LA BIBLIOTECA IMPOSIBLE y sus libros improbables

labibliotecaimposible

En varios artículos de esta Biblioteca Imposible, nueva versión de la Biblioteca ideal que alojé en el sitio web Divertinajes, me referí a las múltiples lecturas que puede tener un libro. Es un asunto bastante obvio, en el que no sería necesario insistir, si no fuera porque casi siempre lo olvidan quienes se dedican a descifrar los libros, las películas y cualquier manifestación artística y aseguran, satisfechos, que han encontrado “su significado”.

Frente a la obsesión por el significado, que tiñe o contamina casi toda la crítica moderna, intenté en aquellos artículos llamar la atención no hacia el significado, sino hacia los significados, los múltiples significados que pueden encontrarse en cualquier obra que merezca la pena.

Macpherson, por G. Romney

En Los libros que escriben los lectores me detuve en la constatación sin duda trivial de que un mismo libro es diferente cada vez que lo leemos, no porque el libro cambie, sino porque cambiamos nosotros: cambia el río de Heráclito y cambiamos nosotros cuando nos bañamos de nuevo en ese río.

En Instantes de Jorge Luis Borges y en Ossian de James MacPherson hablé de cómo nuestra opinión acerca de un libro se modifica si creemos que lo ha escrito o no un autor determinado.

El poema Instantes, atribuido a Borges, en efecto, parece perder todo su valor cuando nos dicen que no lo escribió Borges. Lo que antes alguien interpretó como sutileza escondida en frases aparentemente sencillas, se convierte ahora en ejemplo de simplismo poético. En cuanto a los poemas de Ossian, si creemos que los escribió un bardo escoces de la época medieval nos parecen comparables o superiores a Homero, como llegó afirmar el propio Goethe, pero si se descubre que esos versos fueron escritos por James McPherson, erudito del siglo XVIII, pasan a ser considerados como la obra prescindible de un imitador.

En otro artículo, El Mahabharata y otras obras del tiempo, dije que las maneras de leer, entender y disfrutar de un libro son completamente diferentes según la fecha en que fue escrito. No encontramos tan interesante el larguísimo Mahabharata si creemos que fue escrito en el año -1400 en vez de en el -280. La diferencia es que en un caso es un asombros precursor de la Ilíada, mientras que en el otro es una copia. En un caso lo ha inventado todo, en el otro casi nada.

Volví a tratar el tema de los cambios en la percepción de un libro que suelen estar ligados no solo la reinterpretación sino también a los prejuicios, en otros artículos, como Los libros que queremos leer y el Cardenio de Shakespeare, o en El Shakespeare cervantino, donde lo que está en juego es la atribución de un libro a Shakespeare, con todo el efecto transformador que eso puede tener en la lectura del modesto Cardenio, esa obra de teatro que protagoniza un personaje secundario de El Quijote.

Como quizá revela la enumeración anterior, me interesa mucho el tema de cómo una misma cosa, un mismo libro, puede ser al mismo tiempo muchos libros. El ejemplo máximo nos lo dio probablemente Borges, cuando en Pierre Menard, autor del Quijote, nos muestra cómo un mismo párrafo cambia completamente de sentido si lo ha escrito Cervantes en el siglo XVI o Pierre Menard en el XIX. También dediqué un artículo a esa estimulante ocurrencia de Borges: Pierre Menard, autor de Ficciones.


LA BIBLIOTECA IMPOSIBLE

[pt_view id=”b63abe0a76″]

 

 

Originally posted 2015-07-17 00:24:39.

Tersites y Palamedes, las leyes del azar
|| Homéricas /007

Los griegos se han ganado con toda justicia la fama de haber inventado artes, ciencias y conceptos que hoy en día todavía empleamos. Aunque muchos de sus conocimientos los tomaron de civilizaciones más antiguas o coetáneas, como la egipcia, las mesopotámicas y la persa, es cierto que, al menos hasta donde nos indican nuestros conocimientos actuales, fueron capaces de generalizar leyes y deducciones a partir de la acumulación de conocimientos, de una manera que pocas civilizaciones han logrado.

Los otros ‘milagros griegos’ de la historia humana, es decir una explosión de creatividad comparable, debemos buscarlos en China e India, o en el Islam y el cristianismo medieval, aunque los dos últimos construyeron en gran parte su saber a partir del de los griegos y latinos (en el caso del Islam, también copiando a persas e indios). Hay que esperar a la civilización moderna europea, hacia 1600, para encontrar una explosión de creatividad e inventiva comparable a la que se produjo en Grecia varios siglos antes de nuestra era.

Ahora bien, los griegos dejaron algunos terrenos sin explorar, o quizá suceda que no se han conservado sus investigaciones en ciertos asuntos, porque hay que tener en cuenta que, siendo optimistas en el cálculo, tan sólo conservamos un 10% de la cultura griega.

Dados romanos

Uno de los asuntos fundamentales que se les escapó a los griegos es el de la probabilidad y el estudio de las leyes del azar. Parece asombroso que no se conserve nada relevante relacionado con el cálculo probabilístico o la estadística en los filósofos y científicos griegos. Pero hay que tener en cuenta que no fueron los únicos que apenas prestaron atención a tales aspectos, porque hay que esperar hasta el siglo IX para encontrar los primeros estudios serios acerca de la estadística y las leyes del azar, empleadas en este caso para el desciframiento de mensajes, por parte de Al Kindi. No es hasta 1560 que se publica el primer estudio sobre la probabilidad relacionado con el juego de dados, por ese personaje fascinante que fue Gerolamo Cardano.

Sin embargo, los griegos eran muy aficionados al que es por definición el gran juego de azar, los dados. Se conservan muchas pinturas en las que los guerreros de Troya compiten a los dados, en especial Aquiles y Ájax el grande, es decir Áyax de Telamón, a pesar de que, al menos que yo recuerde, no hay ningún episodio de la Ilíada que hable de esta afición (espero referirme en próximos artículos de esta curiosa ausencia). Sin embargo, en su Viaje a Grecia, Pausanias describe una pintura de Polignoto, aquel pintor que se decía que era capaz de hacer copias perfectas de la realidad, en la que quienes juegan a los dados son Tersites y Palamedes. No es sin duda casual que se asocie a estos dos personajes con los dados. Las razones exactas quizá se nos escapan, pero podemos intuir algunas si estudiamos un poco mejor a los dos personajes.

Palamedes, según Canova

Por un lado, Tersites representa en la Ilíada al hombre común y vulgar, al plebeyo, al que no pertenece a la aristocracia, a los mejores o aristos.

Homero lo presenta como patizambo, cojo y con los hombros hundidos hacia el pecho. Es, además, el más feo de los griegos, vulgar, insolente y maleducado. Sin embargo, interviene en las reuniones de los generales aqueos, no se sabe muy bien en calidad de qué, pero es seguro que en ello se esconde un dato que podría ser interesantísimo si lo averiguáramos. ¿Tal vez era algo así como un representante de la tropa o de la plebe?, ¿quizá un bufón o un consejero sin rango?

Robert Graves considera que la exageración de los rasgos negativos de Tersites por parte de Homero es una argucia para poder deslizar sus críticas. En la Ilíada, en efecto, Tersites acusa al gran general Agamenón de codicioso y Ulises, para castigarlo, lo golpea sin piedad con su bastón. Shakespeare también lo hace aparecer en su Troilo y Crésida, y allí le hace calificar la mítica guerra de Troya como el absurdo conflicto provocado por “una puta y un cornudo”, refiriéndose a Helena y su marido Menelao. A menudo, cuando escuchamos a Tersites en la obra de Shakespeare, no podemos evitar pensar que es el más sensato de los que están allí.

tersites.aquiles

Aquiles a punto de matar a Tersites

El otro personaje que juega a los dados con Tersites en el cuadro de Polignoto también es muy interesante. Se trata de Palamedes. No es sorprendente su presencia, puesto que se le atribuye la invención misma de los dados, además de muchas otras cosas, algunas de ellas cercanas a la probabilidad y el pensamiento estadístico: la contabilidad, los pesos y medidas, los rangos militares, la moneda, bromas de todo tipo e incluso ciertos secretos relacionados con la fabricación de vino, y hasta once o dieciséis de las letras del alfabeto. Este hombre prodigioso fue el encargado de llevar a Ulises a la guerra de Troya, descubriendo que el ingenioso itacense se fingía loco para escapar al alistamiento, sembraba sus campos con sal y conducía salvajemente un carro, sin detenerse ante nada. Palamedes puso delante del carro a Telémaco, el hijo de Ulises, lo que hizo que el héroe se detuviera. En venganza por haber sido obligado a participar en la guerra, Ulises acabó acusando a Palamedes de traición, pues este gran inventor, al igual que Tersites, estaba en contra de la guerra, lo que hizo verosímil la farsa que se inventó Ulises: que el rey Príamo de Troya le había sobornado. El propio Ulises, con ayuda de Diómedes, mató a Palamedes a pedradas o ahogándolo.

Tersites, Ulises y Agamenón.

Palamedes obtuvo una venganza póstuma a través de su padre Nauplio, quien, furioso al no lograr la condena de los asesinos, viajó por toda Grecia convenciendo a las esposas de los héroes a tomar amantes, además de ocuparse él mismo de hundir parte de la flota aquea a su regreso de Troya, precipitándolos contra las rocas con falsas señales de faros en la costa.

Como suele suceder en la mitología griega, tras algunos mitos menores, como los de Tersites y Palamedes, es seguro que se esconden complejas historias.

Tal vez no sea casual que un inventor asesinado, hijo de un héroe o dios marino, esté relacionado con el desastroso regreso de los héroes griegos a su tierra. Yo creo ver en ello un eco de un hecho histórico, las invasiones de los misteriosos pueblos del mar, que acabaron con la cultura micénica, tal vez hacia el año -1200 o -1400. Pero también es probable que a esa destrucción contribuyera no ya la traición de esposas infieles, sino de ciudades enteras en las que se produjeron revoluciones aprovechando la ausencia de sus caudillos. Quizá debemos entender que la esposa de un general es una metáfora o un símbolo de la ciudad misma. Un detalle curioso parece avalar esta hipótesis y la causalidad de encontrar a Palamedes jugando a los dados con Tersites: el comentador homérico bizantino Eustacio, dice que los generales griegos se llevaron a Tersites a Troya precisamente para que en su ausencia no incitara a una revolución.

Si pensamos en la guerra de Troya como un acontecimiento histórico y en los personajes como un lejano eco de pueblos que participaron en esa guerra, podríamos pensar que Palamedes (y tal vez Tersites) pertenecían a un pueblo aliado con los griegos pero que entro en conflicto con ellos, quizá dudando de participar en la alianza o no suministrando grano o alimento. Podría ser un pueblo que tuviera como dios a Posidón, que será el dios que después castigará a los griegos, y en especial a Ulises, al regresar de Troya. El interés puede estar en Nauplio, el padre de Palamedes, hijo de Posidón y al que muchos tomaban en la antiguedad por egipcio. Pero esa es una investigación que todavía espera su momento.


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes el 12 de septiembre de 2013]

Las 900 tesis homéricas es una investigación en la red. Todos los textos son provisionales y están en permanente revisión, por lo que no conviene tomárselos muy en serio. Como su nombre indica, la investigación está dedicada a Homero y a las obras que se le atribuyen, y en especial la Ilíada y la Odisea.

 [pt_view id=”8ccea30o6p”]

 


 El azar y la necesidad

De las fascinantes paradojas y contradicciones alrededor del azar, la necesidad y el destino quise hablar en 2014 en la página Divertinajes, o quizá no lo quise, sino que me fue impuesto por una necesidad metafísica o por el golpear causal o casual en el interior de mi cerebro. Aquí he añadido otros textos relacionados con el azar y la necesidad, es decir, el determinismo y el indeterminismo.

Dawkins: genes, memes y determinismo

Leer Más
Aquiles y Áyax se la juegan en Troya
Homéricas /008

Leer Más
El rey indio que se apostó a sí mismo

Leer Más
Cómo ganar a los dados a un tonto

Leer Más
Lo que sí está en los genes

Leer Más
El azar y la necesidad

Leer Más
Casualidades

Leer Más
El azar y la necesidad

Leer Más
Casualidades causales

Leer Más
Pi y la Biblioteca

Leer Más
Cicerón, el estadístico

Leer Más
La columna de fuego

Leer Más
Tersites y Palamedes, las leyes del azar
|| Homéricas /007

Leer Más
Análisis retrospectivo y física cuántica en el problema del determinismo y el indeterminismo

Leer Más
La narrativa y las casualidades significativas

Leer Más

Originally posted 2015-05-26 04:30:59.

La fiel Penélope

Para continuar nuestra indagación como si fuera un paseo, usaremos otro método que también practicaba Aristóteles: lo mejor que se puede hacer si se quiere averiguar qué es la prudencia es observar cómo son aquellas personas a las que llamamos prudentes. Decimos que Pericles es prudente, así que si observamos a Pericles, tal vez lograremos descubrir qué es la prudencia.

El mismo método que empleaba Aristóteles con la prudencia podemos aplicarlo nosotros para averiguar qué es la fidelidad. ¿A quiénes llamamos fieles?

Por ejemplo, a Romeo y Julieta o a Penélope, ejemplos de fidelidad amorosa y marital.

En cuanto a Penélope, estaba casada con el héroe Ulises. Cuando su marido partió hacia Troya para rescatar a la infiel Helena, ella lo esperó durante los diez años que duró la guerra y a lo largo de los otros diez que Ulises tardó en regresar. Durante esos veinte años, Penélope aguantó el asedio de decenas de pretendientes, tejiendo y destejiendo la tela que era el símbolo de su fidelidad. Así pudo mantenerse fiel a su marido, al que todos daban por muerto.

Sin embargo, en este caso, no hubo reciprocidad: Ulises fue infiel a Penélope varias veces a lo largo de sus aventuras, por ejemplo con Circe y con Calipso, y volvió a Ítaca, como dice Kavafis, «cargado de experiencias». Ya sabemos que la diosa de la seducción, Peitho, recompensa a los hombres cuando son infieles pero castiga a las mujeres que lo son. Penélope no cedió nunca a las muchísimas tentaciones de los pretendientes a lo largo de casi veinte años de ausencia de Ulises, y por ello fue recompensada con el regreso de su marido, a no ser que podamos dudar, como Yannis Ritsos de que aquello fuera una verdadera recompensa:

¿Por él había gastado veinte años,

veinte años de espera y de sueños,

por este desdichado, salpicado de sangre, de barba ya blanca?

Se echó sin habla en una silla,

miró lentamente a los pretendientes muertos en el suelo,

como si mirase muertos sus propios deseos.

Romeo y Julieta y Penélope son quizá los ejemplos más famosos de fidelidad, aunque, en honor a la verdad, hay que decir que Romeo y Julieta, aparte del hecho de matarse por fidelidad a la memoria del otro, apenas tuvieron tiempo para demostrarse esa fidelidad jurada. Representan más bien el amor pasional extremo. En cuanto a Penélope, sí es con justicia un ejemplo de la fidelidad, y en concreto de la fidelidad marital y sexual. Un perfecto ejemplo de fidelidad, admirado e imitado durante siglos por las perfectas esposas.

Eso sí, también sabemos que las mujeres tenían que aceptar, como Penélope y la Desdémona de Ulises, que la cosa no era recíproca: ellas sí podían ser traicionadas por los hombres.

(Fragmentos de Elogio de la infidelidad)

Incluyo aquí el poema completo de Ritsos:

No era que lo le hubiera conocido a la luz del hogar, no eran sus

andrajos de mendigo, su transfiguración –no, había claros indicios:

la cicatriz de su rodilla, su robustez, la astucia de su mirada. Asustada,

apoyando la espalda en la pared, buscaba una excusa,

una prórroga de un poco de tiempo, para no contestar

para no traicionarse. ¿Por él había gastado veinte

años, veinte años de espera y de sueños, por este desdichado,

salpicado de sangre, de barba ya blanca? Se echó sin habla

en una silla, miró lentamente a los pretendientes muertos en el suelo, como si mirase

muertos sus propios deseos. Y: «bienvenido», le dijo,

escuchando extraña, lejana, su propia voz. En el rincón, su telar

llenaba el techo de zigzagueantes sombras, y todos los pájaros

que había tejido con brillantes hilos rojos en un follaje verde,

de repente, esta noche del regreso, se volvieron de color ceniza y

negro, volando por el cielo llano de su última espera.

(Yannis Ritssos. Antología. Plaza y Janés, Barcelona 1979.
Versión de Dimitri Papageorgiou)

 

Otro ejemplo de este mitema o tema mitológico que es la espera de Penélope, tratado de una manera semejante a la de Ritsos, con gran melancolía y dulzura, es la canción de Georges Brassens que puedes escuchar aquí con subtítulos en español:

 [tube]http://www.youtube.com/watch?v=wqLV13wsc4U[/tube]

Aquí está la letra en francés. hace años mi padre me hizo una traducción al español, que intentaré encontrar.

 Toi l’épouse modèle

Le grillon du foyer

Toi qui n’a point d’accrocs

Dans ta robe de mariée

Toi l’intraitable Pénélope

En suivant ton petit

Bonhomme de bonheur

Ne berces-tu jamais

En tout bien tout honneur

De jolies pensées interlopes

De jolies pensées interlopes…

Derrière tes rideaux

Dans ton juste milieu

En attendant l’retour

D’un Ulysse de banlieue

Penchée sur tes travaux de toile

Les soirs de vague à l’âme

Et de mélancolie

N’as tu jamais en rêve

Au ciel d’un autre lit

Compté de nouvelles étoiles

Compté de nouvelles étoiles…

N’as-tu jamais encore

Appelé de tes vœux

[Más Letras en http://es.mp3lyrics.org/SxYK]

L’amourette qui passe

Qui vous prend aux cheveux

Qui vous compte des bagatelles

Qui met la marguerite

Au jardin potager

La pomme défendue

Aux branches du verger

Et le désordre à vos dentelles

Et le désordre à vos dentelles…

N’as-tu jamais souhaité

De revoir en chemin

Cet ange, ce démon

Qui son arc à la main

Décoche des flèches malignes

Qui rend leur chair de femme

Aux plus froides statues

Les bascul’ de leur socle

Bouscule leur vertu

Arrache leur feuille de vigne

Arrache leur feuille de vigne…

N’aie crainte que le ciel

Ne t’en tienne rigueur

Il n’y a vraiment pas là

De quoi fouetter un cœur

Qui bat la campagne et galope

C’est la faute commune

Et le péché véniel

C’est la face cachée

De la lune de miel

Et la rançon de Pénélope

Et la rançon de Pénélope…

(Georges Brassens, Pénélope)

Otra versión de Brassens muy anterior, con más ritmo, pero quizá más triste:

[tube]http://www.youtube.com/watch?v=wSNt1tdiJOg[/tube]


 

Eros, Afrodita y Peitho

Peitho es la diosa de la seducción (“que no conoce rechazo” pero, según parece, puede hacer felices a los hombres si no se oponen a ella pero infelices a las mujeres, si ceden a su tentación. Es una diosa que hizo olvidar a la bruja Medea los deberes contraídos por sus padres a cambio de un amor obsesivo y que, al conocer la infidelidad de su amado Jasón asesinó, llevada por los celos a su rival Glauca y tal vez también, según nos cuenta Eurípides, a sus propios hijos.

 


No sé si todos los lectores de mi libro habrán advertido la pequeña broma cuando digo: “Para continuar nuestra indagación como si fuera un paseo….”  y enseguida hablar de Aristóteles, el fiósofo peripatético, ambulante o paseante, porque daba sus clases paseando.

El contrapunto de Penélope es, por supuesto, La infiel Helena


Esta entrada pertenece no sólo a la página de Elogio de la infidelidad, sino también a Numen (mitología comparada) y a Nostoi, los regresos, que reúne poesías dedicadas a los regresos de los héroes griegos tras la guerra de Troya. Esos regresos también incluen las esperas de sus esposas, hijos y todo los que se relacionan con ellos. Por eso en la barra lateral aparecen enlaces a las tres páginas.

******

ELOGIO DE LA INFIDELIDAD

LA CAJA DE MÚSICA

 NOSTOI

Originally posted 2011-10-04 20:59:08.

¿Conocía Homero la escritura?
Homéricas/001

Homero fue considerado durante mucho tiempo el primer escritor. Algunos prefieren decir “el primer escritor de la literatura occidental”, pero esa es sin duda una coletilla absurda, puesto que aunque en la época clásica los griegos eran el occidente del mundo conocido (conocido por los griegos, claro), también se hallaban en lo que siempre ha sido la parte más oriental de Occidente: Grecia y las costas de Turquía. Las conquistas de la Magna Grecia probablemente fueron tardías.

Es cierto que los griegos tenían la conciencia de ser una civilización diferente de las de Asia y que tanto Homero como Herodoto hablan de guerras entre Asía y Europa, pero la Europa de los griegos era fundamentalmente Grecia y sus mil islas, las costas turcas llenas de ciudades griegas, Sicilia y algunos lugares de Italia (la Magna Grecia). Los otros europeos que vivían alrededor de los griegos, celtas, germanos, eslavos, etruscos e incluso italos (si es que se pueden emplear todas estas denominaciones en aquella época) apenas interesaban a los griegos, que nunca se consideraron defensores o representantes de una civilización que incluyera  a tales pueblos. Es cierto que los griegos llamaban bárbaros a todos los no griegos, pero los griegos de la época preclásica admiraban a los persas, a los egipcios e incluso a los libios (Libia era para ellos África), por ejemplo a los garamantes, a los escitas del noreste, a los tracios o a los fenicios, incluso a los misteriosos hiperbóreos, pero no a todos esos pueblos de lo que luego sería llamado Europa u Occidente. Cuando los filósofos buscaban las fuentes de la sabiduría no se dirigían a Occidente sino al Oriente, como bien se sintetiza en el clásico “¡Ex Oriente lux!” (“La luz viene del este”). Tales de Mileto y Solón de Atenas viajaron a Egipto a aprender de los sacerdotes y los astrónomos; Platon y Eurípides visitaron allí a los adivinos y Cleóbulo aprendió filosofía, según nos asegura Diógenes Laercio;   se dice que Demócrito, el fundador del atomismo, viajó a Babilonia, Egipto y tal vez la lejana India y que fue educado por persas amigos de su padre. El propio Diógenes Laercio expone la extendida idea de que la filosofía nació entre los bárbaros, entre los cuales, sólo cita a un publo occidental, los galos:

“Dicen algunos que la Filosofía, excepto el nombre, tuvo su origen entre los bárbaros; pues
como dicen Aristóteles en su Mágico, y Soción, en el libro XXIII De las sucesiones, fueron los magos sus inventores entre los persas; los caldeos entre los asirios y babilonios; los gimnosofistas entre los indios; y entre los celtas y galos, los druidas, con los llamados semnoteos. Que Oco fue fenicio; Zamolxis, tracio; y Atlante, líbico. Los egipcios dicen que
Vuleano, hijo del Nilo, fue quien dio principio a la Filosofía, y que sus profesores eran. sacerdotes y profetas”. (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más ilustres)

En definitiva, los griegos consideraban que Homero era el primero de sus autores, pero no el primer escritor de la historia, porque no tardaron mucho en descubrir, si es que no lo supieron siempre, que babilonios, asirios, egipcios y quizá también los judíos habían escrito antes que ellos. Admitían, por otra parte, que el alfabeto lo habían inventado los fenicios, como se cuenta en el mito de Cadmo, que aunque es el fundador de la Tebas griega, era de origen fenicio. Tan sólo algunas letras las atribuyeron a algún personaje griego, como Dédalo.

 

¿Escribió algo Homero?

Desde la antigüedad se dijo que Homero era un cantor ciego que recitaba sus poemas valiéndose de la memoria. Aunque hay representaciones de Homero con un pergamino o papel en las manos, son imágenes que proceden de la época de la glorificación de lo escrito, muy posterior, al parecer a aquella en al que vivió Homero. En otros lugares de estas 900 tesis homéricas se examinan algunos aspectos relacionados con las primeras muestras escritas de los textos homéricos, pero ahora tan sólo nos interesa saber si Homero era analfabeto o no.
Muchos investigadores han pensado que lo era y algunos incluso han defendido que sus obras no se pueden explicar de otra manera que como el resultado de los esfuerzos de un cantor ciego, un asunto interesante que se trata en otra de estas tesis. Pero hay una pregunta que podría aclarar mucho la cuestión es: ¿podemos encontrar en los textos atribuidos a Homero alguna mención a la escritura? Un momento perfecto sería cuando Ulises es acogido en la corte de los feacios y el cantor Demódoco, al que algunos han identificado con el propio Homero, se dispone a entonar un canto. ¿Emplea algún escrito para ayudarse? Al parecer no, o al menos tal cosa no llega a mencionarse.

Sin embargo, hay un lugar en el que Homero sí menciona la escritura. Lo hace en la Ilíada. El fascinante hallazgo se encuentra en el pasaje en el que Homero cuenta la historia del héroe Belerofonte.

 

Belerofonte

Belerofonte es el héroe que muchos confunden con Perseo, porque monta sobre un caballo alado llamado Pegaso. La magnífica película Furia de titanes (me refiero por supuesto a la primera versión) es probablemente la culpable de esta confusión,  al mostrarnos a Perseo a lomos de Pegaso, pero en la principal versión del mito Perseo no monta a Pegaso aunque sí es el culpable de su nacimiento: el caballo alado nace de la cabeza cortada de Medusa, junto a un personaje secundario muy interesante por lo desconocido, el guerrero Chrisaor, que nace completamente armado, del mismo modo que lo hace Atenea de la cabeza de Zeus. Una coincidencia que nos llama la atención con razón, puesto que sabemos que Atenea y Medusa están estrechamente relacionadas y que Atenea colocó la cabeza de Medusa en su escudo una vez que Perseo le hubo sacado todo el partido posible a ese despojo capaz de petrificar a quien lo mirase.

La cuestión que nos interesaba (¿se acuerda todavía el lector?) es esa mención que hace Homero de la escritura. La cosa sucede cuando el rey Preto intenta deshacerse de Belerofontes, pero no se atreve a hacerlo él mismo y envía al joven a la corte del rey Yóbates para que lo mate él. Al propio joven le entrega su sentencia de muerte, que él deberá entregar sin saberlo, al rey Yobates (este es un motivo que nos recuerda muchos cuentos y fábulas). La sentencia de muerte está escrita (¡hélas!) en unas tablillas.

Preto entrega a Belerofonte el mensaje
Esta es la mención clara e inequívoca de Homero de la escritura. Después de esto, poco quedaría por discutir, pero los expertos viven para dudar y discutir, lo que es una suerte, aunque a veces pueda llegar a irritarnos su puntillosidad, y ahora se preguntan qué signos eran esos scritos en la tablilla: ¿se trataba de una escritura alfabética? ¿No serían más bien una serie de signos más o menos toscos, como riptogramas o jeroglificos (en el moderno sentido más que en el egipcio) en los que se pudiera entender: “Mata a Belerofontes”. Digamos, por ejemplo, dibujos en los que se ve la figura de un hombre que sostiene precisamente dos tablillas y después la misma figura, ahora en el suelo con un puñal clavado en el pecho y la mano de un rey hundiendo ese puñal. Puede ser. A mí me parece, pero admito que es una opinión y no una certeza, que la manera en la que se describen las tablillas da la sensación de que contienen un verdadero escrito. Lástima que Homero no fuese un poco más concreto. Si tan sólo nos hubiera descrito uno o dos signos, la historia de la escritura alfabética  o incluso de los orígenes de la civilización griega serían completamente diferentes, no sabemos en qué insospechada dirección. La pregunta fascinante que nos hacemos ahora es: ¿en qué idioma, lenguaje y alfabeto estaban escritos esos  signos? ¿En lineal A, en lineal B, en los extraños signos todavía no descifrados del disco de Phaistos? Una simple indicación de Homero nos habría dado pistas increíbles. Como eso no ha sucedido, tenemos que seguir investigando en busca de respuestas que quizá nunca encontraremos.

 Alfabeto del Lineal A

 

Esa investigación acerca de la escritura del mensaje de Preto continuará en una próxima homérica.

Originally posted 2012-01-31 23:14:49.

¿Habla Homero de sí mismo en sus obras?
Homéricas /002

demodoco800px-Francesco_Hayez_028

Homero no habla de sí mismo en sus dos grandes obras, la Ilíada y la Odisea, aunque algunos han pensado que podría ser el cantor Demódoco, que aparece en la corte de los feacios en la Odisea, como veremos más adelante.

Pero tal vez sí que habla de sí mismo en los Himnos homéricos, que no hace falta decir que suelen atribuirse también a Homero. En el Himno a Apolo, el poeta dice a las doncellas de Delos, sacerdotisas del dios:

“Mas, ea -y Apolo y Ártemis nos sean propicios-, salud a todas vosotras. Y en adelante, acordaos de mí cuando alguno de los hombres terrestres venga como huésped infortunado y os pregunte: “¡Oh doncellas! ¿Cuál es para vosotras el más agradable de los aedos y con cuál os deleitáis más?” Respondedle enseguida, hablándole de mí: “Un varón ciego, que habita en la escabrosa Quíos. Todos sus cantos prevalecerán en lo futuro”. Y nosotros llevaremos vuestra fama sobre cuanta tierra recorramos, al dar la vuelta por las ciudades populosas de los hombres; y éstos lo creerán porque es verdad.”

Este aedo, cantor o recitador, de Quíos sería Homero. De aquí procederían dos leyendas acerca de Homero: que era ciego y que su patria era la isla de Quíos. No todos estaban de acuerdo en la antigüedad y muchas ciudades presumieron de ser la patria del célebre cantor, incluso se llegó a defender que era de Ítaca, lo que explicaría quizá el hecho de dedicar un libro entero al soberano de una pequeña isla sin importancia, Ulises. En ese magnífico trabajo de erudición homérica que es Introducció a la Ilíada, Jaume Pòrtulas nos alerta de la primera cita literal de la Ilíada, que se atribuye a Simónides de Amorgos o a Simónides de Ceos:

“Aquesta és la cosa més bella de l’home de Quios:

com la generació de les fulles, és igual la dels homes”

(“Esta es la cosa más bella del hombre de Quíos:

como la generación de las hojas, así es la de los hombres”.[1]Jaume Pòrtulas, Introducció a la Ilíada.

El pasaje al que alude Simónides se encuentra en el Canto VI de la Ilíada y es extraordinariamente interesante por diversos motivos, en los que no me detendré. Solo mencionaré que es en este pasaje donde se encuentra la única mención explícita de Homero a la escritura, cuando Glauco cuenta a Diomedes cuál es su linaje. Recuerda entonces la historia de Belerofonte, al que el rey Preto de Argos envió a Licia (en Asia Menor, la actual Turquía) llevando una tablilla con “unos lúgubres signos, un sinnúmero de señales portadoras de muerte que había grabado en una tablilla plegada”. ¿En qué idioma estaban grabados estos signos? ¿Licio? ¿Micénico tal vez, es decir, lineal B? Otra pregunta interesante es si los Himnos homéricos fueron escritos por Homero. Pero, para intentar responder a estas preguntas, escribiré otras homéricas.

Ahora es tiempo de regresar a la metáfora de las hojas y el linaje de los seres humanos:

“¿Por qué preguntas por mi linaje? Como el linaje de las hojas, así es también es el de los hombres; las hojas, unas las esparce el viento por la tierra, pero otras la exuberante foresta las hace nacer con la llegada de la estación de la primavera; del mismo modo, de entre el linaje de los hombres, uno nace y otro perece”.[2]Ilíada, en traducción de Óscar Martínez García

Si nos olvidamos ahora del hombre de Quíos durante unas líneas, podemos visitar la corte del rey Alcinoo para conocer a Demódoco, que es también un cantor o aedo ciego, que aparece cuando Ulises llega a la isla de los feacios. En un momento del banquete, celebrado en honor al misterioso náufrago, el rey Alcinoo hace llamar a Demódoco para que deleite con sus cantos al extranjero:

“Que alguien vaya a llevar a Demódoco la sonora cítara que yace en algún lugar de nuestro palacio”.

Todo se prepara para el canto, como si estuviéramos ante una nueva competición, pues Ulises acaba de vencer a varios feacios en pruebas atléticas, y el aedo se dirige al centro de la pista:

“Se levantó un heraldo para llevar la curvada cítara de la habitación del rey. También se levantaron árbitros elegidos, nueve en total, los que organizaban bien cada cosa en los concursos, allanaron el piso y ensancharon la hermosa pista. Se acercó el heraldo trayendo la sonora cítara a Demódoco y éste enseguida salió al centro. A su alrededor se colocaron unos jóvenes adolescentes conocedores de la danza, y batían la divina pista con los pies. Odiseo contemplaba el brillo de sus pies y quedó admirado en su ánimo”.

Es este uno de los momentos más deliciosos de las aventuras de Ulises en la corte de los feacios, un pueblo amante de la música, el baile y todo tipo de competiciones, amable con los extranjeros, de hábiles navegantes y de vida pacífica. Quizá sea una de las primeras utopías que no se pinta con los colores de una sociedad represiva, pues como dijo alguien que ahora no recuerdo, en las utopías nunca falta un cuerpo de policía, ya desde los guardianes de la República de Platón.

Se ha especulado mucho acerca de la localización de los feacios. Suele darse por seguro que no existieron y que es una utopía imaginada por Homero Pero otros los sitúan en la Magna Grecia (Italia), otros en el Mar Negro o el Ponto Euxino, algunos más allá de las columnas de Hércules (Gibraltar), quizá en España, o incluso en Gran Bretaña. Si la tradición que sitúa a Homero en Quíos fuese cierta y si Demódoco es el propio Homero, lo más sensato sería pensar que la tierra de los feacios es precisamente Quíos. No recuerdo en este momento si los expertos consideran esta posibilidad. Otra, que me parece muy interesante, es que los feacios fueran fenicios o bien (o también) filisteos, ese pueblo tan despreciado, en especial porque se convirtieron en los rivales de los hebreos, como cuenta la historia del filisteo Goliat.

El canto que entona Demódoco está dedicado a los amores incestuosos del dios de la guerra y la diosa del amor:

“Y Demódoco, acompañándose de la cítara, rompió a cantar bellamente sobre los amores de Ares y de la de linda corona, Afrodita: cómo se unieron por primera vez a ocultas en el palacio de Hefesto”.

Homero reproduce la historia completa de los amores de los dioses, de cómo engañaron a Hefesto, marido de Afrodita, y de cómo él les tendió una trampa, atrapándolos en una red y avergonzándolos delante de todos los dioses. Después, ya en el banquete, Ulises hace un regalo al cantor, en una escena en la que Homero parece decir a sus oyentes: “Tomad nota: así es como debéis premiarme a mí por mis cantos”:

Entonces se dirigió al heraldo el muy inteligente Odiseo, mientras cortaba el lomo, pues aún sobraba mucho, de un albidente cerdo (y alrededor había abundante grasa): “Heraldo, van acá, entrega esta carne a Demódoco para que lo coma, que yo le mostraré cordialidad por triste que esté. Pues entre todos los hombres terrenos los aedos participan de la honra y del respeto, porque Musa les ha enseñado el canto y ama a la raza de los aedos”.

Poco después, terminado ya el banquete y saciadas el hambre y la sed, Homero vuelve a ofrecernos una pieza de metalenguaje, cuando Ulises, todavía de incógnito, pide a Demódoco que entone el canto de la toma de Troya, pero centrándose en la estratagema del caballo de madera y otras aventuras del ilustre Odiseo, es decir, que le cante a él. También lanza Ulises la sugerencia de que Demódoco (¿debemos entender Homero?) ha estado en Troya o ha escuchado la historia de labios de alguien que presenció aquellos acontecimientos:

“Con mucha belleza cantas el destino de los aqueos cuánto hicieron y sufrieron y cuánto soportaron, ¡como si tú mismo lo hubieras presenciado o lo hubieras escuchado de otro allí presente!”

Demódoco inicia entonces un canto debemos suponer extenso, pues es, si no la Ilíada sí una buena parte de ella, y cuenta las hazañas y desventuras de Ulises. El héroe, al escuchar el relato, no puede contener la emoción:

“Esto es lo que cantaba el insigne aedo, y Odiseo se derretía: el llanto empapaba sus mejillas deslizándose de sus párpados”.

Dejemos aquí a Ulises en su llanto incontenible y dejemos aquí al divino cantor Demódoco. Volveremos a encontrarlos en otros capítulos de estas Homéricas.

Demodoco-flaxman

*****

Tola la mitología: Numen

HOMÉRICAS

[pt_view id=”8ccea30o6p”]

Originally posted 2012-02-03 20:38:04.

Notas   [ + ]

1. Jaume Pòrtulas, Introducció a la Ilíada.
2. Ilíada, en traducción de Óscar Martínez García

La misma historia siempre diferente –
– La cicatriz de Ulises /8

En los últimos capítulos de La cicatriz de Ulises, he comparado el método narrativo de Homero, la manera en la que el cantor ciego recorre el edificio de la narrativa mitológica, con algunas narrativas modernas, entre ellas la película Siete vidas (Ulises en Singapur), que trascurre en las calles de Singapur. Esa película es probablemente una de las  primeras muestras de algo que anuncié en las páginas finales de El guión del siglo 21:

“Tal vez, el arte del narrador acabará consistiendo en moverse o en guiar a los demás por un universo hipertextual casi infinito, seleccionar rutas, ofrecer un mapa de senderos que se bifurcan. Del mismo modo que podemos experimentar la emoción de un salto en paracaídas atados a un profesional, también podremos compartir una experiencia narrativa ajena, por ejemplo en un videojuego de realidad virtual y aumentada.”

Todo esto puede parecer muy moderno, casi como una película de ciencia ficción, pero no es tan diferente de lo que siempre ha sucedido en la narrativa, no sólo en Homero, sino en la génesis de cualquier novela:

“Un novelista no hace otra cosa que ofrecernos el resultado de sus elecciones y recorridos en un mundo virtual que sólo ha existido en el interior de su cerebro, pero en el que ha tenido que decidir a cada frase, párrafo y capítulo qué camino tomar, quizá durante meses o años de duro trabajo. El resultado es la novela. Por eso Henry James describió el arte del novelista con la misma metáfora que Havelock empleara para describir la narración homérica, imaginando a alguien que recorre una habitación a oscuras con una linterna, iluminando ciertas zonas, pero nunca toda la habitación.”

La teoría de la iluminación de James no sólo se refería a iluminar ciertas zonas de la historia que queremos contar, manteniendo otras deliberadamente en la sombra, sino también a iluminar ciertas partes de un personaje precisamente a través del punto de vista de los otros personajes:

 “No sólo sucede, dice James, que un personaje se comporta de manera diferente con cada uno de los demás personajes; además, su relación con los otros personajes es lo que nos va mostrando partes de su personalidad. Si imaginamos al personaje situado en un círculo oscuro, cada uno de los otros personajes ilumina partes de ese círculo, aspectos del protagonista, como cuando se encienden lámparas en una habitación a oscuras. Descubrimos así fragmentos de esa personalidad, que quizá nunca llegamos a ver plenamente iluminada.” (Las paradojas del guionista)

En cierto modo, James nos esta recomendando que nos volvamos a propósito un poco ciegos, como lo fueron Homero, Milton, Joyce, Borges y otros narradores que alcanzaron gran precisión mostrando sólo ciertas zonas de lo que veían, a veces bajo una iluminación multiplicada,  como Joyce en el Ulysses;  una iluminación, por cierto, que acaba creando tantas sombras, o al menos tantos matices, como la oscuridad, pues no hay que olvidar que en una única sombra pueden estar ocultas varias sombras, que no vemos hasta que se retira esa primera sombra, del mismo modo que no vemos las luces que se ocultan tras el resplandor de una luz mayor, como las estrellas durante el día, subsumidas en el resplandor solar.

Cualquier novelista, en el proceso, a menudo fatigoso, y para algunos también doloroso, de llenar páginas y páginas, debe jugar consigo mismo a una especie de videojuego que ofrece muy diversas opciones, aunque sólo las vea él en el interior de su cráneo. Ve allí dos posibilidades: que el protagonista llegue a tiempo al tren o que lo pierda, que decida empezar una nueva vida o que prefiera la seguridad y la monotonía, que muera en el capítulo final o que triunfe de manera definitiva. En cada caso debe elegir y ofrecer al lector una única posibilidad. En algunas ocasiones, como en  Jacques el fatalista, el narrador se permite mostrar al lector algunas de las infinitas posibilidades que se le ofrecen mientras escribe la historia:

«Como podéis apreciar, querido lector, voy por buen camino, y si quisiera podría haceros esperar un año, dos años, tres años, antes de contaros los amores de Jacques, separándolo de su amo y haciéndoles correr a cada uno de ellos las aventuras que me pluguiera. ¿Qué me impediría casar al amo y hacerle cornudo? ¿O embarcar a Jacques rumbo a las islas? ¿Llevar hasta allí a su amo? ¿Devolverlos a Francia, ambos en el mismo navío? ¡Qué fácil es escribir cuentos! Pero los libraré de ello a uno y a otro, a cambio de una mala noche; y a vos, a cambio de este retraso.”

Después, Diderot empieza a interpelar una y otra vez al lector, urgiéndole a que decida de una vez qué historia quiere leer, e incluso le cede la palabra:

«En qué se convertiría esta aventura, si a mi fantasía le diera por desesperaros! Realzaría la importancia de esta mujer; la haría sobrina del cura de un pueblo vecino; amotinaría a los campesinos del pueblo; arreglaría combates y amoríos; porque a fin de cuentas la campesina, bajo las faldas, era muy hermosa. Jacques y su amo lo habían percibido; no siempre el amor ha esperado una ocasión tan seductora. ¿Por qué no iba a enamorarse Jacques, el rival favorito de su amo?

—Pero ¿es que ya ha ocurrido por segunda vez?

¿Por qué no iba a ser por segunda vez antes? Siempre preguntando. ¿Así que no queréis que Jacques continúe con la historia de sus amores? Decidlo de una vez por todas: ¿os gustaría o no que Jacques explicara la historia de sus amores?».

Y entonces, como si pudiera rebobinar una película o retroceder una pantalla del videojuego, Diderot nos permite volver a donde estábamos:

«Si eso es lo que os gustaría, reintegremos la campesina a la grupa, detrás del jinete, dejemos que se vayan y   volvamos a nuestros dos viajeros. Esta vez fue Jacques quien tomó la palabra y le dijo al amo: «Así va el mundo; vos, que nunca habéis recibido una herida y que no sabéis lo que es un balazo en la rodilla, me mantenéis a mí, que tengo la rodilla destrozada y cojeo desde hace veinte años…».

También Italo Calvino habla con su lector y le ofrece diversos inicios, desarrollos y desenlaces en Si una noche de invierno un viajero;  le permite atisbar todas esas novelas posibles que no llegan a nacer al vernos obligados a elegir una de ellas, del mismo modo que, según ciertos teólogos medievales, del semen derramado nacen, en vez de los miles de hijos que pudieron ser, miles de demonios.

Woody Allen también ofreció diversas maneras de iniciar Manhattan:

Y, por supuesto, también existe toda la moderna narrativa hipertextual o los videojuegos, que ofrecen un árbol de historias que se bifurcan una y otra vez.

Pero en la novela clásica, lineal, el escritor tiene que elegir entre diversas alternativas y se limita a mostrarle un resultado al lector. Porque a los lectores, a los espectadores, a los degustadores de la narrativa también nos gusta ver cómo otros se mueven por el mundo narrativo y no siempre queremos ser protagonistas no vernos obligados a elegir:

“También en la antigüedad, muchos se pasaban las horas como espectadores del recorrido que otros, como Homero, les ofrecían, porque su manera de moverse, de detenerse aquí y allá, de acariciar y mostrar los objetos de aquel prodigioso edificio narrativo era única. Pero quizá tan sólo ahora, en este futuro que ya está aquí, el narrador de los nuevos medios y el lector de los nuevos medios pueden ser, finalmente, la misma persona.” (El guión del siglo 21)

Ahora bien, tampoco había que olvidar que aunque en la Ilíada o en la Odisea o en cada una de las obras de los dramaturgos griegos se nos ofrece una única posible historia, si algo caracteriza a la mitología griega es la variedad de versiones de un mismo acontecimiento, y cada vez que Sófocles, Esquilo o Eurípides retomaban un tema mítico de ese inmenso edificio de la mitología, ofrecían aquí y allá nuevos desarrollos, variantes inesperadas, nuevas interpretaciones, como hizo Eurípides al hacer a Medea responsable de al muerte de sus hijos, se dice que porque en Corinto le pagaron para que librara a la ciudad de la mala fama de esa leyenda. De este modo, al final se acababan por contar de una manera no todas pero sí muchas de las historias posibles. Todo aficionado a la mitología griega sabe que, si busca bien, puede encontrar una versión de un mito concreto que satisfaga sus necesidades, expectativas y deseos, y eso que sólo se ha conservado un diez por ciento de la cultura grecolatina, o menos. Si quiere que Ulises no regrese a Ítaca, existe una versión; si prefiere que regrese pero después se vaya, también; si le gusta imaginar que Penélope fue infiel con un pretendiente o con todos a la vez, encontrará a alguien que lo dijo. Del mismo modo que el jugador conecta de nuevo su videojuego y toma una ruta alternativa, el mitógrafo puede encontrar casi lo que quiera siempre que sepa buscar e interpretar.

 


  [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta]

Entradas publicadas en La cicatriz de Ulises

LA CICATRIZ DE ULISES

Leer Más
La cicatriz de Ulises y el flashback homérico

|| La cicatriz de Ulises /1


Leer Más
La narración en primer plano continuo de Homero
(La cicatriz de Ulises /2)

Leer Más
Homero en televisión y el mecanismo acausal
La cicatriz de Ulises /3

Leer Más
Homero en casa de Simónides
La cicatriz de Ulises /4

Leer Más
Homero en el ciberespacio
La cicatriz de Ulises /5

Leer Más
Ulises en Singapur
La cicatriz de Ulises /7

Leer Más
Chaplin recorre el ciberespacio
La cicatriz de Ulises /9

Leer Más
Paseo por la realidad virtual con McLuhan

La cicatriz de Ulises /10


Leer Más
El pintor de la vida moderna y el hombre de la multitud
La cicatriz de Ulises /11

Leer Más
El Madrid de las luces difusas de Manuel Valera y Valle Inclán
La cicatriz de Ulises /12

Leer Más
Llamando a las puertas de Dios
La cicatriz de Ulises /13

Leer Más
La pantalla indiscreta y el cotilla hipertextual
La cicatriz de Ulises /6

Leer Más
La misma historia siempre diferente –
– La cicatriz de Ulises /8

Leer Más

Originally posted 2012-05-04 23:00:09.

¿Quién ganó la guerra de Troya?
Homéricas /003

Si existen preguntas estúpidas, esta parece la más estúpida de todas.

Todo el mundo sabe que la guerra de Troya la ganaron los griegos y la perdieron los troyanos. Todo el mundo conoce la historia del célebre caballo inventado por Ulises y de la conquista a sangre y fuego de la ciudad. Todos saben que ese es el final de los épicos combates que se cuentan en la Ilíada. Todos lo saben, excepto el autor de la Ilíada.

En la Ilíada, en efecto, no se cuenta el final de la guerra de Troya. La historia termina en los funerales de Héctor. Es cierto que de vez en cuando escuchamos profecías que anuncian la caída de Troya, como cuando, durante los sacrificios propiciatorios de los griegos en Áulide, tuvo lugar un prodigio:

“Un horrible dragón de roja espalda, que el mismo Olímpico sacara a la luz, saltó de debajo del altar al plátano. En la rama cimera de éste se hallaban los hijuelos recién nacidos de un ave, que medrosos se acurrucaban debajo de las hojas; eran ocho, y, con la madre que los parió, nueve. El dragón devoró a los pajarillos, que piaban lastimeramente; la madre revoleaba en torno de sus hijos quejándose, y aquél se volvió y la cogió por el ala, mientras ella chillaba. Después que el dragón se hubo comido al ave y a los polluelos, el dios que lo había mostrado obró en él un prodigio: el hijo del artero Crono lo transformó en piedra, y nosotros, inmóviles, admirábamos lo que ocurría.” (Ilíada, Canto II)

Dragon eating nest of young birds

Alciato, Les Emblemes (1542, Paris)

El adivino Calcante interpreta que esa es una señal de los dioses que indica que Troya será conquistada:

“El próvido Zeus es quien nos muestra ese prodigio grande, tardío, de lejano cumplimiento, pero cuya gloria jamás perecerá. Como el dragón devoró a los polluelos del ave y al ave misma, los cuales eran ocho, y, con la madre que los dio a luz, nueve, así nosotros combatiremos allí igual número de años, y al décimo tomaremos la ciudad de anchas calles.”

¿Y por qué no interpretar lo contrario?  Que el ave y los polluelos son los griegos (Agamenon y sus aliados) y que el dragón es la prodigiosa fortaleza de Troya con sus muros rojos y sus almenas afiladas?

La de Calcante, en cualquier caso, es sólo una profecía más,  y el autor de la Ilíada nunca nos llega a confirmar que se cumpla. Así que, deberíamos recordar, como se ha visto ya o se verá en otras homéricas, que a los dioses les gusta engañar a los humanos y anunciarles cosas que no sucederán o que sucederán de una manera insospechada.

No es el autor de la Ilíada sino el de la Odisea quien nos cuenta el saqueo de Troya con la artimaña del caballo, por boca del cantor Demódoco, pero, como también veremos en otras homéricas, los expertos no sólo se preguntan si hay un autor individual detrás de la Ilíada y la Odisea, sino si, en caso de existir un autor, se trata del mismo autor. Si decidimos que el autor o autora de la Odisea no es el mismo que el de la Ilíada, tendremos que admitir que el de la Ilíada no nos llega a contar quién ganó la guerra. ¿Lo sabía?, ¿su versión era diferente que la que se cuenta en la Odisea?

Cómo dudar de lo indiscutible

Pero, ¿qué argumentos existen para dudar de algo tan admitido como que los griegos conquistaron Troya?

El primero es que cuando los caudillos griegos regresan a sus hogares, casi todos pierden su reinos: Agamenón es asesinado por su esposa y el amante Egisto; Menelao pasa por Egipto y, según algunos se queda allí, sin regresar a Esparta; Diomedes emigra a Italia tras ser también mal recibido en su reino; el hijo de Aquiles, Neoptolemo, también es expulsado de su tierra. El propio Ulises llega, tras largos años de navegación, a su Ítaca natal y, aunque recupera el reino, debe enfrentarse a los usurpadores.

Egisto asesina a Agamenón delante de Clitemnestra, que evita contemplar el crimen

Está claro que no se trata de un regreso triunfal para unos conquistadores. Más bien parece todo lo contrario: parece la huida, dando tumbos de un lado a otro, de unos derrotados. A esto se une el asombroso hecho de que la historia y la arqueología parecen confirmar que las ciudades griegas fueron destruidas coincidiendo con la guerra de Troya o poco después y que allí se inició casi sin duda la llamada época oscura, que duró tal vez cuatrocientos años. Esa época oscura separa la época que cuenta Homero de la época en la que vivió el propio Homero (o quien escribió las versiones que conocemos de la Ilíada y la Odisea).

Pero hay otros detalles que nos hacen dudar de la versión oficial.

Tras conquistar Troya, los griegos se embarcan  a toda prisa, discuten y pelean entre ellos, incluso Menelao con su hermano Agamenón, y se echan al mar precipitadamente, enfrentándose a tormentas, en vez de esperar, en una tierra ya conquistada, el momento propicio. Parece de nuevo más una huida que una triunfante expedición de regreso.

Por otra parte, los troyanos, supuestamente vencidos, fundan reinos: el dardanio Eneas llega a Italia y su hijo Ascanio funda Alba Longa, origen de la futura Roma; Antenor también llega a  Italia, funda Padua y con sus hombres, los eneti, da nombre a la región del Véneto. Finalmente, Heleno, el hijo del rey Príamo de Troya, se convierte en rey de los molosos y del Epiro, es decir de una importante región griega. ¿Cómo es posible que un descendiente de la ciudad arrasada hasta sus cimientos se convierta en rey en Grecia? No parece tener mucho sentido.

Tampoco tiene mucho sentido que, como cuentan las leyendas oficiales, cuando muere el raptor de Helena, el príncipe Paris de Troya, ella no fuera devuelta a los aqueos, sino que se case con otro de los hijos de Príamo, Deífobo. Parece más una alianza entre el pueblo de Helena (Esparta) y el de Troya que un rapto. De este asunto se hablará en ¿Fue raptada Helena de Troya?

¿Sólo un ejercicio dialéctico?

Dion Crisóstomo (Dión de Prusa)

Algunos de los argumentos que he ofrecido a favor de la victoria de Troya en la guerra pertenecen al Troico (Troyano) o Discurso sobre Troya, de Dión Crisóstomo. Se trata probablemente de un ejercicio retórico para ejercitarse en el estilo y en la argumentación, uno de los llamados progymnásmata (“ejercicios previos”).

El que emplea Dión es una refutación o aneskeué, en el que  la dificultad consiste en demostrar lo contrario a lo más creído y aceptado por todo el mundo, a lo más evidente, a lo indiscutible. En otras ocasiones, la aneskeué consiste una refutación sin segunda intención, como Contra Celso, donde el cristiano Orígenes, para refutar a su enemigo, casi nos trasmite entero el texto del anticristiano Celso.

La verdad es que Dión Crisóstomo demuestra una gran habilidad y puede llegar a hacernos dudar si creía sinceramente o no que Homero era un embustero, porque da buenos argumentos para dudar de lo que nos cuenta Homero. Algunos incluso coinciden con lo que hoy en día piensan los historiadores, lingüistas y arqueólogos:

“Él compuso sus poemas muchas generaciones después de los sucesos reales, cuando los que habían conocido los hechos había fallecido junto con sus descendientes, y sólo sobrevivió una tradición oscura e incierta, como es de esperarse en el caso de eventos que han ocurrido en el pasado distante.”

Homero quería complacer a sus lectores u oyentes griegos, así que cambió la historia:

“Además, Homero tenía la intención de recitar sus poemas a las masas y la gente común, por lo que exageró los logros de los griegos, de modo que incluso las personas más sabias no lo refutaran.”

Y concluye:

“Así sucedió que se fue tan lejos como para representar lo opuesto a lo que realmente ocurrió.”

Pero, ¿puede haber algo de verdad en este juego retórico de Dión Crisóstomo? ¿Puede ser cierto que en el largo trascurso desde los acontecimientos hasta su trasmisión en época griega se hubiera olvidado el verdadero desenlace de la guerra y se hubiera llegado a creer que ganaron quienes habían perdido? Parece difícil creer algo así, pero hay ejemplos similares, como la célebre batalla de Kadesh entre egipcios e hititas. Durante dos mil años se creyó que vencieron los egipcios, porque así lo contaron ellos, por ejemplo en el Poema de Pantaur, pero ahora algunos creen que la victoria fue para los hititas y otros que se produjo una especie de empate técnico.

En otras homéricas veremos si pudo suceder algo parecido en Troya.

*******************

NOTAS DISPERSAS

El de los regresos o nostoi es uno de los temas más interesantes relacionados con los textos homéricos y la tradición legendaria griega. Son los regresos de los héroes griegos tras conquistar Troya. El más célebre es, por supuesto, el de Ulises a Ítaca. He dedicado una página de poesía a los regresos: Nostoi.


Hablé de cómo Orígenes salvó el texto de Celso al intentar refutarlo en Elogio de la infidelidad:

“Se me perdonará, por quienes perdonan y castigan estas cosas, el uso de la cursiva y el abuso de Chesterton. En realidad, incluyo citas de Chesterton en todo lo que escribo con la secreta esperanza de que si sus libros no sobreviven por sí mismos puedan hacerlo en el interior de los míos. Así es como ha llegado hasta nosotros el Discurso verdadero contra los cristianos, de Celso: el cristiano Orígenes quiso refutarlo por hereje y lo copió casi entero en Contra Celso, mandándolo directamente a la posteridad.”


De las incertidumbres acerca de la batalla de Kadesh hablé en Las paradojas del guionista:

“Aunque muchos historiadores pretenden contar los hechos tal como sucedieron, no es una tarea tan sencilla como parece. La batalla de Kadesh, que enfrentó al faraón Ramsés II con el rey hitita Muwatali hacia el año 1290 a.C. se puede considerar un hecho histórico, pues es el primer conflicto bélico bien documentado. Sin embargo, los historiadores no acaban de ponerse de acuerdo acerca de quién ganó la batalla. Tanto Muwatali como Ramsés afirmaron que el triunfo era suyo, y el faraón egipcio incluso hizo grabar espectaculares murales en Abu Simbel, en los que se le podía admirar destrozando al ejército hitita. Aunque se ha considerado que el resultado fue un empate, los historiadores discuten si las consecuencias a medio y largo plazo fueron beneficiosas para los hititas o para los egipcios. Éste es un buen ejemplo de lo difícil que es interpretar un «hecho» histórico.”

La batalla de Kadesh y los hititas, por supuesto, aparecerán en otras homéricas.

Originally posted 2012-02-17 00:50:03.

El viaje del héroe

Al lector le resultará fácil identificar este argumento:

El héroe de esta aventura vive en un lugar apartado con sus padres adoptivos. Llegada la juventud, siente la llamada de la aventura. Aunque al principio no se decide a abandonar su hogar, al final lo hace. Consigue una espada muy especial y emprende el camino, en el que encontrará toda clase de peligros, de los que saldrá victorioso gracias a su valor e inteligencia. También conocerá a un sabio maestro que le aconsejará y se enfrentará a su padre y lo matará. Finalmente se casará con la reina o princesa.

Star Wars

Sí, podría tratarse de una sinopsis más o menos precisa de La guerra de las galaxias, de George Lucas, aunque también parece coincidir en algunos detalles con El señor de los anillos, de Peter Jackson. Se trata, sin embargo, del argumento de Teseo, el héroe griego, pero podría ser también el  del rey Arturo, el de Rómulo y Remo o el de Edipo.

El mito de Edipo es uno de los más importantes de la antigua Grecia. El ciclo completo era conocido como la Tebaida, porque la acción tenía lugar en Tebas, una ciudad cercana a Atenas, pero también como la Edipoida, porque se refería al héroe Edipo. Muchos dramaturgos, al menos doce con toda seguridad, escribieron acerca de este mito: Esquilo escribió cuatro obras, de las que sólo se conserva Siete contra Tebas; Eurípides escribió Las suplicantes, que tiene relación con la saga. En Roma, Séneca escribió una versión, y hasta el mismísimo Julio César otra, que no se conserva. De Sófocles todavía podemos leer el Edipo rey, que Aristóteles consideraba la cumbre del teatro griego, a la que volveremos más adelante, y Edipo en Colono. Pero antes conviene conocer con más detalle el mito.

Edipo es un muchacho que crece en la corte del rey Polibo de Corinto hijo del rey Layo de Tebas. En la adolescencia, sospecha que existe algún misterio en su vida y visita el oráculo de Delfos, donde se le anuncia que dará muerte a su padre y se acostará con su madre. Para evitarlo huye de Corinto y se dirige a Tebas, capital de la región griega de Beocia. En el camino se cruza con un hombre que le dice que se aparte y se produce una pelea. Edipo mata al hombre. Después, Edipo resuelve el enigma de la Esfinge, terrible monstruo que asola el reino y es nombrado nuevo rey. Se casa con Yocasta, viuda del rey muerto recientemente, Layo. Tiempo después, Edipo descubre, gracias al adivino Tiresias, que el hombre al que mató en el camino era el rey Layo y que su esposa Yocasta es también su madre. Desesperado, Edipo se arranca los ojos.

Edipo y la esfinge

La coincidencia entre los mitos clásicos, como el de Edipo, y el cine actual puede resultar sorprendente a primera vista, pero es fácil de explicar si tenemos en cuenta que la mitología, ya sea griega o de otras culturas, se halla en el inicio de casi todas las literaturas, desde los cuentos y las leyendas hasta las novelas y las grandes obras de teatro: por poner un ejemplo, la película Ran de Akira Kurosawa está basada en la obra de Shakespeare El rey Lear, quien a su vez se inspiró en la antigua leyenda inglesa del rey Llyr.

En ocasiones, sin embargo, se encuentran semejanzas entre narraciones de culturas que nunca estuvieron en contacto, como las civilizaciones preincaicas, la China anterior a nuestra era, el Egipto de los faraones o los aborígenes australianos. ¿A qué se debe esta semejanza? Carl Gustav Jung, el discípulo heterodoxo de Sigmund Freud, pensaba que existe una especie de inconsciente colectivo en el que habitan ciertas figuras o esquemas comunes que él llamaba «arquetipos». Otros creen que las coincidencias se deben a que las maneras de contar una historia no son muchas y a que es inevitable que unas funcionen mejor que otras; por lo tanto, lo más razonable es que solo sobrevivan o interesen cierto tipo de historias. Algo así como al selección natural aplicada a los relatos.

Sea cual sea la causa, los estudiosos de la literatura, las leyendas, el folclore y la mitología, constatan que en los mitos, en las leyendas y quizá en toda narración existen ciertos aspectos o temas que se repiten muy a menudo.

El viaje del héroe

Joseph Campbell

Joseph Campbell

Joseph Campbell fue uno de los mitógrafos más conocidos del siglo XX. En Las máscaras del héroe examinó cientos de mitos y leyendas, desde Grecia a los incas, pasando por las sagas islandesas o las epopeyas de la India. Encontró así un patrón que se repite en muchas historias: el viaje del héroe. En este relato común, muchos héroes son abandonados por sus padres (Rómulo y Remo, Sargón de Acad, Edipo, Teseo o Moisés), pero cuando llegan a la adolescencia dejan su hogar adoptivo, realizan diversas hazañas y recuperan el reino de sus verdaderos padres, a menudo después de matarlos.

El viaje del héroe

El viaje del héroe según Campbell

En 1962, George Lucas tuvo un grave accidente y pasó varios meses en cama, durante los que leyó varios libros de Campbell. Convencido de la fuerza del mito del héroe, Lucas lo aplicó a Las aventuras de Starkiller, una historia de ciencia ficción. El resultado de mezclar su viejo proyecto con las ideas de Campbell fue La guerra de las galaxias, la saga más célebre de la historia del cine.

Antes del estreno, Lucas quiso saber qué opinaba Campbell acerca de cómo había interpretado sus ideas y lo invitó a una proyección privada. Campbell quedó impresionado: en su opinión, Lucas había conseguido crear un mito moderno, estrechamente emparentado con los mitos tradicionales. Fue tanto su entusiasmo que mencionó La guerra de las galaxias en su siguiente libro: El poder del mito.

Tras el éxito de La guerra de las galaxias, las ideas de Campbell fueron estudiadas por muchos guionistas y cineastas. George Lucas y George Miller, reconocen su deuda con Campbell, y su influencia puede percibirse también en las películas de Steven Spielberg, John Boorman, Francis Ford Coppola y muchos otros.

El viaje del guionista

Cristopher Vogler

Años después del estreno de La guerra de las galaxias, un guionista y analista de guiones llamado Christopher Vogler, que trabajaba en la productora Disney, decidió analizar en detalle las ideas de Campbell:

“Redacté un informe de siete páginas llamado Guía práctica de «El poder del mito» [el libro que Campbell escribió tras La guerra de las galaxias]; en el describía la idea del viaje del héroe por medio del análisis de algunos ejemplos de películas tanto de reciente estreno como clásicas.”

El informe circuló por la factoría Disney y fue aplicado en varias películas de éxito:

“El modelo del viaje del héroe siguió durante mucho tiempo prestándome un gran servicio. Me sirvió para leer y evaluar más de diez mil guiones para media docena de estudios… Me guió hacia un nuevo cargo en la Disney, de tal manera que fui nombrado consultor para la división de animación en la época en que se gestaron La Sirenita y La Bella y la Bestia.”

Vogler publicó tiempo después su interpretación de las ideas de Campbell en El viaje del escritor. En este libro, Vogler ofrece un esquema del llamado viaje del héroe, que, en su opinión, se puede aplicar a cualquier narración. Para probarlo, analiza películas tan dispares como Titanic, Pulp Fiction, El rey león, Full Monty y, por supuesto, La guerra de las galaxias. En mis clases de guión, me gusta aplicarlo, en especial en sus primeras etapas, a En bandeja de plata , de Billy Wilder y a Balas sobre Broadway, de Woody Allen.

Naturalmente, si nos fijamos en las primeras producciones Disney, descubriremos que ya entonces se aplicaban esquemas semejantes a los de Vogler. No es extraño, puesto que muchas de las películas de Disney se basan en cuentos tradicionales, como La bella durmiente o La cenicienta.

Vogler propone doce etapas del viaje del héroe, que ajusta a la estructura en tres actos que proponen muchos teóricos del guión:

ACTO PRIMERO
1. El mundo ordinario
2. La llamada de la aventura
3. El héroe indeciso
(El rechazo de la llamada)
4. El sabio anciano
(El encuentro con el mentor)
5. La travesía del primer umbral

ACTO SEGUNDO
6. Pruebas, amigos y enemigos
7. La gruta abismal
8. La prueba suprema
(La odisea, el calvario)
9. La recompensa

ACTO TERCERO
10. El camino de vuelta
11. Resurrección
12. Regreso con el elixir

El viaje del héroe

El mito del héroe visto por Chistophjer Vogler ilustrado aquí por Stuart Voytilla en Mitos y películas.

Continuará…

************

[Escrito en febrero de 2011]

LAS PARADOJAS DEL GUIONISTA

Reglas y excepciones en la práctica del guión
Alba Editorial, 390 páginas

En formato papel y ebook electrónico
Casa del Libro//Amazon

web del libro: Las paradojas del guionista

Las paradojas del guionista

[pt_view id=”31bc7b3lt7″]

El guión del siglo 21
El futuro de la narrativa en el mundo audiovisual
Alba editorial, 407 páginas.

En formato papel y en ebook para kindle, iPad, y cualquier lector electrónico: Amazon//Casa del Libro
Web del libro: El guión del siglo 21

Originally posted 2011-10-28 01:24:51.

Pénélope (Brassens) por Barbara

En La fiel Penélope ya incluí esta canción, en aquella ocasión en dos versiones de su autor Georges Brassens. para La discoteca infiel he reservado la extraordinaria versión de Barbara, incluida en su disco de homenaje a Brassens y Brel, uno de los pocos que grabó con canciones ajenas. En la entrada que acabo de mencionar hay mucha más información acerca de esta manera de contemplar la figura de Penélope, que no es tan reciente como puede parecer.

 

 [tube] http://www.youtube.com/watch?v=fB6zsvZyQbg [/tube]

PénélopeToi l’épouse modèleLe gril­lon du foyerToi qui n’a point d’accrocsDans ta robe de mariéeToi l’intraitable Pénélope

En suiv­ant ton petit

Bon­homme de bonheur

 

Ne berces-tu jamais

En tout bien tout honneur

De jolies pen­sées interlopes

De jolies pen­sées interlopes…

Der­rière tes rideaux

Dans ton juste milieu

En atten­dant l’retour

D’un Ulysse de banlieue

Penchée sur tes travaux de toile

Les soirs de vague à l’âme

Et de mélancolie

N’as tu jamais en rêve

Au ciel d’un autre lit

Compté de nou­velles étoiles

Compté de nou­velles étoiles…

N’as-tu jamais encore

Appelé de tes vœux

L’amourette qui passe

Qui vous prend aux cheveux

Qui vous compte des bagatelles

Qui met la marguerite

Au jardin potager

La pomme défendue

Aux branches du verger

Et le désor­dre à vos dentelles

Et le désor­dre à vos dentelles…

N’as-tu jamais souhaité

De revoir en chemin

Cet ange, ce démon

Qui son arc à la main

Décoche des flèches malignes

Qui rend leur chair de femme

Aux plus froides statues

Les bas­cul’ de leur socle

Bous­cule leur vertu

Arrache leur feuille de vigne

Arrache leur feuille de vigne…

N’aie crainte que le ciel

Ne t’en tienne rigueur

Il n’y a vrai­ment pas là

De quoi fou­et­ter un cœur

Qui bat la cam­pagne et galope

C’est la faute commune

Et le péché véniel

C’est la face cachée

De la lune de miel

Et la rançon de Pénélope

Et la rançon de Pénélope…

PenélopeTú, la esposa modelo,El alma de la casaTú, que no tienes manchasEn tu vestido de novia

Tú, la intratable Penélope;

Al seguir al hombre

Que te hace feliz

 

 

¿Nunca has tenido,

a pesar de toda tu felicidad,

algunos dulces pensamientos prohibidos

algunos dulces pensamientos prohibidos…?

Tras de tus cortinas,

Estando en tu sitio,

Al esperar el regreso

De un Ulises de barriada

Volcada en tus trabajos de costura

Las tardes de nostalgia

Y de melancolía

¿Nunca has soñado

En el cielo de otra cama

Contado nuevas estrellas,

Contado nuevas estrellas…?

¿Tampoco has

deseado con todas tus ganas

al amor que pasa,

que te coge por los cabellos

que te cuenta tonterías

que pone una margarita

en el huerto,

la manzana prohibida

en las ramas del vergel

y el desorden en tus delantales y

el desorden en tus delantales…?

¿Nunca has deseado

volver a encontrarte en el camino

a ese ángel, ese demonio

que con su arco en la mano

lanza flechas malvadas,

que devuelve su carne de mujer

a las más frías estatuas,

las agita en su pedestal

empuja su virtud

arranca su hoja de viña,

arranca su hoja de viña…?

No temas que el cielo

Sea riguroso por eso.

En verdad no hay por qué

Perseguir a un corazón

Que galopa desbocado.

Es la falta común

Y el pecado venial

Es la cara oculta

De la luna de miel

Y el precio del rescate de Penélope

Y el precio del rescate de Penélope…

 

(traducción de Jesús)

 

 

 


 

**********

LA DISCOTECA INFIEL

Champagne, de Peppino Di Capri

Leer Más
Anche se, de Gino Paoli

Leer Más
Pénélope (Brassens) por Barbara

Leer Más
La fiel Penélope

Leer Más
Una carezza in un pugno, de Adriano Celentano

Leer Más

******

LA DISCOTECA MORTAL

Une petite cantate, de Barbara

Leer Más
Vecchio frak, de Domenico Modugno

Leer Más
El señor de las sombras

Leer Más
Súplica para ser enterrado en la playa de Sète, de Georges Brassens

Leer Más
Canción para mi muerte, de Sui Generis

Leer Más
Albergo a ore y Les amants d’un jour

Leer Más

 *********

Sweet Molly Malone

Leer Más
Nick Cohn y “A wop bop A Loo Bop”

Leer Más
Significado, intención y doble lectura en Cole Porter y Barbara

Leer Más
Dutronc de nuevo

Leer Más
Xu Wei y cada momento es nuevo

Leer Más
Fairuz entre Hong Kong y Madrid

Leer Más
Impíos mexicanos

Leer Más
Dos versiones muy diferentes de una canción
Micah P. Hinson y Emmy the Great

Leer Más
Junto a los ríos de Babilonia

Leer Más
Bola de nieve y la doble sinecdoque

Leer Más
Casanova y los vividores

Leer Más
La caja de música

Leer Más
Edie, Moe y Nico

Leer Más
Elvis herido

Leer Más


Originally posted 2011-11-22 23:13:58.

Sinleke Unumi, uno de los primeros escritores

 

La Epopeya de Gilgamesh es una de las primeras muestras de escritura que puede recibir el nombre de literatura, porque es la primera con una ambición narrativa obvia. No se limita a contar las hazañas de los dioses con un propósito religioso, ni las batallas de los reyes para elogiar su gloria, sino que parece esconder también un propósito artístico. No sabemos quién escribió este relato por primera vez, pero sí conocemos los nombres de algunos de los que la copiaron siglo tras siglo en diversas lenguas, como Sinleke Unumi, autor de la versión ninivita, la más apreciada. Nínive era una ciudad de Asiria y, por lo tanto, Sinleke Unumi, el primer autor literario conocido, era asirio.

Al leer las aventuras de Gilgamesh, rey de la ciudad de Uruk,  y de su compañero, el hombre bestia Enkidu, podemos preguntarnos las mismas cosas que  nos preguntamos al leer la Ilíada y la Odisea, las dos obras atribuidas a Homero. Del mismo modo que nos preguntamos si Homero conoció la escritura, podemos preguntarnos ¿conocía Sinleke Unumi la escritura?

La respuesta a la primera pregunta es difícil. Muchos expertos opinan que Homero era analfabeto, un poeta ciego, cuyos cantos alguien transcribió. En el caso de Sinleke Unumi, sin embargo, hay que suponer que conocía muy bien la escritura, a pesar de haber vivido probablemente 2000 años antes que Homero. ¿Y por qué lo digo con tanta seguridad? Porque es en la propia Epopeya de Gilgamesh donde se menciona la escritura de manera explícita en sus primeros versos:

“Voy a presentar al mundo
a Aquel que todo lo ha visto
que ha conocido la tierra entera
comprendido todas las cosas
y explorado alrededor
de todo lo que está oculto.

 

Excelente en sabiduría
todo lo abarcó con la mirada
contempló los secretos
descubrió los misterios
y nos ha contado incluso
el tiempo antes del Diluvio.

 

De vuelta de su lejano viaje
agotado pero apaciguado
grabó sobre una estela
todos sus trabajos.

Como se ve, quien nos transmite el poema no se atribuye el mérito de haberlo escrito, sino que afirma que el verdadero autor es el  protagonista de las aventuras, el rey Gilgamesh de Uruk. Para confirmar que se dispone a transcribir los textos escritos por el legendario rey sabio (2el que todo lo ha visto”), el escriba nos dice un poco más adelante:

“Ve ahora a buscar
el cofrecillo de cobre
manipula en él
el anillo de bronce
Abre en él
el pomo del secreto
y extrae la tablilla de lazulita
para descifrar
cómo Gilgamesh
superó tantas pruebas.”

Esta manera de iniciar el relato es la misma que emplea Cervantes cuando dice en el Quijote que las aventuras del caballero manchego fueron escritas no por Alonso Quijano en persona pero sí por Cide Hamete Benengelí. Algunos han intentado identificar este nombre con Cide Hamete Bejarano, y también se sabe que había ciertos personajes en La Mancha que se vestían con viejas armaduras y se lanzaban a aventuras a la usanza de la antigua caballería. Tal vez Cervantes se inspiró en crónicas y atestados de la época como lo hizo Stendhal con sus deliciosas Crónicas italianas.

Regresemos a la Epopeya de Gigamesh.

Parece claro, como hemos visto, que existía un antiguo relato escrito en ese mineral de nombre tan hermoso como su color, lapislázuli o lazulita. Persiste, sin embargo, la duda acerca de si esa tablilla contenía todo el relato o si se trataba tan sólo de la clave que permitía descifrar el lenguaje de otras tablillas. Al parecer, el antiguo sumerio ya no se hablaba en esa época, pero ciertos escribas acadios, asirios o babilonios conservaban el secreto de su lectura.

Son dudas que se deben, sin duda, a mi ignorancia de la lengua del poema, que en este caso era el acadio, o a la ambigüedad del traductor, en este caso Jean Bottéro, al escribir “Extrae la tablilla de lazulita para descifrar…” Conviene, pues, consultar otras traducciones, como la de Joaquín Sanmartín,  realizada a partir de los textos acadios recopilados por Andrew George. Combino aquí la traducción de Sanmartín con la del propio George, para resolver algún pasaje dudoso:

“Encuentra el cofre de cobre,
descorre sus cerrojos de bronce,
levanta la tapa misteriosa
alza la tablilla de lapislázuli
y lee en voz alta
los trabajos de Gilgamesh
y como él los superó.”

Aquí la idea de que la tablilla de lapislázuli es una especie de contraclave que serviría para descifrar otro texto se disuelve, y con ella la sugerente posibilidad de que nos encontremos ante el primer lenguaje secreto de la humanidad. Sin embargo, no hay que olvidar que el lenguaje cuneiforme precisaba siempre de un cierto desciframiento, al componerse de 600 signos diferentes, cada uno de ellos con muy diversas interpretaciones, como señala Julian Jaynes:

“Muchos de esos signos eran ideográficos, pero el mismo signo podía representar una sílaba, una idea, un nombre o una palabra con diversos significados según la clase a la que perteneciera, clase que solía ser señalada por una marca. Sólo por el contexto se podía entender el significado”.

Jaynes pone el ejemplo del signo, que cuando se pronuncia como samsu significa sol, pero que cuando se pronuncia como ūmu es día, y cuando pisu es blanco, pero que también sirve para las sílabas ud, tu, tam, pir, lah, y his, por lo que las dificultades para interpretarlo “eran incluso grandes en su momento”. A quienes conozcan un poco la lengua china, les sonará esta característica del sumerio, con la diferencia de que en chino hay más de 50.000 caracteres, aunque basta con 2000 para hablarlo y escribirlo. Por otra parte, si recordamos que los bibliotecarios del año -600 leían los textos del -2700, es inevitable pensar que ellos también descifraban lo que habían escrito sus antepasados, incluso aunque estuviera escrito en el mismo idioma.

Escriba

En cualquier caso, es a partir del momento en el que se extrae del cofre y se lee la tablilla de lapislázuli cuando Sinleke Unumi trascribe el relato del propio rey Gilgamesh. A partir de ese momento el relato coincide con lo que se conoce  como la versión antigua del poema, aunque de tanto en tanto se encontrarán muchas interpolaciones que hacen diferente y único el relato de Sinleke.

Pero, ¿por qué hablo de un autor, de Sinleke Unumi, con tanta seguridad? ¿Por qué atribuirle, no el poema de Gilgamesh pero sí al menos su versión más elogiada, no ya por nosotros, sino por los bibliotecarios de la Biblioteca de Asurbanipal, que los arqueólogos encontraron en Nínive?

Lo hago porque en un catálogo encontrado en esa asombrosa biblioteca se atribuye la serie de Gilgamesh (las doce tablillas que comprende el poema) a Sinleke Unumi. Los bibliotecarios escriben el catálogo hacia  el año -600 y sitúan a Sinleke hacia el -2700, así que las sospechas acerca de su fiabilidad con muchas, pues son tantos años los que les separan de Sinleke como los que nos separan  a nosotros de ellos, de Asurbanipal o de Homero. Los bibliotecarios dicen que Sinleke era un exorcista y lo sitúan en la época posterior al Diluvio, por lo que sería contemporáneo del propio Gilgamesh.

Como se ve, en la Epopeya de Gilgamesh la escritura está siempre presente. Se habla de un relato escrito y de una transcripción de ese relato, más que de un canto, como parece suceder en los textos considerados homéricos, en los que apenas hay alguna mención a la escritura y además es dudosa (ver ¿Conocía Homero la escritura?).


[Escrito en 2014. Revisado en 2019]

En cuanto a si Sinleke es el primer autor de la humanidad o si Homero habla de sí mismo en sus obras, esas son otras historias, que cuento en ¿Habla Homero de sí mismo en sus obras? y en El primer autor de la historia es una mujer.

Toda la mitología

LA EPOPEYA DE GILGAMESH

[pt_view id=”8ccea30o6p”]

Originally posted 2014-12-16 12:55:06.