El arte del historiador

|| Tucídides y la democracia /22

Si descartamos la idea positivista que considera la historia como una mera acumulación de ‘hechos’, podemos preguntarnos en qué consiste entonces la tarea del historiador, puesto que ya no basta con acumular hechos históricos

Mommsen dice que el historiador pertenece más a la categoría de los artistas que a la de los eruditos y Alsina comparte esta opinión, aunque con algunos matices, e incluso recurre a ella para justificar la ‘recreación’ de los discursos tucidídeos, “hoy casi unánimemente aceptada”, que mnostraría su arte como historiador.

¿Es, entonces, el historiador un artista?

Mi opinión, como ya te he comentado, Marcos, es que el historiador ha de ser un científico y un erudito en su investigación y un artista en la exposición de sus resultados. Iván, al que no le gusta en este caso la expresión ‘artista’, prefiere sustituirla, con un sentido casi equivalente, por ‘literato’. Podríamos decir entonces: la exposición histórica ha de ser literatura.

En último término, sin embargo, considero que esta es una discusión semántica y que un historiador podría cumplir diversas funciones, unas más o menos literarias, amenas o artísticas que las otras.

Así, recopilar las Constituciones de más de cien ciudades griegas es una tarea digna de un buen historiador (a pesar de que Aristóteles despreciaba, según creo, la historia) y utilísima, lo mismo que lo es desenterrar, ordenar y conservar los restos materiales de una cultura. Haciendo todas estas cosas, se participa en labores históricas de una manera u otra.

Una vez dicho lo anterior, se puede dar la circunstancia de que un gran arqueólogo sea también un gran historiador, en el sentido literario del término, o puede no darse tal circunstancia: ello no hará menos valioso su trabajo como arqueólogo.

De todos modos, ya sabes, querido Marcos, que después de haber escrito la Defensa de la historia contra la común opinión, pienso escribir un ataque a algunas ideas de la Nueva Arqueología, pero sin retractarme de lo que digo en la Defensa de la historia.


2017: no estoy seguro de si he llegado a escribir o no Defensa de la historia contra la común opinión, título que está sin duda inspirado en Defensa de Epicuro conra la común opinión de Francisco de Quevedo. Tampoco recuerdo exactamente ahora cuáles fueron o iban a ser las líneas maestras de mi defensa, aunque supongo que iría por algo relacionado con una defensa de la subjetividad como algo inevitable. En cuanto al ataque a la nueva arqueología, tampoco lo tengo del todo claro ahora, pero tal vez me refería a la atención excesiva a las minucias, que sin duda son interesantes, pero que alejan a los arqueólogos de conocimientos, búsquedas e indagaciones fascinantes.

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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Continuará…


Originally posted 2017-07-23 17:14:22.

El libro en blanco

libro en blanco

Los libros que contiene esta biblioteca imposible no son fáciles de encontrar. Muchos hay que buscarlos entre los fragmentos de libros desaparecidos, algunos en el interior de otros libros y otros en librerías y bibliotecas que nadie visita. También se pueden encontrar en un lugar en el que resulta difícil pensar que pueda esconderse un libro: el interior de nuestro cerebro. Muchos investigadores y filósofos están de acuerdo en la existencia de ese libro, pero discuten acerca de si sus páginas están en blanco o si hay algo escrito en ellas.

El cerebro humano es una de las estructuras más extrañas que se conocen; para intentar entender cómo funciona, se ha comparado con las cosas más complejas que han existido en cada época. Charles Sherrington propuso la metáfora del telar:

“El cerebro puede compararse a un telar mágico en el que millones de centelleantes lanzaderas entretejen una  evanescente estructura.”

Otras metáforas han sido la centralita de teléfonos, un hormiguero en constante movimiento, el universo con sus galaxias, estrellas y planetas o el comienzo de La pasión según San Mateo, de Bach, que me parece una de las más acertadas, como se puede comprobar a continuación.

[tube]http://www.youtube.com/watch?v=KU1S32AQ3Uo[/tube]

Coros y Orquesta Bach de Munich dirigidos por Karl Richter

En los últimos años, la comparación habitual para el cerebro son los ordenadores y la red mundial de Internet.

Aristoteles-Acerca del alma

No ha sido muy frecuente comparar el cerebro con un libro, a pesar de que la vida humana sí ha sido equiparada con una obra de teatro (teatrum mundi). Pero lo más semejante a una analogía entre un libro y el cerebro tal vez sea lo que Aristóteles dijo en Acerca del alma: que la mente de un recién nacido es una tabula rasa, una tablilla de madera raspada o de cera tierna, que debe ser escrita mediante el aprendizaje, la percepción y la experiencia del mundo externo.

El filósofo persa Avicena (Ibn Sina) recuperó la metáfora en su cuento El filósofo autodidacto, en el que un niño que vive solo en una isla se educa a sí mismo, pero fue Abentofail (Ibn Tufayl) quien popularizó la idea en Oriente y Occidente con una novela en la que conservó el título de su predecesor: El filósofo autodidacto. También Baltasar Gracián contó la misma historia en El criticón, al parecer inspirándose en una fuente común a todos ellos: Historia del ídolo y del rey y de su hija.

Pero quien estableció definitivamente la metáfora de la mente como un libro en blanco cuyas páginas se escriben con la experiencia fue John Locke:

“Supongamos entonces que la mente sea, como decimos, papel blanco, ausente de todos los símbolos y de todas las ideas; ¿cómo es que se llena de ellos? ¿De dónde le llega esa inmensa colección que la activa e ilimitada inclinación humana ha pintado en ella con una variedad casi infinita? A esto contesto con una sola palabra: de la experiencia, en la que se funda todo nuestro conocimiento y de la que, en última instancia, todo él se deriva.”

  La mente como un libro en blanco era la metáfora favorita del empirismo, que ahora es llamado empirismo ingenuo, ya que la idea de la tabula rasa no goza de muy buena prensa y ha sido contestada a menudo, desde Descartes y sus ideas innatas (que son anteriores a Locke) hasta Noam Chomsky, Gary Marcus o Steven Pinker.

 

Contra la tablilla en blanco

El lingüista Noam Chomsky niega que el cerebro sea una tablilla en blanco y afirma que, ya desde nuestro nacimiento, contiene una gramática innata. Se trataría de una Gramática Universal, común a todos los idiomas conocidos. Muchos lingüistas intentan averiguar cuáles son las reglas escritas en ese volumen de gramática, suponemos que no muy extenso, que contiene nuestra mente.

Steven-Pinker - la tabla rasa

Hace pocos años, Steven Pinker causó mucho revuelo al asegurar que  nuestro cerebro no sólo contiene la Gramática Universal de Chomsky, sino también un completo Manual de Instrucciones. El problema, dice Pinker, es que no todos los cerebros almacenan los mismos manuales de instrucciones. De este modo se ha reavivado la periódica polémica entre los partidarios del determinismo genético (somos esclavos de nuestra biología) y los del determinismo cultural (somos esclavos de la educación).

Gary-Marcus

En una posición intermedia, el neurólogo Gary Marcus ha puesto en cuestión en su libro Kluge (Apaño) que la tablilla mental esté tan vacía como pensaba Aristóteles:

“La organización inicial del cerebro no depende tanto de la experiencia. La naturaleza provee el primer borrador, el cual es revisado luego por la experiencia.”

He dicho que la de Marcus es una posición intermedia porque él no dice que estemos determinados por ese borrador (First Draft) que albergamos en nuestro cerebro: Marcus aclara que innato no significa que no se pueda modificar, sino que existe al nacer.

Jonathan-Haidt

Jonathan Haidt

Por su parte, el psicólogo Jonathan Haidt ha intentado averiguar qué palabras o que conceptos contiene ese borrador de la mente, y ha sugerido que allí están escritos los cinco pilares de la moralidad: “daño y cuidado”, “igualdad y reciprocidad”, “lealtad de grupo”, autoridad y respeto” y “pureza y santidad”.

Esos cinco conceptos explican en gran parte, según Haidt, las semejanzas y las diferencias entre el pensamiento conservador y el progresista: todos los siguen, aunque no los interpretan del mismo modo. Así,  los conservadores aplican la pureza y santidad a la virginidad o a la religión, mientras que los progresistas aplican la santidad al planeta Tierra y la pureza a los alimentos llamados naturales o ecológicos.

El problema es averiguar cómo están escritos esos conceptos en nuestro cerebro. Resulta difícil imaginar un libro con hojas, líneas y palabras alojado entre nuestras neuronas, pero también parece difícil creer que ideas complejas como las que menciona Haidt puedan almacenarse y trasmitirse de generación en generación sin que sean, en cierto modo, un lenguaje.

El-gen-egoista

Algunos buscan la respuesta a este enigma en una teoría propuesta por Richard Dawkins a finales del siglo pasado en El gen egoísta: los memes o unidades de trasmisión cultural.  Los memes son “replicadores” que hacen copias de sí mismos, como los genes. Una molécula de ADN puede replicarse y dar lugar a dos moléculas de ADN idénticas a la original y, del mismo modo, dice Dawkins, los memes perviven saltando de un cerebro a otro:

“Ejemplos de memes son: tonadas o sones, ideas, consignas, modas en cuanto a vestimenta, formas de fabricar vasijas o de construir arcos.”

La memética o ciencia de los memes es por el momento sólo una hipótesis más o menos ingeniosa, y son muchos sus detractores, casi tantos como sus adoradores. Pero, si lograra confirmarse, no estaríamos lejos de poder leer, por fin, alguno de esos libros que tal vez se alojan en nuestro cerebro.

 


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Originally posted 2013-01-21 12:47:04.

Los discursos

|| Tucídides y la democracia /18

El método de intercalar en su historia discursos que a menudo no han sido escuchados personalmente, como el propio Tucídides confiesa, pues debido a su exilio a partir de -424 no pudo presenciar la política interna ateniense, plantea muchos problemas de veracidad: 

¿Hasta que punto Tucídides expresa sus propias opiniones a través de los diversos oradores?

¿Qué fiabilidad merece la selección misma de los discursos?

Estas son dos cuestiones que han sido muy debatidas. Algunos autores, como Blass, Croiset, Rittelmeyer y Ross consideran anacrónicos, ya en su propia época, los discursos ‘transcritos’ por Tucídides. Estos autores opinan que los atenienses (y sobre todo los no atenienses) de aquella época no pronunciaban discursos a la manera tucididea, que parece más cercana, dicen, a una concepción teatral de la política, a la manera de Sófocles o Esquilo, que a la realidad.

Es curioso que el método de intercalar discursos también sea empleado en una de las primeras crónicas o anales chinos, el Zuozhuan (Comentario de Zuo o Tradición de Zuo), un libro quizá coetáneo de Tucídides. En este caso la verosimilitud es todavía más improbable, porque al autor chino le separan a veces cientos de años de los acontecimientos que relata. Lo curioso es que, quizá porque temía las posibles críticas acerca de su fiabilidad, el cronista aprovecha un hecho histórico para destacar el cuidado que los historiadores ponían en trasmitir con exactitud los acontecimientos. Sucede en la historia del asesinato del Duque Zhuang de Qi a manos de su primer ministro Cui Shi:

“Se nos dice que, en primer lugar un historiador y, más tarde, dos de sus hermanos, escribieron “Cui Shi mató a su señor”, lo que les acarreó su propia ejecución, uno detrás de otro. Y entonces llegó otro hermano y escribió la misma frase en la crónica, e incluso se nos dice que había otra persona preparada para asegurarse de que el acontecimiento quedará registrado.”

Como dice Geoffrey Lloyd, no podemos saber si nos están contando un hecho histórico que muestra el rigor de los historiadores o si más bien están aprovechando ese hecho histórico para inventarse una anécdota que probaría el rigor de los historiadores, en general, como el propio autor del Zuozhuan.

[El Zuozhuan se ha considerado tradicionalmente un comentario a los áridos Anales de Primaveras y Otoños (Chunqiu) que Confucio quiso conservar a toda costa, aunque últimamente cobra fuerza la hipótesis de que se trata de un texto independiente. En la última traducción al inglés se ha preferido traducirlo como Tradición de Zuo y no Comentario de Zuo.

Continuará…


[El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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Originally posted 2017-04-20 13:35:28.

Literatura mortal y otros libros que matan

literatura mortalLos libros suelen recibir elogios unánimes, como instrumentos que ayudan a la cultura, a la paz y al entendimiento entre los seres humanos. Óscar Cabello ha escrito Literatura mortal para demostrarnos lo contrario.

Cabello dedica varios capítulos a los primeros libros mortales, los de las diversas religiones, que alientan al asesinato, la invasión o la guerra santa, y cita pasajes elocuentes de los textos sagrados de las religiones del Libro, como el Deuteronomio judío:

Texto del “Deuteronomio”

“Si oyes decir en una de las ciudades que algunos hombres, malvados, salidos de tu propio seno, han seducido a sus conciudadanos diciendo: «Vamos a dar culto a otros dioses», consultarás, indagarás y si es verdad, si se comprueba que en medio de ti se ha cometido tal abominación, deberás pasar a filo de espada a los habitantes de esa ciudad, amontonarás todos sus despojos en medio de la plaza pública y prenderás fuego a la ciudad con todos sus despojos, todo ello en honor de Yahveh tu Dios.”

Corán andalusí

En el Corán musulmán tampoco faltan pasajes que incitan al asesinato o la guerra santa:

“¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura no creen en Dios ni en el último Día, ni prohíben lo que Dios y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente! (Sura 9: 29-31)

En el Nuevo Testamento es más difícil encontrar incitaciones directas a la violencia, pero Cabello nos recuerda que los cristianos aceptaron como sagrados los libros judíos y que muchos libros cristianos de la Edad Media alentaron la tortura y la quema de herejes, como el bestseller de la época Malleus maleficarum (Martillo de herejes):

“Porque la brujería es alta traición contra la Majestad de Dios. Y deben ser sometidos a tortura para hacerlos confesar. Cualquier persona, fuese cual fuere su rango o profesión, puede ser torturada ante una acusación de esa clase, y quien sea hallado culpable, aunque confiese su delito, será puesto en el potro, y sufrirá todos los otros tormentos dispuestos por la ley, a fin de que sea castigado en forma proporcional a sus ofensas.”

El capítulo más estremecedor de Literatura mortal es también el más reciente, el dedicado al siglo XX, donde Cabello intenta contabilizar las muertes causadas por los libros del fascismo, desde la inspiración asesina de Los protocolos de los sabios de Sión, una obra que se mueve entre el género fantástico y la falsificación y cuenta la supuesta conjura de los judíos para dominar el mundo, hasta el Mein Kamp de Adolf Hitler. Tampoco olvida Cabello los libros de Lenin, Stalin y Mao Zedong, que incitan al exterminio de los enemigos y que recomiendan la propagación del terror como instrumento político:

“El ataque contra el enemigo se debe producir con más energía; el ataque, no la defensa, debe ser la consigna de las masas, el exterminio despiadado de los enemigos será su tarea.” (Lenin, Lecciones de la insurrección de Moscú)

 Cabello, en este libro extraordinario pero en ningún caso agradable de leer para cualquier persona que sienta amor hacia los libros, olvida mencionar algunos obras mortales, que, aunque no se pueden comparar a los que he mencionado, vale la pena recordar aquí. Uno de ellos es el Werther de Goethe, que provocó el suicidio de muchos jóvenes románticos; o los libros de encantamientos mortales, como Clavículas de Salomón, que aunque no sea mediante sus extrañas pócimas y conjuros, a veces han causado la muerte por sugestión de quienes se creían hechizados.

Werther se suicida

Un ejemplo de libro que mata, pero no por incitación, sino literalmente, es la segunda parte de la Poética de Aristóteles en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que mata a quien lo lee porque está impregnado con un veneno que pasa a la sangre del lector cuando se humedece el dedo para pasar las páginas.

Eco, sin duda, tomó la idea de un relato de Las Mil y Una Noches, el del rey Yunán y el sabio Ruyán:

“El rey, lleno de impaciencia cogió el libro y lo abrió, pero encontró las hojas pegadas unas a otras. Entonces metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De ese modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Y el rey dijo: ‘¡Oh médico, no hay nada escrito!’.

Y el médico respondió: ‘Sigue volviendo más hojas del mismo modo’. Y el rey siguió volviendo más hojas. Pero apenas habían pasado algunos instantes circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones.”

Por cierto, José Luis Velasco, mi padrino, me contó un día que circula una leyenda que dice que quien lee entero el libro de Las mil y una noches muere. Pero, si así fuera, ¿por qué no mueren los traductores de ese libro delicioso? La respuesta tal vez podría ser que muchos si murieron después de traducir la obra y que otros, para escapar a ese destino, evitaron traducir todos los cuentos, como en la excelente versión de Juan Vernet, que  no incluye los cuentos de Simbad, con la excusa de que son apócrifos.

Juan Vernet leyéndose

Sin embargo, una de las más hermosas menciones a un libro mortal se encuentra en un  poema de Calímaco:

 “Diciendo ‘Sol, adiós’, Cleómbroto de Ambracia
se precipitó desde lo alto de un muro al Hades.
Ningún mal había visto merecedor de la muerte,
pero había leído un tratado, uno solo, de Platón: “Sobre el alma.”

Por qué se suicidó Cleómbroto tras leer Sobre el alma, es decir el Fedón de Platón, es un enigma. Unos dicen que lo hizo porque no soportaba haber estado ausente durante el suicidio de Sócrates; otros, porque en el Fedón se dice que no hay que temer a la muerte, o porque quiso imitar el suicidio del maestro, o quizá por envidia hacia Platón, que había escrito un libro tan incomparable.

 

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Originally posted 2014-05-04 13:09:27.

Metalenguaje, y otros libros que no has escrito

No te sorprendas, querido lector, porque yo sepa, sin conocerte siquiera, que no has escrito Metalenguaje. No es difícil adivinarlo, ya que muy pocas personas han escrito ese libro. Una de las que sí lo ha hecho es Sineb Sahine y no creo que tú seas Sahine, aunque sería una hermosa casualidad, sin duda.

Metalenguaje es un libro que me interesó en cuanto lo vi en La fugitiva, la librería en la que suelo desayunar y escribir, porque descubrí que en él aparecen muchos libros de esta biblioteca ideal. En el prólogo, la autora dice que pensó titular su libro Metaficción o incluso Metatextos, pero que prefirió Metalenguaje porque abarca recursos narrativos que escapan a los otros títulos. Admite que puede inducir a cierta confusión con el llamado metalenguaje lógico, que sirve para referirse con precisión al lenguaje objeto.

 

Un ejemplo de la diferencia entre un lenguaje objeto y su metalenguaje es la diferencia entre dos frases como:

Eva tiene tres hermanos.

Eva tiene tres letras.

En la segunda frase, el nombre Eva no está siendo usado como en la primera frase, sino que está siendo mencionado. La distinción entre uso y mención queda clara si usamos una herramienta de metalenguaje tan sencilla como las comillas y escribimos:

“Eva” tiene tres letras.

Sahine aclara la posible confusión e insiste en que no es su intención en el libro ocuparse de esa distinción lógica. Y entonces se sumerge en el análisis del uso del metalenguaje en la literatura a lo largo de más de cuatrocientas densas y amenas páginas. El primer capítulo comienza con la que muchos consideran como la primera novela moderna, Don Quijote de la Mancha, que es algo que podemos poner en duda recordando el Genji monogatari japonés.

Romance de Genji, de Murasaki Shikibu, extraordinaria obra que puede disputar al Quijote el título de primera novela moderna, puesto que fue escrita hacia el año 1100.

 

El Quijote no el primer ejemplo de metaficción, no dice Sahine, no sólo porque existen precedentes como los poemas de Cátulo, sino también porque en la Divina Comedia de Dante el propio autor, Dante Aligheri, es el protagonista del viaje al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso. Sahine dedica uno de los más hermosos capítulos a la Divina Comedia y recurre a muy atinadas citas de los Nueve ensayos dantescos o de Siete noches, ambos de ese gran lector del Dante que fue Borges.

Dos autores en el Infierno: Dante y Virgilio

Una de esas citas de Borges refuta al narratólogo Gérard Genette, quien asegura que la intromisión del autor en su propia obra es un artificio más bien moderno:

“La idea de un texto capaz de múltiples lecturas es característica de la Edad Media, esa Edad Media tan calumniada y compleja que nos ha dado la arquitectura gótica, las sagas de Islandia y la filosofía escolástica en la que todo está discutido.”

Tiene razón Borges, y para darse cuenta de ello, basta con  recordar el Libro del buen amor de Juan Ruíz Arcipreste de Hita, La celestina de Fernando de Rojas, el Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, donde el propio Diego de San Pedro es el confidente del despechado Arnalte; o a Boccaccio, que es sin duda el personaje que más se repite en sus obras, o los Cuentos de Canterbury de Chaucer.

Un excelente ejemplo de metalenguaje y construcción en abismo (myse-en-abyme) medieval. En una de las vidriedras de la catedral de Chartres se puede ver al creador de la vidriedra entregando la vidriera en la que él mismo aparece. (Tomado de Medieval ‘mise-en-abyme’: the object depicted within itself, por Stuart Whatling)

La Celestina

La enumeración de recursos de metaficción en la literatura medieval y en el Renacimiento ocupa varias páginas de los índices analíticos del libro de Sahine, que son muy útiles, no sólo porque los libros aparecen ordenados por fechas, sino también por autores y por títulos.

Me detendré aquí en uno de los libros en los que el mecanismo de la metaficción resulta más asombroso, El retrato de la lozana andaluza, de Francisco Delicado, del que se habla mucho pero que se lee poco, quizá porque la mayoría de la gente piensa que es sólo una película de Vicente Escrivá de la época del destape.

 La lozana andaluza fue escrita en 1524. Aldonza, la protagonista, es una cordobesa “compatriota de Séneca, y no menos en su inteligencia y resaber”, que ha llegado a Roma y se dedica a la prostitución “para ser siempre libre y no sujeta a ninguno”. Allí conoce a Rampín, un muchacho listo y gran amante que se convierte en su chulo, y con el que acabará retirándose a Lipari, adoptando el nuevo nombre de Vellida.

El libro no se divide en capítulos, sino en mamotretos “porque en semejante obra mejor conviene”, dice Delicado, seguramente porque en la rica etimología de esa palabra se encuentra una clave o contraclave que hay que descifrar, otra de las aficiones heredadas de la Edad Media. Después de seguir las divertidas, ingeniosas y casi pornográficas andanzas de Aldonza y Rampín, en el mamotreto XVII leemos:

“Información que interpone el Autor para que se entienda lo que adelante ha de seguir… AUCTOR: «El que siembra alguna virtud coge fama; quien dize la verdad cobra odio.» Por eso notad: estando escribiendo el pasado capítulo, del dolor del pie dexé este cuaderno sobre la tabla, y entró Rampín y dixo: «¿Qué testamento es éste?»

El testamento es el mismo libro de La lozana andaluza, en el que aparece Rampín, quien llega a la casa del autor y empieza a hacerle preguntas acerca del libro del que ambos son personajes. En otro mamotreto, el autor llegará a conocer a la Lozana, que le propone tener un hijo suyo.

Ahora bien, no está claro que los ejemplos de La lozana andaluza pertenezcan al mismo tipo de metalenguaje en el que la historia se mete dentro de la historia, como cuando el guionista Charlie Kauffman escribió el guión de una película llamada Adaptation (El ladrón de orquídeas), en la que el guionista Charlie Kaufman tiene que escribir el guión de una película llamada Adaptation, pero se bloquea y se mete a sí mismo en la película que…

No está claro que sea el mismo tipo de metaficción, porque podríamos pensar al leer La lozana andaluza que lo que sucede es que Francisco Delicado conoció de verdad a la Lozana y a Rampín (aunque tuvieran otros nombres) y que decidió escribir la historia de su vida, historia en la que él es parte de la misma. Si así fuera, la Lozana andaluza, como dice Louis Imperiale, sería también innovadora, pues se trataría de la primera novela española que emplearía el desorden cronológico del texto:

“El autor-narrador salta, de un polo a otro de la historia, sin previo aviso, exactamente como ocurre en muchas ficciones recientes (Joyce, Faulkner, Robbe-Grillet, Cortázar…).

La Lozana y otros personajes

En cualquier caso, la novela de Delicado esconde otros placeres metatextuales, que se añaden a la lectura del propio texto, como un pequeño juego de ingenio que he descubierto y que tiene que ver con la distinción de la que hablé al principio de este artículo entre uso y mención de las palabras:

“AUCTOR: Quisiera saber escribir un par de ronquidos, a los cuales despertó él y, queriéndola besar, despertó ella, y dixo: LOÇANA: ¡Ay, señor! ¿Es de día?”

Tal vez en una próxima ocasión vuelvan a aparecer entre los apretados estantes de esta biblioteca imposible el libro de Francisco Delicado y el de Sineb Sahine.

 


[Publiqué la primera versión de este artículo por primera vez en 2010 en Divertinajes]

 

Originally posted 2012-11-16 17:05:39.

Las simpatías de Tucídides

|| Tucídides y la democracia /26

Seguimos con la objetividad discutida de Tucídes y repito una cita de Alsina:

“Es por ese camino, a través de las simpatías o antipatías que Tucídides haya podido reflejar en su obra que, desde hace algún tiempo, ha empezado a surgir una corriente interpretativa que rebaja en gran manera la tan cacareada imparcialidad del historiador Tucídides” .

La pregunta que nos podemos hacer es: ¿Cómo detectar estas simpatías y antipatías? Hablaré de eso más adelante (en “Lectura de Tucídides”), pero vale la pena insistir en que la verdadera opinión de Tucídides no podemos obtenerla a través de la lectura de los discursos que él mismo recoge de sus coetáneos. No podemos leer los discursos y considerar que cuando alguien razona mal eso revela que Tucídides quiere rebajarlo a nuestros ojos. Serí demasiado sencillo. Yo creo que podemos plantearnos tres posibles calificaciones de los discursos tucidídeos:

1. Son reproducciones exactas, en sus detalles esenciales, de lo que dijeron los diversos personajes. En tal caso, si alguien razona mal o razona bien no es culpa de Tucídides sino del que habla.

 

2. Los discursos son un instrumento mediante el que Tucídides nos trasmite sus ideas, para bien o para mal, a favor o en contra, acerca de quien habla.

Este segundo supuesto, que, como se ha visto, resulta más plausible que el primero, plantea varios problemas, aunque no carece de interés: hay que interpretar, desentrañar, descifrar, la cuarta parte de la obra tucidídea. Y hay que hacerlo, además, no partiendo de nuestro punto de vista, sino del punto de vista de Tucídides, que es precisamente lo que se está buscando. Si yo transcribo un discurso de Hitler, lo haré con la intención más o menos explícita de que mis lectores constaten por sí mismos lo irracional del discurso, pero si ese discurso se transcribe en un panfleto nazi, la intención será justamente la contraria. Del mismo modo, nos puede parecer que los discursos del espartano Brásidas son débiles porque son antidemocráticos, pero ello es fundamentalmente porque nosotros somos demócratas. Para un oligarca, sus argumentos podrían ser muy convincentes y los de Pericles, o los de Cleón, meros tópicos. Basta leer a Platón para ver qué fácil es que ideas que a nosotros nos parecen muy convincentes en realidad son expuestas para luego refutarlas.

Con todo esto no quiero defender un relativismo que impide la discusión racional, supeditando todo a la ideología personal. Sólo pretendo decir que hay que ser muy cauto al sostener que las razones de este o de aquel político griego le parecían tan buenas y convincentes a Tucídides como nos lo parecen a nosotros.

3. La tercera posibilidad es una solución intermedia entre (1) y (2): los discursos no son reproducciones literales, pero tampoco son meras invenciones de Tucídides. Algunos serán más fieles, por ejemplo los de Pericles, que serían recordados por muchos atenienses cuando Tucídides publicó su obra. Otros serán reconstrucciones a través de testimonios diversos y otros, tal vez, serán puramente inventados: Tucídides como él mismo confiesa, a veces no dice lo que tal personaje dijo, sino lo que debió decir (se non e vero, e ben trovato). El músico Berliotz, por cierto, opinaba de manera semejante a Tucídides. Decía en sus memorias que a lo mejor en alguna ocasión contaba las cosas no como habían sucedido, sino como deberían haber sucedido.

 

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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Originally posted 2018-01-27 09:42:53.

¿Quién inventó la historia?

|| Tucídides y la democracia /9

Parece claro que fue el historiador jonio Herodoto el que acuñó el nombre de “Historia”, que significa Investigación. El propósito de Heródoto al escribir sus libros era:

“Que con el tiempo no queden en el olvido los hechos humanos y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros, y en especial el motivo de su mutuo enfrentamiento, no queden sin realce”.

Tucídides que cuenta con la indudable ventaja de todos los que nacen más tarde, es decir, que conoce la obra de Herodoto y que incluso “la había estudiado a fondo”, según dice Momigliano, se propone narrar:

“La guerra que tuvieron entre sí los peloponesios y atenienses, comenzando desde el principio de ella, por creer que fue la mayor y más digna de ser escrita”, lo que que es un buen propósito pero también una muestra de provincianismo, o de ignorancia.

En este primer capítulo, Tucídides no ahorra palabras de desdén hacia los historiadores que le han precedido, aludiendo al parecer, pues no lo menciona por su nombre, a Herodoto. También habla mal de Helánico de Rodas, al que sí menciona por su nombre. Se considera, por ejemplo, que esto va dirigido contra Herodoto:

“Mas aquellos que quisieran saber la verdad de las cosas pasadas y por ellas juzgar y saber otras tales y semejantes que podrán suceder en adelante, hallarán útil y provechosa mi historia; porque mi intención no es componer una farsa o comedia que dé placer por un rato, sino una historia provechosa que dure para siempre”.

Habrá que recordar esta cita cuando se hable de la relación entre Maquiavelo y Tucídides  pero volvamos a Herodoto antes, para señalar varios asuntos antes de poder establecer una comparación justa entre el jonio y el ateniense.

Continuará…

 


TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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Originally posted 2016-06-22 09:38:35.

Libros que hablan

Musas

La literatura, dicen los expertos, empezó antes de que existieran los libros, a pesar de que tendemos a identificar ambos fenómenos. Pero primero hubo poesía oral, e incluso drama oral, si es cierta la teoría que sostiene que el teatro tiene su origen en celebraciones como las de los coribantes, las bacantes y las diversas fiestas populares más o menos carnavalescas.

Entonces las historias se contaban de viva voz. Las musas, nos dice Hesíodo en su Teogonía, hablaban para que todos las escucharan:

“En lo más alto del Helicón forman coros
Bellos, encantadores, y con los pies se mueven ligeras.
De allí, apartándose, por una espesa bruma cubiertas,
Avanzan nocturnas, bellísima voz emitiendo.”

En algún momento, las historias orales empezaron a escribirse y las grandes sagas o los poemas que los bardos memorizaban pudieron registrarse en todo tipo de soportes, desde los rollos de seda o de bambú chinos a los papiros egipcios, las piedras sumerias o el pergamino hecho de piel de animal.  Es entonces cuando, como dice Eric Havelock, la Musa aprendió a escribir.

Sin embargo, la llegada del libro no ha impedido que se sigan contando historias: cuentos para niños, leyendas populares, recuerdos de acontecimientos históricos. Sin embargo, esos relatos orales se convirtieron en un arte de segunda mano, que sólo adquirían el nombre de arte mayor cuando eran trasformados en libro, como cuando Elias Lönnrot recogió los cantos finlandeses en el Kalevala, o cuando McPherson reunió las leyendas de los escoceses en los Poemas de Ossian¸ de los que hablé en otro lugar de esta Biblioteca imposible.

También sucede que, de vez en cuando, algún viajero, asombrado por las historias de los cuentistas callejeros, las ha convertido en libro, como hizo Paul Bowles con la hermosa historia de Mohammed Mabret que tituló Amor por un puñado de pelos.

Pero, desde que Nikola Tesla inventó la radio, los relatos se pudieron escuchar a distancia, e incluso grabar y reproducir a voluntad.

En la época actual tenemos la posibilidad de leer los libros, pero también podemos escucharlos. No sólo si nos compramos los sonetos de Shakespeare leídos por John Gielgud, sino también con un lector electrónico de textos podemos convertir en sonido cualquier libro que tengamos en el ordenador. Debo confesar que a mí me gusta mucho escuchar libros, creo que casi más que leerlos, porque ahora los libros hablan, como aquella tablilla que el marido de Fedra encuentra en su cadáver en el Hipólito de Eurípides:

“¡La tablilla grita, grita cosas terribles! ¡Qué canto, qué canto he visto entonar por las líneas escritas!”

Algunas personas a las que he comentado mi afición me han dicho que un libro escuchado no puede compararse con uno leído. Supongo que esa opinión se debe al fetichismo del libro impreso, del que nos resulta muy difícil librarnos, confundiendo el continente con el contenido, como se decía hace tiempo, la forma con el fondo, el soporte con el mensaje si se prefiere.

Escuchar un libro no es una modernidad iletrada, sino que supone un regreso a la cultura oral (que ya se empezó a recuperar con la radio y con la televisión), a aquella poesía antigua de Grecia que Havelock llegó a comparar con una “grabación en directo”.  Lo ierto es que los libros escuchados no solo no son incompatibles con los impresos, sino que fueron durante siglos su verdadera expresión.En la época de Agustín de Hipona la costumbre era leer los libros en voz alta: todo el auditorio escuchaba a un lector que leía el libro para los demás.

Alberto Manguel cuenta, en Una historia de la lectura, que Agustín se quedó sorprendido al ver que Ambrosio de Milán leía sin pronunciar las palabras:

“Sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban.”

Eso muestra que la costumbre era leer en voz alta, escuchar el libro, incluso cuando uno estaba sólo.

Manguel también cuenta que los soldados de Alejandro Magno se quedaron asombrados cuando en una ocasión le vieron leer una carta de su madre “en silencio”, y a mí me parece recordar que también Aristóteles llamaba la atención por su costumbre de leer “hacia dentro”.

Así que antes el fetichismo estaba ligado a la palabra hablada, en vez de, como sucede hoy, a la escrita. No sólo eso, como también recuerda Manguel, la célebre frase Scripta manent, verba volant (“lo escrito permanece, las palabras vuelan”) en la Antigüedad se interpretaba de manera diferente a la actual: no era un elogio de la palabra escrita, sino de la palabra pronunciada en voz alta, que puede volar, cambiar, transformarse, mientras que la palabra escrita permanecía silenciosa sobre la página, inmóvil, muerta:

“Enfrentado con un texto escrito, el lector tenía el deber de prestar su voz a las letras silenciosas, a las scripta, para permitirles convertirse en verba, palabras habladas, espíritu.”

Lorrain, “Apolo y las musas en el Helicón”

En el futuro, al menos en el que yo mismo imaginé en La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana, es previsible que no nos preocupe ni lo escrito ni lo oral, porque ni leeremos ni escucharemos los libros, sino que los degustaremos como más nos apetezca, tan sólo percibiéndolos en nuestra mente.

La musa, en ese momento, ya no habitará en las nevadas cumbres del Helicón, ni entre las apretadas páginas de un libro o en las ondas sonoras de un aparato reproductor, sino que vivirá dentro de nosotros, como aquella inspiración divina de la que hablaba el poeta Ion en el diálogo que Platón le dedicó:

“Me parece que los buenos poetas por una especie de predisposición divina expresan todo aquello que los dioses les comunican.”


 

LA BIBLIOTECA IMPOSIBLE

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Originally posted 2011-05-16 01:27:09.

El Mahabharata y otras obras del tiempo

Podemos preguntarnos si nuestra opinión acerca de la calidad literaria de la Epopeya de Gilgamesh o incluso de la Ilíada cambiaría si descubriéramos que fueron escritas tres siglos antes, o un milenio después de la fecha que hoy aceptamos. Borges ya nos mostró en “Pierre Menard, autor del Quijote” lo diferente que era el Quijote escrito en el siglo XVII y escrito a principios del siglo XX.

Para mostrar que nuestro juicio puede ser más voluble de lo que creemos, quizá sirva de ayuda mencionar un caso reciente en el que una obra ha visto modificada o discutida su datación. Se trata del poema indio Mahabharata, que se puede traducir como El cantar de los barathas o la Gran India.

Se dice que esta obra colosal pudo llegar a ser escrita porque el sabio Vyasa se la dictó al dios elefante Ganesha, también llamado Ganapati. Se trata de una curiosa inversión del procedimiento habitual, en el que son los dioses los que dictan o inspiran a los humanos los textos sagrados. Ya vimos algunos ejemplos de la inspiración divina en otro estante de esta biblioteca imposible (Los libros de Dios), cuando Alah dictó el Corán a Mahoma. Yavhé también inspiró al menos a los profetas y las musas a Homero y a un simplón rápsoda. llamado Ión con el que dialoga Sócrates en un diálogo de Platón.
La curiosa circunstancia de que en la India sea un dios el que escribe las palabras del cantor Vyasa es una muestra más de la gran paradoja de la mitología india, según la cual los seres humanos son superiores a los dioses, ya están más cerca de la salvación que ellos. La razón es precisa y convincente: los dioses viven cegados por su poder y sumergidos en los placeres, por lo que no tienen demasiadas ganas de progresar espiritualmente ni de disolverse en la nada o en el nirvana.

La leyenda cuenta que Ganesha le puso una condición a Vyasa para tomar nota del inmenso Mahabharata: que no dejase nunca de recitar. Si Vyasa, por cualquier causa, interrumpía el dictado, él dejaría de escribir. Vyasa aceptó, pero puso su propia condición: que Ganesha sólo escribiese una vez que hubiera asimilado el significado de cada verso. De este modo, Vyasa pudo tomarse pequeños respiros al recitar pasajes de difícil interpretación, que se le atragantaban al pobre dios elefante. Aun así, se calcula que la tarea ocupó un mínimo de 56 horas seguidas, pues el Mahabharata es la segunda obra literaria más extensa de la humanidad, con 100 000 versos. La primera es la epopeya tibetana El cantar del rey Gesar, con un millón de versos.

Pues bien, hasta hace poco, se consideraba que el Mahabharata había sido escrito hacia el año -1200, aunque otros lo situaban en el -600. Algunos, llevados por otro de los rasgos más característicos de la India,  la exageración, lo situaban en el -5000.

Sin embargo, desde hace un tiempo, empieza a ganar adeptos una datación que cambia de manera radical nuestra percepción del texto: el Mahabharata pudo ser escrito hacia el año 200 antes de nuestra era.

Si esta fecha fuera correcta, estaríamos obligados a leer de nuevo el Mahabharata o, si se prefiere, a descubrir otro Mahabharata que coincide línea por línea con el anterior, pero que difiere en todo; del mismo modo que son diferentes el Quijote de Miguel de Cervantes y el de Pierre Menard, como ya dije al analizar el célebre artículo “Pierre Menard, autor del Quijote”, que Jorge Luis Borges escribió en recuerdo de su amigo Menard.

En el caso del Mahabharata, la diferencia entre el año -200 y cualquier otra fecha posterior al -330 haría que el poema indio dejase de ser el original y se convirtiera en una copia. ¿Copia u original respecto a qué? Respecto a la Ilíada.

En efecto, resulta que entre el Mahabharata de Vyasa y la Ilíada de Homero existen similitudes asombrosas, que han dado pie a todo tipo de teorías acerca de la influencia de la India en Grecia.

Cualquiera que haya leído las dos obras no tiene más remedio que concluir que es sin duda inverosímil pensar que ambos textos no estén relacionados de alguna manera. El problema es que, si el Mahabharata fue escrito hacia el año -200, entonces Alejandro Magno ya habría estado en la India, dejando tras él diversos reinos griegos, como el de Sagala o el de Bactria, en los que la literatura griega se difundió.

En su delicioso y documentadísimo Grecia en la India, el repertorio griego del Mahabharata, Fernando Wulff Alonso muestra las similitudes entre el largo poema indio y obras clásicas griegas, y sostiene que la influencia va de Grecia a la India, y no al contrario. La conclusión es que Vyasa, el dios elegfante Ganesha o quien fuese el autor del Mahabharata, habría intentado escribir una épica india “a la manera griega”.

La originalidad de Vyasa, ese aroma antiguo y lejano que, según las dataciones anteriores, Homero habría  en cierto modo imitado, se convertiría ahora en una copia imperfecta y quizá en exceso prolija de un poema conocido en todo el ámbito dominado por los griegos que sucedieron a Alejandro. En el peor de los casos, se podría llegar a pensar que Vyasa es sólo un vulgar imitador, recordando aquella célebre sentencia: el primero que comparó los labios de una mujer con una rosa era un genio, pero que quien lo hace hoy en día es un poeta mediocre, o un cursi.

El cambio de fechas también modificaría la interpretación de la leyenda que cuenta cómo fue escrito el Mahabharata. La historia  tradicional de Vyasa dictando el libro al elefante Ganesha ha servido para justificar los errores detectados en el texto, atribuidos al dios elefante, que no podía escribir tan rápido como el sabio hablaba. Entre los que situaban la obra en fechas tan lejanas como el año -5000, algunos pensaban que el mito escondía una verdad histórica: que el Mahabharata fue recopilado en una de las primeras repúblicas indias, cuando uno de sus líderes decidió transcribir las historias de los cantores ambulantes. La razón por la que los escribas (es decir, el dios Ganesha) no lograban apuntarlo todo era que los recitadores no podían interrumpir su discurso, ya que éste se enlazaba sin pausa mediante técnicas de memorización.

Ahora bien, si la obra fue escrita después de la llegada a la India de Alejandro Magno (que siempre llevaba consigo la Ilíada en sus viajes), entonces el hecho de recurrir a un dios elefante e incluso el atribuir la obra al legendario sabio Vyasa, habría servido para esconder un fraude histórico.

Si la nueva datación, la que sitúa el origen del libro después de las conquistas de Alejandro, fuese correcta, la frase que aparece en el primer libro del Mahabharata: “Lo que se encuentra aquí se puede encontrar en otros lugares, pero lo que no se encuentra aquí, no se encontrará en ningún otro lugar”, ahora podría interpretarse como una defensa ante las más que previsibles acusaciones de quienes, al leer el Mahabharata, dijeran que esto o aquello ya lo habían leído antes, y en concreto en la Ilíada de Homero.

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Originally posted 2013-11-21 13:19:11.

El revés y la trama

Traduttore, traditore

Estamos tan acostumbrados a escuchar aquello de “Traduttore, traditore” cada vez que se habla de la traducción, que se ha convertido en un tópico.

Lo bueno de los tópicos es que muchas veces ayudan a explicar en pocas palabras cosas complejas. Esa es también la manera en la que funcionan los refranes. Es obvio que los refranes esconden algo de sabiduría popular, pero su función básica no es conservar ese viejo saber, sino, más bien, la de facilitar la comunicación rápida de ideas. Si lo que nos interesa es señalar las virtudes de echarle horas a un trabajo, decimos: “Al que madruga, Dios le ayuda”; pero si lo que queremos es destacar el hecho, también cierto, de que no todo se arregla echándole horas, es preferible recurrir a otro refrán: “No por mucho madrugar amanece más temprano”. Es una manera de expresar una idea más o menos compleja de manera rápida y comprensible para cualquiera.

Traductor medieval

En cuanto al tópico de que los traductores son traidores, es seguro que encierra bastante verdad, pero también sirve para ocultar una verdad quizá más interesante: que la traducción casi nunca es una traición.En primer lugar, porque un traidor es alguien que traiciona, que no cumple con la palabra dada, que miente, que no hace lo que se espera que haga. Tal vez sea fácil darse cuenta de cómo se traiciona a una persona, pero ¿cómo se traiciona a un texto literario?  Voy a intentar responder a esta pregunta.


Se traiciona  a un texto cuando no se le hace decir lo que dice.

Goethe

Goethe

Como es obvio, podemos traicionar a un texto sin traducirlo siquiera, tan sólo repitiéndolo en un contexto o con una intención que no se corresponde con la intención o el contexto original.

Si decimos, como se hace a menudo, que Goethe escribió: “Prefiero la injusticia al desorden”, y después nos quedamos callados, estaremos traicionando el sentido de lo que escribió Goethe, incluos si lo decimos en alemán. Porque Goethe dijo, según Javier Marías, algo así como: “Prefiero la injusticia al desorden, porque el desorden provoca mayores injusticias que las que intenta remediar”. Lo cual puede ser discutible, pero es, desde luego, distinto de la frase mutilada y fuera de contexto.

Ahora bien, he dicho hace un momento “según Javier Marías”, pero debería decir “según Javier Marías y Daniel Tubau”, porque yo también estaba convencido de que Goethe dijo eso. Al parecer, según explicaba un lector indignado, lo que dijo fue: “Prefiero cometer una injusticia a soportar al desorden”. Lo dijo en el sitio de Maguncia, para así evitar el linchamiento de un hombre (no se sabe si para salvarle la vida o para evitar que lo lincharan en un lugar que consideraba inadecuado). En cualquier caso, lo que se quiere dar a entender con la frase de Goethe suele ser que es preferible cometer todo tipo de injusticias para salvaguardar el orden establecido, algo que nunca podrá ser, sea cual sea la interpretación correcta, lo que quiso decir Goethe. En cuanto a la frase en sí, que ya ha pasado a formar parte del acervo de frases hechas (al margen de lo que dijera o quisiera decir Goethe) sin duda prefiero la interpretación de “Prefiero la injusticia al desorden” que hace Marías (y yo mismo), porque me parece mucho más interesante y, además, cierta en muchos casos: el desorden, en efecto, suele provocar muchas injusticias; lo que no significa, como sabe cualquier buen lógico, que no se cometan injusticias en nombre del orden o con la excusa de impedir el desorden. Pero esos son otros asuntos. Volvamos a la traducción.

casablancaRecordemos ahora un ejemplo cinematográfico: si leemos un pasaje de la transcripción de la película Casablanca, dirigida por Michael Curtiz, y nos encontramos con un diálogo de Humphrey Bogart en el que dice a Ingrid Bergman: “Ya no te quiero”, es evidente que para entenderlo plenamente nos falta lo más importante: la expresión de Bogart, que en la película revela al espectador que está mintiendo al decir que ya no la quiere. Por eso, una de las cosas que descubrimos al traducir un texto es que las palabras no siempre significan lo que significan, especialmente cuando se usa la ironía o el sarcasmo. O cuando se añade el gesto del actor.


¿Cuándo se traiciona a un texto en una traducción?

Ahora bien, si de lo que se trata no es de leer con fidelidad un texto, sino de traducirlo a otro idioma (que es lo que aquí nos interesa), ¿cuándo traicionamos al original?

Sencillamente cuando no decimos en español, catalán, gallego o vasco lo que se dice, por ejemplo, en inglés. Parece sencillo, pero los traductores saben que puede ser muy complicado.

Si el texto inglés dice: “I love you”, la traducción será “Te quiero” en español. Pero alguien podría decir que hay que traducir: “Te quiero a ti”, y en algunos contextos eso será cierto. Si la persona amada hubiese preguntado: “¿A quién quieres, a ella o a mí?”, responder “Te quiero” sonaría a poco, porque parece más la expresión de un sentimiento espontáneo quizá irreprimible que una respuesta a eso que nos han preguntado.

Volviendo al “I love you”. Alguien podría decir que no hay que traducir “Te quiero”, ni “Te amo”, ni “Te quiero a ti”, sino: “Yo te quiero a ti”, por ejemplo, si luego la frase continuase de esta manera: “…y tú no sé a quién quieres”.

Todos estos problemas por un simple “I love you”.

traducción simultánea

 Ya podemos imaginar lo que sucede con frases más ambiguas como aquella del chiste que se contaba durante la Guerra Fría: los americanos enviaron un mensaje con una frase bíblica: “The flesh is weak, but the spirit is strong” (“La carne es débil, pero el espíritu fuerte”). Los rusos tradujeron: “La carne está podrida, pero el vodka estupendo”.

Evidentemente no existe una única manera de traducir un texto y, por tanto, no siempre es posible saber de qué manera no se traicionaría al texto traducido.

 Nos habíamos quedado en que la traducción no puede ser calificada tan fácilmente de traidora, porque toda traducción es, en definitiva, una lectura. Y digo lectura, no relectura. Lectura de un texto, como lo sería una lectura en el idioma original: la traducción es siempre y al mismo tiempo lectura y relectura.

Ahora bien, el sentido común parece pedirnos que nos movamos en un terreno más manejable: si no existe una “única traducción” de un texto, entonces toda traducción, más que traidora, es simplemente una elección entre posibilidades. Tenemos, en consecuencia, que elegir la opción menos mala, o al menos la mejor que podamos encontrar. Si al traductor le dicen que traduzca “I love cats”, puede dudar entre traducir “Me gustan los gatos” o “Amo a los gatos”, pero nunca debería traducir: “Me gustan los perros”.

Babel, el origen de la traducción

La conclusión de todas estas disquisiciones podría ser que, a pesar de todos sus defectos, las traducciones no sólo son necesarias, sino que además son estupendas. El trabajo de los traductores es un esfuerzo encaminado a deshacer la confusión creada por un dios colérico que destruyó la torre de Babel y confundió las lenguas. Un intento de lograr que los seres humanos vuelvan a entenderse (a pesar de que a veces se dediquen a traducir textos como el Mein kampf de Hitler, que no es que abogue precisamente por el entendimiento entre culturas).

Quiero explicar ahora por qué he llamado a este artículo El revés y la trama (pero no “El revés de la trama”, como la novela de Graham Greene).

Lo he hecho porque he recordado una idea de un libro chino de crítica literaria que se llama El arte del cincelado de dragones. Ese arte es, en la metáfora china, la literatura. Pues bien, en un pasaje de ese libro se dice que una buena traducción debería ser como el revés de un bordado: se deben ver todos los hilos aunque, inevitablemente, se pierdan algunos colores y quizá, incluso, la textura.


 Quien quiera conocer las dificultades de la traducción cuando de lo que se trata es de traducir un poema chino, puede visitar el delicioso artículo de Ana Aranda Vasserot Wang Wei, el poeta intraducible. Y también visitar mi página Wang Wei, un experimento chino.


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Originally posted 2014-04-23 03:09:46.