Yang Zhu, el sabio escondido que llenó el mundo de palabras

YangZhuEl confuciano Mencio aseguraba que las palabras de Yang Chu y Mo Ti llenaban el mundo. Hoy en día, sin embargo, solo se conserva un libro de Mo Ti, La doctrina del Amor Universal, y ninguno de Yang Chu. ¿Quién es este hombre antes tan conocido y ahora tan olvidado?

Se llamaba Yang Zhu (pronunciado Yang Chu), o Yang Zi (Maestro Yang), o Yang Sheng, o incluso Yang Zi Ju. Es probable que fuera uno de los primeros taoístas. Parece indiscutible que vivió antes de la época de Mencio o que fue su contemporáneo, ya que, como hemos visto, es mencionado por él. Los expertos lo consideran posterior a Mo Di, aunque no he descubierto las razones que fundamentan esa opinión. La conclusión es que Yang Chu debió dedicarse a llenar el mundo de palabras entre el año -479, que es cuando nació Mo Di, y el año -331, época de la madurez de Mencio. Iñaki Preciado ofrece un margen de fechas más estrecho: entre -395 y -335. Todas las fechas pertenecen a la época de los Reinos Combatientes, cuando varios estados se disputaban un territorio que con el tiempo sería conocido como China. Tiempo de guerra constante, de inseguridad y de violencia, lo que quizá explique algunas de las ideas de Yang Zhu.

Yang Zhu era natural del estado de Wei, pero vivió en Lu y en  Song. También se dice que llegó a encontrarse con el rey Hui de Liang, con quien discutió sobre los principios del Imperio. Durante un viaje al sur conoció a Lao Dan, el hombre al que se atribuye el Lao zi. En otro libro quizá taoísta, el Zhuang Zi, se dice de manera explícita que era discípulo de Lao Dan. No he encontrado ninguna mención a obras escritas por él, pero algunas de sus ideas se exponen en el Lie zi, un libro taoísta tardío que se atribuye a un tal Lie Yu-kou.

 

¿Quién era Yang Zhu?

En el Lie zi hay un capítulo llamado “Yang Zhu” en el que exponen sus ideas como las de un hedonista extremo. Sin embargo, Fung Yu Lang dice que se duda mucho de la autenticidad del Lie zi. El libro, como es obvio, existe, pero parece que no es el mismo texto del que haba la tradición taoísta, sino que se trata de una falsificación posterior.
Según Fung Yu Lang, las ideas expresadas en ese capítulo del Lie zi no “son congruentes” con las que aparecen en otras fuentes tempranas, en las que Yang Chu “nunca es presentado como hedonista”. Sé que existe un libro de Forke llamado El jardín de los placeres de Yang Chu, donde, supongo, se presenta a un personaje llamado Yang Zhu, pero no sé si inspirado en ése que aparece en el Lie Zi.
El Yan Zhu que aparece en el Lie Zi, sea quien sea, resulta un filósofo muy interesante. No sería la primera vez que un filósofo de papel, un pensador inventado, supera a aquel de quien toma el nombre.

En primer lugar, hay que decir que Yang Chu era un ying shi o ‘sabio escondido’, para quienes “fama, poder, riquezas, son palabras vacías”. Eso quizá explique que no se conserve nada seguro y concreto de él.

En el Lie zi se dice “Yang Sheng (Yang Zhu) evaluó el ego”. Parece que eso debe entenderse como una reivindicación del egoísmo, pues tenía un principio que decía: “Cada quien para sí mismo”. También se asegura que “aunque hubiera aprovechado a todo el mundo si se hubiese arrancado un sólo cabello, él no lo habría hecho”. La idea se repite en otro libro, el Hanfei zi, con algunas precisiones que muestran a Yang Zhu quizá más prudente que egoísta: “Hay un hombre cuya política es no entrar en una ciudad cuando está en peligro, ni permanecer en el ejército. Aún para el mayor provecho de todo el mundo, no se arrancaría un sólo pelo de la cabeza… es el que desprecia las cosas y aprecia la vida”. Un tercer libro, el Huainan zi repite este instinto de supervivencia: “Conservar la vida y mantener lo que es auténtico en ella; no permitir que las cosas se enreden con la propia persona: eso es lo que estableció Yang Zhu”.

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[Escrito en 1997]

NOTA EN 2014: “EL jardín de los placeres de Yang Chu” es, al parecer, la traducción de Forke de los pasajes del Lie zi en los que se habla de Yang Zhu. Se puede leer aquí, en inglés “The garden of pleasures of Yang Chu”

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Nos cortamos con el filo de las cosas
Lectura del Zhuangzi /9

dragones

 “Las cien articulaciones, los nueve orificios, los seis órganos, todos se unen y existen en mí. Pero, ¿de cuál de ellos debería sentirme más cerca? ¿Dices que debería regocijarme en todas mis partes? Pero deberá de haber alguna que tenga que favorecer más. De lo contrario, ¿son todas ellas meros sirvientes? Y si son todas sirvientes, entonces, ¿cómo pueden mantener el orden entre sí? ¿O es que se turnan para ser señor y sirviente? Parecería que debe haber una suerte de Verdadero Señor entre ellas. Pero descubra o no su identidad, ello no agrega ni quita nada acerca de su Verdad.

Una vez que un hombre recibe su forma corporal fija, se aferra a ella, esperando el fin. A veces golpeándose contra las cosas, a veces doblegándose ante ellas, corre su carrera como un corcel galopante, y nada puede detenerlo. ¿No es acaso patético? Sudando y esforzándose hasta el fin de sus días sin ver jamás sus logros, extenuándose totalmente sin saber jamás dónde buscar descanso. ¿Cómo es posible no sentir pena por él? “¡Todavía no estoy muerto!”, dice, pero, ¿para qué le sirve? Su cuerpo se deteriora, su mente le sigue. ¿Puedes negar que esto sea una gran pena? La vida del hombre siempre ha sido una confusión semejante. ¿Cómo podría ser que yo fuera el único confundido y que nos demás hombres no lo fueran?

[Zhuangzi, Libro 2, Qí wù lùn (齊物論). Capítulo 1. Identidad de las cosas y discursos (o  Identidad de los seres) Apartado 2. Sección IV. El sentido de la vida]

(Traducción de Alex Ferrara a partir de la versión inglesa de Burton Watson)

 

El ser humano, su cuerpo y su conciencia

Tras las preguntas que se hacía Zuangzi acerca de la Naturaleza o Dios, el siguiente pasaje vuelve a ocuparse del ser humano.

Aquí también se habla de un Dueño o Señor, pero en este caso parece más bien referirse a algo así como la conciencia, el verdadero ser o lo que nos gobierna y hace posible que existamos como organismos dotados de vida e inteligencia. Veamos esa misma pregunta pero ahora en la traducción de Pilar González España y Jean Claude Pastor-Ferrer:

De los cien huesos de que un cuerpo se compone,
de los nueve orificios,
de las seis vísceras,
¿cuál es el más amado?
¿Se les ama a todos por igual?
¿Hay alguna preferencia?
¿Son todos ellos súbditos?
¿Son todos ellos amos?
¿O se alternan en su poder
como servidor y soberano?
¿Hay entre ellos un Dueño verdadero?

En este interesante pasaje, el que habla (no sé si Zhuangzi o Ziqi) tampoco sé si pretende ser preciso al mencionar cien huesos en el cuerpo humano (en realidad son entre 206 y 208, según creo) o tan sólo metafórico

En cuanto a los orificios, aunque hay cierta polémica al respecto de lo que es un orificio, la expresión jiu qiao se refiere a los nueve orificios de los hombres, que serían diez en las mujeres (si se cuentan, en ambos casos, los ojos). Las vísceras a las que se refiere son: el corazón, el hígado, el páncreas, los pulmones y los dos riñones. Es curioso que en esta enumeración de las partes del cuerpo más importantes no se mencione el cerebro.

Algunos comentadores dan por supuesto que el pasaje es una pregunta acerca de la conciencia, del Yo o del órgano rector de cualquier ser humano. Es lo que parece opinar Preciado Ydoeta:

 “Verdadero amo (zhen zai) se refiere a la verdadera mente (que es dueña del cuerpo) o al verdadero yo. El yo formado por las diversas emociones sería un falso yo, justamente el yo al que se alude al comienzo del párrafo”.

Pero yo no estoy tan seguro de que esa sea la intención. Puede tratarse de una pregunta acerca del motor que pone en marcha la maquinaria de nuestro cuerpo, pero no necesariamente acerca de la conciencia de esa maquinaria, lo que quizá explicaría la ausencia del cerebro (o del corazón en la enumeración).

Más difícil me parece aceptar la interpretación de que ese verdadero amo sea la Naturaleza o el Tao, que proponen otros comentaristas. Creo que aquí Zhuangzi intenta entender cómo es posible que existamos en tanto que seres humanos, qué es lo que nos mantiene con vida, qué órganos son protagonistas de este milagro, cuáles están al mando y cuáles están subordinados. En cualquier caso, la indagación termina con una conclusión quizá un tanto nihilista:

“Aunque hubiera (un Verdadero Señor),
nuestra ignorancia de él,
nuestro conocimiento de él,
no afectarían en nada a su auténtica Verdad.”

Esto me recuerda de manera inmediata una célebre opinión de Jenófanes, que influyó mucho en el escepticismo griego y latino:

“Ningún hombre conoció ni conocerá nunca la verdad sobre
los dioses y sobre cuantas cosas digo; pues aun cuando
por azar resultara que dice la verdad completa, sin embargo no lo sabe.
sobre todas las cosas no hay más que opinión”

Que es más o menos lo que también dijo Demócrito:

“Por convención es lo caliente, por convención lo frío; pero, en realidad, existen sólo átomos y vacío… En realidad, nada conocemos pues la verdad yace en lo profundo”.

Liezi

Liezi

En otro texto taoísta, considerado el tercer clásico, pero con ciertas dudas acerca de su autenticidad, el Liezi, se confiesa la misma ignorancia acerca de las explicaciones últimas:

“Los que dicen que el cielo y la tierra son indestructibles se equivocan y los que mantienen que son destructibles se equivocan. Sean o no destructibles o no destructibles, yo no lo sé.”

Esa aceptación de lo falible del juicio humano y de la inmensidad de nuestra ignorancia, era común a muchos filósofos antiguos, como ya hemos visto y como muestra también Cicerón en este hermoso pasaje:

“Según mis noticias, Arcesilao combatió el conjunto de doctrinas de Zenón, no por pertinacia, ni por el afán de vencer, sino a causa de la oscuridad de aquellas cuestiones que habían llevado a Sócrates a confesar su ignorancia, y, antes que a Sócrates, a Demócrito, Anaxágoras, Empédocles, y casi todos los antiguos, quienes sostuvieron que nada puede conocerse, ni comprenderse, ni saberse; que los sentidos son limitados; la inteligencia, débil, y breve el espacio de la vida; que la verdad, como decía Demócrito, yace sumida en lo profundo; que todo es del dominio de lo opinable y convencional; que nada pertenece a la verdad, y que todo, finalmente, está rodeado de tinieblas.”
               (Cicerón, Académicos, I, 12,44).

Como ellos, Zhuangzi parece renunciar a descubrir la verdad que se oculta, porque sabe que aunque lograra encontrarla, ni siquiera podría demostrar que eso que cree la verdad es realmente la verdad.

Es un tipo de opinión difícil de rebatir, al menos cuando se trata de cuestiones acerca de la esencia de la realidad, pero eso no quiere decir que no podamos encontrar otras verdades más modestas, una tarea a la que se entregó con ardor el propio Demócrito, quien decía: “Prefiero descubrir una causa (una ley, una explicación verdadera) antes que convertirme en rey de los persas”.

Ahora bien, el último pasaje precipita a Zhuangzi en la desesperación y lo acerca en su tono al suicida Lucrecio:

Cuando una forma nos ha sido dada,
persiste hasta que la vida se agota.
Nos cortamos con el filo de las cosas.
Nos evitamos mutuamente.
Veloces como caballos galopando.
Incontenibles. ¿No es una lástima?
Esforzarse sin ver el fruto del trabajo.
Agotarse y no saber a dónde regresar.
¿No es triste? Ser inmortales ¿para qué?
El cuerpo se corrompe,
así también el espíritu.
¿Podemos negar ese inmenso dolor?
¿La vida del hombre es tan absurda?
¿O es que soy el único que lo piensa,
yo, el más absurdo de entre todos?”

Este es un lamento absoluto, en el que no parece quedar ningún resquicio a la esperanza. Una expresión de pesimismo en la que ni siquiera la posible inmortalidad del espíritu serviría de gran cosa (“Ser inmortales, ¿para qué?”, pues también el espíritu se corrompe.”

No se detecta aquí esa especie de suficiencia que a veces parece mostrar Zhuangzi. Esto me da ocasión para hablar de mi divergencia con algunas de las definiciones o retratos que a menudo se aplican a Zhuangzi.

 

Otro Zhuangzi

huesosNo me gusta la imagen que muchas veces se trasmite de Zhuangzi, como un sabio que desprecia todo conocimiento y saber, que se burla de las distinciones que hacen los filósofos e indagadores, de la “pequeña sabiduría“.

Todavía me gusta menos la falsa seguridad que esta imagen de Zhuangzi (y también de Laozi) parece dar a algunos de los que se identifican con ella. Se trata de personas que creen haber alcanzado una verdad trascendente, que está más allá de las “tonterías” en las que pierden su tiempo y energía quienes deciden investigar la naturaleza por medio de la observación, el examen y el rigor.  Los seguidores de la versión digamos “mística” de Zhuangzi creen seguir sus enseñanzas cuando hablan de ideas más o menos abstractas o inaprensibles, como el Dao, que siempre escriben con mayúsculas, la Naturaleza o la Energía, pero esas personas son como los charlatanes de los que Zhuangzi se burla casi tan a menudo como de los letrados pedantes.

Porque Zhuangzi no se limita en sus textos a hablar de abstracciones, de raptos místicos e iluminaciones  sino que, quizá más a menudo, habla de cosas concretas y de cómo, cegados por nuestros prejuicios, no sabemos observar la realidad.

Ya hemos visto cómo le encuentra una utilidad a una calabaza demasiado grande, cómo nos muestra que somos llevados por nuestros prejuicios cuando sólo miramos desde un punto de vista, por ejemplo, el punto de vista del gran pájaro Kun, o el de la pequeña tórtola. También hemos descubierto cómo se le puede sacar un beneficio extra a una pomada para las manos agrietadas en invierno, e incluso conocemos la utilidad de lo inútil. Así que Zhuangzi no es un sabio contemplativo que no se preocupa de los detalles, de las pequeñas cosas y de los problemas cotidianos, sino quizá todo lo contrario.

Por otra parte, la imagen que muchos propagan de Zhuangzi acaba por darle un aspecto en cierto modo desagradable, el de alguien muy seguro de sí mismo, que cree conocer una verdad trascendente y que desprecia a todos. Ese personaje antipático y soberbio no me parece muy interesante  Me gusta más imaginarlo como una persona de buen humor, que se divierte, al que le gusta hablar con sus amigos, por ejemplo Huizi, y que, a pesar de su crítica, mantiene un cierto afecto por sus rivales, incluso por Confucio, como también tendremos ocasión de ver más adelante. Espero tener ocasión de mostrar a ese otro Zhuangzi a lo largo de este comentario.

En definitiva, no me gusta ese taoísmo fatuo de quien cree decirlo todo hablando del Dao incognoscible (he hablado ya de esto en La gran sabiduría y la pequeña, en relación con la imagen tópica de taoísmo y confucianismo). Es algo muy común, no sólo en la interpretación del Zhuangzi, sino en muchas de las interpretaciones de las filosofías orientales, ya se hable de nirvana, samadi, o la revelación del zen o satori. Casi siempre es pura palabrería, propia de personas que se sumergen en una verdad trascendente que, por otra parte, es obvio que no conocen. Hablar de conectar con la energía del universo, o de la unión del microcosmos y el macrocosmos no significa absolutamente nada, excepto en ciertos casos, muy poco frecuentes, que van más allá de la mera  palabrería inculta. Uno de esos casos es Zhuangzi.

 

Zhuangzi, el hombre

Como ya he dicho, tendemos a pensar en Zhuangzi como un sabio que recorre el mundo a su antojo, casi descarnado, sin verdaderos problemas. Se dedica simplemente a ir observando la estupidez de los que le rodean y a decir cosas casi siempre ingeniosas. Sin embargo, aunque no se sabe a ciencia cierta qué parte del libro que lleva su nombre escribió, en algunos pasajes parece que podemos ver a un Zhuangzi más carnal, a un hombre con sus dudas y angustias, no tan seguro de sí como él mismo a veces parece aparentar. Creo que este es precisamente uno de esos pasajes.

En primer lugar hay que recordar que, como vimos en la lectura anterior, quien está hablando aquí no es el propio Zhuangzi, sino Ziqi de Nanguo. Pero, supongamos, o bien que Zhuangzi habla por su boca o que al menos se identifica con sus palabras (tal vez en próximos comentarios reconsideraré esa opinión).

Pues bien, lo que yo veo en este pasaje es a un personaje parecido al predicador que habla en el Eclesiastés acerca de la vanidad. Ya he citado ese pasaje en un capítulo anterior, pero repetiré aquí uno de los fragmentos que muestran un pesimismo o desesperanza muy parecidos a los de Zhuangzi:

“Luego yo consideré todas las cosas que mis manos habían hecho y el duro trabajo con que me había afanado en hacerlas, y he aquí que todo era vanidad y aflicción de espíritu. No había provecho alguno debajo del sol.” (Eclesiastés, 2, 5)”.

 


Aquí termina  el apartado II de este segundo libro del Zhuangzi. En el apartado III seguirán las preguntas, y quizá también alguna respuesta.

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ENTRADAS PUBLICADAS EN “LECTURA DEL ZHUANGZI”

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La escuela negativa del taoísmo

liezi-portadaLa Escuela Negativa del Taoísmo, interpreta la inacción como completo abandono. Se considera representantes de esta escuela a Yang Chu (440 a 360 a.C) y a Lie Zi (siglo V a.C).

Yang Chu era hedonista y defensor del placer, mientras que Lie Zi era, al parecer, pesimista.

Se puede leer en el Lie Zi:

“Los que dicen que el cielo y la tierra son indestructibles se equivocan y los que mantienen que son destructibles se equivocan. Sean o no destructibles o no destructibles, yo no lo sé.”

Es algo parecido a lo que dice Jenófanes acerca de que aunque descubriéramos la verdad no podríamos saber a ciencia cierta que la habíamos descubierto. También parece coincidir con una de las corrientes escépticas, la que no niega ni afirma que sea cierto lo que afirman las doctrinas dogmáticas, sino que se limita a encogerse de hombros y admitir que no es posible saber quien tiene razón.

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[Anotaciones a Taoism and the philosophy of Tai Chi Chuan]