Craven y Cuervo


Craven y Cuervo son dos personajes que aparecen aquí y allá en mis páginas. Suelen viajar conmigo por el mundo y se presentan cuando menos se les espera. Algunas veces, a últimos de diciembre, son los que felicitan el año nuevo. Han participado en dos juegos con los lectores: Craven interactivo y Craven visto por…

Aquí puedes ver todas las páginas en las que hay una historieta de Craven, o apenas un dibujo en un mantel, una servilleta o una dedicatoria en un libro.


CRAVEN

Comienzo de Craven

Acerca de


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El haiku de Cuervo

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Otra vida

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Craven y Cuervo visitan la Escuela


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Preocupado

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Herrare humanum est

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CRAVEN VISTO POR…. Claudio Méndez

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Craven visto por…. Aitor Méndez

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Craven visto por…. Marcos Méndez

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Craven visto por…. Bruno Tubau

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Craven visto por…. Rafael Aguilar

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La máscara de Arlequín
NO LUGAR 20

Ensayo sobre las máscaras /9

Zona de espera del Aeropuerto de Lima, esperando el vuelo 419 a Lima

[Sábado 13 de diciembre de 1997]

Estoy a punto de terminar con este asunto de los no lugares y los escritos en el cielo (que tal vez llame Escrito en el cielo y en ninguna parte), porque en cuanto llegue a Cuzco, comenzaré mi cuaderno de viaje de Perú (tal vez de Tahuantinsuyu, nombre quechua de la región) y olvidaré este experimento hasta el regreso.

Han sido muchos días, once o doce, que me parecen ahora meses, debido precisamente a estos escritos que lo llenan de densidad y de intensidad.

Pensé en pasar, durante mi estancia en Cuzco, todas estas notas al cuaderno que compré en Argentina, pero no lo haré, por dos razones:

1) Me quitaría tiempo para el cuaderno de viaje

2) Es mejor pasarlas directamente al ordenador, añadiendo los dibujos y fotos que he pensado o que ya llevo conmigo.

He pensado también hacer figuras de aviones y trenes con las letras de los textos, como aquellos caligramas de Apollinaire, y algunos otros detalles.

En cuanto a las máscaras, ayer tomé una chicha en un café: en mi mesa había un retrato de Arlequín.

Entré en una librería y vi un anuncio de “Arlequín servidor de dos señores”, de Goldoni, pero ya no se representaba (si no, probablemente habría ido a verla, a pesar de mi cansancio). En otra librería vi un libro titulado “Máscaras del Perú”

 

Y en cuanto a los no lugares, en la zona de espera de Bogotá me sorprendió ver un restaurante mongol (“Mongolian”).

Creo  que también entonces, mientras esperaba el avión a Lima, pensé que sería una buena idea ir a un no lugar como la estación de Atocha, la de Chamartín, el Aeropuerto de Barajas, a escribir. Ya alguna vez me he dado cuenta, creo que fue en el Café Comercial de Madrid, de que no es difícil escribir, y mucho, en un lugar lleno de gente, siempre que esas personas sean desconocidos para ti.

 

Una cabina de teléfono, que tal vez sea en sí misma un no lugar, puede a la vez estar en un no lugar, como una sala de espera de un aeropuerto. Eso significaría que hay no lugares que contienen no lugares.

Territorialidad
ESCRITO EN EL CIELO 19

Avión volando en un cielo indeterminado, probablemente sobre el Atlántico

[Lunes 29 de diciembre de 1997]

 

Comentarios a Augé:

Me parece muy interesante lo que dice en la página 114 acerca de la territorialidad:

 “Es muy cierto que hoy la tensión entre pensamiento de lo universal y pensamiento de la territorialidad se manifiesta a escala mundial. Aquí sólo hemos abordado el estudio por uno de sus aspectos, a partir de la comprobación de que una parte cada vez mayor de la humanidad vive, por lo menos una parte del tiempo, fuera del territorio.”

Los no lugares son, precisamente el lugar de la no territorialidad, de la universalidad. Augé incluso insinúa que esto podría explicar la predilección de los terroristas, que suelen ser nacionalistas o al menos no universalistas, por los no lugares, como objetivo de sus atentados.


La máscara resuena
NO LUGAR 23

Hotel Alto Urubamba, en Quillabamba

[15 de diciembre de 1997]

 

Le enseño a Karina algunas anotaciones de este cuaderno de no lugares y máscaras, y recuerdo algo que tenía que corregir: la etimología de “máscara” (personna). Creo que dije que significaba “suena a través”, pero parece que la traducción correcta sería “resuena”, porque la máscara servía para que la voz sonará con más volumen en el teatro, al resonar en la máscara y salir sólo por el estrecho agujero de la boca.

Así que la máscara cumpliría más bien aquella segunda función de la que ya he escrito en varios lugares: no tanto ocultar a la persona sino mostrarla mejor.

Máscaras tangenciales
NO LUGAR 30

Ensayo sobre las máscaras /13

Avión Ciudad de Barranquilla en la pista del Aeropuerto de Lima

[Domingo 28 de diciembre de 1997]

Una libreta que compré en el aeropuerto de Lima

 

Acabo de hablar de máscaras que persisten más allá de la vida, pero ahora puedo hablar de una máscara que puede salvar la vida de su propietario. Dice la azafata o aeromoza: “En caso de despresurización del avión colóquese la máscara sobre el rostro y respire…”

Naturalmente, son máscaras de una manera tangencial: no esconden ni simulan o disfrazan, quizá su única función de máscaras es que se colocan sobre el rostro.

Máscaras sobre personajes que arderán en representación del año viejo

Muchas máscaras
NO LUGAR ~19

Ensayo sobre las máscaras /8

Avión en la pista del Aeropuerto de Quito

[Viernes 12 de diciembre]

 

Escribí sobre el Atlántico aquello de la necesidad de llevar una máscara si queremos aplicar las ideas del “Vive oculto” y “Esconde tu juego”.

Ahora bien, podemos preguntarnos: ¿por qué seguir esas ideas de ocultamiento?, ¿por qué no mostrar nuestro juego y que así sepan los demás a qué atenerse?, ¿por qué aceptar la estética del ocultamiento en vez de la ética de la manifestación?

Sería largo explicar la conveniencia de esas ideas, pero, se podría decir, de una forma simplista, que, a causa de muchas experiencias repetidas, uno acaba llegando a la conclusión de que cuando ha mostrado su juego se han producido ciertas consecuencias indeseables.

Pero, bueno, todo esto es muy vago: ¿de qué juego se trata?, ¿y qué malvadas, o al menos sospechosas, intenciones se esconden tras alguien que cree que debe esconder sus intenciones?

Ninguna.

De todos modos, aunque aceptemos en cierto modo lo de vivir ocultos, todavía nos quedan muchas máscaras donde elegir.

Una de ellas es la del camaleón: mimetizarse con el ambiente para pasar desapercibido. No es mala máscara, pero acaba obligándote a compartir estupideces y tolerar bajezas; es peligrosa para tu propia integridad moral y psicológica. El mayor peligro de la máscara del camaleón es que acaba por fundirse con tu propio rostro y termina por resultar imposible arrancarla: de pronto te das cuenta de que te has convertido en lo que fingías haberte convertido. He visto a muchos amigos y conocidos sufrir esta tremenda transformación.

Otra máscara es la del hombre invisible: ser tan insípido que nadie advierta tu presencia, o que, aunque la advierta, no considere necesario convertirte en su aliado ni en su enemigo. Durante mucho tiempo quise ser el hombre invisible. Más tarde pensé que sería mejor ser Metamorfo, el hombre cambiante, un personaje de los tebeos de la editorial Novaro, que leía de niño. Esta sería una máscara interesante, sin duda, la del hombre cambiante, que tiene diferentes personalidades en diferentes circunstancias, que se adapta a diferentes ambientes y personas, no por mimetismo, sino por simpatía o empatía, o quizás por simple sentido común.

El colmo de la perfección sería poseer varias máscaras para los diferentes ambientes, pero que todas ellas fueran verdaderas, es decir, coherentes con tu carácter, que no te obligasen a envilecerte ni a violentarte. Algo así, creo, he conseguido en los últimos años, desde la enfermedad: muestro diversos juegos que son bastante reales, pero nunca todo mi juego.

¿Y quién conoce todo mi juego?

Nadie, excepto, tal vez, yo… y Dios, si existiera.

En ocasiones, sin embargo, se me escapa algún detalle de otra máscara, como cuando bailo delante de la gente del trabajo o cuando la noche en que, tras la grabación en Disneylandia, fui a bailar y me puse pendientes, lo que sorprendió a los que me conocen con mi máscara de trabajador formal y responsable.

Estos excesos, estos deslices en el ocultamiento, son inevitables de vez en cuando y está bien que Raúl me rebautizara como “Doctor Jekylll y Mister Hyde”, como ya lo hicieron antes Ana e Inés con lo de “Doctor Jekyll y Mister Tubi”. Esta doble personalidad me proporciona cierta libertad e impunidad: lo que ellos ignoran es que yo no soy el que conocen habitualmente (el doctor, el trabajador formal), sino el otro, el ‘mister Jekyll/Tubi’, el que se trasforma, el que baila enloquecido en las discotecas.

El cielo en un no lugar
NO LUGAR 25//ESCRITO EN EL CIELO 13

Autocar subiendo de Aguascalientes a Machu Pichu

[Miércoles 17 de diciembre]

 

Escribo, por fin, en un no lugar y, al mismo tiempo, en el cielo, aunque no en un avión: entre las nubes mismas, que atravesamos en nuestro ascenso a Machu Pichu.

El lugar de los demás
NO LUGAR ~2

Cafetería en la sala de espera del Puente Aéreo del Aeropuerto de Barajas (Madrid)

Lunes 1 de diciembre de 1997

En la mesa de al lado hay tres señores sentados. Llega otro, que habla con un teléfono móvil. Sin dejar de hablar, saluda a los tres. Después les dice que la lengua le mide tres metros y que ha adelgazado quince quilos por los cambios del Aeropuerto. Es todo el rato muy gracioso, esforzadamente gracioso. Se va, de nuevo hablando por el móvil, pero aparece al poco rato, y entonces comenta a uno de sus tres amigos que ha cambiado mucho de aspecto:

__¿Qué? ¿Estás soltero otra vez? ¿Habéis visto que melenita se ha dejado? Si parece un play-boy…

El otro, que además de atractivo parece un buen tipo, intenta sonreír a las gracias insulsas del gracioso.

Del mismo modo que los taxistas que despotrican a diestro y siniestro y ponen al mismo tiempo la radio o la  conexión con la central de reparto (o ambas cosas) a todo trapo, sin que eso les impida dejar de hablar con el cliente somnoliento, los graciosos se imponen a los demás, adaptan el medio circundante a sí mismos y obligan a los que les rodean a vivir en ese ecosistema trasformado.

Poco antes de embarcar veo al nuevo productor inglés, que controlará nuestro trabajo a partir de ahora en el programa de televisión que dirijo. Es un tipo interesante. No le saludo; él parece no advertir mi presencia, pero es casi seguro que me ha visto mientras escribía en este cuaderno antes de que los dos nos colocásemos en la cola. Supongo que él respeta mi intimidad del mismo modo que yo respeto la suya, una costumbre que en España no es frecuente. Aunque algunos consideran fría esta actitud, la suya y la mía, creo que el respeto a la soledad del otro se debe aplicar, en especial en los no lugares, donde las conversaciones con los conocidos suelen ser o incómodas o estúpidas. Mi demonio de la moderación me susurra al oído: “No siempre, no siempre”. Cierto. Tampoco en esto deben establecerse reglas estrictas.

 

La primera libreta

 


2011

El productor era Mark, con quien hace pocos años reanudé el contacto de una manera muy amistosa.

Definición de los no lugares
NO LUGAR ~5

Andén de la estación de Sant Joan (mientras espero el tren a Plaza de Catalunya)

Lunes 1 de diciembre de 1997

 

Se podría intentar una definición de los no lugares. Lo cierto es que no estoy seguro si he leído algo, y dónde, acerca de los no lugares. Tal vez se habla de ellos en el cuadernillo de Guy Debord que editó Enrique, Teoría de la deriva. ¿Es una teoría de Guy Debord o es un asunto sociológico que él trata? Sé que lo he comentado al menos dos veces con Marcos, que también leyó aquel cuadernillo.

Portada/Sobre de la edición de Teoría de la deriva,
de Guy Debord, editado por Enrique Zacanini
en sus Ediciones Texticulares

 

En fin, como hacía Aristóteles al examinar la prudencia mediante la observación de las personas consideradas prudentes, habrá que iniciar la definición de los no lugares examinando las cosas que tienen en común esos lugares que llamamos “no lugares”.

Una apresurada enumeración de no lugares: un taxi, un autobús, el metro, un tranvía, ¿un coche particular?, el vestíbulo de una consulta, de una oficina, un aeropuerto, una estación de tren, un avión, ¿la sala de reuniones de una empresa?, ¿un cine?, el vestíbulo de un cine, ¿la calle?…

¿Y qué tienen en común?

1. No están habitados de manera permanente por nadie

2. No pertenecen a nadie[DT1] .

3. Son usados por gente a la que no les pertenecen.

4. Te llevan de un lugar a otro, o su uso fundamental es permitirte esperar en ellos el medio que te llevará a otro lugar.

5. Hay que pagar para utilizarlos.

6. Son siempre lugares de paso, en los que:

a) Raramente se duerme.

b) Es difícil pasar más de 24 horas seguidas.

c) Se comparte el espacio con desconocidos.

d) Son siempre etapas de un viaje, nunca la meta o el destino.

Con todas estas características, ya se podría empezar a dilucidar si un sitio es un lugar o un no lugar. Hay que recordar, sin embargo, a Huizinga y su intento fallido de definir lo que es un juego: siempre existe algo que consideramos juego que escapa a cualquier definición propuesta.

Algunos sí pertenecen a quien los usa: el conductor de un taxi o un coche.

A veces se utilizan en soledad: una sala de espera, una escalera, un pasillo.

En raras ocasiones puedes pasar más de veinticuatro horas seguidas en ellos: la sala de espera de un aeropuerto durante una huelga de pilotos.

Así que no podemos exigir a los no-lugares que cumplan todas las condiciones. Basta con que cumplan varias, o la mayoría.

 


 [DT1] Nadie (esto es dudoso en casos como los de los taxis o un coche particular)