Una improvisación sobre… “los libros de autoayuda”

Darling me envío una propuesta de improvisación…

“Los libros de autoayuda”

Y me ofreció otra opción:

“¿Estamos a salvo de nuestras propias críticas?”

Escribo esta improvisación en el café Zurich de Barcelona el 27 de septiembre de 2006 entre las seis y las seis y media de la tarde.

LOS LIBROS DE AUTOAYUDA

Los libros de autoayuda son ahora el género de moda, lo que nos puede hacer sospechar que empezamos a parecernos más a los romanos que a los griegos.

En la época romana, casi todos los filósofos escribían libros de autoayuda, desde Cicerón a Plutarco y Séneca, desde un esclavo como Epícteto a un emperador como Marco Aurelio. Tan sólo algún despistado como Lucrecio intentaba entender el universo, aunque lo cierto es que su libro Sobre la naturaleza empezaba con la física atomista, pero acababa en la autoayuda epícurea, lo que no le ayudó a evitar el suicidio (por propia voluntad, no como Séneca).

Para algunos, esto de volcarse en uno mismo, este contemplar el propio ombligo, es un signo de decadencia. Para otros, es una prueba de sensatez intentar resolver lo más cercano en vez de obsesionarse por lo más lejano.

En casi todas las civilizaciones desarrolladas, los libros de autoayuda han sido el género dominante, como en China e India: Confucio, Lao Zi, Zhuang Zi, Buda, Mahavira. De hecho, los libros de autoayuda actuales, al menos los que yo he leído u hojeado, suelen ser una imitación o reescritura de los clásicos, ya sea su inspiración el taoísmo, el zen, el sufismo, el estoicismo o Baltasar Gracián. Por eso suelen estar llenos de cosas estupendas, aunque su brillo proceda de plumas ajenas.

Pero les falta pensamiento propio y les sobra cierto tono de santón agnóstico, que demuestra que la autoayuda fundamental que proporcionan estos libros es la que recibe el propio autor por las ventas millonarias.

Otro defecto, tal vez debido a esta impostación de la voz, en autores como Paulo Coelho, es que sus lectores no aprenden grandes verdades, sino tan sólo a repetir grandes frases, algunas sin ningún sentido, como: “lo que tiene que pasar, pasará” (legendaria en tradiciones fatalistas como la musulmana) o: “Cuando deseas verdaderamente algo, el universo entero conspira para que lo consigas”, que tiene cierta gracia, siepre y cuando uno no se la tome como la llave para la felicidad. Así que los autores y los lectores de los libros de autoayuda conspiran para reducir a lugares comunes y frases huecas algunas buenas ideas tomadas de aquí y allá (El Alquimista de Las Mil y una noches, por ejemplo). Casi siempre es preferible el original.

Pero me doy cuenta, casi al llegar al final de esta improvisación, que falta algo. Me da la sensación de que estas improvisaciones consistían en mezclar dos o más temas, así que, como Darling añadía un tema opcional: “¿Estamos a salvo de nuestras propias críticas?”, que yo interpreto en el sentido: “¿Se nos puede achacar lo que criticamos en los demás?”, puedo decir ahora que yo tampoco estoy a salvo de lo que critico, puesto que suelo vulgarizar y hacer triviales con estas improvisaciones ideas complejas que merecen una reflexión más pausada.

Una muestra de esta simpleza mía es el haber aventurado tan rápidamente que nos parecemos a los romanos y a los griegos decadentes. Por dos razones: nunca antes como ahora, ni siquiera en la Grecia de los presocráticos, ni en la India de los Upanisads, ni en la China de las Cien Escuelas, se han buscado y se han encontrado tantas respuestas acerca del universo entero (incluido el cerebro del ser humano).

Simple es también dar a entender que este antropocentrismo al que contribuyeron los griegos desde Sócrates (o Demócrito), los romanos, los chinos, los indios y los libros de autoayuda, que se opone al Teocentrismo de los mitos y las religiones, sea sinónimo de decadencia.

Además, se puede considerar que los llamados períodos de decadencia son los mejores que ha conocido la humanidad. En uno de ellos vivieron y trasmitieron sus ideas Confucio, Lao Zi y Zhuang Zi; en otro, Buda y Mahavira; en otro se inició la filosofía griega, en otro se inventó la democracia y, en uno de los más recientes, el antropocentrismo fue origen de la Ilustración y se plasmó en la Declaración de los Derechos Humanos. Porque suele suceder que cuando te olvidas de Dios y otras divinidades, como la patria o la raza, empiezas a ocuparte de ayudar y autoayudar al ser humano. ¡Bendita decadencia!

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Nota:
Terminada la improvisación, me di cuenta de que no había por qué mezclar dos temas

Pronto otras improvisaciones en…

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[Publicado por primera vez el 27 de septiembre de 2006 enUbicuo]

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Los libros de autoayuda
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /2

En Un optimista es sólo un pesimista bien informado, dije que todo lo razonable del optimismo se veía comprometido por “la avalancha de libros de autoayuda más o menos simplistas que inundan las librerías”.

Si dije “más o menos simplistas” es porque en lo que se refiere a ideas concretas, hay que reconocer que más del ochenta por ciento del contenido de esos libros suele ser excelente. Tan sólo un 20 por ciento es trivial y simplista, un porcentaje que coincide con la parte del libro que ha escrito quien lo firma, porque el resto, aquello que vale la pena, es simple copia de otros autores.

En efecto, la mayoría de los libros de autoayuda no hace más que recoger lo mejor de las fuentes del optimismo, sobre todo griegas y latinas, taoístas y de la Ilustración, pero también las trasmitidas por aquello que se llama sabiduría popular, desde las andanzas del mulá Nasrudín al Quijote, desde los cuentos y chistes yasídicos a las fábulas de India.

El problema es que esos autores suelen estropear las buenas ideas de otros con explicaciones vacuas y vacías, casi siempre reaccionarias, como en el caso de Paulo Coelho o Carlos Castaneda, y con un tono voluntarista y de adulación al lector que resulta fatigoso y gratuito. Junto a todo ello, una sobrecarga interpretativa llena de psicoanálisis que acaba por convertir las historias más divertidas y ocurrentes en un caldo trascendentalista indigerible. Prefiero sin dudarlo lo que hace Jean Claude Carriere en El círculo de los mentirosos, que se limita a recopilar las historias y añade un prólogo tan interesante como todo lo que escribe.

Cualquiera es libre, por supuesto, de comentar esas historias y consejos de la sabiduría libresca o tradicional, pero es una pena que se conviertan en trivialidades y en verdades dichas con una boca muy abierta por el asombro. En mi opinión, hay que hacer precisamente lo contrario: que esas ideas se hagan más sugerentes, que se unan a otras con las que parecían no tener relación, que mantengan su caracter ambiguo y paradójico, que no llevan al lector a repetir un lema sin más, sino a investigar y reflexionar, que no rebajen la autoexigencia, sino que la acrecienten, que no le hagan pensar que logrará todo lo que se proponga por el simple hecho de desearlo, sino que conseguirá esto o aquello si pone a trabajar su inteligencia y su ingenio; si le enseñan no a confiar ciegamente en su intuición y su instinto, sino a ponerlos a prueba y darse cuenta de lo fácilmente que le engañan cuando se deja llevar por ellos.

Cualquiera es libre de usar un cuento tradicional y reescribirlo, como hace Borges, por ejemplo en La biblioteca de Babel a partir del relato La biblioteca universal, de Kurd Lasswitz, o como vuelve a hacer en la Historia de dos que soñaron, reescribiendo un relato de Las mil y una noches que también existe en la tradición jasídica hebrea. Pero ese mismo relato de los dos que soñaron en manos de Paulo Coelho se convierte en una trivialidad cursi y reaccionaria llamada El alquimista.

Quizá deba aclarar que el género de los libros de autoaprendizaje o autoayuda me parece uno de los mejores, a pesar de que, como ya he dicho, hoy en día abunden tantos que caen en cierto simplismo. A este género pertenece el extraordinario Manual de Epícteto, el Lun Yu o Analectas de Confucio, La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell, las dos éticas de Aristóteles, muchos de los libros que escribió Epicuro (del que conservamos la extraordinaria Carta a Meneceo), y muchas otras obras deliciosas y útiles. Para mí, son esos libros el término de comparación y frente a ellos los actuales son una continua decepción, salvo algunas excepciones, que no suelen ser situadas en el estante “Autoayuda”, como los siempre estimulantes libros de Paul Watzlawick.

Continúa en: El efecto placebo y algo más (o menos)

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ACerca de los libros de autoayuda, escribí una improvisación en Speakercornerweb:
Una improvisación sobre los libros de autoayuda

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[Publicado por primera vez el 10 de octubre de 2005 en Mundo Flotante]

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Crítica de Marcos Méndez Filesi

Marcos Méndez Filesi

[Publicado en El jardín de los dioses]

Entre las diversas virtudes del libro me gustaría destacar la lucidez con que criba la extenuante información que existe sobre las sociedades secretas más afamadas. Incluso para quien cuenta con ciertos conocimientos históricos, es tal el ruido que rodea a templarios, masones o rosacruces, por ejemplo, que resulta imposible saber algo de ellos sin tropezar con textos disparatados que nos desvían del rigor histórico. Sin embargo, el libro de Tubau nos conduce por la espesura de la especulación trivial, separando las hipótesis de los hechos, la ficción de la realidad, para mostrarnos las sociedades secretas tal cual eran, con sus luces y sus sombras.
Por otro lado, como siempre sucede con la obra de Tubau, paradigma de inquietud renacentista, los temas se entremezclan y a partir del microcosmos de una sociedad secreta nos propone un sinfín de reflexiones sobre materias tan apasionantes como la Cábala, la magia o el hermetismo.

En suma, este delicioso ensayo, que se lee en un santiamén y que despierta el apetito por la investigación, resulta imprescindible para todo aquel que quiera conocer la verdadera historia de las sociedades secretas y su influencia en el desarrollo de nuestra historia, de nuestra cultura.

Da non perdere

 

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[Publicado el 11 de diciembre de 2008]

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