La fama póstuma de Lichtenberg y la aviación

Además de las buenas ideas que ofrece en sus aforismos, Lichtenberg era célebre por su capacidad predictiva, especialmente en el terreno de la psicología, pero ahora citaré un aforismo asombroso y certero:

“¡Cómo se olvidarán algún día nuestros nombres por los de los inventores de la aviación y otras cosas semejantes!”.

Lichtenberg, como Leonardo Da Vinci, estaba fascinado por la posibilidad de que el hombre pudiera volar e incluso hacía una curiosa inferencia: “El mundo no debe ser todavía muy viejo puesto que los hombres aún no pueden volar”.

archaeopteryxAhora sabemos, por supuesto, que el mundo sí es muy viejo, mucho más viejo de lo que probablemente ni siquiera el propio Lichtenberg podría haber imaginado. En realidad su inferencia estaba mal planteada y más bien debería formularse (contando nosotros con la ventaja de conocer la teoría de la evolución de Darwin, claro) de la siguiente manera: “No es posible que en un mundo lo suficientemente viejo alguna especie no invente la capacidad de volar”. Y en este caso, está confirmado que ciento o miles de especies, desde los insectos hasta las aves, lo inventaron y bastante pronto, como nos demuestras los Pterodactilos o los Archaeopteryx, del mismo modo que otras inventaron el nadar y otras el saltar de un árbol a otro. Los seres humanos nos conformamos con caminar por el suelo, pero con el tiempo, otra evolución, la cultural, nos permitió también volar, no mucho tiempo después de la predicción de Lichtenberg.

pterodactilo

 

*************

[Publicado por primera vez en junio de 2004 en Mazda]

Lichtenberg

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Tachinaba Akemi revisitado

En Placeres sencillos de Tachibana Akemi mencioné un poema que me gustó mucho al leerlo en Silencioso Tao, de Raymond Smullyan:

PLACERES SENCILLOS

Es un placer
Cuando desplegando una hoja de papel
Cojo el pincel
Y escribo con más habilidad
De la que esperaba

Es un placer
Cuando tras cien días
Retorciendo mis palabras
Sin éxito, de repente
Surge un bello poema

Es un placer
Cuando, sin ayudas,
Puedo comprender
El significado de un volumen
Que se considera muy denso

Es un placer
Cuando, algo muy infrecuente,
Tenemos pescado para la cena
Y mis hijos gritan gozosos
“¡Yum-yum!” mientras lo engullen

Es un placer
Cuando, en un libro que examino al azar,
Encuentro un personaje que es como yo.

En estos días, mientras juntaba cosas para el Cuaderno de Japón, me he encontrado otra vez con el poema de Akemi Tachibana. Eso me ha dado la idea de buscar información acerca de él y más poemas suyos.

En la biblioteca virtual Questia he encontrado el poema de los placeres sencillos en japonés y en la traducción inglesa de Donal Keene. Y me he llevado una gran sorpresa:

Solitary pleasures

Tanoshimi wa                            It is a pleasure
Komi wo hirogete                     When, spreading out some paper,
Toru fude no                             I take brush in hand
Omoi no hoka ni                        And write far more skilfully
Yoku kakeshi toki                     Than I could have expected.

Tanoshimi wa                             It is a pleasure
Momohi hineredo                      When, after a hundred days
Naranu uta no                            Of twisting my words
Futo omoshiroku                       Without success, suddenly
Idekinuru toki                            A poem turns out nicely.

Tanoshimi wa                             It is a pleasure
Asa okiidete                                When, rising in the morning
Kinō made                                  I go outside and
Nakarishi hana no                     Find that a flower has bloomed
Sakeru miru toki                        That was not there yesterday.

Tanoshimi wa                             It is a pleasure
Mare ni uo nite                           When, a most infrequent treat,
Kora mina ga                              We’ve fish for dinner
Umashi umashi to                     And my children cry with joy
Iite kuu toki                               “Yum-yum!” and gobble it down.

Tanoshimi wa                             It is a pleasure
Sozoro yomiyuku                       When, in a book which by chance
Kaki no naka ni                          I am perusing,
Ware to hitoshiki                       I come on a character
Hito wo mishi toki                     Who is exactly like me.

Tanoshimi wa                             It is a pleasure
Yo ni tokigataku                         When, without receiving help,
Suru kaki no                               I can understand
Kokoro wo hitori                        The meaning of a volume
Satorieshi toki                            Reputed most difficult

Tanoshimi wa                            It is a pleasure
Ebisu yorokobu                         When, in these days of delight
Yo no naka ni                             In all things foreign,
Kōkoku wasurenu                     I come across a man who
Hito wo miru toki                      Does not forget our Empire.

Además de alguna estrofa que está en distinto orden, en la versión de Smullyan faltan dos estrofas enteras. La primera dice más o menos:

Es un placer
cuando al amanecer
salgo fuera y veo
una nueva flor
que ayer no estaba.

Pero la sorpresa está otra estrofa, que es la que cierra el poema, y que dice:

Es un placer
cuando en estos días de deleite
en todo lo extranjero
encuentro a un hombre
que no olvida nuestro Imperio.

Para quienes no conocen la historia de Japón, quizá conviene aclarar que Akemi (1812-1868) vivió en la época del shogunato. Desde hacía varios siglos, en Japón existía un sistema dual en el que había un emperador, que carecía de poder efectivo, y un shogun, que era quien realmente mandaba. Akemi deseaba la restauración del Imperio.

En parte estimulados por la agresiva llegada a Asia de las potencias occidentales, muchos políticos y pensadores de Japón propusieron el restablecimiento del Imperio y al mismo tiempo la modernización del país, acabando con el shogunato feudal.

Al final, este cambio se hizo  durante la restauración Meiji del Imperio (1868-10912), y eso permitió a Japón convertirse en una potencia mundial, al contrario de China, que no supo emprender las reformas. En la modernización de Japón se imitaron muchas de las ideas occidentales, tras una cuidadosa investigación de las diferentes constituciones y sistemas de organización de las naciones europeas y de Estados Unidos. El propio emperador viajó a Europa para informarse por sí mismo. Lo curioso del asunto es que en Japón, tras algunas resistencias iniciales, prácticamente todos estaban de acuerdo en que había que imitar a Occidente, tanto los pro occidentales como los anti occidentales.

Pero Tachibana Akemi no llegó a ver la restauración imperial, pues murió en el preciso año en el que se inició la época Meiji, aunque fue uno de los precursores de este movimiento. Su animadversión hacia el shogunato también le hizo romper con las formas tradicionales de los poetas del período Tokugawa (shogunato). En cualquier caso, parece que Akemi se alineaba junto a los contrarios a las ideas extranjeras.

Una vez aclarado esto, sólo diré que es obvio que Smullyan cercenó el poema de Akemi y que, en mi opinión, eso fue un gran acierto. Porque la última estrofa de Akemi echa a perder todo el poema, toda esa deliciosa enumeración de placeres sencillos, que con esos versos finales se convierte en una proclama política, que, al margen de su acierto o error, es todo lo contrario de lo que dice el resto del poema. La sencillez de esos placeres es incompatible con un sentimiento tan artificioso y prefabricado como es el patriotismo, cualquier patriotismo.

Por otra parte, es curioso, pero no infrecuente, que un poema (eso si, cercenado) pueda ser mejor que las intenciones de su autor al escribirlo.

Ilustración tomada de la página Simply Building Net

Sospecho que el libro de los placeres sencillos de Tachibana Akemi contiene muchas más estrofas en la que describe otros placeres, a la manera de las encantadoras enumeraciones de lo que le gusta y lo que no le gusta de Sei Shonagon en El Libro de la almohada.
La ilustración de Yoshitoshi Tsukioka aparece junto a otra estrofa de Tachibana Akemi:

Pleasure is this:
to lie cool under the bower
of moonflowers
the man in his undershirt,
the woman in her slip.

(El placer es esto:
descansar bajo la enramada
de flores lunares,
el hombre en camiseta,
la mujer en combinación.)

*********

[Publicado en junio de 2006]

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La cabra y la infidelidad

Ayer (20 de junio de 2004) vi una obra de teatro dirigida por mi profesor de Acting English, Skyler, e interpretada por tres personajes. Todo en inglés. La obra se titula The Goat (La Cabra) y trata de un matrimonio con un hijo que entra en una tremenda crisis cuando se descubre que el marido tiene una relación con una tal Silvia. “Who is Silvia?”, dicen varios personajes, en homenaje sin duda al hermosísimo poema de Shakespeare. La respuesta: “Silvia es una cabra”.

A partir de ese descubrimiento se inicia un terrible drama, puesto que la mujer se queda absolutamente trastornada al saber que su marido, al que ama sinceramente, está enamorado y ha hecho el amor con una cabra.

Al ver la obra, no pude evitar pensar que el conflicto no me preocupaba en absoluto. La obra estaba muy bien y resultaba muy entretenida, pero yo no veía qué problema había en que el marido amase a Silvia o se acostase con ella. En cualquier caso, si a la mujer no le gustaba la perspectiva de compartir a su marido con una cabra, la solución era separarse. Entiendo el dolor por tener que separarte de alguien a quien amas, pero el planteamiento del conflicto causado por la “aberración” del marido me resultaba completamente ajeno. No sé si es recomendable o no, correcto o incorrecto, pero así, a primera vista, no considero tan espantoso que hombres y mujeres tengan relaciones sexuales con animales. Ahora quizá nos resulte extraño, perverso, inconcebible, pero hace 20 o 30 años en muchas obras de teatro, cine o televisión se planteaban dramas tan o más desgarrados (porque La cabra es más o menos una comedia, creo) en torno a la homosexualidad de un personaje, cosa que ahora nos parece un asunto casi nulo desde el punto de vista del conflicto. No es que quiera comparar el bestialismo con la homosexualidad, sólo comparo dos cosas que la sociedad y las diferentes religiones e ideologías han considerado aberrantes durante siglos y que daban mucho juego para conflictos narrativos. pero también hace 50 0 60 años, un conflicto frecuente era descubrir que tu padre no es tu padre o tu hijo no es tu hijo, como en El padre de Strindberg.

En cualquier caso, desde hace un tiempo vengo pensando que un alto porcentaje de los argumentos de ficción tienen relación con  asuntos que no me resultan conflictivos. Muchísimas obras tienen que ver con los celos, los cuernos,  con la idea de que los hombres no entienden a las mujeres o las mujeres a los hombres… En todos estos casos, tengo que hacer un cierto esfuerzo de empatía para entender las razones de los personajes y sus terribles angustias. Decía Menéndez Pidal a propósito de El castigo sin venganza de Lope de Vega:

“Para apreciar y disfrutar un drama de honor es preciso contar con las premisas que al autor imponían las arcaicas leyes de la venganza, es preciso que nuestra imaginación acepte esas premisas como válidas.”

Quizá sea cierto, del mismo modo que al leer la Ilíada tenemos que hacer un esfuerzo para disfrutar de una matanza sin sentido y no pensar como el Tersites shakesperiano:

“¡Vaya marrulería, vaya trampa, vaya granujería! Todo el conflicto por una puta y un cornudo. Buen pleito para enfrentar a facciones envidiosas y morir desangrado. Que se pudra la cuestión, y la guerra y la lujuria los arrasen!”

Sin embargo, a las palabras de Menéndez Pidal, que tienen algo de cierto, responde Francisco Ruíz Ramón quizá con más sensatez y acierto, acerca de los dramas de honor (o de honra, como matiza mi editor Javier Baonza):

“A nosotros nos parece imposible que nuestra imaginación y nuestra sensibilidad acepten como válidas tales premisas, y en el caso de que tal hubiera que hacer, no tendríamos más remedio que reconocer honradamente que los dramas de honor pertenecen a ese inmenso territorio de teatro muerto de que está llena la historia del teatro universal.”

Y continúa diciendo Ruíz Ramón que eso no sucede con los dramas griegos ni con la mayoría de las obras de Shakespeare. Creo que tiene razón, pues si pensamos por ejemplo en la obra más célebre acerca de los celos, el Otelo de Shakespeare, enseguida nos damos cuenta de que el verdadero conflicto no son los celos sin más, sino el engaño al que Yago somete a Otelo. Desde este punto de vista es como contemplamos los actos de Otelo y como juzgamos a Desdémona: inocente porque sabemos que su supuesta infidelidad es mentira. Si el problema real fueran los celos, al menos en mi caso, empezaríamos a hacer funcionar nuestra mente de otra manera y nos negaríamos siquiera a aceptar que una Desdémona infiel mereciera la muerte. Pero no hace falta que pongamos en marcha ese mecanismo, puesto que sabemos que Desdémona ni siquiera es infiel a Otelo.

Pero en A secreto agravio, secreta venganza, El médico de su honra y El pintor de su deshonra, las tres de Calderón, se plantea un conflicto basado en el concepto del honor (mezclado también con celos) que hoy nos resulta caduco y casi ininteligible.

En los tres dramas los maridos matan a sus mujeres como si nada (incluso aunque sean inocentes como en El pintor de su deshonra) y se supone que el público lo aceptaba sin rechistar. A nosotros nos parece ahora una barbaridad con la que no podemos identificarnos.

Sospecho que llegará un momento en que los planteamientos de conflictos basados en celos e infidelidades nos resultaran tan pintorescos y ridículos como nos parecen ahora las obras de algunos autores antiguos centradas en el asunto del honor. A mí me lo parecen ya y también a Ana, que vio la obra conmigo, pero creo que las personas con las que hablamos no opinaban lo mismo.

 

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[Entrada publicada el 20 de junio de 2004]

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La regla de oro de Lichtenberg

Lichtenberg-120

Lichtenberg:

“Una regla de oro: no hay que juzgar a los hombres por sus opiniones, sino por lo que esas opiniones hacen de ellos”.

En honor a esta excelente idea y a la hermosura del Salmo 90, mañana escribiré un nuevo capítulo de Cosas que he aprendido de… dedicado a los cristianos.

FIN DE MAZDA

 

 

Comentario en 2014

Esta fue la última entrada de mi blog MAZDA (2004). Y, como prometí, escribí un Cosas que he aprendido dedicado a Jesucristo y los cristianos.

A menudo, por otra parte, he opinado algo que se parece a lo de Lichtenberg, cuando he visto que alguien actuaba bien y, en vez de atribuir esa buena acción a su credo religioso o político, he pensado que no es que la religión ha hecho mejor a esa persona, sino que esa persona hace un poco mejor a esa religión.

Incluso en ciertos casos opino que una persona es digna de elogio no a causa de su religión o ideología, sino a pesar de ella. Es algo que se podría decir del Papa Francisco respecto a la religión vaticana (el catolicismo ortodoxo romano).

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[Publicado el 30 de junio de 2004]

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El salmo de Lichtenberg

al-lector-mauricio

¿Y cuál es el Salmo 90 que tanto conmovía a Lichtenberg?

Aquí está:

Domine, refugium

1 Oh Soberano mío, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.

2 Antes que naciesen los montes,
o fueran engendrados la tierra y el mundo,
desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.

3 Devuelves el hombre al polvo, diciendo:
“Retorna, hijo de Adán”.

4 Porque mil años delante de tus ojos
son como el ayer, que pasó,
y como una vigilia en la noche.

5 Nos arrebatas como en un sueño,
como la hierba que pronto se marchita:

6 Por la mañana florece y crece;
por la tarde es cortada y se seca;

7 Porque en tu furor somos consumidos,
y por tu indignación somos conturbados.

8 Pusiste nuestras iniquidades ante ti,
nuestros pecados secretos a la luz de tu rostro.

9 Todos nuestros días fallecen a causa de tu ira;
acabamos nuestros años como un suspiro.

10 Los días de nuestra vida son setenta años,
y quizás en los más robustos hasta ochenta;
con todo, la suma de ellos es sólo pesar y trabajo,
porque pronto pasan, y desaparecemos.

11 ¿Quién conoce la vehemencia de tu ira?
¿Quién teme debidamente tu indignación?

12 Enséñanos de tal modo a contar nuestros días,
que traigamos al corazón sabiduría.

13 Vuélvete, oh Señor, ¿hasta cuándo tardarás?
Ten compasión de tus siervos.

14 Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y así cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días.

15 Alégranos conforme a los días que nos afligiste,
y a los años en que sufrimos desdichas.

16 Que tus siervos vean tus obras,
y su descendencia tu gloria.

17 Sea la bondad del Señor nuestro Dios sobre nosotros,
y haga prosperar las obras de nuestras manos;
sí, haga prosperar nuestras obras.

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