Guitton y la física cuántica

Guiton, en su conversación con los hermanos Bogdanov en el libro Dios y la ciencia: hacia el metarrealismo (1993), adopta siempre una interpretación de los resultados de la mecánica cuántica que es discutible y que no es seguida por todos los físicos, más que nada porque las explicaciones de los fenómenos cuánticos, en el momento actual, entran más en el terreno de la opinión y de la filosofía, que en la de una verdadera opinión científica. Una cosa es la descripción, otra la explicación.


Ver también acerca del libro y de la extravagante historia de los hermanos Bogdanov: Dios y la doble rendija


[Escrito antes de 1993. Publicado en 1993 en Caracteres]

 Ensayos de teología

La tierra prometida

Leer Más
Dios o Demiurgo a la luz de Wittgenstein

Leer Más
Más sobre ética y metafísica

Leer Más
La Nueva Teología, deconstruyendo al Autor

Leer Más
Los libros de Dios

Leer Más
Impíos mexicanos

Leer Más
…Jesucristo y los cristianos

Leer Más
Si yo fuera cristiano

Leer Más
Lo uno y lo plural

Leer Más
Dios en la cruz

Leer Más
¿Dios en la cruz?

Leer Más
¿Por qué Benedicto no escucha a Dios?

Leer Más
Dios no puede demostrar que es Dios
Imposibilidades de Dios /1

Leer Más
Ser cristiano y, además, católico

Leer Más
Por qué no participo en los actos de la JMJ (obvio) y tampoco en la protesta contra los actos de la JMJ (no tan obvio)

Leer Más
La filosofía perenne

Leer Más
¿Dios ha muerto?

Leer Más
La metafísica de la ética

Leer Más
El arte y la visión mística

Leer Más
La regla de oro de Lichtenberg

Leer Más
El salmo de Lichtenberg

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Dios en la red

Leer Más
Nozick y la justificación del mal

Leer Más
Níveles y metaniveles: autores y dioses

Leer Más
Los honestos materialistas

Leer Más
Cristo

Leer Más
Ensayos de teología

Leer Más

Dios y la doble rendija

Leer Más
Relativismo cultural y fe

Leer Más
Moral holista

Leer Más
Los escépticos ateos

Leer Más
Constantino y los mitos

Leer Más
Tertuliano y el absurdo

Leer Más
Maneras de predecir el futuro

Leer Más
Guitton y la física cuántica

Leer Más

Share

La lógica demente de la nueva izquierda

 

Hoy domingo se celebra la segunda vuelta de las elecciones francesas. Los sondeos indican que Macron va a superar a Le Pen quizá por un 60 frente a un 40 por ciento. Parece una tremenda ventaja en una contienda política, pero no lo es. No lo es porque quien va a obtener un 40 por ciento (o aunque solo sea más de un 30 por ciento) va a ser la dirigente de un partido fascista. Y en este caso no se trata de una metáfora o de esa afición de muchos a emplear la palabra fascista para referirse a cualquiera, como se hacía en mis tiempos de instituto y se sigue haciendo, con la intención de descalificarlo, convirtiendo cualquier debate en pura demagogia. No, en este caso se trata de un partido realmente fascista, creado por un fascista defensor del nazismo y dirigido ahora por su hija, que en la lucha por el poder intenta disimular su verdadero pensamiento.

Hay muchas razones para explicar que el Frente Nacional de los Le Pen amenace con superar la barrera del 20 por ciento que es lo que obtuvo Jean-Marie cuando se enfrentó a Jacques Chirac. No sé si la más importante de esas razones (sospecho que sí) pero sin ninguna duda la más vergonzosa es la complicidad de la nueva izquierda representada por Francia Insumisa.

Jean-Luc Melenchon, “La fuerza del pueblo”

Melenchon, líder de Francia Insumisa y esa nueva izquierda cómplice le han dado a Le Pen la mayor legitimidad que nunca antes se había dado al fascismo en la Francia democrática tras la Segunda Guerra Mundial, la que consiste en ponerlo en pie de igualdad con las propuestas de un político democrático, como Macron. Han propagado con éxito la idea de que una cosa y otra son la misma, han activado una lógica demente que les hace cómplices del ascenso del fascismo en Francia. Es perfectamente posible entender que un joven se deje llevar por el maximalismo de “quiero que gane lo mío y si no rompo la baraja”, y que no sepa lo que realmente significa la Unión Europea en el mundo, como la mejor garantía de las libertades, del estado de derecho, de la abolición de la pena de muerte, de la igualdad de los homosexuales, de las políticas activas en favor de la igualdad de hombres y mujeres, de la defensa de la protección del medio ambiente y sobre todo de la democracia y de la convivencia pacífica entre los más de quinientos millones de europeos, incluidos los que no pertenecen a la Unión Europea. También puedo entender que no sepa qué significa el fascismo. Puedo comprenderlo porque todos nos hemos equivocado alguna o muchas veces y todos hemos sido cómplices en algún momento de nuestra vida de algo infame, en especial en los años de adolescencia o juventud. Quienes no nos hemos negado a reconocer nuestros errores, con el tiempo y mejor información, nos hemos arrepentido y hemos corregido nuestras complicidades políticas más o menos criminales, unos antes y otros después, unos más claramente y otros con tibieza.

Marine Le Pen: “En nombre del pueblo”

Pero lo que no resulta comprensible es que esas complicidades con el fascismo procedan de políticos experimentados como Melenchon y los dirigentes de casi todos los partidos de la nueva izquierda, que antes prefieren derribar a socialdemócratas, liberales o conservadores que poner freno al fascismo; que antes prefieren destruir la Europa unida que corregir sus errores. Puedo aceptar que alguien sin experiencia o sin cultura política (pues se puede tener cultura política a los dieciséis años si uno se preocupa de aprender, de investigar y de poner a prueba sus dogmas) crea que será más fácil que sus ideas triunfen luchando contra un fascista que contra un demócrata, pero es difícil concebir que alguien con la experiencia y la cultura de Melenchon lo piense. Incluso Yannis Varufakis, que no siempre se ha caracterizado por su sentido de la responsabilidad política, ha dado su apoyo a Macron, no solo porque, según él, fue el único ministro de economía que intentó ayudarle durante la crisis griega, sino porque se niega a “formar parte  de una generación de progresistas europeos que habrían podido impedir a Le Pen ganar la presidencia y no lo hicieron”. O como también ha dicho: “Soy antiglobalización y anti neoliberal, pero por encima de todo soy antifascista”.

La estrategia de casi todos los partidos de la nueva izquierda y de la nueva o no tan nueva derecha consiste en volver a la situación en la que no existen ciudadanos, sino súbditos, a los que llaman constantemente el pueblo o la gente. Como preparación para esa sociedad sumisa, van creando una primera élite de súbditos, valga la contradicción, a los que llaman afiliados, círculos, seguidores, activistas, cuya función fundamental consiste en permitir que el líder de turno haga lo que quiera hacer sin que ningún contrapoder efectivo pueda ponerle freno. Los nuevos líderes parecen delegar su decisión en los afiliados, como ha hecho Melenchon, renunciando a toda moralidad personal: soy llevado por una marea que me dice lo que tengo que hacer y lo que no y renuncio a actuar; renuncio a actuar contra el fascismo, renuncio a mi propia conciencia, eso es lo que Melenchon nos dice, a veces como subtexto, a veces de manera explícita. Pero, sucede que hay ocasiones en las que uno quizá puede delegar y apartar su propia conciencia, pero hay otras en las que eso no es posible. Esta es una de esas ocasiones en las que un político no se puede abstener, ni de palabra ni en las urnas. Melenchon y sus afiliados, que según él gobiernan sus decisiones, han renunciado a plantar cara a un partido fascista.

Ahora bien, tal vez la tozuda realidad me obligue a admitir que lo que dice Melenchon y lo que no dice coincide con su verdadero pensamiento, tras escuchar su reiterada negativa a declarar sin ambigüedades que va a votar a Macron y su negativa a decir a sus seguidores que cualquier elector demócrata debe hacerlo también, sin dudarlo. Es decir, que Melenchon no es un hipócrita, sino un cómplice del fascismo, del mismo modo que también lo son todos esos que se hacen llamar en Francia izquierdistas insumisos: son no solo cómplices, sino sumisos al fascismo. Son, desde un punto de vista político, algunos por ignorancia e inconsciencia, otros por aplicar un cálculo demente, casi indistinguibles de un fascista.

Enmanuel Macron


POLÍTICA

El santoral revolucionario

Leer Más
Sócrates y la ley

Leer Más
Koba el temible

Leer Más
Amos Oz: Israel y Palestina

Leer Más
La ciudad de las estatuas

Leer Más
Nazismo en Hungría

Leer Más
¿Una página apolítica?

Leer Más
La izquierda que no quiso ver

Leer Más
Aristóteles no dogmático

Leer Más
¿Dónde están los escritores soviéticos?

Leer Más
Antólogos, prólogos y errores

Leer Más
Tras las elecciones

Leer Más
Por qué no participo en los actos de la JMJ (obvio) y tampoco en la protesta contra los actos de la JMJ (no tan obvio)

Leer Más
Prensa, televisión y revolución

Leer Más
John Milton y los spartoi

Leer Más
Defensa del error por Milton y Selden

Leer Más
El imaginario revolucionario

Leer Más
John Milton y la libertad de imprenta

Leer Más
El mandato del cielo

Leer Más
Mao, Stalin y Hitler y otras comparaciones

Leer Más
¿Dónde está la izquierda?

Leer Más
sí pero no/no pero sí

Leer Más
Política y sociología

Leer Más
Entre la ética y la estética

Leer Más
La ética de la estética

Leer Más
Hágase la ley y muera yo

Leer Más
Orgía y utopía

Leer Más

Democracia e imperio

Leer Más
Unidad europea y separatismo

Leer Más
Explicar y justificar: Isaiah Berlin

Leer Más
Moral holista

Leer Más
La izquierda en la balanza

Leer Más
Volver a empezar

Leer Más
Entrevista a Martin Amis

Leer Más
Sudamérica está cambiando

Leer Más
Madres de mayo

Leer Más
Escepticismo y credulidad

Leer Más
Ética y política en Aristóteles

Leer Más
¿Programas o personas?

Leer Más
Expertos y marxistas

Lenguaje de expertos /2


Leer Más
Anecdotario de una campaña electoral

Leer Más
El pueblo no existe (y la gente tampoco)

Leer Más
El legado de Europa

Leer Más
La comprensión no implica justificación moral

Leer Más
La importancia de lo superfluo

Leer Más
Patria

Leer Más
La revolución tradicional

Leer Más
Maneras de predecir el futuro

Leer Más
La sociedad abierta de Bertrand Russell

Leer Más
La lógica demente de la nueva izquierda

Leer Más

Share

Autores virtuosistas

Me ha sorprendido mucho encontrar en Teorías métricas del siglo de oro, de Emiliano Díaz Echarri, la referencia a varios autores de versos virtuosistas (o como se quiera llamar) que no aparecen en Verbalia de Marius Serra. Estos autores son:

Poemas de Simnias de Rodas

Simmias de Rodas: escribió composiciones que adoptan formas de huevo, alas, segur… (ver López de Toro: Tres poemas difíciles de Simmias de Rodas)

Porfirio Optaciano: escribió un panegírico al emperador Constantino, en el que se “agotan todas las combinaciones métricas imaginables”.

Publio Porcio: escribió Pugna Porcorum, en honor a su propio nombre, en el que todas las palabras empiezan por “P” e imitan el sonido de los gruñidos de los cerdos.

Pedro Compostelano: De consolationes rationes, combinaciones en hexámetros.

Vicens: sonetos que se pueden leer de cincuenta maneras

A todos estos los compara Días Echarri con Caramuel y su Metamétrica, diciendo que no pueden igualarlo.

También menciona a los árabes “con sus extrañas recetas de la aliteración idéntica, suficiente, alargada, compuesta, aproximada, invertida, contigua; con sus versos de triple rima y sus enigmas y logogrifos por métodos facilitantes, productivos, perfectos y accesorios[1].

Podría hablar de todo esto en ESKLEPSIS, como una especie de anexo al libro de Serra.

Siempre me ha gustado hacer anexos a los libros que parecen contenerlo todo: el Libro de los seres imaginarios, de Borges, el Diccionario de Mitología de Alianza Editorial. Podría ser una nueva sección de ESKLEPSIS llamada Algo más, o algo parecido.


[Escrito el 29 de junio de 2001]

2017: que yo sepa, nunca hice esa sección en Esklepsis, aunque sí intenté la reconstrucción de libros perdidos, como el del Emperador Amarillo o el Tritogenia de Demócrito. Hace muchos años, en la adolescencia, hice varios caligramas bastante sofisticados, con siluetas de mujeres desnudas, por ejemplo, pero creo que no conservo ninguno.


 

Share
  1. [1](G. de Tassy: Rethorique et prosodie des langues de l’Orient musulman)

La sociedad abierta de Bertrand Russell

 

He querido combinar en el título de este artículo el concepto de sociedad abierta de Karl Popper, con la figura de otro filósofo, Bertrand Russell. De este modo aparecen juntos, por un lado, uno de los filósofos más importantes del llamado pensamiento conservador o de derechas (Popper), y por el otro, el filósofo quizá más importante del siglo xx en el terreno progresista o de izquierdas (Russell). No discutiré aquí lo acertado o erróneo de estas etiquetas, porque mi intención es otra. Quiero mostrar que la distinción entre izquierda y derecha, sea o no válida, es, al menos en un sentido fundamental, mucho menos importante que otro par de opuestos: el que enfrenta la sociedad abierta y la sociedad cerrada.

Henri Bergson: las sociedades abiertas tienen Gobiernos que son tolerantes y responden a los deseos e inquietudes de la ciudadanía con sistemas políticos transparentes y flexibles. Ni el Gobierno ni la sociedad son autoritarios y el conocimiento común o social pertenece a todos. La libertad y los derechos humanos son el fundamento de la sociedad abierta (Wikipedia).

Karl Popper popularizó y dio nueva vida al concepto  de sociedad abierta propuesto por Henri Bergson, al publicar en 1945 La sociedad abierta y sus enemigos. El concepto puede ser a primera vista difícil de precisar, pero la lectura del libro lo aclara poco a poco, cuando Popper analiza a tres de los pensadores que él considera enemigos de la sociedad abierta: Platón, Hegel y Marx. El libro muestra, y creo que demuestra, la pulsión totalitaria de la República platónica y de la sociedad Comunista o revolucionaria de Marx. Pocos libros se podrán encontrar más elocuentes que el de Popper en la defensa de una sociedad abierta, de la democracia, del estado de derecho, del respeto a los derechos humanos, la libertad de prensa y la libertad en general.

La sociedad abierta y sus enemigos es una lectura estimulante para cualquier lector, de derechas o de izquierdas y es una pena que el maniqueísmo que fomenta esa distinción en dos bandos irreconciliables (izquierda/derecha) haya hecho que muchas personas no presten atención al libro, debido a que su autor declaró en alguna ocasión su preferencia por los conservadores.

Algo semejante le sucede a los lectores de derechas al encontrarse frente a un libro de Bertrand Russell: lo dejan a un lado porque se trata de un autor considerado de izquierdas, defensor (ya en el siglo XIX) del feminismo, del divorcio, del amor libre, de la ayuda del estado a los sectores discriminados en la sociedad y cercano, y en ocasiones votante e incluso candidato, del socialismo o el laborismo británico.

La influencia de Russell fue enorme en el siglo XX y no cabe duda de que sus libros y su actividad política contribuyeron a que la sociedad fuese más justa y más libre. Esta influencia fue especialmente importante entre el sector izquierdista, ya que ofreció una alternativa al marxismo dominante y al apoyo explícito a los crímenes del estalinismo y el maoísmo que mostraron pensadores de izquierdas como Jean Paul Sartre y muchos otros. El contrapeso que pensadores como Bertrand Russell supusieron para que la izquierda no quedara por completo sumida en el dogmático marxismo-leninismo-maoísmo, fue fundamental, porque desde esa izquierda se prestaba poca atención a quienes denunciaban los crímenes pero eran conservadores, como el propio Popper, Raymond Aron, Jean François Revel, Isaiah Berlin, Joseph Schumpeter y tantos otros pensadores extraordinarios que eran ninguneados y acusados de fascistas o peligrosos derechistas, cuando no eran ni una ni otra cosa. Como mucho, eran de derechas, sin más, pero para cierta izquierda estaba, y aún está prohibido, ser de derechas. Uno se pregunta en qué consiste entonces la democracia: ¿en elegir entre diversas variantes de la izquierda?

Karl Popper, por Fernando Vicente

Por su parte, Karl Popper, desde el otro lado, además de sus excelentes contribuciones a la filosofía de la historia y a la filosofía de la ciencia, hizo también una contribución semejante a la de Russell en el terreno político: convenció a muchos conservadores de que no todo vale en la confrontación ideológica, señaló la falibilidad de nuestras ideas y el deber que tenemos de someterlas a prueba y aceptar los resultados, insistió en la inmensa importancia de la tolerancia intelectual, en el respeto a las reglas del juego de la democracia y del estado de derecho. Es una gran contribución porque también había, y sigue habiendo, personas de derechas que consideran que ser de izquierdas es pecado.

Karl Popper dijo en varias ocasiones que Bertrand Russell era probablemente el filósofo del que más había aprendido, con la excepción de Hayek y quizá Tarsky.

Bertrand Russell y Karl Popper, cada uno desde un lugar diferente del espectro político, coincidían en que, aunque nos cueste ponernos de acuerdo en cómo organizar la sociedad, en el papel que debe jugar el estado en el terreno económico y otras cuestiones fundamentales, al menos si podemos ponernos de acuerdo en que debemos aceptar el desacuerdo, en que el mejor sistema que se ha inventado para mantener ese desacuerdo en límites tolerables es la imperfecta democracia, y en que una de las mayores virtudes de ese sistema democrático consiste en permitir el libre juego de la disensión y hacer posible el reemplazo de quienes ocupan el poder sin necesidad de violencia y muerte. Debemos aceptar que gobiernen los que no piensan como nosotros, del mismo modo que ellos deben aceptar que gobiernen los que sí piensan como nosotros, no solo por respeto a las reglas democráticas, sino porque debemos tener la humildad de pensar que también podemos equivocarnos: ¿y si son ellos los que tienen razón? Cualquiera que examine las ideas que ha sostenido la izquierda y la derecha en los últimos cien años, descubrirá que la derecha de ahora acepta ideas que a sus abuelos de derechas les habrían parecido puro pensamiento revolucionario, mientras que la izquierda por su parte acepta ideas que a sus abuelos izquierdistas les habrían parecido puro pensamiento reaccionario. La pureza ideológica casi nunca tiene que ver con un examen racional de la situación, sino más bien con pensar “lo que toca pensar”, sin más reflexión. Por eso, Popper también añadía como característica de la sociedad abierta la racionalidad y la búsqueda de una verdad no sometida a los intereses de la ideología.

Bertrand Russell consideró que La sociedad abierta y sus enemigos era una crítica acertada y devastadora de Platón, Hegel y Marx.

Cualquiera de ellos, Russell o Popper, habría podido combatir con ardor las ideas del otro, y en alguna ocasión lo hicieron, como cuento al final de este artículo en “Dialogar a golpes de atizador”, pero también habría aceptado la victoria de sus ideas en unas elecciones libres, algo que cierta izquierda no aceptó durante décadas, del mismo modo que tampoco lo hizo una parte de la derecha. Los dos, en definitiva, defendían una sociedad libre y abierta, lo que no es una garantía para una sociedad justa, por supuesto, pero es sin duda el mejor sistema para enfrentar las diferentes ideas acerca de esa sociedad justa. Porque lo que es seguro es que una sociedad cerrada que prohíbe la libertad de prensa y de opinión, que coacciona a los otros poderes del estado, como los jueces o la prensa, o que promueve la división social creando bandos irreconciliables, es siempre sinónimo de una sociedad injusta.

Me parece que en momentos como este, en el que nuevos partidos y movimientos cuestionan, desde la derecha y desde la izquierda, los elementos que caracterizan una sociedad abierta, y recuperan un discurso intolerante, propio de tiempos infames que parecían olvidados, y que señalan amenazadoramente a quienes piensan de manera diferente, o que insinúan que su llegada al poder les permitirá cambiar las reglas básicas de la convivencia democrática, es más necesario que nunca garantizar que esos elementos serán respetados, sean cuales sean los resultados de la confrontación de ideas políticas. Es un buen momento, en definitiva, para recordar a pensadores como Russell o Popper, que no coincidían en muchas cosas pero sí en las reglas imprescindibles del combate político e intelectual, esas reglas que evitan que la emoción sustituya a la razón y que la confrontación política se transforme en abuso y represión y conduzca de nuevo a la sociedad cerrada.

DIALOGAR A GOLPES DE ATIZADOR

Sucedió el viernes 25 de octubre de 1946 en el Club de las Ciencias Morales de Cambridge durante una charla de Karl Popper titulada “¿Existen realmente problemas filosóficos?”. A la reunión asistieron el filósofo Ludwig Wittgenstein, entonces en su momento de mayor celebridad, Bertrand Russell y el propio Popper, como es obvio. Aunque existen diferentes versiones del acontecimiento y se han escrito ensayos y novelas enteros acerca de aquella noche filosófica, parece que mientras Popper defendía la idea de que sí existen problemas filosóficos, Wittgenstein jugaba con el  atizador de la chimenea, que al parecer estaba al rojo vivo, como el propio filósofo, que lo agitaba “como la batuta de un director de orquesta para subrayar enfáticamente sus afirmaciones”. En un momento dado, Wittgenstein desafió a Popper a que propusiera un verdadero ejemplo de principio moral, al mismo tiempo que agitaba el atizador frente al rostro de su rival. Popper respondió: “No amenazar con un atizador a los profesores visitantes”. Según algunas versiones, Wittgenstein se encolerizó, arrojó el atizador al suelo y se marchó. Según otra versión, antes de que eso sucediera, fue Bertrand Russell quien se interpuso y exclamó: “¡Wittgenstein, suelte de una vez ese atizador!”. En cualquier caso, Wittgenstein se marchó dando un portazo. En días posteriores, Popper escribió a Russell agradeciéndole que interviniera en su defensa, y Russell respondió: “Me quedé muy sorprendido por la falta de buenos modales que parecía impregnar la discusión en un lugar como Cambridge. En Wittgenstein eso era previsible, pero lamenté que algunos de los asistentes siguieran su ejemplo”. La causa, sin duda, era el estilo wittgenstiano, más cercano a las maneras de un gurú que a las de un pensador dispuesto a cambiar de idea si le ofrecen buenas razones.


Un ensayo dedicado íntegramente a la discusión Poper-Wittgenstein: Wittgenstein’s Poker: The history of a Ten-Minute Argument Between Two Great Philosophers, de David J.Edmonds y John A.Eidinow


POLÍTICA

El santoral revolucionario

Leer Más
Sócrates y la ley

Leer Más
Koba el temible

Leer Más
Amos Oz: Israel y Palestina

Leer Más
La ciudad de las estatuas

Leer Más
Nazismo en Hungría

Leer Más
¿Una página apolítica?

Leer Más
La izquierda que no quiso ver

Leer Más
Aristóteles no dogmático

Leer Más
¿Dónde están los escritores soviéticos?

Leer Más
Antólogos, prólogos y errores

Leer Más
Tras las elecciones

Leer Más
Por qué no participo en los actos de la JMJ (obvio) y tampoco en la protesta contra los actos de la JMJ (no tan obvio)

Leer Más
Prensa, televisión y revolución

Leer Más
John Milton y los spartoi

Leer Más
Defensa del error por Milton y Selden

Leer Más
El imaginario revolucionario

Leer Más
John Milton y la libertad de imprenta

Leer Más
El mandato del cielo

Leer Más
Mao, Stalin y Hitler y otras comparaciones

Leer Más
¿Dónde está la izquierda?

Leer Más
sí pero no/no pero sí

Leer Más
Política y sociología

Leer Más
Entre la ética y la estética

Leer Más
La ética de la estética

Leer Más
Hágase la ley y muera yo

Leer Más
Orgía y utopía

Leer Más

Democracia e imperio

Leer Más
Unidad europea y separatismo

Leer Más
Explicar y justificar: Isaiah Berlin

Leer Más
Moral holista

Leer Más
La izquierda en la balanza

Leer Más
Volver a empezar

Leer Más
Entrevista a Martin Amis

Leer Más
Sudamérica está cambiando

Leer Más
Madres de mayo

Leer Más
Escepticismo y credulidad

Leer Más
Ética y política en Aristóteles

Leer Más
¿Programas o personas?

Leer Más
Expertos y marxistas

Lenguaje de expertos /2


Leer Más
Anecdotario de una campaña electoral

Leer Más
El pueblo no existe (y la gente tampoco)

Leer Más
El legado de Europa

Leer Más
La comprensión no implica justificación moral

Leer Más
La importancia de lo superfluo

Leer Más
Patria

Leer Más
La revolución tradicional

Leer Más
Maneras de predecir el futuro

Leer Más
La sociedad abierta de Bertrand Russell

Leer Más
La lógica demente de la nueva izquierda

Leer Más

Share

La revolución tradicional

Cuando estuve en Pekín en 2005 pude comprobar de manera directa el carácter fuertemente reaccionario de las revoluciones. Es asombroso cómo, durante el siglo XX, los que pretendían cambiar la sociedad fueron una y otra vez los que consiguieron que cambiara menos. Por todas partes se veían signos, por fortuna ya atenuados, que revelaban que la revolución china fue un retroceso hacia las peores épocas imperiales, quizá hasta igualar a la que se considera la peor de todas, la del unificador de China: Shi Huang Di.

No es en absoluto asombroso, cuando se conoce el conservadurismo de los movimientos revolucionarios, que los países ex comunistas, como Rusia o Polonia, sean mucho más conservadores que los que se quedaron en el llamado bloque capitalista. Por paradójico que resulte, el dominio de la Unión Soviética comunista sobre Polonia ha conseguido  que los polacos sean ahora (2006) los más católicos de Europa. Más católicos que el papa Ratzinger, o al menos más integristas. Incluso más católicos que los españoles que sufrieron la ultracatólica dictadura franquista.

Shi Huang Di, unificador de China bajo la dinastía Qin (-221/-206) y recordado como uno de los más sanguinarios emperadores. Se duda si ha sido por fin superado en el el siglo XX por Mao Zedong (Museo de cera de Pekín)

Es cierto que desde bastante pronto se supo en el mundo que el movimiento comunista, a pesar de sus pretensiones de cientifismo y ateísmo, era lo más parecido a una religión que se podía encontrar en todo el espectro político, por lo menos hasta que surgieron el fascismo y el nazismo.

Ya en los inicios del siglo XX se bromeaba con que los comunistas tenían un profeta (Karl Marx), una Biblia (las obras de Marx), en la que se contenía un Evangelio o Buena Nueva anunciando el mundo que vendría (el Manifiesto Comunista), unos fieles que estaban dispuestos a alcanzar el martirio si era necesario y que hablaban del marxismo como de una verdad revelada. El fuerte aroma religioso del comunismo superaba al de cualquier otra ideología, incluído el anarquismo.

Los dos primeros profetas, Marx y Engels (Parque de las estatuas, Budapest)

Pero lo que pocos esperaban era que el comunismo literalmente reinventara todo lo que la sensatez política y la lucha contra la injusticia de los últimos siglos empezaba a arrojar al desván de la historia y al museo de los horrores.

Algunos ejemplos del carácter reaccionario de la Revolución

1. Los dirigentes convertidos en héroes fundadores y después en dioses vivos, a la manera del Imperio egipcio o de la Roma de Augusto, Tiberio y sus sucesores.

El extremo increíble fue la recuperación de la tradición de los faraones del antiguo Egipto de momificar a sus soberanos (Lenin, Stalin).

Héroes revolucionarios chinos en la plaza de Tiananmen de Pekín. Los comunistas (y después los fascistas y los nazis) recuperaron la tradición de héroes legendarios, planos y sin doblez, mártires y sacrificados, siempre mirando al horizonte, propios de los peores cuentos de hadas.

Grandilocuencia heroíco-revolucionaria también en Hungría A los españoles, este tipo de imágenes nos recuerdan inevitablemente a las de los héroes franquistas (Parque de las estatuas, Budapest)

2. Un poder ocupado en exclusiva por una casta dirigente, cuyo único criterio era el que su líder supremo marcaba llevado por su propio capricho.

Lenin en una placa húngara (Parque de las estatuas, Budapest)

Los dirigentes del comunismo no sólo son grandes héroes revolucionarios, fabulosos caudillos militares y preclaros gobernantes con derecho al trono de por vida. También son los más sabios intelectuales, autores de la doctrina, que condensan en grandes obras, como Lenin o Stalin o en ediciones más asequibles, como Mao y su Pequeño Libro Rojo. Son también el Primer Científico del país, como Stalin, Ceaucescu y su esposa.

En una única persona unifican los tres poderes tradicionales y además todos los cargos posibles (Jefe Supremo del Ejército, Ministro de Cultura, Secretario General del Partido). Naturalmente, tienen tiempo para ocuparse de todo, excepto por enfermedad, como ahora Castro, que ha tenido que delegar en quince o dieciséis personas todos sus cargos.

Lenin, en esta ocasión en el Museo de cera de Pekín

 

3. El sometimiento durante décadas a un mismo gobernante, entronizado mediante la violencia y mantenido con el apoyo de las fuerzas armadas.

La herencia del poder entre los miembros de la casta dirigente, sin ninguna intervención exterior ni participación de los ciudadanos. Con extremos como el de la herencia familiar a la manera de las monarquías e imperios que, se suponía, el comunismo estaba llamado a derribar, como sucedió en Corea del Norte con Kim Il Sung y Kim Jong Il, o ahora en Cuba con Fidel Castro y su hermano Raúl.

Una Joven Guardia Roja se dispone a destrozar un violín (imagén de El violín rojo)

4. La condena de cualquier obra de arte, libro, manifestación o idea que no coincida con la ideología del poder, incluyendo la prohibición y la quema de libros.

O, como sucedió en China durante la Revolución Cultural, la destrucción de cualquier signo cultural no revolucionario, como un violín.

 

5. El gusto desmedido y enfermizo por todo lo militar: rifles, ametralladoras, machetes; títulos como Comandante, Subcomandante, Gran Timonel, Amado Líder, Jefe Supremo.

Dirigentes vestidos casi siempre con trajes militares, mostrando bien a las claras de dónde emana su poder: “El poder está en el cañón de la pistola”, decía Mao, en frase que envidiaría un fascista o un nazi.

6. La eliminación violenta del adversario. El exterminio sistemático de millones de personas y el traslado de poblaciones enteras, a la manera de los antiguos asirios.

Una indiferencia absoluta no sólo hacia la muerte del supuesto enemigo, sino hacia la de sus propios súbditos. El cálculo frío y pragmático de la utilidad que puede tener un ser humano, como trabajador esclavizado o como soldado a sacrificar.

Asombra este sangriento retorno al pasado a lomos de la Revolución, pero a mí siempre me ha asombrado mucho más cómo los seguidores de la Revolución que no vivían en países comunistas eran capaces de perder cualquier rasgo de pensamiento inteligente. Su manera de excusar desde la demagogia más tosca hasta el crimen más repugnante, la coexistencia de un pensamiento crítico poderoso (cuando se trataba de atacar al enemigo anti-revolucionario) junto a otro digno de un parvulario o jardín de infantes

El pequeño libro rojo de Mao, inspirador de intelectuales de medio mundo, como Sartre o Godard, que dejó de hacer sus complejas, sutiles, traviesas y exigentes películas para rodar propaganda maoísta en plena época de la Revolución Cultural.

.


[Publicado por primera vez en julio/agosto de 2006]

Tiempo después de escribir esta entrada, inicié una página dedicada al carácter religioso del comunismo, llamada El santoral revolucionario

En el Santoral Revolucionario se exploran los aspectos más religiosos del comunismo revolucionario: los profetas, los fundadores, las promesas de redención y la iconografía de la que para muchos ha sido la religión del siglo XX.

 Entradas de El Santoral Revolucionario

El santoral revolucionario

Leer Más
La religión del comunismo

Leer Más
Los líderes supremos: Lenin

Leer Más
Los líderes supremos: Oliver Cromwell

Leer Más


MAOÍSMO Y COMUNISMO CHINO

Extraños compañeros de culto: Mao y Deng

Leer Más
La anaconda china

Leer Más
¿Un país, dos sistemas?

Leer Más
La Maomanía

Leer Más
Mao, Stalin y Hitler y otras comparaciones

Leer Más


POLÍTICA

El santoral revolucionario

Leer Más
Sócrates y la ley

Leer Más
Koba el temible

Leer Más
Amos Oz: Israel y Palestina

Leer Más
La ciudad de las estatuas

Leer Más
Nazismo en Hungría

Leer Más
¿Una página apolítica?

Leer Más
La izquierda que no quiso ver

Leer Más
Aristóteles no dogmático

Leer Más
¿Dónde están los escritores soviéticos?

Leer Más
Antólogos, prólogos y errores

Leer Más
Tras las elecciones

Leer Más
Por qué no participo en los actos de la JMJ (obvio) y tampoco en la protesta contra los actos de la JMJ (no tan obvio)

Leer Más
Prensa, televisión y revolución

Leer Más
John Milton y los spartoi

Leer Más
Defensa del error por Milton y Selden

Leer Más
El imaginario revolucionario

Leer Más
John Milton y la libertad de imprenta

Leer Más
El mandato del cielo

Leer Más
Mao, Stalin y Hitler y otras comparaciones

Leer Más
¿Dónde está la izquierda?

Leer Más
sí pero no/no pero sí

Leer Más
Política y sociología

Leer Más
Entre la ética y la estética

Leer Más
La ética de la estética

Leer Más
Hágase la ley y muera yo

Leer Más
Orgía y utopía

Leer Más

Democracia e imperio

Leer Más
Unidad europea y separatismo

Leer Más
Explicar y justificar: Isaiah Berlin

Leer Más
Moral holista

Leer Más
La izquierda en la balanza

Leer Más
Volver a empezar

Leer Más
Entrevista a Martin Amis

Leer Más
Sudamérica está cambiando

Leer Más
Madres de mayo

Leer Más
Escepticismo y credulidad

Leer Más
Ética y política en Aristóteles

Leer Más
¿Programas o personas?

Leer Más
Expertos y marxistas

Lenguaje de expertos /2


Leer Más
Anecdotario de una campaña electoral

Leer Más
El pueblo no existe (y la gente tampoco)

Leer Más
El legado de Europa

Leer Más
La comprensión no implica justificación moral

Leer Más
La importancia de lo superfluo

Leer Más
Patria

Leer Más
La revolución tradicional

Leer Más
Maneras de predecir el futuro

Leer Más
La sociedad abierta de Bertrand Russell

Leer Más
La lógica demente de la nueva izquierda

Leer Más

*********

Share