del Peloponeso, hemos visto que existen tres hipótesis fundamentales: en primer lugar, que son reproducciones fieles de discursos que tuvieron lugar; en segundo lugar, que no tienen ninguna fiabilidad histórica y que fueron inventados por Tucídiodes (o fuertemente deformados) con la intención de trasmitirnos susus ideas acerca de la guerra o acerca de los pesonajes protagonistas; en tercer lugar, una posición intermedia entre las dos primeras: ni son completamente fieles ni son completamente falsos.

Ya aceptemos la primera, segunda o tercera opción, los discursos por sí solos no pueden revelarnos las simpatías o antipatías de Tucídides: si son fieles a lo que se dijo, él ejerció como cronista; si no son fieles, eso indica una intención manipuladora, pero no siempre está claro el propósito exacto. Probablemente, donde hay que buscar la opinión personal de Tucídides es en los pequeños comentarios con los que salpica su obra, en los que define a éste o a aquél personaje, manifestando, en tales casos, su opinión personal con bastante claridad. Parece de importancia especial en este sentido el capítulo X del Libro I, que consiste por entero en una defensa de Pericles.

Podemos también preguntarnos por qué Tucídides consideró necesario en este caso, que es único en toda la obra (la defensa de Nicias ocupa sólo unas líneas), defender la figura de Pericles, anticipando también acontecimientos muy lejanos y anunciando ni más ni menos que la derrota final de Atenas.

Una vez que tenemos en cuenta estos pasajes, en los que parecen revelarse las antipatías y las simpatías de Tucídides resultará posible examinar los discursos teniendo en cuenta lo que el historiador opina de quien habla. Naturalmente, todo ello con las debidas precauciones.

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018]

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Las simpatías de Tucídides

|| Tucídides y la democracia /26

Seguimos con la objetividad discutida de Tucídes y repito una cita de Alsina:

“Es por ese camino, a través de las simpatías o antipatías que Tucídides haya podido reflejar en su obra que, desde hace algún tiempo, ha empezado a surgir una corriente interpretativa que rebaja en gran manera la tan cacareada imparcialidad del historiador Tucídides” .

La pregunta que nos podemos hacer es: ¿Cómo detectar estas simpatías y antipatías? Hablaré de eso más adelante (en “Lectura de Tucídides”), pero vale la pena insistir en que la verdadera opinión de Tucídides no podemos obtenerla a través de la lectura de los discursos que él mismo recoge de sus coetáneos. No podemos leer los discursos y considerar que cuando alguien razona mal eso revela que Tucídides quiere rebajarlo a nuestros ojos. Serí demasiado sencillo. Yo creo que podemos plantearnos tres posibles calificaciones de los discursos tucidídeos:

1. Son reproducciones exactas, en sus detalles esenciales, de lo que dijeron los diversos personajes. En tal caso, si alguien razona mal o razona bien no es culpa de Tucídides sino del que habla.

 

2. Los discursos son un instrumento mediante el que Tucídides nos trasmite sus ideas, para bien o para mal, a favor o en contra, acerca de quien habla.

Este segundo supuesto, que, como se ha visto, resulta más plausible que el primero, plantea varios problemas, aunque no carece de interés: hay que interpretar, desentrañar, descifrar, la cuarta parte de la obra tucidídea. Y hay que hacerlo, además, no partiendo de nuestro punto de vista, sino del punto de vista de Tucídides, que es precisamente lo que se está buscando. Si yo transcribo un discurso de Hitler, lo haré con la intención más o menos explícita de que mis lectores constaten por sí mismos lo irracional del discurso, pero si ese discurso se transcribe en un panfleto nazi, la intención será justamente la contraria. Del mismo modo, nos puede parecer que los discursos del espartano Brásidas son débiles porque son antidemocráticos, pero ello es fundamentalmente porque nosotros somos demócratas. Para un oligarca, sus argumentos podrían ser muy convincentes y los de Pericles, o los de Cleón, meros tópicos. Basta leer a Platón para ver qué fácil es que ideas que a nosotros nos parecen muy convincentes en realidad son expuestas para luego refutarlas.

Con todo esto no quiero defender un relativismo que impide la discusión racional, supeditando todo a la ideología personal. Sólo pretendo decir que hay que ser muy cauto al sostener que las razones de este o de aquel político griego le parecían tan buenas y convincentes a Tucídides como nos lo parecen a nosotros.

3. La tercera posibilidad es una solución intermedia entre (1) y (2): los discursos no son reproducciones literales, pero tampoco son meras invenciones de Tucídides. Algunos serán más fieles, por ejemplo los de Pericles, que serían recordados por muchos atenienses cuando Tucídides publicó su obra. Otros serán reconstrucciones a través de testimonios diversos y otros, tal vez, serán puramente inventados: Tucídides como él mismo confiesa, a veces no dice lo que tal personaje dijo, sino lo que debió decir (se non e vero, e ben trovato). El músico Berliotz, por cierto, opinaba de manera semejante a Tucídides. Decía en sus memorias que a lo mejor en alguna ocasión contaba las cosas no como habían sucedido, sino como deberían haber sucedido.

 

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018]

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La objetividad imposible

|| Tucídides y la democracia /25

Mi conclusión, tras examinar los peligros a los que se expone un historiador, incluso cuando intenta ser por completo objetivo, es que creo que es cierto que se debe intentar ser objetivo, o imparcial, o ecuánime, al emprender una investigación histórica, pero que también conviene animar al lector a buscar y conocer otras interpretaciones divergentes, complementarias o contrarias. Naturalmente, esta es una recomendación que no tiene por qué hacer un historiador en cada una de sus obras, pero que sí debe tener siempre presente quien consulte o emplee materiales históricos: la visión de una época determinada puede resultar muy convincente tras la lectura de un libro de historia, pero no debe olvidarse que si esa visión resulta convincente es en gran parte a causa de los datos seleccionados por el autor. Como dice H.I.Marrou: “La historia es inseparable del historiador”.

Las dificultades, como es obvio, aumentan, cuando solo hay un historiador para una época determinada, como en gran parte sucede con Tucídides:

“Aunque el historiador de la actualidad experimente cierta irritación, para ese período no hay otra historia posible más que la suya [1] Denis Roussel, Los historiadores griegos.

Para terminar con el tema de la objetividad, dice Karl Popper:

“Quisiera aprovechar una vez más para decir que, por mi parte, no pretendo ser imparcial en mis juicios históricos. Claro está que hago lo posible para verificar los hechos de mayor peso, pero soy consciente de que mis apreciaciones (como las de todo el mundo) deben depender enteramente de mi punto de vista. Y si bien reconozco lo anterior, creo firmemente en dicho punto de vista, es decir, en la corrección de dichas apreciaciones [2] Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos

Continuará…


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Datos, datos… y datos

|| Tucídides y la democracia /24

Me preguntaba en ¿Existen los datos? acerca de en qué debe consistir la objetividad para un historiador.

La respuesta es, creo, que, esa objetividad no consiste en que el historiador no opine sobre lo que está contando, pero sí, en primer lugar, en que el historiador distinga claramente sus opiniones de lo que pretende ser una exposición neutra de acciones, que no intente disfrazar sus ideas e intereses bajo supuestos relatos desideologizados. Es obvio que no podrá lograrlo por completo, pero que al menos eso suceda de un modo más o menos inconsciente o involuntaria. También se le debe exigir que los datos que utilice sean rigurosos, ciertos y comprobables dentro de lo posible, los ordene como los ordene. Aquí podríamos distinguir también entre varios tipos de ‘datos’, que plantean problemas diferentes:

__“Murieron 5373 argivos”

__“Los egipcios ganaron la batalla de Kadesh”.

__“La guerra era inevitable”.

Cada una de las afirmaciones anteriores plantea problemas diferentes en relación con la objetividad del historiador. El primer dato es el de un contable, el de alguien que ha contado los cadáveres o las tumbas. Es un dato que en algunas guerras puede ser completamente fiable: basta con mirar cuántos soldados partieron y cuantos regresaron. Pero no hay que pensar que los números son siempre comprobables: a día de hoy resulta difícil saber la cantidad real de muertos durante los regímenes comunistas de la Unión Soviética o China y las dudas afectan no a decenas o miles de personas, sino a millones. Recientemente se ha llegado a pensar que las cifras de la población china actual están infladas y que la India tiene más habitantes que China. La razón sería que, al hinchar las cifras, se disminuyó al mismo tiempo el de los muertos durante el Gran Salto Adelante y la Revolución cultural maoísta, que por arte de magia pudo reducirse en millones. Hasta hace pocos años, e incluso ahora en gran medida, la manera de saber cuántos millones de personas habían muerto consistía en comparar las cifras de población antes y después de aquellos años espantosos.

En cuanto a la segunda afirmación: “Los egipcios ganaron la batalla de Kadesh”, esa afirmación está sometida a dudas de otro tipo. Según los egipcios, ellos ganaron. Según los hititas, la victoria fue suya, Pero incluso aunque el ejército egipcio hubiera sido derrotado en la batalla, se sospecha que los hititas quedaron los suficientemente debilitados como para no proseguir su avance contra Egipto o sus aliados, aunque también se puede sugerir que los egipciós, vencieran o perdieran, fueron los que quedaron detenidos en su expansión por Asia Menor y el mundo micénico, por ejemplo.

Finalmente, la tercera afirmación (“La guerra era inevitable”) es ya una cuestión sometida a tremendas incertidumbres y subjetividades. Así, por ejemplo, la manera en la que se presenta como inevitable la propia guerra del Peloponeso que nos trasmite Tucídides esta sometida a fuerte discusión.

En consecuencia, no todos los datos históricos son iguales ni es siempre fácil distinguir entre datos y opiniones.

Pues bien, a pesar de todas las precauciones anteriores, a pesar del esfuerzo del historiador por ser objetivo y desinteresado, creo que la subjetividad, en mayor o menor grado, siempre será inevitable.

 

Continuará…


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¿Existen los datos?

|| Tucídides y la democracia /23

Se ha dicho  a menudo que en la historia no existen datos puros. Raymond Aron ha llegado a decir que “la teoría precede a la historia”. Ahora bien, si no existen datos, ¿qué son esas cosas con las que trabaja el historiador? ¿Se trata tan solo de criaturas nacidas de su imaginación?

¿Cómo es posible comparar teorías rivales en cualquier ciencia, entre ellas la historia, si no existen datos exteriores que puedan hacernos decidir cuál de ellas es la correcta? Algunos opinan que, efectivamente, las teorías científicas rivales son inconmensurables: no se puede elegir entre dos teorías basándose en motivos empíricos, ni siquiera racionales, nos dicen. La experiencia no puede decidir ndaa, debido a que la misma experiencia, la misma noción de dato se define de distinta manera por una y otra teoría. Thomas Khun, o al menos muchos de sus seguidores, asegura que la física de Aristóteles y la que nace con Galileo, Descartes o Newton son inconmensurables.

Las anteriores son algunas de las conclusiones a las que ha llegado la crítica antipositivista que, en mi opinión, a pesar de sus aciertos, ha llegado demasiado lejos, precipitándose en lo que yo llamo ‘apriorismo teórico’, es decir, llevar a su extremo la afirmación de que la teoría precede a los hechos. Pero no voy a discutir aquí este tema, ya que me parece  muy complejo, y porque también creo que antes de poder establecer un diálogo serio acerca de esos asuntos tú deberías, Marcos, leer unas cuantas cosas de filosofía de la ciencia. Sí que recuerdo que en alguna ocasión te he comentado que considero el apriorismo teórico como una concepción que es o bien trivialmente cierta, o bien falsa.

Se podría intentar una explicación apresurada de lo que acabo de decir. Es obvio que nuestro sistema perceptivo y nuestro procesador de información (nuestro cerebro) están adaptados para percibir un tipo de hechos, por lo que, por ejemplo, no podemos captar la luz ultavioleta, que sí perciben las abejas. ¿Quiere eso decir que las abejas perciben subjetivamente el mundo? En cierto sentido sí. ¿Quiere eso decir que lo que provoca esa percepción en las abejas no existe? En este caso, no sucede así. Hay algo que provoca esa percepción en las abejas y que a nosotros se nos escapa, pero ese algo existe y es convenientemente traducido por el sistema perceptual de las abejas. Como es obvio, lo que ve la abeja no es la cosa en sí que provoca esa visión, por supuesto, pero eso no hace inexistente ni la cosa en sí (que Kant y otros llamarían noúmeno) ni hace imposible que nosotros, a pesar de ser incapaces de percibir como las abejas, sí podamos saber más o menos, gracias a diferents herramientas qué está viendo la abeja e incluso provocarle ciertas sensaciones manipulando la luz ultravioleta. Lo cierto es que nosotros no vemos directamente esa luz ultravioleta, pero que sí podemos traducir a nuestra propia percepción y llamarla, por ejemplo, longitud de onda que se mueve entre 380 y 10 nanómetros.

Incluso, como se ha comprobado en laboratorio, podemos instruir a una abeja (en este caso mediante un robot-abeja que baila) para que se dirija  aun lugar determinado, y sería absurdo afirmar que nuestras subjetividades basadas sobre hechos y datos inexistentes coinciden de manera tan perfecta con subjetividades de la abeja también basadas en hechos inexistentes. Como diría William James: el hecho de que podamos predecir cómo cambiar el comportamiento de la abeja y llevarlo a cabo es una prueba de que, se llame como se llame, ahí fuera existe algo a lo que podemos acceder tanto la abeja como nosotros. Como este es un tema complejo, lo dejo aquí, aunque es muy posible que pronto veamos que todo esto tiene relación con el arte del historiador y con los llamados hechos históricos.

En cuanto a la objetividad, yo creo que, en efecto, y aunque puede parecer contradictorio con algunos argumentos que he dado en otros capítulos, sí hay que intentar alcanzarla. Pero también creo que casi siempre se trata de una cuestión de grados, es decir, de un asunto comparativo: se puede hablar, por ejemplo, de un libro determinado como más objetivo que otro.

Pero, ¿en qué consiste entonces la objetividad del historiador?

 

Continuará…


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